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1 oct 2021

La otra

 

Desconocido

Nada más verla, en medio del descomunal hall de la Biblioteca Nacional, me supuse que era ella. Llevaba unos holgados pantalones blancos de lino y una vaporosa blusa azulada a juego de sus finas bailarinas. No era demasiado alta pero sí delgada, bastante, y con un bonito flequillo desfilado que capitaneaba una lisa melena castaña por debajo de los hombros. Parecía estar viendo a la Françoise Hardy de los años 60. Levantó la mano, supongo que sonreía, se le achicaron los ojos, pero con la mascarilla no estoy segura.

—Elvira, oh, Elvira, oh, oh…  —dijo cogiéndome una mano entre las dos suyas—. No sabes cuántas ganas tenía de conocerte. Agustín Pardos me ha hablado maravillas de ti.

—Está muy mayor —dije con una incómoda sonrisa. Y es que nunca sabía reaccionar ante ese tipo de situaciones. En primer lugar, su elegancia me aplastaba como una prensa en un desguace y, en segundo lugar, recibía los halagos como patatas calientes en la boca, rico pero duele; es lo que pasa cuando tu madre solo te ha estado llamando retrasada mental durante años.

Terminamos los trámites para acceder al interior de la biblioteca. Marcaron nuestros dispositivos electrónicos con una pegatina y un código y nos ofrecieron una cinta de la que colgaba una tarjeta de plástico identificativa. Las dos nos la colocamos en el cuello y cruzamos las puertas de cristal que daban al viejo pasillo de suelos de madera.  Crujían a cada paso, a ella no parecía importarle pero yo me ruborizaba con cada chasquido, quería ser invisible. Habían sido muchas las veces que había recorrido ese pasillo pero era la primera que lo hacía con un claro sentimiento de impostora.

—¡Disculpen! —exclamó una mujer de mediana edad que sostenía con los dos brazos una pila de revistas, nos estaba viendo subir las escaleras—. Eso es acceso restringido.

—Investigación —dijo ella mostrando su identificación del cuello.

—Investigación —repetí yo creyéndome Willows de CSI. Lo dicho, impostora.

Llegamos, dos pisos más arriba, a la Sala Larra. Y ella, marcando el paso como lo había hecho hasta ese momento, se sentó en una larga mesa del centro de la estancia.

—Antes de pasar a la hemeroteca, podemos charlar un poquito, ¿verdad? —Su acento era imperceptible. Echó un vistazo a su alrededor—. Y como no hay nadie por aquí, no creo que pase nada por quitarnos las mascarillas.

Se quitó la suya, una FFP2 azul oscura, la dobló con cuidado y la metió en un sobre de papel que dejó sobre la mesa. Sentí vergüenza al meter la mía, una quirúrgica blanca, hecha un gurruño en mi tote-bag. Sonreí.

—Podemos trabajar juntas. Agustín Pardos me ha hablado de tu interés en el proyecto de la Universidad de Toulouse. ¿Conoces Toulouse?

—Solo he estado una vez.

—Pero viviste en Francia, n’est-ce pas?

Me agarré del cuello con delicadeza disimulando una incontrolable agresividad pasiva.

—Sí.

Où?

—Lyon —contesté sonriendo de nuevo. Impostora.

—Oh, Lyon, Lyon, qué hermosa, ¡qué hermosa!

—Sí. Hermosa.  —Sonrisa.

El karma. Quien al cielo escupe…

—Toulouse tiene otra belleza, más natural.

—Natural. —Sonrisa.

—Y no es porque trabaje allí pero creo que la Universidad de Toulouse en Estudios Hispánicos aporta una diversidad difícil de encontrar en otras universidades, no sé si decir, más convencionales. ¿Entiendes a lo que me refiero? —Asentí con la cabeza—. Ahora, Elvira, nuestras líneas de investigación se cruzan y sería imperdonable dejar pasar esta oportunidad. Tratar el suicidio en literatura, bueno, en cualquier ámbito, sigue teniendo gruesas líneas de censura, apenas hay publicaciones, no es fácil, pero juntas, en un mismo proyecto… ¿Estás de acuerdo?

Madame Lemoine, yo…

—Oh, Elvira, s'il te plaît! Geraldine, Geraldine.

—Geraldine —dije nerviosa mientras me apartaba un pelo imaginario del medio de la cara—. Sé que Agustín solo quiere ayudarme y es cierto que estuve a punto de mudarme a Toulouse hace algo más de un año al conocer ese proyecto, eran otras circunstancias: la pandemia, la cercanía, algunas desavenencias con China… Pero ahora mismo, mi objetivo está en Madrid hasta finales del año próximo. Aun así podemos trabajar a distancia, por mi parte estaría encantada.

