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8 oct 2019

Proceso creativo

Typewriter Four Hands. Desconocido

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer la entrada anterior Viernes de Joker

          ―Elvira, ¿qué vamos a hacer con esto?
Elvira acababa de salir del ascensor, en la séptima planta de la facultad de la Universidad China donde trabajaba desde hacía dos semestres. Frente a los despachos encontró a su compañero Rober que le mostraba una pelota de papel arrugada.
―¿Y qué es eso?
―Nuestra novela.
―¿Nuestra novela? ¿Qué novela?
―La de los amantes reencontrados 15 años después. Antonio y Vero. Nuestra novela.
―Querrás decir mi obra de teatro. Es una obra y es solo mía.
Roberto puso las manos en jarras y respiró fuerte.
―Ya sabes que Antonio ha vuelto a llamar a Vero, ¿no?
―Sí, lo sé.
―Para quedar.
―Sí, lo sé.
―Está claro que Antonio no es inmensamente feliz.
―Sí, lo sé.
―Bien, pues si lo sabes, tenemos historia.
―La historia, Rober, la tengo yo. Dos actores, un único espacio, 70 minutos y una sala off de Madrid. La empiezo a escribir en unos días y la monto en enero cuando regrese a España.
―Ya. ¿La vas a montar igual que tus otras obras?
―Gracias, Rober, eres un mierda.
Elvira entró en clase con rabia. Dejó sus cosas en la silla junto al atril. Encendió el ordenador y desplegó la pantalla del proyector. Pidió silencio. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, miró por la ventana y resopló. Podría gritar, reír y llorar al mismo tiempo. Se puso de nuevo las gafas y pidió, por segunda vez, silencio. Miró al proyector, lo señaló y comenzó.
―Bueno, como ya dije la semana pasada, Valle-Inclán revolucionó el teatro…
Tocaron a la puerta. Rober entró.
―¿Puedes salir? ―preguntó.
―Acabo de empezar la clase.
Rober la miró y ella, apretando los dientes, salió del aula.
―Joder, Elvi, lo que intento decirte es que es posible que tus obras no funcionen porque quizá, y solo quizá, no sepas contar las historias.
Elvira recibió la bofetada fingiendo no haber sentido ni una pizca de escozor aunque tuviera la cara ardiendo.
―Gracias por tus consejos, mi querido literato, sin embargo te aseguro que esta historia de amor la voy a saber contar muy pero que muy bien.
―¡Lo ves! Ahí está tu error, porque esto-no-es-una-historia-de-amor, ¡mendruga!
Rober cruzó el pasillo y entró en su clase. Elvira entró en la suya repitiendo “imbécil de mierda” como si fuera un mantra. Pidió a sus alumnos abrir un par de ventanas. Se arremangó el jersey. Se frotó los ojos, pero está vez por debajo de las gafas y pidió silencio aunque nadie estuviera hablando.
―Valle-Inclán con la construcción de Max Estrella puso de manifiesto… ―Pausa. Elvira clavó los ojos en una de la estudiantes de la primera fila―. Dadme un minuto, chicos, por favor.
Salió de la clase y tocó a la puerta del otro lado del pasillo. Rober salió.
