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28 abr 2020

Humilladas

Fotografía de Ed Van Der Elsken


Me levanté con la sensación de que aquel día iba a ser tranquilo, quizá demasiado. Estaba de vacaciones. Sí, mencionar vacaciones mientras vives en un país en estado de alarma por el cual llevas 6 semanas sin poder salir de casa, resulta cuanto menos paradójico. Pero lo estaba, estaba de vacaciones. Es decir, mis desesperantes clases de Fonética online quedaban canceladas durante 10 días y tan solo aquello me daba la vida. Dedicaría la jornada a leer. Leería y disfrutaría del confinamiento como solo los misántropos sabemos hacer.
Mientras me preparaba el café, Beatriz me llamó 3 veces. Miré el móvil en las tres ocasiones pero no contesté. Cogí mi café y fui al salón para elegir la lectura entre mi montaña de libros todavía no leídos porque, es cierto, tengo un ligero problema con el tsundoku. Seleccioné a Kawabata. Beatriz me volvió a llamar. Esta vez contesté, si no me iba a dar la tabarra todo el día.
—¿Has visto el corto de Enrique? —preguntó.
No supe muy bien qué contestar, sabía que aquello me iba a traer problemas.
—Sí —dije finalmente—. Me lo mandó el domingo.
—Bien, ¿y?
Enrique había elaborado un corto cinematográfico de 7 minutos. La propuesta salía de una productora que apoyaría económicamente a los tres más originales. La idea cobraba singularidad puesto que todas las películas habían sido realizadas durante el confinamiento, es decir, tanto los actores como el director estaban cada uno en su casa. En el corto de Enrique aparecían tres actrices y ninguna era Beatriz, así que sabía perfectamente a qué se refería.
—No sé a qué te refieres, Bea. —Si es que al final el premio a mejor interpretación me lo iba a llevar yo.
—Me refiero a que ¿por qué me ningunea siempre de esta manera sabiendo que soy actriz?
—Hombre, Bea, actriz, actriz, ya no eres…
—Soy tan actriz como tú escritora, ¡así que no me toques los cojones que aquí hay puñaladas para todas!
—Sí, sí que eres actriz, sí. —Y pegué un sorbo a mi café lamentándome de haber contestado a su llamada. Adiós a mi día tranquilo.
—Llámalo y pídele explicaciones.
—No le pienso llamar, Bea. Si tienes un problema con él, lo llamas tú.
—Tú tienes más confianza con él. Llámalo. Me lo debes.
—¡No te debo nada! ¡Estás loca! ¡No voy a llamarlo!
—Hola, Enrique, ¿qué tal? —Yo, 10 minutos después—. Nada, que estoy aquí dándole vueltas a tu corto… Sí, sí, eso es, ¿no?, qué difícil montarlo cada uno en su casa… Claro, Claro… Un trabajazo el de las actrices, sí… Ya… Oye, la del cuchillo es… Ajá, es verdad, Marina Santisteban… Sí, que trabajó en la obra de Ismael Cerzo, es verdad… ¡Claro, claro! Es que al verla, me recordó mucho a Beatriz, ¿no? Y claro, me he dicho: qué raro que Bea no quisiera participar… ¿Eh?, no, no, no, no, no he hablado con ella… De verdad, Enrique, que no me ha pedido que te llame, ¿no me conoces o qué? —Pegué otro sorbo a mi café, esta vez lamentándome de que no fuera cerveza—. Sí, su físico la condiciona mucho… Ya, demasiado exuberante… Sensual, sí, mucho… Bueno, ella es actriz, al final es una cuestión de interpretar el personaje, ¿no?... Ya, que no sabe… Hombre, yo creo que si está bien dirigida puede hacer cualquier papel… Claro, claro, en este caso estando cada uno en su casa, difícil dirigirla, sí, tienes razón… —Y no sé qué más me dijo porque ya me bloqueé pensando en cómo se lo iba a contar a Beatriz.
Esperé su llamada leyendo el libro de Kawabata sin poder pasar, en realidad, de la primera línea.
30 minutos después:
—A ver, Bea, en realidad, ya sabes cómo van estas cosas. La idea del corto fue de Marina Santisteban, la que sale al final con el cuchillo, que ya sabes que ha trabajado mucho con Cerzo, ¿no? Bueno y, claro, ya tenía todo el elenco montado. Solamente le pidió a Enrique que le escribiera el texto y que las dirigiera, pero poco pudo decidir él, porque si no, ya me ha dicho que hubiera contado contigo de cabeza. —And the Oscar goes to… ¡Elvira Rebollo!
Tardó en contestar y yo me puse muy nerviosa.
—Está bien —dijo al fin—, escríbeme un texto. Escríbeme un texto para mí sola.
Puse los ojos en blanco. Eso me pasaba por intentar ser buena amiga.
