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30 may 2021

Ratitos disfrutones

 

Desconocido

—¿No hay cerveza? —pregunté en chino a la dependienta del supermercado del campus, una joven de poco más de 20 años con camiseta roja y pantalones azules que reorganizaba las baldas del segundo pasillo.

—¿Cerveza? Hay. Hay cerveza. Hay, hay. —Dejó su tarea y se encaminó al fondo del supermercado. Allí me señaló casi una docena de cajas alineadas en el suelo—. Cerveza.

Lo primero que pensé fue que habría una nueva normativa en la que estaría prohibido exhibir la cerveza en los supermercados de dentro de la universidad, las reglas en China se modifican cada 5 minutos y esta última no la conocía, desde luego.

—Bien —dije—. ¿No hay cerveza fría?

—¿Fría? Hay. Hay cerveza fría. Hay, hay. —Se dio media vuelta y me mostró un pequeño frigorífico—. ¿Cuántas?

—Quiero dos. Perdona ¿esa cuál es?

—¿Esta? —repitió alcanzando una lata verde y blanca—. Esta es cerveza local.

—Bien, quiero dos —dije, así que me dio dos de las locales—. No, quiero dos Tsingtao y locales. —Así que me quitó esas cervezas y sacó una Tsingtao y una local. Dos en total. —No, no quiero así —dije algo nerviosa en mi chino macarrónico—. Quiero cuatro, cuatro.

—Ah, bien, bien. —Y sacó cuatro cervezas Tsingtao y cuatro locales y me las puso sobre los brazos, encima de las dos que ya tenía de antes—. ¿Bien?

—Muy bien —respondí, era viernes noche y mi fuerza para discutir se la había llevado una pésima semana.

La acompañé hasta la caja registradora y justo antes de poder dejar las 10 cervezas sobre el mostrador escuché:

—Oh, ¿la ayudamos, profesora?

¿Profesora? Giré con pavor sosteniendo parte de las latas de cerveza con mi barbilla.

—Chicos, ¿qué tal? —dije a un grupito de tres estudiantes de grado—. No, no, no os preocupéis, puedo yo sola.

Y me di la vuelta fingiendo naturalidad, como si aquella escena no representara claramente el ocaso irremediable de una profesora ya sin vocación. Deposité las latas en el mostrador y tragué saliva.

—¿Va a hacer una fiesta, profesora?

—¿Qué?

—Una fiesta. ¿Con los profesores Raúl, Marina y Verónica?

—¿Eh?

—¿Con todos los profesores?

—Eh… sí… sí, sí, voy a hacer una fiesta en mi casa, todos los profesores van a venir. Todos, todos.

Nerviosa, sin dejar de mostrar una falsa sonrisa, pagué con la aplicación de Wechat y con impaciencia metí las 10 latas en la pequeña bolsita de plástico. Adiós, chicos, dije saliendo por fin del supermercado y sintiéndome algo liberada. Esta semana no había hecho más que empeorar mi situación en China. Había caído al pozo, me habían tirado. Y lo más triste es que no fue solo Samara sino que mi Verónica estaba a su lado para ayudarla.

—Elvi, te prometo que solo le dije que no ibas a renovar, nada más —intentaba explicarse Verónica, el martes, sentada frente a su mesa del despacho sin atreverse a mirarme—. No tenía ni idea de que Narumi lo iría contando por ahí y mucho menos que dijera las cosas que ha dicho de ti, todo fue un malentendido. Créeme, nunca hablaría mal de ti, bueno, ni mal ni bien, no sé… fue… yo…

Sentí el agua fría del pozo calarme primero la espalda y después el cuerpo entero. Con lentitud recogí mis cosas del despacho, las fotos, los libros y el bote de los bolígrafos y lo metí con desgana en el bolso.

—¿Qué haces, Elvi?

—Trabajaré desde casa en mis horas libres. Así tienes más espacio para ti y para tus chismes con Samara.

—Elvira, no seas injusta, todo ha sido un malentendido y te prometo que jamás volverá a pasar. Pero entiéndeme, necesito a Narumi. La necesito, debo seguir viéndola, Osaka no va a ser fácil, tengo que ir muy preparada, ella me puede ayudar mucho.

