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9 nov 2024

El parador (I)

 

Psycho de Francesco Francavilla

Siempre tuve claro que lo de tener hijos no era para mí. El planeta jamás necesitó de la existencia de mis vástagos y eso lo supe ver. Somos muchos, alguien tenía que dejar de parir y me presenté voluntaria. Además, concebí la vida como un paseo sin responsabilidades, entiéndase, las básicas sí, pero ninguna añadidura extra que hipotecara mi tiempo libre. Porque quien verdaderamente es consciente de que lo dispone, lo disfruta perdiéndolo. El malgaste temporal es el cuarto pecado capital para aquellos que desoyeron el aviso terrenal de aforo completo. Cuidad de vuestros hijos, infelices, y justificad la desdicha que os acosa incansablemente con la farsa de la plenitud humana. Sed rebaño de un torrente ciego y sentíos parte indispensable de una sociedad trilera. Que yo, libre y angosta, me retozaré siendo…

—¿Te refieres a los dos?  —pregunté por teléfono.

—Sí, a los dos —contestó Almudena—. Son chavales majos, tienen sus cosas, pero no te van a dar guerra en todo el fin de semana, te lo prometo. Elvi… por favor… Dime que te los llevas.

Había decidido no tener hijos, sin embargo, me había sido imposible no enamorarme de mi mejor amiga, quien como madre soltera, delegaba en mí a su querubín de quince añitos de vez en cuando.

Almudena debía llevar a su madre, con una demencia senil bastante preocupante, a Valladolid a casa de su hermano. El estado de la madre provocó que los tres hermanos se pusieran de acuerdo para repartírsela cuatro meses al año, como el San Pancracio que rotaba en el vecindario de mis padres cuando era pequeña.

Era sábado por la mañana y estaba con Abel y su amigo, en la estación de Chamartín esperando a nuestro tren para ir a un parador de la provincia de Salamanca. Almudena le había regalado a su hijo una estancia en este parador por tener fama de estar encantado y de escucharse los llantos de una mujer en sus pasillos. Abel llevaba tiempo siguiendo podcast y programas de misterio y había decidido documentar la experiencia de Salamanca con su amigo.

—Mateo te llamas, ¿verdad? —dije. El chico asintió y se dio media vuelta—. Bueno, pues nos lo vamos a pasar muy bien los tres. —Abel también me dio la esplada y yo fijé la vista en el panel de salidas rogando ser engullida por un agujero de gusano para estar ya de vuelta.

En el tren los chicos se sentaron juntos. Parecían dos cucarachas con capucha. Habían reclinado los asientos y repanchingados miraban las pantallas de sus móviles con auriculares. Yo, como buena señora de casi cincuenta años, había ocupado el asiento de delante, había sacado el libro y el botellín de agua del bolso, el cual lo había colocado bajo el asiento delantero, y con los brazos cruzados inspeccionaba que nadie subiera una maleta de gran peso en la parte superior.

—Perdone, perdone —avisé a un hombre de poco más de treinta años—, considero que esa maleta es demasiado grande, así que para que no haya incidentes mejor déjela al final del pasillo, en el área de maletas.

El hombre me miró, pero no dijo nada, alzó la maleta y la colocó en el compartimento de arriba. Su acompañante le preguntó por mí, por lo que le había dicho.

—Nada, una loca… —contestó.

¿Loca yo, caballero? Apreté los labios y emití un suspiro lo suficientemente alto para que lo oyera. Quería incomodarlo, no lo conseguí, otra cucaracha que se puso sus auriculares. Pegué un traguito de agua y, después de estirarme cuatro veces el jersey por la parte de delante, volví a cruzar los brazos en busca de mi siguiente víctima.

El tren arrancó y del bolso saqué un paquete de Sugus.

—¿Un Sugus, chicos? —pregunté dándome la vuelta. Metí el paquete entre el hueco de los dos asientos. Abel se quitó un auricular.

—Paso de esa mierda —dijo.

—Genial. ¿Un Sugus, Mateo? —El chico levantó los hombros y miró a su amigo—. Coge si quieres —insistí. Alargó el brazo y metió la mano en la bolsa de plástico, sacó un puñado. Luego abrió la palma y me los enseñó.

—Cojo estos, ¿vale?

—Claro, los que tú quieras.

Abel lo miró y le robó un par de ellos de la mano. Me reí y me di la vuelta.

Tras un viaje tranquilo y antes de que hubiera podido empezar la pagina 103 de la novela, la megafonía del vagón anunció nuestro destino.

—¡Chicos! —exclamé poniéndome de pie—. Nos bajamos aquí. Coged las mochilas, ¡vamos!

Una vez en el andén miré a derecha y a izquierda y me di cuenta de lo poco que conocía mi país.

—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Abel, creo que con la misma inquietud que la mía porque aquella estación, por llamarla de alguna manera, estaba en medio de la más absoluta nada.

—Tu madre eso me dijo… —Leí de nuevo el cartel con el nombre del pueblo salmantino que colgaba del tejado de aquel apeadero y fingí tenerlo todo controlado—. Aquí es, aquí es. ¿Tenéis todas vuestras cosas?