—No, Bea, yo no puedo escribirte un texto. —Vamos a ser sinceros, a Enrique no le faltaba razón, Beatriz era una actriz muy estereotipada, ella misma explotaba su perfil de mujer fatal y no parecía querer trabajar otros registros.
—Pues puedo interpretar uno de tus textos oscuros, esos sobre el suicidio, puedo hacerlo.
—No, no puedes.
Entendió mi tono tajante, por no decir soberbio. Colgó con un “está bien”. Después me sentía mal, pero tampoco la llamé de nuevo. Pensé que ya se le pasaría igual que a mí. Sí, ya se nos pasaría. Cogí de nuevo a Kawabata y me hundí en el sofá.
El resto de la mañana pasó tranquila, más o menos. La profesora Wang me llamó para informarme de con quién estaría en la mesa de tribunal de las tesis pero no mencionó el programa de asignaturas del próximo semestre, y a mí era lo que me preocupaba realmente. Así que me inquieté pero sin más. Preparé la comida con Joan, comimos, tomamos nuestro largo café de sobremesa, él se fue a dormir la siesta y yo caí de nuevo en el sofá.
Cuando iba por la página 72, mi móvil vibró. Estaba convencida de que sería Bea, pero no, fue Vero. Descolgué enseguida, querría hablar de las mesas de tribunal.
—Loca de mi vida, ¿sabes quién me ha llamado hace 3 horas?
—Elvi…
—La profesora Wang. ¿Crees que es un acercamiento?
—No sé. Elvira…
—A ver, yo creo que sí, pero no ha dicho nada de quitarme a los grupos bajos para el próximo curso. Y, Vero, te lo digo muy en serio, esas clases atentan contra mi salud, ¡mental y física!
—Elvira, su mujer se ha enterado.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
—¿Qué?
—La mujer de Antonio. Se ha enterado.
¡Cierren escotilla! ¡Inmersión, inmersión! ¡Accionen bombas de estabilización! ¡Timones listos para el descenso! ¡Aumenten presión! ¡Presión al MÁXIMO!
—Huye —dije.
—¿Cómo? ¿Quieres que me esconda bajo el mar?
—Algo así, sí. —Mi submarino ya estaría a más de mil metros de profundidad—. Desaparece, Vero.
—Es que no entiendo cómo Antonio ha dejado que pase algo así. Su mujer vio en su móvil una foto nuestra en Londres, abrazados frente a la puerta de Daunt Books. Antonio no supo qué contarle. Al final le explicó que yo era una amiga suya de hace años, y que nos habíamos encontrado de casualidad, que no le había comentado nada antes porque no le dio ninguna importancia. Ella debió ponerse muy nerviosa y discutieron bastante… —Yo tenía los ojos como platos escuchando todo aquello—. Dice que después de explicárselo varias veces y calmarla, se lo creyó.
—Vale, Vero —dije y tomé aire—. Su mujer no se lo ha creído, porque eso no hay quien se lo crea. Su mujer sabe perfectamente quién y cómo es su marido por eso le miró el móvil.
—Hablaron de mí, Elvi. Tuvieron una conversación sobre mí. Me hace sentir tanta vergüenza… tanta, tanta vergüenza. Yo he intentado llevar esto con mucho respeto, sé que suena raro decirlo. ¿Qué respeto vas a tener si te tiras al marido de otra? pero, de verdad, nunca quise saber nada de su mujer ni de sus hijas, siempre quise mantener los dos mundos muy separados, yo… Elvi, he sido respetuosa, yo, yo… Tuvieron una discusión sobre mí, yo… Esto… He sido muy, muy respetuosa. Él ha sido tan torpe, muy torpe… Siento muchísima vergüenza.
Ese tal Antonio no es que hubiera sido torpe es que había sido un completo inútil, además de un imbécil redomado.
—Se acabó, Verónica. Bloquéalo como contacto en WhatsApp, Wechat, Gmail, y en todas las redes sociales. Bloquéalo y no vuelvas a ponerte en contacto con él jamás. Vuestra relación ha dejado de ser algo divertido para convertirse en un problema. Él ha demostrado que tiene muy pocas luces, no obstante nunca hay que subestimar la ira de una esposa engañada, así que desaparece. Déjale a él solito que recomponga a su familia perfecta.
—Siento tanta vergüenza, Elvira… Tanta, tanta vergüenza de mí misma…
Tragué saliva, no sabía qué decir. Agaché la cabeza y mirando al suelo esperé a que ella añadiera algo, pero no lo hizo. Colgó así, en silencio.
