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10 mar 2025

Cuando la lluvia arda

 

Rain, steam and speed (1844) de Joseph Mallord William Turner


Me dicen unos que hable.

Otros que silencie.

Unos que espere.

Otros, que corra.

Ellos que recuerde,

aquellos que desuelle la memoria a tiras.

Me dicen que las cosas son así.

Así. Jamás. Estuvieron.  

Me dicen y hablan,

escucho y (los) callo.

Al cristal, tumba líquida, velo muda,

como sorda amortajada al repique incisivo.

Si la ventana fuera carne,

lluvia como fuego caería,

ahogando mi pulso en llamas.



30 jul 2023

Eso es todo

 

Fotograma de la película Safety Last! (1923)

Me levanté el vaporoso vestido y mostré mi entrepierna desnuda al ventilador del salón. Madrid ardía a sus casi 40º. Solté un placentero gemido. Después me di la vuelta y, doblando el torso en ángulo recto, le proyecté mi trasero.

—¿Es del todo necesario? —preguntó Joan que veía mi reflejo en su pantalla del ordenador.

—Si me dejaras encender el aire acondicionado…

—Hay unas reglas.

Sí, había unas reglas. La casa de las reglas. Las suyas: en verano, el aire no se enciende antes de las 16.00; quien tiende la ropa no la recoge; y a las 21.00 solo se puede ver “Crónicas carnívoras” en televisión. Las mías: las obras de teatro las elijo yo; no importa quien haya comido más helados, si solo queda uno en el congelador se echa a suertes; y el edredón no se quita de la cama hasta finales de junio. Las de Tomás (nuestro gato): disfrutar de un imperturbable sueño de 16 horas durante el día; practicar parkour a las 03.00 a.m.; y pedir la comida con agudos maullidos y zarpazos en los pies de 05.30 a 06.00 de la mañana.

—Ya. ¿Y qué hora es? —pregunté a Joan.

—Las tres menos cuarto.

—Ya. ¿Y no podríamos saltarnos las reglas solo por un día…? —dije apoyándome en su escritorio y levantándome el vestido con una cándida sonrisa.

—¿Quieres decir que el helado de galleta Oreo que queda es para mí?

Me casé con un hombre incorruptible.

Lo cierto es que no sé si esta es la vida que quería tener a mis 46 años, porque nunca imaginé que pasaría de los 40. Siempre creí que 40 era una perfecta edad para morirse. Sin embargo, la enfermedad terminal no termina de llegar.

—Todo perfecto —dijo el doctor separándose un poco de su ordenador y devolviéndome la mirada.

—¿Perfecto, perfecto? —dije con cierta molestia.

—Sí, perfecto —contestó con un desairado levantamiento de hombros.

—Ya, pero a veces los tumores se esconden entre las cavidades, ya me entiende. No sé, por ejemplo, el huequecito que hay entre el corazón y el bazo. ¿Ha mirado bien ahí?

—No, no he mirado ahí —contestó con cierta sorna. Se fijó de nuevo en el ordenador para recordar mi nombre—. Elvira, estás completamente sana. Excepto por el glaucoma, que ya conoces sus devastadoras consecuencias, pero estás en muy buenas manos, el Dr. Fernández de la Maza es una eminencia, conseguirá ralentizar tu ceguera.

—Ya. Pero ¿y morirme pa’ cuándo?

No, desde los 40 no tenía ninguna expectativa de futuro, lo que había convertido mi vida en un valle de plena libertad por la completa ausencia de responsabilidad. Poco o nada me importaban las cosas. Vinieran como viniesen sabía encajarlas con irónica deportividad. Supuestamente nada podía ser peor que la muerte y la llevaba esperando 6 largos años. Mi vida se asemejaba a esa fiesta a la que asistes sin que te hubieran invitado y en la que no conoces a nadie, puede ser aburrida, sí, pero por mucho que hagas el ridículo, sabes que no va a haber consecuencias. Si ya eres aliado del 'no', ¿de qué preocuparse?

—Se me ha desmoronado el mundo, Elvi —dijo Fátima, mi compañera de la universidad, al cerrarse las puertas del ascensor.

