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13 abr 2024

Terror en la Mancha (II)

 

Fotograma de Los tres cerditos de Walt Disney

Nota: Este relato es la continuación de Terror en la Mancha (I)

Me acomodé la almohada bajo la cabeza y estiré el brazo sobre el pecho de Joan. Quería cosquillitas. Por lo blanco y en círculos, le indiqué. Con la primera caricia ya tenía piel de pollo, él se rio no sin recriminarme que lo trataba como a un esclavo. Los dos, boca arriba sobre la cama, mirábamos las enromes vigas de madera que por alguna mala decisión habían sido pintadas de blanco.

—¿Por qué? —pregunté—. Me asusta la incapacidad de la gente para valorar lo original. Creo que la belleza de lo genuino es insustituible y, sin embargo, mira el desprecio constante que se ejerce sobre la propia pieza de arte. Sí, es una viga, ahora es una viga, ahora. Aunque sabemos que eso no es cierto en origen, el arte es una mentira que nos acerca a la verdad, ¿fue Picasso quien dijo esto?, creo que sí, ¿y a qué se refería? A la narrativa. Narrativa, Joan. ¿Qué es la vida si no pura narrativa? Ocultamos la esencia de nuestra existencia bajo falacias encajadas a martillazos en una sociedad que nos empuja a ello. ¿Por qué mostrarnos tal y como somos?, ¿qué sentido tendría?, ¿a quién le interesan los oleos en blanco? Bueno, sí, al Guggenheim, pero dime, dime, Joan, ¿cuántas vidas han sido pintadas de blanco cual cutres vigas de diseño escandinavo? ¿Cuántas?

Joan se incorporó sobre la cama y serio me preguntó:

Guess my fart?

—Prrr-prrrrff —contesté con la misma seriedad.

Joan se lo tiró y el sonido fue exacto al de mi interpretación. Los dos morimos de risa. Nuestra vida de pareja transcurría entre disertaciones filosóficas y pedos.

Sin embargo, la risa se nos cortó de cuajo al oír un fuerte golpe en la planta de abajo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté.

—No sé.

—Ve a ver.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque eres el hombre.

—Y dijo la feminista quemando su sujetador.

—Vale, vamos los dos, pero tú delante.

—Cariño, pensemos. No es necesario bajar, habrá sido la madera crujiendo.

—¿Desde cuándo la madera cruje como si la estuvieran demoliendo?

El ruido se repitió. Me agarré del brazo de Joan quien se había colocado frente a la puerta.

Vale, llama a la policía —me ordenó.

—¿Cómo?, ¡si no hay cobertura!

—¡No grites!

—¡¡No grito!!

—Van a oírnos.

—¿Quién…? —pregunté esta vez susurrando.

—Bloqueemos la puerta —dijo.

—¿Para qué…?

—Para que no entren.

—¿Quién…?

—Los que están abajo.

—¿Los? ¿Cuántos crees que hay?

—Pondremos la cómoda y las dos mesillas y también esa butaca, ¡trae la butaca!

—Amor, no puedo coger peso, ya lo sabes, mi glaucoma… Tampoco debo estresarme.

—¿Pero qué haces ahí? —espetó al verme en el suelo.

—Tumbarme boca arriba con los brazos en cruz y las piernas un poquito en alto va bien para la tensión ocular.

—Cariño, cariño, cariño, cariño, por favor, escúchame, escúchame bien: vamos-a-morir.

—Amor, ya lo tenemos hablado, morirme no me importa, pero sí quedarme ciega, no puedo perder el ojo que me queda —dije y volví a mi postura en el suelo.

No fue un nuevo estruendo en el piso de abajo, sino dos, tres, cuatro y hasta cinco seguidos. Quien estuviera en el salón lo estaba destrozando. Me levanté tomando conciencia de la situación.

—Joan, vamos a morir… —musité.