Se echó hacia atrás ajustándose la blusa a los hombros. Se repasó el labio inferior con la punta de la lengua y después dijo ladeando la cabeza:

—Tarde o temprano tendrás que instalarte en Toulouse. —Coloqué los dedos en el borde de la mesa, como si fuera a tocar un piano y apreté con fuerza—. Cuando termines tu periodo de investigación deberás dar clases, ¿entiendes esto?

Cuando termine mi periodo de investigación, me compraré una casa en medio de la sierra extremeña y viviré junto a Joan. Cuando termine mi periodo de investigación, es posible que esté completamente ciega. Por ello, cuando termine mi periodo de investigación, dedicaré los días, lejos de cualquier atisbo de vida humana, a intentar entender una existencia en obligada oscuridad y gestionaré mi odio a la humanidad empezando por Francia. Pero hasta entonces, Geraldine, trabajaremos juntas los tres meses que has venido a colaborar con mi universidad en Madrid, hasta entonces fingiré interés en tus proyectos y hasta entonces, Geraldine, seré impostora de mi propia vida.

—Claro, entiendo —dije. Sonrisa—. Ahora es mejor que entremos en la hemeroteca si queremos aprovechar la mañana. —Me puse en pie y sin ya vergüenza saqué la mascarilla de mi bolso, como si de un kleenex usado se tratase, y me la coloqué.

Por la tarde, bajaba la cuesta de Mesón de Paredes, en Lavapiés, hasta llegar al portal de Enrique. Subí el pequeño peldaño y presioné el portero automático.

—¿Sí? —preguntó su voz.

—Enrique, soy yo —contesté e inmediatamente después oí un clic. Volví a tocar, oí de nuevo el clic y silencio—. Enrique, voy al café de enfrente, te espero, baja, por favor. —Clic.

Pedí un café solo y me senté junto a la ventana. Saqué del bolso la última novela de Franz Werfel que había comprado. Acaricié la portada y la dejé sobre la mesa. Vertí un sobrecito de azúcar en el café y removí largo rato.

—¿Está libre?

—¿Qué?

—Esta, ¿está libre? —Una chica de poco más de 20 años sujetaba el respaldo de una de mis sillas.

—Sí, esa sí. La otra no.

Acerqué la silla que quedaba y puse mi bolso encima. Abrí el libro y empecé a leer. Al cabo de un rato sentí el bolso depositarse sobre la mesa. Giré la cabeza y vi a Enrique sentándose en la silla con las piernas abiertas y los codos apoyados sobre las rodillas.

—Hola —dije.

—No voy a pedirte perdón —dijo con la vista baja—, no me hubiera importado matarte.

—Hola —volví a decir. Levantó la cabeza y me miró—. ¿Quieres un café, camarada?


12 ago 2021

Psicopatía veraniega 2

 

"Christine de Pizan"


―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―el chico chistó a su vera pero hasta que no chasqueó los dedos frente a su pantalla del portátil, Elvira no levantó la cabeza. Esta vio a un joven de pie junto a ella moviendo los labios, se quitó los auriculares y, disculpándose primero, le pidió que repitiera―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Se oye la música? ―preguntó mostrándole los auriculares.

―No, es tu teclado.

Elvira miró primero al teclado y riéndose volvió a mirarlo a él.

―Es una broma, ¿no?

―No. Tecleas muy fuerte. Molestas. Si quieres trabajar te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―Estoy consultando ―levantó el libro que tenía sobre la mesa, junto a su ordenador, y se lo acercó―. ¿Lo ves? Consulto.

―Te aconsejo que te compres una funda de goma para tu teclado ―y señaló algo 4 sitios más a la derecha, Elvira se levantó un poco de la silla y vio un pequeño ordenador plateado con una alfombrilla de silicona sobre las teclas.

―Gracias, lo haré.

Elvira hizo amago del volverse a poner los auriculares creyendo que aquel gesto sería suficiente para terminar la conversación y volver a sus textos, sin embargo no fue así. El joven permaneció de pie sin dejar de mirarla.

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa! ―exclamó de pronto y luego, a grandes zancadas, regresó a su mesa.

La mujer se sintió incómoda y se agitó en su silla. Buscó un poco de apoyo pero era agosto y tan solo había otra joven en la sala tres filas más adelante que, además de tener puestos los auriculares, llevaba 3 horas de reloj sin levantar la vista de sus libros, Elvira llegó a pensar que era de atrezo.