El marido de Fátima la había dejado hacía 7 meses, a sus 49 años y con dos hijos adolescentes y uno pequeño. El susodicho se había vuelto a casar hacía 3 semanas, con su amante de hacía 3 años, algo de lo que Fátima nunca llegó a sospechar nada.

Apreté el botón del tercero y el ascensor comenzó a ascender.

—Esta no es la vida que me había imaginado a mis 49 años, no es el futuro que habíamos diseñado, las cosas no tendrían que estar discurriendo así. ¿Sabes lo que quiero decir, Elvira?

—Claro, te entiendo, te entiendo muy bien… —mentí frotándole la espalda y mirando al frente con cara de circunstancia.

Yo no tengo hijos ni padres. Mi responsabilidad vital se centra únicamente en mí, y eso es tan liberador que hasta te hace sentir injustamente culpable. Y no, no soy egoísta, soy libre, por lo que dibujar un futuro es, cuanto menos, absurdo. Sería como aferrarte a una estrella teniendo toda una agrupación galáctica.

Miré la hora en el móvil: 15.57. Cogí el mando del aire acondicionado y lo sostuve en la mano con determinación mientras seguía vigilando el tiempo. Tenía por delante tres dilatados minutos y eso era todo.


27 nov 2022

Que por qué te quiero

     

Shakin' Hands With The Holy Gosht de Balckberry Smoke


    Me desperté con la cara de Tomás a 5 centímetros de la mía. Parpadeé y él acortó la distancia un centímetro más. Tumbado sobre la almohada parecía estar poniendo huevos. Hola, gato, le dije. Saqué una mano de debajo del edredón y le acaricié las orejas. Hola, gato. Me olisqueó la nariz y se bajó de la cama de un salto. Me puse una vieja sudadera de la Trinity College y descalza me asomé al salón. Joan estaba sentado en su escritorio con los auriculares puestos. Hola, feo, le dije. No se giró, no se movió, no me escuchó. Me miré los pies desnudos y apreté los dedos contra el suelo. Hace frío, feo. Lo observé dibujar impasible y entré en la cocina. Alcé los brazos y fingí ser Tomás desperezándose. Pensé en los días que tenía una vida, una vida sin terminar y eran muchos, demasiados. Apreté el botón de la máquina de café. Joan siempre me dejaba preparada la dosis y el vaso, con tan solo una pequeña presión del dedo índice mi día daba comienzo. Vi salir el oro negro, me acerqué a la cafetera e inspiré con fuerza. Dejé el café sobre la mesa y fui al baño. No reconocí a la mujer del espejo. Me senté en el váter y me enrosqué papel higiénico sobre los dedos a modo de ovillo. Tiré de la cadena, Tomás apareció como alma que lleva el diablo. ¿Por qué te gusta tanto el agua si luego no puedes ni acercarte a ella? Me lavé las manos y saludé a la mujer que tenía enfrente. La llamé vieja y acabada. Sentada a la mesa, bebí el primer sorbo de café, cerré los ojos y deseé que el día estuviera acabando. Me gustaba descontarlos, uno menos. Uno menos. Tomás se sentó sobre mis pies desnudos y eso me reconfortó. Agaché la cabeza por debajo de la mesa y lo vi mirándome. Gracias, gato. Joan entró en la cocina dando una palma, ¿qué pasa aquí?, y se rio a carcajadas. Dime que es un chiste que sigamos vivos, le dije. Se colocó en el medio de la cocina y empezó a mover el culo de un lado a otro. Ven, me dijo. Me levanté sacudiendo a Tomás. Joan me agarró de las manos y me apretó contra él. Empezó a tararear Shakin’ Hands with the Holy Gosht de Blackberry Smoke. Me reí. Mi chico sabía dibujar pero no cantar. Nos balanceábamos de un lado a otro sin ningún ritmo, parecíamos dos sombras trastornadas en mitad de un pasillo abandonado. Me soltó y dio un par de palmas subiendo el tono. Sabía que su alma estaba en Atlanta. Cogí a Tomás del suelo y, levantándolo hacia los cielos, jaleé a Joan. El pobre animal se columpiaba en el aire mientras los dos gritábamos everybody knows, baby take it slow! Tomás se zafó y huyó de la cocina. Yo me acuclillé para verlo correr mientras me reía agarrada al pijama de Joan. Con un último grito, Joan se calló y con los brazos en cruz dio las gracias a la turba que había llegado desde tan lejos para oírlo cantar. Me ayudó a levantarme y cuando me tuvo frente a él, me sacudió el cabello de un lado a otro y después, con toda esa maraña de pelo sobre la cara, me beso. ¡Buenos días, nena!, dijo.

