10 may 2021

Las videollamadas las carga el diablo III

Marc Riboud


En Madrid, cuarto piso de la Plaza de Cascorro, 2. Domingo a las 23.07.

Almudena entra en la habitación de su hijo de 12 años.

—Abel, hace una hora que debías estar en la cama. Te lo pido, por favor, apaga la consola. No me mires así, no soy tu enemigo. Me habías prometido que cumplirías los horarios. Tenemos un trato.

—Tendremos un trato cuando vea a mi padre. Este verano me voy con él.

—¡Abel!

—¡Muérete!

En el campus de una ciudad del norte de China. Sexto piso del edificio de profesores extranjeros. Lunes a las 05.07.

Elvira da vueltas con la cucharilla al café recién hecho. Mira por la ventana de la salita de estudio. A pesar de la hora, es completamente de día y muchos estudiantes se dirigen a la pista de atletismo para hacer deporte. Intenta sacudir la cucharilla en el borde del vaso, se le resbala, cae al suelo, al agacharse pierde el equilibrio y derrama el café sobre uno de los libros del escritorio que está bajo el ventanal. Joder, gime, joder, joder, joder. Con una servilleta de papel intenta limpiarlo. La servilleta se desmenuza y pelotillas compactas de papel con olor a café se incrustan entre las páginas. Joder. Se sienta frente al escritorio, mira su desordenada mesa, su sucio libro y colocando las manos entre las piernas comienza a llorar.

En Madrid, en un diáfano salón de un chalet en Puerta de Hierro. Domingo a las 23.07.

Beatriz niega con la cabeza mientras escucha a su padre sentada en la repisita de la chimenea.

—No es eso lo que he querido decir, cielo. Sabes que esta es tu casa. Tu madre y yo estamos encantados de que te quedes, por eso no queremos que te precipites con un nuevo proyecto. Berlín puede esperar. Quizá lo que necesites es encontrar tu espacio otra vez en Madrid.

—¿Mi espacio? ¿Aquí? ¿Con vosotros?

—Cielo, no te preocupes por eso, alquilaremos un nuevo apartamento. Algo pequeño para ti. Quizá una buhardilla, ¿te gustaría, eh, pajarito? Podría ser en Malasaña o La Latina o Chueca… No sé, un barrio con vida en el que tú te encuentres a gusto, cielo.

—Cariño —interrumpió su madre—, deja de huir, por favor. Primero Múnich con ese chico, ahora… Tu padre tiene muchísima razón. Además, ¿qué tiene Berlín que no tenga Madrid?

—Una vida propia, mamá. Una-puta-vida-propia.

Beatriz sale del salón, sube las escaleras y se encierra en su vieja habitación. Alcanza el móvil y escribe en el grupo de Wechat que comparte con sus amigas Almudena y Elvira, desde que esta última se marchara allí a trabajar.

¿Podéis hablar un ratito? ¿Videollamada? Me va a estallar la puta cabeza. Elvira, ¿estás despierta?

Elvira se seca los mocos con la manga del pijama y coge el móvil al sentirlo vibrar sobre la mesa y responde:

Dame 5 minutos.

Almudena lee ambos mensajes sentada en el retrete. A mí dame 10, contesta.

Doce minutos después, las tres amigas están conectadas.

En la parte de arriba, a la izquierda, se ve a Beatriz. Con el pelito corto pero lo suficientemente largo para tenerlo bastante alborotado. Una camiseta de tirantes negra y un ancho jersey gris que deja su hombro derecho al descubierto. Sostiene  en la mano un botellín de cerveza.

A la derecha, no se ve a nadie. Supuestamente debería estar Elvira pero está desplomada sobre la mesa. Y en la fila de abajo, en el centro, se ve a Almudena. Media melena, flequillo y gruesas gafas de pasta azul. Está comiendo medio sándwich de pavo.

—Elvi, no te vemos, ajusta el portátil —dirige Beatriz.

—Estoy aquí —dice alzando una mano—, aquí.

—Ya, pero no te vemos.

Elvira levanta la cabeza y Almudena da un respingo.

—Pero, ¿qué mierda te pasa?

Elvira se acerca a la cámara de su portátil y dice muy despacio:

—Sacadme de aquí ya. Ya. Ya.

—¿Qué coño…?

—No soporto ni un día más en este país. Todo es gris. Alguien hizo desaparecer los colores. Los días están apagados, con esa pegajosa niebla. Y hay tantos, tantos, taaaaantos conflictos entre los profesores que en vez de una universidad parece un patio de colegio. No lo soporto. Sacadme ahora mismo, por favor, os lo suplico… —comienza a llorar de nuevo.

