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7 ene 2025

El parador (II)

 

Pensando en Wyeth de Carmen Mansilla

Nota: Este relato es la continuidad de El parador (I), por lo que aconsejo leerlo antes.

Agarré con dos dedos el asa de la tacita de café y le di media vuelta. La ajusté al hueco del platillo y la observé con detalle, después me la llevé a la boca. Con la edad vas cogiendo manías, aunque a mí me gusta llamarlos rituales. Me sequé el labio superior con el inferior y volví a dejar la taza en la mesa con el asa, nuevamente, en el lado contrario.

—¿Ya lo tenéis todo preparado para esta noche? —pregunté a Abel a quien tenía delante. Mateo había subido a la habitación para llamar a sus padres.

—Sí.

Me elevé las gafas con un golpecito rápido en el lado izquierdo. Pesaban demasiado. Me lo advirtió el optometrista, te sientan bien, pero tienes poco puente, se irán resbalando, lo sonreí y le dije que me las quedaba. No han dejado de darme problemas desde entonces, es el precio que debemos pagar las feas presumidas.

—¿A medianoche vais a empezar con la investigación?

—Sí.

—Ya. ¿Has comido bien o te has quedado con hambre? Podemos pedir algo más de postre, ¿quieres?

—No.

Me contestaba sin levantar la vista de su móvil. Supongo que mi presencia le molestaba, a mí el saberlo me incomodaba. Me desabroché la chaqueta, hacía calor para ser octubre. El jardín era bonito aunque se me hacía desordenado. Las mesas se disponían sin una aparente lógica, parecían haber sido colocadas por un grupo de niños al terminar la clase. Eran mesas redondas de hierro y algunas tenían dos sillas, otras cuatro, había una de seis, cuatro de dos y otra a lo lejos de tan solo una, ¡qué disparate! Así que comencé a idear una distribución más armoniosa. Ladeé la cabeza y reorganicé el espacio mentalmente.

—¿Qué haces? —preguntó Abel.

—Nada —contesté.

—¿Qué estás contando?

—¿Contaba en voz alta? —solté una carcajada—. Pues no lo sé.

—Puta chalada...

Lo miré un instante y le pregunté si ya había llamado a su madre para darle las gracias.

—¿Gracias de qué?

—Este parador no es barato. Llevas tiempo queriendo venir y ella lo sabía. Ha sido un bonito detalle.

—¿Para quién? ¿Para mí o para ella? Le ha faltado tiempo para soltarme aquí y así llevarse a la abuela a Valladolid.

—¿Eso te ha molestado?

—¡Me la suda!, ¿vale? ¡Joder! ¡Comedme todos la puta polla!

Le hice un gesto para que bajara el tono y le pedí que me hablara con respeto porque si no nos volveríamos a Madrid en el siguiente tren, le expliqué con inquebrantable serenidad que no había construido mi vida para compartir mis cafés con adolescentes alterados. Amaba profundamente el orden y la tranquilidad de cada uno de mis días gracias a todas las decisiones que había ido tomando para conseguirlo, por ello, a mis cuarenta y siete años no estaba dispuesta a sacrificarlo ni siquiera durante un fin de semana. Por último, le avisé de que era una mujer de mecha corta y sin remordimientos, que lo interpretara como buenamente pudiera.

—¿Me has entendido? —Abel asintió y se agachó colocando los codos sobre las rodillas—. Bien, pues hablemos. ¿No te parece bien que tu madre lleve a tu abuela a Valladolid?

—No es un puto trasto —dijo sin levantar la vista.

—No, no lo es, claro que no. Pero Sabina tiene muchas dificultades para ser autosuficiente, ya lo sabes. Tu madre no puede hacerse cargo, es un problema del que tus tíos también deben responsabilizarse.

—Que la dejen en paz…

—No es tan fácil, Abel.

—¿Quién va a hacerse cargo de ti? —preguntó alzando la cabeza.

—Nadie tiene que hacerse cargo de mí.

—Ahora no. Pero cuando seas una puta vieja, ¿qué? Si ya estás mazo chalada, imagínate en unos años. —Crucé los brazos y me recosté sobre el respaldo de la silla—. Tranquila, tienes suerte, no tienes hijos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que nadie va a decidir por ti. Te morirás sola en tu puta casa, esa del pueblo que te vas a comprar con Joan, y te comerán los doscientos gatos que habrás acumulado porque terminarás en plan pirada total.