 

7 jun 2022

Feria sectaria

 

La quema de los libros de Robert Smirke

Nota: Este relato es la tercera y última parte de Café sectario y Té sectario.

Me repasaba con el dedo una de mis cejas. Desde que me había quedado ciega de un ojo me resultaba difícil depilármelas con precisión, nunca atinaba a ver los pelitos más cortos y hasta que no empezaban a pincharme, cuando los tocaba con la yema de los dedos, no me daba cuenta del escandaloso desarreglo.

—¿Y entonces?

Dejé de acariciarme la ceja y miré a Almudena que me tenía cogida del brazo como si fuese una abuelita necesitada de ayuda.

—¿Entonces qué? —respondí.

—No hicisteis nada —dijo ella.

Estaban empezando a montar las casetas de la Feria del Libro en el parque. Una enorme hilera de planchas y tablones de madera desaparecían a lo largo del Paseo de Fernán Núñez.

—¿Cuándo empieza este año? —pregunté a un operario. El hombre levantó los hombros.

—El trabajo tiene que estar terminado para el 24 de mayo, lo que empiece o termine aquí ya no es cosa mía.

—Ya, gracias —contesté—. Vendremos, ¿no? —dije girándome a Almudena.

—No me lo vas a contar, ¿verdad?

Resoplé y me desquité de su brazo con bastante molestia. A veces Almudena era esa amiga que, sin darte cuenta, llevabas solapada a ti demasiado tiempo y por mucho que la quisieras sentías su peso en cada uno de tus movimientos. Qué quieres que te cuente, le dije. Lo intenté y no pudo ser. Lo intenté y no pudo ser. Y al decirlo por segunda vez en voz alta me di cuenta de la tristeza que me provocaba. Le conté las cosas como fueron. Que tras el primer arranque de furia, Beatriz decidió no delatarnos y seguir el juego. Fingió ser una sorprendida clienta de la peluquería. Le conté que Federico dijo que éramos tigres, animales poderosos que no esperaban a que una gacela pasase a nuestro lado sino que éramos hábiles cazadores a pesar de ser veganos. Le conté que nos llamaba seres de luz y que cada vez que hacíamos meditación me dormía. Le conté que nos repartían papelitos en los que valorábamos nuestro pasado y apuntábamos objetivos futuros que debían situarse en islas de paz. Le conté que la segunda vez que se me acercó una tal Marisa, administrativa y doula, hablándome de la importancia de abrazar a los pinos porque ellos te ayudan a filtrar la culpa y la exigencia, le contesté que tan solo estaba a favor de la prisión permanente revisable en dos casos: para coaches y doulas. No hubo un tercer acercamiento. Le conté que Federico insistía una y otra vez en que subiéramos el contenido en redes etiquetando al grupo, nos hostigaba a que compartiéramos la información con amigos y familiares. Le conté que nunca había comido tanta sandía y arándanos. Le conté que Geraldine estaba fascinada por las expresiones narcisistas de Federico y que escribiría un libro. Le conté las caminatas en que nos hacían fijarnos en las encinas como reflejo de mujer empoderada que necesitaba poner límites a una sociedad castigadora, y que el conocimiento no estaba en los libros sino en la ruta salvaje de la indagación personal a través de la naturaleza, a través de la pasión agreste que hacía abrir nuestros ojos a una verdad que la tiranía de lo meramente académico quería escondernos. Le conté que respiraba con fuerza y en cuclillas, dejando pasar al grupo de mentorís delante, rogaba para que todos aquellos seres huecos se desintegraran, sin dolor ni sufrimiento, solamente que desaparecieran de este mundo al que nada aportaban más que subnormalidad embutida. Le conté que por la noche, junto a la piscina jugábamos a “abrir nuestros corazones” y aquellas personas contaban episodios desoladores de sus vidas y que lloraban y se abrazaban y que yo les sonreía desde lejos y que con la mano estirada les pedía que no me tocaran, por favor, mientras Geraldine se tumbaba en el césped boca abajo para disimular su risa. Le conté que Beatriz habló de Pablo, de su muerte y de su culpa. Le conté que Beatriz lloró y que Marisa la abrazaba y que yo tan solo la miraba. Le conté que en su habitación intenté hablar con ella pero que tan solo repetía que yo no podía entenderla y sí que podía, claro que la entendía, por eso le dije que a la mañana siguiente me marcharía, que regresaría a Madrid con Geraldine, que no esperaríamos a la tarde, que se viniera con nosotras. Vente, Beatriz, le dije. Ella me abrazó y me auguró que algún día entendería la vida de otra manera.