Me recosté de nuevo en el sofá. Estaba descompuesta. Miré el techo escalonado de la buhardilla por lo menos durante una hora sin saber cómo reaccionar. Después tomé el libro y continué leyendo en la página 73. Dos horas más tarde, terminé el libro. Lo acaricié y lo dejé a un lado. Cogí mi móvil y grabé un audio de WhatsApp:
—Bea, estaba pensando que quizá podría escribirte un texto. Puedo escribir un monólogo intimista, ¿te gustaría? Algo sobre la humillación, sobre cómo los demás consiguen con muy poco que nos avergoncemos de lo que somos… (Silencio prolongado. Me agarré del cuello, me entraron ganas de llorar.) Perdóname, Bea, por favor.
Un minuto después me mandó un mensaje escrito:
De momento escríbeme ese monólogo y ya veremos si te perdono.
Sonreí y besé la pantalla del móvil.


28 feb 2020

Noches de consultorio

Autor desconocido.


Nota: Para entender mejor este relato, te aconsejo leer antes: Lunes de consultorio.

—¿Te lo puedes creer, Elvi? ¿Te lo puedes creer? ¡Está con otra tía!
Era la noche del martes o del miércoles. Sostenía mi segunda copa de vino en la terraza de la casa de Bea, mientras la escuchaba gritar.
—Sí, es… es… —decía yo y pegaba otro trago de vino, el día se me estaba haciendo largo.
—Darío con otra tía, por eso no se ha querido mudar a mi casa, ¿cómo iba a hacerlo si estaba saliendo con esa pava? ¡Es que está con ella desde octubre! ¿Tú lo sabías?
—¿Yo? No, no lo sabía.
Sí, sí lo sabía.
Hacía una semana desayunaba con Darío:
—Gracias, Elvi, por quedar. Sé que andas liada con tus cosas…
No es que estuviera liada con mis cosas, de hecho, últimamente estaba bastante dispersa. Con esto del coronavirus, no terminaba de organizarme ni con las clases online ni con los artículos. Todo estaba en el aire y la profesora Wang no podía concretarnos nada porque tampoco ella sabía la fecha de regreso a China. Intentaba planificarme un horario pero me resultaba difícil cumplirlo.
—… pero quería hablarte de Bea, sois muy buenas amigas y quizá por eso puedas ayudarme.
Darío me contó que el día anterior había quedado con Bea. Sí, eso también lo sabía, habíamos comido juntas. Y también me contó que le propuso mudarse a su casa. No, eso no lo sabía porque supuestamente Bea me prometió no pedírselo. Sin embargo supongo que para eso están las amigas, para escucharlas y luego hacer lo que te salga del toto.
—Entiéndeme, Elvi, me encanta Bea. Joder, ¿a qué tío no le gusta Bea? Pero pensaba que todo iba a ir más lento, más tranquilo, bueno, como es ella, que todo se lo toma a chufla, no sé si me entiendes. —Sí, le entendía—. Yo es que he conocido a alguien, nada serio, ¿sabes? Pero quiero seguir conociéndola.
Se llamaba Eva. Era estudiante en su escuela de Expresión Corporal y llevaban follando desde octubre. No podría llamarse relación porque tan solo tenía 23 añitos y había muchas cosas que a Darío no le encajaban.
—¿Qué hago, Elvi?
Temía esa pregunta que todos me hacían.
—De momento pedirme otro café, anda.
El desayuno se alargó más de la cuenta. Por fin, sobre las 09.30 nos despedimos acordando que, en cuanto él tuviera tiempo, se lo contaría a Bea, porque si se trataba de mantener una relación abierta, Bea era idónea para ello.
 —¡Y me pide que tengamos una relación abierta!
Bueno, igual Bea no era tan idónea para ello.
—¿Estamos locos? ¿Holaaaaaa?
—Hola… —De un trago me terminé el vino. Me había equivocado.
 —¿En qué cabeza cabe que quiera compartir a Darío?
En la mía. Me serví la tercera copa, lo necesitaba, sí, verdaderamente el día se me estaba haciendo largo. Demasiados errores.
A las 11 de la mañana estaba subida a un taburete rebuscando entre las estanterías de una vieja librería de segunda mano, cuando mi móvil vibró. Llamada entrante de Vero.
—Dime, loca de mi vida.
—Ya han pasado 10 días y no sé nada de Antonio. Evira… yo…
Me bajé del taburete y haciendo un gesto al librero, que estaba detrás del mostrador y que custodiaba mis libros hasta ahora elegidos, salí de la tienda.
—Vero, a veces los hombres necesitan tiempo, a veces…
—¡Elvira, basta! Ha tomado una decisión y me ha dejado fuera.
Sí, la había dejado fuera. Diez días eran demasiados para un silencio que no fuera acompañado de una intención. Me senté en un bolardo que había en la acera, frente a la puerta de la librería y suspiré derrotada, la jugada me había salido mal.
—Está bien, Vero, pues ahora intenta olvidarlo y ya. Y ya.
—¡No es tan fácil! ¿Qué crees? Echo de menos sus mensajes diarios, sus audios, sus fotos, echo de menos… ¡Echo de menos que esté ahí! ¡Ahí! Ahí… coño, joder, ahí para mí.