Beatriz se ríe y le pide que se calle, que no sea niña, que tan solo le quedan dos meses.

—Dos meses es suficiente para acabar con una persona…

—Pero, Elvi, loca mía, pensaba que lo peor ya había pasado —explica Almudena—. La cuarentena terminó y ahora es disfrutar de tu idílica vida en el campus.

—Aquello no fue una cuarentena, fue un campo de reeducación. Solo les faltó hacerme dos trencitas en el pelo, vestirme de verde y sacarme al campo a arar la tierra.

—¿Estoy oyendo quejarse a la comunista convencida? —preguntó Beatriz. Elvira volvió a desplomarse sobre la mesa—. Vamos, Elvi, ¿qué quieres?, ¿regresar a Madrid? ¿Sabes la que se ha liado este fin de semana con el fin del estado de alarma? Van a colapsar los hospitales otra vez, esto está lleno de subnormales.

Elvira levanta la cabeza:

—¿Subnormales? ¿Hablamos de mi Departamento?

—O de mi hijo…

—Almu, debes enderezar a ese niño, como no lo hagas ya, te va a comer en unos años —explica Beatriz.

—¡Ya lo está haciendo! No sé cómo pararlo.

—Tráelo a China. Tres semanas en un hotel de Tianjin de cuarentena y… voilà, ¡como nuevo! Se le quita la tontería de raíz, bueno, luego también se le quitarán las ganas de seguir viviendo, pero ese es otro tema...

—Quiere ver a su padre.

—Dile que está muerto.

—Apoyo a Bea.

—¿Cómo le voy a decir semejante barbaridad?

—Abel, tu padre ha muerto.

—Apoyo a Elvi.

—¡Estáis mal de la cabeza! ¡Las dos!

—Almudena, cuanto antes nos deshagamos de los padres, mejor. Y no lo digo yo: Kafka, Kierkegaard, Unamuno, Freud, Nietzsche…

—Elvi, tu filosofía y tú os podéis ir a la mierda.

—Supongo que hasta que no muera mi padre estaré atada a su vida —dice Beatriz—. Y, aunque me incomoda, me aporta mucha seguridad. No lo voy a negar, me gusta pensar que mi vida está resuelta. Sí, soy una privilegiada, ¿debo avergonzarme? Soy una hija florero, soy una hija florero. —Se pone de pie con los brazos en cruz y grita—: ¡Soy una hija florero! Todo lo que he tendido en mi vida ha sido gracias a mi señor padre, todo, ¡todo!

—Bueno, el cáncer fue tuyo, solo tuyo.

—¡Elvi! —reaccionó Almudena.

Beatriz empieza a reírse. Se sienta y mira a cámara:

—Sabes, Elvi, cuando no tengo un buen día, como hoy, me gusta tomarme mi tiempo. Reflexiono y pienso mucho en ti y eso me reconforta. Sí, porque saber que me parezco tan poco a ti me da tranquilidad.

—¿Te has enfadado? —pregunta ella parpadeando con rapidez. Al no recibir respuesta insiste—: Almu, ¿Bea se ha enfadado?

—Sí, Elvi, Bea se ha enfadado, no ha estado bien.

Elvira se deja caer con lentitud sobre la mesa. Levanta una mano y agitándola en el aire dice:

—Está bien, cuando empiece mi segunda vida, me avisáis.

En Madrid, cuarto piso de la Plaza de Cascorro, 2. Domingo a las 23.57.

Almudena entra en la habitación de su hijo. Está sobre la cama, sigue despierto. Ella respira profundamente y se apoya en la puerta.

—Abel... —Hace una pausa, duda. Termina diciendo—: Me acaban de llamar, mañana tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

—Duérmete, es tarde, hablamos mañana.

Almudena sale y cierra la puerta apretando los labios.

En Madrid, en un chalet de Puerta de Hierro. Domingo a las 23.57.

Beatriz se cuela en la habitación de sus padres. Se acuclilla frente a la cama, en el lado de su padre.

—Papá, ¿duermes? ¿Papá?

El hombre se despierta sobresaltado.

—¿Qué pasa, pajarito?, ¿estás bien? ¿Ocurre algo?

—Nada, es solo que… Bueno, me gustaría una buhardilla en La Latina, quiero estar cerca de mis amigas, son unas idiotas, pero me harán compañía.

—Claro, cielo, claro. Oh, qué alegría le vas a dar a tu madre. Claro, mañana lo buscamos, pajarito mío.

Beatriz lo besa y sale del dormitorio.

