Mostrando entradas con la etiqueta coronavirus. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coronavirus. Mostrar todas las entradas

17 mar 2021

Gatos encerrados

 

Gata encerrada de Esther Martínez


Chat en Wechat (aplicación china de mensajería y redes sociales) de los extranjeros procedentes de Madrid, en el vuelo CA908 del pasado sábado, y que en estos momentos se encuentran en el tercer día de cuarentena en un hotel a las afueras de Tianjin (China), debido a las estrictas medidas de seguridad que el Gobierno chino impone para entrar al país por la pandemia de COVID-19.

Los 137 pasajeros del avión están aislados en habitaciones individuales, con un régimen de 3 comidas diarias que son depositadas en bandejas ante la puerta de cada habitación. No les está permitido salir y a través del teléfono (el hotel  ha formado pequeños grupos de Wechat) pueden comunicarse con los asistentes y médicos que los custodian. La estancia es de un total de 14 días.

(Téngase en cuenta que el chat original es en inglés y en chino.)

Ramón: ¿Puedo pedir otra botella de agua?

Yun Ling: Introduzcan el número de habitación y su identificativo, por favor.

Elvira: ¿Identificativo? Perdón, ¿qué quiere decir?

Ramón: 7107. Agua.

Elvira: ¿Eso es un identificativo?

Yun Ling: @Elvira Identificativo en el grupo.

Sean W.: Llevamos dos días encerrados, ¿podemos salir a hacer ejercicio?

7114+Jens: @Elvira, Tienes que cambiar tu etiqueta identificativa en el grupo por el número de habitación y tu nombre.

Elvira: Gracias, @Jens, ¿cómo se hace? ¿Ajustes?

Yun Ling: Introduzcan el número de habitación y su identificativo, por favor.

Dr. Liu: @Sean W. Las salidas no están permitidas. Gracias por tu comprensión.

7114+Jens: (Adjunta dos fotos) @Elvira son pantallazos, sigue las instrucciones.

7107+Ramón: Agua, por favor.

Sean W.: Estar encerrados de esta manera va contra los derechos humanos.

Elvira: Oh, muchas gracias @Jens, muy amble.

Cecilia: ¿Hay servicio de lavandería?

7114+Jens: @Cecilia Según el manual de normas y obligaciones que hay sobre el escritorio, no. Te recomiendo leerlo.

Dr. Liu: @Sean W. En el proceso de prevención y control del coronavirus, China ha controlado estrictamente la entrada y salida de todo el personal relevante. No existe ninguna ley en China que estipule que la prevención y el control de epidemias sea una violación de los derechos humanos. La convivencia solo permitirá que la epidemia siga propagándose. La epidemia tiene un periodo de incubación y las personas que ingresan al país deben ser puestas en cuarentena. Solo podemos garantizar tu salud y dieta al máximo. Después de que termine tu cuarentena, podrás salir libremente y no ser un riesgo para los demás. Nuevamente, gracias por tu comprensión.

7105+Elvira: (en español) Creo que me acabo de enamorar.

Yun Ling: @Cecilia, Sí, el viernes recogeremos las toallas sucias pero no la ropa de cama. Gracias.

7226+Andrés: ¿Sería posible incorporar café en el desayuno, por favor?

Cecilia: @7105+Elvira ¡Jajajajajajajajajajajajajajaaja!

Cecilia: @Yun Ling, Entiendo, muchas gracias.

Cecilia: @7114+Jens, No es bueno leer tanto, Jens. Relájate.

Min Zhang: Soy la encargada del catering. Por favor, contesten con: número de habitación + identificativo + café, si desean incorporar café en su desayuno, gracias.

7107+Ramón: Yo. 7107+Ramón+café. Y agua, por favor. 7107+Ramón+agua. Muchas gracias.

7226+Andrés: 7226+Andrés+Café.

Cecilia: 7412+Cecilia+NO.

Yun Ling: Introduzcan el número de habitación y su identificativo, por favor.

Min Zhang: Contesten solo aquellos con respuesta afirmativa, por favor.

Sean W.: 7503+Sean+Sí.

Min Zhang: Contesten con: número de habitación + identificativo + café, por favor.

Sean W.: Café+joder.