—Por muy raro que te parezca, Vero, yo a mis amistades no les saco provecho, solo ratitos disfrutones. Ya ves qué simple soy.

Me coloqué el bolso en el hombro y salí del despacho sin un adiós que cerrara la puerta. Desde el martes no había vuelto a saber nada de Verónica y parecía que iba a ser la tónica de mi nueva vida en el campus.

Atravesando el aparcamiento del supermercado comencé a tararear mi canción para los malos momentos:

—Un suicida se balanceaba sobre la cornisa del CapitoooôôÔÔÔL y como veía que no se tiraba fue a llamar a otro suiciiiiîÎÎÎda, dos suicidas se balanceaban…

Nos la inventamos Enrique y yo, hará cosa de 11 años, sentados en un banco de la Plaza de las Descalzas a las 4 de la mañana, tras una noche para olvidar.

Ya en casa dejé la bolsa de latas de cerveza sobre la encimera de la cocina.

—… doce suicidas se balanceaban sobre la cornisa del…

Saqué una lata y la abrí, pegué un primer sorbo a morro y poco convencida cogí un vaso y vertí el resto. Rebusqué en el bolso y comprobé el móvil, tenía 3 llamadas perdidas de Almudena, hoy no, Almu, pensé en voz alta, hoy no. Tomé la cerveza y me senté en el sofá. Abrí la última conversación con Joan en WhatsApp y lo llamé.

—¿Joan?

—¿Elvi? Jo, qué liada tengo.

—¿Te llamo en otro momento?

—No, amor, dime, dime, ¿pasa algo? Raro que me llames a estas horas.

—No, no, nada, solo que pienso cosas, cosas… Sé que no soy fácil, sé que una persona fácil no podría sentirse tan sola, y yo…

—Joder, ya está vomitando otra vez. ¡Tomás!, ¿qué pasa, Tomás? Este gato no está bien, no está bien. Perdona, cariño, es que ya andaba mosqueado porque hace dos días que no hace cacas, así que he pensado en llevarlo al veterinario y, mira, preparando el trasportín otra vomitona y es la tercera en la mañana, joder… Cacas no pero lo que vomita este gato, la madre que…

—Ya… Sí, sí, pobre, a ver si las cacas… Bueno, te llamo luego, ¿prefieres?

—No, no, mi vida, dime, dime. Voy bien, le acabo de meter en el trasportín, salimos para el vete, dime, tengo un ratín antes de llegar.

—Vale, ¿sí?, de acuerdo. No, verás, es que me doy cuenta de que quizá mi forma de ser no es conveniente, la culpa no siempre puede ser de los demás…

—¡Trinidad! Sí, tranquila, me lo llevo al veterinario, pero está bien, que hace dos días que no hace cacas. Claro… ¡Pues justo estoy hablando con ella! Ahora se lo digo, no te preocupes, adiós, adiós. Trinidad que muchos besos, que la escalera sin ti no es lo mismo. Qué buena mujer es esta señora.

—Sí, dale muchos besos también a ella. No, a ver, lo que te decía, era que a veces peco de culpar a los demás y… Si el problema es mío debo solucionarlo desde dentro y voy a cambiar, Joan, sé que para ti no es fácil estar conmigo…

—Cariño, por favor, no digas eso, eres la mujer más… ¡Adela!, pues ya ves, que le gusta darnos sustos, me lo llevo al veterinario, que no hace cacas… Sí, dos días ya sin hacer cacas.  —Me bebí el vaso de un trago—. Sí, sí, si vomitar vomita mucho pero cacas nada, nada de cacas. —Miré seria a la pared, por lo menos no teníamos hijos—. Sí… Parece que muy bien, sin problemas. En julio ya llega, ahora, casualidad, la tengo al teléfono, vale, vale, de tu parte. Oye, muchos besos de Adela, la de la farmacia, me ha preguntado por tus ojos, con ganas de verte.

