19 mar 2023

Esa niña sí, no, esa no soy yo

 

Festival de viña, 1976. Mari Trini, Yo no soy esa

—Ya sé por qué vienes a verme cada dos semanas —dijo el viejo. Elvira apoyó la cabeza en la butaca y, mirando el techo de escayola, cerró los ojos—. Quieres certificarla.

Elvira abrió los ojos y se echó hacia adelante.

—¿Qué quiero certificar? —preguntó.

—Mi muerte.

Agustín, llevas muerto mucho tiempo.

—Igual que tú, querida. Y quizá sea eso lo que nos une.

—¿El purgatorio? —Se levantó y de su bolso sacó un sobre amarillo tamaño folio. Lo sostuvo con ambas manos—. Te he traído algo —. Se acercó a él y sobre sus rodillas depositó el sobre no demasiado grueso.

—¿Qué es esto? —Alzó la vista con una desdibujada sonrisa—. ¿Es tu investigación?

—Sabes cómo hacerme sentir mal. Mi investigación pesa cuatro veces más y dice cuatro veces menos.

El viejo profesor cogió el sobre y lo sostuvo en el aire con un leve balanceo.

—Cierto, poco hay aquí. ¿Tu testamento?

—¿Quieres verme muerta?

—Quiero verte.

Elvira sonrió y se sentó en el borde de la mesita de café. Juntó los pies y se los miró. Tenía dos pares de zapatos, los botines marrones de polipiel y las botas altas negras de tacón que ya nunca se ponía.

—No sé cuando fue la última vez que fui de compras tampoco sé por qué debería hacerlo. No necesito nada. —Alzó la vista y miró a su viejo profesor—.  Es mi novela.

Agustín, sosteniendo su mirada, lanzó el sobre al suelo.

—Agustín…

—¡Dolores! ¡Dolores! ¡Dolores!

—Agustín, necesito que la leas.

—¡Dolooores!

—Solo recibo negativas de las editoriales. Necesito que la leas y que seas sincero conmigo. Agustín, por favor.

—¡Dolores! ¡Maldita mujer! ¡Dolores!

—¡Virgen santa, virgen santa!, pero ¿qué pasa? —Dolores apresurada entró en el salón con un trozo de papel de aluminio que sostenía con dos dedos—. ¡A puntito de meter el bizcocho en el horno, señor mío, pero así no se puede, no se puede!

—¡Elvira se va! —gritó el viejo.

La mujer miró a Elvira sin entender demasiado.

—Bueno, bueno, pero si la chica conoce la salida de sobra.

—¡Se va, he dicho!

—Me voy, Dolores. —Elvira se levantó, tomó el bolso y el abrigo y se acercó a la puerta.

—¿Y eso? —dijo Dolores señalando el sobre en el suelo—. ¿Es tuyo, cariño?

—¡Eso es basura! —gritó el viejo—. ¡Llévatelo y tíralo!

Elvira vio como Dolores, sin preguntar nada más, se agachó a recogerlo del suelo, lo dobló por la mitad y se lo metió bajo el sobaco, también hizo una pelotita con el papel de aluminio y se lo guardó en el bolsillo del delantal. Después, las dos salieron del salón cerrando la puerta. En el descansillo, Elvira se puso el abrigo.

—Cariño, no se lo tomes en serio —dijo Dolores mientras le sostenía el bolso—. No ha vuelto a ser el mismo desde el derrame, ya lo sabes. Y es triste verlo así porque ya nadie viene a visitarlo, con lo que él ha sido, ¡con lo que esta casa ha sido! Es un cascarrabias, pero él te…

—Es difícil, Dolores —dijo cogiéndole el bolso y colocándose en el hombro—. Es difícil.

Se despidieron con un beso, Elvira bajó las escaleras y Dolores volvió a la cocina. Allí botó el sobre amarillo a la basura y volvió a recortar un trozo de papel aluminio que colocó sobre el molde del bizcocho. Vertió la masa sobre el recipiente y lo extendió con la espátula de goma para unificarla. Pensó que este le quedaría mucho mejor que el último, el truco estaba en añadir la justa medida de anís en grano. Empezó a tararear Yo no soy esa de Mari Trini: …de haber jugado con el amor de los demás…

—¡Doloooores!

