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13 feb 2021

Las videollamadas las carga el diablo II

 

Operadora. Autor desconocido.


Videollamada. En la pantalla de un ordenador aparece la cara de tres mujeres residentes en Madrid. Llevan 11 meses teletrabajando debido a una pandemia que afecta al mundo entero porque un chino se comió un murciélago en diciembre de 2019.

En la línea de arriba, a la derecha aparece Almudena, 44 años, bibliotecaria en la UCM, madre soltera desesperada por un hijo preadolescente incombustible. Melenita corta y flequillo recto. Sin maquillaje y con gafas grandes azules de pasta. Camiseta negra de tirantes de los Montana Stomp diseñada por Joan, pareja de Elvira.

A la izquierda, Elvira, 43 años, profesora (online) de literatura en una universidad china. Corte de pelo ochentero a capas y flequillo, ella cree parecerse a Patti Smith pero se acerca más a Brian May. Camiseta gris y chaqueta de punto americano, ella cree parecerse a Arthur Miller frente a su máquina de escribir pero se acerca más a Velma de Scooby-Doo.

Abajo, Beatriz, 41 años, alma de actriz pero cuerpo de administrativa en la empresa de su padre. Superviviente de un reciente cáncer de mama. Pelito muy corto por las secuelas de la quimio. Camisa vaquera, cerrada hasta el cuello. Gloss nude en los labios, fino colorete rosado y pendientes largos de pluma.

ELVIRA.— No lo entiendo, ¿te ha dejado o no te ha dejado?

BEATRIZ.— No. Markus no me ha dejado, ayer me lo explicó. Tenía cosas que hacer.

ELVIRA.— ¿Se marchó a Múnich solo y luego estuvo dos semanas sin llamarte porque tenía cosas que hacer? Pues sí que era larga su to-do-list.

ALMUDENA.— O igual se le desconfiguró su Notion y ya no supo qué pasos seguir.

(Las dos mujeres se ríen.)

BEATRIZ.— No lo entendéis. Los hombres alemanes son así, priorizan.

ELVIRA.— Pues mejor me lo pones. A ver, Bea, debes darte cuenta de que es raro. Markus es un tío genial, no hay debate, todas lo querríamos como novio: sexi, inteligente y divertidísimo pero…

ALMUDENA.— ¿Por qué Markus te cae bien desde el principio pero a Carlos no lo soportas?

ELVIRA.— Te lo he dicho mil veces, porque Carlos es coach.

ALMUDENA.— ¿Y?

ELVIRA.— Y debería estar en el corredor de la muerte. Además, ¿por qué lo defiendes si ya tienes a tu panadero de Tinder?

ALMUDENA.— Es cocinero.

BEATRIZ.— Creo que me he perdido algo.

ALMUDENA.— Álvaro, un hombre que conocí en Tinder y nos mandamos cositas… Ya sabes, fotitos…

ELVIRA.— En pelotas.

BEATRIZ.— Uy, Almu, y parecías buena cuando te compramos.

ALMUDENA.— ¡Lo soy! Me hacéis sentir fatal. Álvaro es solo un juego inocente.

ELVIRA.— Que te enseñen el merengue por videollamada ahora se llama juego inocente.

BEATRIZ.— Vaya, vaya con el pastelero.

ELVIRA.— Pandero.

ALMUDENA.— ¡Es cocinero! Además os vais a marchar las dos, una a Alemania y la otra a China en marzo, ¿qué voy a hacer yo?

ELVIRA.— ¡Ay, eso, Alemania! Entonces, ¿te vas a Múnich seguro?

BEATRIZ.— Sí, me voy, está decidido. Markus me ha explicado que el confinamiento se ha alargado hasta el 7 de marzo. Así que me marcharé a finales de marzo o principios de abril. Así Markus tiene tiempo de arreglar la casa, quiere cambiar las ventanas y la caldera.

ALMUDENA.— Ya. ¿Y confías en él?

BEATRIZ.— ¿En Markus? ¿Por qué no iba a hacerlo?

ELVIRA.— Porque ya te ha dejado una vez.

BEATRIZ.— ¡No me ha dejado!

ELVIRA.— Un poco sí, un poco sí.

BEATRIZ.— A ver, chicas, ¡prioriza!

(Silencio.)

ELVIRA.— Bueno, pues esperemos que estando tú en Múnich no le dé por “priorizar” otra vez.

BEATRIZ.— Mira, Elvi, preocúpate de lo tuyo que tienes mucho de lo que preocuparte. Te recuerdo que en marzo regresas al epicentro de la pandemia.

ALMUDENA.— En estos momentos el epicentro es Madrid. (Silencio.) Por comentar.

ELVIRA.— Bea, solo te digo que andes con cuidado. Markus es un encanto pero si vuelve a hacer tonterías: Next! No puedes perder el tiempo con hombres que no tengan las cosas claras. Debes tomar decisiones y hacerlo sin que te tiemble el pulso.  ¿Me oyes?

ALMUDENA.— Hombre, Elvi, Bea es mayorcita, tampoco eres su madre, sabrá lo que tiene que hacer.