—Ya. ¿Y te parece una bonita manera de morir? ¿Quieres eso para tu abuela?

—Joder, macho, Elvira, no es lo que yo quiera, es lo que cada uno decida, que me la suda te digo, ¡pero, joder, son viejos no putos retrasados! —Respiró un poco—. Mi abuela quiere estar en su casa en plan tranquila con su puto huerto y sus putos animales, ¡y ya! Pero la van a matar llevándola de aquí para allá.

—Sabina no puede estar sola en aquella casona.

—Tú tampoco podrás y lo estarás. Y yo. Tenemos suerte. No serán nuestros hijos quienes nos maten.

—Abel…

—Llama a mi madre y dale tú las putas gracias. Por mí como si se muere, como si se mueren las dos.

—Abel… Abel, siéntate, venga, no te vayas, sigamos hablando, ¡Abel!

Lo vi alejarse, hacia a la entrada del parador, desgarbado y oscuro.


(Continuará...)


 

9 nov 2024

El parador (I)

 

Psycho de Francesco Francavilla

Siempre tuve claro que lo de tener hijos no era para mí. El planeta jamás necesitó de la existencia de mis vástagos y eso lo supe ver. Somos muchos, alguien tenía que dejar de parir y me presenté voluntaria. Además, concebí la vida como un paseo sin responsabilidades, entiéndase, las básicas sí, pero ninguna añadidura extra que hipotecara mi tiempo libre. Porque quien verdaderamente es consciente de que lo dispone, lo disfruta perdiéndolo. El malgaste temporal es el cuarto pecado capital para aquellos que desoyeron el aviso terrenal de aforo completo. Cuidad de vuestros hijos, infelices, y justificad la desdicha que os acosa incansablemente con la farsa de la plenitud humana. Sed rebaño de un torrente ciego y sentíos parte indispensable de una sociedad trilera. Que yo, libre y angosta, me retozaré siendo…

—¿Te refieres a los dos?  —pregunté por teléfono.

—Sí, a los dos —contestó Almudena—. Son chavales majos, tienen sus cosas, pero no te van a dar guerra en todo el fin de semana, te lo prometo. Elvi… por favor… Dime que te los llevas.

Había decidido no tener hijos, sin embargo, me había sido imposible no enamorarme de mi mejor amiga, quien como madre soltera, delegaba en mí a su querubín de quince añitos de vez en cuando.

Almudena debía llevar a su madre, con una demencia senil bastante preocupante, a Valladolid a casa de su hermano. El estado de la madre provocó que los tres hermanos se pusieran de acuerdo para repartírsela cuatro meses al año, como el San Pancracio que rotaba en el vecindario de mis padres cuando era pequeña.

Era sábado por la mañana y estaba con Abel y su amigo, en la estación de Chamartín esperando a nuestro tren para ir a un parador de la provincia de Salamanca. Almudena le había regalado a su hijo una estancia en este parador por tener fama de estar encantado y de escucharse los llantos de una mujer en sus pasillos. Abel llevaba tiempo siguiendo podcast y programas de misterio y había decidido documentar la experiencia de Salamanca con su amigo.

—Mateo te llamas, ¿verdad? —dije. El chico asintió y se dio media vuelta—. Bueno, pues nos lo vamos a pasar muy bien los tres. —Abel también me dio la esplada y yo fijé la vista en el panel de salidas rogando ser engullida por un agujero de gusano para estar ya de vuelta.

En el tren los chicos se sentaron juntos. Parecían dos cucarachas con capucha. Habían reclinado los asientos y repanchingados miraban las pantallas de sus móviles con auriculares. Yo, como buena señora de casi cincuenta años, había ocupado el asiento de delante, había sacado el libro y el botellín de agua del bolso, el cual lo había colocado bajo el asiento delantero, y con los brazos cruzados inspeccionaba que nadie subiera una maleta de gran peso en la parte superior.

