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8 oct 2019

Proceso creativo

Typewriter Four Hands. Desconocido

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer la entrada anterior Viernes de Joker

          ―Elvira, ¿qué vamos a hacer con esto?
Elvira acababa de salir del ascensor, en la séptima planta de la facultad de la Universidad China donde trabajaba desde hacía dos semestres. Frente a los despachos encontró a su compañero Rober que le mostraba una pelota de papel arrugada.
―¿Y qué es eso?
―Nuestra novela.
―¿Nuestra novela? ¿Qué novela?
―La de los amantes reencontrados 15 años después. Antonio y Vero. Nuestra novela.
―Querrás decir mi obra de teatro. Es una obra y es solo mía.
Roberto puso las manos en jarras y respiró fuerte.
―Ya sabes que Antonio ha vuelto a llamar a Vero, ¿no?
―Sí, lo sé.
―Para quedar.
―Sí, lo sé.
―Está claro que Antonio no es inmensamente feliz.
―Sí, lo sé.
―Bien, pues si lo sabes, tenemos historia.
―La historia, Rober, la tengo yo. Dos actores, un único espacio, 70 minutos y una sala off de Madrid. La empiezo a escribir en unos días y la monto en enero cuando regrese a España.
―Ya. ¿La vas a montar igual que tus otras obras?
―Gracias, Rober, eres un mierda.
Elvira entró en clase con rabia. Dejó sus cosas en la silla junto al atril. Encendió el ordenador y desplegó la pantalla del proyector. Pidió silencio. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, miró por la ventana y resopló. Podría gritar, reír y llorar al mismo tiempo. Se puso de nuevo las gafas y pidió, por segunda vez, silencio. Miró al proyector, lo señaló y comenzó.
―Bueno, como ya dije la semana pasada, Valle-Inclán revolucionó el teatro…
Tocaron a la puerta. Rober entró.
―¿Puedes salir? ―preguntó.
―Acabo de empezar la clase.
Rober la miró y ella, apretando los dientes, salió del aula.
―Joder, Elvi, lo que intento decirte es que es posible que tus obras no funcionen porque quizá, y solo quizá, no sepas contar las historias.
Elvira recibió la bofetada fingiendo no haber sentido ni una pizca de escozor aunque tuviera la cara ardiendo.
―Gracias por tus consejos, mi querido literato, sin embargo te aseguro que esta historia de amor la voy a saber contar muy pero que muy bien.
―¡Lo ves! Ahí está tu error, porque esto-no-es-una-historia-de-amor, ¡mendruga!
Rober cruzó el pasillo y entró en su clase. Elvira entró en la suya repitiendo “imbécil de mierda” como si fuera un mantra. Pidió a sus alumnos abrir un par de ventanas. Se arremangó el jersey. Se frotó los ojos, pero está vez por debajo de las gafas y pidió silencio aunque nadie estuviera hablando.
―Valle-Inclán con la construcción de Max Estrella puso de manifiesto… ―Pausa. Elvira clavó los ojos en una de la estudiantes de la primera fila―. Dadme un minuto, chicos, por favor.
Salió de la clase y tocó a la puerta del otro lado del pasillo. Rober salió.