—Vero, lo sé, pero ya está. Esto no iba a ninguna parte. Ahora intenta olvidarte de él poco a poco y ya está.
—Elvi, es que tú no me entiendes.
Claro que la entendía. Nueve años atrás, yo vivía en Madrid desde hacía poco más de un año. Estaba de pie en el salón de mi casa con unos leggins y una camiseta de tirantes llorando frente a mi amigo Gael que me sujetaba por los hombros intentando tranquilizarme.
—Cari, basta, te lo pido, por favor —me rogaba.
—No puedo, el dolor viene de aquí. —Y le señalaba las tripas.
Hacía 4 años que me había dejado Etienne, mi ex por excelencia, y hacía 4 años que lloraba sin consuelo. Hacía uno que había empezado terapia para poder aprender a continuar con mi vida sin él y hacía 10 minutos que le había mandado el último mensaje por el chat del Skype.
—Es que no me contesta… —le explicaba a Gael.
—No, cari, no te contesta porque te pidió hace dos meses que no le escribieras más y llevas en la última hora 4 mensajes.
—Es que no me contesta…
—Cariño, escúchame, él ya no te quiere.
—No me digas eso…
—Es que ya no te quiere.
—Sí… un poco sí.
—No, ni un poco, nada. Hace 4 años que no te quiere.
Me senté en el sofá como quien teme romperlo.
—Igual incluso más…, ¿verdad…? —dije.
—Sí, igual incluso más. —Se sentó a mi lado—. Cariño, debes pensar que Etienne ha muerto porque si no, no vas a salir de este bucle desesperante, imaginándote una y otra vez cómo sería tu vida si no te hubiera dejado. Es que, Elvi, llevas mucho tiempo atascada, se acabó, Etienne ha muerto.
—¿Muerto…?
—Sí, muerto, chimpún. ¡Venga —exclamó dando una fuerte palmada—, ya puedes empezar con tu vida! Vamos, empieza lavándote el pelo que das asco, ¡vamos!
—Vale… —Entendí aquello.
20 minutos más tarde, al salir de la  ducha, Gael, que preparaba macarrones, me peguntó que qué hacía sentada en mi escritorio.
—¿Eh?, nada, escribiendo un mensaje a Etienne para decirle que tú me has dicho que debo pensar que se ha muerto y que ya no le volveré a escribir nunca más. Seguro que a este mensaje me contesta.
Gael me lanzó la cuchara de palo con todas sus fuerzas.
El timbre en la casa de Bea sonó y yo me quité a Vero, a Etienne y a Gael de la cabeza.
—Voy yo —dije.
Al abrir, Almudena me abrazó. Pasamos juntas a la terraza. Bea le sirvió una copa de vino.
—Bueno, ¿y esta reunión de chicas, así, a mitad de semana? —preguntó.
—Darío está saliendo con una tía, ¿lo sabías? —dijo Beatriz.
—Oh, no…, no, no lo sabía.
Sí, sí lo sabía, se lo había contado yo.
—Pero, Almu, espera que hay más. Lo mejor de todo es que me propone estar con las dos a la vez hasta ver si alguna relación sale adelante.
—Oh, por favor, ¿qué dices? ¡No me lo puedo creer!
Sí, sí se lo podía creer porque eso también se lo había contado yo y le pareció bien. Me terminé la tercera copa. Almudena me miró y yo miré al suelo, quería que mi vida terminara en ese momento. Al verme tan agobiada empezó a hablar de su fin de semana en Segovia. Saqué el móvil y le escribí un mensaje a Vero, me sentía fatal.
La he cagado. STOP. Lo siento. STOP. Soy la peor consejera amorosa del mundo. STOP. Pero tú sigues siendo la mujer más increíble que conozco. STOP. Así que haz lo que quieras. STOP. Si necesitas verlo, escríbele y díselo. STOP. Como yo, él tampoco querrá perderte. STOP y FIN.
—… A ver, los niños se lo han pasado muy bien, parece que van a hacer buenas migas.
—¿Pero tú no ibas a cortar con Carlos? —pregunté guardando el móvil en el bolso.
—Ah, ¿le ibas a dejar? —Bea.
—A ver, sí, de hecho se lo he dejado caer.
—¿Caer? —yo.
—Pues en plan, bueno, ya si eso el próximo fin de semana no salimos de Madrid, ¿no? Vaya, para que vea que no siempre voy a estar disponible para viajar.
Bea y yo nos miramos y luego miramos a Almu.
—¡Es que, chicas, es difícil cortar con un coah!, porque te empieza a liar la cabeza con proyectos y con un futuro tan bien estructurado que… que… ¿A quién no le gusta saber qué va a hacer en el futuro?
—A mí —respondí sirviéndome la cuarta copa.