Calló en seco. Colocó las manos sobre la encimera y farfulló:

—Señor, dame paciencia, porque si me das fuerza… —Siguió cantando—. Si de verdad me quieres, yo ya no soy esa que se acobarda en una borrasca…

—¡Dolores! ¡Doloooores!

La mujer abrió la puerta del horno, metió el pastel. Se sacudió las manos sobre el delantal y siguió cantando: luchando entre olas encuentra la playa, esa niña sí, no, esa no soy yo…

—¡Dolores! ¡Dolores! ¡Maldita seas entre todas las mujeres!, ¡Doloooooores!

Dolores entró en el salón fingiendo agitación.

—¡Ay, virgen!, pero ¿qué pasa ahora?

—Que está sorda, sorda, ¡sorda! —gritó el viejo.

—Ay, señor Agustín, la casa, que es muy grande, muy pero que muy grande y claro, cuando me meto en la cocina… Estaba con el bizcocho que ya sabe que mi prima Angelines me dijo: no pongas licor de anís, hazlo en grano, porque el licor lo amarga, ¡oiga!, ¿y se puede creer que probando solamente la masa así, un poquito…?, ¿sabe lo que le digo?, ¡qué diferencia!, porque Ana María, la mujer de mi cuñado Antonio, vamos, mi cuñada, la que tiene el hijo abogado, que gracias a eso, sus vecinos, los de Cedillo, ya sabe, allí en Toledo, no perdieron la casa porque si…

—¡Vale, vale, calle, calle, por dios, calle! No conozco a persona que escupa tanta información en tan poco tiempo —dijo pasándose la mano por la cabeza—. La basura.

—¿Qué basura?

—Qué basura va a ser: la basura.

Dolores aturdida se registró a sí misma y del bolsillo del delantal sacó la pelotita de aluminio.

—¿Esto? ¿La quiere?

—¿Y para qué voy a querer yo eso? ¡La basura! ¡El sobre!

—Válgame dios, el sobre, el sobre, virgen santa, ¡el sobre!

—Sí, sí, el sobre, Dolores, el sobre, deje de repetir las cosas cuatrocientas veces. El sobre, tráigamelo.

—Pero… Lo tiré a la basura.

—¡¿Y por qué hizo usted semejante cosa, Dolores?!

—Porque era basura. Usted me dijo que era basura.

—¡Tráigamelo!

Al cabo de diez minutos Dolores volvió a entrar en el salón con Mari Trini en la cabeza y el sobre en las manos.

—… yo no soy esa que tú te imaginas, una señorita tranquila y sencilla… ¡El sobre, aquí está! Lo he limpiado, no se preocupe. Limpio está, ya me conoce. ¿Se lo dejo aquí, en su escritorio?

—No, no, no, démelo, es importante, es muy importante.

—Bueno, pues para ser tan importante casi lo tira —dijo al dárselo—. … Que un día abandonas y siempre perdona, esa niña sí, no, esa no soy yo…

 

19 feb 2023

En la niebla manchega (primera parte)

 

Molinos en la niebla de José María Moreno García

Almudena los veía desde la ventana del dormitorio de su madre, en la casona de la Mancha. Su hijo arrastraba por el suelo a su amiga Elvira frente al portón. Elvira reía a carcajadas y Abel la zarandeaba de lado a lado como si fuera un cazador de cocodrilos.

—¡No me lo puedo creer! —gritó Almudena al abrir la ventana—. ¡Elvira, pareces tú más cría que él! ¡Levántate!

—¡Es él! —explicó Elvira alzando la vista y viendo a su amiga asomada a la ventana—. ¿O es que no lo ves? ¡Es tu hijo!

Abel aprovechó que estaba distraída para quitarle una bota y salir corriendo. Elvira chilló y fue tras él a la pata coja. Almudena sonrió y cerró la ventana. Vio a su madre sentada en la cama, la miró desde atrás con pena. Al acercarse le frotó la espalda y le dijo que la ropa de la maleta se la iría colocando en el armario, pero que las mudas y la combinación se las dejaría en el primer cajón de la cómoda.

—¿Te parece bien, mamá? —preguntó.

—¿Por qué no iba a parecerme bien?