Decidí tirar hacia la izquierda, como siempre hago, y justo en el andén de enfrente apreció una mujer bastante mayor con una niña de la mano. La saludé y le pregunté por el parador. Me dijo que sí, que era allí, que a seis kilómetros por carretera lo encontraríamos. Los chicos protestaron sin disimulo. Le pregunté si el camino resultaría peligroso, pero enseguida lo negó, dijo que apenas había tráfico. Salimos de la estación y tomamos la carretera. Comenzamos la marcha en fila de a uno por el estrecho arcén.

—¿Así seis putos kilómetros, Elvira? —Abel desde la posición del medio.

—¿Se te ocurre algo mejor? —yo desde la primera posición.

—¿Por qué no hemos venido en coche? —Mateo, el tercero.

—¿Por qué es ciega? —el segundo.

—¿Quién? —el tercero.

—Esta —el segundo señalando a la primera.

—¡No soy ciega! —yo—. Solo me falta un ojo y medio.

—¡Pues ciega! —el segundo otra vez.

—¿En plan ves sombras o en plan ves borroso y negro? Lo digo porque igual otro debería ir el primero —el tercero.

—Mateo, en plan hazme un favor y cómete un Sugus. —yo.  Abel se rio y pidió que paráramos.

Bebimos un poco de agua y tras conectar el GPS de su móvil, Abel tomó la primera posición, yo la segunda y Mateo seguía en la tercera. Este último, desconfiado, me preguntó si la enfermedad que me estaba dejando ciega era contagiosa, Abel volvió a reírse y lo llamó puto gañan. Le expliqué que no, que era hereditaria, que podía tocarte o no, como la lotería.

—Entiendo —dijo—. Yo tengo pie griego, lo he heredado de mi madre. ¡Ah y mira!, ¡mira! —exclamó y me hizo dar la vuelta y me mostró un lunar en la sien—. Este es de mi padre. Heredado también. Estamos jodidos, Elvira, con nuestros genes.

Intenté no reírme y asentí con la mayor empatía que pude encontrar en ese momento. Lo cierto es que, tras aquel acercamiento debido a nuestro defectuoso ADN, me contó las estrategias que tenían programadas para pillar a la mujer llorona de los pasillos del parador. Según lo iba explicando, Abel le puntualizaba con seriedad algún detalle desde la primera posición, se había erigido como cabecilla del grupo, riéndose a ratos con cierta condescendencia, como si estuviera en un estrato superior, más maduro y responsable. Y en ese momento, recordé las palabras de mi amiga “son chavales majos”, lo son, sí.

Tras casi una hora caminando por asfalto, encontramos un cartel que nos indicaba la desviación para llegar al parador. El camino se convirtió en gravilla y arena y continuamos durante unos veinte minutos más hasta encontrarnos frente a un viejo edificio de piedra de más de doscientos años.

—Bueno, chicos, pues aquí están vuestros fantasmas —dije.

Ellos ocultaron la sonrisa tras sus capuchas y entramos al parador.


(Continuará…)

 

6 oct 2024

Bucolismo en un biplaza

 

Dos viejos comiendo sopa de Francisco de Goya (Museo del Prado, Madrid)

—Podría haber venido Joan, ¿no? Digo yo que también será su casa.

—Beatriz, tienes un biplaza, ¿lo habrías metido en el maletero?

—Mira, Elvi, no vas a conseguir que me sienta culpable por tener un nuevo BMW. ¿Por qué todos los comunistas sois así? ¡Jodeos por vivir en la inmundicia, no es nuestro problema! ¿Tú no eres feliz con la chatarra de tu amiguita Almudena?, os la presta a todos, ¿no?, esa antigualla verde metalizada que ni sé cómo no está en el Museo Arqueológico, ¡cualquier día os matáis en ella! Sois unos inconscientes, pero, claro, en eso radica ser roja, ¿verdad?: en ser una inútil, no facturar y, culpando al sistema capitalista, decir que lo tuyo es mío y lo mío ya veremos, ¡lo mío ya veremos!

—Beatriz, este coche te lo acaba de comprar tu padre.

—¿Y qué quieres decir con eso?

—Nada, no quiero decir nada. —Suspiro y sigo mirando a la carretera.

—Si lo que tienes es envidia, chica, le digo que te compre otro a ti.

Me mira con sorna y nos reímos. Tener de vuelta a Beatriz en mi vida es volver a contemplar la vida desde otra perspectiva y eso me divierte. Lo cierto es que la había echado mucho de menos. La personalidad de Bea encendía cada momento que comparto con ella. Sí, es cierto, tengo envidia, no precisamente de su caprichoso BMW Z4 sino de su fuerza y seguridad en sí misma. Podía convencerte del mayor disparate jamás contado solo por cómo lo estaba exponiendo, te llevaba a su terreno con tal zalamería que nunca nadie le negaría nada. Y por ese motivo le había pedido que me acompañara. En la búsqueda de nuestra casita de campo, Joan y yo habíamos visto una en la Sierra del Segura. En realidad, se trataba de una casona derruida y un establo en medio de la nada, sin embargo, la podíamos pagar y ya veríamos cómo sacarla adelante. Aun así, queríamos bajar el precio, cuanto más pudiéramos reservar para la reforma, mejor. Y nadie como Beatriz para negociar una venta y salir ganando.