Dr. Liu: No olviden informar de su temperatura a las 8.00 a.m. y a las 16.00 p.m. Muchas gracias por su colaboración.

Shui Wu: Soy la directora del Hotel Gran Diligencia de Tianjin. Y no permitiré ninguna falta de respeto o consideración hacia mis empleados. Comprendemos que la situación es nueva para ustedes pero deben concienciarse de que todo es por el bien común. Les pido tranquilidad, paciencia y colaboración. @Sean W., si su actitud es reiterativa me veré en la obligación de tomar medidas. Gracias por su comprensión.

7105+Elvira: Temperatura+36.4

Sean W.: Mis disculpas. ¿Puedo salir al exterior a hacer ejercicio?

Dr. Liu: @Elvira, muy amable, pero los datos solamente se recogerán a las 8.00 a.m. y a las 16.00 p.m.

Cecilia: (en español) @Elvira, presta más atención a tu doctor... ;-)

Yun Ling: Introduzcan el número de habitación y su identificativo, por favor.

7107+Ramón: Agua. Identificativo: Agua. Me indentifico como el del agua.


26 may 2020

De terraceo pandémico

Terraza de café por la noche de Vicent Van Gogh

—Sentaos más separados, he sacado sillas para todos. Coged cada uno vuestra cerveza del cubo, no toquéis el resto. No hay vino, porque lo de compartir las botellas no terminaba de verlo claro. Darío, por favor, no te quites la mascarilla. —Beatriz daba instrucciones sin parar, parecía nerviosa, muy nerviosa—. Bueno, y me alegro mucho de que estéis aquí otra vez. —Extendió los brazos y, sinceramente, no supimos cómo reaccionar a ese gesto, así que nos quedamos en nuestro sitio esperando el pistoletazo de salida—. Vale, podéis coger ya las cervezas. —Los 5 nos levantamos a la vez—. ¡De uno en uno! ¡La distancia de seguridad, por favor! ¡Dos metros! ¡Dos metros!
—Bea, tu casa entera mide 40 metros cuadrados —dije volviéndome a sentar.
—Vamos a morir todos…
Beatriz había desarrollado un pánico incontrolado a ser contagiada. Durante la Fase 0.5 Almudena y yo habíamos hecho por encontrarnos fortuitamente en nuestros paseos nocturnos o incluso a la salida de alguna librería, pero Beatriz nunca quiso salir de casa. De hecho, en un primer momento decidimos celebrar la llegada a la Fase 1 en una terracita en la Plaza de la Paja, pero “para estar en una terraza estamos en la mía”, y así fue. Fuimos llegando a las 20.30 a su casa y según cruzábamos la puerta nos obligaba a descalzarnos y nos untaba de arriba abajo con solución hidroalcohólica.
—Es normal que te sientas así, Beatriz, es una reacción habitual ante la incertidumbre de los cambios y eres valiente expresándolo, eres muy valiente. Que no te quepa duda que todos padecemos ese temor y gracias a ti nos sentimos menos solos ante nuestro miedo.
—Qué bien que hayas venido, Carlos —dije con mi sonrisa de cartón.
La noche transcurría sin demasiada alegría por describirlo de alguna manera. Beatriz pulverizaba con desinfectante todas las superficies que íbamos tocando. La teníamos pegada a cada uno de nosotros con el Sanytol en la mano.
—¡Bea, no me sigas! —grité desesperada.
—¿A dónde vas?
—¡A mear!
—Vale, pero no te sientes en la taza.
No había pasado ni una hora y aquello parecía de todo menos un reencuentro de amigos tras sobrevivir a una pandemia. Además Enrique nos contó que no había conseguido la financiación de la productora que había organizado el concurso al que presentó su corto.
—Joder, lo siento, macho —dijo Darío—. Era bueno, de verdad, el final me costó entenderlo pero era bueno.
—Cagüen dios, Darío, no había que entender nada, era lo que era, ¡punto!, que a veces pareces idiota —le espetó Enrique.
—Pues… menos mal que no llueve, ¿verdad? —dulcificó Almudena.
—Sí, sí, sí, menos mal —todos.
Beatriz, con cara de agobio, entró en casa. Hice un gesto a Almudena para seguirla. La encontramos en su habitación, sentada al borde de la cama con la cabeza entre las manos y murmurando que todo se acababa.
—Hombre, de momento la cerveza sí, solo quedan 3 botellines —dije y luego me senté a su lado.
—¡Elvira, a dos metros de distancia!
A Almudena le entró la risa. Me levanté y me apoyé en la pared junto a ella que me contagió la risa.
—¡No os riais, perras! El mundo se acaba y os da igual…