Fingí estar recibiendo una llamada entrante de la profesora Wang y colgué prometiéndole que lo llamaría al día siguiente. Me levanté y abrí una nueva lata de cerveza, esta vez no la eché en el vaso. Pegué un par de sorbos y la dejé sobre la encimera de nuevo. Miré a través del ventanal de la cocina y no sé si fue porque vi pasar a una pareja de estudiantes cogidos de la mano o porque uno de los árboles del camino estaba torcido o porque la papelera desbordaba basura, no lo sé, la cosa es que me llevé las manos a la boca y ahogué un grito que llevaba tiempo agarrado a mis costillas. Qué espesa es la soledad cuando no es elegida.

A mi lado vi el móvil vibrar, llamada de Almudena. Hoy no, Almu, hoy no. Y lo ignoré.

—Quince suicidas se balanceaban sobre la cornisa del CapitoooôôÔÔÔL y como veían que no se tiraban fueron a llamar a otro suiciiiiîÎÎÎda, dieciséis suicidas… —El móvil volvió a vibrar, esta vez acepté la llamada—. ¿Qué?

—Elvi, te necesito, la acabo de liar muy, muy, muy gorda.

Cogí mi lata de cerveza y me senté en el suelo de la cocina apoyada en los muebles bajos. Escuché a Almudena. Su ex César se casaba. Hasta ahí nada interesante, un idiota menos en el mercado. Todo bien. El problema llegó cuando hoy, Almudena, después de comer y algo aburrida, decidió cotillear quién era esa tal Sandra Mejías Salvador, futura mujer de César. Y no se le ocurrió mejor idea que hacerlo por Instagram.

—No tienes Instagram.

—Un poco sí —contestó.

—¿Un poco?

—Es un perfil falso. No soy yo, bueno, soy yo pero no, es para ver cosillas, ya sabes.

—Ya, para ver si la nueva mujer de tu ex es mejor que tú o no.

—Exacto.

—Viva la sororidad.

La cuestión es que entre cotilleo y cotilleo le dio sin querer a dos fotos “me gusta”.

—¡Sopla! —dije.

—¿Qué?

—¡Sopla!, a veces se van los corazoncitos de “me gusta” soplando.

—¡Elviraaaaaa!

Y entonces empezó el…: Nunca me ayudas, no te tomas en serio mis problemas; eso no es verdad, sopla y si no funciona, cierra la aplicación, reinicia el móvil y ya; ¿pero qué tontería es esa?; pues sopla más fuerte; ¡eres una inútil, Elvi!; ¡jajajajajaja!; puta, no te rías; ¡sopla!; ¡jajajajaja!, coño, ya soplo; jajajajajajaja; jajajajajajaja; dieciocho suicidas se balanceaban sobre la cornisa…; ¿qué hacemos?; ¡haces!; ¿qué hago?; no te conoce, síguela; ¿qué?; ¡síguela!, jamás adivinaría que ese falso perfil pertenece a la ex de su marido; ¿la sigo?; ¡sopla primero!; jajajajajaja; jajajajajaja; ¡ya!, ¡la sigo!, ¡la sigo!, ¡qué fuerte!; qué perra, sigues a la mujer de tu ex; ¡zorra! Jajajajajaja; ¡puta! Jajajajajajaja; ¡sigo a la mujer de mi ex!

No sé ni el tiempo que estuvimos riéndonos hasta que Almu con su inocencia dijo:

—Ay, Elvi, no sé qué haría sin nuestros ratitos disfrutones.

Se me atascaron sus palabras tan dentro que tuve que soltar el vaso de cerveza y apretarme con ambas manos el esternón para ver si pasaban. Imposible, estaban agarradas bien adentro y, aunque intenté contralarme, empecé a llorar con una angustia espesa e inagotable. Almu quiso tranquilizarme con mucho cariño pero el llanto no cesaba, me daba golpecitos en el pecho para intentar que remitiera pero hasta que no pasó largo rato, no pude dejar de llorar.

—Elvi, cariño, ¿pero qué te ha pasado?

—Nada —respondí—, que he vomitado porque llevaba dos días sin hacer cacas…

 

10 nov 2020

¿Y si la vida fuera la opción B? (Segunda parte)

 

Fotograma de Back to the future de Robert Zemeckis

Nota: Continuación del relato ¿Y si la vida fuera la opción B?

Nuevamente un fuerte golpe hizo que me arrastrara por un suelo de gravilla con el que me raspé las manos. Me las miré y al ver que tenía algo de sangre las agité al aire.

