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25 ago 2024

Veranos muertos


Mujer y playa de Carmen Mansilla

Elvira lo miraba desde la puerta. El viejo profesor estaba en su butaca con la cabeza torcida, la sien le tocaba casi el hombro. Babeaba como un niño. El brazo izquierdo también lo tenía encogido, la mano parecía un muñón.

—Pasa, pasa, preciosa, no te quedes ahí —dijo Dolores, después siguió limpiándole al viejo la saliva que le caía por la barbilla.

Elvira se acercó y se sentó en la butaca de al lado, como de costumbre.

—No sabía que estaba tan mal.

Dolores asintió afligida. Le explicó que el segundo ictus le había afectado a la movilidad del lado izquierdo, pero que no se había quedado tonto, eso no, que no se preocupara, que entendía todo, todo, todo.

—¿A qué sí, señor Agustín? ¡Claro que sí! Y por eso hoy nos hemos puesto tan guapo, ¿verdad? Porque venía Elvira, ¿eh? Qué preciosa está, ¿eh? Como usted, que si no fuera por esa babilla, ¡cochinote! Pero yo se la limpio, así, así, ve qué bien…

Elvira la agarró del brazo y le pidió que parara. La miró un instante y con contenida agitación le dijo que se fuera, que ella se ocuparía. Dolores salió del salón algo molesta y Elvira arrimó un pequeño taburete de piel y lo colocó frente a la butaca del profesor. Lo observó primero, le costaba reconocerlo. Después le cogió la mano, la que estaba retorcida y le estiró los dedos con delicadeza. Se los acercó a su mejilla y lo sonrió.

—Hola, Agustín.

El viejo con esfuerzo giró la cabeza y abrió la boca.

—Hola, querida —pronunció con dificultad—. ¿Decepcionada?

—¿Por verte todavía vivo?

—Soy un saco de carne tullida.

Elvira le besó la mano y agachó la cabeza. Le dijo que quería haber ido a verlo al hospital pero que había estado fuera de Madrid, que el verano parecía tener muchos días pero que después se queda en nada, le dijo que había llamado a Dolores varias veces, que esperaba que le hubiera dado los besos que le había estado mandando.

—¿Te los dio?

El viejo la miró y ella lloró, lloró agarrada a él toda la tarde.


21 ago 2021

En el nombre del Padre


Iván el terrible y su hijo por Iliá Repin


―Es un Gobierno deshumanizado ―dijo Elvira apoyada en el escritorio que el viejo profesor Pardos tenía en su estudio―. Siento una enorme decepción.

―Querida ―dijo él desde su butaca―, la decepción no es más que la mala percepción que tenemos a priori de las cosas. China es un monstruo capaz de devorar a sus propias crías. El que tú lo estés descubriendo ahora no significa que no lo haya sido siempre.

Elvira agachó la cabeza y acarició la vieja madera del escritorio con delicadeza.

―El mundo se acaba ―dijo.

―El mundo acabó hace tiempo. Llevamos siglos dejándonos arrastrar por movimientos temporales cíclicos, repetitivos, previsibles y sin embargo, con cada nuevo acontecimiento, fingimos sorpresa y lo hacemos, mi querida alma, porque si no qué sentido tendría seguir respirando, quién soportaría lo absurdo de una existencia ya vivida, para qué.

―Para qué…

―Dame un beso. ―Elvira alzó la cabeza y lo miró con ternura, se acercó y se acuclilló junto a la butaca―. Tonta idealista de besos dosificados. ―Acariciándole la mano, Elvira se levantó.

―Siento dolor.

―Porque todavía no estás muerta. ¡Dolores, Dolores, Dolores! ―gritó el viejo. La puerta del estudio se abrió con ímpetu y Dolores apareció con un trapo entre las manos.

―Pero ¿qué pasa, qué pasa, qué es lo que pasa? Tanto grito, tanto grito.

―No lo repita todo, que parece el corifeo. Tráigale sandia a Elvira, haga el favor.

―¿Sandía? Pues sandía, sandia, sandía se traerá.