Mi bolso vibró, saqué el móvil. Mensaje de Vero:
O pones STOP o pones FIN, pero nunca los dos, idiota.
Me reí. El móvil volvió a vibrar. Nuevo mensaje de Vero:
No le voy a escribir. Tomé una decisión. Algún día dejaré de echarle de menos, no?
Sí, algún día. CAMBIO.
Que no se dice CAMBIO para terminar. Coño.
Perdón. COÑO y CAMBIO.
Jajsjaksksjajajajskakasjaja!!! Gilipollasssss!!!
Y tan muerta de risa estaba guardando el móvil que no me di cuenta de que me había quedado sola en la terraza.
—¿Chicas? —pregunté entrando en la casa. Empezaba a notar las 4 copas de vino, todo parecía tambalearse.
Las encontré en la cocina. Bea estaba muy alterada y Almudena al verme me hizo un gesto con la mano de “aquí se va a liar pero bien”. Bea salió gritando y en bajo pregunté a Almu qué mierda estaba pasando.
—Darío está subiendo por las escaleras —dijo repitiendo el mismo gesto con la mano.
—Vale, tú y yo no sabemos nada, putas como gallinas, no, putas y muertas, gallinas muertasss, bueno, ¡sssshhhht! —Sí, confirmamos que ya estaba borracha.
Oímos la puerta, la voz de Darío y los gritos de Bea. Almu y yo nos agarramos de la mano.
—Necesito más vino… —dije, me estaba mareando.
Entraron en la cocina.
—¡Y te atreves a venir a mi casa después de proponerme la guarrada de la relación abierta! —Bea.
—¡Pero por qué te enfadas conmigo si la idea fue de Elvira!
Adiós. Cerré los ojos creyendo que así nadie podría verme.
—¡Serás puta!
Seguí sin abrirlos fantaseando que Bea se lo estaba diciendo a Almudena.
—A ver, por favor, calmémonos todos —pidió Darío.
Pero lejos de calmarnos la cosa se calentó todavía más cuando Almu, en un torpe gesto por ayudarme, le confesó que ella también lo sabía. Bea nos echó de su casa. En el descansillo no dejaba de chillar lo malas amigas que éramos.
—Yo te quiero, Bea… —le decía intentando abrazarla con el abrigo a medio poner.
—¡Que no me toques, mentirosa!
—Menudo pedo llevas, trasto. Almudena, ¿os pido un taxi?
—Yo te quiero, Darío…
—No, tranquilo, Darío, la acompaño a casa dando un paseíto, a ver si se le pasa. Anda, Elvi, ven, dame la mano que nos vamos a casa.
—Adióssss, amigosss, os quiero… Follad y sed libressss…
—Lo haremos, trasto —dijo Darío lanzándome un beso a las escaleras.
—¡¿Cómo que lo haremos?! Antes tendrás que explicarme muchas cosas, ¿no?
Se metieron en casa pero yo seguía diciéndoles adiós con mano.
Ya en la calle, Almu me colocó bien el abrigo.
—¡Ay! —exclamé—. Me vibra el chocho.
Almudena se rio y me sacó el móvil del bolso.
—Anda, toma.
—¿Qué pone…?
—Mensaje de WhatsApp de Verónica China.
—Acepto.
—Que no tienes que aceptar nada, que es un mensaje, ¿te lo leo?
—Acepto.
—Joder, qué pesadita eres, Elvi. A ver, ¿cómo se desbloquea tu patrón de seguridad?
—Así. —Y recuerdo dibujarlo en el aire una y otra vez, oía a Almu reírse.
—Pareces el Zorro. Vale, aquí está. Te leo el mensaje entonces, ¿no?
—Acepto.
—Bueno, pues Verónica China escribe: “He recibido mensaje. STOP. Ha comprado los billetes. STOP. Llega a Londres el sábado por la mañana. STOP. No eres tan inútil. COÑO y CAMBIO”. No sé, yo no he entendido nada, vosotras sabréis de qué va esto. ¿Quieres contestarle?, ¿eh, Elvi?, ¿te ayudo a cont…? Pero, pero, pero ¿por qué lloras, tonta?

18 feb 2020

Lunes de consultorio

Consultorio radiofónico de Elena Francis. (Autor desconocido.)


—Menuda putada lo del coronavirus, pensaba que la próxima semana estaríamos ya en China con nuestra vida. Tengo ganas de volver, menuda putada…
Escuchaba por el móvil a Verónica. Estaba apoyada en la fachada trasera de la biblioteca, serían las 10.30 de la mañana, hacía mi primer descanso.
—Hombre, yo agradezco quedarme unas semanas más por Madrid, pero esto pinta para largo —contesté.