―¿Antonio no busca a Verónica, 15 años después, porque la ama? ―preguntó ella.
―No.
―¿Quieres decir que Antonio pone en jaque su matrimonio por una infidelidad que ni le va ni le viene?
Rober se agachó a la altura de su compañera que apenas medía un metro y medio y le susurró:
―Antonio no es el personaje infiel en esta historia. ―Y entró en clase.
Elvira cruzó el pasillo de vuelta. Cerró la puerta de su sala pensativa y miró a sus alumnos.
―Bien, decía que Valle-Inclán, ¿verdad?, con sus más de 50 personajes arma a uno solo: Max Estrella. Todos y cada uno de ellos, con sus intervenciones, cimientan sus rasgos. Todos. ¡Todos! Incluso aquellos que en un principio parecen estar relegados a figurantes son… ―Silencio―. Dadme un minuto, chicos.
Y la profesora salió corriendo de clase.
Ya en el pasillo frente a Rober:  
―¡Es la mujer, Rober! ¡El personaje infiel es la mujer!
Su compañero le dio una palmadita en el hombro.
―Bien, pedazo de mendruga, lo vas pillando. Está claro que su mujer disfruta en Barcelona del salario y de la libertad que le ofrece un marido expatriado en China.
―Vale, a veces los hechos son complicados de explicar, pero sigo sin entender el punto de inflexión, ¿por qué Antonio llama a Vero si hemos decido no otorgarle el rasgo de marido infiel? ―Rober adoptó su postura en jarras y sonrió con aquella pregunta, sabía que Elvira era de procesamiento lento, así que esperó―. ¡Coño! ¡Antonio lo sabe!
―Ay, amiga mía, tú los has dicho: a veces los hechos son complicados de explicar.
―No me gusta. Muy folletinesca. ¿Antonio actúa por venganza?
―Joder, no diría venganza, ¿torpeza?
―Sí, Antonio es torpe emocionalmente. Cree que mueve ficha. Antonio sigue enamorado de su mujer.
―¿Enamorado? Joder, Elvi, 10 años de matrimonio, 3 de noviazgo, 2 hijas, ¿enamorado?, ¡macho, ni en Walt Disney!
―Sí… ―La profesora se apretó el labio inferior mascullando palabras que solo ella parecía entender―. Está bien. Antonio es muy competitivo y ha perdido por primera vez, pero decide jugar en la siguiente partida: Vero.
―Antonio ha perdido por primera vez… Vale, te lo compro.
―¡Sí!
Elvira regresó a su clase dando palmaditas.
―¡Muy bien, muy bien! ¡Vamos que lo tenemos! ―jaleaba a sus estudiantes como si de futbolistas se trataran, y ¡plas, plas, plas!, y más ¡plas, plas, plas! ―¡Lo tenemos!
―Profesora ―un alumno de la tercera fila levantaba la mano―, yo no entiendo el valor que aporta  el Preso.
―¿El Preso? ¡Es un personaje indispensable!
―Sí, profesora, ¿pero cuál es su valor?
Alguien tocó a la puerta y Rober entró. Subió a la tarima y acercándose a la profesora le dijo al oído:
―¿Qué valor le damos a Verónica?
Elvira miró a su estudiante de la tercera fila y luego hizo un barrido a la clase entera.
―Dadme un minuto, chicos, por favor.
―Hemos dejado a Vero como mero instrumento funcional de Antonio.
Elvira arrastró a Rober a la pizarra, daban la espalda a los estudiantes.
