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19 mar 2023

Esa niña sí, no, esa no soy yo

 

Festival de viña, 1976. Mari Trini, Yo no soy esa

—Ya sé por qué vienes a verme cada dos semanas —dijo el viejo. Elvira apoyó la cabeza en la butaca y, mirando el techo de escayola, cerró los ojos—. Quieres certificarla.

Elvira abrió los ojos y se echó hacia adelante.

—¿Qué quiero certificar? —preguntó.

—Mi muerte.

Agustín, llevas muerto mucho tiempo.

—Igual que tú, querida. Y quizá sea eso lo que nos une.

—¿El purgatorio? —Se levantó y de su bolso sacó un sobre amarillo tamaño folio. Lo sostuvo con ambas manos—. Te he traído algo —. Se acercó a él y sobre sus rodillas depositó el sobre no demasiado grueso.

—¿Qué es esto? —Alzó la vista con una desdibujada sonrisa—. ¿Es tu investigación?

—Sabes cómo hacerme sentir mal. Mi investigación pesa cuatro veces más y dice cuatro veces menos.

El viejo profesor cogió el sobre y lo sostuvo en el aire con un leve balanceo.

—Cierto, poco hay aquí. ¿Tu testamento?

—¿Quieres verme muerta?

—Quiero verte.

Elvira sonrió y se sentó en el borde de la mesita de café. Juntó los pies y se los miró. Tenía dos pares de zapatos, los botines marrones de polipiel y las botas altas negras de tacón que ya nunca se ponía.

—No sé cuando fue la última vez que fui de compras tampoco sé por qué debería hacerlo. No necesito nada. —Alzó la vista y miró a su viejo profesor—.  Es mi novela.

Agustín, sosteniendo su mirada, lanzó el sobre al suelo.

—Agustín…

—¡Dolores! ¡Dolores! ¡Dolores!

—Agustín, necesito que la leas.

—¡Dolooores!

—Solo recibo negativas de las editoriales. Necesito que la leas y que seas sincero conmigo. Agustín, por favor.

—¡Dolores! ¡Maldita mujer! ¡Dolores!

—¡Virgen santa, virgen santa!, pero ¿qué pasa? —Dolores apresurada entró en el salón con un trozo de papel de aluminio que sostenía con dos dedos—. ¡A puntito de meter el bizcocho en el horno, señor mío, pero así no se puede, no se puede!

—¡Elvira se va! —gritó el viejo.

La mujer miró a Elvira sin entender demasiado.

—Bueno, bueno, pero si la chica conoce la salida de sobra.

—¡Se va, he dicho!

—Me voy, Dolores. —Elvira se levantó, tomó el bolso y el abrigo y se acercó a la puerta.

—¿Y eso? —dijo Dolores señalando el sobre en el suelo—. ¿Es tuyo, cariño?

—¡Eso es basura! —gritó el viejo—. ¡Llévatelo y tíralo!

Elvira vio como Dolores, sin preguntar nada más, se agachó a recogerlo del suelo, lo dobló por la mitad y se lo metió bajo el sobaco, también hizo una pelotita con el papel de aluminio y se lo guardó en el bolsillo del delantal. Después, las dos salieron del salón cerrando la puerta. En el descansillo, Elvira se puso el abrigo.

—Cariño, no se lo tomes en serio —dijo Dolores mientras le sostenía el bolso—. No ha vuelto a ser el mismo desde el derrame, ya lo sabes. Y es triste verlo así porque ya nadie viene a visitarlo, con lo que él ha sido, ¡con lo que esta casa ha sido! Es un cascarrabias, pero él te…

—Es difícil, Dolores —dijo cogiéndole el bolso y colocándose en el hombro—. Es difícil.

Se despidieron con un beso, Elvira bajó las escaleras y Dolores volvió a la cocina. Allí botó el sobre amarillo a la basura y volvió a recortar un trozo de papel aluminio que colocó sobre el molde del bizcocho. Vertió la masa sobre el recipiente y lo extendió con la espátula de goma para unificarla. Pensó que este le quedaría mucho mejor que el último, el truco estaba en añadir la justa medida de anís en grano. Empezó a tararear Yo no soy esa de Mari Trini: …de haber jugado con el amor de los demás…

—¡Doloooores!