En el campus de una ciudad del norte de China. Sexto piso del edificio de profesores extranjeros. Lunes a las 05.57.

         Elvira sigue desplomada en su escritorio, con la manga de su pijama llena de mocos, murmurando, como si de un mantra se tratara, sacadme de aquí… 


4 may 2021

Mujeres, madres y bestias

 

Recreación de las hermanas Brontë escribiendo en su casa de Haworth. Desconocido.

Cortaba fresas y las metía en un bol de cristal. Levanté la cabeza y miré el móvil, lo tenía en manos libres mientras escuchaba a Almudena. Llevaba aproximadamente 20 minutos lamentándose de haber sido madre, y lo hacía serena, intercalando frases claras y contundentes sobre el engaño de la maternidad, sobre lo difícil que era Abel, sobre lo incompetente que era ella para cargar con una responsabilidad tan compleja. Argumentaba una situación en la que no había culpables, era simplemente una etapa de la vida “mal construida” .

—Mal construida —repetí y me llevé la punta del cuchillo a los labios.

Jamás dude sobre mi inexistente deseo de ser madre. Supongo que se lo debo a la mía propia que, durante los 35 años que estuvimos juntas, me repitió hasta la saciedad el tremendo error de haber tenido hijos. Por raro que parezca siempre la entendí. Estaba claro que ser madre era una de las peores cosas que sabía hacer además de moldear croquetas medianamente uniformes. Mi madre sabía ser amiga, muy buena amiga. Cuando todavía vivía en casa, los sábados me proponía comer fuera. Era una mujer de pocos cambios, así que siempre íbamos al mismo italiano cerca del Hotel Ercilla. Cogía la carta, echaba un vistazo y la volvía a dejar sobre la mesa. Pediré lo de siempre, decía, es lo mejor que tienen. No era lo mejor que tenían pero, repito, los cambios nunca le gustaron. Qué bien estamos aquí, ¿verdad?, me decía acariciándome la mano. Ella me quería, me quería con locura, siempre que estuviera fuera de casa. En aquel restaurante yo era su aliada, su amiga, no su hija. Y eso la liberaba, lo sé.

—Sí, lo estamos —contestaba.

—Podrás estar así de bien siempre y cuando no tengas hijos. Te arruinan la vida. Dejas de ser tú. Te conviertes en madre y ¿para qué? Mis hijos van a terminar con mi vida si no lo han hecho ya. Pero, pero, pero, ¿qué otra opción tenía en mi época? ¿Qué otra opción? No teníamos opción. Que tú seas libre no es gracias a ti, es gracias a la época que te ha tocado vivir, así que no lo estropees y no hagas idioteces, que sé que eres muy dada a ello. La vida idílica anhelando constantemente el amor solo está en las novelas de las Brontë. En las novelas, digo, porque ellas sí que fueron libres. Las tres. Y puedo asegurarte que no se pasaron la vida bebiendo té en sus tacitas de Toile de Jouy, ni mirando el páramo a través de las ventanas de su salita de lectura. ¡Fueron libres, Elvira! Fueron libres. —Se servía un poco de agua en su copa y mirándome con verdadera dulzura sentenciaba—. He cometido muchos errores en mi vida, pero tener hijos es del que más arrepentida estoy.

Y yo, asumiendo el papel de amiga y no el de hija, la sonreía y afirmaba que las Brontë se habrían beneficiado a todos los hombres casados de Haworth. Nos reíamos y disfrutábamos la tarde entera de ese cambio de roles, porque por la noche regresaríamos a casa y su frustración me volvería a convertir en su enemigo a derribar.

Hacía unos meses me encontré a Tomás en Madrid, habíamos trabajado juntos durante varios años, aunque hacía dos que le había perdido la pista. Me contó que su madre había muerto de un infarto el año pasado.

—La gente cayendo como moscas por el Covid —decía—, pero a mi madre le da por morirse de un infarto. Siempre tan original. No está siendo fácil, Elvi… Me cuesta, me cuesta, coño… Daría lo que fuera por tenerla conmigo. —Me miró y cerró los ojos con fuerza—. Perdona, joder, se me había olvidado que  tú también... Supongo que a ti te pasará lo mismo, darías lo que fuera por volver a tener a tu madre, ¿no?

—No —contesté.

—¿Qué?

—Que no.

—Elvi, me refiero a que te encantaría volverla a ver, estar con ella, que cambiarías muchas cosas por tenerla contigo, ¿no?

—No. —Y esta vez agité la cabeza para parecer más convincente.

—Ya… Oye, me marcho que tengo que recoger a los niños en el cole. Si eso te llamo y nos tomamos unas cañas un día de estos.