Almudena se acercó a la cama.

—¿Sabes quién soy?

Sabina levantó la cabeza molesta.

—¿Es la tercera vez que me lo preguntas hoy? Y tú, ¿sabes quién eres tú?

—Mamá…

—Eres muy pesada, Almudena, hija, muy pesada. Muy, muy pesada. Yo solo necesito que me dejes un poquito tranquila.

—Está bien, lo siento. Te guardo esto y bajo a dar una vuelta al bosque antes de empezar a preparar la comida, ¿te parece?

—Bien, bien, pero dile a Arturito que como se manche esos pantalones cobra, ¿me has oído? Son 3 los que llevo lavando esta semana. ¡Que si quiere coger lombrices que lo haga con un palo! ¡Con un palo y sin arrodillarse!

Almudena abrió el primer cajón de la cómoda, dejó las mudas y la combinación y sin levantar la cabeza salió de la habitación.

 

—¡Mira lo que me ha hecho tu hijo! —Elvira entró en la cocina de barro hasta las cejas y con la bota del pie derecho en la mano—. No tiene respeto por sus mayores. ¿Qué haces, tortilla de patatas?

Almudena dejó de batir media docena de huevos en un bol de cristal.

—No sé si ha sido buena idea traerla aquí.

Elvira dejó la bota en el suelo y se frotó las manos sobre su parka.

—Yo creo que sí, tres días en su casa le van a venir muy bien.

—Habla de mi hermano pequeño como si fuera un niño.

Elvira extrañada se apoyó en la encimera. Estaba hecha de azulejos blancos, aunque lucían algo amarillentos. Repasó las juntas con el dedo índice y dijo no demasiado convencida:

—Pensaba que eras tú la pequeña, que tu madre te había tenido ya siendo mayor, mucho después de haber tenido a tus hermanos.

—Sí, pero después de mí todavía tuvo a mi hermano Arturo.

—Ah, pues no lo sabía. ¿Y vive en Valladolid como tus otros dos hermanos?

—No, no vive en Valladolid. A ti te gusta la tortilla con cebolla, ¿verdad?

 

Abel lanzó un par de ramas al centro de la hoguera.

—¡No lo avives tanto! —le espetó su madre—. Vamos a salir incendiados.

—Se agradece un poco de calor, las noches son frías, son muy frías y largas… —dijo Sabina sin apartar la vista del fuego.

Elvira se levantó de su desgastada silla de tela y aluminio y dijo que entraba en casa a por otro botellín de cerveza. Antes de cruzar el portón, Almudena le gritó que le sacara otro para ella. Al abrir la nevera y agacharse para coger las bebidas, escuchó unas pisadas detrás de sí.

—Abel, no pienses que te voy a dar una cerveza.

Los pasos parecieron retroceder. Eran claros chasquidos de tierra sobre la loseta de la cocina. Elvira se dio la vuelta.

—¿Abel? —Cerró la nevera con el codo al tener un botellín en cada mano—. ¿Abel? —Salió de la cocina y se quedó mirando las escaleras que subían al segundo piso. Escuchó los últimos escalones crujir—. ¡Abel, no tiene ninguna gracia, ninguna!

Enfadada salió de la casa. Al llegar a la hoguera, ofreció la cerveza a su amiga y se quejó de su hijo.

—¿Qué he hecho yo ahora? —preguntó el chico sentado al otro lado de la hoguera.

Elvira lo miró, miró a su amiga, miró a Sabina y volvió a mirar a Abel.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Joder, mamá, tu amiga es una puta chalada —y el joven soltó una risotada.

Elvira no dijo nada. Se acomodó en la silla y bebió su cerveza.

 

Almudena arropó a su madre en la cama.

—Dame la foto, la foto.

—¿Esta? —preguntó Almudena cogiendo de la mesilla un marquito de plata.

—Sí, sí, dámela. —Almudena se la dio y Sabina tras besarla se la apretó en el pecho—. Son muy guapos, ¿verdad?

—Sí, los abuelos siempre fueron muy guapos. —La besó en la mejilla y salió de la habitación. Cuando llegó a la suya se encontró a Elvira dentro de la cama—. ¿Qué haces aquí?