Llegamos y Bea sale del coche con coquetería poniéndose las gafas de sol y sonriendo al hombre de la inmobiliaria que espera frente al terreno. A mí me cuesta algo más, enseguida me doy cuenta de que desencajarme de aquel deportivo no iba a ser cosa fácil. Primero me agarro con una mano al techo, pero así, mis cortas piernas no alcanzan a tocar el suelo, así que las vuelvo a meter; esta vez me sujeto a ambos lados de la puerta, en cruz, y con impulso saco las piernas y de puntillas toco el suelo, sintiendo tierra firme voy arrastrando el culo hasta ponerme al filo del asiento, pego un salto y salgo con un gritito.

—Es discapacitada —señala Beatriz al hombre quien no deja de mirarme perplejo.

El hombre nos muestra la casa. La miro desde fuera y decepcionada digo:

—No tiene porche.

—¿Porche?, no tiene paredes... —añade Beatriz.

—Señoras, estamos ante una finca rústica con casi diez mil metros cuadrados de terreno. Podrán poner los porches que deseen una vez sea suya.

—A mí no me mire, la que quiere estas cuatro piedras es la tullida.

Sonrío al señor y él, acercándose, empieza a dibujar en el aire el plano de una supuesta casa de tres plantas conectada con el establo a través de un pasillo exterior de cristal.

—¿Lo ve? —me pregunta.

—Lo veo, lo veo —y vuelvo a sonreír con la misma condescendencia que antes.

Beatriz entra en conversación y con verdadero encanto le hace ver al gestor que semejante reforma triplicaría el gasto que había previsto, él parece entenderla, no obstante, le asegura que el terreno en sí ya vale el precio fijado. Me alejo de la discusión y camino sin rumbo, sigo un sendero que parece haber sido marcado por pisadas de ganado. A unos trescientos metros veo una casita. Me acerco, está a medio vallar, bastante descuidada, diría que abandonada. El ladrido de un perro me asusta y me alejo unos pasos, pero al ver un juguetón Border Collie, me acerco de nuevo. Hola, le digo, ¿vives aquí?

—¿Esperas que te conteste? ¡Es un perro!

Levanto la cabeza y en la entrada de la casa hay una vieja sentada en lo que parece una silla roñosa de playa.

—¡Hola! —saludo gritando—. ¡Pensaba que la casa estaba abandonada!

—Estoy medio ciega no sorda, deja de gritarme de esa manera.

—¡¡Lo siento!!

—Y dale… Anda, entra antes de que me sangren los tímpanos.

Abro una destartalada puerta de madera con alambre y entro en su terreno. Junto al perro, atravieso un pequeño jardín lleno de maleza.

—Hola —digo al llegar a la entrada.

—Hombre, sabes hablar en un tono normal.

—¿Vive usted aquí sola?

—¿Te parece que mi perro no es suficiente compañía?

—No, no, claro, o sea sí, sí, un perro lo es todo. Yo tengo un gato.

—Odio los gatos.

—Vale.

—¿Qué haces aquí?

—Usted me ha dicho que entrara porque estaba gritando demasiado.

—Esta conversación va a ser larga… Que qué haces aquí, en medio de la nada.

—Ah, he venido a ver la finca de arriba, igual la compro.

—¿La finca de los Gallardo? ¿Por qué?

—Mi chico y yo queremos dejar la ciudad, hay muchas cosas que ya no entendemos de ese estilo de vida.

—Ya. ¿Y creéis que vais a entender el estilo de vida del campo?

Levanto los hombros.

—No lo sé, pero parece un mejor lugar para vivir, más bonito.

La vieja suelta una fuerte carcajada.

—¿Más bonito?

—No quiero decir la apariencia, sino me refiero a bonito en esencia, todo aquí es más puro.

—¿Puro? ¿Quieres que te cuente algo puro? —Vuelvo a levantar lo hombros y la vieja comienza—: Mi marido murió hace cuatro años, aquí, en esta casa. Se levantó mareado, que no quería café, me dijo. Bueno, pues tómate aunque sea un poco de zumo, te hará bien. Se desplomó en la cocina. Los Gallardo habían dejado la finca hacía casi 20 años y los Benjumeda se habían ido a pasar la pandemia a casa de su hijo mayor. Me quedé sola y aislada, sin poder conducir por esta ceguera que tengo. Los servicios de emergencia, con la que estaba cayendo, aparecieron diecisiete días después. Diecisiete días conviviendo con mi marido muerto. Dime, guapa, ¿te parece bonito?

Beatriz me ve aparecer a lo lejos.

—¡¿Dónde te habías metido?! ¡¿Sabes que hay animales salvajes por aquí?!

