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12 ago 2021

Psicopatía veraniega 2

 

"Christine de Pizan"


―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―el chico chistó a su vera pero hasta que no chasqueó los dedos frente a su pantalla del portátil, Elvira no levantó la cabeza. Esta vio a un joven de pie junto a ella moviendo los labios, se quitó los auriculares y, disculpándose primero, le pidió que repitiera―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Se oye la música? ―preguntó mostrándole los auriculares.

―No, es tu teclado.

Elvira miró primero al teclado y riéndose volvió a mirarlo a él.

―Es una broma, ¿no?

―No. Tecleas muy fuerte. Molestas. Si quieres trabajar te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―Estoy consultando ―levantó el libro que tenía sobre la mesa, junto a su ordenador, y se lo acercó―. ¿Lo ves? Consulto.

―Te aconsejo que te compres una funda de goma para tu teclado ―y señaló algo 4 sitios más a la derecha, Elvira se levantó un poco de la silla y vio un pequeño ordenador plateado con una alfombrilla de silicona sobre las teclas.

―Gracias, lo haré.

Elvira hizo amago del volverse a poner los auriculares creyendo que aquel gesto sería suficiente para terminar la conversación y volver a sus textos, sin embargo no fue así. El joven permaneció de pie sin dejar de mirarla.

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa! ―exclamó de pronto y luego, a grandes zancadas, regresó a su mesa.

La mujer se sintió incómoda y se agitó en su silla. Buscó un poco de apoyo pero era agosto y tan solo había otra joven en la sala tres filas más adelante que, además de tener puestos los auriculares, llevaba 3 horas de reloj sin levantar la vista de sus libros, Elvira llegó a pensar que era de atrezo.

Después del incidente le costó concentrarse, así que terminó por cerrar el portátil y mirar fijamente el libro que había solicitado en consulta. Acarició la portada y resopló, a pesar de estar resguardada bajo el aire acondicionado de la biblioteca sabía que Madrid ardía a 40°. Observó sus uñas, las tenía pintadas de negro, pensó que al llegar a casa las cambiaría por el granate cereza mate que le había regalado Almudena. Tamborileó la mesa y miró a su derecha, 4 sitios más allá localizó al tarado, calificativo con el que lo había fichado mentalmente. Pasaba las hojas con energía de atrás hacia adelante, revisaba cada una de ellas un par de veces. Las volteaba como si tuvieran prisa por ser seleccionadas. Elvira lo observó durante al menos diez minutos después, con decisión, se levantó y se dirigió hacia él.

―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―exclamó entrometiendo su mano entre sus ojos y el libro. El chico levantó la cabeza y se quitó los tapones de las orejas. ¿Tapones?, cabrón, pensó Elvira dándole tiempo a guardarlos en la cajita transparente de plástico―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Perdona?

La mujer señaló desde arriba el libro.

―Las páginas. Las pasas muy fuerte. Molestas. Si quieres leer te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―¿Perdo… perdona? ¡Estoy consultando!

Elvira ladeo la cabeza y levantó las cejas, sonrió pero con la mascarilla el joven no pudo verlo.

―Entiendo ―dijo―, en ese caso te aconsejo que la próxima vez solicites documentos digitales. ―Se giró y señaló algo 4 sitios más a la izquierda.

El chico alzó la cabeza y vio el portátil de la mujer. Sin añadir nada abrió su cajita transparente de plástico y se puso de nuevo los tapones. Elvira no se movió de su lado. El joven desconcertado la miró, se quitó uno de los tapones y preguntó:

―¿Qué?

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa!

Y, con pasitos cortos pero bien marcados, Elvira regresó a su mesa. Abrió el portátil y con energía comenzó a teclear de nuevo: “Son muchos los ejemplos que demuestran que la imitación es una manifestación característica de los personajes con rasgos psicopáticos en el teatro español de finales de…”.

 

4 ago 2021

Psicopatía veraniega

 

Foto: Elvira Rebollo

Estaba recostada en la tumbona, frente a una pequeña piscina de diseño que daba a las faldas de toda la sierra malagueña. Llevaba leyendo casi una hora, no podía pedir más. Joan y yo habíamos alquilado una casita en medio de la nada y todo estaba siendo perfecto, idílico, placentero, imperturbable…

―¡Joaaaaaaaaan!