—No pienso dormir sola. Esta casa está llena de fantasmas.

Almudena se rio. Se metió en la cama y le explicó que era una casa demasiado vieja, le crujían las entrañas.

—No son las entrañas lo que cruje, Almu —dijo imitando el dulce tono de voz de su amiga.

Almudena se dio media vuelta. Estaban cara a cara sobre la almohada.

—Elvi, ¿me prometes una cosa? —Elvira asintió—. No dejes que me vaya estando todavía viva, mátame antes.

(continuará…)

 

4 feb 2023

Mesa para cuatro

Escena de Our realtions de Harry Lachman (1936)

Nuestros amigos dicen que somos una pareja rara, pero yo finjo no serlo y por eso se lo propuse a Joan aun sabiendo cuál sería su respuesta.

—No —contestó y volvió a su pantalla del ordenador.

—¿No? —insistí.

Joan se giró de nuevo y me miró. No, repitió.

—Yo lo haría por ti —dije.

—Tú no lo harías por mí, tú no lo harías por nadie.

—Soy buena —dije rodeándole el cuello con los brazos.

—No he dicho que no lo fueras. —Me dio un beso en el antebrazo y con un par de palmaditas en la muñeca me pidió que lo soltara. Lo hice y me volví a sentar en mi escritorio, junto al suyo.

—Es por Almudena, pobre, ha pasado por mucho… Sigue pasando por mucho: su hijo, su madre… —Le iba mirando de reojo, pero él mantenía la vista en su ordenador—. Y lo de Darío, ya sabes. —Seguía sin mirarme—. Muy fuerte lo de Darío, muy, muy, muy fuerte... —¡Me miró!

—¿Qué pasó con Darío?

—Que la dejó.

—Ya, ¿y qué es lo fuerte?

Joan y yo teníamos un extraño concepto del amor y un todavía más extraño concepto de la pareja. Que alguien rompiera, se volviera a juntar, saliera con varias personas a la vez, mantuviera relaciones sexuales con todo Madrid o fuera devoto del celibato era algo que, sinceramente, nos importaba más bien poco por no decir nada. Si en general la vida de los demás no nos creaba ningún tipo de interés, qué decir de ciertas parejas en particular. Así que me quité la careta, la manipulación con Joan no me serviría de nada en este campo.

—Vale, yo tampoco quiero ir, pero es Almudena. Lo ha conocido por Tinder, está emocionada y quiere que lo conozcamos. Será una cena rápida. Joan, te lo prometo, no pediremos ni postre.

—Hombre, si hay tarta de queso...

—Mesa para cuatro —dijo Almudena al camarero nada más entrar en el restaurante.

Habíamos quedado a las 20.00 para tomarnos unos vinos antes de cenar. En el caso de Joan, quien dice vinos dice… Pidió un Bitter Kas, al chico Tinder de Almudena no pareció cuadrarle así que le insistió en que se pidiera una cerveza, Joan amablemente la rechazó, pero el chico Tinder erre que erre. Soy abstemio, aclaró Joan.

—¡Joder! ¿Y eso? —preguntó.

Eso son las personas que no beben alcohol —contesté yo con una irónica sonrisa.

—Ya, pero ¿por qué? ¡Tómate una cerveza!

Hay dos tipos de personas a las que pondría contra un muro y las fusilaría: a las que les suena el móvil en el teatro y a las que insisten a un abstemio a beber alcohol. Bueno, también es cierto que fusilaría a los coach motivacionales y a las doulas. Y a los que andan despacio por la calle, y a los baristas que te explican que el café se toma sin azúcar, y a los que te dicen que tienes mala cara sin haberles preguntado nada, y a los que visten a sus mascotas, y a los que dicen que un padre es un padre, y a los que leen a David Foster Wallace creyéndose especiales, y a los que se pasan la lengua entre los dientes después de comer, y a los que, y a los que, y a los que… Sí, me cargaría a medio mundo, pero no tengo fusíl.

En el restaurante las cosas parecían haberse calmado.

—Y vosotros, ¿tenéis hijos?

Y a los que preguntan si tienes hijos o no.

—No —contesté.

—Ya, ¿y eso?

Y a los que preguntan por qué no.