Me había llamado ella. Estaba en Londres, en casa de su hermana que acababa de dar a luz a su segundo hijo y Vero había ido a ayudarla un poco. Pero como yo, el tema de los niños no era su fuerte, además quién iba a imaginar que terminaría quedándose con ella más de un mes. El Gobierno chino no terminaba de levantar la cuarentena y desde la oficina de Relaciones Internacionales de la Universidad habían cancelado nuestros vuelos de regreso hasta nuevo aviso.
—Es que, Elvi, es imposible dormir en esta casa, empiezo a desquiciarme y volver a España con mi madre es todavía peor. ¡Dios, necesito recuperar mi vida! ¡Coño ya!
—¿Qué pasa, Vero? —pregunté separándome un poco de la pared.
—Nada, lo de siempre —dijo con desgana.
—¿Antonio?
Esperó a contestar.
—El fin de semana pasado iba a ir a Barcelona a verlo, así lo habíamos acordado. Ya sabes que él tampoco puede regresar a China, ¿no? Y el jueves me llamó y que no, que le parecía muy arriesgado teniendo a su familia tan cerca. No sé, tía… Lo de siempre.
Solté el aire lentamente por la nariz.
—Bien, que vaya él a Londres.
—No, no, él no puede, porque su mujer le ha puesto una movida para tenerlo localizado siempre.
—¿Unos cascabeles en el prepucio?
—Qué idiota eres… Espera, que salgo al jardín y así podemos hablar mejor. —Le di un tiempo a que saliera de la casa—. Debe ser una aplicación en el móvil, un rastreador, vamos.
—Pues nada, que se quede con su mujer atado a la pata de la cama con grilletes y tú sigue viviendo libre, no es tu problema. No nos vamos a despeinar por una tontería así. Corta toda la relación con él y punto. Invierte más tiempo en Ranjit y si no: Next. Aquí nadie es imprescindible.
—Ya, bueno, hay otra cosa…
—Ay, madre… —dije y me volví a apoyar en la fachada del edificio.
—Me llamó ayer, y… bueno… —La escuchaba con los labios apretados, me esperaba lo peor—. Dice que se arrepiente mucho de no habernos visto y quiere que vaya a Barcelona el finde del 29 de febrero. Y claro, no sé… ¿Qué hago, Elvi?
No había nada que me molestara más que un hombre indeciso, porque o bien lo era porque te estaba tomando el pelo o bien lo era porque su escasa materia gris no le daba para procesar con mayor rapidez, y a ninguna mujer le gustan ni los sinvergüenzas ni los idiotas.
—Vale, apunta, vas a escribirle un mensaje.
—No, Elvi, ¡tus mensajes no!
—Apunta: Antonio, si quieres verme, súbete tú a un avión con tus enormes cojones y ven a Londres. Si no, no es necesario ni que contestes a este mensaje. Punto.
—Elvira, no puedo escribirle eso, porque si no me contesta… si, al final, él no me contesta, yo, yo, yo me muero, me muero…
Sí, lo sabía.
—Mándale el mensaje ya. Luego me cuentas.
Colgamos y al hacerlo me di cuenta de que tenía tres audios de Beatriz. Los escuché antes de entrar de nuevo a la biblioteca. Quería que nos viéramos hoy, me contaba que a la tarde había quedado con Darío y que antes necesitaba hablar conmigo. Le contesté con un audio también, pidiéndole que me viniera a buscar a la biblioteca a las 14.30 para irnos a comer.
Sobre las 12 Vero me escribió un mensaje:
No me contesta, tía.
Tranquila, está procesando, que se tome su tiempo. Le respondí.
Estaba siendo difícil concentrarme en mis libros entre tanto mensaje.
Sobre las 13.30 me escribió Almudena:
Estás libre esta tarde?, unas cañas? Necesito hablar.
He quedado con Bea para comer, si quieres vente, si no puedes quedamos a las 18.00 dónde me digas.
No puedo. Mucho curro. 18.30 en la Plaza Luna, vale?
Oki. Y le mandé muchos besos con corazones.
A las 14.00, un nuevo mensaje de Vero:
Tíaaaa, no le voy a volver a ver nunca más, estoy de los nervios, no sé por qué te tengo que hacer caso. Le voy a escribir diciendo que voy a Barcelona. Se acabó, me da igual ser una arrastrada, necesito que esté en mi vida.
Rápidamente apreté el microfonito verde de la conversación del WhatsApp y me agaché debajo de la mesa para grabar el audio:
—¡¡Nooooooo…!! ¡No…!, ¡¿me oyes…?! ¡Suelta el móvil ahora mismo…! ¡Aguanta, aguanta, AGUANTAAAA…!
Me levanté como si no hubiera hecho lo que había hecho. Dejé el móvil en la mesa con cierta ceremoniosidad y sonreí a la chica que tenía a mi lado. Luego me retiré el pelo por detrás de los hombros y volví a mis libros como si fuera la mujer más erudita del planeta aunque en realidad estuviera pensando en los cascabeles de Antonio.