Después del incidente le costó concentrarse, así que terminó por cerrar el portátil y mirar fijamente el libro que había solicitado en consulta. Acarició la portada y resopló, a pesar de estar resguardada bajo el aire acondicionado de la biblioteca sabía que Madrid ardía a 40°. Observó sus uñas, las tenía pintadas de negro, pensó que al llegar a casa las cambiaría por el granate cereza mate que le había regalado Almudena. Tamborileó la mesa y miró a su derecha, 4 sitios más allá localizó al tarado, calificativo con el que lo había fichado mentalmente. Pasaba las hojas con energía de atrás hacia adelante, revisaba cada una de ellas un par de veces. Las volteaba como si tuvieran prisa por ser seleccionadas. Elvira lo observó durante al menos diez minutos después, con decisión, se levantó y se dirigió hacia él.

―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―exclamó entrometiendo su mano entre sus ojos y el libro. El chico levantó la cabeza y se quitó los tapones de las orejas. ¿Tapones?, cabrón, pensó Elvira dándole tiempo a guardarlos en la cajita transparente de plástico―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Perdona?

La mujer señaló desde arriba el libro.

―Las páginas. Las pasas muy fuerte. Molestas. Si quieres leer te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―¿Perdo… perdona? ¡Estoy consultando!

Elvira ladeo la cabeza y levantó las cejas, sonrió pero con la mascarilla el joven no pudo verlo.

―Entiendo ―dijo―, en ese caso te aconsejo que la próxima vez solicites documentos digitales. ―Se giró y señaló algo 4 sitios más a la izquierda.

El chico alzó la cabeza y vio el portátil de la mujer. Sin añadir nada abrió su cajita transparente de plástico y se puso de nuevo los tapones. Elvira no se movió de su lado. El joven desconcertado la miró, se quitó uno de los tapones y preguntó:

―¿Qué?

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa!

Y, con pasitos cortos pero bien marcados, Elvira regresó a su mesa. Abrió el portátil y con energía comenzó a teclear de nuevo: “Son muchos los ejemplos que demuestran que la imitación es una manifestación característica de los personajes con rasgos psicopáticos en el teatro español de finales de…”.

 