BEATRIZ.— No, Almu, no te equivoques, Elvira no es madre, por suerte. Elvira es profesora, es profesora 24 putas horas al día. Se cree en posesión de la verdad absoluta y luego adoctrina a los demás. Tú haz esto, tú haz lo otro, no lo hagas así, hazlo asá. Eres…

(Beatriz es interrumpida por el móvil de Elvira que vibra sobre la mesa. Elvira se quita los auriculares y hace un gesto a sus amigas con el dedo pidiéndoles un minuto. Escucha el mensaje de voz recibido. Pone los ojos en blanco y suspira dos veces. Con enfado graba un mensaje de voz como respuesta. Sus dos amigas lo escuchan a lo lejos.)

ELVIRA.— Luo Kun, vamos a ver, ¿me quieres explicar, por favor, cómo pretendes empezar a redactar las conclusiones de tu tesis si todavía no tienes los objetivos claros? ¿Cómo lo vas a hacer? Cuando te vistes, ¡¿te pones los calzoncillos por encima de los pantalones?! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Objetivos y enfoque metodológico claros! ¡Olvídate de las conclusiones! Virgensantadelamormisericordioso… Vais a acabar todos conmigo, ¡señor!

(Deja el móvil. Se coloca de nuevo los auriculares y mira la pantalla de su ordenador como si nada hubiera pasado.)

BEATRIZ.— Vaya, tus alumnos tendrán ganas, ¿no?

ELVIRA.— ¿De verme?

BEATRIZ.— No, de que vayas a pasar 14 días de cuarentena encerrada en una diminuta habitación de hotel en Tianjin, mientras te acribillan a PCRs anales. Karma lo llaman.

ELVIRA.— Mis alumnos me quieren.

BEATRIZ.— Sí, te quieren, te quieren muerta. Pero ¿tú te ves? ¿Tengo o no tengo razón? ¡Eres una profesora odiosa! La típica amargada que lo paga con sus pobres estudiantes porque es incapaz de asimilar que su propia vida es una mierda. Y haces lo mismo con nosotras. ¡Actúas como una asquerosa profesora con todo el mundo!

(Silencio.) (A través de la pantalla Elvira observa seria a sus amigas largo rato. Ellas evitan mirarla.)

ELVIRA.— Bien, Beatriz, creo que después de decir lo que has dicho, necesitas ir un ratito al rincón de pensar.


27 ene 2021

Felicidad en tiempos de pandemia

 

Miss Carlyle & Miss Clarke. Autor desconocido

Seamos sinceros, no hay nada que represente mejor la felicidad que un profesor de vacaciones. Es decir, yo. Hoy, lunes, estaba oficialmente de vacaciones y las cosas no me podían ir mejor. Amaba mi trabajo y, ahora, amaba mis vacaciones.

Me había levantado a las 5.20 de la mañana y durante cuatro horas había escrito parte del primer capítulo de mi nueva novela que nadie querría publicar por lo que nadie nunca leería y, lejos de frustrarme, lo disfruté como cuando, de madrugada, te levantas para comer algo y ese momento se convierte en la más pura intimidad entre tú y la nevera. El pecado nunca requirió de público.

A media mañana, en la librería de mi barrio a la que visitaba una o dos veces por semana, me explicaron que todavía no había llegado el libro de Yan Lianke que había pedido tres días atrás, así que me llevé el Teatro Completo de Valle-Inclán, en un único tomo de kilo y medio. Lo que me recordó a mi amiga Ane de Bilbao, quien al entrar en un supermercado y no tener sándwich vegetal, se llevó un pollo.

En la calle, sujetando a mi ternerito encuadernado con ambas manos, sentí el móvil vibrar. Con dificultad leí el escueto mensaje de Almudena: “Estoy en el Café de Abril, vente, xfa.” Así que, Valle-Inclán, mi felicidad y yo pusimos rumbo a la cafetería a la que solíamos acudir.

—Hola, Abril —dije al entrar.

—Hola, tesoro, ¿un café con leche fría?

—Sí, pero fría, fría.

Al fondo, junto al ventanal vi a Almudena. La saludé desde la barra, ella me sonrió. Cogí el café y me acerqué a la mesa. Al sentarme, Almu se colocó la mascarilla mientras que yo me la quité para beber el café.

—No hay manera, la leche ardiendo —dije.

—Pues dile que te la ponga fría. —Amigas con grandes ideas—. ¿Qué tal estás?

Podría decirle que bien, muy bien, porque estaba de vacaciones, porque cada vez me resultaba más cómodo trabajar con jefes chinos, porque dedicaba mi tiempo a leer y a escribir, porque Joan después de 9 años juntos me seguía haciendo reír como nadie en este mundo, porque las arrugas me estaban empezando a salir en la comisura de los labios y con la mascarilla no se notaba nada de nada, y porque en mi banco siempre había dinero para comprarme buenos libros. Vale, es cierto que me estaba quedando ciega a pasos agigantados, pero era una simple minucia si lo comparábamos con el resto, ¿no?

—Bueno, pues mal, como todo el mundo, esto de la pandemia está siendo terrible… —opté por decir.

—Sí, verdad, es todo tan terrible, tan, tan, tan, no sé, así de mal siempre todo, no se acaba nunca, ¿no?

Sí, ella estaba igual de feliz que yo pero el pudor pandémico no le permitía expresarlo.