Calló en seco. Colocó las manos sobre la encimera y farfulló:

—Señor, dame paciencia, porque si me das fuerza… —Siguió cantando—. Si de verdad me quieres, yo ya no soy esa que se acobarda en una borrasca…

—¡Dolores! ¡Doloooores!

La mujer abrió la puerta del horno, metió el pastel. Se sacudió las manos sobre el delantal y siguió cantando: luchando entre olas encuentra la playa, esa niña sí, no, esa no soy yo…

—¡Dolores! ¡Dolores! ¡Maldita seas entre todas las mujeres!, ¡Doloooooores!

Dolores entró en el salón fingiendo agitación.

—¡Ay, virgen!, pero ¿qué pasa ahora?

—Que está sorda, sorda, ¡sorda! —gritó el viejo.

—Ay, señor Agustín, la casa, que es muy grande, muy pero que muy grande y claro, cuando me meto en la cocina… Estaba con el bizcocho que ya sabe que mi prima Angelines me dijo: no pongas licor de anís, hazlo en grano, porque el licor lo amarga, ¡oiga!, ¿y se puede creer que probando solamente la masa así, un poquito…?, ¿sabe lo que le digo?, ¡qué diferencia!, porque Ana María, la mujer de mi cuñado Antonio, vamos, mi cuñada, la que tiene el hijo abogado, que gracias a eso, sus vecinos, los de Cedillo, ya sabe, allí en Toledo, no perdieron la casa porque si…

—¡Vale, vale, calle, calle, por dios, calle! No conozco a persona que escupa tanta información en tan poco tiempo —dijo pasándose la mano por la cabeza—. La basura.

—¿Qué basura?

—Qué basura va a ser: la basura.

Dolores aturdida se registró a sí misma y del bolsillo del delantal sacó la pelotita de aluminio.

—¿Esto? ¿La quiere?

—¿Y para qué voy a querer yo eso? ¡La basura! ¡El sobre!

—Válgame dios, el sobre, el sobre, virgen santa, ¡el sobre!

—Sí, sí, el sobre, Dolores, el sobre, deje de repetir las cosas cuatrocientas veces. El sobre, tráigamelo.

—Pero… Lo tiré a la basura.

—¡¿Y por qué hizo usted semejante cosa, Dolores?!

—Porque era basura. Usted me dijo que era basura.

—¡Tráigamelo!

Al cabo de diez minutos Dolores volvió a entrar en el salón con Mari Trini en la cabeza y el sobre en las manos.

—… yo no soy esa que tú te imaginas, una señorita tranquila y sencilla… ¡El sobre, aquí está! Lo he limpiado, no se preocupe. Limpio está, ya me conoce. ¿Se lo dejo aquí, en su escritorio?

—No, no, no, démelo, es importante, es muy importante.

—Bueno, pues para ser tan importante casi lo tira —dijo al dárselo—. … Que un día abandonas y siempre perdona, esa niña sí, no, esa no soy yo…

 

8 sept 2022

Besos hay que no te doy

 

Bésame mucho. Tercer acto de Camila López

Entré en casa de Almudena. Dejé sobre la mesa de la cocina el pan y los huevos que me había pedido comprar. Le pregunté a Abel por su madre. El chico veía la tele en el salón. No me contestó. Su abuela, en cambio, me sonrió sentada a su lado. Ha subido donde la vecina un momentín, me dijo. Me acerqué a ella y la besé en la cabeza. Solo mirarla me provocaba lástima. Hacía 6 semanas que vivía en Madrid y no entendía muy bien por qué. Era mayor y quizá estar sola no era lo más conveniente pero Madrid la estaba matando. Le pregunté si echaba de menos su casa en la Mancha. Cada día, me dijo. Me senté en el reposabrazos del sofá y le dije que a mí me pasaba lo mismo con Singapur. Ella se sorprendió. Le conté que allí conocí al hombre más espectacular del mundo. Se rio con pudor y luego me llamó sinvergüenza. Me levanté y abracé por detrás del sofá a Abel, aspiré con todas mis fuerzas el olor de su cuello y lo besé en la oreja. De una cachetada me apartó. Oí la puerta de casa. Corrí y desde el pasillo saludé a Almudena. Se ladeó y mostrándome una mejilla me pidió un beso. Se lo di y cogidas del brazo entramos en la cocina.