—¡Carol!, ¿es que en el más allá no os enseñan a montar en bicicleta?

—Ya te he dicho que no vengo del más allá. Anda, levántate.

Dejó la bicicleta apoyada en la fachada de una moderna casa independiente. La formaban 3 cubos gigantes de hormigón blanco superpuestos de manera escalonada. Las ventanas no parecían seguir ninguna regla de simetría, enormes orificios acristalados salpicaban la fachada. Un cuidado jardín la rodeaba y una pequeña piscina rectangular asomaba por la parte de atrás.

—Joder, menuda casita, ¿quién vive aquí? —pregunté.

—Tú. —La miré atónita—. Te casaste con un arquitecto.

—¿Etienne?

—Etienne. ¡Vienes o qué!

Nerviosa seguí a Carol. Entramos en la casa. Del hall pasamos a un impresionante salón minimalista de techos de más de 8 metros de altura.

—Debe haber un error… —dije sin despegar la vista de los colosales muros—. Etienne nunca fue mi opción B. Un día, tras 4 años de relación, él me dejó y ya, nuestra historia no tuvo más opciones.

Carol me sonrió con cierto cinismo.

—Detesto a las mujeres que se hacen las víctimas —dijo y desapareció por un estrecho y larguísimo pasillo blanco que se abría en un lateral del salón. ¡Oye, oye!, le gritaba mientras intentaba seguir su apresurado paso. Se paró en seco y se dio la vuelta—. Agosto, 2008. Singapur. La relación con tu jefe es insostenible. Lanzas tu CV al mundo para comenzar el curso académico en otro país. Recibes 3 ofertas: un colegio internacional en la India, una universidad en EEUU, y un lectorado en Francia, en Lyon, en la misma facultad en la que ya habías trabajado un año antes. Descartas la India, no te interesan los niños. Por lo tanto, tus opciones se reducen a dos: Estados Unidos o Francia. Escribes a Etienne y se lo explicas. Le dices que hay una gran posibilidad de regresar a Lyon. Te contesta un breve email animándote a aceptar el trabajo porque le harías, palabras textuales, “el hombre más feliz del mundo”. Lees su email. Lloras. Lloras. Sigues llorando. Pasas la noche llorando. A la mañana siguiente confirmas a la universidad de EEUU que aceptas el trabajo. Tu opción A fue irte sola a un pueblo estadounidense del que nunca habías oído hablar. Esa fue tu opción A. Y ahora, si dejas de hacerte la víctima, voy a mostrarte lo que hubiera pasado de haber elegido la opción B.

Me quedé petrificada. No es que me hubiera hecho la víctima durante los últimos 13 años, es que simplemente no lo recordaba. Memoria selectiva creo que lo llaman, no lo sé, pero sí es cierto que soy capaz de borrar episodios completos de mi vida. Y, sinceramente, es maravilloso. Pero volviendo al caso, antes de poder asentir, Carol ya había desaparecido. Corrí hasta el final del pasillo. No la encontré. Me metí en una habitación que tenía la puerta entreabierta. Era un dormitorio. Vi a Carol sentada sobre la cama. Con una risita de adolescente me señaló la otra punta de la habitación, junto a la ventana. Un hombre de torso desnudo y jeans sin abrochar hablaba por teléfono de espaldas a nosotras. El corazón me reventó el esternón al escuchar su voz otra vez.

—Oh, madre mía, Etienne… —Me acuclillé y respiré como buenamente pude.

Al darse la vuelta y verlo de nuevo, después de trece años, me quebraron las rodillas y caí al suelo. Me apreté las tripas y empecé a llorar.

—¡Ya estamos otra vez! —espetó Carol.

—Es que lo quería tanto, tanto, tanto… ¿Qué nos pasó?

—Que elegiste la opción A.

—¿Por qué eres tan simple, Carol? ¡La vida no es A o B! La vida tiene pequeños parámetros que hacen que tus decisiones parezcan razonables en un momento determinado pero que llevados a otro punto de la línea temporal son absurdas. Sin sentido. Incluso, incluso… ¡son decisiones de las que te arrepientes día sí y día también! Vivimos siempre en una vida equivocada, ¿no te das cuenta? En una vida que de haber entendido en el presente nuestros errores del pasado, el futuro sería, no sé si correcto, pero sí plenamente justificado y por lo tanto convincente.