—Perdone, perdone —avisé a un hombre de poco más de treinta años—, considero que esa maleta es demasiado grande, así que para que no haya incidentes mejor déjela al final del pasillo, en el área de maletas.

El hombre me miró, pero no dijo nada, alzó la maleta y la colocó en el compartimento de arriba. Su acompañante le preguntó por mí, por lo que le había dicho.

—Nada, una loca… —contestó.

¿Loca yo, caballero? Apreté los labios y emití un suspiro lo suficientemente alto para que lo oyera. Quería incomodarlo, no lo conseguí, otra cucaracha que se puso sus auriculares. Pegué un traguito de agua y, después de estirarme cuatro veces el jersey por la parte de delante, volví a cruzar los brazos en busca de mi siguiente víctima.

El tren arrancó y del bolso saqué un paquete de Sugus.

—¿Un Sugus, chicos? —pregunté dándome la vuelta. Metí el paquete entre el hueco de los dos asientos. Abel se quitó un auricular.

—Paso de esa mierda —dijo.

—Genial. ¿Un Sugus, Mateo? —El chico levantó los hombros y miró a su amigo—. Coge si quieres —insistí. Alargó el brazo y metió la mano en la bolsa de plástico, sacó un puñado. Luego abrió la palma y me los enseñó.

—Cojo estos, ¿vale?

—Claro, los que tú quieras.

Abel lo miró y le robó un par de ellos de la mano. Me reí y me di la vuelta.

Tras un viaje tranquilo y antes de que hubiera podido empezar la pagina 103 de la novela, la megafonía del vagón anunció nuestro destino.

—¡Chicos! —exclamé poniéndome de pie—. Nos bajamos aquí. Coged las mochilas, ¡vamos!

Una vez en el andén miré a derecha y a izquierda y me di cuenta de lo poco que conocía mi país.

—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Abel, creo que con la misma inquietud que la mía porque aquella estación, por llamarla de alguna manera, estaba en medio de la más absoluta nada.

—Tu madre eso me dijo… —Leí de nuevo el cartel con el nombre del pueblo salmantino que colgaba del tejado de aquel apeadero y fingí tenerlo todo controlado—. Aquí es, aquí es. ¿Tenéis todas vuestras cosas?

Decidí tirar hacia la izquierda, como siempre hago, y justo en el andén de enfrente apreció una mujer bastante mayor con una niña de la mano. La saludé y le pregunté por el parador. Me dijo que sí, que era allí, que a seis kilómetros por carretera lo encontraríamos. Los chicos protestaron sin disimulo. Le pregunté si el camino resultaría peligroso, pero enseguida lo negó, dijo que apenas había tráfico. Salimos de la estación y tomamos la carretera. Comenzamos la marcha en fila de a uno por el estrecho arcén.

—¿Así seis putos kilómetros, Elvira? —Abel desde la posición del medio.

—¿Se te ocurre algo mejor? —yo desde la primera posición.

—¿Por qué no hemos venido en coche? —Mateo, el tercero.

—¿Por qué es ciega? —el segundo.

—¿Quién? —el tercero.

—Esta —el segundo señalando a la primera.

—¡No soy ciega! —yo—. Solo me falta un ojo y medio.

—¡Pues ciega! —el segundo otra vez.

—¿En plan ves sombras o en plan ves borroso y negro? Lo digo porque igual otro debería ir el primero —el tercero.

—Mateo, en plan hazme un favor y cómete un Sugus. —yo.  Abel se rio y pidió que paráramos.

Bebimos un poco de agua y tras conectar el GPS de su móvil, Abel tomó la primera posición, yo la segunda y Mateo seguía en la tercera. Este último, desconfiado, me preguntó si la enfermedad que me estaba dejando ciega era contagiosa, Abel volvió a reírse y lo llamó puto gañan. Le expliqué que no, que era hereditaria, que podía tocarte o no, como la lotería.

—Entiendo —dijo—. Yo tengo pie griego, lo he heredado de mi madre. ¡Ah y mira!, ¡mira! —exclamó y me hizo dar la vuelta y me mostró un lunar en la sien—. Este es de mi padre. Heredado también. Estamos jodidos, Elvira, con nuestros genes.

