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18 feb 2021

Berghain sin consecuencias

 

The line at Berghain de Nicola Napoli


Salí del metro y crucé Gran Vía. Giré a la derecha y tomé San Bernardo. Me apreté el bolso contra la cadera y sonreí. Dentro llevaba el pasaporte de Verónica y el mío con sendos visados para poder entrar en China. Los acababa de recoger en el consulado. En un mes regresábamos a casa y mentiría si dijera que no estaba asustada.

—Hola —dije al entrar en la pequeña tienda de comestibles esquina con Daoiz—, vengo a recoger el pedido de Beatriz Vergara.

Uno de los dos hombres me sonrió y de debajo del mostrador sacó dos bolsas.

—Aquí. Aquí. ¿Vecina Beatris todo bien? —preguntó.

—Sí, muy bien, pero prefiere no salir de casa.

—Sí, bien, bien. Salir no. Todo pagado, marchas tranquila ya. Y decir a vecina Beatris muy, muy cuídate.

—Claro, yo se lo digo. ¡Gracias! —exclamé con una bolsa en cada mano.

Al llegar al portal, dejé las bolsas en el suelo y toqué al portero automático.

—¿Sí?

—Bea, soy yo, ábreme. Te dejo las bolsas en el ascensor.

—No, no, no, sube.

—No puedo, tengo que ir a Correos a mandarle el visado a Vero.

—No te cierran hasta las ocho. ¡Sube!

Resoplé y empujé la puerta. Entré en casa y dejé las bolsas sobre la mesa de la cocina. ¿Bea?, grité justo antes de lavarme las manos en el fregadero. ¿Bea?, volví a gritar cuando ya me las estaba secando con el trapo.

—¡En la terraza! ¡Échate el flis-flis antes de venir!

Miré a mi alrededor y en la encimera vi el Sanytol para muebles, me fumigué y tras sentirme como una planta lo volví a dejar en su sitio.

—El de la tienda me ha pedido que te diga que “muy, muy cuídate”.

—Seguro que ha sido Imran —dijo riendo—, su padre es más serio.

Me senté en el extremo del incómodo sofá chill-out. Bea, desde la otra punta, me lanzó su móvil. Mira, dijo. Había una foto de Markus con pantalones cortos de deporte, sin camiseta, con un cinturón de herramientas y cargando el marco de una ventana mientras sonreía a la cámara.

—¿Es el nuevo anuncio de Coca-Cola? —pregunté.

—¿No es espectacular?

—Lo es —afirmé y, tras mirar la foto por última vez, le lancé el móvil de vuelta.

Beatriz me contó cómo iban las obras de su casa en Múnich, de lo apañado que era Markus, de la suerte que había tenido con él, de lo poco que lo había valorado en todo este tiempo, de la diferencia de edad, de su inteligencia y honestidad, de lo difícil que era volver a follar con media teta menos y carente de ganas, de su empatía, de su humor, de su cinturón de herramientas, de su martillo… Beatriz brillaba. Beatriz brillaba otra vez.

—Cómo me alegro —dije.

—¿Vendrás? —No contesté, así que lo repitió de nuevo—. ¿Vendrás a verme?

—¿A Múnich? Yo… —Acaricié mi bolso en el regazo y pensé en los pasaportes de dentro—. Me voy a China.

—Lo sé, por eso te lo propongo. A la vuelta, en julio, cuando regreses a España, durante las vacaciones de verano. Coge un vuelo que haga escala en Múnich y quédate una semana conmigo.

—Yo…

Y mi cabeza voló. Voló a 2009 o 2010, ya no lo recuerdo. Acababa de aterrizar en Frankurt, venía de Estados Unidos, donde trabajaba como profesora en una universidad. Corrí a la puerta de embarque para coger el último avión que me llevaría a Bilbao. Al llegar encontré un gran tumulto de gente sobre el pequeño mostrador de la puerta de embarque y sobre una diminuta oficina de información de Lufthansa que estaba enfrente. La gente parecía enfadada y las azafatas de pañuelito amarillo agitaban las manos pidiendo espacio. Observé aquella escena durante un par de minutos, luego me quité los auriculares y los chillidos de unos y otros hicieron que me riera sin ningún tipo de consciencia.

—¿Qué pasa aquí? —pregunté al aire todavía divertida.

—Se han cancelado todos los vuelos —contestó una chica joven sentada en el suelo, junto a la pared de los baños. La miré, me pareció simpática, quizá por su fuerte acento gallego—. Hay un volcán en Islandia que ha entrado en erupción.

—Vaya…

—¡Hola! —dijo el chico que acababa de salir del baño. Ayudó a levantarse del suelo a la gallega y luego me preguntó—: ¿También vas a Santiago?

—¿Santiago de Compostela? No, no, no, voy a Bilbao.

