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24 jun 2021

Azaleas entre cajas


'Marlene Dietrich with her luggage' por Martin Munkácsi, 1936


Mi estudiante me pidió que lo esperara al fondo. Lo vi acercarse al mostrador sorteando los sacos y paquetes que inundaban el suelo de la oficina de Correos del campus.

—¡Profesora! —Al girarme vi a una alumna de último año de Grado cargando una enorme bolsa de plástico duro amortajada con cinta aislante—. Profesora, ¿qué hace usted aquí? ¿También quiere mandar sus cosas a España? ¿Cuándo se va? ¿Se va para siempre?

No sabía ni por dónde empezar, así que di la vuelta al cuestionario.

—¿Y tú? ¿A dónde mandas ese bulto tan grande?

—Oh, profesora, ¡24 kilos, 24 kilos! ¡Madre mía, madre mía, madre mía!

—¡Sí, madre mía! —dije riéndome. A los estudiantes les encantaba utilizar expresiones como aquella, les hacía sentir que hablaban un español fluido.

—¡Ya nos hemos graduado, profesora! Ahora debo meter estos 4 años en cajas porque me traslado a Guangdong, he conseguido trabajo en una compañía muy importante de importación y exportación.

Qué poco valemos, pensé, si nuestra vida se puede plegar en una maleta. La miré con cariño, adivinaba su ilusión, empezaba una nueva vida, no recuerdo la última vez que sentí el vacío de empezar de cero con ese entusiasmo.

Mi estudiante regresó con la información.

—Ya no quedan cajas, profesora, debe traer aquí sus cosas y ellos mismos se encargarán de empaquetarlo.

—Es lo más conveniente —intervino la alumna—. Traiga sus cosas, no se preocupe, aunque sean de valor. Todo llegará a su destino.

—Bien, bien  —dije mirando a uno y luego a la otra—, eso haré.

—De acuerdo, ahora vamos a salir de aquí, hay demasiada gente —Y mi estudiante, abriéndose paso, me mostró el camino de salida.

—¡Suerte en Guangdong! —grité a mi alumna dejándola atrás.

Ya en la calle mi estudiante volvió a explicarme con más calma las posibilidades que tenía de enviar a España los 6 kilos que no me entraban en la maleta. Lo escuchaba con la cabeza baja mientras dibujaba eses en el suelo con la punta de mi chancleta. Pensaba en lo vieja que me sentía, en lo vieja y cansada que me sentía. Pensaba en mi futuro tan mal trazado y en lo, curiosamente, poco que me importaba, aterrizaría en algún lugar, como siempre. Como siempre. Levanté la cabeza.

—Gracias por tu ayuda y tu tiempo —dije a mi estudiante que se fue con las manos metidas en su sudadera arrastrando los pies.

Antes de llegar al edificio de apartamentos para extranjeros oí nuevamente gritar detrás de mí: “¡Profesora, profesora!”. Me di la vuelta y un estudiante de mi grupo de teatro alzaba la mano entre zancadas.

—Profesora… —repitió recobrando el aire una vez que me hubo alcanzado. Apoyó las manos en sus rodillas mientras gesticulaba con cansancio—. Dicen que se va.

—Sí, estamos casi en julio, todos regresamos a nuestras casas.

—Dicen que no va a volver. ¿No va a volver el próximo curso?

Tomé aire y levanté los hombros.

—No, no voy a volver.

—¿Y el teatro?

—Vendrá otro profesor, pedidle formar un grupo teatral universitario, seguro que lo hace encantado.

—Profesora —se irguió—, profesora, por favor, por favor… Yo, voy a echarla mucho de menos…

Comenzó a llorar sin esquivar mi mirada, la contuvo y lloró con entereza. Me dobló por dentro. Me agarré del estómago, estas situaciones no se me daban bien. Me acerqué a él y con un torpe “anda, ven aquí” lo abracé con muchísima fuerza. Había pasado 4 meses espantosos en China, comenzando por una cuarentena en un hotel donde los derechos humanos brillaron por su ausencia y terminando con un ambiente de película de terror en el departamento de la universidad. Sin embargo, aquel abrazo me devolvió el sosiego que creí haber perdido un día y al que nunca me molesté en buscarlo de nuevo. Respiré hondo y lo apreté con más fuerza porque me di cuenta de que era el primer abrazo que daba en 4 meses.