―¡Y dale con el repiqueteo!

―No, no quiero sandia, gracias, Dolores ―intervino Elvira.

―Sí quiere, sí, tráigale sandia.

―Sí quiere, sí quiere, sí, sí, pues sandía, sandía se traerá.

―¡Paciencia, señor!

Elvira se rio y Dolores agitando el trapo al aire salió de la estancia repitiendo paciencia, paciencia, paciencia.

La antigua estudiante del profesor se acercó a la biblioteca, a una de las tres paredes de aquel enorme estudio que estaba forrada por estanterías que iban del suelo al techo. Los libros se amontonaban sin ningún tipo de orden, aunque ella conocía a la perfección su disposición. Examinó el estante que más cerca le quedaba a la vista.

―Tengo en casa cuatro libros tuyos, te los devolveré en la próxima visita.

―Voy a cumplir 80 años, no creo que haya próxima visita.

―Entonces te los llevaré a tu tumba.

―¡La sandía! ―exclamó Dolores entrando en la sala. Dejó un plato con la fruta troceada sobre el escritorio―. ¡Hala, que con este calor es mano de santo! ―y dirigiéndose a Elvira añadió―: ¿Te quedas a comer, preciosa?

―No, Dolores, gracias, hoy no puedo.

―No, no puede, debe adornar de flores mi lápida.

―¡Oy, oy, oy, qué cosas, qué cosas, qué cosas, señor Agustín, qué cosas! ―y con un baile de aspavientos salió.

Elvira se acercó a la mesa y observó el plato. El profesor Pardos la miraba desde su butaca.

―Ojalá pudiera templar tu dolor pero solo tengo fruta ―dijo.

 



26 feb 2020

El profesor y Abel

Mistaken Identity de Ken Wong


—Y tú, ¿estás vivo o muerto?
Preguntó Agustín Pardos a Abel.
—¿Yo?
El niño con cierto nerviosismo miró a Elvira que se reía apoyada en la enorme biblioteca que el profesor tenía en el salón de su casa. Había pedido permiso a su amiga Almudena para presentar a su hijo, de 11 años, a Pardos. Últimamente el niño tenía ciertas inquietudes filosóficas y creyó que conocerlo le haría bien.
—Claro, tú, porque yo ya sé que esa señorita —dijo señalando a Elvira— lleva muerta mucho tiempo.
—Yo estoy vivo.
—Ya. ¿Y cómo estás tan seguro?
Abel volvió a mirar a Elvira que seguía la conversación divertida.
—Porque respiro.
—Ah, porque respiras. Interesante. ¡Deja de respirar!
—¿Qué?
—¡Vamos, chico, deja de respirar!
Elvira, con una sonrisa, le hizo el gesto de que obedeciera, así que el niño cogió aire y dejó de respirar. El viejo miró el reloj de pared que tenía enfrente y comenzó a contar los segundos:
—… cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce…
Y el niño soltó el aire como si saliera de golpe de debajo del agua.
—Bien, chico, mi enhorabuena, has estado doce segundos muerto.
El viejo y el niño se miraron.
—¿Puedo beber agua? —preguntó entonces Abel desconcertado.
—¿No prefieres un whisky seco?
—No, prefiero agua.
Elvira se rio.
—Anda, ve a la cocina y pídeselo a Dolores.
Elvira le abrió la puerta del salón y, mostrándole el largo y oscuro pasillo, le señaló que si torcía a la izquierda encontraría la cocina en la segunda puerta, la de vidrieras. El niño salió.
—Y tú, ¿no me vas a dar un beso?
—Te he dado dos al llegar, Agustín —contestó cerrando de nuevo la puerta del salón.
—Dosificas tus besos como quien dosifica su aire en un momento de pánico.
Elvira sonrió y volvió a plantarse frente a la biblioteca.
—¿Te importa que me lleve un par de libros?
—¿Cuántos me debes?
—Prometo devolvértelos todos antes de regresar a China.
—Hablo de los besos, ¿cuántos me debes?
Se dio la vuelta y vio a su viejo profesor mirando al suelo. Se acercó a su butaca y, apoyándose en uno de los anchos reposabrazos, lo besó en la mejilla.
—Me llevo estos dos, ¿vale? —dijo mostrándole los libros.
—No sabía que los muertos leyeran.
Ella sonrió y de un saltito se puso en pie.
—No estoy muerta, Agustín, no lo estoy.
—Lo estás. Seca de vida.
La puerta del salón se abrió. Abel entró con su vaso de agua. Los dos adultos lo miraron cómo se acercaba a la butaca que estaba junto a la de Agustín. Antes de sentarse dejó el vaso en la mesita de café.
—Ya lo sé, profe —dijo.
—¿Qué es lo que sabes? —preguntó él.
—Ya sé porque estoy vivo.
—Ah, bien, dime, ¿por qué?
—Porque estoy todavía lleno de agua.
—Todavía. Bien, chico, vamos por buen camino —dijo mirando a Elvira que se apretaba los libros contra el pecho—. Entonces, Elvira, ¿quieres un vaso de agua tú también?
Ella lo miró seria.
—No, yo prefiero un whisky seco.