—Cancelado también. Todos cancelados.

—Ya se lo he dicho yo.

—Lufthansa te da la opción de pasar la noche en Frankfurt, en un hotel —continuó el chico—, pero nosotros nos vamos a Berlín.

—Oh, ¿también te dan la opción de pasar la noche en un hotel de Berlín?

Los dos se rieron. Por supuesto que no. No había nada en Frankfurt así que querían llegar esa misma noche a Berlín, a Berghain.

—¿Berghain? ¿Es un barrio bonito?

Y la pareja volvió a reírse.

—¿Pero tú de dónde has salido? ¿Dónde has estado metida?

—En West Virginia.

Las risas nos unieron de inmediato así que poco más hizo falta para liarme la manta a la cabeza e irme con ellos. Recogimos las maletas y las dejamos en consignas, al día siguiente estaríamos de vuelta, el servicio no sería tan caro. Y mientras el gallego se hacía cargo de comprar los billetes de tren, yo llamé a mi madre.

—¿Cómo que hay humo en el cielo?

—Sí, mamá, los pilotos no pueden ver nada, así que me quedo a pasar la noche —dije apretando los ojos, mentir no mentía, porque a pesar de tener 30 años hablar con mi madre era estar justificándome siempre como si tuviera 12.

—¿La noche? —Lo único que había entendido mi madre—. ¿La noche con quién? ¡¿Con quién?! —Y es que el mote de Margaret White se le quedaba corto en muchas ocasiones—. Escúchame bien, ELVIRA CATALINA (sí, es mi segundo nombre) REBOLLO GARCÍA, ¡ni humos ni humas!, ¡ni noches ni nochas! Como si tienes que venir andando desde Alemania, pero hoy llegas a Bilbao sí o sí, como que me llamo MARÍA DEL CARMEN GARCÍA EXPÓSITO, ¿me oyes, sinvergüenza?

Clic.

El viaje en tren fue divertidísimo. Recuerdo que nuestras escandalosas risas molestaban a todo el vagón. Hablamos de nosotros, de lo que hacíamos y de lo que nos gustaría hacer en el futuro, porque pensábamos que teníamos futuro, pero ya no recuerdo casi nada de ellos, ni siquiera sus nombres. Se han etiquetado en mi memoria como la pareja gallega de Berghain.

Me explicaron que iba a asistir a la experiencia más increíble de mi vida. Berghain era el mejor club techno del mundo, instalado en una impresionante antigua central eléctrica de la Alemania del este.

—¡Es la catedral de la música electrónica! ¡No hay nada parecido en ninguna parte del mundo!

—Vaya… —contestaba yo absolutamente fascinada aunque en mi vida hubiera escuchado techno, un poquito a Chimo Bayo en los 90 y ya, pero me daba igual, ¡lo estaba flipando!

Durante el viaje ensayamos la manera de permanecer en la cola que se formaría antes de entrar en el club. Me explicaron que Berghain era conocido por su estricto derecho de admisión, que al mismo tiempo nadie sabía definir cuál era exactamente. La ropa, por ejemplo, no era un asunto cuestionable, y lo agradecí porque llevaba mis botitas de borrego tan poco sofisticadas. En lo que sí parecía coincidir mucha gente es que al personal de la puerta no les hacían especial gracia los extranjeros.

—Así que vamos a permanecer en silencio.

—En silencio —repetíamos la chica y yo.

—No pueden saber que somos españoles.

—No pueden —nosotras.

—Si nos dicen algo en alemán, decimos: Nein!

—Nain! —repetí.

Nein! —me corrigieron ellos.

—Y si nos siguen preguntando, decimos: Ja, ja, natürlich!

—Ya, ya, natirrlij!

Ja, natürlich!

—Ya, nain!

Nein!

—Nain, natirrlij!

Natürlich!

Nein!

Ja!

El alemán sentado a nuestro lado nos miraba como si fuéramos un grupo de jóvenes con discapacidad mental.

Por fin llegamos a Berlín, comimos algo y bebimos bastante en un club no muy alejado de la estación. Tras preguntar y estudiar las diferentes maneras de llegar, a las 23.40 p.m., estábamos haciendo cola frente al grotesco edificio de la discoteca.

—¡Parece un manicomio! ¡Me encanta! —grité.

—¡Ssssssht! —los gallegos.