—Bea, por favor, es solo una pandemia mundial. —Ahí estaba yo sentando cátedra.
—Perdona, Elvira, por no desear la muerte tanto como tú, perdóname por no entender el ciclo de la vida, perdóname por sentirme aterrada por los 30 mil muertos de coronavirus, perdóname por darme cuenta de que ya empiezo a envejecer, perdóname por la angustia de sentir que soy incapaz de parar el tiempo, por darme cuenta de que estoy en un momento de mi vida en el que ya solo puedo perder cosas… Ya perdí a Pablo, ¿voy a perder a mis padres ahora?, ¿a los dos a la vez? Todo se acaba… Todo…
Almudena y yo nos dimos la mano, apoyé la cabeza en su hombro y ella luego lo hizo en la mía. Y así, con las cabezas amontonadas, Almudena le dijo que nosotras no nos acabaríamos nunca. Beatriz contestó con un tímido  gracias y levantó despacito la cabeza.
—¡Joder, pero dejaos de sobar! ¡A dos metros! ¡El virus con vosotras se está retroalimentando, es inagotable! —Y salió de la habitación como si le quemara el culo.
Almudena y yo nos tiramos en la cama muertas de la risa, hasta que la vimos entrar de nuevo con… ¿una aspiradora? Le quitó la boquilla aplanada y con tan solo el tubo comenzó a aspirar… ¿el aire?
—¡Está por todas partes! —gritaba.
Almu y yo no supimos reaccionar, la situación se nos escapaba de las manos. Darío llegó alarmado por los gritos. Al ver a Bea nos miró desencajado, y luego intentó quitarle la aspiradora.
—¡No me toques! ¡Que nadie me toque! Necesito ducharme, necesito ducharme… —Comenzó a quitarse la ropa con asco.
—Está bien, está bien, no pasa nada —dije intentando controlar la situación—. Darío, vete a la terraza, seguro que el coach tiene muchas cosas interesante que decir, corre, vete, nos quedamos nosotras con ella, no pasa nada, aquí no pasa nada. —Darío, muy poco convencido, salió de la habitación y yo cerré la puerta.
Almudena me ayudó a levantar del suelo a Bea y la sentamos en la cama. No dejaba de llorar. Me acuclillé frente a ella, a una distancia prudente para no ponerla nerviosa. Almu se volvió a apoyar en la pared.
—No quiero morir… —dijo bajándose un poco la mascarilla y secándose la nariz con el borde del dedo índice.
—Pues vas a morir, de eso estoy segura —dije.
—¿Sabes que eres una puta mierda de amiga? —preguntó y Almu se rio.
—Lo sé —contesté—. ¿Os podéis creer que el otro día les dije a mis amigas de toda la vida de Bilbao que las quería lejos?
—Qué bestia, ¿por qué les dijiste algo así? —preguntó Almu y se acercó un poquito.
—Estábamos chateando todas en el grupo de WhatsApp y tuvieron típico momento de exaltación de la amistad con una canción de Jarabe de Palo que mandó una de ellas. Así que empezaron a decir que si os quiero, que si tengo los pelos de punta, que si muero por volver a abrazaros, que si no puedo parar de llorar, que si amigas para siempre, que si, que si, que si… Que vamos, que yo quería ser como ellas, una persona con sentimientos, una persona que se emociona con canciones de Jarabe de Palo. Entonces me lancé y les mandé un audio expresándome… pero ya sabéis que no sé hablar del amor, así que me puse nerviosa, me bloqueé y en vez de decirles que desde lejos las quería, terminé diciendo: “¡Os quiero lejos!”. Y luego me entró la risa y no pude ni arreglarlo. Ahora ellas sí que me quieren y mucho.
Almudena y Bea estaban tronchadas de la risa y por una vez me alegré de ser tan inútil con mis sentimientos, no hay mal que por bien no venga.
Beatriz se tranquilizó bastante. Nos habló con calma de lo que una situación así le estaba haciendo sentir, de lo vulnerable que se había descubierto al no saber gestionar todo aquello sin ansiedad, de lo triste que era recordar la vida sin Pablo, de asustarse por quererse muerta más pronto que tarde y del placer que era comer la Nocilla a cucharadas.  Después se duchó y Almudena y yo regresamos con el resto.
Todavía nos dio tiempo, antes del toque de queda de las 23.00, a compartir las 3 cervezas que quedaban y a reírnos un ratito más en la terraza. Estaba siendo todo muy raro, no fue el encuentro esperado, no fue la exaltación prevista de quien no se ve en mucho tiempo, fue más bien un ya estamos de vuelta y ¿ahora qué?