Y así es como voy sembrando mi fama de rara entre mis conocidos. Y es que de cara a la galería, ¿en qué te convierte reconocer que tu vida ha ganado calidad emocional desde que murió tu madre y enterraste en vida a tu padre? ¿En qué convierte a Almudena al reconocer que no quiere a su hijo?

—…pero que merece la pena —seguía diciendo Almudena. Separé el cuchillo de los labios y lo dejé en el fregadero. Me froté las manos en la cadera y observé el móvil sobre el manos libres, como si tuviera a mi amiga allí mismo—. Dicen que es duro pero que todo tiene su recompensa, que merece la pena, ¿en serio? Estoy esperando esa recompensa, porque Abel no me la ha dado por el momento. ¿En qué consiste todo esto? ¿En mentirnos unos a otros para perpetuar la especie? ¡Que le den por culo a la especie! ¡Se extinguieron los dinosaurios y aquí no ha pasado nada!

—En bestias —dije.

—¿Qué?

—Nos convierte en bestias. Al no querer, e incluso aborrecer, lo que la sociedad estipula que debes amar por instinto, nos convierte en bestias.

—¿Soy una bestia?

—Sí, eres un Tiranosaurio rex.

—¿Por qué soy el de los bracitos cortos?

—Porque es el único nombre que me sé.

—¡Oh, señor, Elvi, eres una amiga de mierda! Tus discursos moralistas son basura, ¿un Tiranosaurio rex? —Suspiró—.  Bueno, me consuela pensar que no se extinguieron.

—No, algunos sobrevivieron al impacto del meteorito y luego, ya sabes, la falacia del instinto maternal hizo el resto.

Y mientras la oía insultarme entre risas, me llevé una fresa a la boca.

 

11 abr 2021

Circularmente libres

 

Jeni Lee

—No me ha dado ninguna explicación. Solamente que regrese a Madrid. Me está volviendo loca.

Era sábado, las 09.30 de la mañana y dibujaba círculos sobre un papel en blanco, mientras escuchaba a Beatriz por teléfono. Estaba en una bonita cafetería dentro de la universidad en la que trabajaba en China.

—Gracias —dije en chino al gerente del local, al dejar sobre mi mesa un té de manzana y canela.

Me sonrió y, antes de volver a la barra, miró a través de los enormes ventanales que daban al campus. Quizá tanto él como yo estábamos en el mismo punto. Dando vueltas en una línea circular preguntándonos si habría manera de convertirla en una recta.

A las 8.00 de la mañana Fang Jing, secretaria del departamento, me había despertado. Debes hacerte una PCR, me dijo. ¿Cuántas PCRs puede soportar la nariz de un ser humano?, pregunté. No lo sé, pero hoy debes hacerte una nueva PCR, contestó. Llevaba exactamente 28 días de cuarentena, de los cuales 21 me había pasado en un muy cuestionable hotel a las afueras de Tianjin. Sin embargo, las medidas funcionaban, hacía 7 días había aterrizado en mi ciudad de destino, en donde la casi normalidad absoluta era una realidad. Después Europa se cuestiona qué es lo que está haciendo mal con respecto al control de la pandemia, con gusto le hubiera invitado a pasar el último mes conmigo en China. Ver, callar y copiar.

A las 8.30 una mujer enfundada en un traje EPI se bajaba de una ambulancia, frente a nuestro bloque de apartamentos, para hacer el test. Junto a mí Verónica.

—No lo soporto más —dije tocándome la nariz después de la prueba.

—Supongo que es mejor esto que no un mes en la UCI boca abajo mientras te limpian el culo porque te has orinado sobre unas gasas —Verónica, el pragmatismo hecho carne.

—Bien, profesoras, ya sois libres —nos interrumpió Fang Jing que, con un elegante abrigo blanco sobre su cochambroso pijama, nos confirmaba el fin de la cuarentena.

Verónica y yo empezamos a canturrear a lo Nino Bravo como no podía ser de otra manera. Y así, cogidas por la cintura gritando “Libreeeeeeeeeeeeee como el maaaaaaar” regresemos a nuestros apartamentos. En el rellano, Vero me dijo que iría a la biblioteca, yo lo dudé pero finalmente opté por la cafetería pequeña, necesitaba un sitio agradable donde descuartizar, sin presión, el teatro de Unamuno.

—¿Entiendes lo que te digo? —preguntó Bea al otro lado del Wechat.

El gerente se acercó al ventanal, levantó los hombros y se retiró un par de veces la media melena de la cara, luego me miró, lo sonreí y cabizbajo regresó a la barra.