26 jun 2020

Cuestión de formas


La lección de Pablo Picasso

—No se te pueden renovar estos dos libros  —dijo el hombre con el carnet de la biblioteca de Elvira en la mano.
—Perdona, ¿qué significa eso? —preguntó ella.
El hombre levantó la vista de su ordenador y repitió tras el mostrador.
—Que no se te pueden renovar estos dos libros.
—¿Por qué no?
—Porque tienes una multa. Debiste haberlos devuelto hace tres semanas. Podrás volver a retirar libros en préstamo el 25 de julio.
—Perdona, perdona —Elvira se retiró el pelo detrás de la oreja y se apoyó en el mostrador—, no sé si te has enterado de que ha habido una pandemia mundial. Todos los servicios llevan cerrados desde el 16 de marzo.
—No sé si te has enterado tú de que el servicio de préstamo de libros, en todas las bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid, se abrió en la tercera semana de la Fase 0 de desescalada. Y, por favor, respeta la distancia de seguridad.
Elvira levantó los brazos del mostrador y dio un paso atrás. Abrió su bolso, sacó la cartera y buscó un nuevo carnet. Se lo mostró al bibliotecario.
—Mi carnet de investigadora y me llevo estos dos libros.
—Ese carnet no es válido para esta biblioteca.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Lo es para el CDT y la Biblioteca Nacional y no lo es para la municipal? ¿En serio?
—En serio.
Elvira apretó los labios y se ajustó las gafas.
—Menuda chapuza de red de bibliotecas… ¿Cómo podéis hacer las cosas tan mal? Es una vergüenza. —El hombre la miraba sin inmutarse—. Está bien, seremos flexibles por ambas partes. La culpa la tenéis vosotros por tan poca información, aun así asumo parte de responsabilidad, por eso yo me llevaré solamente un libro, este. —Cogió el más grande del mostrador y se lo metió en su tote bag—. Tú te quedas con ese.
—Haz el favor de sacar el libro de tu bolso inmediatamente si no quieres que llame a seguridad.
—Necesito este libro… —dijo, esta vez, en tono desesperante.
—Te repito: el próximo 25 de julio podrás llevarte seis libros.
—Lo necesito hoy.
—Saca el libro de tu bolso y, por favor, abandona la biblioteca.
Elvira lo sacó y con un fuerte golpe lo dejó sobre el mostrador.
—¡Vergüenza! ¡Vergüenza! ¡Vergüenza! —Y salió de la biblioteca creyendo estar en “el paseo de la vergüenza” de Cersei Lannister.
Entró en la cafetería de la calle de enfrente. Pidió un café solo y llamó a su amiga Beatriz. Le contó el problema y le suplicó que fuera ella quien sacara los libros con su propio carnet.
—Porque lo tienes, ¿verdad?
—¡Claro que tengo el carnet de las bibliotecas de Madrid! ¿Crees que eres la única que lee?
Cuarenta minutos más tarde, Beatriz apareció en la cafetería. Se acercó a la barra y se sentó en el taburete junto a Elvira.
—Vale —dijo ésta dándole una servilleta—, aquí te he anotado los libros que debes coger, si todavía no los han recolocado en las estanterías se lo pides al señor del mostrador. Es un idiota, no le hagas mucho caso, tú se los pides, él te los da, tú me los das y todos contentos.
—Bien. Oye, ¿como cuánto de idiota es ese señor? —Elvira la miró esperándose lo peor—. Verás, es que lo que es el carnet físico-material de la biblioteca no lo tengo.
—¡¿Y cuál tienes, el espiritual?!
—Elvi, no te pongas nerviosa, que nos conocemos. El carnet lo tengo segurísimo porque me acuerdo de que una vez saqué un libro y lo devolví. Así que, bueno, me tendrán fichada, no te preocupes, déjame a mí.
—No me lo puedo creer…
Beatriz se fue y Elvira pidió al camarero que le cobrara. Sacó de su cartera la tarjeta de crédito y se la ofreció.
—Lo siento, no aceptamos tarjetas de UnionPay.
—Perdona, ¿qué significa eso? —preguntó ella.
—Que no aceptamos tarjetas de UnionPay.
—Perdona, perdona —Elvira se retiró el pelo detrás de la oreja y se apoyó en la barra—, no sé si te has enterado de que ha habido una pandemia mundial. Todos los establecimientos estáis obligados a aceptar tarjetas de crédito.
—Las aceptamos pero UnionPay no.
—¡Es una vergüenza! Demasiado complicada está la vida como para que nos la compliquéis más. Y me atrevería a decir que es totalmente ilegal que no aceptéis ciertas tarjetas de crédito, ¿bajo qué criterio si se puede saber?
—Bajo el criterio de mis cojones, ¿te vale?
—Ajá, vale, bueno… Pues vamos a esperar a que vuelva mi amiga, ¿sí?