4 may 2020

Pandemia hay más que una

My opinion about you por Agnes Ceciles


Eran poco más de las 10 de la noche. Subía por la calle Montera. Estaba nerviosa. El Gobierno había elaborado un plan de  desescalada para salir del confinamiento por la pandemia y volver, en poco más de dos meses, a la supuesta normalidad.
Al llegar al semáforo de la Gran Vía los vi bajando Fuencarral.
—¡Almudena! —grité, y tanto ella como su hijo Abel me miraron.
Empecé a zarandear los brazos en el aire, como si estuviera parando un avión en plena pista de aterrizaje. Almudena hizo lo mismo. Su hijo, en cambio, metió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza. Me reí. El semáforo se puso en verde y crucé corriendo. Ya en la acera opuesta, Almu y yo empezamos a saltar y a gritar a casi dos metros de distancia.
 —Jo, mamá, para ya, me estáis dando mucha vergüenza.
Aquello era imposible pararlo, las dos estábamos dobladas de risa y como no podíamos abrazarnos perdíamos solas el equilibrio.
Continuamos el paseo por la Gran Vía. Abel pidió prestado el móvil de su madre y se adelantó casi 10 metros, éramos dos viejas bochornosas para él. Almu y yo caminábamos en paralelo, a uno o dos metros de distancia, no lo sé bien, la cosa es que cada dos por tres un runner atravesaba nuestro espacio de seguridad, nos reíamos, Madrid nunca había tenido tantos corredores en sus calles como en estos últimos dos días.
—¿De verdad crees que es seguro esto de llevar mascarilla? —pregunté—. Yo la tengo empapada, es que cuando me río se me cae la baba por dentro.
—Joder, qué cerda eres.
Y las dos otra vez partiéndonos de risa y cuanto más me reía, más se me subía la mascarilla, me tapaba casi los ojos. Así que hice la gracia completa y me la subí hasta la frente, tenía la cara tan pequeña que la mascarilla me la cubría entera.
—¡Mira, mira! —le gritaba a Almudena que me pedía que parara porque se estaba meando pero meando de verdad, lo dicho, dos viejas bochornosas.
Y así era imposible avanzar. Supongo que las cosas no tendrían tanta gracia pero, por decirlo de alguna manera, habíamos destapado una lata de cerveza que llevábamos agitando desde hacía dos meses.
Me contó anécdotas de su teletrabajo y yo de mis estudiantes y por supuesto aquellos chismes no nos tranquilizaron, todo los contrario, el ataque de risa iba en aumento. No llevábamos ni 15 minutos juntas y ya me empezaba a doler la tripa, al día siguiente tendría agujetas fijo, ¡y sin correr!
Más o menos a la altura de Callao, Almudena me hablaba de Carlos y en ese momento yo le hice un par de bromas sobre lo agotador que debía ser salir con un coach, ella se llevó las manos al estómago y se paró en seco.
—Almu, no te lo tomes así, no hablaba en serio, bueno, es cierto que debe ser agotador e insoportable pero ya sabes que siempre me refiero a ellos como…
—¿Dónde está Abel? ¡¿Dónde está Abel?!
—Ahí delante —dije y lo señalé. El crío seguía yendo a 8 o 10 metros por delante de nosotras absorto en el móvil.
Almudena todavía inmóvil se dio la vuelta, vi cómo observaba al chico que nos acabábamos de cruzar. Se bajó la mascarilla y respiró nerviosa.
—No es él, Almu, no es él —dije al entender la situación.
—Es que con mascarilla puede ser cualquiera.
—Ya no vive en Madrid.
—Eso no lo sabemos —dijo dándose la vuelta y mirándome de nuevo. Después me preguntó—: ¿Aquella noche lo hubieras hecho de verdad?