Los casi 50 minutos de espera, nos los pasamos hablando entre señas y muriéndonos de la risa.  Recuerdo el intenso dolor de vejiga. Recuerdo gente en la cola con tachuelas en la cara mirando mis botitas de borrego. Recuerdo el látex y los focos que permanecían encendidos ahora sí y ahora no. Recuerdo la gravilla carcelaria del suelo. Recuerdo avanzar poco a poco y al hacerlo aplaudir entre carcajadas. Recuerdo los agravios de aquellos a los que no les habían permitido entrar. Recuerdo las luces de colores de algunas de sus ventanas. Recuerdo el murmullo intenso. Recuerdo que nos tocó el turno. Recuerdo estar frente a la enorme puerta de metal de la entrada. Recuerdo que instintivamente le di la mano a la gallega porque sentí miedo. Recuerdo a dos hombres delante y a uno detrás que nos observaban sin decir nada.

Uno de los de delante hizo una seña al de detrás. Y el de atrás dijo:

Not today.

Lo miramos, era gordo, tenía un largo abrigo negro que lo cubría entero, pensaba que iba a sacar una pistola y nos iba a matar, sentí que nuestras vidas valían muy poco... y quizá por eso dije:

—Ya, ya, natirrrlij…

La tensión se tornó en carcajadas. Salimos de la cola muertos de risa, casi no podíamos ni caminar. Al alejarnos del recinto vallado de Berghain, buscamos un arbusto y meamos los tres. Y a partir de entonces poco puedo recordar: un autobús, un club, cerveza, gritar not today cada vez que brindábamos, bailar al ritmo de las luces y no de la música, la boca de un alemán, más cerveza, besos, not today, buscar una botita de borrego, viva Galicia, más besos, las risas, los focos a destiempo, sujetar la botita de borrego entre mi pecho, otro alemán, otro beso, cerveza, viva Islandia, ja, ja, natürlich, más techno, dolor de vejiga, viva Margaret White…

A los dos días aterricé en Bilbao, lo que pasó en ese intervalo de tiempo lo borré de mi memoria. Solamente puedo recordar sentirme completamente borracha de inconsciencia y libertad.

—Elvi, vamos, dime ¿vas a venir a Múnich? —insistió Beatriz.

—No sé cuándo dejé de sentir la libertad de poder elegir sin medir las consecuencias. No sé cuándo la responsabilidad se transformó en un bloque pesado de acero que cargo en brazos. Me siento tan encadenada a una enfermedad, a una ceguera que me aterra, que he dejado de atender al qué más dará. Ahora todo importa, claro que importa y tanto importa que es necesario medir su nivel, para que nunca la importancia se desborde y duela de esa manera tan incómoda. Qué incómodo es sentirte culpable y qué ingrato. Y yo me preguntó ¿por qué nos sentimos culpables si nuestros actos carecen de responsabilidad? ¿Cómo puede haberla si nunca tuvimos elección de participar en esta vida? Responsables los otros, los anteriores a nosotros que por su capricho nos arrebataron el poder de seguir no existiendo. Cómo puedo ahora elegir sin medir las consecuencias, cómo puedo hacer de mi vida un derecho de admisión, un not today.

Beatriz me miró perpleja.

—¿Eso es un sí o un no?


9 dic 2020

La última lista

 

Jack y la muerte de María Rosario Pita Villares

Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig —repitió Markus por tercera vez.

Elvira se volvió a desplomar sobre el sofá muerta de risa.

—Por favor, otra vez, otra vez, otra vez… —suplicaba.

Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig —dijo por cuarta vez.

Beatriz entró en el salón con un vasito de café para su amiga. Lo dejó sobre la mesita y se sentó en el sillón frente a ellos. Los miraba sin entender muy bien de qué se reían. Quizá por sentirse desplazada o ausente, no lo sabía. Hacía casi dos meses que no veía a Elvira. Terminó la quimio en noviembre y todo parecía estar bien o eso era lo que le habían dicho. Lo cierto es que pocas ganas tenía de salir a la calle y hacer vida normal, la pandemia estaba siendo la excusa perfecta para no ver a nadie, presentía que las cosas no volverían a ser como antes. Algo se había roto dentro de ella.

—Ahora di: cuarenta y cinco mil setecientos cincuenta y cinco —dijo Elvira.

Fünfundvierzigtausendsiebenhundertfünfundfünfzig —tradujo obediente Markus.

Elvira esta vez se dejó caer boca arriba sobre el sofá, se ahogaba con su propia risa. Markus también se echó a reír.

—Vale, ahora di —dijo Elvira recobrando un poquito de aire—: ciento sesenta y nueve mil…

—No, ya está bien. Ya está bien, son números, son solo números —interrumpió Beatriz—, ya vale.

Elvira se incorporó en el sofá sin decir nada. Markus se levantó y le explicó a Beatriz, en alemán, que bajaba a hacer unas compras. En silencio las dos amigas oyeron la puerta de la calle cerrarse, estaban solas.

—¿Tiene azúcar? —preguntó Elvira levantando el café.

—¿Eh? Sí, tres cucharadas.

—Vale, gracias por la diabetes.