Joan me abrazó e intentó tranquilizarme, me aseguró que si nos encerrábamos en la habitación no pasaría nada, lo repitió una y otra vez hasta que empecé a reaccionar. Acerqué la butaca y las mesillas. Joan las iba dejando sobre la cómoda que ya había colocado bloqueando la manilla. Los dos observamos el resultado, estábamos agarrados de la mano y en silencio pensando, muy probablemente ambos, que de una patada aquel parapeto se vendría abajo sin esfuerzo. Acabábamos de construir nuestra casita de paja, el lobo no tardaría en llegar y soplaré y soplaré y… La luz se fue. Grité. Me aferré a Joan. En bajito me dijo que teníamos que mover el armario. Con la linterna de su móvil me dio indicaciones. Los dos arrastramos el armario un par de metros. Después, alumbró la puerta y me pidió que retirara los muebles ya asentados, le obedecí mientras él seguía acercando el armario. Entre los dos le dimos la vuelta y lo empujamos contra la entrada de la habitación, luego pusimos de nuevo la cómoda y encima de ella la butaca y las mesillas. Así, los dos cerditos observaron su casita de madera, yo no le temo al lobo feroz…

En el coche sonaba Come to life de Arthur Russell. Hacía veinte minutos que Joan conducía de vuelta a Madrid.

—Sigo pensando que no debemos pagar nosotros los desperfectos del piso de abajo —dije.

Joan bajó la música y contestó:

—No voy a ser yo quien discuta con esa mujer. Pagaremos y ya está. Solo quiero olvidar esta noche.

—No nos lo dijo, Joan.

—No, no nos lo dijo, pero ella asegura que sí y no hay manera de probarlo. Ya está.

—¡Qué energúmena! ¡Menudos gritos! Como si fuera culpa nuestra, ¿qué quería que hiciéramos si no sabíamos nada? Claro que nos habló de las mantas, de las toallas, del café… ¡incluso del wifi cuando se lo pregunté!, ¡pero nada de la puerta trasera! Oh, sí, da a un jardín sin acotar, ¡cuidado con la Serranía! No, perdona, ¡cuidado con lo que hay en la Serranía!

Joan sonrió asintiendo con la cabeza.

—Cariño, ya está, si dice que nos advirtió de que no cerraba bien esa puerta, pues ya está. Si dice que nos avisó de que la Serranía estaba llena de jabalíes hambrientos, pues ya está. Y si dice que dos más dos son cuatro y que la culpa es nuestra, pues ya está. No lo voy a discutir, de verdad, no lo voy a discutir.

Joan además de tirarse pedos sabe vivir la vida apartando las piedras sin ni siquiera tocarlas. Yo, en cambio, soy de ir metiéndomelas una a una en la mochila.

—No nos lo dijo… —volví a alegar—. No pienso pagar, que lo haga su seguro privado que no dudo que tendrá uno como buena capitalista.

Joan soltó una carcajada.

—Bueno, entonces lo de mudarnos al campo lo retrasamos, ¿no?



 

18 feb 2024

Terror en la Mancha (I)

 

Hirce de Carmen Mansilla

En el coche sonaba Bury a friend de Billie Eilish. Hacía veinte minutos que Joan conducía por territorio manchego. Habíamos alquilado una casita en la Serranía de Cuenca. No trabajar los viernes me daba cierto margen para salir, sin prisas, de Madrid los fines de semana y retomar los lunes de la ciudad con otra perspectiva. Joan podía dibujar donde quisiera.

—Habrá que ir pensándolo —dijo.

Bajé la música.

—¿Pensar qué? —pregunté.

Sonrió sin dejar de mirar la carretera.

—Ya sabes qué.

—No tengo ni idea a qué te refieres —y subí la música de nuevo.

Dejar Madrid y trasladarnos a la sierra manchega, a una casita en mitad de la nada, era algo que nos rondaba la cabeza. Que Joan se dedicara a tiempo completo a sus dibujos y que mi ceguera me impidiera caminar cómodamente por una abarrotadísima ciudad, había plantado sobre la mesa unos planes que años atrás se concebían como una simple idea bucólica. Dar luz verde a la mudanza significaba asumir aspectos de mi vida a los que todavía no quería, o podía, enfrentarme. Prefería no abrir la caja, que el desorden dentro siguiera campando a sus anchas, no me importaba.

Joan aparcó el coche frente a una pequeña casa de dos pisos de piedra. Junto al portón de entrada había un todoterreno. Salí del coche y me estiré cual gato antes de ser cogido en brazos. “¿Hola?” dije acercándome al todoterreno. Eché un vistazo a su interior, no había nadie. Me di la vuelta e hice un gesto de incertidumbre a Joan, él me lo devolvió. Luego abrió el diminuto maletero y sacó las dos mochilas.