—Y ahora le da por filosofar a la llorona…

Carol no me entendía, pero al volver a ver a Etienne había comprendido que fue un error mi opción A. Siempre supe que Etienne y yo formábamos un buen equipo. ¡Míralo! Está como siempre, apenas ha cambiado. Se le ve feliz, tranquilo, la vida junto a mí le sienta realmente bien. Tuvimos nuestros problemitas, sí, claro que los tuvimos pero seguro que supimos hablarlo y solucionarlo, no hay más que verlo, es un hombre pleno junto a mí. Hemos formado el perfecto tándem que siempre creí que fuimos.

—Entiendo, mi amor —decía en francés por teléfono. Me levanté del suelo y me senté en la cama junto a Carol—. Sí, sí, ya sabes, hoy ha hecho algunas preguntas pero no te preocupes por ella, está en su mundo, y así mejor, no da demasiados problemas. No pienses en ello, por favor, mi princesa…

—Oh, está hablando conmigo —dije a Carol—. Siempre me llamaba princesa.

—Ya… —contestó ella.

—…Sí, acabo de salir de la ducha, en 30 minutos salgo para allá… ¿Sí?, bueno, voy a quitarte todo en cuanto te vea… ¿qué?... ¿con la boca? Oh, bebé…

—Buf, es que éramos muy piel con piel, ya sabes, unos guarrillos y, míranos, seguimos igual después de más de 17 años de relación, ¡madre mía! —grité fingiendo vergüenza.

—Ya, piel con piel…

En la habitación entró una jovencita espigada, pelirroja y de ojos miel claro. Confundida miré a Carol.

—Es Marion —me explicó—. Vuestra única hija de 12 años. Te quedaste embarazada al poco de llegar de Singapur. Os casasteis un año después.

—Es igual que él… —dije.

—Lo es, sí.

La niña hizo un gesto a su padre. Etienne terminó la conversación telefónica de manera abrupta y lanzó el móvil a la cama, Carol y yo lo esquivamos con cierta risa.

Su hija le preguntó si se marcharía también este fin de semana.

—Sabes que sí, cariño, el nuevo proyecto está en Ginebra y solo puedo revisar la obra los fines de semana. Salgo en 30 minutos.

—Es que no quiero quedarme sola con mamá, está loca.

¿Hola? ¿Cómo que la princesa está loca? ¿Coucou?

—Marion, no hables así, tu madre está enferma, ten paciencia con ella —contestó Etienne. La miró con cierta pena y luego continuó—: Está bien, ¿quieres pasar el fin de semana en casa de tu amiga Chlóe? Llámala y si le parece bien a sus padres te dejo con ella, me pilla de camino.

—Oh, gracias, papi, ¡gracias, gracias, gracias! —Y tras abrazarlo con fuerza, salió corriendo de la habitación.

—¡Y date prisa, en media hora me voy! —Se rio y terminó de vestirse.

Preparó una pequeña maleta, recogió su móvil de la cama y salió. Carol me estiró con fuerza del brazo y, con un “vamos”, le seguimos. Llegamos hasta la diáfana cocina. Etienne dejó la maletita junto a la puerta y se acercó a la mesa del fondo, una enorme plancha de mármol vetado sobre dos pies de piedra negra.

—Dios mío, Carol, ¿qué es eso…? —pregunté.

Eso eres tú.

En una de las sillas de aquella regia mesa vi a mi otro yo. A mi enorme otro yo. A mi desbordante otro yo. Pesaba por lo menos 50 kilos más que ahora. Me llevé las manos a la boca y retrocedí tres pasos, no lo podía creer, estaba completamente deformada.

—Tienes graves problemas de ansiedad que no sabes gestionar —empezó a explicarme Carol—. Intentas saciarte con comida y el resto del día duermes o lloras. Al poco de regresar a Lyon, las cosas volvieron a ir de mal en peor entre vosotros y teniendo un hijo pensasteis que se solucionarían, sin embargo la llegada de Marion no hizo más que empeorarlas. Etienne enseguida comenzó a hacer su vida fuera de casa, y desde hace 5 años mantiene una relación más estable con Sylvie Morin, su princesa.