—¿Me entiendes o no, Elvi?

—Sí. —Dibujé un nuevo círculo sobre el papel.

—No sé qué hacer.

—Regresa a Madrid. Sal de Múnich ya. Ya es ya. Ahora. Recoge tus cosas y vuelve a Madrid. Tómate un tiempo de descanso, has pasado por mucho este último año. Si te sientes con ganas, el próximo curso prepara tu mudanza a Berlín. Date otra oportunidad con el teatro. Inténtalo. Sola. Olvida a Markus, se acabó.

La oí llorar. Levanté la vista del papel garabateado y esperé a que se calmara un par de minutos, no lo hizo.

—No entiendo qué pasa. No lo entiendo. Dice que no funciona, han pasado solamente 10 días desde que llegué a Múnich, ¿cómo puede saber que no funciona? Sé que ha conocido a alguien, lo sé. No dice nada, pero yo lo sé. Solo quiere que me marche. No le importo ni lo más mínimo…

En la cafetería entraron  tres alumnos míos que al verme gritaron ¡Profesora!, les sonreí, tendrían unos 20 años pero parecían niños. Les pedí silencio con el dedo sobre los labios y luego señalé el móvil y vocalicé: Pro-fe-so-ra-Wang. Oooooh, exclamaron ellos mientras se tapaban la risita con la mano.

—… es humillante —continuaba Beatriz—, es… ¡Vino a buscarme al aeropuerto con una rosa! ¡Elvira, con una rosa! ¿En qué estaba pensando? ¿Una rosa y 10 días de planificación serían suficientes para pedirme que me marchara, sin ni siquiera atreverse a explicarme que hay otra mujer mejor que yo?

Aquella última frase hizo reírme a carcajadas. Mi cabeza voló. Los estudiantes me miraron sorprendidos pero yo no podía parar. Beatriz quedó en silencio, por lo que decidí contárselo.

—Perdona, Bea, perdóname, no me río de ti, de verdad. —Esperé un momento—. Ya sabes que tuve un novio francés.

—Bueno, lo sé por tu primera novela pero poco has contado de él.

—Pues tuve un novio francés. Llevábamos algo más de 4 años, pero solamente un año viviendo juntos. Yo estaba locamente enamorada de él, pero un día se levantó y me dijo que quería que me marchara. Quería que dejara el apartamento y que regresara a Bilbao.

—¿Así?

—Así.

—Imposible. Tuvo que decirte algo más.

—Sí, lo hizo. Lamentablemente yo insistí en entender la situación así que le pregunté, indagué, qué estaba pasando. Fue sincero, muy sincero. Había conocido a otra mujer, una tal Sévérine. Fue muy claro, él no me dejaba por ella, de hecho sabía que no tenían futuro juntos, pero gracias a ella se había dado cuenta de que podía encontrar algo mejor que yo. “No soportaría otro año contigo, porque ahora sé que puedo encontrar algo mejor”, me dijo exactamente.

Silencio y de repente escuché a Beatriz romperse en una carcajada como pocas veces la había oído. Me hizo reír también. Agaché la cabeza para que no me vieran mis alumnos y empecé a morirme de risa.

—¡Qué crack! ¡Ese tío no tiene  huevos, lo suyo son bolas de demolición!

—Y no sabes lo mejor.

—Por favor, cuéntamelo.

—Dos años después de estar separados le propuse tomar un café para hablar un poco de todo lo que había ocurrido, me contestó que no, así que le dije que lo entendía, que no se preocupara, que cuando se sintiera con ganas que me llamara para tomarnos ese café. Trece años después sigo esperando su llamada.

Creo que a Bea se le cayó el teléfono, la oía reírse lejos. Aplaudía y gritaba barbaridades. Oí mucho ruido y por fin escuché su voz:

—Por favor, Elvi, aunque sea lo último que hagas en esta vida. Llámalo, te lo suplico, llámalo y escribe una tercera novela sobre esa llamada y ese café. Vamos, coge el teléfono y dile: “Hola, soy Elvira, ¿te acuerdas de mí?, sí, sí, sí, la mejorable”.

Con media sonrisa dibujé otro círculo sobre el papel, lo repasé con el dedo y empecé a colorearlo con el subrayador mientras me escuchaba decir:

—Si pudiera dar marcha atrás a mi vida, nunca le hubiera preguntado nada. Cuando te piden que dejes el apartamento es porque ya no te quieren y no necesitas saber nada más. Bea, haz las maletas y sal de ahí, las infidelidades se olvidan, el desprecio no.