Aunque no quería, a Beatriz se le escapó la risa.

—Markus me ha hecho la pregunta, ¿sabes? —dijo Beatriz. Se levantó y se sentó en el sofá, junto a su amiga, aunque con un espacio en medio.

—¿Qué pregunta?

Beatrgggis, ¿qué somos?

—¡Ah, la pregunta! ¿Y?

—Bueno, no quiero entrar en conflictos ni en definiciones sentimentales, no quiero nada que me exija pensar demasiado, así que… bueno, él me explicó que consideraba que llevábamos tiempo suficiente para tener algo más serio y que bueno, que me quería y que bueno… que veía un futuro conmigo y entonces me habló de formalizar lo nuestro y yo le dije que vale.

—Vale.

—Vale.

—Ajá. Se te ve contenta. Muy contenta.

—Elvi…

—Bea, vamos, míralo por el lado positivo, ¡es un tío de 32 añitos que puede decir 100 consonantes seguidas sin ahogarse! ¡Vivan los cunnilingus alemanes!

Y las dos se empezaron a reír como adolescentes. Después Elvira sacó un papelito doblado del bolsillo del pantalón y dijo:

—Es más, con tu permiso me lo voy a anotar en mi lista: Cosas que hacer antes de morir.

—¿De verdad tienes una lista así?

—La idea me la diste tú en aquella fatídica videollamada.

De la mesita  cogió un lápiz y empezó a señalar el papelito mientras decía en voz alta:

—Cunnilingus con un alemán mientras me recita los números del uno al cien mil.

Beatriz se rio tanto que le pidió que le leyera la lista entera. Elvira al principio se negó, le explicó que era algo muy íntimo, pero después de un par de minutos empezó a leerla, parecía que lo estuviera deseando.

—Uno: viajar a Svalbard y ver un oso polar. Dos: quemar una tienda de vestidos de novia. Tres: pasar una noche con Jake Gyllenhaal para que me explique el final de Donnie Darko. Cuatro: celebrar con una fiesta loca la separación de Almudena y su mierda-coach. Cinco: recorrer todos los pueblos españoles en caravana con Joan durante un año. Seis: disolver laxante para caballos en la cerveza de Ernesto Garmendia. Siete: cunnilingus con un alemán mientras me recita los números del uno al cien mil. ¿Qué te parece?

Beatriz aplaudió y gritó que ella también quería una lista, así que Elvira fue a la cocina y rebuscó en el primer cajón de la encimera, sabía que su amiga siempre dejaba allí post-it y bolígrafos. Al regresar al salón le dio un boli negro y un papelito verde y mientras se bebía el café, ya frío, dejó a su amiga anotar sus últimas voluntades.

Después de un rato, Bea le avisó de que había terminado.

—De acuerdo, dime.

—¿Empiezo así sin más?

—Claro, mujer, ¿cómo quieres empezar? Venga, lee tu lista.

—Vale, pero son solo tres tonterías.

—Vale.

—Vale, ¿empiezo?

—¡Beatriz!

—De acuerdo, de acuerdo, vale. Uno: interpretar un papel protagonista en la Hebbel am Ufer. Lo forman tres salas de teatro alternativo de Berlín, ¿sabes? Pero, bah, es una tontería, es imposible, es… qué idiota soy...

—¡Oye! ¿Idiota? Te recuerdo que yo voy a pasar una noche con Jake Gyllenhaal. Sigue.

—Vale —y se retiró un cortito mechón de la frente—. Dos: visitarte en China y follarme a chino.

Y las dos amigas rompieron a reír como tontas. Beatriz se tapaba la cara con el papelito verde mientras que Elvira la señalaba entre carcajadas. Cuando se tranquilizaron, Beatriz retomó la lista.

—Y la última. Tres —cogió aire y lo mantuvo unos segundos antes de hablar—. Tres. Tres… Tres: casarme con Darío.

Elvira la miró sosteniendo una triste sonrisa. Quería abrazarla pero sabía que no podía. Se contuvo pero se le saltaron las lágrimas, quizá porque no reconocía en aquella mujer tan delgada, de pelito tan corto y tan insegura a su amiga. No reconocía a la amiga que tan solo ocho meses atrás estaba tan llena de vida. Ahora, a pesar de estar limpia, poco quedaba de ella.

—Bea…

 —Elvi…

—Te estoy abrazando.

—Lo sé. Lo sé…

Lloraron juntas, en silencio y a metro y medio de distancia.

Al llegar Markus, Elvira pensó que debía marcharse, así que se despidió de su amiga y le prometió llamarla al día siguiente. Markus la acompañó a la puerta y le regaló un breve siebenhundertvierunddreißig, Elvira sonrió y con un gracias entró en el ascensor.