—¿Has traído los huevos? —preguntó. Señalé la mesa—. Gracias. Voy a hacer una tortilla, quédate a cenar.  

—No, solo quería daros un beso. ¿Estás bien?

Almudena asintió con la cabeza pero con los labios apretados. Sonreí, besé la punta de los dedos de mi mano y luego se los estampé en la frente.

Llegué a la calle Princesa. Me paré en el número 33 y alcé la vista al edificio de enfrente. Las cortinas del quinto piso estaban echadas. Caminé 10 pasos calle arriba, me detuve y los desanduve. Volví a mirar el edificio. Crucé la carretera y plantada ante el portal 38, piqué el quinto derecha. La voz de Dolores, preguntando quién era, se escuchó cansada.

—Soy yo, Dolores, abre —dije, ella gritó.  

—Está ya acostado —me dijo al abrir la puerta de casa, como si de un secreto se tratara—. Pero ya sabes que tarda en dormirse. Pasa, anda, cielo, que le va a hacer mucha ilusión verte. No dice nada, pero ya le conozco, se ha quedado como un pajarito. Te echa de menos.

Dolores encendió la luz del largo pasillo por lo que al abrir la puerta del dormitorio se iluminó parte de la estancia. Me confundió con ella y pidió que saliera, que lo dejara solo.

—Agustín, soy yo —dije bajito.

—¿Yo? ¿Qué yo?

Me coloqué al lado de la cama. Él estaba recostado sobre tres grandes almohadones.

—Yo —repetí. Encendí la luz de la mesilla y nos miramos.

—Si has venido a que te pida perdón, ya puedes irte.

—No he venido a eso.

—¿A qué entonces?

—A darte un beso.

—Tú no das besos.

—Ahora sí. —Me incliné hacia él y lo besé en la mejilla. Lo sentí estremecerse.

—Perdóname…

—Tú no pides perdón.

—Ahora sí…

Llegué a casa y encontré a Joan en la misma postura en la que lo había dejado cuatro horas antes. Sentado en su escritorio con la cabeza gacha sobre unos dibujos y un lápiz en la mano derecha.  Me apoyé en su mesa y le quité los auriculares, no pareció sobresaltarse.

—¿No te he asustado? —pregunté.

—Te he oído llegar. ¿Vas a cenar algo?

Le estiré de la barba y lo besé en los labios.

 

19 jun 2022

Y cuando no distingas la noche del día

 

Tratado sobre la ceguera "el día de la pedid de mano" pensando en Goya y sus caprichosos de Carmen Mansilla


—¿Así me lo pagas?

—No te debo nada, Agustín —responde Elvira—. No debo nada a nadie.

—¡Necia! —El viejo profesor golpea con debilidad el apoyabrazos del sillón—. ¡Necia! ¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida!

—¿Qué es lo que pasa? —Dolores entra al salón y agarra del brazo a Elvira.

—¡Estúúúúúúúpida!

—Pero, ¡virgen santa!, señor Agustín, no le diga semejantes barbaridades.

—Déjale, Dolores, déjale. Yo me voy.

—¡Sí, que se vaya, que se vaya! ¡Necia, malcriada! ¡Fuera, desagradecida! ¡Fuera, estúpida!

Elvira nerviosa recoge su boso del extremo del sofá central y sale del salón. Detrás, a paso apurado, la sigue Dolores.

—Por Dios santo, no se lo tomes en cuenta, cielo, no se lo tomes…  —Elvira abre la puerta de la casa y sale al rellano—. Cariño, ya sabes que desde que le dio eso —se toca con el índice la sien—, no ha vuelto a ser el mismo. Él te quiere, lo sabes, ¿verdad? Oh, cielo, no llores ven aquí, anda, ven.  —La abraza con fuerza y Elvira solo piensa en el fracaso de Toulouse, sus consecuencias.