Me acerco y contesto que lo siento, que estaba por ahí, que se me fue el tiempo. Beatriz me agarra por el brazo y al oído me susurra que ha conseguido bajar veinte mil euros del precio.

—No la quiero —le digo.

—¿Cómo que no la quieres? ¿Estás loca? No vas a encontrar nada mejor. ¿Por qué no la quieres?

—Porque no tiene porche. Vámonos.

 

 

30 mar 2021

Pantuflas en cuarentena

Cuarentena en Tianjin de Javier Avi


Recibo un breve mensaje en el chat de los extranjeros, que permanecemos en cuarentena, por la pandemia de Covid-19, en un hotel de las afueras de Tianjin.

Yun Ling: @7105+Elvira Abandona la habitación, si no cooperas llamaremos a la policía.

Lo leo y me levanto despacio del escritorio. Contesto.

7105+Elvira: @Yun Ling ¿Cuál es mi delito? Repito, permaneceré en la habitación 7105 los 21 días. Gracias.

Las cosas habían cambiado. Ya no iban a ser 14 días de encierro sino 21. Se trataba de una nueva norma que se nos comunicó el día 8 de estancia. Hay que entender que China es un país que, a pesar de aparentar rectitud, orden y estricta disciplina, goza de un caos alarmante 365 días al año. Las cosas que hoy sí, mañana no. Lo que hoy no, mañana quizá sí, pero solo podré saberlo mañana o no, quizá. Por lo tanto, tras el nuevo anuncio, las opciones se resumían en el siguiente juego matemático:

a.    14+7+7 Es decir, 14 días de estricta cuarentena en un hotel de Tianjin, más 7 días de estricta cuarentena en un hotel de tu lugar de destino, más 7 días de cuarentena flexible en tu propia casa (se permiten las salidas pero no el contacto directo con personas). Muchos os estaréis preguntando, ¿cómo es posible llegar a tu lugar de destino sin tener contacto con nadie? Os contesto: no es posible. De hecho, las personas que eligen esta opción toman un vuelo regular y se pasean por el aeropuerto sin vigilancia. No busquéis la lógica, no la hay.

b.    21+7 Es decir, 21 días de estricta cuarentena en un hotel de Tianjin, más 7 días de cuarentena flexible en tu propia casa de tu lugar de destino.

Todos mis compañeros extranjeros del chat optaron por la opción a., al igual que gran parte de pasajeros chinos del mismo avión. Tan solo otros siete hombres chinos y yo optamos por la opción b. Me confirmaron que permanecería en la misma habitación durante los 21 días, así que no me pareció mala idea, necesitaba algo de calma y estar encerrada no me importa, lo que me saca de quicio es que me molesten con pequeñitas incidencias cada dos por tres y eso, repito, en un país cuyo caos ocupa los 365 días del año, es muy habitual. Sin embargo, me prometieron que no habría cambios y que mi estancia durante los próximos 7 días sería llevadera.

El día 14 de encierro, dos horas después de que los pasajeros con opción a. hubieron abandonado el hotel, recibo un mensaje en el que se me comunica que debo hacer las maletas porque se me asigna una habitación diferente. No, respondo, no me cambiaré, permaneceré 21 días en la misma habitación como habíamos establecido.

Durante una hora y media se genera un debate estanco en el chat. A un lado China, inamovible. Al otro lado Bilbao, igualmente inamovible. Debes abandonar la habitación, me voy a quedar. Debes abandonar la habitación, me voy a quedar. Y así hasta que se menciona a la policía.

Frente al escritorio y con el móvil en la mano decido llamar a la profesora Wang, Decana del departamento en el que trabajo como profesora en China. Le explico la situación, me escucha con paciencia. Cuando termino, queda en silencio, finalmente dice: “Bien, debes quedarte en tu habitación, es lo que prometieron, si van a buscarte, que lo harán, llámame, yo hablaré con ellos”.

Triunfante dejo el móvil sobre la cama. Tener a la profesora Wang de mi parte me llena de fuerza. Respiro hondo y quedo mirando la puerta. Van a venir. Los espero. Cojo de nuevo el móvil, no hay mensajes. Me mantengo de pie frente a la puerta. Junto las manos y respiro con fuerza. Van a venir. Los espero. Me miro las pantuflas de papel que llevo, son del hotel, me quedan grandes. Van a venir, me repito.

Toc-Toc.

Ya están aquí. Me pongo la mascarilla y abro la puerta. En el pasillo un total de 8 hombres con trajes EPIS. De entre ellos avanza uno. Se presenta. Habla un perfecto inglés. Soy médico, me dice. Me explica que debo abandonar la habitación inmediatamente.

—No —contesto—, voy a quedarme 21 días.

Llamo a la profesora Wang. Ya están aquí, digo. Le ofrezco el móvil al médico quien la escucha y asiente con la cabeza. Después habla en su turno. Habla de manera prolongada, parece tranquilo, no titubea, no me da buena espina. Termina, me devuelve el móvil y me dice de nuevo en inglés.

—Tienes 10 minutos para abandonar la habitación.