A las 12.40 vi entrar a Vero en la cafetería. Se apoyó sobre la mesa y me pidió que recogiera las cosas porque quería invitarme a comer al coreano.

—¿Y eso? —pregunté sorprendida.

—Tendremos que celebrar oficialmente nuestra libertad, ¿no?

Nos pedimos dos bibimbap y un plato grande de kimchi para compartir. Vero me contó anécdotas de su hotel en Tianjin, de sus dudas sobre renovar el contrato un año más, de sus planes de vivir en Japón o incluso barajaba Filipinas, de sus aventuras en Tinder, y de lo bueno que estaba el nuevo fichaje del departamento de inglés, un profesor canadiense. Me di cuenta de lo mucho que la había echado de menos y de cuántas experiencias, tan esenciales, me habrían faltado si mi vida hubiera sido otra.

Esa misma noche, mientras compartía una cerveza con ella en el sofá de mi casa, recibí un mensaje de Bea:

Maletas hechas, en 10 minutos salgo para un hotel cerca del aeropuerto. Mi avión a Madrid sale mañana a las 7.50. No ha habido más preguntas. Soy libre.

Le mandé un corazón y dejé el móvil sobre la mesa.

—¡Brindemos! —propuso Vero con el vaso de cerveza en alto—. ¡Por nosotras! ¡Por nuestra libertad!

—¡Por nuestra libertad! —repetí y bebí aquel sorbo con verdadero placer.

  

30 mar 2021

Pantuflas en cuarentena

Cuarentena en Tianjin de Javier Avi


Recibo un breve mensaje en el chat de los extranjeros, que permanecemos en cuarentena, por la pandemia de Covid-19, en un hotel de las afueras de Tianjin.

Yun Ling: @7105+Elvira Abandona la habitación, si no cooperas llamaremos a la policía.

Lo leo y me levanto despacio del escritorio. Contesto.

7105+Elvira: @Yun Ling ¿Cuál es mi delito? Repito, permaneceré en la habitación 7105 los 21 días. Gracias.

Las cosas habían cambiado. Ya no iban a ser 14 días de encierro sino 21. Se trataba de una nueva norma que se nos comunicó el día 8 de estancia. Hay que entender que China es un país que, a pesar de aparentar rectitud, orden y estricta disciplina, goza de un caos alarmante 365 días al año. Las cosas que hoy sí, mañana no. Lo que hoy no, mañana quizá sí, pero solo podré saberlo mañana o no, quizá. Por lo tanto, tras el nuevo anuncio, las opciones se resumían en el siguiente juego matemático:

a.    14+7+7 Es decir, 14 días de estricta cuarentena en un hotel de Tianjin, más 7 días de estricta cuarentena en un hotel de tu lugar de destino, más 7 días de cuarentena flexible en tu propia casa (se permiten las salidas pero no el contacto directo con personas). Muchos os estaréis preguntando, ¿cómo es posible llegar a tu lugar de destino sin tener contacto con nadie? Os contesto: no es posible. De hecho, las personas que eligen esta opción toman un vuelo regular y se pasean por el aeropuerto sin vigilancia. No busquéis la lógica, no la hay.

b.    21+7 Es decir, 21 días de estricta cuarentena en un hotel de Tianjin, más 7 días de cuarentena flexible en tu propia casa de tu lugar de destino.

Todos mis compañeros extranjeros del chat optaron por la opción a., al igual que gran parte de pasajeros chinos del mismo avión. Tan solo otros siete hombres chinos y yo optamos por la opción b. Me confirmaron que permanecería en la misma habitación durante los 21 días, así que no me pareció mala idea, necesitaba algo de calma y estar encerrada no me importa, lo que me saca de quicio es que me molesten con pequeñitas incidencias cada dos por tres y eso, repito, en un país cuyo caos ocupa los 365 días del año, es muy habitual. Sin embargo, me prometieron que no habría cambios y que mi estancia durante los próximos 7 días sería llevadera.

El día 14 de encierro, dos horas después de que los pasajeros con opción a. hubieron abandonado el hotel, recibo un mensaje en el que se me comunica que debo hacer las maletas porque se me asigna una habitación diferente. No, respondo, no me cambiaré, permaneceré 21 días en la misma habitación como habíamos establecido.

Durante una hora y media se genera un debate estanco en el chat. A un lado China, inamovible. Al otro lado Bilbao, igualmente inamovible. Debes abandonar la habitación, me voy a quedar. Debes abandonar la habitación, me voy a quedar. Y así hasta que se menciona a la policía.