 —¿Usted también llora? —me preguntó al separarnos. Asentí con la cabeza—. Dicen que los abrazos convierten piedras en azaleas.

—¿Eso dicen? —sonreí.

—Sí, eso dicen.

Subí las escaleras de mi edificio con lentitud mientras me sonaba los mocos. Al llegar al descansillo de mi piso me percaté de que la puerta de la casa de Verónica estaba entreabierta. Asomé la cabeza. La vi sentada en el suelo del salón rodeada de cajas vacías a medio montar, ropa esparcida a su alrededor al igual que un montón de papeles y fotografías.

—Hola, ¿y todo esto? —pregunté ya con medio cuerpo dentro.

—Estoy decidiendo qué me llevo y qué tiro a la basura. Odio las mudanzas, nunca sé qué hacer, no me sé organizar, ¡las odio, las odio!

Entré en el salón, me senté junto a ella y la abracé con fuerza.

—Pero ¿qué haces?

—Convertirte en azalea.

Verónica soltó una carcajada y me pidió que la soltara. La solté y me quedé allí sentada viéndola organizar sus cosas y pensando en lo mucho que la iba a echar de menos sin atreverme a decirle nada.

 

17 jun 2021

Extraños en un descansillo

Strangers on a train de Alfred Hitchcock (1951)


—Por eso necesito que me ayudes —dije en inglés.

Era la primera vez que hablaba con él y lo hacía en el descansillo del tercer piso, junto a su puerta. Max y yo éramos vecinos, lo fuimos desde el primer día que me instalé en el campus chino pero, a pesar de conocernos, nunca nos habíamos dirigido la palabra porque él tenía fama de raro y supongo que yo también.

—Lo siento, no puedo —contestó.

—¡Eres profesor de alemán! —Sí, me acababa de cabrear—. ¿Por qué no puedes darme clases?

—Puedo darte clases, pero no quiero, no vas a aprobar el examen de nivel, por lo tanto es perder el tiempo, no me gusta perder el tiempo.

Lo último que necesitaba en ese momento era aquella lógica aplastante de un hombre tan hirientemente directo.

—Vale, imagina que necesitas aprobar un examen de español muy importante en 6 semanas, yo te ayudaría —argumenté mostrando mi cara más dulce.

—No necesito aprobar ningún examen de español.

—Lo sé, lo sé, solo imagínalo.

—Imaginar algo que no va a ocurrir es absurdo.

—¡Virgen santa! ¡Deja de ser tan alemán! —grité en español. Me miró sin mover un músculo de su cara, parecía estar hecho de cera—. Perdona, perdona  —dije de nuevo en inglés—, no te estoy gritando, de verdad, lo parece pero no. Es solo mi carácter que es muy alegre y a veces grito con alegría cosas, cosas, así… Soy española, demasiado sol, el sol da alegría, en Alemania no hay sol pero… hay coches, muchos coches, coches bonitos, rápidos, caros, capitalismo… Necesito que me ayudes, por favor.

Max resopló.

—Está bien. Voy a ayudarte.

—¿De verdad? Gracias, gracias, gracias, muchas gracias, danke, super danke, mil millones de dankes.

—Mañana baja a mi casa a las 6.30 de la mañana. Sé puntual, por favor.

—Claro, sí, sí, sin problema, puntual, puntual, soy española: sol y puntual. Hasta mañana, Herr Max.

—Herr Schreiber.

—Oh, perdón, Herr Srraiba. Ich bin Frau Rebollo… —¡Pum!—. Hallo?

Cerró la puerta con desprecio pero yo respiré tranquila, tenía lo que quería, yes! Sin embargo la gozadera me duró poco tiempo porque antes de llegar al descansillo del cuarto piso me topé con ella.

—¡Verónica! ¿Qué…? —Hacía algo más de dos semanas que no nos veíamos a pesar de vivir puerta con puerta y trabajar en el mismo departamento.

—Elvi, Elvira, Elv… ¿subes?

—Sí, ¿tú bajas?

—Sí, sí.

—¿Bajas abajo?

—Sí, sí, abajo voy. Tú subes, ¿no?