—Es así, interminable. Aunque claro, no todo es malo —apuntalé.

 —No, no, no, no todo es malo, no.

—Hay cosas buenas.

—Sí, sí, sí, sí, hay cosas buenas, sí.

—Bastante buenas.

—¡Buenísimas! —gritó.

Me reí tanto que los chicos de la mesa de atrás se dieron la vuelta y nos sonrieron.

Almudena me lo contó.

—¿Tinder? ¿Cómo te has metido en Tinder, golfa? —pregunté alucinada.

—De allí salió Markus. Yo también quiero un Markus en mi vida: joven, guapo y divertido.

—¡¿Y Carlos?!

—¿Carlos?

—Sí, tu novio, el coach. El de los consejitos y las listas. El pesado. El cargante. El inaguantable. El que caga unicornios de colores. Tu mierda-coach.

—Qué mala eres, Elvi.

—¿Yo? ¡Eres tú la del Tinder!

—Con Carlos todo sigue igual. Esto es solo un complemento. Todo suma.

Del nuevo año me esperaba muchas cosas, pero aquello nunca podría habérmelo imaginado. Almu y yo siempre habíamos encajado a la perfección precisamente por eso, porque nos complementábamos. Mientras que yo era la amiga amoral (por no decir inmoral) con pensamientos psicopáticos y sin filtro a la hora de tratar con la gente, Almu era la amiga de perfectos y pulidos valores éticos, además de una enorme empatía y una amabilidad y dulzura para con los demás que le hacían ganarse el título de “gente-bonita” a pulso.

—Se llama Álvaro —dijo y me enseñó sus fotos en la aplicación.

—¡Match, match, dale al match, Almu! ¡Strike, súper strike, doble estrella! ¡Triplete arcoíris, por dios! —grité arrancándole el móvil de las manos.

Y es que aquel Álvaro no merecía menos. No se trataba de un yogurín como Markus, tenía un aspecto de hombre maduro realmente atractivo. Cuando nos tranquilizamos y los chicos de atrás dejaron de aplaudirnos también entre risas, Almu me contó que tenía 47 años, estaba divorciado con un niño de 11, era cocinero en un restaurante de la Castellana, y que desde hacía tres semanas tenían una relación muy morbosa virtual: mensajes, audios y videollamadas subidas de tono.

—Elvi, mi vida ha cobrado luz. —Me decía bajito, como un secreto—. No te imaginas cuánta adrenalina me aporta esta tontería. Sé que no es una relación, es simplemente un juego. Es lo que es y ya. Pero, madre mía, Elvi, llevo el corazón a mil todo el santo día. Es como cuando estaba en el colegio y la profesora decía: “¡examen sorpresa!”, y sin darte cuenta te ponías histérica pero al mismo tiempo te daba la risa mirando a tu mejor amiga y, en ese momento, te dabas cuenta de lo intenso que era todo. Elvi, vuelvo a vivir con intensidad, no sabía que a mis 44 años podía volver a sentirme así, con tanta ilusión.

—Con tanta ilusión… —repetí ensimismada.

Nos pedimos otro café y hablamos, con deliciosa complicidad, hasta la hora de comer.

Al salir de la cafetería, nos encontramos con la madre de un amigo de Abel a la que Almu hacía, por lo menos, un par de años que no veía.

—¡Menuda sorpresa, Leonor, encontrarte en mi barrio! —exclamó Almudena.

—Sí, es que han reducido plantilla y a los demás nos han trasladado a este edificio —dijo y señaló el portal de enfrente—. Dime, ¿cómo estás? ¿Y Abel?

—Muy bien, ¡todo muy bien! Bueno, a ver —reculó—, bien, bien, tampoco.

—Claro, es que bien nadie está.

—Nadie, nadie.

—Es todo tan difícil, ¿verdad?

—Sí, sí, es difícil, es un momento…

—Terrible, es un momento terrible para todos.

—Sí, para todos, para todos —dijo Almudena sin poder evitar una inocente sonrisa.

 

29 jul 2020

Amigos

Autor desconocido

Nota: Debido a la nueva interfaz de BLOGGER (cargada de errores) se han suprimido palabras y frases completas de todas las entradas. Además no admite, en algunos casos, la cursiva y no acepta enlaces. En resumen, un pequeño desastre. Espero que se solucione pronto.