—Es que salió todo mal… todo mal…

—Bueno, bueno, ellos son franceses, no son como nosotros; hablan diferente, comen diferente, ellos pues son…, son franceses, muy franceses. —A Elvira se le escapa la risa, se separa un poco y se limpia los mocos con el dorso de la mano—. Cochina, espera, que te saco algo para que te limpies. —Entra en casa y al cabo de un minuto sale sacudiendo un trapo al aire—. Toma, hija, está limpio, del cajón. Pobrecita mía.

—Me superó  —dice devolviéndole el trapo—, no sabía que me fuera a costar tanto la estancia, ni 5 días pude aguantar, no lo soporto, es un país que me ahoga, no puedo, yo no, no puedo, no puedo, Dolores, aunque me suponga tirar a la mierda toda la investigación, no puedo estar allí, no puedo...

—¡Pues si no puedes, no puedes y se acabó! Que estoy yo de tanto héroe… ¿Te digo hasta dónde estoy de todos esos súper héroes que lo hacen todo bien?, ¿te lo digo? —Se acerca a ella y baja la voz—. Hasta el culito de delante, me entiendes, ¿no? —Agacha la cabeza y se mira la entre pierna—. ¡Hasta ahí! A esta vida hemos venido a pasárnoslo bien, que ya nos tocará sufrir en el purgatorio. Y si es tan humillante para el señor Agustín que te hayas vuelto, pues mira, que levante ese culo enrome del sillón y que lo encamine a Toulouse, que ¡aquí paz y luego gloria! —Las dos se ríen—. Eso, cielo, tú ríete, ríete que es muy bueno, la risa almidona el alma. Oye, ¿te parto un poco de sandía y te la llevas en un táper?, que con este calor te va a saber a gloria bendita.

Dice que no y la abraza de nuevo antes de irse.

Elvira entra en Pepe Botella. La cafetería tiene una luz demasiado tenue y tropieza con la primera mesa. Oye un “qué torpe” que llega dos mesas más adelante de dos chicos jóvenes que se ríen. Ella los mira, los sonríe  y les desea un glaucoma calentito a cada uno de ellos, porque para eso siempre es muy generosa.

Se sienta en la mesita junto a la ventana y se coloca el bolso sobre el regazo.

—¿Qué va a tomar?

Elvira levanta la cabeza y ve a una mujer de mediana edad frente a la mesa.

—Un café solo, por favor.

—Enseguida. ¿Se ha hecho daño?

—¿Cómo?

—Cuando se ha caído.

—No me he caído.

—Ya. Es por la luz, le pasa a mucha gente.

Elvira agacha la mirada lamentándose de su carácter. Se pellizca los pulgares.

—Tengo baja visión  —dice alzando la cabeza.

—Vaya, ¿quiere que suba la intensidad de la luz?

—No —sonríe—, es muy amable, junto a la ventana estoy bien.

La camarera se va y Elvira saca su móvil del bolso. Lo deja sobre la mesa y se detiene viendo, a través de la ventana, a una adolescente tomándose un selfie, y reflexiona sobre lo vieja que se ha hecho de repente porque aquella chica le parece insultantemente joven. Apoya el codo en la mesa y la cabeza en la mano y suspira.

—Señor, señor, señor, estas cafeterías tan antiguas son incómodas para todo. Lo de sentarse le lleva a una la mismísima eternidad. Eternidad, que por otro lado, ya no tengo.

En la mesa de al lado una vieja intenta sentarse. Es delgada, tremendamente arrugada y con un corte a lo Cleopatra, el pelo blanquísimo pero poca cantidad. Elvira no la considera especialmente elegante pero le llama la atención su largo abrigo blanco casi hasta los pies. La observa. Es ciega. Pliega el bastón y lo guarda en su bolso.

—Es un abrigo muy bonito y es usted muy valiente al llevarlo en esta ola de calor —dice Elvira un tanto sorprendida de sí misma, porque nunca entabla conversación con desconocidos.