—Sí, sí, arriba. A casa. Subo arriba.

—Ah, vale, bien, sí, vale, pues… Me gusta tu pantalón, el peto…

—¿Eh? Oh, es… sí, parezco una granjera, ¿no?

—Es muy bonito, estás, estás, estás muy guapa.

—No, no, no, tú, tú, tú… —Jo, la echaba de menos, si la pudiera retener un poquito más—. ¿Qué tal todo? ¿Tu japonés progresa?

—Sí, sí, muy bien. Sí. —Sonrió, qué bonita era cuando sonreía—. ¿Y tu alemán?, ¿bien?

—Uy, sí, sí, mi alemán fenomenal, muy fluido, mi alemán ya vuela solo, sí, sí.

—Vaya, me alegro. Podrías practicar con nuestro vecino, Hans creo que se llama.

—Max.

—Sí, eso, Max, ¿ya has hablado con él?

—¿Yo? No, no, nunca, no sé ni quién es, no me viene su cara ahora mismo. —Está bien, la echaba de menos, pero tenía claro que iba a mantener mi vida alejada del pozo que Narumi y ella representaban, ya me tiraron una vez, no les iba a dar información para que me tiraran una segunda. 

—Bueno, podría ayudarte pero dicen que es muy raro, no habla con nadie y siempre con la misma ropa, ese pelo, no sé…

—Ni idea, ni idea.

En ese momento se abrió la puerta del tercero derecha. Max salió de casa, al verme en lo alto del siguiente tramo de escaleras me señaló, nerviosa fijé la mirada rápidamente en Verónica.

—¡Ey, Elvira!, mejor a las seis, hay mucho trabajo. Mañana a las seis en mi casa —dijo y sin esperar respuesta bajó a zancadas las escaleras.

Verónica me miró, yo la seguía mirando a ella sin parpadear y Max ‘Gollum’ ya estaría en la calle buscando el anillo.

—Entonces, ¿te va a dar clases? —preguntó.

—¿Qué clases?

—Las del vecino.

—¿Qué vecino?

—¡El alemán!

—¿Qué alemán?

Esta técnica la aprendí de los chinos: “¿Los tanques aplastaron a más de diez mil estudiantes en Tiananmen?”; “¿Qué tanques?, ¿qué estudiantes?, ¿qué Tiananmen? Next!”. Y así es como China construye su historia sobre unos hechos encadenados de atrezzo. Nunca negar, solo ignorar.

—Vamos, Elvira, somos amigas —dijo.

—Sí, claro, lo somos, Vero. —Pero no quería que mis actos estuvieran en boca de todos y Verónica seguía siendo una grieta al estar tan unida a Samara.

—Narumi y yo nos hemos distanciado, ¿sabes? Bueno, sin más, que entiendo que no quieras contarme nada pero que sepas que puedes hacerlo.

—No hay nada que contar, Vero —Y con cierta tristeza comencé a subir de nuevo los escalones despidiéndome con la mano.

A las seis de la mañana del día siguiente, Max me abría la puerta de sus casa.

—¡Buenos días, Herr Srraiba, he traído café! —dije con el entusiasmo de una niña.

—Schreiber.

—Sí, Srraiba. Café.

Nos sentamos en la mesa del comedor. Estaba ciertamente conmovida porque Max había preparado muchísimo material, también había organizado el trabajo por semanas junto a un plan de acción que me explicó al detalle.

—Vaya, no sé qué decir, Max, eres muy amable.

—Bien, ya te lo he dicho, no me gusta perder el tiempo, debes comprometerte a cumplir estos objetivos y desde ahora solo hablaremos en alemán, ¿de acuerdo?

—Claro, perfecto, perfecto.

Y entonces empezó:

—Fr$kschsstrgt&β chw%rthgdc€rrkgrt bxβjsschl@ lprthch, Pfvbrrd.

—Perdona, lo de no pronunciar vocales ¿es por una cuestión cultural o para ver quién se ahoga antes?

No lo podría confirmar al cien por cien pero creo que se rio.