―¿Antonio no busca a Verónica, 15 años después, porque la ama? ―preguntó ella.
―No.
―¿Quieres decir que Antonio pone en jaque su matrimonio por una infidelidad que ni le va ni le viene?
Rober se agachó a la altura de su compañera que apenas medía un metro y medio y le susurró:
―Antonio no es el personaje infiel en esta historia. ―Y entró en clase.
Elvira cruzó el pasillo de vuelta. Cerró la puerta de su sala pensativa y miró a sus alumnos.
―Bien, decía que Valle-Inclán, ¿verdad?, con sus más de 50 personajes arma a uno solo: Max Estrella. Todos y cada uno de ellos, con sus intervenciones, cimientan sus rasgos. Todos. ¡Todos! Incluso aquellos que en un principio parecen estar relegados a figurantes son… ―Silencio―. Dadme un minuto, chicos.
Y la profesora salió corriendo de clase.
Ya en el pasillo frente a Rober:  
―¡Es la mujer, Rober! ¡El personaje infiel es la mujer!
Su compañero le dio una palmadita en el hombro.
―Bien, pedazo de mendruga, lo vas pillando. Está claro que su mujer disfruta en Barcelona del salario y de la libertad que le ofrece un marido expatriado en China.
―Vale, a veces los hechos son complicados de explicar, pero sigo sin entender el punto de inflexión, ¿por qué Antonio llama a Vero si hemos decido no otorgarle el rasgo de marido infiel? ―Rober adoptó su postura en jarras y sonrió con aquella pregunta, sabía que Elvira era de procesamiento lento, así que esperó―. ¡Coño! ¡Antonio lo sabe!
―Ay, amiga mía, tú los has dicho: a veces los hechos son complicados de explicar.
―No me gusta. Muy folletinesca. ¿Antonio actúa por venganza?
―Joder, no diría venganza, ¿torpeza?
―Sí, Antonio es torpe emocionalmente. Cree que mueve ficha. Antonio sigue enamorado de su mujer.
―¿Enamorado? Joder, Elvi, 10 años de matrimonio, 3 de noviazgo, 2 hijas, ¿enamorado?, ¡macho, ni en Walt Disney!
―Sí… ―La profesora se apretó el labio inferior mascullando palabras que solo ella parecía entender―. Está bien. Antonio es muy competitivo y ha perdido por primera vez, pero decide jugar en la siguiente partida: Vero.
―Antonio ha perdido por primera vez… Vale, te lo compro.
―¡Sí!
Elvira regresó a su clase dando palmaditas.
―¡Muy bien, muy bien! ¡Vamos que lo tenemos! ―jaleaba a sus estudiantes como si de futbolistas se trataran, y ¡plas, plas, plas!, y más ¡plas, plas, plas! ―¡Lo tenemos!
―Profesora ―un alumno de la tercera fila levantaba la mano―, yo no entiendo el valor que aporta  el Preso.
―¿El Preso? ¡Es un personaje indispensable!
―Sí, profesora, ¿pero cuál es su valor?
Alguien tocó a la puerta y Rober entró. Subió a la tarima y acercándose a la profesora le dijo al oído:
―¿Qué valor le damos a Verónica?
Elvira miró a su estudiante de la tercera fila y luego hizo un barrido a la clase entera.
―Dadme un minuto, chicos, por favor.
―Hemos dejado a Vero como mero instrumento funcional de Antonio.
Elvira arrastró a Rober a la pizarra, daban la espalda a los estudiantes.