—…la amistad, Elvira. Unos buenos amigos es la base de todo. Y tú tienes suerte, tienes buenos amigos...
Almudena y yo bajábamos por la calle del Amparo en Lavapiés, íbamos a la casa de Enrique. Desde que a Almudena le mencioné eso me acribillaba a motivos para aferrarme a la vida. 
Llegamos al portal de Enrique y yo resoplé.
—Amigos, Elvi.
—Amigos —repetí.
—Amigos —sentenció por última vez ella.
Al alcanzar el tercer piso, Enrique nos esperaba con la puerta abierta. Hacía tiempo que no lo veía tan sonriente. Nos había invitado a cenar como despedida. Se iba finalmente a Poitiers. Tras sopesarlo bastante, decidió aceptar la propuesta de Claudio y apostar por mostrar su teatro a los franceses. Daría un par de clases en una escuela de interpretación y con la enorme ayuda de Claudio (sospechosamente desinteresada a mi parecer) pagaría, poco a poco, las deudas que le había dejado el cierre de su negocio teatral.
—¡Enhorabuena, asqueroso! —dije al abrazarlo.
Al soltarnos, me miró sorprendido por mi corte de pelo.
—¡Joder, te pareces mogollón a alguien, tía! —dijo.
—A Patti Smith —le ayudó Almudena que ya había entrado en su casa.
—No, no… —Cerró la puerta—. A la tía de los The Pretenders¿cómo se llama la tía de los The Pretenders?
—Tía de los The Pretenders —dije.
—¡Trasto! —El grito llegó del fondo, al poco apareció Darío que primero abrazó a Almudena y luego a mí.
—¿Cómo se llama? —le preguntó Enrique.
—¿Quién?
—La tía a la que se parece.
—Ah, ¿a la hija del director de cine?, que hacía un poco de todo —respondió Darío.
—¿Sofía Coppola? —yo por ayudar.
—¡Ya quisieras! —Enrique.
—Que no, coño, la hija del que quemó un billete de 500 francos.
—Charlotte Gainsbourg.
De detrás de Darío asomó una jovencita de aspecto tan dulce como su voz.
—¡Esa! Gracias, cariño. Ah, bueno os presento: Eva, Elvira y Eva, Almudena.
—Para mí te pareces más a Patti Smith —dijo después de las presentaciones.
—¡Joder!, pero ¿cómo se llama la tía de The Pretenders?
Todos le dijimos que era un pesado, así que Enrique, vencido, repartió bebidas y nos acomodamos en el “salón”. En realidad vivía en un estudio de 30 m2, y donde ahora aposentábamos el culo era también su cama.
Almudena y yo, con miradas cruzadas, dedujimos que Eva era la Eva con la que Darío en su día, antes de la pandemia, había propuesto a Beatriz mantener una relación abierta. Sin embargo, visto lo visto, Darío parecía haberse decantado por ella como pareja estable porque lo cierto es que parecían dos tortolitos. Me preocupaba la llegada de Bea, su reacción. Eva tenía 23 añitos, pero una cabeza muy bien amueblada. En 20 minutos se había metido al grupo en el bolsillo, mantenía la conversación con un humor ácido que me había conquistado desde el minuto uno, sin tomar en cuenta la frescura y naturalidad que un cuerpo tan joven desprendía. Bea iba a morir. Decidí tantear el terreno.
—Bea parece que tarda, ¿alguien sabe algo?
—Sí, hablé con ella ayer, dijo que vendría un poco más tarde —explicó Darío.
—¿Hablaste con ella? —pregunté.
—Sí.
—¿Hablaste de hablaste?
—Sí. —Sonrió—. Hablamos de todo.
—¿De todo de todo?
—¡Joder, Elvira, hostias, qué puto coñazo eres! Anda, bébete tu vaso de agua y calla —me abroncó Enrique.
Treinta minutos más tarde apareció Beatriz. Y lo hizo de la única manera que podía hacerlo ella, con una entrada triunfal. No sé ni cómo lo había dudado. Se plantó en medio del salón, absolutamente pletórica, marcando sus curvas en un ceñido vestido estilo “salto de cama” color marfil que resaltaba su precioso moreno dorado, solo ella podía conseguir en Madrid ese tono, y su complemento fetiche que a todos nos dejó con la boca abierta: un maromo de casi metro noventa, de poco más de 30 años, de pelo largo rubio atado en un moño alto, barba espesa y con unas manos grandes y venosas que al verlas apreté el muslo de Almudena quien a su vez me arañaba el tobillo.
—Os presento. Se llama Markus. —Todos levantamos la mano y fuimos diciendo nuestro nombre sin movernos del sitio—. Es alemán, de Múnich, pero el pobre se quedó atascado en Madrid con lo de la pandemia y al final ha decidido quedarse unos meses más, porque con esto del teletrabajo todo son ventajas. No habla mucho español, pero entiende bastante. Y nada, ¡que somos muy felices!
Cerré los ojos por el golpe de vergüenza ajena que me produjo aquella frase. Ay, mi Bea, con lo elegante que es asumir una retirada a tiempo.
Se sentaron en el suelo y Enrique les repartió cervezas.
—Y ¿te gusta Madrid? —pregunté al alemán para romper un poco el hielo.
—Oh, ja-ja-ja. Muy muy.
—Mucho —corregí.
Ja, mucho muy —dijo con una preciosa sonrisa.
—No sabe ni una palabra de español pero se lo perdonamos porque está como un queso el bávaro éste —susurré al oído de Almu que rompió en una risita de quinceañera.