17 ene 2020

El profesor y la muerte

Teacher of drawing de Vasily Perov


—¿Estoy muerto? —preguntó el viejo.
—No, Agustín, no lo estás —respondió Elvira mirándolo desde la butaca de al lado.
—Si lo estuviera tampoco me lo dirías, te conozco.
—Es posible —dijo y se rio.
La casa de Agustín Pardos estaba en pleno centro de Madrid. Era antigua. Enorme. Desordenada. Elvira decía que destartalada. Lo decía porque le gustaba criticar a su viejo profesor pero, en verdad, envidiaba su forma de vida, su caos.
—¿Cuándo llegaste?
—El sábado —respondió Elvira.
—¿Cómo es aquello?
—Igual que esto.
—¿Sucio?
—Destartalado.
—¿Cómo un país con 1.400 millones de habitantes puede ser destartalado?
Elvira volvió a reírse. Se levantó de la butaca, se acercó a la de su profesor y le retiró el periódico que tenía sobre las piernas.
—¿Te vas  a quedar a cenar, preciosa? —preguntó Dolores entrando en el salón. La mujer cuidaba de Agustín Pardos desde que sufrió el ictus hacía dos años.
—No, gracias, Dolores, me marcho enseguida.
—Bien, como quieras. —Y salió.
Elvira la vio irse, dobló el periódico y lo dejó sobre la mesita de café.
—Me arrepiento —dijo el profesor.
—¿De qué? —preguntó ella acercándose a la ventana.
—De no haber llevado tu tesis. Me arrepiento.
Elvira miró a través de aquella ventana del sexto piso. Vio la calle. Vio a una pareja esperando el semáforo. No estaban cogidos de la mano. Quizá eran solo amigos, o quizá eran amantes y fingían no serlo, quizá eran hermanos, quizá él era su profesor, quizá ella admiraba su casa destartalada.
—Sí, yo también —dijo dándose la vuelta y sentándose de nuevo en la butaca—. Hubieras disfrutado con el tema.
—Tu tema es una sandez, los personajes suicidas no interesan a nadie. A mí no me interesan. Sin embargo habríamos pasado más tiempo juntos y de eso me arrepiento. Me arrepiento. Tengo 78 años y voy a morirme.
—Yo también voy a morirme, Agustín.
—Sí, tú también. De hecho no sé cómo estás tan segura de no estarlo ya.
—No lo estoy.
—¡Ves! Me arrepiento. Debería haber pasado más tiempo contigo, con una muerta como tú.
Elvira sonrió y el viejo apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca. Cerró los ojos.
—No te mueras ahora, Agustín.
—No voy a hacerlo, no te daré ese gusto —dijo. Abrió de nuevo los ojos y la vio reírse, le gustaba verla reír, lo hacía mucho, para todo lo que detestaba la vida, se reía a cada momento—. A veces hasta pareces feliz.
—A veces lo soy.
—Mentira —dijo y se pasó torpemente la mano sobre la cabeza. Después con la vista al frente continuó—: Sabes que no lo digo en serio, ¿verdad? No me lo parece. Tu tema de tesis. No me parece una sandez. No lo es. No lo es y me arrepiento. Me arrepiento —La miró, ella evitó hacerlo. Se hizo un silencio largo—. Quédate a cenar y charlamos un rato más.
—Está bien, voy a avisar a Dolores.
 Elvira salió del salón. Al entrar, 10 minutos más tarde, encontró a su profesor nuevamente con los ojos cerrados y con la cabeza apoyada en el respaldo. Se acercó a él, pero este no se movió. Lo llamó por su nombre, seguía sin reaccionar. Quieta se llevó la mano al pecho. Luego se inclinó sobre él, le rozó con su mejilla la frente.
—¿Estoy muerto?
Ella se enderezó conteniendo un suspiro.
—No, Agustín, no lo estás.
—¿Y tú?
—Yo tampoco —contestó sentándose de nuevo en la butaca de al lado.