La siguiente hora y media la pasamos entre ejercicios, estructuras gramaticales, textos y un bochornoso intento de expresión oral por mi parte. En todo momento Max, sin separarse un ápice de su gesto serio, me animaba con frases en positivo: correcto, así es, bien-bien, sí, suenas muy alemán. Y cuando cometía errores tan solo me pedía que repitiera la frase y con su bolígrafo me señalaba donde estaba la confusión. Al final, aquel desgarbado e huidizo desconocido escondía a un magnífico profesor, paciente y muy amable.

—¿Quieres comer algo? —preguntó en inglés al levantarme de la mesa para irme, pero antes de que pudiera contestar me ofreció una rebanada de pan de molde—. Si quieres tengo mostaza.

—Genial, pan con mostaza, todo un chef —dije cogiendo la rebanada con dos dedos.

—Además de mi tiempo, ¿quieres robarme la comida?

—Lo siento, de verdad. —Me reí—. Estoy muy agradecida, en serio, eres un profesor excelente.

—Lo sé pero no vas a aprobar.

—Y un coach de mierda.

—¿Acaso hay algún coach bueno?

—Heeeeeeeey! —grité levantando la mano.

—¿Qué haces?

—¡Choca! ¡Choca esos cinco! ¡Choca! Por la mierda-coach.

—No voy a chocar.

—Vale, no vas a chocar… —y me metí parte de la rebanada en la boca.

Recogí todas mis cosas y aunque insistí en que se quedara con el café que había sobrado en el termo, no quiso, así que también lo metí en el bolso.

—Está bien —me dijo en la puerta de su casa—, mañana a las seis. Sé puntual, por favor.

—Claro, puntual, puntual. Muchísimas gracias por tu tiempo y trabajo, estoy impresionada, de verdad.

—Normal. —Apoyó la espalda en el marco de la puerta, metió las manos en los bolsillos y con una sonrisa torcida dijo—: Dicen que soy perfecto.

—Oh, sí, sí, no hay más que ver tu mugrienta ropa y ese churretoso pelo.

Fue decirlo y lamentarme. Cerré los ojos con culpa. Solo quise ser divertida, pensaba que el momento lo permitía pero está claro que no supe hacerlo. Max dio un paso adelante, yo con miedo di uno hacia atrás. Sabía que había cruzado la línea de lo asumible como “broma”, siempre me pasaba lo mismo, mi cerebro parecía confundir chiste con impertinencia, por eso estaba tan sola. Antes de que pudiera pedirle disculpas, Max dijo:

—¿Qué ropa?, ¿qué pelo?

Sonreí aliviada. Dos raros inadaptados saben entenderse, pensé.

—Hasta mañana, Herr Srraiba.

—Bis morgen, Frau Grebolo.

 

15 may 2021

Samara

 

Samara por Guacala

Hace 19 años recibía una llamada en mi Nokia 3210. En la pantalla aparecía el nombre de Jaime.

—¿Qué? —contesté mientras abría la cama y me metía dentro.

—Siete días… —y colgó.

Esa misma noche habíamos ido al cine a ver la película de The ring y lo que no sabía es que mi amigo iba a estar con la bromita más de mes y medio. Un año más tarde, viviendo en China, compré en un bazar una copia de la versión japonesa y la guardé. Pocos meses después, cuando Jaime vino a visitarme, la vimos juntos y, como si de dos expertos críticos de cine nos tratásemos, coincidimos en que la japonesa era muy superior a la norteamericana, principalmente por la fotografía, sí, sí, si, por la fotografía.

Esta semana, 19 años más tarde, recibía una llamada de Wechat en mi Huawei Nova 6. En la pantalla aparecía el nombre de Jaime.

—No te lo vas a creer —dije nada más aceptar la llamada. Y cogiendo el vaso de café me senté en el sofá de mi nuevo apartamento en China.

—De ti cualquier cosa.

—He conocido a Samara.

 

Entré en el despacho que compartía con Verónica quejándome de los alumnos de 4º y de sus TFGs.

—Y luego, claro, querrán aprobar, pues dime cómo, ¡¿cómo?! —Dejé los libros sobre mi mesa, me senté y con la silla de rueditas me acerqué hasta ella—. ¿Nos vamos a comer?

—Oh, Elvi, lo siento, ya le he dicho a Narumi que iríamos juntas.