La tarde transcurrió en una competición por ver quién se quería más. Cuando Darío besaba a Eva, Bea manoseaba a Markus, le mordisqueaba la oreja y le daba de comer a la boca, algo que al alemán parecía violentarle bastante, juraría que no estaba acostumbrado a semejantes muestras de cariño en público. Pobre.
Evitaba mirar a Almu porque nos daban verdaderos ataques de risa. Intentábamos disimular pero nos lo estábamos pasando realmente bien viendo semejante cuadro surrealista.
Los temas transcurrían de puntillas, se lanzaban y se descartaban con rapidez, el ambiente no estaba para profundizar en nada: que si qué mal gestionada la pandemia; que si qué mal la oposición; que si tendría un hijo con Fernando Simón, y yo, y yo; que si el teatro estaba tocado y hundido; que si no hay ni un hombre que sepa hacer bien el cunnilingus; que si Merkel iba a acabar con Europa; que si qué vergüenza que el centro de las ciudades sean resorts para turistas y ahora, a falta de estos, estén cerrando todos los comercios; que si hay que acabar con el capitalismo; que si prefiero el misionero a cualquier otra postura; que si para una taza de arroz dos de agua, que no, que mejor tres.
Todo transcurría con una aparente normalidad, hasta que Darío zanjando conversaciones brindó por el futuro francés de Enrique. Todos levantamos nuestra copa (yo mi vaso de agua) y gritamos su nombre.
—Qué pena —comenzó diciendo Almudena—, Elvira y tú podríais haber sido vecinos.
—¿Elvira?, ella regresa a China —aclaró Enrique sin entender el comentario.
—Sí, claro, porque al final ha rechazado Toulouse.
Enrique se puso de pie con las manos en jarra y me miró. Me conocía esa mirada.
—¿Cómo que has rechazado Toulouse? ¿La Universidad de Toulouse?
—Bueno, a ver, rechazar no, pero nos seleccionaron a tres para el proyecto y…
—¿Qué proyecto?
—Un proyecto de investigación para el departamento de Estudios Iberoamericanos, pero una tontería, porque yo ya me había comprometido con China, así que nada. Un año más en China y luego ya se verá.
—¡Joder, trasto, eso es la polla! —exclamó Darío levantándose para darme un abrazo y todos aplaudieron.
—¿Cómo lo haces? —Cuando me lo preguntó Enrique, seguía de pie con las manos en jarra mirándome serio—. ¿Cómo haces para convertirte siempre en el centro de atención? Eres una puta narcisista de mierda.
—A ver, Enrique, no seas injusto, Elvira se ha reciclado y está recogiendo…
—¡No me he reciclado, Almu! Un doctorado es avanzar, ¡estoy avanzando!, el que se ha reciclado es Carlos, tu mierda-coach, y la gente como él que llega a los 40 años y decide cambiar de profesión, haciendo un cursito, de dos semanas, de frases motivadoras para luego estafar a la gente.
—¡Vete a la mierda, Elvi! Encima que solo quiero ayudarte, ¡eres un monstruo!
—Elvira, sé que os conozco de poco, pero me da pena ver cómo las mujeres tendemos a pelear entre nosotras cuando en realidad deberías enfadarte con Enrique.
—Perdona, monada, pero ¿a ti quién coño te ha dado vela en este entierro?
—Bea, no hables así a Eva, no te lo permito —dijo Darío.
—¿Perdona? ¿Que no me permites qué? Bien que me permitías decirte guarradas, durante la cuarentena, en nuestras videollamadas, ¿te lo ha contado, bonita? —preguntó Bea mirando a Eva.
—¡Tú, tú y tú, Elvira, siempre tú! ¡Si no eres tú en todo momento, te aburres y machacas a los demás! —Enrique con su tema.
—Beatriz, eres muy sucia… Sigue follándote a alemanes que se te da muy bien, ¡necrófila!
—¿Pero habéis follado por videollamada? —Eva.
—Es que Elvi, ¡ni siquiera te molestas en conocer a Carlos! ¡Eres una amiga de mierda!
—No necesito conocerlo, Almu, ¡es un inútil!
—¡¿Pero habéis follado o no habéis follado?! —Eva otra vez.
—Un poco…
—¡¿Un poco?! ¿Tres veces a la semana es un poco? —Beatriz.
—¡¿Tres veces por semana?! ¡Joder, coño, coño! —Eva.
—¿Acaso crees que te van a dar el Pulitzer por tus mierdas de obras teatrales, Elvira?
—¿Y a ti, Enrique, te lo darán? Porque además de chupársela a Claudio, ¿qué más vas a hacer en Poitiers? —Yo.
—¡Zorra!
—¡Cabrón!
—¡Monstrua asquerosa!
—¡Putonga!
—¡Fracasada de mierda!
—¡Psicópata mentiroso!
Y de repente se hizo el silencio, así, nos habíamos cansado de gritar. Y despacio nos fuimos sentando otra vez cada uno en nuestro sitio. En orden y calma. Almudena me miró y rellenó mi vaso con un poco más de agua, le di las gracias y le ofrecí el plato de las patatas. Enrique carraspeó y dijo que el calor en Madrid cada verano era más insoportable, todos le dimos la razón con frases diferentes. Y Bea dijo algo sobre el sexo que hizo que explotáramos de la risa
—Oh, Spanien loco, loco. Mucho muy.
Pellizqué el muslo de Almu y ella me arañó el tobillo.