No lo entendía. No lo podía entender. Soy independiente. Soy una mujer independiente. Con una carrera profesional que me da libertad para elegir cómo y dónde vivir, ¿por qué no me voy?

—¡¿Por qué no me largo de esta mierda-casa?!

—Primero, porque solo te quedaría la opción de regresar a Bilbao, a casa de tus padres. Tienes 43 años y una simple licenciatura, ni masters ni doctorado, y llevas casi 10 sin trabajar porque no lo has visto necesario ganando Etienne lo que gana. Mira todo esto, os sobra el dinero. Entonces, dime, ¿quién te contrataría ahora con semejante currículo? Y en segundo lugar, estás tan anulada psicológicamente que no tienes capacidad de decisión. Tu única inquietud desde hace 11 años es comer, comer y comer.

Cerré los ojos intentando procesar toda aquella información.

—Elvira —dijo Etienne acercándose a mi otro yo por detrás—. Me voy. Paso el fin de semana fuera, ya sabes, por trabajo, te lo he explicado antes. Me llevo a Marion, la dejo en casa de Chlóe.

—¿No quiere quedarse conmigo? —preguntó mi otro yo sin ni siquiera mirarlo.

—No es eso. Volveremos el lunes por la mañana.

Se dio la vuelta y recogió la maleta junto a la puerta.

—Etienne —dijo mi otro yo con muy poquita voz—, sois todo lo que tengo…

Etienne salió de la cocina sin contestar.

Se me saltaron las lágrimas de la impotencia.

—Dios santo, Carol… ¿qué he hecho con mi vida?

—Elegir la opción B.

                                                                                       (Continuará…)

 

25 oct 2020

Noches de bohemia

 

Fotografía de Brassaï. París, 1933.

Miércoles tarde. Bar de Yassir. Lavapiés, Madrid.

Ernesto, desde la mesa, siguió el camino de Enrique al baño.

—¡Yassir, otras 3 cañas! —gritó. Se recolocó en su silla y mirando a Elvira le preguntó por la novela.

—¿Qué novela? —contestó ella mordisqueando un cacahuete.

—La mía, la última, ¿ya la has leído?

—No, ni pienso. —Y se rio con sorna.

—Creía que habíamos hecho las paces.

—Y las hemos hecho, pero me estoy quedando ciega y tengo un tiempo muy limitado para seguir leyendo, así que no puedo perderlo con Seix Barral, hace años que dejó de publicar calidad literaria.

Ernesto se echó hacia atrás, cogió un cacahuete del tarrito blanco y se lo lanzó a la cara. Ella se rio.

—Las cervezas, amigo.

—Gracias, Yassir. —Ernesto cogió los tres vasos en bloque y los dejó sobre la mesa. Después ofreció uno a Elvira y él se acercó otro—. Vuelvo a México el lunes.

Elvira levantó los hombros y se llevó otro cacahuete a la boca. Ernesto la observó, sonrió y se inclinó sobre la mesa.

—Digo que me voy el lunes a México y antes de irme me gustaría pasar una última noche contigo.

Elvira paró en seco de mordisquear y agitó los dedos como si los estuviera limpiando en el aire.

—No sé —dijo.

—¿No te atreves?

—¿Yo? Te recuerdo que el que acababa siempre mal eras tú.

—Bueno, pase lo que pase a lo largo de la noche, sé que no puedo perder nada, en todo caso ganar, solo-puedo-ganar. —Hizo una pausa muy meditada y luego siguió con otro registro—: Vamos, pitufa, no hay nada de malo en recordar viejos tiempos. Una noche, otra vez tú y yo.

Ella sonrió. Se atusó el flequillo y con la lengua se quitó resquicios de una muela del fondo, luego lo miró y asintió.

—Está bien, hagámoslo, una última noche.

Ernesto levantó su vaso, ¡brindemos!, gritó.

—¿Y a éste qué le pasa? —preguntó Enrique de nuevo en la mesa.

Claramente le explicaron que iban a pasar una última noche juntos. Enrique se empezó a reír como un loco y, negando con la cabeza, repetía una y otra vez que no se lo creía.