De vuelta al salón Markus se sentó junto a Bea en el sofá y, al ir a retirar el vaso de café, encontró el papelito doblado de Elvira.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras lo desdoblaba.

—Nada, nada, es la lista de… Venga, no lo leas, es muy íntimo, cosas de Elvira, no lo leas.

Pero ya era demasiado tarde y Markus empezó:

—Dos cajas de leche, ½ docena de huevos, tranchetes, pasta (dos de espaguetis y una de macarrones), atún… ¿En serio que para los españoles la lista de la compra es algo íntimo?

Beatriz empezó a reírse y a llamarse a sí misma idiota.

—A veces sí… —contestó.

8 sept 2020

Ponle salsa

Nail-Polish de Alessio Franceschetto


Saliendo del supermercado a media mañana, el móvil me vibró, lo saqué con intención de saber quién era y volverlo a meter en el bolso. Mi misantropía iba en aumento, sin embargo vi que era Bea. Contesté con cariño. Me contó que Markus le iba a preparar una fiesta de cumpleaños.
—¿Tu cumpleaños no fue el 23 de abril? —pregunté.
—No, el 3 de mayo, tonta del culo.
La cosa era buscar una excusa para celebrar algo en esos momentos tan apagados para ella, así que mintió a Markus. Quería una fiesta. Quería ver a sus amigos. Quería reírse un poco. “¿Sabes, Markus, que la próxima semana es mi cumple?”, le dijo. Recordemos rápidamente que Markus era un jovencísimo alemán que Bea sacó de Tinder para poner celoso a Darío, pero que por diferentes circunstancias fueron quedando y poco a poco parecía que tenían algo más serio, aunque por el momento Markus no le había planteado la mítica cuestión germana de pareja: “Cariño, ¿qué somos?”.
Cuatro días más tarde, Almu, Darío, Enrique y yo estábamos en el ascensor subiendo a la casa de Beatriz.
—¿Entonces es una fiesta sorpresa? —preguntó Darío.
—Sí —contestó Almu—, hablé con Markus. A ver, Bea claro que sabe que venimos, la idea ha sido suya pero Markus piensa que es sorpresa y que todo lo está organizando él.
—Joder, esto no tiene ningún sentido —dijo Enrique.
—Que tú estés aquí y no en Poitiers tampoco tiene demasiado sentido —contesté.
—Ya te estás yendo un poquito a la mierda, Elvi —Enrique.
—¿De qué es la tarta, Almu? —preguntó Darío.
—De mango —contestó.
—¿De mango? —pregunté.
—¿Y de lo de su cáncer qué? ¿Es en plan chungo o qué? —Enrique.
—No sé, después de comerse una tarta de mango quizá —yo.
—¿Y tú qué has traído si se puede saber? —preguntó Almudena molesta.
—¿Yo? Una lata de berberechos.
—Vale, y cuando abra la puerta ¿qué gritamos?, ¿sorpresa? —Darío.
—Eres una cutre, Elvi —Almudena.
—Cada uno que grite lo que le salga de los huevos —yogui Enrique.
Y la puerta se abrió y todos gritamos a la vez:
—¡Sorpresa! —Almudena.
—¡Messi no! —Darío.
Habeas corpus! —Enrique.
—¡Mango! —yo.
Beatriz puso los ojos en blanco y nos llamó imbéciles, luego nos pidió que lo repitiéramos más tarde porque Markus estaba en el baño y debía escucharlo para creer que era realmente una fiesta sorpresa. Así que nos cerró la puerta y pasado un minuto tocamos el timbre. Al rato, junto a Markus, abrió de nuevo y todos gritamos:
—¡Sorpresa! —Almudena.
—¡Miguel Bosé! —Darío.
—¡Emiratos Árabes! —Enrique.
—¡Cómemelcoño! —yo.
Beatriz empezó a agitar las manos frente a sus ojos como si quisiera secarse unas supuestas lágrimas, y empezó a lanzarnos besos desde la distancia. Markus aplaudió, grasias, grasias, decía.