Me coloco el móvil en la oreja y escucho a la profesora Wang justificando mi salida. Va a llegar un avión cargado de nuevos pasajeros que se alojarán en mi pasillo. No pueden mezclarme con ellos. Sería arriesgado, me dice.

—Haz tus maletas, tranquila, te van a dejar tiempo, pero debes salir de la habitación, te ubicarán en otra planta del hotel, no te preocupes.

—Yo pensaba que íbamos a luchar, profesora Wang.

La oigo reírse.

—Haz tus maletas, Elvira, y estate tranquila, han entendido que vas a cooperar.

Vencida.

 A los cinco minutos tocan a la puerta, abro, dos hombres con EPIS me obligan a salir. Señalo mi habitación, es un perfecto desorden. Me gritan en chino. Entro al baño y con el brazo arrastro todo lo que hay sobre la repisa del lavabo. Lo meto en una bolsa de plástico. Recojo la ropa esparcida entre la cama, la butaca, el escritorio y el armario. Abro la maleta y todo dentro, en una bola. La maleta no cierra. Lo saco y lo divido en dos bolas. Cierra. El portátil, el bolso y la garrafa de agua de 5 litros. Salgo de la habitación. Uno de los hombres se encarga de mi maleta, el otro del agua. Cruzamos el pasillo. Giramos, cruzamos un segundo pasillo. Se abren dos puertas automáticas, estamos en el vestíbulo. Cogeremos el ascensor, pienso. Un hombre va delante, el otro detrás. No se detienen. Dejamos el ascensor a nuestra izquierda. Lo miro inquita. Me doy la vuelta. Hago una señal al hombre de atrás. Niega con la cabeza. No habla. Nadie habla. El hotel entero está en silencio. Salimos a la calle. Me detengo. Hay un coche negro en la puerta. A dónde me llevan. Me gritan. Avanzo. Me ajusto la mochila del portátil. Trago saliva. El primer hombre llega al coche, abre el maletero, mete mi maleta. Me detengo. Me gritan. Avanzo y contengo aire apretando la mandíbula. A dónde me llevan. Me hacen gestos, quieren que deje el ordenador y el bolso en el maletero. No, digo, necesito el móvil. Me gritan. Dejo todo en el maletero. Un tercer hombre sale del hotel, lleva una mochila de la que cuelga una pequeña manguera, va rociando el suelo con agua y cloro. Llega al coche y rocía el maletero. Cuidado con mi portátil. Silencio. El hombre uno se sienta ante el volante, el hombre dos de copiloto, el hombre tres regresa al hotel. Yo abro la puerta del coche y me siento atrás. A dónde me llevan. Voy a cooperar. Saben que vas a cooperar. Es la policía. Me llevan. Me harán preguntas. Me van a deportar. Voy a cooperar. El coche arranca. Me llevo las manos a la cara y suspiro.

—Por favor, voy a cooperar —digo en inglés apoyándome en el reposacabezas del copiloto.

No me entienden. Me hacen gestos con las manos, quieren que me separe. Me acomodo de nuevo en el asiento de atrás. Junto las manos, entremezclo los dedos, los aprieto unos con otros. Las separo y me veo las palmas. Las acaricio entre ellas. Me miro los pies. Mierda, no es posible, llevo las pantuflas de papel. No van a tomarme en serio en comisaría. Tampoco pueden deportarme en zapatillas. ¿Me dejarán ponerme los zapatos? Sí, me dejarán. Pero ¿y si no? No puedo declarar en pantuflas. No puedo. No pueden deportarme así. Necesito mis zapatos de la maleta. Bajo la ventanilla, entra aire. El conductor me mira.

—Aire —digo en español, ya sé que no hablan inglés.

Abro un poco más la ventanilla. Me quito una pantufla y después la otra. Las sujeto con la misma mano. Bajo un poco más la ventanilla. ¡Y las tiro! ¡Ya! Doy un grito y agito nerviosa las manos en el aire. El conductor decelera, me mira rápidamente. Me quedo quieta. Finjo no haber hecho nada. Chasquea la lengua. No hace comentarios. El copiloto tampoco. No es un delito, lo sé. Tirar pantuflas por la ventanilla de un coche no es un delito en China. Los dos hombres se miran. No dicen nada. En China lo que no se verbaliza no existe. El coche no se detiene, continua por el mismo camino arbolado de antes. La carretera no está asfaltada. Giro la cabeza y veo mis pantuflas en mitad del camino desparramadas. Alejadas la una de la otra. Respiro aliviada. Tendrán que dejarme ponerme los zapatos. Declararé con zapatos y cuando llegue a Madrid, caminaré por Barajas con mis zapatos. Me habrán deportado pero tendré mis zapatos. Voy a cooperar.