—Tenemos que comprar un coche, esté último que hemos alquilado no me convence —dije.

—Pensaba que eras comunista. —Comenzó a imitar mi voz—: Nada de propiedades, amor, nada-de-propiedades.

—¡Quiero el divorcio!

—No estamos casados, las comunistas tampoco creéis en la institución del matrimonio. 

Me reí y le solté cuatro improperios.

—¿Elvira?

Detrás de mí apareció una mujer menuda de apenas cuarenta años. Me cogió por los hombros y me dio dos besos.

—Sí —contesté desconcertada. Con disimulo me limpié las mejillas porque la sensación aberrante que se me impregnaba al ser tocada por desconocidos iba en aumento con los años.

—¿Un viaje largo? —preguntó acercándose esta vez a Joan.

—No, no, no ha llegado ni a dos horas. Venimos de Madrid.

La mujer le extendió la mano y Joan se vio obligado a dejar las mochilas en el suelo.

—Cierto, que vosotros sois la pareja de Madrid. Bien, ¿entramos?

La mujer empujó el portón y nos dejó pasar primero. A primera vista me recordó a la casa de Sabina, la madre de Almudena, aunque la suya era bastante más grande.

—He llegado esta mañana para abrir ventanas y airearla un poco. Hace casi tres semanas que no la alquilábamos. Olía a cerrado, ya me entendéis.

—Claro. —Sonreí.

—Bueno, es muy sencillo. Abajo: cocina, salón comedor y servicio; arriba: tres habitaciones y cuarto de baño. ¿Eres comunista?

—¿Perdón? —exclamé absolutamente contrariada.

—Antes. Os he oído.

—Ah, eso. Es una broma entre nosotros.

—Ya. —Ladeó la cabeza y me sonrió rígida—. Bromear con eso con la que está cayendo en este país hoy en día es peligroso, ¿no crees?

Eché una rápida mirada a Joan quien recogió el testigo y cambió de tema como buen Virgo que es.

—Veo que la cocina tiene puerta trasera.

—Así es. Conecta directamente con el jardín. La casa dispone de doscientos metros de terreno, pero como os habréis dado cuenta no están acotados. Dibujad los lindes en vuestra cabeza y respetad del resto de la Serranía.

—Por supuesto, lo haremos, no te preocupes —contestó Joan con esa candidez que enamora a todos.

La mujer nos explicó el funcionamiento de la chimenea. Nos mostró donde se guardaban las mantas y las toallas y nos aclaró que la cafetera era de cápsulas, las cuales estaban en el tarro grande de cristal junto a la máquina.

—¿Y el wifi? —pregunté.

—¿A qué te refieres?

—La contraseña del wifi, si nos la pudieras dar, pues...

—No hay wifi. —Hizo una mueca expresando obviedad y nos explicó que en la zona casi no había cobertura.

Saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón y efectivamente marcaba con una equis roja la línea de 4G.

Cuando la vi alejarse en su todoterreno respiré aliviada.

—¿No te ha parecido rara esta mujer? —Pero preguntar a Joan sobre aspectos humanos era como pedirle a un pez que subiera a un árbol.

Lo vi deshacer su mochila, meter la comida en la nevera y proponerme dar un paseo. Accedí, aunque caminar entre naturaleza no fuera uno de mis mayores placeres. Lo único que me seducía de vivir en una casa en la montaña era que podría mantenerme alejada del ser humano, sin embargo, rechazaba todo aquel beatus ille.

Al volver a la casa, sugerí hacer algo sencillo para cenar, pensaba en una ensalada de pasta o un picoteo rápido de quesos y embutidos. Entré en la cocina y me paré en secó.

—¿Joan? —Esperé a que me contestara, pero no lo hizo, lo escuché en el piso de arriba, permanecí quieta un rato y lo llamé una vez más. Bajó las escaleras y se colocó a mi lado—: ¿Has dejado tú la puerta trasera abierta?

No contestó, se limitó a cerrarla y sin mirarme me dijo que sí. Mentía.

 

(continuará)

 

23 may 2023

En la niebla manchega (segunda parte)

 


Nota: Este relato es la segunda parte de este.