Mientras en la biblioteca, Beatriz cargaba con los dos libros escritos en la servilleta y caminaba hacia el mostrador. Allí vio al señor. El idiota, pensó.
—¡Hola! —dijo con una enorme sonrisa. Dejó los libros sobre el mostrador y se retiró su larga melena hacia un lado—. Me voy a llevar estos dos libros.
—Bien, ¿me dejas tu carnet de la biblioteca, por favor?
—Claro —Y fingió buscar en su bolso—. No me lo puedo creer… —dijo con el monedero en la mano. El hombre la miró—. Qué idiota soy… No me lo puedo creer. He cambiado de bolso y he olvidado meter la cartera, solamente he pillado el monedero. ¿Cabe ser más tonta? Ya puedes perdonar que te haga perder el tiempo de esta manera, seguro que estáis a tope de trabajo, porque ponerse en marcha después de este parón tiene que ser horrible. Ni me lo quiero imaginar, os aplaudo, de verdad, os aplaudo. A los sanitarios y a todos los del sector público porque bendita la paciencia, bendita la paciencia que tenéis, ¡y más con usuarios como yo! Lo siento de verdad. —Sonrió de nuevo y se colocó el pelo hacia el otro lado—. Pero no te preocupes, yo misma coloco los libros de vuelta en su estantería.
—Bueno, mujer, pero tienes carnet, ¿verdad?
—Sí, sí, por supuesto, cada semana cojo libros en préstamo, no en esta biblioteca sino en la de Chamberí porque me pilla cerca del trabajo.
—Vale, en ese caso, no te preocupes, dame tu DNI, por favor.
Beatriz le dio su DNI, el hombre la buscó en la base de datos, le registró los libros y con un “tienes un mes para devolverlos” se los ofreció de vuelta.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Elvira cuando Beatriz, ya en la cafetería, le dio los libros.
—¡Magia! —exclamó alzando los brazos y dirigiéndose al camarero le pidió un café solo.
Cuando se lo trajo Bea le preguntó por el negocio.
—Pues qué quieres que te cuente, chica. A la gente se la ve con miedo, con miedo o con pocas ganas de gastar, yo ya no sé. Se acumulan las deudas. Una situación compleja.
—Los autónomos sois los verdaderos héroes, yo os aplaudo, a los sanitarios y a los autónomos, porque menudo esfuerzo, de verdad, ¡menudo esfuerzo! Me quito el sombrero.
—Gracias, preciosa.
—Gracias a vosotros que sois unos luchadores. Sin la hostelería yo no soy nada, porque si me quitas mi café en barra de por la mañana, me matas, si me quitas mi cañita de mediodía en terracita, me matas, si me quitas el vino de las siete de la tarde, ¡me matas! —Los dos se rieron—. Y cóbrame ya, por favor.
—No, mujer, estáis invitadas.
—¡Por favor, no! ¡Cóbrame!
—¡Mujer, que dos cafés no me van a sacar de pobre!
—Muchísimas gracias, de verdad.
—A ti, preciosa.
Y con una sonrisa Bea volvió a su amiga que la miraba perpleja.
—Bea, en serio, ¿cómo lo haces?
Su amiga después de reírse le contestó:
—Mira, Elvi, utilizo una cosita que es probable que no la conozcas porque nunca te he visto usarla. Se llama amabilidad. Funciona. Tú eres amable con una persona y esa persona después lo es contigo, no falla. Ponlo en práctica, te sorprenderá.
—Ja-ja-ja-ja, me parto y me mondo. Yo soy amable, soy muy amable con todo el mundo.
—Elvi, yo te quiero con mi vida, pero amable, lo que se dice amable, no eres. Afrontas todos los conflictos poniéndote el chaleco blanco, como dicen los alemanes, liberándote de toda responsabilidad y culpando a quien tengas enfrente. Si algo no sale como tú crees que debería haber salido machacas a la otra parte a quien automáticamente ya habías tachado de “enemigo”. Te pasas la vida luchando en batallas que no existen. Amabilidad, punto. ¡Sé amable, tonta del culo!
Al día siguiente Elvira entró en la biblioteca para estudiar. Al pasar por el mostrador vio al señor, se acercó.
—Siento lo de ayer —dijo. El bibliotecario levantó la cabeza y la miró—. No es excusa pero estaba un poco nerviosa. Hoy he venido a estudiar.
—Bien. —Sonrió—. Debes dejar una mesa libre entre usuarios y antes de marcharte limpiarla con desinfectante, que encontrarás en un carrito al fondo de la sala, junto con gel hidroalcohólico, guantes y mascarillas, por si necesitaras.
—De acuerdo.
Se dio la vuelta y escuchó al hombre decir en bajito:
—¡Vergüenza…! ¡Vergüenza…! ¡Vergüenza…!
Elvira se rio y subió las escaleras hacia la sala de estudio.