―¿Qué? ―dijo asomando la cabeza desde la barandilla de la terraza del segundo piso.

―¡Tenemos un problema!

 

―Tenéis un problema ―dijo Beatriz mostrándome un top de tiras, de los que nunca sé cómo se ponen. Lo volvió a dejar en la estantería al ver mi mueca―. Estamos pasando por una pandemia. Nos han aislado durante meses, has estado en China bajo unas condiciones lamentables en cuarentena, y aun así os vais a alquilar una casa en mitad de la montaña sin vida humana a 30 km a la redonda. Perdona, de esta faldita ¿tienes la talla M? ―La dependienta le contestó que iría a ver, Bea suspiró y revisó la falda poco convencida―. Con unas sandalias de tacón alto puede quedar bien, ¿no?

―No nos gusta la gente ―contesté. Beatriz me pidió que le sostuviera el bolso para probarse una chaqueta de punto sin mangas.

―¿Te gusta?

―Me aburro.

―Te aguantas. Me lo debes. Ya sé que eres comunista, minimalista, anti consumista y una misántropa de mierda, pero me lo debes. Te recuerdo que tu amiguita se tiró al amor de mi vida en mi propia casa.

―Pensaba que el amor de tu vida era Markus.

Beatriz me miró con rabia.

―Aquí la tiene ―dijo la dependienta ofreciéndole la falda talla M.

Bea la cogió molesta por todavía no saber qué contestarme, ni le dio las gracias.

―No sé por qué siempre defiendes a Almudena.

―Porque es bonita.

Lanzó la falda hecha una bola a la estantería y levantando la voz me pidió que saliéramos de la tienda porque parecían no gastar en aire acondicionado.

Me encantaba verla caminar por la Gran Vía madrileña, desprendía toda la seguridad que una persona podía llevar sobre sus hombros. Su casi metro setenta desfilaba con una elegancia sutil de una mujer delicada y firme a la vez. La admiraba, había sabido sacudirse las secuelas del cáncer y recuperar su vieja personalidad desbordante, era asombrosa. Al pararse frente al semáforo se giró para buscarme.

―Entre ese nuevo corte de pelo y ese peto tan horroroso, pareces un espantapájaros. Anda, vamos, que ya está en verde ―dijo.

Cruzamos la carretera y nos sentamos en una terracita de la Plaza Luna.

―Te pongas como te pongas no pienso perdonar a Almudena.

―Ya lo has hecho.

Beatriz se llevó el botellín de cerveza a la boca y sonrió mirándome fijamente.

―Me das mucho asco, Elvi. Tienes ese toque de profesora condescendiente que da mucha rabia. Siempre lo sabes todo, ¿no?

―Todo.

―Me gustaría saber qué harías si me follara a Joan.

―Nada. Soy comunista, lo comparto todo.

Beatriz se rio y bebió un largo trago de cerveza.

―Joan y tú sois una pareja de psicópatas bien avenida. Y, repito, tenéis un problema. Daría lo que fuera por entender qué vais a hacer en esa casa en mitad de la montaña los dos solos. Estoy convencida de que queréis deshaceros de un cuerpo. No me extrañaría que lo hubierais matado durante el confinamiento, y a lo largo de todo este tiempo lo tuvierais en vuestro congelador, quizá un vecino molesto o el repartidor de Amazon o el de Glovo, ¿se demoró en traeros la comida?, ¿ya estaba fría?, ¿no quiso devolverte el dinero?, ¿lo atizaste con la plancha o simplemente lo empujaste escaleras abajo?

Sonreí y pedí al camarero otros dos botellines.

 

Joan bajó a la piscina y se acercó a la tumbona.

―¿Qué hacemos con él?  ―pregunté.

Joan se colocó al otro lado para verlo mejor. Se acuclilló junto a él y lo observó de cerca durante un par de minutos.

―A este hay que enterrarlo, el anterior lo tiramos entre las piedras del barranco y me supo mal, se lo comerán los carroñeros, es triste.

―¿Te encargas tú?

―Sí, no te preocupes.

Lo sonreí, verdaderamente hacíamos un buen equipo.

―Tomás, ¿qué vamos a hacer contigo? ―recriminé al gato que me miró sin apartarse ni un centímetro del pájaro muerto.