Verónica desde que llegamos de nuestra cuarentena había estrechado lazos con el Departamento de Japonés. En parte lo entendía, había decidido no renovar, el próximo semestre se mudaba a Japón donde daría clases en la Universidad de Osaka. Supongo que afianzar su nivel de japonés era una prioridad, lo que me chirriaba era su novedosa amistad con Narumi, ya que antes de la pandemia tuvo más que palabras con ella por, supuestamente, un malentendido que dejó en muy mal lugar a Verónica y por el que nunca recibió una disculpa.

—¿Con Narumi? ¿Otra vez? No sabía que te había pedido perdón.

—No empieces, Elvi. Es otra cultura.

—Ya, la del harakiri pero a terceros, ¿no?

—¿Qué quieres que haga? Me quedan dos meses aquí, quiero disfrutarlos. A ti no te gusta ir a la ciudad, te pasas el día en el campus mirando el lago.

—¿Qué tiene de malo el lago?

—¡Que es agua estancada, por dios!, que necesito salir, despejarme. Y con Narumi puedo hacerlo, además practico mi japonés. ¿Qué otras opciones tengo? Dime, ¿eh? ¿Quieres que salga con Esteban o Raúl o Marina?

—Buff, no, por favor. Qué pereza.

Lo cierto es que nuestro Departamento estaba constituido por una fauna bastante poco agraciada; desde el necio que con un CAP se cree Camilo José Cela, al aventurero que estudió filosofía y aterrizó en China para vivir la experiencia o la psicóloga, casada con un ingeniero que mandaron a China con un contrato expat, quien decide probar suerte en la enseñanza porque parece “guay”. Y es que mientras a los profesores chinos se les exige un doctorado, a los extranjeros simplemente ser nativos y tener un master en cualquier grado. Vero y yo habíamos entendido que en China era imposible hacer carrera, por eso no íbamos a renovar, estaba claro que las universidades chinas preparaban un ejército de profesores altamente cualificados porque era cuestión de tiempo (muy poco tiempo) deshacerse por completo de la mediocridad extranjera que inundaba sus departamentos.

—¡Lo ves! Narumi es la mejor opción, además es un encanto, solamente hay que conocer su forma de ser y entenderla.

En esta vida estoy enamorada de dos mujeres, una es Almudena, porque no conozco persona más bonita y otra es Verónica porque admiro su inteligencia y su incapacidad de ver la maldad en los demás.

—Está bien —dije—, voy con vosotras. —Vero me miró aterrada—. Tranquila, no le voy a decir nada, voy a comportarme como una mujer madura, empática y muy, muy, muy, muy respetuosa.

—Te ha crecido mucho el pelo, Narumi —dije en inglés. Estábamos las tres sentadas en una mesa cerca de la puerta de la cantina. Narumi me sonrió y dijo que sí, que le gustaba así. Miré a Verónica y le dije en español—: Se parece a Samara saliendo del pozo.

Verónica apretó los ojos, respiró profundamente y no contestó. Inmediatamente se dirigió a Narumi y le preguntó por su comida.

—Muy rica —contestó—. Me gustan mucho las berenjenas así cocinadas, es una receta china que siempre preparo cuando regreso a Japón.

—Oh, perdonad, me están llamando —dije y metí la mano en el bolso. Saqué el móvil, me lo acerqué a la oreja y luego ofreciéndoselo a Verónica le dije—: Es para ti.

—¿Para mí? ¿Quién es? —Nerviosa se lo colocó en la oreja sin mirar la pantalla, entonces arrimándome a ella, que la tenía al lado, le susurré en español: “Te quedan siete días…”—. ¡¡Elvira!!

Empecé a reírme como una idiota acordándome de Jaime, porque solo Joan y él me permiten seguir siendo una niña a mis 43 años. Después me pidió que me marchara, que seguro que llegaba tarde a mi clase.

—No tengo clase —refunfuñé.

—Sí que la tienes. Elvira, vete. —Esta última frase la dijo en español y apretando los dientes, así que supe que tenía que irme sí o sí.

—Adiós, Samara —dije con una sonrisa al levantarme de la mesa. Oí suspirar a Vero.

Una semana más tarde estaba en el despacho peleándome con la impresora cuando Verónica entró.

—¿Sabes por qué este cacharro no funciona? —pregunté.