―Dale la vuelta ―dijo Elvira―. Si hemos dicho que Antonio era muy torpe emocionalmente, hagamos que pierda esta segunda partida también. Convirtámoslo en el objeto fetiche del arco dramático de Vero.
―Objeto fetiche… Vale, te lo compro.
―Entonces, ¿estamos de acuerdo en que Vero sea nuestra heroína?
―No lo veo, había pensado en la mujer ―respondió Rober, en jarras, su postura favorita.
―Vero parte con unos valores legítimos que marcan los supuestos cimientos de la novela: el amor verdadero; esto, por supuesto, irá cambiando. A la mujer necesitamos presentarla adulterada desde el principio, no nos sirve.
―Entiendo, pero no veo a Verónica como voz narrativa, nos fallaría en Barcelona. Y no me coloques a un omnisciente en tercera persona, se carga la historia.
―Sí, pero un narrador deficiente podría funcionar. Sería engañoso… ―Elvira escribió los nombres de los personajes en la parte baja de la pizarra. Rober se agachó apoyando las manos en las rodillas.
―No aporta nada que sea engañoso.
―La duda. Y no deja de ser una novela que trata sobre la mentira y la apariencia ―explicó ella.
―Ya, y ¿por qué no dejamos que hablen los tres?
Elvira asintió, pareció gustarle la idea. Marcó primero a la mujer en la pizarra:
―Ella es inteligente, cínica, controladora y manipuladora. Voz narrativa en segunda persona, siempre se dirige a Antonio. Rápida, frases cortas y vocativos insultantes. ¿Me encargo yo?
―Sí, toda tuya. ¿Antonio? Competitivo, pragmático y cero inteligencia emocional, ¿no?
―Eso es, y hay que dibujarle como un hombre bastante frustrado, incluso acomplejado diría yo. Primera persona. Frases largas e inacabadas. Que introduzca reflexiones figuradamente existencialistas pero que sean de lo más elementales.
―Un papanatas.
―Un perdedor ―matizó Elvira―. ¿Tuyo?
―No, creo que le vas a sacar más jugo tú.
―Vale, pues para ti la heroína.
―¿Profesora?
―Un momento, chicos ―respondió a la clase sin darse la vuelta.
―Vero sería el personaje antagonista de Antonio.
―Cuidado, Rober, porque también lo sería de la mujer. Ten en cuenta que los conflictos se establecerán directamente con Antonio pero no dejan de ser una consecuencia de los establecidos entre Antonio y su mujer.
 ―¿Profesora? Es que…
―Sí, chicos, un segundo.
Rober miró a Elvira. Elvira, que seguía observando los garabatos en la pizarra, dejó la tiza y se llevó las manos al cuello, se lo frotó.
―Lo tenemos, Rober…
―Lo tenemos, mendruga.
―¿Profesora?
―¿Quééééé? ―respondió por fin dándose la vuelta.
Al girarse la vio. La Decana Wang estaba en medio de la clase, con las manos cruzadas sobre su falda, mirándolos con curiosidad.
―Roberto, ¿podría preguntarte por qué tus alumnos llevan más de 20 minutos solos en su clase?
Los dos profesores se miraron y finalmente Rober contestó:
―Profesora Wang, es que… a veces los hechos son complicados de explicar.