Intenté no reírme y asentí con la mayor empatía que pude encontrar en ese momento. Lo cierto es que, tras aquel acercamiento debido a nuestro defectuoso ADN, me contó las estrategias que tenían programadas para pillar a la mujer llorona de los pasillos del parador. Según lo iba explicando, Abel le puntualizaba con seriedad algún detalle desde la primera posición, se había erigido como cabecilla del grupo, riéndose a ratos con cierta condescendencia, como si estuviera en un estrato superior, más maduro y responsable. Y en ese momento, recordé las palabras de mi amiga “son chavales majos”, lo son, sí.

Tras casi una hora caminando por asfalto, encontramos un cartel que nos indicaba la desviación para llegar al parador. El camino se convirtió en gravilla y arena y continuamos durante unos veinte minutos más hasta encontrarnos frente a un viejo edificio de piedra de más de doscientos años.

—Bueno, chicos, pues aquí están vuestros fantasmas —dije.

Ellos ocultaron la sonrisa tras sus capuchas y entramos al parador.


(Continuará…)

 

31 oct 2021

La casa

 

Fotografía: Elvira Rebollo

—Elvisa, esta es tu habitación —dijo la mujer abriendo la puerta—. ¿Te gusta? Mira, ahí puedes dejar la maleta. Ahora lo ves todo oscuro pero mañana te darás cuenta de la claridad. En este lado de la montaña pega el sol casi todo el día. Aunque hayan anunciado lluvias, seguro que nos dan una tregua, disfrutarás del paisaje, ya lo verás.  —Se alisó la papada y me miró sonriente—. Elvisa, qué bonito nombre.

—Elvira —dije—. Con erre.

—¿Y eso?

—Por la abuela de mi madre.

—Vaya, pobre, qué mala suerte.

Y recordándome que la cena era a las nueve, cerró la puerta. Me senté en la cama y me froté la frente con la yema de dos dedos. Cerré los ojos y respiré con fuerza.

A las nueve y diez, desde uno de los extremos del porche, mandaba un audio a Joan para decirle que ya había llegado y que la casa era bastante mejor de lo que esperaba pero que no paraba de llover. Quise decirle que lo quería, que lo quería con locura porque era consciente de la paciencia que estaba teniendo conmigo, pero solo atiné a pronunciar que no se olvidara de poner una lavadora con las toallas blancas.

—Ya estamos cenando, Elvisa —dijo la mujer asomando la cabeza por el portalón de entrada.

—Elvira.

—Lo sé.

Confusa metí el móvil en el bolsillo de atrás de mi vaquero y entré en la casa.

—Ahí, siéntate ahí, junto a Sonsoles.

El comedor era una pequeña estancia con una larga mesa para diez comensales. Obediente me sentí junto a una mujer de mediana edad, menuda, de pelo grasiento recogido en un moño alto y con gesto serio. A mi otro lado no había nadie pero enfrente: una joven pareja, o eso parecía, de poco más de 30 años.

—Hola —dije al sentarme.

—Bueno, este fin de semana solo ocupáis vosotros cuatro la casa, con la lluvia ha habido tres cancelaciones. Elvisa, ¿te gusta la purrusalda?

—Sí. —En verdad no. Odiaba los hilillos del puerro entre los dientes—. Me encanta.

Los jóvenes hablaron de la nueva pandemia que se nos venía encima con la caída de Evergrande. Afirmaban que tener congestionada a China iba a repercutir en una grave pulmonía para el resto del mundo. Parecían entenderse bien. Él aseveraba lo que decía ella y ella dejaba espacio al final de cada frase para que él las pudiera terminar. Los miraba con pereza. Tras arrastrar los trozos de puerro alrededor del plato, me excusé diciendo que salía un ratito fuera. Me apoyé en la barandilla de madera y contemplé una negra lejanía que no parecía ni existir.

—Son demasiado jóvenes —dijo Sonsoles acercándose. Se paró junto a mí y me preguntó qué observaba entre tanta oscuridad.

—Mi vida —dije, se rio y me ofreció un cigarro—. No fumo. —Al mirarla me di cuenta de que estaba acribillada por las arrugas y su expresión quizá no era seria sino cansada. Se llevó un pitillo a la boca—. ¿Y tú, por qué has venido?