—No me lo creo…¿Una noche? ¿Cuándo?

Ernesto, como si ya lo tuviera todo planeado, respondió que el sábado.

—No, no, no, el sábado imposible —contestó Elvira—. Lo paso con Joan, los fines de semana son sagrados, son nuestros, de nadie más.

Entre los dos amigos la convencieron: que si vivía con Joan, que si podía estar con él cada día, que si eran unos pesados con sus fines de semana sagrados, que si eran dos sociópatas, que si no había que amar tanto a los maridos y que si compartir era vivir. Así que terminó por aceptar. El sábado noche. Además, Enrique les ofreció su casa, era lo mejor porque en el hotel de Ernesto resultaría demasiado impersonal y tenían claro que el ambiente era muy importante, siempre lo había sido.

Jueves mediodía. Casa de Joan y Elvira. Centro de Madrid.

—Cariño, si no hay ninguna obra de teatro que realmente quieras ver, yo este sábado me decantaría por ir al cine, hay una peli que… —Pero antes de que Joan pudiera terminar Elvira lo cortó.

—Ay, no, no, que no te he dicho. Este sábado no puedo.

—¿Y eso?

—Es que no duermo en casa.

—Ya… No sé, ¿debo preocuparme?

—No, para nada, es solo que voy a pasar la noche con Ernesto.

—¿Tu ex? Ah, pues me quedo mucho más tranquilo.

El sábado por la tarde Joan despedía a su chica en la puerta de casa.

—¿Llevas todo? —preguntó.

—Sí —contestó ella—, no te preocupes.

—¿Y vais a desayunar juntos o…?

—¡Oye, no te pases! En cuanto termine, cada uno a su casa, ¡yo no regalo mi tiempo!

Joan se rio. Se despidieron con un largo beso y no cerró la puerta hasta que no la oyó bajar dos pisos por lo menos.

Sábado noche. Casa de Enrique. Lavapiés, Madrid.

Cuando Elvira llegó a la casa de su amigo, Ernesto ya estaba allí. Se lo encontró en la barra americana de cocina con una cerveza en la mano.

—¿Estás bebiendo?

—No hay nada de malo —respondió él.

—Hombre, no sé… No creo que el alcohol te haga funcionar bien. En fin, haz lo que quieras, no soy tu madre, pero si no te importa, yo me voy a preparar un café. ¡Enrique! —gritó asomando la cabeza hacia el baño—, ¿dónde tienes la cafetera?

Veinte minutos después, estaban los tres amigos sentados en el sofá. Discutían. Elvira no terminaba de entender por qué Enrique había invitado a Darío y a Eva.

—Es que si lo llego a saber también le digo a Joan que se venga.

—¡Joder, Elvi, no es lo mismo! ¿Qué iba a hacer Joan?, ¿mirar? Darío y Eva son pareja, es diferente, además ellos entienden de esto —explicó Enrique.

Elvira parecía realmente molesta. Esto va aparecer un circo, murmuraba entre dientes.

—Anda, pitufa, bébete una cerveza y relájate, estás muy tensa y así las cosas no van a fluir.

Ella lo miró con rabia.

Cuarenta minutos más tarde llegaron Darío y su novia. Todos se saludaron y por fin rodearon la mesa comedor que estaba a un lado del salón.

—Bien —dijo Enrique—, lo haréis aquí. Creo que es una buena superficie. Tenéis mucha luz de la lámpara del techo.

—Yo necesito luz directa, Enrique, lo sabes —reclamó Elvira.

—Sí, es verdad. Ernesto, ¿algún problema con que Elvira utilice un flexo? Tiene baja visibilidad, sería lo justo para estar en igualdad de condiciones.

Ernesto levantó los brazos y negó con la cabeza. Ningún problema por mi parte, dijo.

—Bien, pues preparad vuestras cosas, mientras busco el flexo para Elvi.

—¿Te ayudo, Elvira, mientras te traen la luz? —preguntó Darío.

—No, no te preocupes, gracias —y lo miró con cariño.

—Tranquilo, Darío, a Elvira le queda todavía algo más del 60% de un ojo, se las puede apañar muy bien solita, porque aquí se necesita más imaginación que otra cosa, ¿no?