Frente al escritorio y con el móvil en la mano decido llamar a la profesora Wang, Decana del departamento en el que trabajo como profesora en China. Le explico la situación, me escucha con paciencia. Cuando termino, queda en silencio, finalmente dice: “Bien, debes quedarte en tu habitación, es lo que prometieron, si van a buscarte, que lo harán, llámame, yo hablaré con ellos”.

Triunfante dejo el móvil sobre la cama. Tener a la profesora Wang de mi parte me llena de fuerza. Respiro hondo y quedo mirando la puerta. Van a venir. Los espero. Cojo de nuevo el móvil, no hay mensajes. Me mantengo de pie frente a la puerta. Junto las manos y respiro con fuerza. Van a venir. Los espero. Me miro las pantuflas de papel que llevo, son del hotel, me quedan grandes. Van a venir, me repito.

Toc-Toc.

Ya están aquí. Me pongo la mascarilla y abro la puerta. En el pasillo un total de 8 hombres con trajes EPIS. De entre ellos avanza uno. Se presenta. Habla un perfecto inglés. Soy médico, me dice. Me explica que debo abandonar la habitación inmediatamente.

—No —contesto—, voy a quedarme 21 días.

Llamo a la profesora Wang. Ya están aquí, digo. Le ofrezco el móvil al médico quien la escucha y asiente con la cabeza. Después habla en su turno. Habla de manera prolongada, parece tranquilo, no titubea, no me da buena espina. Termina, me devuelve el móvil y me dice de nuevo en inglés.

—Tienes 10 minutos para abandonar la habitación.

Me coloco el móvil en la oreja y escucho a la profesora Wang justificando mi salida. Va a llegar un avión cargado de nuevos pasajeros que se alojarán en mi pasillo. No pueden mezclarme con ellos. Sería arriesgado, me dice.

—Haz tus maletas, tranquila, te van a dejar tiempo, pero debes salir de la habitación, te ubicarán en otra planta del hotel, no te preocupes.

—Yo pensaba que íbamos a luchar, profesora Wang.

La oigo reírse.

—Haz tus maletas, Elvira, y estate tranquila, han entendido que vas a cooperar.

Vencida.

 A los cinco minutos tocan a la puerta, abro, dos hombres con EPIS me obligan a salir. Señalo mi habitación, es un perfecto desorden. Me gritan en chino. Entro al baño y con el brazo arrastro todo lo que hay sobre la repisa del lavabo. Lo meto en una bolsa de plástico. Recojo la ropa esparcida entre la cama, la butaca, el escritorio y el armario. Abro la maleta y todo dentro, en una bola. La maleta no cierra. Lo saco y lo divido en dos bolas. Cierra. El portátil, el bolso y la garrafa de agua de 5 litros. Salgo de la habitación. Uno de los hombres se encarga de mi maleta, el otro del agua. Cruzamos el pasillo. Giramos, cruzamos un segundo pasillo. Se abren dos puertas automáticas, estamos en el vestíbulo. Cogeremos el ascensor, pienso. Un hombre va delante, el otro detrás. No se detienen. Dejamos el ascensor a nuestra izquierda. Lo miro inquita. Me doy la vuelta. Hago una señal al hombre de atrás. Niega con la cabeza. No habla. Nadie habla. El hotel entero está en silencio. Salimos a la calle. Me detengo. Hay un coche negro en la puerta. A dónde me llevan. Me gritan. Avanzo. Me ajusto la mochila del portátil. Trago saliva. El primer hombre llega al coche, abre el maletero, mete mi maleta. Me detengo. Me gritan. Avanzo y contengo aire apretando la mandíbula. A dónde me llevan. Me hacen gestos, quieren que deje el ordenador y el bolso en el maletero. No, digo, necesito el móvil. Me gritan. Dejo todo en el maletero. Un tercer hombre sale del hotel, lleva una mochila de la que cuelga una pequeña manguera, va rociando el suelo con agua y cloro. Llega al coche y rocía el maletero. Cuidado con mi portátil. Silencio. El hombre uno se sienta ante el volante, el hombre dos de copiloto, el hombre tres regresa al hotel. Yo abro la puerta del coche y me siento atrás. A dónde me llevan. Voy a cooperar. Saben que vas a cooperar. Es la policía. Me llevan. Me harán preguntas. Me van a deportar. Voy a cooperar. El coche arranca. Me llevo las manos a la cara y suspiro.

—Por favor, voy a cooperar —digo en inglés apoyándome en el reposacabezas del copiloto.