—La vida solo tiene un sentido, Bea, le dije. Nosotras nos fuimos y ella se quedó.

Almudena frotó mi espalda con la palma de la mano abierta.

—Sí, vendremos a la Feria y compraremos muchos libros para que la tiranía académica termine con nuestras almas —dijo.

 

23 ene 2021

Maniac

 

Fotograma de Flashdance de Adrian Lyne

Entré en casa de Bea. La puerta estaba abierta. Silencio absoluto. ¿Bea?, pregunté pasando al salón. La encontré en uno de los extremos del sofá hecha una pelota. No me miró.

—¿Has cerrado la puerta de la calle? —preguntó.

—Sí —respondí.

Me apoyé en el mueblecito de la tele. Me quité el abrigo y las manoplas que me había hecho una amiga de Bilbao. Las observé y con cariño las metí en el bolso.

—Son bonitas —dijo al darse cuenta de mi celo.

—Lo son.

Dejé al abrigo y el bolso en el suelo y esperé.

—Me ha dejado, Elvira. Markus se ha ido.

Respiré profundamente, el 2021 acababa de empezar pero ya se me estaba haciendo largo. Me atusé el flequillo y me masajeé las sienes. ¿Qué podía decir?

—Nana, nananá, nanananananá, mmmmm… In the real time world, no one sees her at all, they all says she’s crazy… nananá, nana, nanananananá, naaaaaaaa…

—¿Qué dices?

—Canto —respondí.

—Cantas. ¿Y qué cantas si se puede saber?

—… nananá, nana, mmmmm, nanananá, she’s a maniac, maniac on the floor!

Y plantándome en medio del salón hice una pirueta con los brazos en cruz. He de decir que en mi cabeza lo ejecuté mejor.

Bea y yo teníamos una peculiar forma de consolarnos, seguramente porque ninguna de las dos lo sabía hacer mejor. A principios de 2018, Bea me llamó para tomarnos unas cervezas. Hacía más de 6 años que no la veía, desde que se fue a Berlín a probar suerte en el teatro. Me hizo ilusión. Madrid es un intercambiador. Siempre obligada a despedirte de gente que nunca sabes si volverás a ver.

—Te veo bien —me dijo.

Ella estaba espectacular. Ceñida en unos vaqueros oscuros, con una camiseta blanca, una larguísima melena ondulada y unos labios rojos que marcaban su potente sonrisa. Era una bomba de energía.

—Sí, estoy bien —contesté un poco abrumada por su vitalidad.

—¿Tienes un orzuelo? —preguntó señalándome el ojo derecho.

—¿Eh?, oh, no, no, no, es así, a veces se me cae el párpado. Va a días —Sonreí—. Es que, el año pasado, me quedé ciega de este ojo y me lo han operado 3 veces. Es una enfermedad.

—Coño, qué movida, ¿no? No te queda mal, tienes un aire a Whitaker, al actor, ¿sabes? Pero tú en guapa, claro. Bueno, piensa que todavía tienes otro ojo.

—Sí, aunque también lo perderé, pero dentro de unos años. Es una enfermedad —repetí.

—¿Ciega? Joder con la puta enfermedad, para eso es mejor tener un cáncer terminal y morirte en unos meses, ¿no? Vamos, pienso yo, porque a mí me pasa lo que a ti y me pego un tiro.

—Sí, yo lo estoy sopesando…  ¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo? Pues tengo los dos ojos intactos y además sigo follando como una perra, siempre se me dio bien.

Sonreí.

—Lo de tener pareja estable no va contigo, ¿no? —dije.

Dio un trago largo a su cerveza y después me miró.