5 oct 2019

Viernes de Joker

Joker de Jeziquina on DeviantArt

―Me parece una historia increíble ―decía Elvira desde el cuarto de baño. Estaba en China, en la casa de su compañera y vecina Verónica. Era viernes, su amiga se preparaba para salir y Elvira, en pijama, trasteaba en su neceser de pinturas. Desde que se había quedado ciega de un ojo y perdido la visibilidad de parte del otro ya no se maquillaba, principalmente porque su reducido campo de visión no se lo permitía, así que aprovechaba la estancia en casas ajenas para desquitarse―. De verdad, Vero, tu historia es para escribir una obra de teatro. ¿Me puedo echar sombra de ojos?
―¡Claro, échate lo que quieras! Puedo ayudarte, si necesitas  ―contestó Verónica desde su habitación.
―No, no te preocupes, me apaño yo, me sirvo de la uña del meñique para medir las distancias en el párpado. ―Bueno, eso creía ella, porque el eyeliner parecía la mismísima carretera Yungas.
Verónica entró en el baño, miró a su compañera que empezaba a esparcir sombra verde sobre el ojo que veía, es decir, dirigía la operación con el ciego. No hay nada más que decir.
―Te queda muy bien ―dijo su Verónica tapándose la boca para no reírse.
―Gracias, al final te haces a todo.
―Claro, adaptarse, ¿verdad?  ―Y le frotó la espalda con cierta ternura.
―Y ahora, que lo he visto hacer en Youtube, te pones blanco en el lagrimal. ―Y colocando primero la uña del meñique se imaginaba las distancias, y digo imaginar porque lo que es calcular, realmente calcular, más bien poco―. Y cuando te llamó ¿qué cara pusiste?
―¡Imagínate! No te exagero si te digo que han pasado 15 años desde la última vez que nos vimos.
―Qué fuerte. Me pasó algo similar la semana pasada. Me llamó el amigo de un ex, de hace 10 años, para quedar.
―¿De verdad? ¿Y te dijo algo de tu ex?
―Sí, que se había muerto. ¿Me echo colorete o contouring?
―Vaya, Elvi, lo siento.
Elvira levantó los hombros y se echó colorete con una brocha enorme que encontró en el neceser.
―Bueno, Antonio está vivo, fue él el que me llamó. Es mucha casualidad, ¿verdad? Que esté trabajando temporalmente en esta ciudad, que me haya localizado por redes y que vayamos a quedar esta noche. Es… no sé… mucha casualidad, demasiada... ¿El destino?
―Sí, es una historia para contar, de verdad. El  reencuentro de dos amantes después de 15 años. ¿Dónde tienes los pintalabios?
Verónica abrió un cajón del armarito que tenía a su espalda y sacó otro neceser algo más pequeño.
―Toma. Amantes no creo que sea la palabra. Sí, estuvimos saliendo, pero él solo me ha invitado a cenar.
―Ya… ―dijo mientras rebuscaba en el nuevo neceser―. Pero ¿cuántos pintalabios tienes aquí?
―Treinta y dos.
―Joder, qué fantasía… ―Y sacó uno anaranjado y otro púrpura. Los probó primero en su mano y luego fue directa a los morros―. Quien dice cenar, dice follar.
―¡Elvira! ¿Tienes tú mi espumadera?
En la puerta del apartamento, que estaba abierto, apareció Rober, también vecino y compañero del Departamento. Elvira asomó la cabeza  por el cuarto de baño.
―¿Qué espumadera?
―¡Coño! ¿Por qué te has puesto esa pinta de Pennywise?
―Ja-ja-ja-ja, Rober. Me mondo. Aquí no se te ha perdido nada.
―Pues sí, mi espumadera.
―Yo no la tengo.
―Elvira, con la excusa de que no sabes cuánto tiempo vas a quedarte, arramplas con todas nuestras pertenencias.
―No se llama arramplar, se llama comunismo, todo es de todos.
―¿Sí? ¡Yo lo llamaría Elvirismo: lo tuyo es mío y lo mío es mío!
―Pero ¿a ti qué te pasa?
―¡A mí nada, mendruga, que quiero mis cosas!
―¡Pues cógelas, mi puerta está abierta!
―¡Pues las cojo!
―¡Pues vale!
―¡Pues ya!
―¡Pues eso!
―Chicos, por favor, haya paz ―aconsejó Verónica.
―¡Es él, Vero!
―¡Ladrona!
―¡Capitalista!
―¿Sí? Pues gracias a que soy un capitalista consumista tú puedes hacerte un huevo frito con MI espumadera en MI sartén y después beber agua en MI vaso. ¡De nada!
Y Rober salió del apartamento.
―Lleváis así un año ―dijo Verónica a su amiga con tono recriminatorio.