Creo que fue hace 8 o 9 años, no sé, no lo recuerdo bien. Abel era muy pequeño, tendría poco más de dos añitos. Almudena me llamó de madrugada, lo sé porque estaba de fiesta en casa de Gael y al ver la llamada contesté gritando que se viniera, ella decía cosas, no la oía así que me metí en el baño y le repetí una y otra vez que se viniera, cuando dejé de hacerlo oí su voz claramente.
 —Me ha llamado, dice que viene a buscar a Abel, dice que se lo lleva.
Salí del baño. ¡Mi bolso, mi bolso!, pedía a gritos a Gael. Lo encontró, me lo dio y corrí como nunca por Madrid. Atravesé Chueca, Tribunal, Glorieta Bilbao, Quevedo, hasta llegar al 39 de Bravo Murillo. Los pulmones se me iban a salir por la boca. Almudena abrió la puerta y, tras cerrarla con prisa detrás de mí, nos abrazamos.
La relación con el padre de Abel nunca fue buena, por describirlo de la manera más maquillada. Hacía unos meses que los había abandonado de la noche a la mañana. En verdad fue un alivio para Almu, el problema llegó unas semanas más tarde cuando empezó a acosarla con llamadas y amenazas de llevarse al niño. Llegó a aparecer en la guardería e incluso, hasta en 6 ocasiones, los esperó dentro del portal de casa. Doce denuncias llevaba puestas Almudena contra él sin que la policía pudiera hacer nada ya que, según la ley, aquel hombre no había cometido ningún delito.
—Va a venir —dijo. Temblaba.
—Vale, ¿has llamado a la policía?
—¿Para qué?          
Me costaba mucho pensar.
—¿Estaba tranquilo o…?
—No, no lo estaba, supongo que habría bebido.
—Vale, vale… —Necesitaba pensar pero no podía—. Dame un poquito de agua, Almu, por favor.
Al regresar con el vaso de agua, Almu tropezó con la alfombra, dio un pequeño traspié. Entonces, lo tuve claro.
—Almudena, escúchame muy bien.
—Sí.
—Cuando llegue, vamos a abrir la puerta.
—¡No!
—Sí, a él le costará mantener el equilibrio, sabes cómo se pone. Será fácil.
—¿Qué?                        
—La barandilla de las escaleras es pequeña. Puede tropezarse.
—¿Qué…?
En ese momento tocaron el timbre por lo menos 10 veces seguidas. El muy hijo de puta seguía teniendo las llaves del portal. Almudena y yo miramos a la entrada en silencio, no nos movimos. Después llegaron los puñetazos contra la puerta acompañados de insultos. Almudena y yo nos agarramos de la mano y seguimos mirando al frente. Los gritos y los golpes continuaron por lo menos 30 minutos más, hasta que oímos a la policía subir por las escaleras, fueron los vecinos quienes avisaron. Almudena se dejó caer al suelo de rodillas.
—Nunca se va a acabar… —susurró cuando me agaché junto a ella.
Aquella tortura duró casi dos años y después, sin saber por qué, cesó. Nunca más se supo de él. Ni llamadas ni visitas inesperadas. Varios conocidos le dijeron que ya no vivía en Madrid, unos decían que en Huesca y otros que en Zaragoza. Sin embargo, para Almudena siempre ha seguido estando en Madrid: en el metro, al fondo de un bar, frente a su oficina, en el patio del cole de Abel y, ahora, detrás de cada mascarilla. Una vida completamente condicionada por el miedo.
—No, claro que no lo hubiera hecho. Dije muchas tonterías aquella noche, lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo sé —dijo. Se subió de nuevo la mascarilla y continuamos nuestro paseo como dos mujeres preocupadas por la pandemia.