—Teníamos miedo de que nos saliera preguntón —contestó Joan.

Llegaron los entrantes y el chico Tinder nos recalcó que se llamaba Eudald y no Eduard como la mayoría de las personas creían. Agradecí que lo aclarara porque hasta ese momento no lo había podido llamar de ninguna manera.

—Es de Girona, Joan —dijo Almudena mirándolo, luego se dirigió a Eudald—. Es que Joan es de Barcelona, cariño. Creo que vais a tener muchas cosas en común.

Almudena estaba pletórica. Reía de manera imparcial los comentarios de unos y otros sin entender que eran puñales. Nos acercaba los platos y nos instigaba a comer como si hubiera sido ella misma quien los hubiera preparado. Estaba contenta, muy contenta.

Cuando el camarero dejó frente a Joan la tarta de queso, Eudald volvió a la carga.

—Entonces te dedicas a hacer cómics, ¿no, Joan?

—No —contestó. Porque lo había explicado hasta en tres ocasiones a lo largo de toda la noche.

—¿No? ¿Y eso?

Y a los que pregunta con ¿y eso?

—Porque no hago cómics. Me dedico a la ilustración para grupos musicales.

—Ya, pero vamos, es lo mismo, me refiero a que te pasas el día haciendo dibujitos, ¿no?

—Joan tiene mucho talento —intervino Almudena.

—Si no lo niego, pero no es comparable a las 12 horas diarias que le dedico a la consultoría.

Y a los que presumen de hacer horas extras en negocios que ni siquiera son propios.

Fuera ya del restaurante, Almudena y yo nos abrazamos, me preguntó al oído por Eudald y le mentí, ella me sonrió emocionada y me prometió llamarme al día siguiente. Se subieron a un taxi y los despedimos desde la acera. Después, Joan me agarró por la cintura y encaminamos Gran Vía arriba.

—Simpático este Eduard —me dijo.

—Eudald —corregí.

—¿Eudald?

—Sí, Eudald, de Girona, con hijos y consultor.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

Y es que Joan podía haber estado cenando con una cabra verde con ukelele que le hubiera importado lo mismo. Le sonreí con admiración y le pregunté si quería escuchar la lista actualizada de la gente a la que me encantaría fusilar.


9 ene 2023

Habilidades sociales

 

Una bailarina exótica demuestra que su ropa interior era demasiado grande como para exponer sus partes íntimas. Desconocido

Elvira sostenía un botellín de cerveza con una mano y con la otra un libro. Desde el fondo de la librería estudiaba la situación. La gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación. Todos parecían conocerse aunque no fuera así, se reían y se tocaban el brazo con fingida confianza. La última vez que Elvira había asistido a la presentación de un libro fue hace tres años, a la de Ernesto Garmendia. Y desde entonces, se había prometido a sí misma no volver a ninguna, incluyendo de esta manera aquel acto en su lista de eventos detestables: Bodas, funerales y presentaciones de libros.

Sin embargo, la culpa de su asistencia la tenía Enrique. Todo comenzó un poco antes de diciembre, Elvira decidió dejar que su amigo leyera por fin su tercera novela terminada. Habían sido varios amigos los que ya la habían leído y en general había gustado, pero es cierto que la crítica a sus diálogos era repetida. Así que si alguien sabía de diálogos era Enrique. Aunque no quisiera enfrentarse a él, tenía claro que era el único que podría hablar con conocimiento de causa.

—Es buena, Elvira —le dijo su amigo por teléfono hacía poco más de tres semanas—. Es buena —repitió.

—Ya, ¿y los diálogos? —preguntó pellizcándose el labio inferior con dos dedos.

—¿Los diálogos?, lo mejor de la novela.

—Hay gente que me ha dicho que no se entiende quien habla.

—Esa gente no lee teatro y por lo tanto no sabe descifrar la voz de los personajes si no están debidamente acotados. No es tu problema.

—Entonces, ¿es buena?

—Es buena. —Hizo una pausa—. No es extraordinaria, Elvira, no lo es. Pero los que escribieron de manera extraordinaria ya están muertos. Todos. Tú escribes bien y tu novela es buena, es publicable. Necesitas un editor.