26 may 2020

De terraceo pandémico

Terraza de café por la noche de Vicent Van Gogh

—Sentaos más separados, he sacado sillas para todos. Coged cada uno vuestra cerveza del cubo, no toquéis el resto. No hay vino, porque lo de compartir las botellas no terminaba de verlo claro. Darío, por favor, no te quites la mascarilla. —Beatriz daba instrucciones sin parar, parecía nerviosa, muy nerviosa—. Bueno, y me alegro mucho de que estéis aquí otra vez. —Extendió los brazos y, sinceramente, no supimos cómo reaccionar a ese gesto, así que nos quedamos en nuestro sitio esperando el pistoletazo de salida—. Vale, podéis coger ya las cervezas. —Los 5 nos levantamos a la vez—. ¡De uno en uno! ¡La distancia de seguridad, por favor! ¡Dos metros! ¡Dos metros!
—Bea, tu casa entera mide 40 metros cuadrados —dije volviéndome a sentar.
—Vamos a morir todos…
Beatriz había desarrollado un pánico incontrolado a ser contagiada. Durante la Fase 0.5 Almudena y yo habíamos hecho por encontrarnos fortuitamente en nuestros paseos nocturnos o incluso a la salida de alguna librería, pero Beatriz nunca quiso salir de casa. De hecho, en un primer momento decidimos celebrar la llegada a la Fase 1 en una terracita en la Plaza de la Paja, pero “para estar en una terraza estamos en la mía”, y así fue. Fuimos llegando a las 20.30 a su casa y según cruzábamos la puerta nos obligaba a descalzarnos y nos untaba de arriba abajo con solución hidroalcohólica.
—Es normal que te sientas así, Beatriz, es una reacción habitual ante la incertidumbre de los cambios y eres valiente expresándolo, eres muy valiente. Que no te quepa duda que todos padecemos ese temor y gracias a ti nos sentimos menos solos ante nuestro miedo.
—Qué bien que hayas venido, Carlos —dije con mi sonrisa de cartón.
La noche transcurría sin demasiada alegría por describirlo de alguna manera. Beatriz pulverizaba con desinfectante todas las superficies que íbamos tocando. La teníamos pegada a cada uno de nosotros con el Sanytol en la mano.
—¡Bea, no me sigas! —grité desesperada.
—¿A dónde vas?
—¡A mear!
—Vale, pero no te sientes en la taza.
No había pasado ni una hora y aquello parecía de todo menos un reencuentro de amigos tras sobrevivir a una pandemia. Además Enrique nos contó que no había conseguido la financiación de la productora que había organizado el concurso al que presentó su corto.
—Joder, lo siento, macho —dijo Darío—. Era bueno, de verdad, el final me costó entenderlo pero era bueno.
—Cagüen dios, Darío, no había que entender nada, era lo que era, ¡punto!, que a veces pareces idiota —le espetó Enrique.
—Pues… menos mal que no llueve, ¿verdad? —dulcificó Almudena.
—Sí, sí, sí, menos mal —todos.
Beatriz, con cara de agobio, entró en casa. Hice un gesto a Almudena para seguirla. La encontramos en su habitación, sentada al borde de la cama con la cabeza entre las manos y murmurando que todo se acababa.
—Hombre, de momento la cerveza sí, solo quedan 3 botellines —dije y luego me senté a su lado.
—¡Elvira, a dos metros de distancia!
A Almudena le entró la risa. Me levanté y me apoyé en la pared junto a ella que me contagió la risa.
—¡No os riais, perras! El mundo se acaba y os da igual…
—Bea, por favor, es solo una pandemia mundial. —Ahí estaba yo sentando cátedra.
—Perdona, Elvira, por no desear la muerte tanto como tú, perdóname por no entender el ciclo de la vida, perdóname por sentirme aterrada por los 30 mil muertos de coronavirus, perdóname por darme cuenta de que ya empiezo a envejecer, perdóname por la angustia de sentir que soy incapaz de parar el tiempo, por darme cuenta de que estoy en un momento de mi vida en el que ya solo puedo perder cosas… Ya perdí a Pablo, ¿voy a perder a mis padres ahora?, ¿a los dos a la vez? Todo se acaba… Todo…
Almudena y yo nos dimos la mano, apoyé la cabeza en su hombro y ella luego lo hizo en la mía. Y así, con las cabezas amontonadas, Almudena le dijo que nosotras no nos acabaríamos nunca. Beatriz contestó con un tímido  gracias y levantó despacito la cabeza.
—¡Joder, pero dejaos de sobar! ¡A dos metros! ¡El virus con vosotras se está retroalimentando, es inagotable! —Y salió de la habitación como si le quemara el culo.
Almudena y yo nos tiramos en la cama muertas de la risa, hasta que la vimos entrar de nuevo con… ¿una aspiradora? Le quitó la boquilla aplanada y con tan solo el tubo comenzó a aspirar… ¿el aire?
—¡Está por todas partes! —gritaba.
Almu y yo no supimos reaccionar, la situación se nos escapaba de las manos. Darío llegó alarmado por los gritos. Al ver a Bea nos miró desencajado, y luego intentó quitarle la aspiradora.
—¡No me toques! ¡Que nadie me toque! Necesito ducharme, necesito ducharme… —Comenzó a quitarse la ropa con asco.
—Está bien, está bien, no pasa nada —dije intentando controlar la situación—. Darío, vete a la terraza, seguro que el coach tiene muchas cosas interesante que decir, corre, vete, nos quedamos nosotras con ella, no pasa nada, aquí no pasa nada. —Darío, muy poco convencido, salió de la habitación y yo cerré la puerta.
Almudena me ayudó a levantar del suelo a Bea y la sentamos en la cama. No dejaba de llorar. Me acuclillé frente a ella, a una distancia prudente para no ponerla nerviosa. Almu se volvió a apoyar en la pared.
—No quiero morir… —dijo bajándose un poco la mascarilla y secándose la nariz con el borde del dedo índice.
—Pues vas a morir, de eso estoy segura —dije.
—¿Sabes que eres una puta mierda de amiga? —preguntó y Almu se rio.
—Lo sé —contesté—. ¿Os podéis creer que el otro día les dije a mis amigas de toda la vida de Bilbao que las quería lejos?
—Qué bestia, ¿por qué les dijiste algo así? —preguntó Almu y se acercó un poquito.
—Estábamos chateando todas en el grupo de WhatsApp y tuvieron típico momento de exaltación de la amistad con una canción de Jarabe de Palo que mandó una de ellas. Así que empezaron a decir que si os quiero, que si tengo los pelos de punta, que si muero por volver a abrazaros, que si no puedo parar de llorar, que si amigas para siempre, que si, que si, que si… Que vamos, que yo quería ser como ellas, una persona con sentimientos, una persona que se emociona con canciones de Jarabe de Palo. Entonces me lancé y les mandé un audio expresándome… pero ya sabéis que no sé hablar del amor, así que me puse nerviosa, me bloqueé y en vez de decirles que desde lejos las quería, terminé diciendo: “¡Os quiero lejos!”. Y luego me entró la risa y no pude ni arreglarlo. Ahora ellas sí que me quieren y mucho.
Almudena y Bea estaban tronchadas de la risa y por una vez me alegré de ser tan inútil con mis sentimientos, no hay mal que por bien no venga.
Beatriz se tranquilizó bastante. Nos habló con calma de lo que una situación así le estaba haciendo sentir, de lo vulnerable que se había descubierto al no saber gestionar todo aquello sin ansiedad, de lo triste que era recordar la vida sin Pablo, de asustarse por quererse muerta más pronto que tarde y del placer que era comer la Nocilla a cucharadas.  Después se duchó y Almudena y yo regresamos con el resto.
Todavía nos dio tiempo, antes del toque de queda de las 23.00, a compartir las 3 cervezas que quedaban y a reírnos un ratito más en la terraza. Estaba siendo todo muy raro, no fue el encuentro esperado, no fue la exaltación prevista de quien no se ve en mucho tiempo, fue más bien un ya estamos de vuelta y ¿ahora qué?