La vieja gira la cabeza en busca de la voz.

—A mí edad, una ya no siente ni frío ni calor. ¿Te gusta? —pregunta acariciándose las solapas.

—Sí, mi madre tenía uno igual. No sé dónde estará ahora.

—¿El abrigo o tu madre?

—El abrigo —responde sonriendo.

—El café —anuncia la camarera depositándolo sobre la mesa—. Y usted, ¿qué va a tomar, señora?

—¿Yo? —pregunta la vieja—. Soy ciega no sé a quién pregunta.

—Oh, lo lamento, sí, le digo a usted, señora.

—Un café solo, por favor.

La camarera se va y Elvira la sigue observando detenidamente.

—¿Qué miras?

Elvira da un respingo.

—Pensaba que era ciega.

—Lo soy, pero tienes la respiración de un jabalí y está en mi dirección.

Elvira se ríe, después pregunta:

—¿Cómo es? ¿Cómo es ser ciega?

—¿Qué quieres escuchar? ¿Que es un regalo de Dios? ¿Que es un aprendizaje diario? ¿Que es un reto apasionante? ¿Que las cosas ocurren por algo? ¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

La vieja se atusa el flequillo y se ahueca su fina melena.

—Ser ciega es la mayor tragedia de mi vida, pero a todo se acostumbra una. El cuerpo, desgraciadamente, se adapta y entonces tú te adaptas con él. Y todos los pensamientos de acabar con tu vida, todas las diferentes maneras de poner fin a tu existencia empiezan a evaporarse porque la tragedia pasó a ser simple resignación. Está bien, dices, vale, mi vida ahora es así, bien, bien y, mira, seamos sinceras, lo agradeces porque suicidarse es un jaleo, que si me ahorco pero el nudo nunca te lo haces demasiado fuerte y te quedas tirada en el suelo del salón con la cuerda en la mano y con cara de idiota, que si me corto las venas ya que parece fácil en las películas, lo consiguen con dos pequeños cortes en la muñeca, pero ¡virgen santa del amor misericordioso!, ¿alguien me puede decir cuántas venas tienes que cortarte para morirte? —Elvira estalla en una carcajada—. Así que optas por quedarte, vivir a oscuras y esperar a morirte algún día.

—Supongo que eso lo esperamos todos.

—¿Hoy no ha sido un buen día?

—¿Cuándo lo es?

—Vaya, vaya, vaya. Huelo a drama. —Elvira, con calma y confianza, le relata su bochornosa huida de Toulouse y, como consecuencia, su fracaso en la investigación de más de 4 años, y del poco sentido que tiene nada—. Tranquila, tranquila, la terminarás, de verdad, terminarás esa dichosa investigación.

—¿ Y luego?

 —¿Luego? Luego te preguntarás y ahora qué. Y entonces intentarás lo de la cuerda dos veces y lo de la cabeza en el horno una, solo por emular a Sylvia Plath porque tu horno será eléctrico. Te separarás porque tu dolor ensuciará el amor de odio. Verás a tu hermano morir de otra enfermedad heredada de tu padre y aborrecerás tanto que él siga vivo, mientras que a los que amaste murieron, que creerás volverte loca, hasta desear matarlo con tus propias manos, y tendido en la cocina lo dejarás con un suspiro de aire para hacerlo sufrir en su propia agonía. Marcharás lejos, a una pequeña casa en mitad de la sierra manchega, y asumirás tu cegara sin tratamiento pasando las tardes en una descolchada silla en el jardín mirando al frente y, cuando no distingas el día de la noche, te cortarás las venas y corriendo buscarás tiritas porque tu cuerpo no desparramará suficiente sangre como para dejarte sin vida, y comprenderás que estás condenada a vivir. Mirarás, entonces, a tu perro Orfeo y le explicarás que es hora de volver a la civilización. Regresarás a Madrid y vivirás en una nueva buhardilla del centro, y te llamarán la loca del abrigo blanco. Y ansiarás encontrarte con tu yo de hace 45 años para decirle que no sufra, que nada importa, que no intente cambiar las cosas porque todo vuelve al mismo lugar. Aquí.