―Es muy pesado. Él sí que necesita que le llame una ex, a ver si le da vidilla a su existencia porque es un amargado.
―Elvira, los ex no llaman para dar vidilla, llaman para ponerse al día, para verte y para pasar un rato agradable recordando viejos tiempos.
―Los ex llaman para follar. Punto.
―¡Por favor! ¿Tú no llamarías a alguno de tus ex para saber cómo está?
―No.
―No te creo.
―No, de verdad. Al único que tendría algún sentido llamarlo sería a un ex francés que tuve, y de la que le estaría llamando él estaría poniendo una orden de alejamiento.
Verónica se rio a carcajadas, no se esperaba aquella respuesta.
―Es que no te ves, pero con esa cara pintarrajeada, no me extrañaría, pareces el puto Joker…
Se fueron a la habitación donde Verónica se probó diferentes chaquetas.
―Creo que Antonio solo quiere verme y ya, pero es cierto que ha insistido mucho en quedar, no sé… Yo lo quería con locura. Estuvimos 8 años juntos.
―Madre mía… 8 años… Es como si Joan ahora me dejara y en 15 años me llamara… Qué movida.
Salieron y, junto a la puerta de casa, Verónica empezó a ponerse los zapatos, su amiga le ayudaba a sostener el equilibrio mientras se ponía uno y luego el otro.
―Pues sí, una movida... ―dijo, luego la abrazó y las dos salieron de casa. Elvira la despedía con la mano a medida que Verónica iba bajando los pisos, folla por las dos, le decía, y se reía.
Entró en su apartamento y encontró a Rober con una ensaladera en las manos y dentro de ella: la espumadera, dos cucharillas, un vaso, la sartén y dos trapos.
―Esto es mío.
―¿Y te lo llevas?
 ―Sí, es mío, y como buen capitalista amo la propiedad privada.
―Muy bien, llévatelo.
―Eso hago.
―Vale.
―Bueno, la sartén te la voy a dejar, porque además de tocarlos, sé que te gusta desayunar huevos.
Y dejó la sartén en la mesa del salón.
―Bien. Gracias.
―Y bueno, los trapos también, porque el aceite salta, y… con lo torpe que eres lo vas a poner todo hecho una mierda.
―De acuerdo. Gracias por lo de torpe.
―De nada. Y claro… la espumadera también te la dejo, porque si no tú me dirás cómo coño vas a hacer los putos huevos.
―Vale. ¿Quieres un café?
―¿Un café? ¿De quién es la cafetera?
―De la Decana Wang, me la ha prestado durante el tiempo que me quede, porque ella sí que es comunista.
―Ya. Vale. Un café.
―¿Sí? Bien. Siéntate.
―A eso voy.
―Vale.
―Bien.
Y Elvira se empezó a reír.
―¡Pero qué porculera eres, tía! ¡Joder!
Se tomaron el café hablando de la historia de Verónica. Para ambos era fascinante. El reencuentro de dos enamorados 15 años después no les dejaba impasibles, desde luego. Elvira ya la había convertido en una obra de teatro. Una noche, una habitación de hotel. Dos actos. Por el contrario, Rober defendía que la historia necesitaba narración, que en los detalles estaría el atractivo, así que propuso una novela corta y capitulada. Discutían sobre la estructura de ambas creaciones, incluso Rober esbozó en un papel el esquema temporal al que estaría sujeto su novela, cuando oyeron ruido en las escaleras. No habían pasado ni tres horas desde que Verónica se había ido, así que se extrañaron de que pudiera ser ella ya de vuelta.
Elvira se levantó y abrió la puerta.
―¿Vero?
Su compañera subía el último piso con lentitud.
―Hola, Elvi.
Elvira abrió con amplitud su puerta invitándola a entrar.
―Anda, pasa, dentro está Rober.
Rober la vio llegar y no dijo nada, solamente estrujó el papel donde había garabateado el esquema de su novela y se lo metió en el bolsillo de la sudadera. Vero se sentó en una de las sillas y habló:
―Que está casado, que tiene dos niñas y que es inmensamente feliz. Para eso me ha invitado a cenar. Para eso. Para decirme que es inmensamente feliz. Y yo con casi 40 años no sabía ni qué contarle de mi vida. Cada vez que sacaba el móvil de mi bolso tenía cuidado de que no viera los condones que había cogido.
El silencio fue largo, hasta que Elvira, acariciándose el maquillaje con la yema de los dedos, afirmó:
―Vero, lo que no te mata, solo te hace más... extraño.