―Dale la vuelta ―dijo Elvira―. Si hemos dicho que Antonio era muy torpe emocionalmente, hagamos que pierda esta segunda partida también. Convirtámoslo en el objeto fetiche del arco dramático de Vero.
―Objeto fetiche… Vale, te lo compro.
―Entonces, ¿estamos de acuerdo en que Vero sea nuestra heroína?
―No lo veo, había pensado en la mujer ―respondió Rober, en jarras, su postura favorita.
―Vero parte con unos valores legítimos que marcan los supuestos cimientos de la novela: el amor verdadero; esto, por supuesto, irá cambiando. A la mujer necesitamos presentarla adulterada desde el principio, no nos sirve.
―Entiendo, pero no veo a Verónica como voz narrativa, nos fallaría en Barcelona. Y no me coloques a un omnisciente en tercera persona, se carga la historia.
―Sí, pero un narrador deficiente podría funcionar. Sería engañoso… ―Elvira escribió los nombres de los personajes en la parte baja de la pizarra. Rober se agachó apoyando las manos en las rodillas.
―No aporta nada que sea engañoso.
―La duda. Y no deja de ser una novela que trata sobre la mentira y la apariencia ―explicó ella.
―Ya, y ¿por qué no dejamos que hablen los tres?
Elvira asintió, pareció gustarle la idea. Marcó primero a la mujer en la pizarra:
―Ella es inteligente, cínica, controladora y manipuladora. Voz narrativa en segunda persona, siempre se dirige a Antonio. Rápida, frases cortas y vocativos insultantes. ¿Me encargo yo?
―Sí, toda tuya. ¿Antonio? Competitivo, pragmático y cero inteligencia emocional, ¿no?
―Eso es, y hay que dibujarle como un hombre bastante frustrado, incluso acomplejado diría yo. Primera persona. Frases largas e inacabadas. Que introduzca reflexiones figuradamente existencialistas pero que sean de lo más elementales.
―Un papanatas.
―Un perdedor ―matizó Elvira―. ¿Tuyo?
―No, creo que le vas a sacar más jugo tú.
―Vale, pues para ti la heroína.
―¿Profesora?
―Un momento, chicos ―respondió a la clase sin darse la vuelta.
―Vero sería el personaje antagonista de Antonio.
―Cuidado, Rober, porque también lo sería de la mujer. Ten en cuenta que los conflictos se establecerán directamente con Antonio pero no dejan de ser una consecuencia de los establecidos entre Antonio y su mujer.
 ―¿Profesora? Es que…
―Sí, chicos, un segundo.
Rober miró a Elvira. Elvira, que seguía observando los garabatos en la pizarra, dejó la tiza y se llevó las manos al cuello, se lo frotó.
―Lo tenemos, Rober…
―Lo tenemos, mendruga.
―¿Profesora?
―¿Quééééé? ―respondió por fin dándose la vuelta.
Al girarse la vio. La Decana Wang estaba en medio de la clase, con las manos cruzadas sobre su falda, mirándolos con curiosidad.
―Roberto, ¿podría preguntarte por qué tus alumnos llevan más de 20 minutos solos en su clase?
Los dos profesores se miraron y finalmente Rober contestó:
―Profesora Wang, es que… a veces los hechos son complicados de explicar.