Entramos y fuimos a la terraza. Beatriz se sentó la primera y el resto nos colocamos en los sitios libres manteniendo la distancia de seguridad con respecto a ella. Desde que enfermó casi no nos veíamos y si lo hacíamos siempre con mascarilla y nunca más cerca de metro y medio, es que tengo miedo, me explicaba hacía 3 semanas, tengo mucho miedo. Markus empezó a repartir las bebidas con comentarios jocosos en español. Lo miré con cierta sorpresa y dije:
—Vaya, Markus, tu español ha mejorado mucho.
Grasias, ¡soy alemán!
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Alemanes siempre todo bien hacen.
—Oh, sí, sí, es verdad, la historia lo confirma.
La noche estaba transcurriendo tranquila. De vez en cuando alguien alzaba su botellín y brindaba por Bea, ella como si estuviera recogiendo un Oscar nos repetía lo mucho que nos quería y que sin nosotros no podría salir adelante, todos aplaudíamos y le lanzábamos besos hasta que alguien, al de un rato, volvía a alzar su botellín.
En un momento de la noche, al salir del baño, fui a la cocina, lo cierto es que tenía hambre. Allí me encontré a Bea apoyada en la ventana que daba al pequeño patio interior.
—Qué, Bea, ¿tú también tienes hambre?  —pregunté dándole la espalda para abrir la nevera. No me contestó. Al darme la vuelta con el fuet en la mano me di cuenta de que estaba llorando, llorando de verdad—. ¿Qué pasa, loca?
—Estoy muerta de miedo…
Dejé el fuet en la encimera y me apoyé en la puerta del frigorífico.
—Las cosas no deberían ser así, Elvi, las cosas no las había planeado de esta manera, ¿sabes? Yo ahora tendría que estar contando los días para regresar a Berlín, para darme otra oportunidad en el teatro, para beber cervezas interminables en Kreuzberg, para follarme a 200 alemanes cada semana… Y mírame, me han quitado un trozo de teta y me están achicharrando a quimio. No, Elvi, las cosas no deberían ser así, yo no elegí esta mierda…
Hubo un largo silencio.
—¿Sabes que Almudena ha comprado tarta de mango? —dije.
—¿Qué? —preguntó levantando la cabeza.
—Y me la tendré que comer, ¡y te aseguro que yo esa mierda sí que no la he elegido!
Bea se empezó a reír y a llorar a la vez, se bajó la mascarilla y se llevó las manos a la cara. Eres una imbécil, eres una imbécil, me decía.
—La vida nos la tenemos que tragar, Bea. Si no te gusta ponle kétchup, pero te la vas a tragar sí o sí. No hay más.
No añadió nada. Se sonó los mocos con una servilleta de papel y esperó a que partiera algo de fuet y a que me lo comiera mientras me decía una y otra vez que, con ese corte de pelo, más que a Patti Smith, me parecía a Brian May.
A última hora, Markus trajo la tarta de mango a la terraza y dos velas, una con el número 3 y otra con el 4. Una vez en la mesa, las colocó sobre la tarta formando la cifra 34 y las prendió.
—Markus, están mal —dijo Enrique—. Las velas están al revés, son 43.
Markus lo miró desconcertado y luego dirigió la vista a Beatriz quien con tono meloso le explicó:
—No le hagas caso, cariño, Enrique es un bromista. Están perfectas. Este año cumplo 34 y si todo va bien, el próximo 35. Y a quien no le guste que le eche kétchup. —Se bajó la mascarilla y sopló las velas.