8 oct 2019

Proceso creativo

Typewriter Four Hands. Desconocido

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer la entrada anterior Viernes de Joker

          ―Elvira, ¿qué vamos a hacer con esto?
Elvira acababa de salir del ascensor, en la séptima planta de la facultad de la Universidad China donde trabajaba desde hacía dos semestres. Frente a los despachos encontró a su compañero Rober que le mostraba una pelota de papel arrugada.
―¿Y qué es eso?
―Nuestra novela.
―¿Nuestra novela? ¿Qué novela?
―La de los amantes reencontrados 15 años después. Antonio y Vero. Nuestra novela.
―Querrás decir mi obra de teatro. Es una obra y es solo mía.
Roberto puso las manos en jarras y respiró fuerte.
―Ya sabes que Antonio ha vuelto a llamar a Vero, ¿no?
―Sí, lo sé.
―Para quedar.
―Sí, lo sé.
―Está claro que Antonio no es inmensamente feliz.
―Sí, lo sé.
―Bien, pues si lo sabes, tenemos historia.
―La historia, Rober, la tengo yo. Dos actores, un único espacio, 70 minutos y una sala off de Madrid. La empiezo a escribir en unos días y la monto en enero cuando regrese a España.
―Ya. ¿La vas a montar igual que tus otras obras?
―Gracias, Rober, eres un mierda.
Elvira entró en clase con rabia. Dejó sus cosas en la silla junto al atril. Encendió el ordenador y desplegó la pantalla del proyector. Pidió silencio. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, miró por la ventana y resopló. Podría gritar, reír y llorar al mismo tiempo. Se puso de nuevo las gafas y pidió, por segunda vez, silencio. Miró al proyector, lo señaló y comenzó.
―Bueno, como ya dije la semana pasada, Valle-Inclán revolucionó el teatro…
Tocaron a la puerta. Rober entró.
―¿Puedes salir? ―preguntó.
―Acabo de empezar la clase.
Rober la miró y ella, apretando los dientes, salió del aula.
―Joder, Elvi, lo que intento decirte es que es posible que tus obras no funcionen porque quizá, y solo quizá, no sepas contar las historias.
Elvira recibió la bofetada fingiendo no haber sentido ni una pizca de escozor aunque tuviera la cara ardiendo.
―Gracias por tus consejos, mi querido literato, sin embargo te aseguro que esta historia de amor la voy a saber contar muy pero que muy bien.
―¡Lo ves! Ahí está tu error, porque esto-no-es-una-historia-de-amor, ¡mendruga!
Rober cruzó el pasillo y entró en su clase. Elvira entró en la suya repitiendo “imbécil de mierda” como si fuera un mantra. Pidió a sus alumnos abrir un par de ventanas. Se arremangó el jersey. Se frotó los ojos, pero está vez por debajo de las gafas y pidió silencio aunque nadie estuviera hablando.
―Valle-Inclán con la construcción de Max Estrella puso de manifiesto… ―Pausa. Elvira clavó los ojos en una de la estudiantes de la primera fila―. Dadme un minuto, chicos, por favor.
Salió de la clase y tocó a la puerta del otro lado del pasillo. Rober salió.
―¿Antonio no busca a Verónica, 15 años después, porque la ama? ―preguntó ella.