27 jul 2014

¿Normalidad teatral?



Creatividad cotidiana de Javier Avi

        La muerte de mi madre me ha llevado a entender, de manera clara, el tipo de vida que quiero llevar: normal. Sí, mi único objetivo es tener una vida normal. No estoy diciendo tranquila, no, quiero decir normal. Vamos, que cabría tener altibajos, pero que esos altibajos estuviesen en el baremo de acontecimientos potencialmente normales.
       —Yo así no puedo trabajar —dijo Pringao.
     Pringao es un tío de treintaypocos, moreno, bajito, con estudios en dirección e interpretación teatral y con un par de montajes a sus espaldas. Lo que no impide que se considere a sí mismo una perfecta mezcla entre Kubrick, Aronofsky, Scorsese, Ridley Scott, Tarantino y Lynch.
        —¿No?, ¿poca luz?, ¿enciendo la de arriba? —pregunté.
        —No, el texto lo leo perfectamente, lo que sucede es que es un poco molesto que, a cada rato, estés interrumpiendo, repito, así no puedo trabajar. Y llegado a este punto creo que lo mejor es que dirijas la obra. ¿Os gustaría que os dirigiera ella?
        Actor1 y Actor2, sentados en un sofá frente a él, con el texto en las rodillas, lo miraron y luego me miraron a mí y luego lo volvieron a mirar a él.
        —Yo… —dijo Actor1.
        —Bueno, yo… —dijo Actor2.
        —Sabes que no tengo experiencia en dirección —dije después de encender la luz de arriba porque la situación la quería ver bien clarita.
        —Ya, pero parece que conoces muy bien el texto —Pringao.
        —Es que lo he escrito yo.
        —Ya, pero yo soy el director y así no puedo trabajar.
        Me volví a levantar y apagué de nuevo la luz de arriba, allí no había mucho más que ver. Cuando me senté, les dije que dejaba el montaje, que les dejaba el texto, que lo respetaran, y que nos veríamos en el estreno. Me marché dispuesta a seguir siendo fiel a mi vida normal. Antes de llegar a casa, pasé por el Mercado de la Cebada y compré picotas, pero de las gordas, de las moradas. Cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, llamé a mi amiga Saioa de Bilbao para que me contará cómo llevaba su segundo embarazo. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de mi madre, preparé las clases del día siguiente, tomé un par de cañas con Gael y su nuevo novio, eché de menos a Joan, hablé con mi hermano por teléfono, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, me llamó mi amiga Ana, de Segovia, para ver cómo estaba. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al Mercado de la Cebada, volví a comprar más picotas, 200 gr de pavo y 150 gr de queso Cheddar en lonchas, me sonó el móvil y nerviosa hablé con Joan, me dijo que me echaba de menos, yo no le dije nada, me dijo que no quería agobiarme pero que había encontrado trabajo en Madrid y que se mudaba en dos semanas, yo no le dije nada, me dijo que se había enterado de lo de mi madre y que lo sentía mucho, y yo lloré. Al llegar a casa, preparé las clases del día siguiente, escribí un relato a mi madre, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme a la cama, escribí un WhatsApp a Joan diciéndole que lo quería. Dos semanas después, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de Joan, me tomé unas cañas con mi amiga Almudena, preparé las clases del día siguiente, cené verdura al horno con queso gratinado y salsa alioli, que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, me enseñó el cartel terminado para la obra de teatro, me encantó. Al día siguiente, hicimos el amor, di clases en la universidad, envié el cartel a Pringao, Actor1 y Actor2, dijeron que estaba bien pero que no era vistoso, me tomé unas cañas con Joan, Gael y su nuevo novio que se rieron al contárselo, preparé las clases del día siguiente y cené ensalada templada de merluza y gulas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, pensé en mi madre. Una semana más tarde, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé del dolor, del de dentro, del que parece que nunca se irá, me tomé unas cañas con Ana que vino de Segovia, fui al teatro para ver los últimos ensayos y me encontré con una obra que no era mía.
        —Este no es mi texto —dije.
        Actor1 y Actor2 miraron al suelo.
        —Es que como dijiste que dejabas el montaje… —explicó Pringao.
        —Ya, y eso te daba derecho a hacer y deshacer lo que te diera la gana. ¿Sabes cuál es la diferencia entre dejar un montaje y ceder unos derechos de autor?
        Actor1 y Actor2 volvieron a mirar al suelo.
        —Tú te habías ido, y lo dejaste bien claro, ahora no puedes desdecirte —contestó mirando a los actores que seguían analizando el suelo.
        Lo miré y pensé que aquel tío era lo menos normal a lo que un ser humano podía parecerse, así que decidí salir corriendo no fuera a ser contagioso. Me tomé una tila en el bar de enfrente. Llamé a Joan, se lo conté y él no lo llamó A-normal sino otras muchas cosas, algunas tan gordas como las picotas moradas. Preparé las clases del día siguiente, cené espárragos trigueros con gambas salteadas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, escribí un email a Pringao, Actor1 y Actor2, avisándoles de la ilegalidad de llevar esa obra, tal cual, a escena con mi nombre en cartel. Seis días después, di clases en la universidad, me tomé un café con la coordinadora para comentarme los cambios en el horario, hablé con mi hermano por teléfono, me dijo que él también soñaba mucho con mamá, preparé las clases del día siguiente y esperé a Joan y a un grupo de amigos en la puerta del teatro para ver el estreno. Vimos el estreno, comprobé que el texto se había respetado, aplaudí y di la enhorabuena a los actores, que esta vez miraban al frente. Cené con mis amigos unas tostas, nachos con queso y muchas cervezas, brindamos entre risas por el cartel tan poco vistoso y por lo huevos de Pringao. Y, antes de meterme a la cama, ajusté el despertador porque, con el nuevo horario, el día empezaría una hora antes, pero todo lo demás seguiría igual, normal.