10 may 2020

Las videollamadas las carga el diablo

Friends and a telephone por StudioStoks


Videollamada. En la pantalla de un ordenador aparece la cara de tres mujeres residentes en Madrid. Llevan 57 días confinadas en sus casas por una pandemia que afecta al mundo entero porque un chino se comió un murciélago en diciembre de 2019.
En la línea de arriba, a la izquierda aparece Almudena: 44 años, bibliotecaria en la UCM, madre soltera y superviviente. Media melena con flequillo, a lo Amélie. Camiseta negra con ilustración de los Blackberry Smoke,  diseñada por Joan, pareja de Elvira. Gafas azules, grandes y de pasta. Sin maquillaje.
A la derecha, Elvira: 42 años, escritora fracasada, imparte clases online a compatriotas del que se comió el murciélago. Pelo recogido en un moño alto. Sudadera granate de la Trinity College. Gafas negras, grandes y de pasta. Sin maquillaje y con un poco de dentífrico junto a la nariz para, supuestamente, secar un grano.
Abajo, Beatriz: 41 años recién cumplidos, actriz fracasada, trabaja de administrativa en la empresa de su padre. Melena larga y suelta. Camiseta blanca de tirantes, sin sujetador. Pintalabios mate rojo-cereza, grueso eyeliner negro y pendientes grandes de aro.

ALMUDENA. A ver, el truco está en añadir aceite en vez de mantequilla, sale mucho más esponjoso.

BEATRIZ. Esponjoso sí que me queda, el problema es que al sacarlo del horno se me desinfla cual polla asustadita.

ELVIRA.¿De verdad que me habéis convencido de la mierda de esta videollamada para hablar de bizcochos?

BEATRIZ. Y de pollas.

ALMUDENA. Elvira, ¿de qué quieres que hablemos? Llevamos dos meses encerradas, ya no tenemos vida. Y como somos tan imbéciles seguiremos así eternamente, somos de las pocas Comunidades que no pasamos a la Fase 2.

BEATRIZ. Fase 1.

ALMUDENA.¿Qué?

BEATRIZ. Estamos en la Fase 0, Almu.

ALMUDENA. ¿Cómo vamos a estar en la Fase 0? Si estuviéramos en la Fase 0 de la desescalada, no habríamos ni arrancado.

BEATRIZ. Es que no hemos arrancado.

ELVIRA. Lo que yo no entiendo es que si se trata de una desescalada, ¿por qué no hemos empezado a contar desde la Fase 4?, ¿entendéis?, 4, 3, 2, 1 y 0. Así la gente lo entendería mejor.

BEATRIZ.Las Fases de la desescalada no se entienden se cuenten como se cuenten.

ALMUDENA.¡Claro que no se entiende!, ¿por qué el País Vasco pasa de Fase si tiene más contagiados que Valencia pero Valencia no?