—No, no va conmigo. —Sacó el móvil de su bolso y me mostró una fotografía. Salía con un chico recostada en un sofá. Eran pura sonrisa—. Es Pablo, mi chico, vivíamos juntos. Casi un año viviendo juntos. Se mató hace 6 meses en un accidente de moto.

Cogí mi cerveza y la sostuve entre las manos.

—Lo siento —dije—. La viuda y la ciega podría ser el título de una obra de teatro, ¿no?

Nos miramos y rompimos a reír como dos locas. Acabábamos de encajar de nuevo. Esa noche confirmamos que seguíamos concurriendo el mismo universo amoral que tanto nos había unido hacía 8 años.

—Bea, ¿sabes qué canción es? She’s maniac, maniaaaaac on-the-floor!

Beatriz levantó la cabeza.

—No he sido la mejor persona del mundo, pero creo que tampoco me he portado tan mal como para sentirme tan sola.

—Es la de Flashdance

—No quiero seguir viviendo, Elvi, no así. Ya no tengo ilusión por nada. Es como si me hubieran vaciado por dentro.

Me arrodillé en el suelo y acaricié la alfombra. Era de pelo gordo. Escondí los dedos de la mano derecha entre sus nudos. Parecían lombrices. Sonreí. Apoyé las nalgas en mis talones, como una japonesita. Me acaricié las rodillas y me di cuenta de que tenía manchado el pantalón. Es café, pensé.

—Elvira…

Podía tratar mis propios deseos de morir, lo hacía cada día, pero qué difícil era enfrentarse a los de alguien a quien quieres con locura.

—También me sé la de Street of Fire, ¿te la canto?

—Vale.

Lying in your bed and on a Saturday night, mmmmm, nana, nananá, na-na-na…

La vi sonreír y yo también lo hice.

2 nov 2020

¿Y si la vida fuera la opción B?

Fotograma de Back to the future de Robert Zemeckis

                          

—¡¡Eres un oso hormiguero!! —grité a Joan desde mi lado de la cama.

—¿Pero qué he hecho ahora? —preguntó desde el suyo.

—¡¡Respirar!!

—Ya, bueno, es que si no sería un oso hormiguero muerto, ¿no? —Y se rio.

—No se puede discutir contigo —dije desesperada y salí a la cocina.

—Es que no sé por qué discutimos —le oí contestar, así que me faltó tiempo para regresar a la habitación furiosa.

—¡Quiero el divorcio!

—No estamos casados.

—¿Tienes respuesta para todo?

—Amor, en serio, en vez de escribir teatro ¿por qué no lo interpretas? —Y volvió a reírse.

—Joan —dije— haces de mi vida un chiste y no siempre vale. —Levanté el dedo y lo señalé—. Esta es mi vida pero podría haber sido otra completamente diferente, solamente tendría que haber elegido la opción B y te aseguro que he tenido muchas opciones B, de haberlas elegido mi vida sería distinta y es posible que mucho mejor…

En la cocina de nuevo, me preparé un café aun siendo las 2 de la mañana. Pensé en por qué estábamos discutiendo, no podía recordarlo. Quizá porque se estaba llevando parte de mi nórdico, o porque había apartado sus muslos cuando intenté calentarme los pies, o porque empezó a besarme justo cuando estaba mirando las stories de Instagram, no lo sé. No podía recordarlo. Ahora ya no podía recordarlo. Con cierta culpa me llevé el café a los labios.

—Elvira Rebollo, ¿verdad?

Del susto se me cayó el vaso al suelo reventándose en mil pedacitos. En mi cocina había una mujer joven de rasgos asiáticos mostrándome unos papeles.

—¿Pero qué mierda es esto…? ¡Joan, Joaaaaaan! —grité aterrada.

—No puede oírte.

—¿Lo has matado? ¿Vas a matarme? ¿Ahora vas a matarme a mí? Que sea con un arma, por favor, no quiero sufrir. Un disparo, rápido, ¿vale? No pondré resistencia, pero no me tortures, por favor, te lo suplico… Muerte sí, dolor no. ¡Muerte sí, dolor no!

—Oye, flipada, que no estás en una puta manifestación. Soy tu ángel de la guarda.