16 oct 2012

Creatividad pastelera



                                                      Creatividad de Javier Avi

Estaba tumbada en el sofá con una cerveza, viendo a Joan dibujar en su mesa. Sonreí, levanté el botellín y brindé:
―¡Por nuestra panadería, amor!

Llegué a Madrid de Estados Unidos con 6 mil euros ahorrados que fueron a parar, a toca teja, a IMEC, Instituto Moderno de Escritura Creativa. Me había tirado 2 años en la América profunda dando clases en una universidad y, sobrellevando el duro invierno, escribiendo relatos. Una editorial se interesó por ellos y, tras firmar un contrato, mi primer libro iba a ser publicado en poco más de 6 meses. Estaba contenta, muy contenta. Además IMEC me daría las pautas para abrir mi mente, reflexionar y ahondar en temas que pudieran dar a mis escritos cierta profundidad. Estaba contenta, muy contenta.
El primer día, el profesor Cañamares explicó que debíamos organizarnos porque cada semana, uno de nosotros, se encargaría de traer vino y algo de comer.
―¿Perdón? ―pregunté ojiplática―. ¿Quieres decir que vamos a organizar merendolas y además nosotros tenemos que correr con los gastos? Pensaba que era una escuela de escritura, no una asociación para hacer amigos.
―Vaya, tenemos una rebelde entre nosotros. ―La clase rió y yo vi caer mis 6 mil euros por el retrete.
Poco tiempo después, me enteré de que Cañamares estaba casado con una ex alumna, 35 años más joven que él, y que ahora también por supuesto era profesora de la escuela. Mi profesora. Poco tiempo después, me enteré de que mi profesora había expulsado a mí compañera, porque se había tirado a Cañamares después de una de las merendolas. Poco tiempo después, mi novela salió publicada y Cercas, otro profesor, se olvidó de darme la enhorabuena, pero sí me invitó a abandonar la escuela alegando ser carne de taller, dijo que IMEC me quedaba grande. Poco tiempo después, mi compañero me dijo que Cercas le había tirado los trastos. Poco tiempo después, mi profesora arrojó mis escritos sobre su mesa y dijo algo sobre que los relatos eran cerillas y que sólo tenemos una para encender, que alguien le dé lumbre a esta pobre mujer, por favor. Poco tiempo después, mi otra compañera me enseñó un email subidito de tono de Aguinaga, mi otro profesor. Poco tiempo después, se lo tiró. Poco tiempo después, Cercas, que nunca había publicado nada, nos contó que Pedro Almodóvar le había robado el guión de Hable con ella, aunque en primera instancia Cercas lo había titulado Susúrrale. Poco tiempo después, Aguinaga tras decirme que mis relatos le hacían perder el tiempo, me pidió que lo abrazara, que te abrace tu puta madre, le contesté. Poco tiempo después, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora, evaluaron con un no apto mi proyecto de fin de máster, lo justificaron con un no estás preparada, Elvira.
Me marché a París. Alguien me habló de un excelente curso de creación literaria en La Sorbona. El primer día, el profesor Rubaud exigió puntualidad y prohibió cualquier tipo de comida y bebida en clase. Suspiré aliviada. Dos días después, tras la sesión, me acerqué a él y vomité toda mi frustración. El profesor Rubaud me ofreció su pañuelo y me aconsejó que pintara. ¿Pintar? Pinte, y mañana tráigame lo que haya hecho. Compré témperas, una cartulina y pinté. Al día siguiente se lo llevé.  El profesor Rubaud lo observó. Es algo así como abstracto, intenté explicarme al ver que su rictus era serio.
―Su creatividad está muerta ―dijo finalmente―. Mire, lo único que ha hecho usted ha sido trasladar la paleta de colores a la cartulina, en perfecto orden, sin mezclarlos, ¿a qué tiene miedo?
―¿Yo?, a nada, pero no sé pintar.
―No hablo de pintura, sino de creatividad. Un panadero desborda más creatividad haciendo sus brioches cada mañana, que usted intentando escribir 4 palabras. ―El profesor Rubaud volvió a prestarme su pañuelo―. Potencialmente todos los seres humanos somos capaces de crear, así que no se preocupe y, ande, devuélvame el pañuelo.
El profesor Rubaud me dio una lista de recetas que debía preparar en casa, de autores que debía leer, de lugares que debía observar, de conversaciones que debía encontrar, de vinos que debía catar y de texturas que debía tocar. Sin embargo no me obligó a escribir, solamente me aconsejó que siempre me acompañara la música y que, por favor, sonriera.
La última semana, al terminar la clase, me pidió que me acercara a su mesa. Me dio un folio y un bolígrafo y me ordenó que pintara. ¿Con esto?, pregunté. Pinte, contestó. Y pinté. Una hora más tarde, Rubaud observó mi dibujo. Enhorabuena, mi querida pastelera, dijo.
Al regresar a Madrid, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora me estaban esperando para darme una segunda oportunidad. Expuse un nuevo proyecto en el que defendí la naturaleza creativa del ser humano. Tras deliberar, Cercas me informó que estaba aprobada, pero que mi tesis no tenía ni pies ni cabeza porque:
―¡No todo el mundo es capaz de escribir una novela!
―Por supuesto que no ―contesté―, pero entonces serán capaces de crear deliciosos brioches.