 —El café solo, señora. Se lo digo a usted. —La camarera toca el antebrazo de la vieja y se va.


20 mar 2022

Rosquillas en el Huerto de los Olivos

 

Vendedoras de rosquillas de Manuel Wssel de Guimbarda

—Sí, Elvira a veces trabaja un poco a regañadientes, sobre todo últimamente, demasiado distraída pero lo lleva todo al día —dijo Geraldine sacudiendo al aire los dedos tras partir una rosquilla en dos. Elvira, sentada en el tercer peldaño de la escalera móvil de la biblioteca del profesor, la miró con hastío—. Y usted, Agustín, ¿cómo pasa los días?

—Pues aquí, ya me ves, más muerto que vivo.

—No diga eso, yo lo veo muy bien. Tenía ganas de pasar a visitarlo pero con esto de la pandemia me daba miedo.

—Tranquila, mala hierba nunca muere —interrumpió Elvira.

El profesor la miró y le lanzó un beso con su temblorosa mano. Elvira rio.

—Sois como un padre y una hija.

—Somos como dos amantes que jamás tuvieron la suerte de encontrarse —corrigió el profesor.

Geraldine, contrariada ante su respuesta, volvió a agitar los dedos aunque ya no tuviera azúcar que retirar. Elvira se levantó golpeando el suelo con el tacón para estirarse el pantalón y se dio la vuelta a fisgonear las estanterías.

—¿Te gustan las rosquillas, bonita? —preguntó Dolores entrando en el salón—. ¿Las tenéis en Francia?

—Sí, sí, las tenemos. Están muy ricas.

—Claro, pero seguro que así no, así no las tendréis, vosotros haréis rosquillas francesas. Estas no son francesas, tienen anís, no son como las que habrás comido, las mías van cargaditas, ¡come, hija, come más! —Dolores cruzó los brazos y esperó a que Geraldine se llevara otra a la boca.

—Vamos, déjala tranquila, Dolores.

—Uy, pero señor Agustín, si yo la dejo, ¡claro que la dejo! No te sientas forzada, ¿eh, bonita?, que yo te lo digo por hacerte un bien que se te ve muy delgada, ¡tú  come!

—¡Dolooores, por favor!

—Dolores, ¿te sientas un ratito con nosotros? —preguntó Elvira vaticinando una divertida tarde si se unía a la reunión.

 —Bueno, pero solo un ratín, que tengo muchísimas cosas que hacer. —Se sentó en la mesa, frente a Geraldine y cogió una rosquilla, después se la mostró con parsimonia como si quisiera darle instrucciones de cómo proceder.

—Y entonces, ¿tendréis la investigación concluida antes de marchar a Toulouse?

—No lo creo, Agustín —contestó con cierta frustración Geraldine—. En Toulouse estaremos las dos primeras semanas de julio y hasta mediados de octubre no la habremos acabado. —Se giró y miró a Elvira buscando su confirmación pero esta seguía de espaldas rebuscando entre las estanterías—. Le comento lo de Toulouse, tu estancia, ¿Elvira? —Ella a lo suyo—. ¿Elvira?

—¡¡Elvira!!

—Ay, señor Agustín, qué susto, qué susto, qué susto, por Dios, ¡no grite de esa manera!

Elvira se dio la vuelta con quietud y miró a su profesor.

—¿Qué?

—¿Dónde estabas?

—Cerca de ti, queriéndote.

El profesor sonrió.

—Tú no sabes querer.

—Aprendo.

—¿Aprendes?

—Me enseñas.

—Poco he podido enseñarte yo, quizá una vez muertos… quizá con la eternidad por delante… quizá entonces…

—Quizá.

Geraldine se levantó, se colocó el abrigo y dijo que se marchaba.

—¿Ya, bonita? ¿Te pongo unas rosquillas en un táper y te las llevas? —preguntó Dolores levantándose también.