—Porque habrás hecho algo mal. ¿Vamos a comer?

Sorprendida la miré. Hoy era jueves, y los jueves tenía comida con su íntima amiga Narumi y algunos profesores del Departamento de Francés. No sé exactamente cuándo se instauró ese ritual, solo recuerdo que el primer día que me lo propusieron dije un rotundo NO, antes muerta que comer con un ramillete de franceses gangosos. Sí, me llevo mal con toda la universidad si es lo que os estabais preguntando.

—Hoy es jueves —intenté aclarar.

—Lo sé, pero no voy a ir a comer con ellos.

Entonces me lo contó. Parece ser que Narumi, hacía un par de días, le dijo que Cédric le había hecho un par de comentarios muy desafortunados sobre su no-renovación, parece ser que había dado a entender que era el Departamento el que no quería hacerle un nuevo contrato, parece ser que explicó que Verónica dejaba mucho que desear como profesora según comentarios que había escuchado de sus propios alumnos.

—¡Oh, por favor! —exclamé—. Todo el mundo sabe que Cédric es un misógino de mierda. Piensa que la mujer solo sirve para parir a sus hijos, llevar su apellido y follársela 2 días, mínimo, por semana. Así está, más solo que la una a sus 38 años. Porque tanto Cédric, como especímenes como él, cuando se topan con un cerebro de mujer colapsan. Son pura inseguridad. Machirulos acojonados. Necesitan decir mentiras sobre las mujeres como tú, vuestra inteligencia les revienta la cabeza. Ni caso, ¡ni caso!

—Lo sé, pero me afecta… Además decir tales cosas sabiendo la relación que tengo con Narumi, no sé… Es un poquito de mala persona.

Me hizo reír con ese inocente “poquito”.

—Bueno, no te preocupes, ¿sabes lo que vamos a hacer? Narumi, tú y yo, nos vamos a ir a la cantina y nos vamos a poner de berenjenas hasta las orejas. Venga, coge tu bolso.

—Vale, pero Narumi no viene, se ha ido a comer con ellos.

Estaba casi saliendo por la puerta pero me paré en seco y retrocedí hasta plantarme frente a ella.

—¿Ellos? ¿Con quién?

—Con los franceses —contestó.

Dejé de nuevo el bolso sobre la mesa, me apoyé en ella y me crucé de brazos.

—¿Narumi ha ido a comer con Cédric?

—Sí, claro, ellos son amigos.

—¿Amigos? —No tenía sangre, tenía fuego—. Si tan buenos amigos son, ¿por qué te cuenta sus conversaciones privadas en las que te deja en tan mal lugar? ¿Cuál se pensaba Narumi que iba a ser tu reacción? ¿Por qué te ha dicho semejante cosa si luego ella va a seguir manteniendo una amistad cordial con él? ¿No tiene principios? ¿A qué se dedica, a traficar con el corre-ve-y-dile? ¿Qué coño…?

—Elvira, no empieces, Narumi lo ha hecho por mi bien, para que sepa cómo es realmente Cédric.

—¡Todos sabemos cómo es Cédric!, ¡Cédric es gilipollas, lo dice su pasaporte, no hace falta indagar mucho! ¡Virgensantadelamormisericordioso! ¡Verónica, por favor! ¡POR FAVOR!

—Ves, no te puedo contar nada porque enseguida te pones a gritar…

—Escúchame. —Me acerqué a la puerta y la cerré, al volver me senté en mi silla—. Tenemos a la Samara liberada, sacando agua como una loca para no regresar jamás al pozo de donde nunca debió salir, nos va a ir eliminando una a una y ha empezado contigo, de momento los jueves te ha sacado de la comida con los gabachos, mientras ella se ha quedado dentro reinando el cacareo. Está bien —dije. Respiré y me recoloqué en la silla—. Nos quedan solamente dos meses en esta universidad, pero podemos salir por la puerta grande o con una reputación muy cuestionable. Sabes que esos chismes en China, aunque sean mentira, corren como la pólvora.

—¿Y qué vamos a hacer?

 

—Y ¿qué vais a hacer? —preguntó Jaime.

—Sinceramente, no lo sé.