―No.
―¿Quieres decir que Antonio pone en jaque su matrimonio por una infidelidad que ni le va ni le viene?
Rober se agachó a la altura de su compañera que apenas medía un metro y medio y le susurró:
―Antonio no es el personaje infiel en esta historia. ―Y entró en clase.
Elvira cruzó el pasillo de vuelta. Cerró la puerta de su sala pensativa y miró a sus alumnos.
―Bien, decía que Valle-Inclán, ¿verdad?, con sus más de 50 personajes arma a uno solo: Max Estrella. Todos y cada uno de ellos, con sus intervenciones, cimientan sus rasgos. Todos. ¡Todos! Incluso aquellos que en un principio parecen estar relegados a figurantes son… ―Silencio―. Dadme un minuto, chicos.
Y la profesora salió corriendo de clase.
Ya en el pasillo frente a Rober:  
―¡Es la mujer, Rober! ¡El personaje infiel es la mujer!
Su compañero le dio una palmadita en el hombro.
―Bien, pedazo de mendruga, lo vas pillando. Está claro que su mujer disfruta en Barcelona del salario y de la libertad que le ofrece un marido expatriado en China.
―Vale, a veces los hechos son complicados de explicar, pero sigo sin entender el punto de inflexión, ¿por qué Antonio llama a Vero si hemos decido no otorgarle el rasgo de marido infiel? ―Rober adoptó su postura en jarras y sonrió con aquella pregunta, sabía que Elvira era de procesamiento lento, así que esperó―. ¡Coño! ¡Antonio lo sabe!
―Ay, amiga mía, tú los has dicho: a veces los hechos son complicados de explicar.
―No me gusta. Muy folletinesca. ¿Antonio actúa por venganza?
―Joder, no diría venganza, ¿torpeza?
―Sí, Antonio es torpe emocionalmente. Cree que mueve ficha. Antonio sigue enamorado de su mujer.
―¿Enamorado? Joder, Elvi, 10 años de matrimonio, 3 de noviazgo, 2 hijas, ¿enamorado?, ¡macho, ni en Walt Disney!
―Sí… ―La profesora se apretó el labio inferior mascullando palabras que solo ella parecía entender―. Está bien. Antonio es muy competitivo y ha perdido por primera vez, pero decide jugar en la siguiente partida: Vero.
―Antonio ha perdido por primera vez… Vale, te lo compro.
―¡Sí!
Elvira regresó a su clase dando palmaditas.
―¡Muy bien, muy bien! ¡Vamos que lo tenemos! ―jaleaba a sus estudiantes como si de futbolistas se trataran, y ¡plas, plas, plas!, y más ¡plas, plas, plas! ―¡Lo tenemos!
―Profesora ―un alumno de la tercera fila levantaba la mano―, yo no entiendo el valor que aporta  el Preso.
―¿El Preso? ¡Es un personaje indispensable!
―Sí, profesora, ¿pero cuál es su valor?
Alguien tocó a la puerta y Rober entró. Subió a la tarima y acercándose a la profesora le dijo al oído:
―¿Qué valor le damos a Verónica?
Elvira miró a su estudiante de la tercera fila y luego hizo un barrido a la clase entera.
―Dadme un minuto, chicos, por favor.
―Hemos dejado a Vero como mero instrumento funcional de Antonio.
Elvira arrastró a Rober a la pizarra, daban la espalda a los estudiantes.