A las 14.40 Beatriz vino a buscarme. Me ayudó a recoger mis cosas. Al salir, Bea aprovechó para guiñar el ojo a dos chavales de no más de 20 años y a sacarle la lengua de forma descarada a un hombre de nuestra quinta, que la miró perplejo.
En el restaurante, me fijé en lo despampanante que era Bea. Llevaba una camisa con tres botones desabrochados dejando ver parte de su sujetador negro de encaje. Su larga melena morena, cortada a capas, nunca la llevaba recogida y se la agitaba con la mano derecha constantemente. Y siempre sonreía y cuando lo hacía achinaba los ojos, era un encanto.
—Estás preciosa, Bea.
—Oh, gracias, tonta del culo.
Después de que nos trajeran la ensalada para compartir, empezó a contarme que nunca se había sentido tan bien. Bien de verdad, me decía. Nunca se había podido imaginar que tendría algo con Darío y realmente estaba encantada. Y sí, lo estaba, se mostraba exaltada, no podía dejar de agitar las manos en el aire y de reírse con ganas por cualquier comentario que ella misma hacía. La observaba con envidia, porque no sé el tiempo que hacía que no me sentía tan viva como ella. Cogí mi copa y bebí un poco de vino y la seguí escuchando embobada, hasta que dijo algo que hizo que dejara la copa otra vez sobre la mesa y le pidiera que lo repitiera.
—Perdona, ¿qué?
—A ver, sé que es muy pronto, pero por qué esperar. Pasamos de los 40, es una tontería seguir perdiendo el tiempo.
—Sí, Bea, pero no creo que proponerle que se mude a tu casa sea la mejor idea.
—¿Por qué no?
—¡Porque os liasteis por primera vez la semana pasada!
—¿Y?
Vibró mi móvil sobre la mesa. Lo miré. Mensaje de Vero:
Lo siento, tía, no me puedo arriesgar, no puedo. Estoy mirando vuelos a Barcelona, los hay baratos, voy a comprar uno, tengo que ser sincera con lo que siento y quiero verlo.
—Perdona un momento —le dije a Bea. Luego apreté el microfonito verde del WhatsApp—: ¡Mecagüenlahostiaputaya! ¡Que dejes de mirar el móvil, coño! —Volví a dejar el móvil sobre la mesa—. Perdona, lo de Darío, ¿no?
—¿Y eso?
—Nada, nada, una amiga de China que tiene problemas con un geolocalizador.
Beatriz asintió pero creo que ni llegó a escucharme, picó un trocito de pan y retomó su tema.
—No sé, Elvi, pensaba que tú me ibas a apoyar. Nosotras hablamos el mismo idioma.
No se trataba de entenderse, porque claro que la entendía, entiendo a Bea perfectamente siempre. Esto era diferente, se trataba de tener cabeza. De aminorar la exaltación para apreciar y, sobre todo, conservar una situación que queremos que dure. Y, por supuesto, proponiéndole que se mude a su casa lo único que iba a hacer era agobiar a Darío y espantarlo, y así se lo dije.
—¿Tener cabeza? ¿El amor es una cuestión de cabeza?
—Sí, lo es. A nuestra edad, por suerte, lo es. Sabemos gestionar mucho mejor nuestros sentimientos y el tener tantas experiencias a la espalda nos ayuda a saber lo que nos conviene y lo que no. El amor se cocina en la cabeza y el deseo en la vagina, el corazón no sirve más que para darnos infartos.
Bea se rio. Se agitó el pelo y luego cogió su copa de vino. Antes de beber, me preguntó:
—¿Joan sabe el monstruo que tiene en casa?
—Lo sabe.
La comida continuó entre risas. Bea se relajó y sacó su artillería pesada sobre anécdotas de dos rombos. Después fuimos a tomar café, porque decidió que ya no volvería a la oficina, era lo bueno de trabajar para su padre, que el horario podía ser bastante flexible. Nos despedimos sobre las 18.00, había quedado con Darío  y prometió no acelerarse, me dijo que me llamaría al día siguiente para contármelo todo.
—Bueno, todo, todo, todo no es necesario, Bea.
Me abrazó y antes de despedirnos me aconsejó que me echara más colorete porque tenía la cara bastante amarilla.
A las 18.43 estaba entrando en la Plaza Luna. Vi a Almudena sentada en uno de los bancos de piedra junto al restaurante chino. Me saludó con la mano en alto, así que yo empecé a bailar al estilo danza contemporánea, arrastrando los pies y haciendo contorsiones raras con los brazos. Sabía que Almu pasaba mucha vergüenza ajena cuando empezaba así. Se dio la vuelta y fingió no conocerme. Yo solté tal carcajada que unos niños, que andaban por allí jugando, se me quedaron mirando con cierto temor.