Elvira escuchó una voz junto a la cama. Abrió los ojos asustada y buscó entre la oscuridad de la habitación algo de lógica que pudiera relacionarse a ese susurro. Extendió la mano detrás de sí y notó la cama vacía. ¿Almudena?, preguntó al aire, ¿Almudena?, volvió a preguntar. Intentó encender la lamparita de la mesilla, pero no atinó a encontrar el interruptor. ¿Almudena?, preguntó por tercera vez. Alcanzó el móvil, miró la hora: 03.36 a.m. Soltó aire por la nariz lentamente y conectó la linterna. Iluminó la estancia con miedo. La recorría con lentitud. La butaca, el armario, la ventana, la cómoda y el lado de la cama vacío a su derecha. Apagó la linterna y escuchó de nuevo un susurro. Quieta, con el aire estancado en el pecho, dejó que el ruido se repitiera. Lo hizo. Un meloso y continuado chasquido de lengua provenía del pasillo. ¿Almu, eres tú?, preguntó encendiendo la linterna de nuevo. Salió de la cama, se llevó el brazo con el que no sostenía el móvil al estómago y anduvo unos cuatro pasos. La puerta de la habitación estaba cerrada, aun así se colaba una fina línea de luz por debajo. Elvira se paró delante y agarró el pomo. ¿Almu?, preguntó con la nariz rozando el quicio. Escuchó un grito al otro lado tan fuerte que hizo que se le cayera el móvil. Angustiada se agachó para recogerlo, las voces iban in crescendo. Apoyó primero la oreja en la puerta y después las yemas de los dedos. Un golpe sordo la hizo despegarse, parecía como si algo se hubiera caído al suelo de baldosas. Abrió la puerta con recelo y se percató de que la luz del baño estaba encendida y la puerta entreabierta. Los susurros se volvieron claros y contundentes. Cruzó el pasillo que separaba ambas estancias y con una mano poco segura empujó la puerta del baño. ¿Almudena…?, preguntó con la esperanza de que fuera ella. Sin embargo, era a Sabina a quien vio apoyada en el lavabo y hablando a su imagen reflejada en el espejo.

Sabina, ¿estás bien? ―Elvira se acercó y le tocó el hombro.

―No se quiere ir. No se va, digo vete, no es tu casa. No se quiere ir.

―¿Quién…? ¿Quién no se quiere ir?

―¡Ella! ¡Ella! ―señaló el espejo.

Elvira observó el reflejo, en él aparecían la vieja y ella misma agarrándola del hombro.

―Eres tú, Sabina.

―¿Quién?

―Vale, vamos a la cama, yo te acompaño.

Sabina obediente salió del baño no sin antes darse la vuelta y farfullar algo al espejo.

―Se llevó a mi hijo ―dijo entrando en la habitación.

―Anda, métete en la cama. ¿Estás bien así o quieres más cojines?

―Hace años, pero yo me acuerdo, ¡me lo robó!

―Yo creo que Almudena te pone más cojines porque dice que te gusta dormir recostada, ¿verdad?

―¿Y tú?

No, no, no ―contestó Elvira sonriendo―, a mí me gusta dormir con almohadas muy bajas. Porque si no me duele el cuello, bueno, el cuello, la espalda, los hom…

―¿Y tú?, ¿tienes hijos?

―No, no tengo, Sabina ―contestó parándose frente a ella.

―¿También te los robó?

Elvira sonrió con cierta condescendencia.

―No, nunca quise tenerlos.

―Los hijos te matan por dentro. Te agujerean el esternón como gusanos hambrientos y cavan grutas en tus pulmones hasta que un día te falta el aire y sabes que debes morir para que ellos sigan respirando.

Elvira se sentó en el borde de la cama. La arropó y la contempló en silencio. Le acarició una de las piernas por encima de la manta.

―Tú todavía respiras, Sabina.

―¿Qué? ¿Te preparo leche con galletas?

La vieja sonreía con inocencia.

 

―Te digo que no sé. Que no oí nada anoche y cuando me he despertado mi madre ya no estaba, en plan missing. ¡Pero así no puedes disparar! ―gritó Abel. Elvira lo miró y le pidió paciencia―. Que no, es que no vas a poder, si la apoyas en tierra en plan…

―En plan, en plan, en plan, ¿en serio? Llevo 23 años intentado enseñar una gramática impecable del español y llega vuestra generación y se la carga con tanto en plan, rollo, tipo, sí-soy, bro, me renta, ¿pero qué idioma habláis? ―Resopló y, tumbada en el suelo, se ajustó la culata al hombro. Después acercó el ojo izquierdo hasta alinearlo con la mira trasera.