—Te podría decir que para tomar aire fresco lejos de la ciudad, cargar pilas y todas esas tonterías que dices cuando no quieres contar la verdad. —Nos miramos y tras un incómodo silencio me preguntó—: ¿Tienes hijos?

—No, por favor —dije con desaire.

—¿No te gustan los niños?

—Vivos no.

—Bueno, supongo que no hay nada que sirva para mucho una vez muerto.

—Los maridos —contesté.

Soltó una tremenda carcajada y después llamó a la mujer. Al asomarse por el portalón le pidió si podía sacar los cafés al porche.

—Claro, queridas, pero no cojáis frío. Os bajaré unas mantas también.

La vimos desaparecer y retornamos nuestras miradas hacia lo negro.

—Yo tengo dos, ¿sabes? —dijo.

—¿Maridos?

Giró la cabeza y sonrió.

—De 17 y 15 años. Viven con su padre. La custodia fue mía pero ellos prefirieron irse con él, ¿y qué puedes decir a dos adolescentes? Los veo muy de vez en cuando. —Se sentó en una de las sillas de plástico, se ajustó el jersey al cuerpo y guardó el cigarrillo porque ni siquiera lo había encendido—. Cada vez que les toca conmigo tienen planes con los amigos o eso dicen. Eso dicen. Eso es lo que dicen y yo, pues… no digo nada, ¿qué voy a decir? Y así llevo tres años. —Me senté a su lado con las piernas estiradas alisándome los vaqueros, como si semejante tela pudiera arrugarse—. Así que sí, estoy aquí para tomar aire fresco lejos de la ciudad, ¿no?

—Y para cargar pilas.

—Y para cargar pilas, sí.

—Los cafés, queridas. —La mujer dejó sobre la mesita de plástico una bandeja con dos cafés solos, una jarrita de leche y un azucarero de porcelana con forma de calabaza—. Las mantas os las traigo ahora mismo. —Entró de nuevo en la casa y salió al de un minuto cargada con dos colchas de colores. Sonsoles se levantó para ayudarla—. Gracias, preciosa. No cojáis frío, disfrutad de la noche y recordad que el desayuno es a las siete y media.

Sus anchas caderas y su enorme desparpajo cruzaron el portalón desapareciendo dentro de la casa. Sonsoles me ofreció una colcha.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo?

—¿A cuántos maridos has matado?

—Me hubiera gustado matar a varios, pero nunca me casé con ellos.

Sonsoles echó un poco de azúcar a su café y lo removió con energía. Bebió un sorbito y lo dejó otra vez sobre la mesa.

—¿Te echo azúcar al tuyo?

Crucé las piernas y pensé en si Joan pondría la lavadora o no. Recosté la cabeza sobre el duro respaldo de la silla y dije:

—He empezado un trabajo que detesto. Llevo tres años con una investigación que no tiene fin y que ahora comparto con una francesa que me está quemando los nervios. Y mi chico parece, desde hace semanas, estar rumiando algo que no quiero oír. No quiero… Así que sí, yo también estoy aquí para tomar aire fresco lejos de la ciudad, ¿no?

—Entiendo, entonces mejor sin azúcar.

                                                                                             (Continuará…)

                                

10 may 2021

Las videollamadas las carga el diablo III

Marc Riboud


En Madrid, cuarto piso de la Plaza de Cascorro, 2. Domingo a las 23.07.

Almudena entra en la habitación de su hijo de 12 años.

—Abel, hace una hora que debías estar en la cama. Te lo pido, por favor, apaga la consola. No me mires así, no soy tu enemigo. Me habías prometido que cumplirías los horarios. Tenemos un trato.

—Tendremos un trato cuando vea a mi padre. Este verano me voy con él.

—¡Abel!

—¡Muérete!

En el campus de una ciudad del norte de China. Sexto piso del edificio de profesores extranjeros. Lunes a las 05.07.