Dijo que no con cierta molestia, parecía que su delicada educación francesa se hubiera evaporado y el verdadero carácter estuviera rompiendo el cascarón. Se acercó al profesor y con un forzado abrazo se despidió. A Elvira le dio un beso en la mejilla izquierda y después abandonó el Huerto. Dolores la acompañó a la puerta y al cerrarla volvió al salón. Recogió el plato de rosquillas de la mesa.

—Cielo, ¿te quedas a cenar? —preguntó.

Elvira miró al profesor.

—Sí, hoy me quedaré. —Dolores salió y Elvira se sentó en la butaca junto a la de Agustín—. ¿Y si nos morimos ahora?

—Si nos morimos ahora tropezaremos con la eternidad y, entonces, aprenderemos a querernos. Así será, quizá.

—Quizá —contestó y cerró los ojos.

 

1 oct 2021

La otra

 

Desconocido

Nada más verla, en medio del descomunal hall de la Biblioteca Nacional, me supuse que era ella. Llevaba unos holgados pantalones blancos de lino y una vaporosa blusa azulada a juego de sus finas bailarinas. No era demasiado alta pero sí delgada, bastante, y con un bonito flequillo desfilado que capitaneaba una lisa melena castaña por debajo de los hombros. Parecía estar viendo a la Françoise Hardy de los años 60. Levantó la mano, supongo que sonreía, se le achicaron los ojos, pero con la mascarilla no estoy segura.

—Elvira, oh, Elvira, oh, oh…  —dijo cogiéndome una mano entre las dos suyas—. No sabes cuántas ganas tenía de conocerte. Agustín Pardos me ha hablado maravillas de ti.

—Está muy mayor —dije con una incómoda sonrisa. Y es que nunca sabía reaccionar ante ese tipo de situaciones. En primer lugar, su elegancia me aplastaba como una prensa en un desguace y, en segundo lugar, recibía los halagos como patatas calientes en la boca, rico pero duele; es lo que pasa cuando tu madre solo te ha estado llamando retrasada mental durante años.

Terminamos los trámites para acceder al interior de la biblioteca. Marcaron nuestros dispositivos electrónicos con una pegatina y un código y nos ofrecieron una cinta de la que colgaba una tarjeta de plástico identificativa. Las dos nos la colocamos en el cuello y cruzamos las puertas de cristal que daban al viejo pasillo de suelos de madera.  Crujían a cada paso, a ella no parecía importarle pero yo me ruborizaba con cada chasquido, quería ser invisible. Habían sido muchas las veces que había recorrido ese pasillo pero era la primera que lo hacía con un claro sentimiento de impostora.

—¡Disculpen! —exclamó una mujer de mediana edad que sostenía con los dos brazos una pila de revistas, nos estaba viendo subir las escaleras—. Eso es acceso restringido.

—Investigación —dijo ella mostrando su identificación del cuello.

—Investigación —repetí yo creyéndome Willows de CSI. Lo dicho, impostora.

Llegamos, dos pisos más arriba, a la Sala Larra. Y ella, marcando el paso como lo había hecho hasta ese momento, se sentó en una larga mesa del centro de la estancia.

—Antes de pasar a la hemeroteca, podemos charlar un poquito, ¿verdad? —Su acento era imperceptible. Echó un vistazo a su alrededor—. Y como no hay nadie por aquí, no creo que pase nada por quitarnos las mascarillas.

Se quitó la suya, una FFP2 azul oscura, la dobló con cuidado y la metió en un sobre de papel que dejó sobre la mesa. Sentí vergüenza al meter la mía, una quirúrgica blanca, hecha un gurruño en mi tote-bag. Sonreí.

—Podemos trabajar juntas. Agustín Pardos me ha hablado de tu interés en el proyecto de la Universidad de Toulouse. ¿Conoces Toulouse?

—Solo he estado una vez.

—Pero viviste en Francia, n’est-ce pas?

Me agarré del cuello con delicadeza disimulando una incontrolable agresividad pasiva.

—Sí.

Où?

—Lyon —contesté sonriendo de nuevo. Impostora.

—Oh, Lyon, Lyon, qué hermosa, ¡qué hermosa!

—Sí. Hermosa.  —Sonrisa.