El coche se para. No habremos conducido ni 15 minutos. Los hombres salen. Abren el maletero. Uno coge la maleta y el otro la garrafa de agua. Me golpean la ventanilla. Salgo. Toco el suelo de gravilla con mis calcetines a rayas blancas, negras y grises. Siento vergüenza. El hombre con el agua me da el bolso y el portátil. Aprieto los labios. No se fija en mis calcetines. Caminamos. El hombre de la maleta abre una verja. Entramos. No es la comisaría. Es un pequeño complejo de tres edificios alineados. Nos paramos en el segundo portal. Ante la puerta un tercer hombre con EPI y una mochila rociadora de cloro. Abre la puerta. Rocía el suelo de baldosas. Entran los dos hombres, luego yo. Siento que los calcetines se están humedeciendo. Cierro los ojos. Los tres hombres suben las escaleras por delante de mí. Siento vergüenza. Uno grita. Avanzo. Los calcetines se impregnan de cloro y hacen chof. En cada escalón pestañeo con lentitud y levanto la cabeza. Erguida subo lentamente cada peldaño. Llego al rellano. La puerta de la derecha está abierta. Me asomo, mis cosas están dentro. Ellos esperan fuera. Me empujan. Antes de cerrar la puerta, el hombre del cloro me da una bolsa de plástico y hace el gesto de comer con la mano.

—¿Es la cena? —pregunto, no contestan y cierran la pesada puerta de metal conmigo dentro y ellos fuera.

Miro a mi alrededor. Es un pequeño apartamento. Dejo el portátil y el bolso en la entrada pero me aferro a la bolsa de plástico, quizá porque está caliente. La aprieto contra mi pecho. Avanzo por el estrecho pasillo. Oscuro, sucio. Hay una cocina sin frigorífico ni fuegos. Hay un baño sin bañera ni plato de ducha, la alcachofa sale de la pared junto al inodoro. Hay una habitación con dos camas sin sábanas ni mantas. Hay otra habitación con dos camas, solo una de ellas está vestida. Necesito aire. Llego a la ventana. Giro la manilla. No se abre. Tiro con fuerza, tampoco. Me acerco más, un poco más y veo un tornillo que la atraviesa. No se puede abrir. Necesito aire. Me aprieto más la bolsa de comida. Camino. Voy dejando un reguero de cloro. Siento frío. No hay calefacción. Vuelvo al pasillo, al fondo hay un pequeño mueble, sobre él: tres rollos de papel higiénico, dos botellines de agua y varias pantuflas de papel. Sin despegarme de la comida, alcanzo un par de zapatillas. Les retiro el fino plástico que las cubre, las dejo caer al suelo, me quito los calcetines y me las pongo. Encojo y estiro los dedos dentro. Levanto la cabeza y veo frente a mí la puerta de metal. Mañana, pienso. Mañana seguiré luchando. Hoy me conformo con mis pantuflas nuevas. 

30 nov 2020

¿Y si la vida fuera la opción B? (Tercera parte)

Fotograma de Back to the future de Robert Zemeckis

Nota: Continuación del relato ¿Y si la vida fuera la opción B y  ¿Y si la vida fuera la opción B? (segunda parte)

—Deja de llorar, tenemos que seguir.

—No quiero continuar, volvamos a Madrid.

Carol retiró la bicicleta de la fachada de hormigón y dijo:

—No podemos volver. Levántate, tenemos que seguir.

Acaricié el suelo de gravilla, intenté alisarlo. Arrastraba la mano por la superficie hacia la derecha y luego hacia la izquierda.

—¿De qué moriste?

—¿Yo? —preguntó Carol y soltó una risotada—. Nunca estuve viva. Ya te lo dije, soy tu ángel de la guarda, no un puto fantasma. A ver si vemos menos películas.

—Y ¿yo?

—¿Tú qué?

—¿De qué voy a morir?

—A este paso de deshidratación. Anda, deja de llorar, levántate y vámonos —La oí acercarse con la bicicleta—. Si quieres te dejo conducir esta vez.

Alcé la vista y me limpié las manos sobre el pecho. Carol me ofreció la bici. Me levanté. Sonreí y me monté apretando con todas mis fuerzas el manillar.

—¡Vienes o qué! —grité. Carol se rio y con energía se sentó en la parrilla abrazándome la cintura.

No di ni tres pedaladas cuando todo empezó a dar vueltas. Intenté sostener el equilibrio sobre la bicicleta pero fue imposible. En esta ocasión el golpe lo recibí en la cabeza. Había aterrizado contra una columna cilíndrica de ladrillo. Me apoyé en ella para levantarme y eché un vistazo a mi alrededor, reconocí aquel enorme vestíbulo.

—¿Atocha? ¡Estamos en la estación de tren de Atocha! ¡Carol, estamos en Madrid! ¡He regresado a Madrid! —Grité con pasión. ¿Cuánto se puede amar a una ciudad?

Vi acercarse a Carol, traía la bicicleta en la mano, me temía lo peor.

—¡Has roto la cadena! —gritó cuando ya me tuvo delante.

—No es mi culpa. Esa bicicleta es de los años 80 por lo menos. Dile a Dios que invierta más en transporte.

—Por favor, no trabajo para Dios.

—Entonces, ¿para Satán? ¿Estoy en las filas de Satán?