—Pues date prisa en pensar algo porque te quedan seis días…

 

3 nov 2019

Amarres


The crystal Ball de Rober Anning Bell

Era sábado noche y Verónica estaba en su casa del norte del China grabando varios ficheros de su ordenador a su disco duro.
―¿Qué haces, Elvi? ―preguntó a su compañera de trabajo que estaba en mitad de su salón, en pijama, desplazándose en lateral con las piernas flexionadas.
―Saber qué siente un cangrejo cuando anda.
Se suponía que habían quedado para ultimar los detalles de su charla sobre la semiótica del teatro y la lingüística del texto que iban a presentar, en 4 días, en un congreso en Macao.
―Ya. Por un momento pensé que rememorabas a MC Hammer.
Fue decirlo y Elvira se emocionó tanto que empezó canturrear: “Ken tax tis, oh, ken tax tis, oh, yeah, yeah, yeaaaaah!”.
―¿Ken tax tis? Elvi, ¿de verdad? ―Y empezó a reírse.
―Ken tax tis!
―U can’t touch this!
―Ken tax tis! ―gritó nuevamente intentando hacer algo así como ¿twerking?
―¿En qué momento decidí ir contigo al congreso?
―¡Equipo! ―Y se abalanzó sobre su compañera buscando chocar las manos―. ¡Equipoooo!
―¡Coño, Elvi!, ¡qué pesada eres, de verdad!
―Equipo… ―repitió pero más bajito y con las manos en alto, no se sabía si le estaban atracando o le escocían los sobacos. Y Vero, aunque intentó evitarlo, se descojonó.
Cenaron algo y después repasaron los tiempos de cada intervención, sobre todo la de Elvira, que a veces se le iba el hilo pensando en cualquier tontería como por ejemplo cómo eran capaces de respirar las hormigas sin pulmones.
―¡Elvi, por dios, y yo qué sé!, ¿pero quieres arrancar con las conclusiones?, ¡que llevas 47 minutos de charla y tu turno es de 40!
―Perdón, perdón, perdón. ―Recuperó su seriedad y se dispuso a retomar el discurso―. Yo creo que por las antenas, ¿no?
―¡ELVIRA!
Practicaron media horita más y luego Vero se dio por vencida, mandó a tomar por saco a su compañera y se tumbó en el sofá. Elvi, mientras de pie, seguía reclamando su equipo pero no estaba teniendo demasiada suerte. Vero se había puesto a revisar su móvil y cada dos por tres le decía que se callara.
―Pues me voy a mi casa.
―Ay, Elvi, no te vayas.
―Pero si no me haces ni caso y para estar así…
―Ya, pero eres tan coñazo que llenas la estancia, haces mucha compañía con tus tonterías, no me dejes, anda, quédate.
Elvira se sentó en el sofá porque reconoció ese tono de voz. A veces en China la soledad te agarraba como una boa constrictor y por más que lo intentaras era verdaderamente imposible librarte de ella.
―No sé nada de Antonio desde hace 3 semanas ―dijo por fin.
Elvira tardó en contestar, se sentía mal. No le había dicho que Rober y ella estaban escribiendo una novela sobre su historia, no quería que pensara que solamente hablaba con ella de Antonio por interés, aunque fuera así. Antonio desde el principio no le dio buena espina y poco le importaba, pero claro, adoraba a su amiga y debía medir perfectamente las palabras.
―A ver si se ha muerto. ―Quien dice medir las palabras dice…
―¡Joder, Elvira!
―Rafa se murió.
―Ya, pero Antonio está muy vivo. Ayer mismo colgó una foto en Instagram. No sé, quedamos un par de veces, la cosa no fue mal, de verdad, pero se quedó en un “ya te llamaré” y hasta hoy.
A Elvira le costaba ver a su compañera así, porque de las dos era ella la que arrastraba la incapacidad resolutiva además de una eterna inmadurez, y ver esta vez a Vero así, tan desubicada, le dio cierta lástima.
―¿Te he contado que pasé una temporada viviendo en Cuba? ―preguntó Elvira.
―No ―contestó sin saber muy bien a qué venía esa pregunta.