―Dale la vuelta ―dijo Elvira―. Si hemos dicho que Antonio era muy torpe emocionalmente, hagamos que pierda esta segunda partida también. Convirtámoslo en el objeto fetiche del arco dramático de Vero.
―Objeto fetiche… Vale, te lo compro.
―Entonces, ¿estamos de acuerdo en que Vero sea nuestra heroína?
―No lo veo, había pensado en la mujer ―respondió Rober, en jarras, su postura favorita.
―Vero parte con unos valores legítimos que marcan los supuestos cimientos de la novela: el amor verdadero; esto, por supuesto, irá cambiando. A la mujer necesitamos presentarla adulterada desde el principio, no nos sirve.
―Entiendo, pero no veo a Verónica como voz narrativa, nos fallaría en Barcelona. Y no me coloques a un omnisciente en tercera persona, se carga la historia.
―Sí, pero un narrador deficiente podría funcionar. Sería engañoso… ―Elvira escribió los nombres de los personajes en la parte baja de la pizarra. Rober se agachó apoyando las manos en las rodillas.
―No aporta nada que sea engañoso.
―La duda. Y no deja de ser una novela que trata sobre la mentira y la apariencia ―explicó ella.
―Ya, y ¿por qué no dejamos que hablen los tres?
Elvira asintió, pareció gustarle la idea. Marcó primero a la mujer en la pizarra:
―Ella es inteligente, cínica, controladora y manipuladora. Voz narrativa en segunda persona, siempre se dirige a Antonio. Rápida, frases cortas y vocativos insultantes. ¿Me encargo yo?
―Sí, toda tuya. ¿Antonio? Competitivo, pragmático y cero inteligencia emocional, ¿no?
―Eso es, y hay que dibujarle como un hombre bastante frustrado, incluso acomplejado diría yo. Primera persona. Frases largas e inacabadas. Que introduzca reflexiones figuradamente existencialistas pero que sean de lo más elementales.
―Un papanatas.
―Un perdedor ―matizó Elvira―. ¿Tuyo?
―No, creo que le vas a sacar más jugo tú.
―Vale, pues para ti la heroína.
―¿Profesora?
―Un momento, chicos ―respondió a la clase sin darse la vuelta.
―Vero sería el personaje antagonista de Antonio.
―Cuidado, Rober, porque también lo sería de la mujer. Ten en cuenta que los conflictos se establecerán directamente con Antonio pero no dejan de ser una consecuencia de los establecidos entre Antonio y su mujer.
 ―¿Profesora? Es que…
―Sí, chicos, un segundo.
Rober miró a Elvira. Elvira, que seguía observando los garabatos en la pizarra, dejó la tiza y se llevó las manos al cuello, se lo frotó.
―Lo tenemos, Rober…
―Lo tenemos, mendruga.
―¿Profesora?
―¿Quééééé? ―respondió por fin dándose la vuelta.
Al girarse la vio. La Decana Wang estaba en medio de la clase, con las manos cruzadas sobre su falda, mirándolos con curiosidad.
―Roberto, ¿podría preguntarte por qué tus alumnos llevan más de 20 minutos solos en su clase?
Los dos profesores se miraron y finalmente Rober contestó:
―Profesora Wang, es que… a veces los hechos son complicados de explicar.