—Mi qué…

—Tu ángel de la guarda. Me llamo Zhou Jing, pero puedes llamarme Carol. —Extendió su mano. Con miedo extendí la mía y la apretó con fuerza.

—¿Por qué te cambias el nombre? —pregunté intentado asimilar la situación con cierta calma.

—Porque si no, con tu pésima pronunciación en chino, me llamarías Chochín, y ante eso prefiero Carol.

—Claro.

—Carol.

Era alta y muy delgada. Ceñida en unos leggins imitación a cuero, con un jersey amplio, también negro, de cuello barco ladeado hacia el hombro derecho dejándolo completamente desnudo. Llevaba botas militar negras. Una media melena recta que no llegaba a rozarle los hombros y maquillada sutilmente, excepto los labios, que eran de color rojo mate.

—Ya te habrás imaginado por qué estoy aquí —dijo.

—Pues si te digo la verdad…

—Voy a mostrarte tus opciones B. Acompáñame.

—¿Qué, así? ¡Estoy en pijama!

—Estamos en una realidad paralela, nadie puede verte. ¡Vienes o qué!

Supongo que estaría soñando, soñando o que ya me había matado (y espero que lo hubiera hecho con un arma). De cualquiera de las maneras no tenía nada que perder, así que decidí ir. De un salto crucé el charco de cristales y la acompañé hasta el pasillo donde tenía una bicicleta. Se subió y me pidió que me colocara en la parrilla, que ella me llevaría.

—Será una broma, ¿no? ¿Una bicicleta? ¿No tienen presupuesto en el más allá?

—No vengo del más allá. ¡Te montas o qué!

Me monté y todo a nuestro alrededor empezó a dar vueltas. Grité o por lo menos lo intenté porque me faltaba el airé. Tras un fuerte golpe, caí al suelo. Abrí los ojos y vi a Carol apoyando su bicicleta en una pared color salmón. Me ayudó a levantarme.

—¿Dónde estamos? —pregunté todavía aturdida.

—En Bilbao. En tu casa de tu primera opción B.

Carol me pidió que la acompañara. Recorrimos parte de ese pasillo color salmón y entramos en la segunda puerta. Era un enorme salón con un ventanal al fondo desde donde se podía ver una amplia avenida. Carol me golpeó el hombro, quería que mirara al sofá y, al hacerlo, fue cuando me vi a mí misma. Di un pasito hacia atrás llevándome las manos a la boca, no podía creerlo. Estaba prácticamente igual pero llevaba el pelito muy corto. Me estaba riendo, me estaba riendo a carcajadas porque un hombre me abrazaba y parecía decirme algo al oído. Cuando dejó de hacerlo pude verle la cara.

—Dios mío… Mikel, Mikel, Mikel… No me lo puedo creer.

—Efectivamente: Mikel Igartua Zabaleta. Tu primer y único novio. Tras 12 años de noviazgo, os casasteis en la iglesia de los Jesuitas de Indautxu donde los dos trabajáis como profesores y donde vuestros hijos asisten al colegio.

—Pero, pero, pero ¿por la iglesia…? —Reaccioné— ¡¿Hijos?!

—Tienes tres hijos: Olaia de 11 años, Katixa de 9 y Markel de 6.

—Creo que me falta el aire…

—Normal si no te quitas las manos del cuello.

Intenté tranquilizarme y me observé de nuevo. Me acerqué un poquito más. Realmente parecía tan feliz, tan, tan, tan, tan feliz…

—Mikel… —dije extendiendo la mano, quería tocarlo. Hacía casi 21 años que no hablaba con él. Lo dejé por un chico alemán que apareció en mi vida y al que tomé como opción A. Mikel nunca me lo perdonó y jamás volvió a dirigirme la palabra. ¿Cómo iba a imaginar que aquella opción A iba a destrozar una vida tan idílica? Una vida sencilla pero perfecta. ¿Cómo iba a imaginármelo yo?, ¿cómo?, tan solo fue la inocente elección de una chica de 23 años. ¿Cómo iba a imaginar que cambiaría tanto el curso de mi vida? —Mikel… —repetí acercándome un poquito más a él.

Una niña entró en el salón corriendo.

—¡Aita, aita, aita! ¡Markel ha entrado en nuestra habitación! Jo, dice que no quiere dormir.