—Deja de decir tonterías y ayúdame a buscar el timbre de la bici, se habrá caído por aquí, en tu aterrizaje.

Lo encontré detrás de la columna. Se lo ofrecí a Carol pero me pidió que lo guardara, que en cuanto tuviera un rato lo arreglaría, así que me lo metí en el bolsillo de la chaqueta del pijama. Dejó la bicicleta junto a la columna y me pidió que la acompañara. Lo hice contenta, estábamos en Madrid, sentirme de nuevo en casa me aportó cierta calma.

—Ahí. —Señaló Carol.

Seguí su dedo hasta la puerta de acceso a Largas Distancias. Rebusqué entre la multitud que se agolpaba a la entrada, pero no reconocí a nadie. Carol me cogió de la mano y nos acercamos a una esquina donde parecía haber menos gente. Carol volvió a señalar al frente, fue entonces cuando me vi. Me llevé las manos a la boca y ahogué un gritito. Porque me reconocí cercana, quizá era mi yo de hace 8 o 9 años, no más, pero me di cuenta enseguida de que llevaba lentillas, el calvario de mi ceguera degenerativa todavía no había empezado y parecía otra mujer completamente diferente. Despreocupada, risueña, liberada… ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo el sentido de tu vida pudiera cambiar radicalmente? Me froté la cara con cierta desesperación y me tiré hacia atrás el pelo. Carol me hizo un gesto para que nos acercáramos y así fue como lo vi: un Joan de hace 8 años me agarraba de la cintura. Al verlo me reí como una loca. Tenía el pelo larguísimo cogido en una coleta baja y la barba la llevaba al estilo de Lemmy Kilmister, cantante de los Motörhead. Madre mía, mi macarra, qué guapo…

—Bueno, Joan, pues sí, lo he pasado muy bien y quizá en otra ocasión más adelante… —decía mi otro yo.

Miré a Carol, necesitaba contextualizar aquello.

—Encontraste a Joan en la cola de un supermercado —comenzó explicando—, ese mismo día te pidió quedarse en tu casa porque era de Barcelona y todavía no le apetecía regresar. Te prometió que sería solo un fin de semana, que lo podríais pasar bien juntos. Tu opción A fue dejar que aquel fin de semana se convirtiera en 8 años de relación, sin embargo en esta opción B, decidiste que terminado el fin de semana, terminada la relación. Lo has acompañado a la estación para despedirte, Joan regresa a Barcelona y nunca os volveréis a ver.

Con cierta pena volví a mirar a Joan y a mi otro yo.

—Claro, quizá después de verano pueda bajar, ¿te parece? Lo hablamos y bajo sin problema. Barcelona y Madrid están cerca, ¿eh?, ¿te parece? —preguntaba Joan con ese nerviosismo de alguien que no se da por vencido.

—Lo siento, es que no lo veo, Joan, no termino de verlo, lo he pasado genial, pero mi vida en Madrid es un poco caos, el máster, el trabajo, el teatro… Además tú tienes la granja de caracoles y no quiero que…

—Ah, no, no, no te preocupes por la granja. Se la dejo a mi hermano. Sí, sin problema, vamos, los caracoles no son animales de los que te encariñes.

Mi otro yo se rio a carcajadas a mí también me hizo reír. Lo seguí mirando con ternura.

—De verdad, Elvira, en Madrid no te daría problemas, podría encontrar trabajo de lo que sea. ¿Sabes que yo también tengo un máster?

—Ah, ¿sí? ¿En qué?

—En descargar camiones. Ahora te descargo uno aquí y te monto el escenario de un concierto, te descargo otro y te lleno el almacén de un supermercado, otro y te apilo palés de ropa para ese o aquel centro comercial.

—Eres un macarra —dijo mi otro yo riéndose como una tonta—. Me gustas, Joan, de verdad que sí, pero no veo que tengamos futuro. Ha sido divertido, pero creo que buscamos cosas diferentes.

—¿Cosas diferentes? ¿Tú no buscas pasártelo bien en esta vida? —Mi otro yo levantó los hombros y no contestó—. Si me pides que me quede, te prometo que te haré reír cada día de mi vida, porque eres preciosa cuando te ríes así.

—Lo siento, Joan…

Joan abrazó a mi otro yo y antes de marcharse, sacó de su bolsillo un papelillo arrugado, lo estiró y se lo ofreció.

—¿Qué es esto?

—Es un dibujo. Eres tú cantando delante de tu ordenador, es lo que haces nada más levantarte, encender el ordenador y ponerte a cantar. Bueno, sin más, un dibujo tonto, es que me gusta darle al lápiz, ¿sabes? Tonterías para pasar el rato.

—No sabía que dibujaras.

—Bueno, sí, pero eso no te da de comer.

—Vaya, dibujas realmente bien, eres un artista, estoy sorprendida… no sé…

Mi otro yo dobló de nuevo el papelillo y se lo metió al bolso. Con un gracias y un largo beso se despidieron.

Miré a Carol.

—¿Ya estás llorando otra vez? ¡Es que no te aguanto! —me espetó—. Anda, vamos, que esto no ha terminado aquí.