18 feb 2020

Lunes de consultorio

Consultorio radiofónico de Elena Francis. (Autor desconocido.)


—Menuda putada lo del coronavirus, pensaba que la próxima semana estaríamos ya en China con nuestra vida. Tengo ganas de volver, menuda putada…
Escuchaba por el móvil a Verónica. Estaba apoyada en la fachada trasera de la biblioteca, serían las 10.30 de la mañana, hacía mi primer descanso.
—Hombre, yo agradezco quedarme unas semanas más por Madrid, pero esto pinta para largo —contesté.
Me había llamado ella. Estaba en Londres, en casa de su hermana que acababa de dar a luz a su segundo hijo y Vero había ido a ayudarla un poco. Pero como yo, el tema de los niños no era su fuerte, además quién iba a imaginar que terminaría quedándose con ella más de un mes. El Gobierno chino no terminaba de levantar la cuarentena y desde la oficina de Relaciones Internacionales de la Universidad habían cancelado nuestros vuelos de regreso hasta nuevo aviso.
—Es que, Elvi, es imposible dormir en esta casa, empiezo a desquiciarme y volver a España con mi madre es todavía peor. ¡Dios, necesito recuperar mi vida! ¡Coño ya!
—¿Qué pasa, Vero? —pregunté separándome un poco de la pared.
—Nada, lo de siempre —dijo con desgana.
—¿Antonio?
Esperó a contestar.
—El fin de semana pasado iba a ir a Barcelona a verlo, así lo habíamos acordado. Ya sabes que él tampoco puede regresar a China, ¿no? Y el jueves me llamó y que no, que le parecía muy arriesgado teniendo a su familia tan cerca. No sé, tía… Lo de siempre.
Solté el aire lentamente por la nariz.
—Bien, que vaya él a Londres.
—No, no, él no puede, porque su mujer le ha puesto una movida para tenerlo localizado siempre.
—¿Unos cascabeles en el prepucio?
—Qué idiota eres… Espera, que salgo al jardín y así podemos hablar mejor. —Le di un tiempo a que saliera de la casa—. Debe ser una aplicación en el móvil, un rastreador, vamos.
—Pues nada, que se quede con su mujer atado a la pata de la cama con grilletes y tú sigue viviendo libre, no es tu problema. No nos vamos a despeinar por una tontería así. Corta toda la relación con él y punto. Invierte más tiempo en Ranjit y si no: Next. Aquí nadie es imprescindible.
—Ya, bueno, hay otra cosa…
—Ay, madre… —dije y me volví a apoyar en la fachada del edificio.
—Me llamó ayer, y… bueno… —La escuchaba con los labios apretados, me esperaba lo peor—. Dice que se arrepiente mucho de no habernos visto y quiere que vaya a Barcelona el finde del 29 de febrero. Y claro, no sé… ¿Qué hago, Elvi?
No había nada que me molestara más que un hombre indeciso, porque o bien lo era porque te estaba tomando el pelo o bien lo era porque su escasa materia gris no le daba para procesar con mayor rapidez, y a ninguna mujer le gustan ni los sinvergüenzas ni los idiotas.
—Vale, apunta, vas a escribirle un mensaje.
—No, Elvi, ¡tus mensajes no!
—Apunta: Antonio, si quieres verme, súbete tú a un avión con tus enormes cojones y ven a Londres. Si no, no es necesario ni que contestes a este mensaje. Punto.
—Elvira, no puedo escribirle eso, porque si no me contesta… si, al final, él no me contesta, yo, yo, yo me muero, me muero…
Sí, lo sabía.
—Mándale el mensaje ya. Luego me cuentas.
Colgamos y al hacerlo me di cuenta de que tenía tres audios de Beatriz. Los escuché antes de entrar de nuevo a la biblioteca. Quería que nos viéramos hoy, me contaba que a la tarde había quedado con Darío y que antes necesitaba hablar conmigo. Le contesté con un audio también, pidiéndole que me viniera a buscar a la biblioteca a las 14.30 para irnos a comer.
Sobre las 12 Vero me escribió un mensaje:
No me contesta, tía.
Tranquila, está procesando, que se tome su tiempo. Le respondí.
Estaba siendo difícil concentrarme en mis libros entre tanto mensaje.
Sobre las 13.30 me escribió Almudena:
Estás libre esta tarde?, unas cañas? Necesito hablar.
He quedado con Bea para comer, si quieres vente, si no puedes quedamos a las 18.00 dónde me digas.
No puedo. Mucho curro. 18.30 en la Plaza Luna, vale?
Oki. Y le mandé muchos besos con corazones.
A las 14.00, un nuevo mensaje de Vero:
Tíaaaa, no le voy a volver a ver nunca más, estoy de los nervios, no sé por qué te tengo que hacer caso. Le voy a escribir diciendo que voy a Barcelona. Se acabó, me da igual ser una arrastrada, necesito que esté en mi vida.
Rápidamente apreté el microfonito verde de la conversación del WhatsApp y me agaché debajo de la mesa para grabar el audio:
—¡¡Nooooooo…!! ¡No…!, ¡¿me oyes…?! ¡Suelta el móvil ahora mismo…! ¡Aguanta, aguanta, AGUANTAAAA…!
Me levanté como si no hubiera hecho lo que había hecho. Dejé el móvil en la mesa con cierta ceremoniosidad y sonreí a la chica que tenía a mi lado. Luego me retiré el pelo por detrás de los hombros y volví a mis libros como si fuera la mujer más erudita del planeta aunque en realidad estuviera pensando en los cascabeles de Antonio.
A las 14.40 Beatriz vino a buscarme. Me ayudó a recoger mis cosas. Al salir, Bea aprovechó para guiñar el ojo a dos chavales de no más de 20 años y a sacarle la lengua de forma descarada a un hombre de nuestra quinta, que la miró perplejo.
En el restaurante, me fijé en lo despampanante que era Bea. Llevaba una camisa con tres botones desabrochados dejando ver parte de su sujetador negro de encaje. Su larga melena morena, cortada a capas, nunca la llevaba recogida y se la agitaba con la mano derecha constantemente. Y siempre sonreía y cuando lo hacía achinaba los ojos, era un encanto.
—Estás preciosa, Bea.
—Oh, gracias, tonta del culo.
Después de que nos trajeran la ensalada para compartir, empezó a contarme que nunca se había sentido tan bien. Bien de verdad, me decía. Nunca se había podido imaginar que tendría algo con Darío y realmente estaba encantada. Y sí, lo estaba, se mostraba exaltada, no podía dejar de agitar las manos en el aire y de reírse con ganas por cualquier comentario que ella misma hacía. La observaba con envidia, porque no sé el tiempo que hacía que no me sentía tan viva como ella. Cogí mi copa y bebí un poco de vino y la seguí escuchando embobada, hasta que dijo algo que hizo que dejara la copa otra vez sobre la mesa y le pidiera que lo repitiera.
—Perdona, ¿qué?
—A ver, sé que es muy pronto, pero por qué esperar. Pasamos de los 40, es una tontería seguir perdiendo el tiempo.
—Sí, Bea, pero no creo que proponerle que se mude a tu casa sea la mejor idea.
—¿Por qué no?
—¡Porque os liasteis por primera vez la semana pasada!
—¿Y?
Vibró mi móvil sobre la mesa. Lo miré. Mensaje de Vero:
Lo siento, tía, no me puedo arriesgar, no puedo. Estoy mirando vuelos a Barcelona, los hay baratos, voy a comprar uno, tengo que ser sincera con lo que siento y quiero verlo.
—Perdona un momento —le dije a Bea. Luego apreté el microfonito verde del WhatsApp—: ¡Mecagüenlahostiaputaya! ¡Que dejes de mirar el móvil, coño! —Volví a dejar el móvil sobre la mesa—. Perdona, lo de Darío, ¿no?
—¿Y eso?
—Nada, nada, una amiga de China que tiene problemas con un geolocalizador.
Beatriz asintió pero creo que ni llegó a escucharme, picó un trocito de pan y retomó su tema.
—No sé, Elvi, pensaba que tú me ibas a apoyar. Nosotras hablamos el mismo idioma.
No se trataba de entenderse, porque claro que la entendía, entiendo a Bea perfectamente siempre. Esto era diferente, se trataba de tener cabeza. De aminorar la exaltación para apreciar y, sobre todo, conservar una situación que queremos que dure. Y, por supuesto, proponiéndole que se mude a su casa lo único que iba a hacer era agobiar a Darío y espantarlo, y así se lo dije.
—¿Tener cabeza? ¿El amor es una cuestión de cabeza?
—Sí, lo es. A nuestra edad, por suerte, lo es. Sabemos gestionar mucho mejor nuestros sentimientos y el tener tantas experiencias a la espalda nos ayuda a saber lo que nos conviene y lo que no. El amor se cocina en la cabeza y el deseo en la vagina, el corazón no sirve más que para darnos infartos.
Bea se rio. Se agitó el pelo y luego cogió su copa de vino. Antes de beber, me preguntó:
—¿Joan sabe el monstruo que tiene en casa?
—Lo sabe.
La comida continuó entre risas. Bea se relajó y sacó su artillería pesada sobre anécdotas de dos rombos. Después fuimos a tomar café, porque decidió que ya no volvería a la oficina, era lo bueno de trabajar para su padre, que el horario podía ser bastante flexible. Nos despedimos sobre las 18.00, había quedado con Darío  y prometió no acelerarse, me dijo que me llamaría al día siguiente para contármelo todo.
—Bueno, todo, todo, todo no es necesario, Bea.
Me abrazó y antes de despedirnos me aconsejó que me echara más colorete porque tenía la cara bastante amarilla.
A las 18.43 estaba entrando en la Plaza Luna. Vi a Almudena sentada en uno de los bancos de piedra junto al restaurante chino. Me saludó con la mano en alto, así que yo empecé a bailar al estilo danza contemporánea, arrastrando los pies y haciendo contorsiones raras con los brazos. Sabía que Almu pasaba mucha vergüenza ajena cuando empezaba así. Se dio la vuelta y fingió no conocerme. Yo solté tal carcajada que unos niños, que andaban por allí jugando, se me quedaron mirando con cierto temor.