31 mar 2019

China, maravilloso teatro


Ópera gatuna por Javi Avi

Me desperté a las 5:30 de la mañana y no por vicio precisamente. Vivir en el este de China significaba no que clareciera sobre las 5, sino que el sol ya estaba descojonándose con fuerza de todos nosotros a esas horas. Calenté agua en el termo que me había regalado Verónica, vecina y compañera del departamento, porque lo habitual cuando llegaba un profesor nuevo al campus era abastecerlo, para que fuera tirando, con lo que entre unos y otros se había ido acumulando y sobrando. En mi caso, Verónica y Rober me dieron la bienvenida con dos platos, tres cucharillas, un tenedor, un cuchillo, un túper, una sartén pequeña, un secador y el termo. Vertí el agua caliente en el vaso y disolví el café instantáneo, todavía no había encontrado un supermercado donde vendieran café molido. Rober ya me había dicho que en el centro de la ciudad había uno con productos extranjeros, pero bajar a la ciudad desde el campus suponía una hora y media de bus y, sinceramente, por el momento no había encontrado el día oportuno para semejante expedición. Salí a uno de los balcones que tenía mi apartamento a beberme el café. Las vistas no eran ninguna maravilla. Edificios del campus, más edificios del campus y algún que otro edificio del campus. Sin embargo, a la derecha, allá a lo lejos podía ver el mar, y con ese poquito me conformaba. “Sí, muy bien, tengo vistas al mar”, dije a mi hermano la primera vez que me llamó. Mentira lo que desde dice mentira no era, ¿no?, y es que, aunque hubiéramos pasado de los 40, el ‘y yo más’ seguía siendo nuestro juego favorito.
Pensé en Joan, pensé en nuestro gato Tomás, pensé en mi ex universidad de Madrid, pensé en mis ex compañeras, pensé en mi tesis sobre teatro, pensé en las vueltas que da la vida y pensé si debía depilarme el bigote hoy o mejor dejarlo para el fin de semana. Sí, levantándote a las 5:30 de la mañana puedes arreglar el mundo aunque sea con café instantáneo.
Me metí en la ducha casi una hora más tarde. Dejé esperar el tiempo suficiente para que el agua saliera caliente, pero aquello no dejaba de estar congelado. Después de tres ‘joder’ y un ‘me cago en la mierda del chocho-ano’, cogí mi móvil y mandé un mensaje de voz al grupo de profes y, a su vez, vecinos.
―No me lo creo, ¡¿no hay agua caliente?!
El primero en contestar fue Rober también con un audio.
―A ver, mendruga, no hay hasta el día 23, están de obras. Hay una notificación en el portal.
―¡¡¡¿Te refieres al papel pegado en la puerta que está en chinoooo?!!!
Rober y Verónica hablaban chino perfectamente. Verónica se había especializado en Lingüística Aplicada tanto de la enseñanza del chino como del español, y Rober, a pesar de haber hecho la tesis sobre cultura china, se había decantado finalmente por la Literatura Hispanoamericana.
―¡¡¡Pero no me chilles!!!
―¡¡¡Rober, no te estoy chillando!!!
―¡¡¡Pero si te estoy oyendo a través de la pared, mequetrefe!!!
Me dio tal ataque de risa que tuve que apoyarme en la lavadora (sí, tengo la lavadora dentro de la ducha, pero eso se merece otro relato). También oí reírse a Vero. Y es que compartíamos tabiques, porque los tres vivíamos en el sexto piso del bloque 4, bloques reservados únicamente a profesores extranjeros. Rober ocupaba el apartamento 1, yo el 2 y Vero el 3. Así que oírles a ambos en estéreo estaba siendo lo mejor de aquella mañana.
Después de una refrescante ducha, salí de casa con el tiempo suficiente para pasarme por el despacho de la decana antes de empezar con las clases. Me había citado. Y debo reconocer que andaba bastante nerviosa. Hacía tan solo 4 semanas que había llegado a trabajar a la Universidad y no consideraba que mis clases estuvieran dando problemas, aun así me inquietaba que quisiera comentarme algo. Toqué a la puerta de su despacho.