Elvira da vueltas con la cucharilla al café recién hecho. Mira por la ventana de la salita de estudio. A pesar de la hora, es completamente de día y muchos estudiantes se dirigen a la pista de atletismo para hacer deporte. Intenta sacudir la cucharilla en el borde del vaso, se le resbala, cae al suelo, al agacharse pierde el equilibrio y derrama el café sobre uno de los libros del escritorio que está bajo el ventanal. Joder, gime, joder, joder, joder. Con una servilleta de papel intenta limpiarlo. La servilleta se desmenuza y pelotillas compactas de papel con olor a café se incrustan entre las páginas. Joder. Se sienta frente al escritorio, mira su desordenada mesa, su sucio libro y colocando las manos entre las piernas comienza a llorar.

En Madrid, en un diáfano salón de un chalet en Puerta de Hierro. Domingo a las 23.07.

Beatriz niega con la cabeza mientras escucha a su padre sentada en la repisita de la chimenea.

—No es eso lo que he querido decir, cielo. Sabes que esta es tu casa. Tu madre y yo estamos encantados de que te quedes, por eso no queremos que te precipites con un nuevo proyecto. Berlín puede esperar. Quizá lo que necesites es encontrar tu espacio otra vez en Madrid.

—¿Mi espacio? ¿Aquí? ¿Con vosotros?

—Cielo, no te preocupes por eso, alquilaremos un nuevo apartamento. Algo pequeño para ti. Quizá una buhardilla, ¿te gustaría, eh, pajarito? Podría ser en Malasaña o La Latina o Chueca… No sé, un barrio con vida en el que tú te encuentres a gusto, cielo.

—Cariño —interrumpió su madre—, deja de huir, por favor. Primero Múnich con ese chico, ahora… Tu padre tiene muchísima razón. Además, ¿qué tiene Berlín que no tenga Madrid?

—Una vida propia, mamá. Una-puta-vida-propia.

Beatriz sale del salón, sube las escaleras y se encierra en su vieja habitación. Alcanza el móvil y escribe en el grupo de Wechat que comparte con sus amigas Almudena y Elvira, desde que esta última se marchara allí a trabajar.

¿Podéis hablar un ratito? ¿Videollamada? Me va a estallar la puta cabeza. Elvira, ¿estás despierta?

Elvira se seca los mocos con la manga del pijama y coge el móvil al sentirlo vibrar sobre la mesa y responde:

Dame 5 minutos.

Almudena lee ambos mensajes sentada en el retrete. A mí dame 10, contesta.

Doce minutos después, las tres amigas están conectadas.

En la parte de arriba, a la izquierda, se ve a Beatriz. Con el pelito corto pero lo suficientemente largo para tenerlo bastante alborotado. Una camiseta de tirantes negra y un ancho jersey gris que deja su hombro derecho al descubierto. Sostiene  en la mano un botellín de cerveza.

A la derecha, no se ve a nadie. Supuestamente debería estar Elvira pero está desplomada sobre la mesa. Y en la fila de abajo, en el centro, se ve a Almudena. Media melena, flequillo y gruesas gafas de pasta azul. Está comiendo medio sándwich de pavo.

—Elvi, no te vemos, ajusta el portátil —dirige Beatriz.

—Estoy aquí —dice alzando una mano—, aquí.

—Ya, pero no te vemos.

Elvira levanta la cabeza y Almudena da un respingo.

—Pero, ¿qué mierda te pasa?

Elvira se acerca a la cámara de su portátil y dice muy despacio:

—Sacadme de aquí ya. Ya. Ya.

—¿Qué coño…?

—No soporto ni un día más en este país. Todo es gris. Alguien hizo desaparecer los colores. Los días están apagados, con esa pegajosa niebla. Y hay tantos, tantos, taaaaantos conflictos entre los profesores que en vez de una universidad parece un patio de colegio. No lo soporto. Sacadme ahora mismo, por favor, os lo suplico… —comienza a llorar de nuevo.

Beatriz se ríe y le pide que se calle, que no sea niña, que tan solo le quedan dos meses.

—Dos meses es suficiente para acabar con una persona…

—Pero, Elvi, loca mía, pensaba que lo peor ya había pasado —explica Almudena—. La cuarentena terminó y ahora es disfrutar de tu idílica vida en el campus.

—Aquello no fue una cuarentena, fue un campo de reeducación. Solo les faltó hacerme dos trencitas en el pelo, vestirme de verde y sacarme al campo a arar la tierra.