25 sept 2012

Beto el castor



 Querer es volar de Javier Avi

Beto era un pequeño castor del bosque Las Masas. Como cada mañana se levantó para ir a la escuela. Allí aprendía las mejores técnicas para construir presas. Y así cuando fuera mayor, ayudaría a sus padres en la faena de la casa.
Cuando llegó a clase se sentó en la última fila. Siempre lo hacía. Desde aquel sitio podía camuflarse tras sus compañeros de delante, para pasarse la mañana entera mirando por la ventana.
―Beto, enumérame las características de un dique ―ordenó el profesor Espejuelos, desde lo alto de la tarima. Pero Beto estaba demasiado ocupado observando el exterior a través de la ventana―. Las características, Beto ―repitió de nuevo. Pero nada, el pequeño castor miraba ensimismado el cielo―. ¡Beto! ―gritó esta vez el profesor Espejuelos.
―¡Presente! ―respondió el estudiante dando un respingo en su silla sobresaltado. Toda la clase rió.
―Presente no, Beto, presente no. Te he pedido las características de un dique… ―explicó con paciencia el profesor.
―Eh… Umm…Son… los troncos… y luego… ―Beto bajó la cabeza, se frotó los dientes con las uñitas de su mano y, muy bajito, confesó que no lo sabía.
―Pero Beto, éste es tu futuro, si ahora no te aplicas en aprender la teoría, ¿a qué te dedicarás cuando seas mayor?
Beto se puso en pie de un brinco y gritó entusiasmado:
―¡A volar!
Todos sus compañeros volvieron a reír a carcajadas, pero aquello no pareció importarle a Beto que seguía marcando una esplendida sonrisa en su rostro.
―¡Silencio! ―pidió nervioso el profesor Espejuelos al resto de la clase―. Beto, eres un castor, los castores no vuelan, fabrican presas. Son los pájaros los que saben volar.
―¡Entonces iré a la escuela de pájaros para aprender a volar!
Y antes de que el profesor Espejuelos pudiera replicarle, el pequeño castor había metido todos sus libros en la mochila y había salido pitando de la clase. Todos sus compañeros se arremolinaron en las ventanas para verlo correr bosque a través gritando: “¡voy a volar, voy a volar, voy a volar!”, y dando zancadas altísimas mientras agitaba sus pequeños brazos al aire. Está loco, exclamaban unos, qué tonto, decían otros, y todos reían sin parar.
Al llegar a casa, Beto, tan exaltado e ilusionado como hacía un rato, pidió a sus padres que lo matricularan en la escuela de pájaros porque quería volar. Su padre entró en cólera, llegando a roer, enfurecido, dos ramas que sobresalían de la pared. Su madre se sentó en el porche con los pies bajo el agua del río, decía que con los pies a remojo la cabeza se mantenía fría y, en ese momento, necesitaba tenerla bien fresquita. Cuando los gritos de su marido cesaron, entró en casa y, pidiendo a su hijo Beto que dejara de llorar, anunció que si realmente era lo que quería, lo matricularían en la escuela de pájaros.
―¡¡¿Qué?!! ¡Todos se reirán de él! ¡Es un castor!―exclamó el padre de Beto dispuesto a roer el resto de la casa. Su mujer lo contuvo y le pidió comprensión y paciencia.
Al día siguiente Beto se levantó más temprano que de costumbre, porque la escuela de pájaros estaba al otro lado del bosque y le llevaría más tiempo recorrer el camino. Se despidió solamente de su madre, porque su padre fingía dormir todavía.