―¿Profesora Wang? ―pregunté con timidez. Oí algo en chino desde el otro lado así que abrí la puerta y entré.
―Oh, Elvira.
La Decana Wang se levantó de su escritorio al fondo de la habitación y se acercó a la puerta, me estrechó la mano con las dos suyas y me invitó a sentarme en el sofá. No sabría calcularle la edad, con los chinos es difícil, pero supongo que estaría cerca de los 60, no tanto por su aspecto sino por su larga trayectoria como hispanista.
―¿Te estás adaptando bien, Elvira?
―Sí, muy bien, no hay ningún problema.
―Bueno, tú además ya habías vivido en China, así que es un punto a tu favor.
―Sí, lo es.
―Me alegro. ¿Y las clases?
―¿Las clases? ―Necesitaba tiempo para pensar. Tragué saliva―. ¿Las clases en su conjunto o… o… las clases, así, una por una?
―Sí, los estudiantes comentan que eres muy divertida y veo que es cierto ―dijo riéndose tapándose la boca con la mano. Yo también me reí aunque sin entender por qué y mostrando toda mi dentadura cual caballo―. Bien, hay algo que debo comentarte.
―Comprendo ―contesté inquietándome otra vez.
―¿Conoces al Profesor Huang?
―No ―contesté con cierta vergüenza.
―Bien, el Profesor Huang es el decano de la facultad de japonés.
―Oh.
―Y sabes que esta Universidad es reconocida por tener la mejor facultad de japonés no de China, sino del mundo.
―Oh, del mundo…
―Bien. Hace años, el Profesor Huang levantó el grupo de teatro de su facultad. Y ha cosechado muchos éxitos. ¿Conoces Talent Show?
―No. ―En realidad me vino a la cabeza Risto Mejide, pero seguro que no iba por ahí la cosa.
―Bien, es un programa de televisión con mucha repercusión en el país y lo ganaron en 2010, 2014 y 2016, gracias a sus representaciones.
―Oh.
Creo que el trabajo del Profesor Huang es admirable, porque no solamente incorpora nuevas técnicas de enseñanza de la lengua japonesa, sino que además sabe promocionar la facultad a nivel nacional.
―Oh, sí, es maravilloso…
―Bien, por eso Elvira, hemos pensado que la facultad de español debería abrir su propio grupo de teatro, es muy conveniente, y queríamos saber tu opinión.
―¡Uy! ¡Pues me parece una idea genial!, no veo mejor manera para incentivar a los chicos.
―¿De verdad? Qué alegría tan enorme, muchísimas gracias. ―La Decana Wang se levantó y fue a su mesa, cogió unos papeles y me los entregó con ambas manos―. Bien, tienes 32 estudiantes matriculados en el Taller de Teatro, empiezas la próxima semana.
―¿Perdón? ¿Yo?
―Claro, Elvira, estamos muy contentos de tenerte en esta Universidad habiéndote especializado en teatro.
―¡Oh, no, no, no! ―Me reí―. ¡No, madre mía! Creo que está habiendo una confusión bastante grande. Lo siento pero yo no tengo ni idea de llevar un grupo de teatro. Mi especialidad son textos teatrales, literatura, y estoy muy contenta pero, de verdad, Profesora Wang, yo no sé cómo se monta una obra teatral, lo siento.
―Comprendo, no quieres hacerlo.
Utilizando aquel verbo, la Profesora Wang, muy amablemente, me había llevado al borde de un precipicio. La decisión era mía: un paso adelante o uno hacia atrás.
Reflexioné unos segundos, apreté los labios y finalmente contesté:
―Sí, sí quiero hacerlo. ―Y me alejé del vacío.
―Qué buena noticia, Elvira. Los alumnos van a estar muy contentos. Y además, no es importante, pero hoy voy a comer con el Profesor Huang y quiero decírselo.
Utilizando aquí el verbo, La Profesora Wang se había colocado el dorsal a la espalda y había tomado su posición en la pista de salida, la carrera estaba a punto de empezar.
Salí de su despacho con la lista de los estudiantes en la mano, la miré y suspiré. No tenía ni la menor idea de por dónde empezar. Y comprendí que el café instantáneo no era suficiente para arreglar el mundo, aquel mundo.

Continuará…