—Necesito un editor…

Tres semanas después la volvió a llamar. A la presentación de la última novela de un joven y popular escritor granadino acudiría el editor. La editorial no era de las grandes pero sí había alcanzado un gran prestigio en los últimos 12 años, a día de hoy todos los escritores españoles y latinoamericanos querían lucir en su catálogo. Y que el editor se dejara ver por estos saraos era poco habitual, así que no podría perder la oportunidad de hablar con él.

—Yo no sé hablar con la gente —dijo Elvira a su amigo.

Enrique le quitó el botellín de la mano y lo dejó sobre una estantería, hizo que cogiera el libro con las dos y le alzó las solapas del abrigo.

—¿Por qué no te has puesto tacones? Parecerías más alta, así no se te ve. Eres un desastre.

—¿Quién es? —preguntó intentado ver a través de su amigo. Parecía una niña pequeña dejándose vestir por su madre.

—El canoso de la chaqueta de cuadros verdes y amarillos. Sí, ser editor no significa tener buen gusto para la ropa, en algo os parecéis. —La cogió por los hombros y la miró fijamente—. Escúchame, amiga. Te acercas, le muestras el libro, le das la enhorabuena por su buen olfato a la hora de editar nuevos autores y le dices que te ha encantado.

—No lo he leído.

—Nadie de los que estamos aquí lo ha leído y nadie lo leerá. El mundo editorial consiste en vender libros no en que sean leídos, ¿entiendes? —Elvira asintió—. Después te presentas, le comentas que también escribes y, como quien no quiere la cosa, sacas de tu bolso el maravillosos manuscrito de tu tercera novela y se lo das. Se lo das. Les gusta el papel. Así que se lo das. ¿Entiendes? —Elvira volvió a asentir—. Pues corre, ¡ve! Vamos, ve, ¡ve!

—¿Así sin más? Es que, Enrique, yo no sé hablar con los hombres, no sé relacionarme con ellos, yo… o los odio o me los follo, no tengo término medio. Soy víctima de un padre abusivo.

—¡Los dramas para tus novelas! ¡Vete! —Y de un empujón la lanzó al tumulto.

Elvira se abrió camino entre los grupitos de falsos amigos. Apretando el libro contra su pecho iba pidiendo paso con sonrisa tensa. Al llegar a la mesa del centro donde el escritor firmaba sus ejemplares se paró, había perdido a su objetivo. Chaqueta de cuadros verdes y amarillos, chaqueta de cuadros verdes y amarillos, murmuraba.

—¿Te lo firmo?

—¿Qué? —preguntó asustada.

—El libro, ¿quieres que te lo firme? —El joven escritor se había puesto en pie y con amabilidad extendía el brazo para recoger el libro que estrujaba Elvira.

—¿Eh? Oh, no, no, no, no quiero.

El escritor volvió a sentarse e hizo una mueca de asombro a la mujer que tenía a su lado. Después ambos se rieron. Elvira los miró y les sonrió, acto seguido les explicó que iba al baño.

—Esta es la fauna que tienes que aguantar en las promociones de tus libros, nada es gratis, querido —susurró la mujer al escritor.

De camino al baño, Elvira localizó la chaqueta de cuadros verdes y amarillos.

—Chaqueta, chaqueta… Perdón, lo siento… Chaqueta, chaqueta, por favor, déjeme pasar, gracias, chaqueta, chaqueta, chaqueta… ¡Hola! —exclamó frente a él.

—¿Hola? —respondió el editor algo contrariado por la efusividad de Elvira, había hecho que la conversación que mantenía con otros tres hombres se cortara de golpe y aquello pareció molestarle.

—Hola, hola, sí, ¡hola!, ¿qué tal?, ¿qué tal?, bueno, ¡hola! —exclamó de nuevo.

—Vaya, vaya, te dejamos solo ante el peligro, ¡suerte! —dijo uno de los acompañantes entre carcajadas y los tres hombres se alejaron.

Elvira fue a abrir su bolso pero luego recordó que primero tenía que hablar del libro del escritor granadino.

—Sí, bueno, bueno, enhorabuena —dijo mostrándole el libro.

—No lo he escrito yo.

—Sí, sí, sí, bueno pero tu nariz, tu nariz es… mágica.

—¿Mi nariz?