Llegó a clase el primero y se sentó en la primera fila. Colocó con cuidado y ordenadamente los libros sobre la mesa, y esperó con una enorme sonrisa mirando al frente. Fueron llegando pajarillos que asombrados lo miraban y cuchicheaban señalándolo con el dedo. Poco después, entró la profesora Lunetas y observó perpleja a Beto en primera fila.
―Soy Beto, profesora, un estudiante nuevo ―se apresuró a decir, poniéndose de pié para no ser descortés.
―¿Beto?, pero creo que aquí hay un error. Esto es una escuela de pájaros y usted… usted es…
―Un castor ―Los pajarillos, sentados en sus pupitres, no pudieron evitar soltar unas risitas.
―¡Eso ya lo veo!, por eso que usted debe ir a la escuela de castores para aprender a construir presas.
―¡Pero es que yo quiero volar! ―La clase rompió a reír y Beto, dándose la vuelta, los miró agachando la cabeza. Con lentitud se volteó de nuevo y explicó a la profesora Lunetas―: Quiero que usted me enseñe a volar.
―¡Qué barbaridad! ¡Vivimos en el bosque Las Masas, los colectivos son lo que son! ¡Nadie nunca ha pretendido ser lo que no le corresponde, porque sería una atrocidad! ¡Aberrante!
―Pero yo… sé que podría volar…
―¿Cómo lo haría?, ¿agitando sus dientes?
Y, al oír esto, fueron muchos los pajarillos los que se cayeron de sus sillas muertos de la risa. Beto, encogiéndose de hombros, metió los libros de nuevo en su mochila y, arrastrando sus enormes pies, salió de la clase con la ilusión carcomida por la humillación.
De camino a casa, tuvo que hacer una parada, porque era tanto lo que lloraba que no podía ver el sendero con claridad. Se apoyó en un árbol y sollozó sin temor a que lo escucharan, porque allí no parecía haber nadie.
―¿Por qué llorasss?
Beto sacó la cabeza de entre sus rodillas, y vio a una diminuta serpiente frente a él ladeando la cabeza esperando su respuesta. El pequeño castor le contó su drama: sus deseos de volar y el rechazo por parte de los castores y de los pájaros.
―No esss un problema el rechassso, amigo… No nesssesssitas la aprovasssión de nadie. Utilisssa tu propio medio para hassser lo que anhelasss. Fíjate sssi no en mí.
―Eres una serpiente.
―Fíjate bien…
Beto se acercó y con cuidado la tomó en su mano. De tan cerca pudo ver que aquella diminuta serpiente tenía muchos pies, algo así como unos cien, y que su piel era en realidad una larga hoja de avellano untada en sudor pegajoso de sapo, con una pequeña piñata anudad detrás, a modo de cascabel.
―¿Un ciempiés?
―¡Yesss! ―dijo agitando la piñata con un golpe de bata de cola―. Sssiempre quissse modelar, pero un sssiempiésss no esss lo demasssiado hermossso para passsarela, ¿me comprendesss?, me rechasssaron en la essscuela de ssserpientesss, ¡viborasss! No importó. Mi entorno me ofresssía todo aquello que haría de mí una modelo… et voilà! Mírame, amigo, aquí essstoy yo. Con un poquito de maquillaje y un essstudiado asssento, consssigo hassser ver a losss demásss como yo verdaderamente me sssiento. Tu entorno, amigo, no lo olvidesss, aprovecha tu entorno para realisssar tus dessseosss…