—A mí estas tonterías de teatro, no, por favor, ¿eh? —me dijo mientras me daba dos besos. Yo me seguía riendo, la adoraba.
Nos fuimos a tomar unas cañas a un bar de la Calle Pez. La conversación importante tardó en arrancar, empezó contándome que tuvo que comprar otro hámster y decirle a Abel que Roco había vuelto.
—¿Y se lo creyó? —pregunté.
—No,  claro que no, tiene 11 años, pero me lo agradeció igualmente. Es muy bueno.
—Sí, sí que lo es.
Cuando el tema del hámster y de la bondad de su hijo se terminaron por fin me habló de lo que nos había llevado hasta allí.
—Es Carlos, ¿sabes?
—Me lo suponía —dije pegando un sorbo a mi cerveza.
Me contó que Carlos estaba organizando un fin de semana en Segovia para que Abel y sus dos hijos se conocieran.
 —¿Estamos hablando de un fin de semana familia-feliz?
—Algo así —contestó mirando al camarero que nos dejaba sobre la barra otras dos cañas.
—Bueno, te vas con una tropa de tres niños dirigida por un coach a comer cochinillo. Pinta bien.
—Quiero dejarle.
—¿Qué?
—Quiero dejar a Carlos. No es para mí. Me saca de quicio que organice cada salida que hagamos durante la semana, es que no deja ni la mínima oportunidad a la improvisación y, vale, lo puedo llevar, pero no lo quiero para Abel. Un hombre que le ordene su vida con listas y cuadrantes y cada dos por tres le pregunte: ¿ya sabes lo que quieres hacer este verano?, ¿ya sabes lo que quieres hacer el próximo curso?, ¿ya sabes lo que quieres estudiar en la universidad?, ¿ya sabes, ya sabes, ya sabes? ¡Tiene 11 años!
—Es coach.
—¡Es mierda!
Me entró la risa. Me encantaba ver a Almu enfadada. Era muy habitual verla melancólica, desanimada, frustrada pero enfadada, realmente enfadada, era difícil de verla y ahora creo que lo iba a disfrutar.
—Bueno, pues déjalo, ya está.
—Sí, pero no sé cómo hacerlo.
—¿No? Muy fácil: Carlos, adiós.
Las dos nos empezamos a reír. En ese momento me vibró el móvil. Era un audio de Vero. Le pedí a Almudena un minuto para poder escucharlo. Estaba llorando, me decía que sentía que la había cagado y que por hacerse la dura ya nunca volvería a ver a Antonio y no estaba preparada para eso. Después de escucharlo le dije a Almu que me diera dos minutos, que tenía que llamar a una amiga. Salí del bar y marqué la llamada desde el WhatsApp. Descolgó, seguía llorando. Le pedí varias veces que se tranquilizara. Que se preparara un té, de esos ingleses, que saliera al jardín de la casa de su hermana y que se lo bebiera allí con calma, porque le dije:
—No puedes estar con un hombre que considera su vida mucho más importante que la tuya. No puedes permitir que la menosprecie de esta manera, haciendo y deshaciendo planes según su conveniencia. Hoy, por fin, esto se lo has dejado bien claro, lo has hecho, Vero. Ahora dale tiempo para que decida si, bajo estas condiciones, quiere jugar o no. Y si lo hace es porque entenderá que las decisiones que tome a partir de ahora no solo serán pensando en él sino también en ti. ¿Vale?
—Vale…
—¿Te vas a hacer un té?
—Sí.
Al entrar de nuevo en el bar, Almu me propuso salir a pasear. Nos bebimos las cervezas, pagamos y tomamos la Gran Vía. Íbamos agarradas del brazo, parecíamos dos viejillas a la salida de misa. Durante el camino fingíamos posibles situaciones que se encontraría al intentar cortar con Carlos. Practicamos los diálogos e incluso los gestos. Nos reímos bastante. Sobre las 21.00 nos despedimos en Quevedo. Al igual que Bea, me dijo que me llamaría para contármelo todo, pero a ella no le tuve que censurar aquel todo.
Decidí volver a casa dando otro paseo. Me puse los auriculares, me conecté el Spotify y fui bajando San Bernardo. A medio camino mi móvil vibró. Estaba convencida de que sería Vero. Lo saqué del bolso, vi la pantalla, no era Vero, era Darío, un audio, apreté su reproducción, la música cesó y la voz de Darío comenzó a oírse clara y tranquila:
—Elvi, trasto, sé que andas muy liada con tus cosas, tus estudios pero me gustaría charlar contigo, no sé. Si mañana vas a la biblioteca podríamos desayunar antes juntos, sobre las 7.00 ó 7.30, a mí me va bien. Dime algo. (Silencio). Dime algo, ¿vale?
Y con media sonrisa, guardé el móvil en el bolso pensando que el martes también tendría que abrir el consultorio.