29 ago 2019

En la cama con Heidegger

Martin Heidegger de David Levine


Almudena estaba rota de la risa escuchando las anécdotas de Beatriz en Berlín. Me encantaba verla así, sobre todo esa noche. Me hacía sentir un poco menos mala amiga.
Aquella tarde estaba frente al ordenador resoplando, llevaba en aquella postura 3 horas, cuando me llamó Almudena para invitarme a la inauguración de su nuevo piso. Me llevé el móvil a la frente y pensé rápidamente una excusa para no ir. No es que no quisiera, es que la liada que tenía encima era cuanto menos surrealista. Por la mañana, la Decana Wang me había llamado desde China, al ver su nombre como llamada entrante me hizo presagiar lo peor, y así fue.
—¿Que se ha confundido Novela Realista con Realismo Social?
—Eso es, Elvira. Ayer cuando recibimos tus programas nos dimos cuenta de que debió de haber problemas con la traducción y de ahí la confusión.
—¿Confusión? No es una confusión, Profesora Wang, ¡es un tremendo error a una semana de empezar las clases!
Joan, que estaba sentado a mi lado en el sofá, me pidió que me calmara gesticulando con las manos. Lo hice, bueno, lo intenté.
—Lo siento, Profesora Wang, estoy un poco nerviosa porque no me esperaba que se pudieran confundir los nombres de mis asignaturas. Y, ahora que sé que en verdad imparto Novela Social y no Novela Realista, me supone volver a empezar, prepararlo todo de nuevo, y no tengo ni 7 días para hacerlo.
—Oh, Elvira —dijo riéndose—, estate tranquila, por favor, confiamos en ti, lo prepararás muy bien y los alumnos seguirán encantados contigo, eres una profesora extraordinaria, todos los dicen. Bien, nos vemos la próxima semana, cuídate.
Y así se lavó las manos, señores. Los chinos eran únicos en pasarte un marrón y, encima, hacer que estuvieras orgullosa de él.
—Almu, es que… de verdad que hoy no puedo, ni te imaginas la que tengo encima…
—Ya, claro, pero me hace tanta ilusión.
Y es que cuando tu amiga, tu buena amiga, la que quieres con locura, pronuncia la palabra “ilusión” después de haber pasado unas semanas horribles, te doblegas.
—Vale, ¿pero te importa que lleve a Darío y a Beatriz? —La preocupación de la confusión de China no me iba a dejar disfrutar de la noche, así que qué mejor idea que llevar a tus dos amigos actores como parapeto—. Son amigos del primer máster. Yo creo que te los presenté, pero igual ni te acuerdas, hace 9 años, claro. Son majísimos, se marcharon de Madrid un tiempo y, hará cosa de un año, nos hemos vuelto a juntar. Te partes con ellos, de verdad.
Por suerte vivía en Madrid y traficar con amigos era de lo más habitual, porque de haber estado en Bilbao esta situación hubiera sido imposible:
—Elvi, ¿cómo que quieres traer a dos amigos de fuera a la cena de la cuadrilla?
¡Alerta, alerta! ¡Muros de contención social elevados! Vale, soy un poquito exagerada, no es así exactamente, por supuesto que alguien que no pertenezca a una cuadrilla bilbaína puede pasar un rato en ella, siempre y cuando entregue las 4 cartas de recomendación firmadas por uno o más miembros de la cuadrilla y se asegure que su estancia sea absolutamente esporádica. Es decir, bajo ningún concepto se admitiría la repetición del convite, evitando así el riesgo a una posible permanencia indefinida. Y es que Bilbao es un poquito cerrado, a ver, entiéndase cerrado como: hermético, impenetrable, sellado e inaccesible. Pero por lo demás es una ciudad preciosa, y más ahora con el Guggenheim.
—¡Claro! —exclamó Almudena—. Pensaba en un mano a mano, tú y yo, pero me encanta que vengan, además ahora que te vuelves a China me conviene conocer a gente. Perfecto, pues avísales, a las 20:30 en casa.
Y allí estábamos, llevábamos sentados casi 4 horas en el salón del nuevo piso de alquiler de Almu. Nos habíamos trincado, además de la cena, dos botellas de vino (íbamos por la tercera) y unas poquitas de cervezas.
—¡Te lo inventas todo, Bea, por favor! —gritó Darío muerto de la risa.
Beatriz apoyó los codos sobre la mesa y se escondió la cara entre las manos, como si aquello le fuera a devolver su tono serio, el que había perdido hace algo más de una hora relatando todo tipo de desvaríos en Alemania.
—Os lo digo en serio, los hombres alemanes son así, ¡no me lo invento! Mira, tú conoces a un tío que te gusta, ¿no?, yo por ejemplo, en el bar donde trabajaba, siempre llegaba un tío im-pre-sio-nan-te. No os hablo de un lechoso, era un morenazo de ojos verdes, mezcla de turco y alemán, ¡lo más! Entonces mi cerebro reconoce que me gusta, lo miro, él me mira, lo sonrío, él me sonrío, mi cerebro reconoce que yo le gusto. Me acerco, le pregunto si quiere que le sirva otra cerveza, me dice que sí, le guiño un ojo, me sonríe con timidez y agacha la cabeza, mi cerebro reconoce que esa noche me lo tiro. Bien, ¿qué pasa finalmente?, que el tío paga y se va, ¡se va!, ¿se va?, ¡sí, se va! Conclusión, sus señales no corresponden a las nuestras, las únicas señales que entiende un alemán son verbalizar un alto y claro “me gustas, tío”. Si no, os aseguro que no lo captan, creo que piensan que les faltan parámetros para entender la situación pre apareamiento.