Ok, boomer! Pereza máxima…  ―El chico miró a la amiga de su madre y gritó―: ¡Ni de coña le vas a dar! ¡Es a la botella pequeña no a la grande! ¡Estás torcida!

―Abel, cariño, un pequeñito consejo, jamás pongas nerviosa a una mujer con una escopeta en las manos.

El joven se acuclilló detrás de ella y esperó. El perdigón salió disparado impactando en el culo de la botella de plástico llena de tierra.

―¡Toma! ―exclamó Elvira. Se levantó y se sacudió la tierra de los pantalones.

―¿Cómo puto lo has hecho? ―preguntó Abel recogiendo la escopeta del suelo―. Eres una ciega de mierda y la carabina pesa más que tú.

―Lo llevo en la sangre, mi madre era igual.

―¿Cazaba?

―No, arrasaba en las casetas de tiro de las ferias. Me decía, qué muñeco quieres. Y pum, pum, pum, los tres palillos quebrados a la primera y el muñeco era mío. Traía de cabeza a los feriantes.

―Joder. ¿De qué murió?

―¿Mi madre? ―Elvira se quedó pensativa mirando la escopeta colgada del hombro de Abel―. Sabía disparar muy bien pero no supo apuntar al objetivo correcto.

―¿Qué haces con la escopeta?

Almudena estaba frente a ellos de la mano de Sabina que seguía en camisón y bata.

―Almu, solo estábamos…

―Cállate, estoy preguntando a mi hijo. ¿Qué haces con la escopeta?

―El tío José me deja cogerla.

―El tío José no está. ¿Qué haces con la escopeta?

―Joder, mamá, no sé… pasarlo bien, obvio.

―Vamos, Almu, es de perdigones… ―intentó apaciguar Elvira.

Almudena soltó la mano de su madre y se encaró a su amiga.

―Por qué será, Elvira, que todo lo haces tan mal.

Elvira no dijo nada. Nunca había visto así a Almudena, la conocía desde hacía 13 años y en todo este tiempo jamás la había sentido con tanta rabia contenida.

―La guardaré ―dijo el chico.

―Que la guarde Elvira ―respondió su madre tomando otra vez la mano de Sabina―. Tú ayúdame a vestir a tu abuela, hoy está muy desorientada.

Abel le dio la escopeta a Elvira quien la recogió fingiendo una sonrisa para calmar al chico. Los tres se encaminaron a casa con paso procesionario. Elvira los estaba mirando cuando la vieja se dio la vuelta y gritó con un hilillo de voz:

―Me lo mataste, tú, mujer.

                                                                                                             (continuará…)

 

15 may 2021

Samara

 

Samara por Guacala

Hace 19 años recibía una llamada en mi Nokia 3210. En la pantalla aparecía el nombre de Jaime.

—¿Qué? —contesté mientras abría la cama y me metía dentro.

—Siete días… —y colgó.

Esa misma noche habíamos ido al cine a ver la película de The ring y lo que no sabía es que mi amigo iba a estar con la bromita más de mes y medio. Un año más tarde, viviendo en China, compré en un bazar una copia de la versión japonesa y la guardé. Pocos meses después, cuando Jaime vino a visitarme, la vimos juntos y, como si de dos expertos críticos de cine nos tratásemos, coincidimos en que la japonesa era muy superior a la norteamericana, principalmente por la fotografía, sí, sí, si, por la fotografía.

Esta semana, 19 años más tarde, recibía una llamada de Wechat en mi Huawei Nova 6. En la pantalla aparecía el nombre de Jaime.

—No te lo vas a creer —dije nada más aceptar la llamada. Y cogiendo el vaso de café me senté en el sofá de mi nuevo apartamento en China.

—De ti cualquier cosa.

—He conocido a Samara.

 

Entré en el despacho que compartía con Verónica quejándome de los alumnos de 4º y de sus TFGs.

—Y luego, claro, querrán aprobar, pues dime cómo, ¡¿cómo?! —Dejé los libros sobre mi mesa, me senté y con la silla de rueditas me acerqué hasta ella—. ¿Nos vamos a comer?