13 abr 2020

Coleando

Enmascarado de Javier Avi


Estoy en la calle. En la cola del supermercado. Esperando a entrar. Delante de mí tengo a unas 15 personas.  Así que la línea llega a la zapatería. Allí me compré las parisinas plateadas. Cómo te gusta el brili-brilli, dijo Joan cuando se las enseñé. Miro el escaparate, está tapado por una lona. La tienda lleva 4 semanas cerrada, igual que el resto de comercios. Que no se me olviden los guisantes. Que no se me olviden los espárragos. Me ajusto los auriculares. Escucho Faber. Cantautor suizo. Beatriz me lo descubrió, como a todos los grupos alemanes que también escucho. Pienso en ella. En su pelazo negro y largo. Me toco el mío, es fino y pobre. Me lo retiro detrás de la oreja. Un coche de policía pasa con lentitud, su copiloto lleva el brazo fuera y nos observa uno a uno. Si fuera Beatriz le lanzaría un beso. Me rio. Nadie se da cuenta, llevo mascarilla. Agacho la cabeza y me sigo riendo. La echo de menos. Su terraza, nuestros vinos. La cola avanza. Me paro frente a la cafetería de la esquina. Tiene la persiana bajada. Un café, por favor, dije a Joan hace dos días al entrar en la cocina. ¿Un café?, marchando, dijo él, 1’50, señorita.
—Un café, por favor —murmuro—. Un café. Un café, por favor —sigo murmurando—. Un café, por favor…
Me bajo la mascarilla y cojo un poco de aire. Levanto la cabeza. Veo el cielo, el mismo cielo que veo desde nuestra buhardilla día tras día. Bajo la cabeza y veo el pavimento, sonrío, me gusta más. Junto los pies con un toc-toc de talón. Cierro los ojos. Estoy en el camino de baldosas amarillas. Me rasco la frente. Abro los ojos y otro coche de policía pasa observándonos. Me subo la mascarilla. No hay que tocarse la cara, no hay que tocarse la mascarilla. Me la vuelvo a bajar. Me doy la vuelta y la mujer, que tengo a metro y medio detrás, me sonríe. Detesto la falsa empatía que crece en estos días. La miro seria y me doy la vuelta. Que no se me olviden los guisantes. Ni los guisantes ni los espárragos. Guisantes y espárragos. Avanzamos. ¿No tienes ganas del día en que podamos abrazarnos?, me preguntó Almudena ayer por teléfono. No, contesté. ¿No quieres unirte a nuestra videollamada grupal?, me preguntó Blanquita hace tres días por teléfono. No, contesté. ¿No quieres participar en un video todos cantando animando a Gael?, me preguntó Silvia la semana pasada por teléfono. No, contesté. No, contesto. ¡No, coño! ¡No!
—¡NO!
El chico, que tengo a metro y medio por delante, se da la vuelta. Lo sonrío. A él sí. El pack de tarada que sea completo. Me subo la mascarilla. Otro coche de policía. Los miro. El copiloto me mira. Pienso de nuevo en Beatriz. Avanza la cola. Me pregunto si podré volver a China este semestre. Pienso en Verónica. Pienso en nuestras conversaciones nocturnas de balcón a balcón. Mi Vero. Quiere asesinar a sus sobrinos. Me rio. El chico de delante se vuelve a dar la vuelta. Que no se me olviden los guisantes. Miro la acera de enfrente. Una mujer camina con dos bolsas de la compra. Se parece a mi madre. Tiene su pelo. Es rubia. Me toco el mío. Es fino y pobre.
—Un café, por favor…
Avanzamos. Suspiro. Saco el móvil. Cambio de música. AnnenMayKantereit. También me los descubrió Beatriz. La echo de menos. Mucho. Extiendo la mano al frente. La contemplo. Es pequeña y gordita. Ladeo la cabeza y vuelvo a bajar la mano. Guisantes y espárragos. ¿Te quedarás completamente ciega?, me preguntó Almudena hace 6 años. Eso dicen, contesté yo.
—Eso dicen…
Me muerdo los carrillos por dentro. Con fuerza. Avanzamos. Bruce Springsteen. Saco el móvil. Cambio de música. Tunnel of Love. Álbum favorito de mi madre. Tenía unos ojos preciosos. Tristes. Mi madre tenía unos ojos tristes preciosos. Los míos ciegos. Un coche de policía pasa. Las 5 personas que tengo delante agachan la cabeza. Nos observan. Avanzamos. Entro en el supermercado.
Llego a casa. Joan recoge las bolsas.
—¿Todo bien? —me pregunta.
—De vuelta me ha parado la policía, me han pedido la documentación.
—¿Y eso?
—No sé, no sé qué de un beso. Están algo alterados. —Le doy la espalda y sonrío.
—Ten cuidado —me dice y vuelve a las bolsas. Comienza a vaciarlas—. Cariño, ¿no íbamos a comer menestra?
—Sí —respondo.
—¿Y dónde están los guisantes y los espárragos?