—No, no, no la nariz —se rio nerviosa—, lo que sale de dentro de la nariz, ya sabes, hablo de manera figurativa.

—¿Mocos mágicos?

—No, no, lo que hueles, quiero decir.

—¿El olfato?

—Exacto, exacto, exacto… Vale, y aunque no te lo creas soy filóloga.

El editor abrió su chaqueta y colocó los brazos en jarras. Después levantó las cejas y esperó a que continuara.

—Vale, mi nombre es Elvira Rebollo y me ha gustado mucho este libro, mucho, mucho, y soy profesora, ¿sí?, bueno, si te digo la verdad no lo he leído, pero voy a hacerlo, te lo prometo, Enrique dice que no, en realidad yo escribo, ¿sabes?, él me dijo que te lo dijera después de presentarme, sí, y aunque la gente no entiende mis diálogos parece que son buenos, sí. Está en el bolso.

—¿Perdona?

—No sé, ¿follamos?

El editor se recolocó la chaqueta y, apartando a Elvira con enfado, se marchó.

Elvira cerró los ojos y deseó la llegada del mismo meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. Diez, veinte o incluso treinta minutos después, Enrique le tocó el hombro. Elvira, que había permanecido allí quieta en todo ese rato, se dio la vuelta.

—¿Qué , amiga, cómo ha ido? ¿Qué te ha dicho cuando le has dado el manuscrito? ¿Se lo va a leer?

—Sí, se lo va a leer —contestó con una plana sonrisa.

—Joder, ¿en serio?

—Sí.

—Amiga, amiga, esto es muy grande, ¡muy grande! Voy a por dos cervezas para celebrarlo.

—Sí.

Elvira se apoyó en la pared. A lo lejos vio a la mujer que había estado sentada en la mesa del centro junto al escritor, levantó la mano y la saludó. La mujer le devolvió el saludo y tras comentar algo a la chica con la que estaba, se empezaron a reír mirando a Elvira. Ella las sonrió.

 

21 dic 2022

Little Sin

Vieja mesándose los cabellos de Jan Massys

                              

    —¿Con muerto te refieres a muerto, muerto? —Al escucharlo, Almudena clavó la vista en su amiga Elvira que estaba a su lado con un café hablando por el móvil—. Claro, pues sí, muerto entonces. —Almudena cruzó los brazos sobre la mesa y la observó intrigada—. Uy, no, no, el mío sigue vivo, habrá que esperar. —Elvira rio con ganas, se despidió de su interlocutor con un beso y dejó el móvil en la mesa—. Mi amiga Débora, encontraron a su padre muerto en casa, un infarto o vete a saber qué. ¿Pedimos algo de comer?

     —Nunca me acostumbraré, eres un monstruo.

    —Es lo que hay. ¡Perdona! —exclamó al camarero levantando el brazo—. ¡Una tostada Little Sin, por favor!

    —¿Con jamón o salmón? —gritó el chico desde la barra.

   —¡Salmón, gracias! Qué mono es… —añadió levantando las cejas. Después se fijó en Almudena que tenía la cabeza baja y estrujaba con lentitud el sobre del azucarillo—. Vamos, Almu, no te pongas así. Spoiler: todos vamos a morir. —Se rio y frotó la espalda de su amiga.

    —En serio, ¿no tienes miedo?

    —¡¿A morirme?! Nunca pensé que llegaría a los 40 y, mira, llevo 5 años extras. En realidad me sobran, no tengo más narrativa que añadir a mi existencia. Mis días hace tiempo que se convirtieron en una sucesión repetitiva de hechos sin sentido, vida lo llaman. Vida. Pues para quien la quiera. Yo ya he tenido suficiente.

    —Y aquí llega su Little Sin, señora, y no tenga cuidado, el pan está tierno —dijo el camarero depositando el plato con la tostada en la mesa.

    —Gracias, qué buena pinta. —Lo vio regresar a la barra y añadió—: Tú piensas en tirártelos y ellos solo ven a una vieja con problemas dentales. La vida, Almu, la vida. La mierda de vida.

    —A la muerte no, pero a la vejez sí. Estás acojonada, Elvi.