—Dile que como vaya yo le caliento el culo —dijo mi otro yo. Me reí. Había tenido 3 hijos pero de pedagogía seguía sabiendo más bien poco.

—¡Markel, cuento hasta tres! —gritó Mikel—. Uuuuuuno, dooooooooos, dos y meeeeeeedio…

Y escuché unos piececitos correr por el pasillo. La niña salió y mi otro yo se acurrucó junto a su marido.

Todo me parecía tan tierno, envidiaba tanto aquella escena...

—¿Saldremos de esta pandemia? —preguntó mirando la televisión

—Claro, tonta —contestó Mikel—, ¡mira a los chinos!, fueron los primeros en meterse en todo este lío y ahí están, haciendo vida normal ahora mismo.

—Pero nosotros no somos como ellos. No sé, ellos son especiales… muy diferentes. Me hubiera encantado vivir en China, conocerlos: su forma de vida, su forma de trabajar...

—Elvi, txiki, ¿qué hubieras hecho tú en China? Son muchos, ¡te habrías perdido!

Mi otro yo se rio como una tonta.

Miré incrédula a Carol.

—¿Nunca he vivido en China? —pregunté.

—Nunca —contestó ella—. Te dieron la beca del Gobierno en el 2003 para trabajar en una Universidad de Liaoning, al norte de China, pero tras hablarlo con Mikel decidiste rechazarla y prepararte el EGA.

Estaba perpleja.

—¿Me estás diciendo que rechacé una de las mejores becas del Gobierno para estudiar euskera?

—Sí, 5 años.

—¿CINCO años?

—Sí, estudiaste euskera 5 años, en Euskaltegis y Barnetegis. Al sexto año aprobaste el EGA y al año siguiente entraste con plaza en el colegio de los Jesuitas. Dos años más tarde consiguió plaza Mikel y hasta hoy, siempre juntos.

—¿Entonces nunca he vivido en China?

—No. Ni siquiera has ido de viaje.

—Joder, joder… ¿Y a Singapur? Dime por lo menos que viví en Singapur.

—Nunca. Aunque estuviste cerca. En Bali, de viaje de novios.

—Ya, qué típico… ¿Y en Cuba? ¿Trabajé en Cuba?

—No.

—¿Estados Unidos? ¿Francia? ¿Madrid?

—No. No. Y no.

—¿Solamente he vivido y trabajado en Bilbao?

—En Indautxu, para ser más precisos. Nunca has salido del centro de Bilbao.

—JO-DER. No me extraña que sea tan feliz ¡¡¡si no conozco lo que es la vida!!!

Me apoyé en la pared y volví a mirar a mi otro yo, en el sofá, tan ajena al mundo de fuera. Pobre, pensé.

—¿Hay algo más que deba saber? —pregunté a Carol derrotada.

—Votas al PNV.

—¡Vale!, ¡suficiente! ¡Larguémonos de aquí!

Carol empezó a reírse, era la primera vez que lo hacía desde nuestro accidentado encuentro en la cocina, creo que empezábamos a entendernos.

—¡Me encanta mi trabajo! —dijo. La seguí y desanduvimos el pasillo. Se subió a su bicicleta—. ¡Te montas o qué!

—¿Regresamos a Madrid?

—Nop. Vamos a conocer tu siguiente opción B.

                                                                                                   (Continuará…)        

 

5 oct 2020

Clementina

Mandarinas y limones de Verónica Rodríguez


Apoyada en la barandilla de las escaleras, Elvira vio sacar, del tercero derecha, el cuerpo dentro de una bolsa gruesa de plástico negro. Se sorprendió. En las películas siempre lo hacían en una camilla, pero esta vez estaba amarrado a una silla metálica con dos rueditas atrás.

—¿Ha sido el Covid? —preguntó.

Los dos sanitarios, equipados con EPIS, no la hicieron caso, agarraron la silla uno por delante y otro por detrás y comenzaron a bajar las escaleras. Un policía salió despacio del tercero derecha, que mantenía la puerta abierta, y alzando la vista increpó a Elvira.

—Señora, haga el favor de meterse en casa.

—Es que busco a mi gato, se me ha escapado.

—Su gato está ahí.

Elvira agachó la cabeza y vio a Tomás bajo sus piernas, con la cabecita metida entre los barrotes de la barandilla sin perder detalle.