―Verás, allí aprendí muchas cosas…
―Ya, Elvi, no estoy para que me cuentes cochinadas.
―Tranquila, eso te lo cuento otro día ―Y las dos se rieron―. Allí, la cocinera de la residencia era santera y me enseñó a hacer amarres.
―¿Qué es eso?
―¡Vale! ―dijo poniéndose de pie―. Necesitamos: un papelito en blanco, un boli, miel y un platito.
Verónica tardó poco más de dos minutos en reunir todo lo que le pidió su compañera.
―¿Y ahora?
―Escribe en el papel su nombre y sus dos apellidos.
―Elvira, por qué me da que esto es una tontería como una casa.
―Bien, pues nada, olvídalo ―dijo y se dejó caer en el sofá.
―Hombre, a ver, ya que hemos empezado… pues lo hacemos ¿no?
―¡Equipo!
―¡No-me-abraces! Déjame escribir: Antonio Cartagena Flores.
―¡Y olé!
―Qué paciencia, señor. ¿Y ahora?
―Vale, ahora hay que colocar el papelito en el plato, oye, pero ¿mientras escribías su nombre has pensado en él fuertemente?
―No sé, me has puesto nerviosa, creo que sí.
―Sí, seguro que sí, piensas en él todo el tiempo, así que no te preocupes.
―A ver si ahora el truco se va a chafar.
―Que no se chafa y no es un truco, es magia negra.
―Mejor me lo pones. Bueno, ¿qué hago con el papelito?
―Vale, sí, ponlo en el plato y rocíalo de miel.
Vero la obedeció. Al terminar la miró.
―Ya está. Y ¿ahora qué se supone que pasa?
Elvira levantó los hombros, es cierto que en Cuba había estado hacía 14 años y quizá ya había olvidado muchas cosas, quizá demasiadas, así que se lo inventó.
―Hay que decir unas palabras y en menos de 24 horas te va a llamar.
―¿Qué palabras?
Elvira cerró los ojos y liberó su imaginación.
―De Pinar del Río a Las Tunas, de Matanzas a Camagüey, yo a ti, Yuyutá, te invoco para que amarres este amartelamiento, de Artemisa a Santiago, oh, Yuyutá, yo te invoco. Ameeeeeén.
―¿Yuyutá? ¿Qué diosa es esa?
―¿Eh? La de los hombres casados.
―Ah.
Después, la noche transcurrió tranquila, entre risas. Cotilleando sobre la universidad entera. Vivir en el campus era como hacer un Erasmus a los 40 años. Había chismes en cada departamento y en cada bloque de viviendas, era muy divertido, ambas profesoras se lo pasaban como verdaderas adolescentes rastreando los movimientos del resto de docentes. Todo estaba siendo muy inocente hasta que el móvil de Vero empezó a sonar. Ella lo miró y su cara fue un poema.
―¡Antonio! ―gritó.
―¡Antonio, Antonio, Antonio! ―gritaba Elvira por toda la casa como si lo estuviera anunciando al resto de invitados, pero allí no había nadie más.
―¡Calla!
―Antonio…
―¿Sí? Hola, Antonio… ¿eh?, no, no, no, me pillas leyendo, tranquilamente en el sofá… sí, sí, estoy sola… sí, es verdad, mucho tiempo, sí… tres semanas, pues… nada nuevo, ¿cómo? ―Verónica se levantó del sofá y miró a Elvira. Después se fue a su habitación y cerró la puerta.
Elvira se quedó sola en el salón esperando, metió el dedo índice en el platito con miel y la tocó, luego se lo limpió en el pijama. Casi 20 minutos más tarde, salió Vero de su habitación. Elvira prefirió esperar alguna reacción antes de decir nada.
―Era Antonio…
―Ya…
―Era Antonio, y eso…
Elvira no necesitó ninguna explicación más, nunca un “y eso” había sido tan claro. La abrazó con mucho cariño.
―¿Sabes? ―preguntó Elvira sin dejar de abrazarla―. Lo hacen por unas micro válvulas que están en su exoesqueleto.
―¿Qué?
―Las hormigas. Así respiran, lo he buscado en este ratito.
―Ah. ¿Y tienen muchas?
―¿Micro válvulas? No lo sé, si quieres lo buscamos ahora.
―Vale.
Y las dos profesoras se sentaron de nuevo en el sofá, bien juntas, para que la boa constrictor aprovechase ambos cuerpos de un solo ataque.