Recogimos la bicicleta junto a la columna. Carol metió la cadena y enderezó el manillar. Le di el timbre pero me dijo que de momento no lo necesitaba así que lo volví a guardar. Me senté en la parrilla de la bicicleta, no pregunté a dónde íbamos, seguía con el corazón apretado, lo cierto es que todo me daba un poco igual.

Esta vez el aterriza no fue menos aparatoso que el resto. Me estampé contra unos taburetes de cocina. Me toqué los dientes, los tenía todos, respiré tranquila y me levanté.

—¿Carol?

Estaba en una pequeña cocina. Me era muy familiar.

—¿Carol?

Al salir al pasillo me di cuenta de que estaba en la anterior casa de Almudena. En la que compartía con César. Carol salió a mi encuentro y me pidió que la acompañara. Entramos en la habitación de Almu. Estaba amaneciendo, empezaba a clarear. Almudena nunca duerme con las persianas bajadas, no le gusta. La encontré sentada en la cama con el móvil en la mano, se lo llevó al pecho y empezó a llorar.

—Almu, ¿qué te pasa?, ¿qué pasa, loca mía?, ¿qué pasa…? —dije acercándome a ella.

No puede oírte, Elvira, no puede oírte.

César se despertó a su lado, asustado la abrazó, ella le dio el móvil, leyó algo y después lo lanzó a los pies de la cama y la abrazó con más fuerza. El llanto de Almudena era paralizante, me apreté las manos contra el pecho, ¿qué te pasa, mi Almu?

Carol recogió el móvil y me lo mostró. Era una conversación de WhatsApp entre ella y yo. Mi último mensaje era del 18 de octubre de 2017 a las 03.47 am:

No me odies, solo cambio de vía. Dicen que en esta no necesito luz. Ven cuando quieras, pero no tengas prisa. Nos vemos, loca mía.

—Después de escribir este mensaje hoy mismo —me explicaba Carol—, abriste la ventana de tu primera buhardilla en la Plaza Olavide y te arrojaste.

—Pero, ¿por qué…?

—En 2014 murió tu madre, dos meses después te diagnosticaron glaucoma. Un año más tarde perdiste la visión completa de tu ojo derecho. Y tras una multitud de tratamientos y 3 operaciones fallidas, el 16 de octubre de 2017 tu oftalmólogo te dice que tu glaucoma no es tratable y que la ceguera completa será inevitable en 4, 5 o 6 años.

—Lo sé, recuerdo esa conversación perfectamente con mi oftalmólogo pero… lo asumo y lo acepto, incluso me río a veces, me río, me, me, me, yo me río…

—No, Elvira, no te ríes, os reís. Joan y tú os reís. Os reís cada día, cada puñetero día os reís a carcajadas de esto o de aquello. Os pasáis el día riéndoos, incluso agradecéis que haya una pandemia mundial para no tener que ver a nadie y quedaros en el sofá haciendo campeonatos de pedos y risas bajo la manta. Elvira, pero Joan no está en este 2017, elegiste la opción B y Joan tomó el tren a Barcelona y no os habéis vuelto a ver desde el 23 de julio de 2012.

—¿No está Joan en mi vida?

—No, no está Joan en tu vida.

—Entonces, ¿mi vida ya no es un chiste?

—No, tu vida dejó de ser un chiste. El dolor se abrió camino hasta que ya no pudiste más.

El ruido de los cristales rotos me sobresaltó.

—Pero, tonta, ¿qué has hecho? Ven, te vas a cortar.

Joan me hablaba desde la puerta de la cocina. Nuestra cocina. La de nuestra pequeña buhardilla en el centro de Madrid. Miré al suelo y vi el vaso de café estrellado.

—Joan…

Me dio la mano y de un salto crucé el charco de cristales.

—Joan, me encanta que hagas de mi vida un chiste…

—¿Ahora te gusta?, ¿ahora sí? Contigo nunca se sabe, de verdad, que me vuelves loco.

—Eres mi opción A, Joan…

—¿Sí? Pues tú eres mi opción Z. ¡Que me tienes contento, Fiona! ¡La Z!

Me reí y lo abracé.

—No soy tan verde como Fiona.

—¡Pero sí tan ogra! ¡Fiona!

Lo besé y me colgué de su cuello.

—¿Sabes que he viajado por mis otras posibles vidas?

—Ah, ¿sí?, y ¿cómo eras en esas vidas? —Me besó en la nariz.

—He sido una nacionalista vasca, católica con 3 hijos; una gorda de 100 kilos con un marido y una hija que me detestaban; y una enferma incapaz de reírse de la vida.

 Joan sonrió y me estrujó entre sus brazos mientras me susurraba que yo estaba muy, muy, pero que muy mal de la cabeza. Y al agarrarme de la cintura para irnos a la cama, me preguntó:

—¿Qué es esto?

—¿El qué? —pregunté yo.

—Esto. —Y del bolsillo de mi pijama sacó el timbre de la bicicleta de Carol.

               

               FIN