—Oh, Elvi, lo siento, ya le he dicho a Narumi que iríamos juntas.

Verónica desde que llegamos de nuestra cuarentena había estrechado lazos con el Departamento de Japonés. En parte lo entendía, había decidido no renovar, el próximo semestre se mudaba a Japón donde daría clases en la Universidad de Osaka. Supongo que afianzar su nivel de japonés era una prioridad, lo que me chirriaba era su novedosa amistad con Narumi, ya que antes de la pandemia tuvo más que palabras con ella por, supuestamente, un malentendido que dejó en muy mal lugar a Verónica y por el que nunca recibió una disculpa.

—¿Con Narumi? ¿Otra vez? No sabía que te había pedido perdón.

—No empieces, Elvi. Es otra cultura.

—Ya, la del harakiri pero a terceros, ¿no?

—¿Qué quieres que haga? Me quedan dos meses aquí, quiero disfrutarlos. A ti no te gusta ir a la ciudad, te pasas el día en el campus mirando el lago.

—¿Qué tiene de malo el lago?

—¡Que es agua estancada, por dios!, que necesito salir, despejarme. Y con Narumi puedo hacerlo, además practico mi japonés. ¿Qué otras opciones tengo? Dime, ¿eh? ¿Quieres que salga con Esteban o Raúl o Marina?

—Buff, no, por favor. Qué pereza.

Lo cierto es que nuestro Departamento estaba constituido por una fauna bastante poco agraciada; desde el necio que con un CAP se cree Camilo José Cela, al aventurero que estudió filosofía y aterrizó en China para vivir la experiencia o la psicóloga, casada con un ingeniero que mandaron a China con un contrato expat, quien decide probar suerte en la enseñanza porque parece “guay”. Y es que mientras a los profesores chinos se les exige un doctorado, a los extranjeros simplemente ser nativos y tener un master en cualquier grado. Vero y yo habíamos entendido que en China era imposible hacer carrera, por eso no íbamos a renovar, estaba claro que las universidades chinas preparaban un ejército de profesores altamente cualificados porque era cuestión de tiempo (muy poco tiempo) deshacerse por completo de la mediocridad extranjera que inundaba sus departamentos.

—¡Lo ves! Narumi es la mejor opción, además es un encanto, solamente hay que conocer su forma de ser y entenderla.

En esta vida estoy enamorada de dos mujeres, una es Almudena, porque no conozco persona más bonita y otra es Verónica porque admiro su inteligencia y su incapacidad de ver la maldad en los demás.

—Está bien —dije—, voy con vosotras. —Vero me miró aterrada—. Tranquila, no le voy a decir nada, voy a comportarme como una mujer madura, empática y muy, muy, muy, muy respetuosa.

—Te ha crecido mucho el pelo, Narumi —dije en inglés. Estábamos las tres sentadas en una mesa cerca de la puerta de la cantina. Narumi me sonrió y dijo que sí, que le gustaba así. Miré a Verónica y le dije en español—: Se parece a Samara saliendo del pozo.

Verónica apretó los ojos, respiró profundamente y no contestó. Inmediatamente se dirigió a Narumi y le preguntó por su comida.

—Muy rica —contestó—. Me gustan mucho las berenjenas así cocinadas, es una receta china que siempre preparo cuando regreso a Japón.

—Oh, perdonad, me están llamando —dije y metí la mano en el bolso. Saqué el móvil, me lo acerqué a la oreja y luego ofreciéndoselo a Verónica le dije—: Es para ti.

—¿Para mí? ¿Quién es? —Nerviosa se lo colocó en la oreja sin mirar la pantalla, entonces arrimándome a ella, que la tenía al lado, le susurré en español: “Te quedan siete días…”—. ¡¡Elvira!!

Empecé a reírme como una idiota acordándome de Jaime, porque solo Joan y él me permiten seguir siendo una niña a mis 43 años. Después me pidió que me marchara, que seguro que llegaba tarde a mi clase.

—No tengo clase —refunfuñé.

—Sí que la tienes. Elvira, vete. —Esta última frase la dijo en español y apretando los dientes, así que supe que tenía que irme sí o sí.

—Adiós, Samara —dije con una sonrisa al levantarme de la mesa. Oí suspirar a Vero.

Una semana más tarde estaba en el despacho peleándome con la impresora cuando Verónica entró.