Elvira agitó molesta la cabeza pero no contestó. Cuando llegó Enrique con la luz extra, ya tenían todo preparado sobre la mesa: los portátiles encendidos, los móviles y los auriculares. Ellos sentados uno frente al otro. Junto a ella una jarra de agua, junto a él dos cervezas. Enrique los miró y se apartó. Pidió a Darío y a Eva que hicieran lo mismo. Y desde una distancia prudente comenzó a hablar ceremoniosamente.

—Bienvenidos al sexto encuentro...

—Séptimo —corrigió Ernesto.

Elvira sonrió cómplice tras su portátil.

—¿En serio? Pues en alguno debí de terminar tan borracho que no me acuerdo. En fin, bienvenidos al séptimo encuentro de Noches de Bohemia. Nuestro ya conocido duelo de creación de obras teatrales en una sola noche. Os recuerdo que he apagado el router, no podéis hacer llamadas ni enviar mensajes con el móvil pero sí escuchar música guardada en vuestro ordenador o móvil o escucharla en Spotify utilizando vuestros datos. Bien, los aquí presentes hemos decidido que las obras sean de corte clásico: un título; tres actos; 5 escenas en el primero, 7 en el segundo y 4 en el tercero; y con un mínimo de 9 personajes.

—¡¡¡¿Nueve personajes?!!! —gritaron los dos.

—No me miréis a mí —se excusó Enrique—, la idea ha sido de Eva. —La chica se reía tapándose la boca y pidiendo perdón—. El duelo, o comúnmente llamado “la noche”, comenzará en 7 minutos, es decir, a media noche. Los participantes podrán ir al baño siempre que lo necesiten, lo mismo que los descansos, pero debo recordar que ganará aquel que termine primero. Su obra se enviará, vía email, a todos los aquí presentes para comprobar que cumple con los requisitos establecidos en esta séptima noche y si su texto es coherente. Si llegados a las 8 de la mañana ninguno de los participantes ha terminado, el combate quedará anulado. ¿Lo habéis entendido?

Domingo por la mañana. Casa de Joan y Elvira. Centro de Madrid.

Elvira se quitó los botines junto a la cama y luego se deslizó, todavía vestida, bajo el nórdico hasta tropezar con el cuerpo de Joan.

—Oso hormiguero, ¿estás dormido?  —le susurró a la oreja.

Joan esbozó una sonrisa y le preguntó por la hora.

—Las 7.43 de la mañana —contestó ella.

—¿Y quién ha ganado?

—¿Quién crees? —Y de un brinco se puso de rodillas sobre la cama haciendo el gesto de victoria—. ¡Dime que soy la mejor, carapitilín!

—Eres la mejor, carapitilín… —Y desperezándose se sentó apoyando la espalda en el cabecero—. ¿Y no tienes miedo?

—¿A qué? —preguntó despreocupada mientras seguía haciendo gestos de triunfadora.

—A que utilice tu obra, ¿o esta vez has tenido cuidado y no se la has dado?

—¿Qué…? —Elvira bajó los brazos con lentitud.

Domingo tarde. Hotel Palacios. Retiro, Madrid.

—Sí, sí, con ganas ya, la verdad… —Ernesto hablaba por teléfono con su novia—. No, todavía no he comido, me ducharé y saldré ahora… Bufff, sí, sí, algo así, ayer fue una noche muy larga… Claro, muero por verte… Por cierto, tengo que mirar horarios, pero creo que el avión aterriza el martes a las 9.20 de la mañana… eso es… no, no, no quiero que vengas a buscarme, espérame en casa… ¡ja, ja, ja!, ¿en serio?, ¡qué ganas, qué ganas de llegar!... Claro, unos días a la playa, sí, me parece bien, necesito descansar un poco… Por supuesto, me pondré a escribir en unas semanas, tengo muchas ideas nuevas, pero necesito desconectar un tiempo... Eso es… ¡Ja, ja, ja!, ¿qué dices?... Está bien, sí… yo también… vale, vale, yo también, mi amor, nos vemos en dos días… y yo.

Colgó el teléfono y siguió leyendo, por tercera vez, el texto de Elvira. Al terminar, guardó el documento cambiando el título de la obra. Apagó el portátil y se metió en la ducha.