—A mí estas tonterías de teatro, no, por favor, ¿eh? —me dijo mientras me daba dos besos. Yo me seguía riendo, la adoraba.
Nos fuimos a tomar unas cañas a un bar de la Calle Pez. La conversación importante tardó en arrancar, empezó contándome que tuvo que comprar otro hámster y decirle a Abel que Roco había vuelto.
—¿Y se lo creyó? —pregunté.
—No,  claro que no, tiene 11 años, pero me lo agradeció igualmente. Es muy bueno.
—Sí, sí que lo es.
Cuando el tema del hámster y de la bondad de su hijo se terminaron por fin me habló de lo que nos había llevado hasta allí.
—Es Carlos, ¿sabes?
—Me lo suponía —dije pegando un sorbo a mi cerveza.
Me contó que Carlos estaba organizando un fin de semana en Segovia para que Abel y sus dos hijos se conocieran.
 —¿Estamos hablando de un fin de semana familia-feliz?
—Algo así —contestó mirando al camarero que nos dejaba sobre la barra otras dos cañas.
—Bueno, te vas con una tropa de tres niños dirigida por un coach a comer cochinillo. Pinta bien.
—Quiero dejarle.
—¿Qué?
—Quiero dejar a Carlos. No es para mí. Me saca de quicio que organice cada salida que hagamos durante la semana, es que no deja ni la mínima oportunidad a la improvisación y, vale, lo puedo llevar, pero no lo quiero para Abel. Un hombre que le ordene su vida con listas y cuadrantes y cada dos por tres le pregunte: ¿ya sabes lo que quieres hacer este verano?, ¿ya sabes lo que quieres hacer el próximo curso?, ¿ya sabes lo que quieres estudiar en la universidad?, ¿ya sabes, ya sabes, ya sabes? ¡Tiene 11 años!
—Es coach.
—¡Es mierda!
Me entró la risa. Me encantaba ver a Almu enfadada. Era muy habitual verla melancólica, desanimada, frustrada pero enfadada, realmente enfadada, era difícil de verla y ahora creo que lo iba a disfrutar.
—Bueno, pues déjalo, ya está.
—Sí, pero no sé cómo hacerlo.
—¿No? Muy fácil: Carlos, adiós.
Las dos nos empezamos a reír. En ese momento me vibró el móvil. Era un audio de Vero. Le pedí a Almudena un minuto para poder escucharlo. Estaba llorando, me decía que sentía que la había cagado y que por hacerse la dura ya nunca volvería a ver a Antonio y no estaba preparada para eso. Después de escucharlo le dije a Almu que me diera dos minutos, que tenía que llamar a una amiga. Salí del bar y marqué la llamada desde el WhatsApp. Descolgó, seguía llorando. Le pedí varias veces que se tranquilizara. Que se preparara un té, de esos ingleses, que saliera al jardín de la casa de su hermana y que se lo bebiera allí con calma, porque le dije:
—No puedes estar con un hombre que considera su vida mucho más importante que la tuya. No puedes permitir que la menosprecie de esta manera, haciendo y deshaciendo planes según su conveniencia. Hoy, por fin, esto se lo has dejado bien claro, lo has hecho, Vero. Ahora dale tiempo para que decida si, bajo estas condiciones, quiere jugar o no. Y si lo hace es porque entenderá que las decisiones que tome a partir de ahora no solo serán pensando en él sino también en ti. ¿Vale?
—Vale…
—¿Te vas a hacer un té?
—Sí.
Al entrar de nuevo en el bar, Almu me propuso salir a pasear. Nos bebimos las cervezas, pagamos y tomamos la Gran Vía. Íbamos agarradas del brazo, parecíamos dos viejillas a la salida de misa. Durante el camino fingíamos posibles situaciones que se encontraría al intentar cortar con Carlos. Practicamos los diálogos e incluso los gestos. Nos reímos bastante. Sobre las 21.00 nos despedimos en Quevedo. Al igual que Bea, me dijo que me llamaría para contármelo todo, pero a ella no le tuve que censurar aquel todo.
Decidí volver a casa dando otro paseo. Me puse los auriculares, me conecté el Spotify y fui bajando San Bernardo. A medio camino mi móvil vibró. Estaba convencida de que sería Vero. Lo saqué del bolso, vi la pantalla, no era Vero, era Darío, un audio, apreté su reproducción, la música cesó y la voz de Darío comenzó a oírse clara y tranquila:
—Elvi, trasto, sé que andas muy liada con tus cosas, tus estudios pero me gustaría charlar contigo, no sé. Si mañana vas a la biblioteca podríamos desayunar antes juntos, sobre las 7.00 ó 7.30, a mí me va bien. Dime algo. (Silencio). Dime algo, ¿vale?
Y con media sonrisa, guardé el móvil en el bolso pensando que el martes también tendría que abrir el consultorio.