—Ah, hola, Tomás. —Levantó la cabeza y sonrió al policía.

—¿Sabe si tenía familia? ¿Tenía trato con ella? ¿La conocía?

—¿A quién?

—A María Clementina Viedma Fernández.

—Vivía ahí y era mayor.

—Ya.

Y dando un golpecito en el lomo a su gato, Elvira comenzó a subir las escaleras hasta el quinto. Allí Alejandro, su vecino de enfrente, la esperaba en el descansillo con su chihuahua en brazos. Tomás le bufó.

—Nena, ¿qué ha pasado?

—Ha muerto Clementina.

—¿Y quién es Clementina?

—La vecina del tercero derecha.

—¿Esa señora tan mayor se llamaba Clementina? Uy, no lo hubiera dicho en la vida, fíjate. Me dices Rosario o Asunción o Concepción o Piedad o María del Pilar, o qué sé yo, pero ¿Clementina? ¡Madre mía, Clementina!, tú me dirás a dónde va una mujer de 90 años llamándose Clementina. Mi prima Susana, ya sabes…

—No, no sé —dijo apoyándose en su puerta.

—Sí, mujer, la de Torrejón, que se casó con un militar y que tiene tres hijos, te he hablado de ella mil veces, pero como no me haces ni puñetero caso, pues otras mil que te lo tendré que repetir.

—Ya…

—Bueno, sabes quién te digo, ¿no? Susana.

—Sí, sí. —No, ni idea.

—Bueno, pues se llama Clementina.

—¡¿Pero no se llamaba Susana?!

—Se lo cambió, guapa. Se-lo-cam-bió. Claro, de pequeños, allí en el pueblo todos la llamábamos mandarina. Las mandarinas Clementinas, ¿sabes? ¡Pues mandarina, mandarina, mandarinaaaaaaa!

Elvira se empezó a reír. Siempre pensaba que su vecino se inventaba la mitad de las historias que contaba pero aun así le encantaban.

—Así que un día, ya siendo mayorcita, dijo: “Desde hoy me llamo Susana y quien me vuelva a llamar mandarina le digo a mi novio que lo lleve preso”. Pobre, pudiendo elegir… Susana. ¡Chica, ponte Celeste, Bárbara, Norma, Bibiana, Débora, qué sé yo! Susana, una triste.  

—Pues se llamaba Clementina —dijo Elvira.

—¿Quién?

—¡La vecina, Alejandro, la vecina!, si te lo estoy diciendo, hijo.

—Ah, sí, la vieja. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Le compramos una corona de flores? A ver, espérate un momento que lo busco. —Sacó su móvil del bolsillo de atrás del pantalón y le cedió el perro a Elvira. Tomás le volvió a bufar.

—No te pongas celoso, tonto.

El gato indignado entró en casa. Elvira apretó al chihuahua contra su pecho y le besó la cabecita temblorosa.

—¡Uy, nena, son carísimas! ¿Cómo algo para un muerto puede ser tan caro?, ¡si ni lo va a ver! ¡Nada!, lo siento, guapa, pero no hay coronas de flores, mi economía no está para despilfarrar. Hoy a las ocho de la tarde salimos a la ventana y aplaudimos por ella, seguro que lo agradece desde donde esté, la cosa es tener un detalle, ¿no? Anda, dame a Bamby, que tengo los puerros hirviendo y solo hace falta que se me pasen. Que no se te olvide, nena, ¡a las ocho!

Y Elvira lo vio cerrar la puerta de su casa. Se giró y entró en la suya. Se dejó caer en el sofá y miró a Joan que estaba en su escritorio.

—Se ha muerto Clementina —dijo.

—¿Qué? —preguntó él bajando la música.

—Clementina, que se ha muerto.

—¿Quién es Clementina? —Tomás se frotó contra sus piernas. Joan lo cogió y se lo puso en el regazo. Elvira los observaba desde el sofá pensativa.

—Clementina es la prima de Alejandro, nuestro vecino.

—Vaya, lo siento, ¿era él con el que hablabas en el rellano?

—Sí. Voy a comprarle una corona de flores.

—Pero, cariño, ¿la conocías?

Elvira se miró las manos, se las apretó contra los muslos y contestó:

—No, nadie la conocía.