Todos nos reímos. Almudena me sirvió más vino.
—Me encanta esta chica —me dijo llenándome la copa.
—Así que, claro, cuando conocí a Karl anduve más espabilada. Me lo presentó una amiga en una fiesta, y lo mismo, miradita por aquí, sonrisita por allá y pensé: si seguimos así, otro que se me va. Fui directa, y le propuse ir a mi apartamento, lo entendió y yo entendí lo mal que lo había hecho hasta el momento, porque llevaba 5 meses en Berlín y seguía casta y pura.
—Los parámetros, Bea, los parámetros —dijo Darío. Me hizo mucha gracia, me divertían sus puntualizaciones.
—Eso debió de ser. La cosa es que yo estaba loca con mi novio alemán, y mi novio por aquí y mi novio por allá, llevábamos 3 meses y todo iba fenomenal, hasta que un día después de follar, me pregunta: “¿Beatrgggis, qué somos?”, coño, que se me pone existencialista… “¿Qué somos?”, repitió. Yo de verdad que estaba completamente perdida, pero tampoco quería que pensara que era una simple, así que le suelto: “Somos Dasein, cariño”.
Darío y yo rompimos en un verdadero ataque de risa. Él empezó a aplaudir, y yo me tuve que poner de pie porque de la risa empezaba a faltarme el aire.
—¡Mira, cómo se ríen estos! ¿Qué hubierais hecho vosotros? Heidegger es muy socorrido para estos momentos. Conclusión, mi Karl de existencialista tenía más bien poco, lo que me estaba preguntando era que si éramos novios formales o si lo nuestro era un rollito.
—¿Y tú que le dijiste? —preguntó Almu porque Darío y yo seguíamos descompuestos.
—Uy, yo me hice la tonta, no le iba a decir que llevaba teniendo novia desde hacía 3 meses, le hubiera explotado la cabeza. Así que en ese momento acordamos que éramos una pareja formal, establecimos nuestro aniversario y él lo anotó en su Google Calendar, y todos contentos.
—Qué diferente de un español, ¿verdad?
—La noche y el día, Almudena. ¿Quieres más vino?  —le preguntó ya rellenándole la copa sin esperar respuesta. Habían congeniado muy bien las dos, y eso me gustaba. Mirándolas me volví a sentar—. Bueno, pues esperad que viene lo mejor… Llegó el año de noviazgo, ¿no?, y todo muy bien si no fuera porque el chico había establecido únicamente dos días a la semana para follar.
—¿Cómo que dos días establecidos?, no entiendo.
—Ni yo, Darío, hijo, eso no lo entiende nadie. A ver, nunca se establecieron como tal de forma oficial, pero sutilmente los martes y viernes eran los únicos días que follábamos. Al principio pensé que era casualidad hasta que un domingo le empecé a meter mano y me dijo claramente que no faltaba tanto para el martes, que no fuera impaciente.
—Hostias… —dijo Almu mirándome, buscando cierta complicidad, pero yo había entrado en el bucle de la risa tonta y todo me parecía ya un despropósito—. ¿Y qué hiciste?
—Uy, pues buscarme a otro.
—¡Muy bien, Bea! —aplaudió Almu.
—No, no, no, pero sin dejar a Karl, ¿eh? Claro, yo ahora soy una cuarentona a la que, sinceramente, muchas veces le da pereza follar, pero con treinta y pocos era lo único que me apetecía hacer, ¡por favor! Así que no podía dejar a Karl, porque yo me imaginaba que sería lo mismo con el nuevo. Por lo tanto, que si uno establecía los martes y viernes, el otro podría hacerlo los miércoles y domingos y, amigos míos, ¡así me hacía la semanada!
Darío se levantó y con las manos en alto empezó a alabarla.
—¡Eres la mejor, Bea!
Yo intenté hacerlo también pero entre el pedo que llevaba y la risa que no me daba tregua, aborté el plan.
—Así que conocí a Otto, y lo mismo: sonrisita, miradita, “me gustas, tío”, tres meses de probaturas, y la pregunta: “¿Beatrgggis, qué somos?”, y claro, llegados a ese momento, y compartiéndolo con Karl, yo ya lo tenía muy claro: “tú no sé, yo bastante puta”. —Todos explotamos en carcajadas y aplausos—. Ah, y nuestros dos días fueron los lunes y los sábados.
Cogí una servilleta y me sequé los ojos, parecía una vieja pero me había hecho reír tantísimo que no podía parar de llorar. Adoraba a Bea y su sentido del humor, era imparable.
—Y ahora, Bea, ¿sales con alguien? —preguntó Almudena.
La atmósfera cambió de color y yo me arrepentí de no haber hablado antes con Almu para contárselo, ni me di cuenta, de hecho se me había olvidado, Beatriz hacía que siempre se nos olvidara.
Darío y yo quedamos en silencio, un silencio espeso, intencionado, cobarde.
—No, Almudena —respondió Beatriz—. Ahora no salgo con nadie. —Nos miró pero yo agaché la cabeza y la oí continuar—: Mi chico murió hace año y medio, con su moto, volviendo de trabajar.
—Oh, lo siento muchísimo, Beatriz, siento haberlo preguntado, si es que a veces… Lo siento mucho.
—Gracias, no te preocupes, de verdad. Pero, sí, fue un golpe duro, porque era español, si hubiese sido alemán la pérdida no habría sido tanta.
Y, sin querer, nuevamente me brotó la risa tonta, Darío no tardó en seguirme y Almudena, aunque le daba cierta vergüenza, terminó riéndose con nosotros, y es que Beatriz era esa mujer que sobrevivía haciendo de la vida un continuo chiste, porque si no, según ella, no merecía la pena vivirla.
—Bueno, cuando paréis de reír, os cuento mi verano en Nueva Delhi y cómo conocí a Suhas, pero antes abrimos otra botella, ¿no?