BEATRIZ. Porque Urkullu se la chupa a Sánchez que da gusto.

ELVIRA. (Imitando la voz de Trump.) Economía-First, economía-First. Me voy a descojonar cuando el virus mute y en vez de matar a viejos empiece a matar a niños, a ver a quién se la chupa Urkullu.

BEATRIZ.¡A Saturno!

ALMUDENA. Devorando a su hijo…

ELVIRA. Creo que lo ideal sería que nos muriésemos todos: viejos, niños y cuarentones. Los animales recuperarían su hábitat y todos contentos.

BEATRIZ. Vale, vamos a imaginar que nos quedan dos días  de vida, el coronavirus va a acabar con el planeta por completo, ¿sí? Elvi, ¿a quién te tirarías por última vez?

ELVIRA. ¿Por qué me tengo que tirar a alguien?

BEATRIZ. Porque es tu último deseo.

ELVIRA. Mi último deseo no sería follar.

ALMUDENA. Pues yo me tiraría a César.

BEATRIZ. (Gritando.) ¡Abrimos la caja de los ex! ¡Me encanta!

ALMUDENA. El sexo con César era especial, tengo que reconocerlo. Muy piel con piel.

ELVIRA. No me extraña, pesaba más de 100 kilos, piel con piel y carne con carne.

ALMUDENA. Elvira, eres una amargada. Igual lo que necesitas es tirarte a un ex.

ELVIRA. Igual lo que necesito es que gente como tú deje de existir.

BEATRIZ. Sí, chicas, vale, lo habéis pillado, en eso consiste el juego, en dejar de existir. Bien, yo me tiraría a Karl. Reconozco que echo de menos tirarme a un alemán silencioso, parece que estén muertos, me pone mucho.

ELVIRA.Eres una depravada, Bea.

BEATRIZ.Lo que soy es una mujer que lleva dos meses sin follar. Y os aseguro que lo he intentado todo. Hace casi 4 semanas, en una videollamada con Darío, nos empezamos a poner muy tontos, ya me entendéis, ¿no?, bueno, así que le pregunté si le apetecía, ya sabéis lo que quiero decir, apetecer de apetecer, cada uno en su casa pero… apetecer. Vale, me dice que sí, ¡imaginaos! Pero de repente desaparece y le oigo gritar que enseguida vuelve. Yo aprovecho, me quito las bragas y me desabrocho la camisa. La imagen era la de la Maja desnuda  versión 2.0. Al cabo de dos minutos, Darío regresa completamente vestido y con una cerveza en la mano. Se pensaba que le estaba proponiendo beber juntos. Apetecer igual a beber. ¿Hola?

ALMUDENA. (Entre carcajadas.) ¿Y qué te dijo al verte así?

BEATRIZ. Que si tenía calor.

(Las tres mujeres se ríen y aplauden durante un tiempo prolongado.)

BEATRIZ.De verdad, chicas, ¿qué les sucede a los hombres cuando pasan de los 40?

ALMUDENA.Carlos me ha explicado que los hombres ahora no tienen la crisis de los 40 hasta los 50. Porque a los 40, actualmente, siguen teniendo niños pequeños en casa, todavía no se sienten liberados, y que muchos se dedican a correr maratones o a hacer cualquier otra competición deportiva. Es decir, una actividad que les exija practicar, durante horas, fuera de casa, cuanto más lejos de su mujer e hijos, mejor. Y de esta manera también se liberan del estrés que les crea estar cerca de su familia que normalmente no es la vida idílica que se habían imaginado 10 años atrás. Así que a los 40 se centran en el deporte que les ayuda a soportar la situación de su casa. Y ya llegados a los 50, con los hijos mayores, es cuando se sienten capaces de entablar relaciones fuera del matrimonio, porque no sienten tanta responsabilidad. Y comenzaría la denominada ‘nueva crisis de los 50’, deseosos de desquitarse de tanta presión volviendo a creerse jóvenes.

ELVIRA. ¿Todo esto te lo ha explicado tu coach? A ver si al final no es tan inútil como yo pensaba.

BEATRIZ. ¿Qué tiene que ver todo eso con Darío? No tiene mujer ni hijos.

ALMUDENA.No, pero tiene 40 años. Su vida no está del todo organizada, quizá es lo que le frene, es posible que sienta por ahí su responsabilidad.

BEATRIZ. ¡Es actor!, ¡su vida nunca va a estar organizada!

ELVIRA. Touché, tu coach sigue siendo un inútil.

ALMUDENA. ¡Carlos no es un inútil! ¡Elvira, la gente tiene derecho a reciclarse! Fue durante muchos años consultor, conoce como nadie el mundo empresarial, si desde hace un par de años ha decidido cambiar su trabajo y ayudar a los demás con sesiones de cocah, creo que no es nada malo. Tú también te has reciclado.

ELVIRA.¡Por favor! ¡Estudiar un doctorado no es reciclarse y mucho menos es timar a la gente con consejos de Wikipedia! ¡Estudiar un doctorado es avanzar!

ALMUDENA. ¿Avanzar? ¿Dar clases de fonética online a chinos es avanzar?

BEATRIZ. Vale, vale, vale, vale. Entonces, Almu, ¿dices que es mejor añadir aceite al bizcocho?