    Elvira sonrió. Volvió a frotarle la espalda con mimo y después miró su plato. Acarició con el cuchillo el huevo poché. Presionó sobre él y dejó que la yema se desparramara sobre el aguacate y la fina loncha de salmón.

    —Y pensar que por esto voy a pagar 12,70 €. La vida.

   —La vida en el centro de Madrid, sí —dijo Almudena—, esa vida. Pronto nos echaran a todos. Nos mandaran al extrarradio. Dejarán el centro solo para turistas y ricos. Y nosotras no somos ni lo uno ni lo otro.

   —Sí que lo estoy. —Almudena la miró contrariada—. Acojonada. Lo estoy. Si soy incapaz de atar una soga a la viga de mi salón, ¿cómo no me va a aterrar la vejez?

    —Elvira… —dijo su amiga agarrándole de la mano—, no pierdas la esperanza, siempre pueden diagnosticarte un cáncer terminal.

   Los dos mujeres se miraron un instante antes de romper a reír. Eran tal para cual. Compartieron la tostada, se terminaron los cafés, pagaron a medias y salieron de la cafetería cogidas del brazo.

    De camino a casa de Almudena, Elvira se apretó a su amiga para camuflar el frío y dijo:

    —Quizá no esté tan mal eso de hacerse viejas. No sé. Es posible que conserve algo de vista, que las tetas no me cuelguen más allá del ombligo, que el extrarradio me encante… —Almudena rio—. Mira a tu madre, ¿78?

    —¡Ochenta y tres años!

    —Madre mía, y ¡mírala! Desde que la tienes en casa Abel está mucho más sereno.

    —Sí, es una muy buena influencia para él.

    —Lo es, es extraordinaria. Se encarga de todo.

    —Cada vez menos, porque últimamente la veo un poco flojita pero sí, me ayuda mucho, la verdad. Sé que echa de menos la casona del pueblo, pero allí sola no podía quedarse, son muchos años los que tiene por muy bien que esté.

    —Claro, claro, mejor en Madrid. Aquí está bien, firmaría por llegar a su edad así. Tu madre resta temor a lo que se nos viene. Es admirable.

    Llegaron al portal de la casa de Almudena y Elvira se apoyó en la fachada.

    —Te espero aquí, bájame los libros —dijo.

    —No, mujer, sube. Así saludas a mi madre que le hará ilusión.

    Al abrir la puerta de casa, Almudena voceó un hola que fue respondido por su madre e hijo desde el salón. Ambos estaban sentados en el sofá, Abel más bien tumbado. Elvira al entrar besó la cabeza del chico quien la miró con asco.

    —Hola, Sabina, ¿cómo estás? —preguntó acercándose a la vieja y besándola en la sien.

    —Bien, hija, bien, cómo iba a estar. Bien, bien.

    Elvira le frotó el brazo y la miró con cierta lástima.

    —Echas de menos el pueblo, ¿verdad?

    —Pues bueno, a días. Días un poco más, días un poco menos.

    Almudena entró en el salón con tres libros en la mano.

    —Toma —dijo ofreciéndoselos a Elvira—. Te pueden servir. No tengas prisa, me vale con que me los devuelvas después de año nuevo.

    Elvira se lo agradeció y los metió  en el bolso. Después ayudó a Sabina a levantarse del sofá.

    —Gracias, hija, las rodillas no son lo que eran, una ya está mayor.

    —¿Mayor? Estás estupenda, Sabina. Lo comentábamos viniendo para acá.

    —Pues no tanto. Oye, dime, ¿pasarás las navidades con tus padres?

    Elvira apretó los labios y sonrió con cierto nerviosismo.

    —Bueno, bueno… las pasaré con la familia de mi marido, sí. Yo no tengo padres, Sabina. Mi madre murió hace ya 8 años y mi padre… Yo no tengo padres.

   —Vaya, cielo, cuánto lo siento, cuánto lo siento. Te has tenido que sentir muy sola, pobrecita… ¿Y tú? —preguntó acercándose a Almudena—, ¿tú tienes padres, bonita?

    Almudena palideció, se apretó el vientre con las manos y dijo bajito:

    —Sí… Tengo madre, vive conmigo…

    —Oh, eso está bien, muy bien —dijo y con una serena sonrisa salió del salón.