No me entienden. Me hacen gestos con las manos, quieren que me separe. Me acomodo de nuevo en el asiento de atrás. Junto las manos, entremezclo los dedos, los aprieto unos con otros. Las separo y me veo las palmas. Las acaricio entre ellas. Me miro los pies. Mierda, no es posible, llevo las pantuflas de papel. No van a tomarme en serio en comisaría. Tampoco pueden deportarme en zapatillas. ¿Me dejarán ponerme los zapatos? Sí, me dejarán. Pero ¿y si no? No puedo declarar en pantuflas. No puedo. No pueden deportarme así. Necesito mis zapatos de la maleta. Bajo la ventanilla, entra aire. El conductor me mira.

—Aire —digo en español, ya sé que no hablan inglés.

Abro un poco más la ventanilla. Me quito una pantufla y después la otra. Las sujeto con la misma mano. Bajo un poco más la ventanilla. ¡Y las tiro! ¡Ya! Doy un grito y agito nerviosa las manos en el aire. El conductor decelera, me mira rápidamente. Me quedo quieta. Finjo no haber hecho nada. Chasquea la lengua. No hace comentarios. El copiloto tampoco. No es un delito, lo sé. Tirar pantuflas por la ventanilla de un coche no es un delito en China. Los dos hombres se miran. No dicen nada. En China lo que no se verbaliza no existe. El coche no se detiene, continua por el mismo camino arbolado de antes. La carretera no está asfaltada. Giro la cabeza y veo mis pantuflas en mitad del camino desparramadas. Alejadas la una de la otra. Respiro aliviada. Tendrán que dejarme ponerme los zapatos. Declararé con zapatos y cuando llegue a Madrid, caminaré por Barajas con mis zapatos. Me habrán deportado pero tendré mis zapatos. Voy a cooperar.

El coche se para. No habremos conducido ni 15 minutos. Los hombres salen. Abren el maletero. Uno coge la maleta y el otro la garrafa de agua. Me golpean la ventanilla. Salgo. Toco el suelo de gravilla con mis calcetines a rayas blancas, negras y grises. Siento vergüenza. El hombre con el agua me da el bolso y el portátil. Aprieto los labios. No se fija en mis calcetines. Caminamos. El hombre de la maleta abre una verja. Entramos. No es la comisaría. Es un pequeño complejo de tres edificios alineados. Nos paramos en el segundo portal. Ante la puerta un tercer hombre con EPI y una mochila rociadora de cloro. Abre la puerta. Rocía el suelo de baldosas. Entran los dos hombres, luego yo. Siento que los calcetines se están humedeciendo. Cierro los ojos. Los tres hombres suben las escaleras por delante de mí. Siento vergüenza. Uno grita. Avanzo. Los calcetines se impregnan de cloro y hacen chof. En cada escalón pestañeo con lentitud y levanto la cabeza. Erguida subo lentamente cada peldaño. Llego al rellano. La puerta de la derecha está abierta. Me asomo, mis cosas están dentro. Ellos esperan fuera. Me empujan. Antes de cerrar la puerta, el hombre del cloro me da una bolsa de plástico y hace el gesto de comer con la mano.

—¿Es la cena? —pregunto, no contestan y cierran la pesada puerta de metal conmigo dentro y ellos fuera.

Miro a mi alrededor. Es un pequeño apartamento. Dejo el portátil y el bolso en la entrada pero me aferro a la bolsa de plástico, quizá porque está caliente. La aprieto contra mi pecho. Avanzo por el estrecho pasillo. Oscuro, sucio. Hay una cocina sin frigorífico ni fuegos. Hay un baño sin bañera ni plato de ducha, la alcachofa sale de la pared junto al inodoro. Hay una habitación con dos camas sin sábanas ni mantas. Hay otra habitación con dos camas, solo una de ellas está vestida. Necesito aire. Llego a la ventana. Giro la manilla. No se abre. Tiro con fuerza, tampoco. Me acerco más, un poco más y veo un tornillo que la atraviesa. No se puede abrir. Necesito aire. Me aprieto más la bolsa de comida. Camino. Voy dejando un reguero de cloro. Siento frío. No hay calefacción. Vuelvo al pasillo, al fondo hay un pequeño mueble, sobre él: tres rollos de papel higiénico, dos botellines de agua y varias pantuflas de papel. Sin despegarme de la comida, alcanzo un par de zapatillas. Les retiro el fino plástico que las cubre, las dejo caer al suelo, me quito los calcetines y me las pongo. Encojo y estiro los dedos dentro. Levanto la cabeza y veo frente a mí la puerta de metal. Mañana, pienso. Mañana seguiré luchando. Hoy me conformo con mis pantuflas nuevas.