—¿Estoy oyendo quejarse a la comunista convencida? —preguntó Beatriz. Elvira volvió a desplomarse sobre la mesa—. Vamos, Elvi, ¿qué quieres?, ¿regresar a Madrid? ¿Sabes la que se ha liado este fin de semana con el fin del estado de alarma? Van a colapsar los hospitales otra vez, esto está lleno de subnormales.

Elvira levanta la cabeza:

—¿Subnormales? ¿Hablamos de mi Departamento?

—O de mi hijo…

—Almu, debes enderezar a ese niño, como no lo hagas ya, te va a comer en unos años —explica Beatriz.

—¡Ya lo está haciendo! No sé cómo pararlo.

—Tráelo a China. Tres semanas en un hotel de Tianjin de cuarentena y… voilà, ¡como nuevo! Se le quita la tontería de raíz, bueno, luego también se le quitarán las ganas de seguir viviendo, pero ese es otro tema...

—Quiere ver a su padre.

—Dile que está muerto.

—Apoyo a Bea.

—¿Cómo le voy a decir semejante barbaridad?

—Abel, tu padre ha muerto.

—Apoyo a Elvi.

—¡Estáis mal de la cabeza! ¡Las dos!

—Almudena, cuanto antes nos deshagamos de los padres, mejor. Y no lo digo yo: Kafka, Kierkegaard, Unamuno, Freud, Nietzsche…

—Elvi, tu filosofía y tú os podéis ir a la mierda.

—Supongo que hasta que no muera mi padre estaré atada a su vida —dice Beatriz—. Y, aunque me incomoda, me aporta mucha seguridad. No lo voy a negar, me gusta pensar que mi vida está resuelta. Sí, soy una privilegiada, ¿debo avergonzarme? Soy una hija florero, soy una hija florero. —Se pone de pie con los brazos en cruz y grita—: ¡Soy una hija florero! Todo lo que he tendido en mi vida ha sido gracias a mi señor padre, todo, ¡todo!

—Bueno, el cáncer fue tuyo, solo tuyo.

—¡Elvi! —reaccionó Almudena.

Beatriz empieza a reírse. Se sienta y mira a cámara:

—Sabes, Elvi, cuando no tengo un buen día, como hoy, me gusta tomarme mi tiempo. Reflexiono y pienso mucho en ti y eso me reconforta. Sí, porque saber que me parezco tan poco a ti me da tranquilidad.

—¿Te has enfadado? —pregunta ella parpadeando con rapidez. Al no recibir respuesta insiste—: Almu, ¿Bea se ha enfadado?

—Sí, Elvi, Bea se ha enfadado, no ha estado bien.

Elvira se deja caer con lentitud sobre la mesa. Levanta una mano y agitándola en el aire dice:

—Está bien, cuando empiece mi segunda vida, me avisáis.

En Madrid, cuarto piso de la Plaza de Cascorro, 2. Domingo a las 23.57.

Almudena entra en la habitación de su hijo. Está sobre la cama, sigue despierto. Ella respira profundamente y se apoya en la puerta.

—Abel... —Hace una pausa, duda. Termina diciendo—: Me acaban de llamar, mañana tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

—Duérmete, es tarde, hablamos mañana.

Almudena sale y cierra la puerta apretando los labios.

En Madrid, en un chalet de Puerta de Hierro. Domingo a las 23.57.

Beatriz se cuela en la habitación de sus padres. Se acuclilla frente a la cama, en el lado de su padre.

—Papá, ¿duermes? ¿Papá?

El hombre se despierta sobresaltado.

—¿Qué pasa, pajarito?, ¿estás bien? ¿Ocurre algo?

—Nada, es solo que… Bueno, me gustaría una buhardilla en La Latina, quiero estar cerca de mis amigas, son unas idiotas, pero me harán compañía.

—Claro, cielo, claro. Oh, qué alegría le vas a dar a tu madre. Claro, mañana lo buscamos, pajarito mío.

Beatriz lo besa y sale del dormitorio.

En el campus de una ciudad del norte de China. Sexto piso del edificio de profesores extranjeros. Lunes a las 05.57.

         Elvira sigue desplomada en su escritorio, con la manga de su pijama llena de mocos, murmurando, como si de un mantra se tratara, sacadme de aquí…