—¿Sabes por qué este cacharro no funciona? —pregunté.

—Porque habrás hecho algo mal. ¿Vamos a comer?

Sorprendida la miré. Hoy era jueves, y los jueves tenía comida con su íntima amiga Narumi y algunos profesores del Departamento de Francés. No sé exactamente cuándo se instauró ese ritual, solo recuerdo que el primer día que me lo propusieron dije un rotundo NO, antes muerta que comer con un ramillete de franceses gangosos. Sí, me llevo mal con toda la universidad si es lo que os estabais preguntando.

—Hoy es jueves —intenté aclarar.

—Lo sé, pero no voy a ir a comer con ellos.

Entonces me lo contó. Parece ser que Narumi, hacía un par de días, le dijo que Cédric le había hecho un par de comentarios muy desafortunados sobre su no-renovación, parece ser que había dado a entender que era el Departamento el que no quería hacerle un nuevo contrato, parece ser que explicó que Verónica dejaba mucho que desear como profesora según comentarios que había escuchado de sus propios alumnos.

—¡Oh, por favor! —exclamé—. Todo el mundo sabe que Cédric es un misógino de mierda. Piensa que la mujer solo sirve para parir a sus hijos, llevar su apellido y follársela 2 días, mínimo, por semana. Así está, más solo que la una a sus 38 años. Porque tanto Cédric, como especímenes como él, cuando se topan con un cerebro de mujer colapsan. Son pura inseguridad. Machirulos acojonados. Necesitan decir mentiras sobre las mujeres como tú, vuestra inteligencia les revienta la cabeza. Ni caso, ¡ni caso!

—Lo sé, pero me afecta… Además decir tales cosas sabiendo la relación que tengo con Narumi, no sé… Es un poquito de mala persona.

Me hizo reír con ese inocente “poquito”.

—Bueno, no te preocupes, ¿sabes lo que vamos a hacer? Narumi, tú y yo, nos vamos a ir a la cantina y nos vamos a poner de berenjenas hasta las orejas. Venga, coge tu bolso.

—Vale, pero Narumi no viene, se ha ido a comer con ellos.

Estaba casi saliendo por la puerta pero me paré en seco y retrocedí hasta plantarme frente a ella.

—¿Ellos? ¿Con quién?

—Con los franceses —contestó.

Dejé de nuevo el bolso sobre la mesa, me apoyé en ella y me crucé de brazos.

—¿Narumi ha ido a comer con Cédric?

—Sí, claro, ellos son amigos.

—¿Amigos? —No tenía sangre, tenía fuego—. Si tan buenos amigos son, ¿por qué te cuenta sus conversaciones privadas en las que te deja en tan mal lugar? ¿Cuál se pensaba Narumi que iba a ser tu reacción? ¿Por qué te ha dicho semejante cosa si luego ella va a seguir manteniendo una amistad cordial con él? ¿No tiene principios? ¿A qué se dedica, a traficar con el corre-ve-y-dile? ¿Qué coño…?

—Elvira, no empieces, Narumi lo ha hecho por mi bien, para que sepa cómo es realmente Cédric.

—¡Todos sabemos cómo es Cédric!, ¡Cédric es gilipollas, lo dice su pasaporte, no hace falta indagar mucho! ¡Virgensantadelamormisericordioso! ¡Verónica, por favor! ¡POR FAVOR!

—Ves, no te puedo contar nada porque enseguida te pones a gritar…

—Escúchame. —Me acerqué a la puerta y la cerré, al volver me senté en mi silla—. Tenemos a la Samara liberada, sacando agua como una loca para no regresar jamás al pozo de donde nunca debió salir, nos va a ir eliminando una a una y ha empezado contigo, de momento los jueves te ha sacado de la comida con los gabachos, mientras ella se ha quedado dentro reinando el cacareo. Está bien —dije. Respiré y me recoloqué en la silla—. Nos quedan solamente dos meses en esta universidad, pero podemos salir por la puerta grande o con una reputación muy cuestionable. Sabes que esos chismes en China, aunque sean mentira, corren como la pólvora.

—¿Y qué vamos a hacer?

 

—Y ¿qué vais a hacer? —preguntó Jaime.

—Sinceramente, no lo sé.

—Pues date prisa en pensar algo porque te quedan seis días…