16 oct 2012

Creatividad pastelera



                                                      Creatividad de Javier Avi

Estaba tumbada en el sofá con una cerveza, viendo a Joan dibujar en su mesa. Sonreí, levanté el botellín y brindé:
―¡Por nuestra panadería, amor!

Llegué a Madrid de Estados Unidos con 6 mil euros ahorrados que fueron a parar, a toca teja, a IMEC, Instituto Moderno de Escritura Creativa. Me había tirado 2 años en la América profunda dando clases en una universidad y, sobrellevando el duro invierno, escribiendo relatos. Una editorial se interesó por ellos y, tras firmar un contrato, mi primer libro iba a ser publicado en poco más de 6 meses. Estaba contenta, muy contenta. Además IMEC me daría las pautas para abrir mi mente, reflexionar y ahondar en temas que pudieran dar a mis escritos cierta profundidad. Estaba contenta, muy contenta.
El primer día, el profesor Cañamares explicó que debíamos organizarnos porque cada semana, uno de nosotros, se encargaría de traer vino y algo de comer.
―¿Perdón? ―pregunté ojiplática―. ¿Quieres decir que vamos a organizar merendolas y además nosotros tenemos que correr con los gastos? Pensaba que era una escuela de escritura, no una asociación para hacer amigos.
―Vaya, tenemos una rebelde entre nosotros. ―La clase rió y yo vi caer mis 6 mil euros por el retrete.
Poco tiempo después, me enteré de que Cañamares estaba casado con una ex alumna, 35 años más joven que él, y que ahora también por supuesto era profesora de la escuela. Mi profesora. Poco tiempo después, me enteré de que mi profesora había expulsado a mí compañera, porque se había tirado a Cañamares después de una de las merendolas. Poco tiempo después, mi novela salió publicada y Cercas, otro profesor, se olvidó de darme la enhorabuena, pero sí me invitó a abandonar la escuela alegando ser carne de taller, dijo que IMEC me quedaba grande. Poco tiempo después, mi compañero me dijo que Cercas le había tirado los trastos. Poco tiempo después, mi profesora arrojó mis escritos sobre su mesa y dijo algo sobre que los relatos eran cerillas y que sólo tenemos una para encender, que alguien le dé lumbre a esta pobre mujer, por favor. Poco tiempo después, mi otra compañera me enseñó un email subidito de tono de Aguinaga, mi otro profesor. Poco tiempo después, se lo tiró. Poco tiempo después, Cercas, que nunca había publicado nada, nos contó que Pedro Almodóvar le había robado el guión de Hable con ella, aunque en primera instancia Cercas lo había titulado Susúrrale. Poco tiempo después, Aguinaga tras decirme que mis relatos le hacían perder el tiempo, me pidió que lo abrazara, que te abrace tu puta madre, le contesté. Poco tiempo después, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora, evaluaron con un no apto mi proyecto de fin de máster, lo justificaron con un no estás preparada, Elvira.
Me marché a París. Alguien me habló de un excelente curso de creación literaria en La Sorbona. El primer día, el profesor Rubaud exigió puntualidad y prohibió cualquier tipo de comida y bebida en clase. Suspiré aliviada. Dos días después, tras la sesión, me acerqué a él y vomité toda mi frustración. El profesor Rubaud me ofreció su pañuelo y me aconsejó que pintara. ¿Pintar? Pinte, y mañana tráigame lo que haya hecho. Compré témperas, una cartulina y pinté. Al día siguiente se lo llevé.  El profesor Rubaud lo observó. Es algo así como abstracto, intenté explicarme al ver que su rictus era serio.
―Su creatividad está muerta ―dijo finalmente―. Mire, lo único que ha hecho usted ha sido trasladar la paleta de colores a la cartulina, en perfecto orden, sin mezclarlos, ¿a qué tiene miedo?
―¿Yo?, a nada, pero no sé pintar.
―No hablo de pintura, sino de creatividad. Un panadero desborda más creatividad haciendo sus brioches cada mañana, que usted intentando escribir 4 palabras. ―El profesor Rubaud volvió a prestarme su pañuelo―. Potencialmente todos los seres humanos somos capaces de crear, así que no se preocupe y, ande, devuélvame el pañuelo.
El profesor Rubaud me dio una lista de recetas que debía preparar en casa, de autores que debía leer, de lugares que debía observar, de conversaciones que debía encontrar, de vinos que debía catar y de texturas que debía tocar. Sin embargo no me obligó a escribir, solamente me aconsejó que siempre me acompañara la música y que, por favor, sonriera.
La última semana, al terminar la clase, me pidió que me acercara a su mesa. Me dio un folio y un bolígrafo y me ordenó que pintara. ¿Con esto?, pregunté. Pinte, contestó. Y pinté. Una hora más tarde, Rubaud observó mi dibujo. Enhorabuena, mi querida pastelera, dijo.
Al regresar a Madrid, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora me estaban esperando para darme una segunda oportunidad. Expuse un nuevo proyecto en el que defendí la naturaleza creativa del ser humano. Tras deliberar, Cercas me informó que estaba aprobada, pero que mi tesis no tenía ni pies ni cabeza porque:
―¡No todo el mundo es capaz de escribir una novela!
―Por supuesto que no ―contesté―, pero entonces serán capaces de crear deliciosos brioches.