Beto masticó las palabras del extraño serpiés durante días, sin encontrarle demasiado sentido. Y además tras el fracaso en la escuela de pájaros, había decido empezar a trabajar con su padre, porque tampoco se veía con fuerzas para regresar a la escuela de castores. Así que su padre llevaba semanas enseñándole cómo hacer presas, mientras su madre los observaba, royendo tronquitos, desde el porche con los pies a remojo.
Pasaron dos años y el pequeño castor se convirtió en un joven castor trabajador, experto en presas y diques, introvertido y caracterizado por su enorme apatía. En sus ratos libres le gustaba tumbarse en el porche y mirar hacia el cielo, y cuando un pájaro aparecía en su campo de visión, cerraba los ojos con fuerza para que las lágrimas no llegaran a caer, porque él era un castor y los castores hacen presas.
Un día, trabajando en el río, su padre le ordenó que deshiciera toda la parte izquierda de una presa. Era vieja y la madera se había retorcido por la humedad, ya no servía, había que reconstruirla de nuevo. El joven castor fue retirando las ramas curvadas, y las fue amontonando en la orilla. Cuando terminó, alineó toda aquella madera para que se secase y aprovecharla para hacer una enorme hoguera y calentarse con ella. Mientras esperaba sentado junto a ellas, un pajarillo se posó sobre la orilla del río y estiró sus alas, qué hermosura, pensó Beto. El pajarillo las plegó y después las volvió a abrir por largo tiempo, y fue entonces cuando Beto se percató en la curvatura de su forma. Giró rápidamente la cabeza hacia las ramas que estaban a su lado secándose y recordó lo que, años atrás, alguien le dijo: aprovecha tu entorno para realisssar tus dessseosss…  
Beto recogió todas aquellas ramas y corrió a casa. Se encerró en su habitación. Sus padres preocupados le picaban la puerta pero no obtenían respuesta. Hasta que, tres días más tarde, lo vieron salir con dos piezas grandes triangulares hechas de trozos de madera curvados y enlazados con tallos de plantas. Sus padres lo acompañaron intrigados al exterior. Allí Beto se colocó las dos piezas sobre sus brazos y los agitó. Su madre se llevó la mano a la boca emocionada, al darse cuenta de lo que aquello significaba. Beto atravesó el bosque corriendo, sus padres detrás pidiéndole que no hiciera locuras. Los gritos provocaron que los vecinos del bosque lo siguieran también. Corría Beto y detrás toda una multitud de Las Masas. Subió una colina y por fin, allí, se detuvo. Los vecinos también, y expectantes esperaron en silencio. Beto se arrimó a la pendiente, miró hacia atrás y vio a sus padres.
―Hijo, no lo hagas, los castores sólo saben hacer presas… ―suplicó su padre, sosteniendo la mano temblorosa de su mujer.
Beto dio un paso al frente, y la multitud coreó un largo: ¡¡Aaaaaay!!, cuando lo vieron desaparecer, para después convertirlo en un: ¡Ooooooh!, al verlo resurgir del vacío y planear sobre la colina como un pájaro.
Beto, sin dejar de sonreír, agitaba con fuerza aquellos trozos de madera retorcidos y anudados unos a otros, aquellos troncos que habían sido herramienta de su trabajo, y ahora se habían convertido en su anhelado deseo, en sus alas.
―¡Yesss! ―se oyó entre las hierbas de aquella colina.