El karma. Quien al cielo escupe…

—Toulouse tiene otra belleza, más natural.

—Natural. —Sonrisa.

—Y no es porque trabaje allí pero creo que la Universidad de Toulouse en Estudios Hispánicos aporta una diversidad difícil de encontrar en otras universidades, no sé si decir, más convencionales. ¿Entiendes a lo que me refiero? —Asentí con la cabeza—. Ahora, Elvira, nuestras líneas de investigación se cruzan y sería imperdonable dejar pasar esta oportunidad. Tratar el suicidio en literatura, bueno, en cualquier ámbito, sigue teniendo gruesas líneas de censura, apenas hay publicaciones, no es fácil, pero juntas, en un mismo proyecto… ¿Estás de acuerdo?

Madame Lemoine, yo…

—Oh, Elvira, s'il te plaît! Geraldine, Geraldine.

—Geraldine —dije nerviosa mientras me apartaba un pelo imaginario del medio de la cara—. Sé que Agustín solo quiere ayudarme y es cierto que estuve a punto de mudarme a Toulouse hace algo más de un año al conocer ese proyecto, eran otras circunstancias: la pandemia, la cercanía, algunas desavenencias con China… Pero ahora mismo, mi objetivo está en Madrid hasta finales del año próximo. Aun así podemos trabajar a distancia, por mi parte estaría encantada.

Se echó hacia atrás ajustándose la blusa a los hombros. Se repasó el labio inferior con la punta de la lengua y después dijo ladeando la cabeza:

—Tarde o temprano tendrás que instalarte en Toulouse. —Coloqué los dedos en el borde de la mesa, como si fuera a tocar un piano y apreté con fuerza—. Cuando termines tu periodo de investigación deberás dar clases, ¿entiendes esto?

Cuando termine mi periodo de investigación, me compraré una casa en medio de la sierra extremeña y viviré junto a Joan. Cuando termine mi periodo de investigación, es posible que esté completamente ciega. Por ello, cuando termine mi periodo de investigación, dedicaré los días, lejos de cualquier atisbo de vida humana, a intentar entender una existencia en obligada oscuridad y gestionaré mi odio a la humanidad empezando por Francia. Pero hasta entonces, Geraldine, trabajaremos juntas los tres meses que has venido a colaborar con mi universidad en Madrid, hasta entonces fingiré interés en tus proyectos y hasta entonces, Geraldine, seré impostora de mi propia vida.

—Claro, entiendo —dije. Sonrisa—. Ahora es mejor que entremos en la hemeroteca si queremos aprovechar la mañana. —Me puse en pie y sin ya vergüenza saqué la mascarilla de mi bolso, como si de un kleenex usado se tratase, y me la coloqué.

Por la tarde, bajaba la cuesta de Mesón de Paredes, en Lavapiés, hasta llegar al portal de Enrique. Subí el pequeño peldaño y presioné el portero automático.

—¿Sí? —preguntó su voz.

—Enrique, soy yo —contesté e inmediatamente después oí un clic. Volví a tocar, oí de nuevo el clic y silencio—. Enrique, voy al café de enfrente, te espero, baja, por favor. —Clic.

Pedí un café solo y me senté junto a la ventana. Saqué del bolso la última novela de Franz Werfel que había comprado. Acaricié la portada y la dejé sobre la mesa. Vertí un sobrecito de azúcar en el café y removí largo rato.

—¿Está libre?

—¿Qué?

—Esta, ¿está libre? —Una chica de poco más de 20 años sujetaba el respaldo de una de mis sillas.

—Sí, esa sí. La otra no.

Acerqué la silla que quedaba y puse mi bolso encima. Abrí el libro y empecé a leer. Al cabo de un rato sentí el bolso depositarse sobre la mesa. Giré la cabeza y vi a Enrique sentándose en la silla con las piernas abiertas y los codos apoyados sobre las rodillas.

—Hola —dije.

—No voy a pedirte perdón —dijo con la vista baja—, no me hubiera importado matarte.

—Hola —volví a decir. Levantó la cabeza y me miró—. ¿Quieres un café, camarada?