28 mar 2020

Llamadas en cuarentena

Cuarentena de Javier Avi


Beatriz
—¡Tonta del culo, quieres coger el teléfono! ¡Te he llamado 6 veces! —El audio de Bea se oía por todo el salón. Joan se rio—. No vayas de: ay, soy una pobre cieguita, no quiero hablar con nadie, ay, qué pena no tener 80 años para que esta pandemia termine con mi vida de una vez por todas. ¡Coge el puto teléfono!
—¡Bravo! —gritó Joan descojonándose de la risa—. Anda, llámala, no seas lastimera.
—Es que no me entendéis… —Pero no me dio tiempo a quejarme más. Joan cogió mi móvil y presionó ‘llamada’ en el contacto de ‘Bea chocholoco’.
—Hola.
—¡Holaaaaa!, ¡qué ilusión, puta ciega!  —Lo dijo tan fuerte que Joan lo oyó y empezó a reírse de nuevo. Luego me lanzó un beso y se fue a la cocina.
—Joder, Bea…
—Vamos, pero si estás estupendamente.
—Tengo los meses contados hasta que me extirpen el ojo, ¿realmente crees que estoy bien?
—Bueno, ¿y?, un agujero más en la cara, serás la fantasía de cualquier hombre.
—¡Bea, por dios!
—Sí, a Dios le tenemos que agradecer que al crearnos nos pusiera un cartílago en mitad de la nariz, que si no…
—Estás enfermísima. —Pero me reí y mucho.

Enrique
Joan me preparó un café en la cocina.
—Para mi niña —dijo ofreciéndome el vasito.
Mi móvil vibró en la mesa.
—¡Móvil! —grité.
—A ver. —Joan se acercó a la mesa y lo cogió—. ‘Enrique Teatro’, un audio de WhatsApp.
—Vale, ponlo… —dije no demasiado convencida. No habíamos vuelto a hablar desde que nos enfadamos hacía ya casi un mes.
Joan presionó la marca de play:
—Elvira, oye, que no sabía nada, vamos, que ni idea, que he llamado a Darío para un tema de… bueno, sin más, un tema y joder, me ha contado que te han operado. (Silencio). Y, bueno, odio los putos audios pero claro, no sé si ves o no. Vamos, no quiero decir que no veas, sé que ves, bueno, ahora mismo no, pero sé que verás, vamos, que… ¡joder que odio los putos audios! —Joan y yo nos reímos—. Que, bueno, que mecagüen la puta, tía, que no te lo mereces, bueno, nadie ¿no? Nadie se merece quedarse ciego. Aunque, algún subnormal sí que se lo merece y últimamente hay muchos, muchos subnormales, tía. Los reconocerás porque son los que se asoman a los balcones gritando “hola, don Pepito, hola, don José” , ¡puto país de anormales! —Joan lo aplaudió muerto de la risa—. Bendita pandemia que está destapando esta sociedad de retrasados mentales que no saben no hacer nada. Macho, quédate en tu puta casa ¡pero en silencio!, ¡hostias! Y tú, Elvi, mejor que nadie sabrás que esta gente con tanta hiperactividad ahora, en dos meses, saldrá a su balcón pero para tirarse, criaturitas ignorantes. Pero ya sabes, luego los titiriteros somos nosotros, los del teatro, ¡tócate los cojones!, tócate los coj… (Silencio). Bueno, que eso, que los audios no son lo mío, ya lo estás viendo, vale, ver no porque no ves, pero… ¡joder, ya me entiendes! Que yo solamente te quería decir que siento mucho por lo que tienes que pasar cada año pero que a alguna hija de puta le tenía que tocar, ¿no? —Solté una carcajada, Enrique también se reía en el audio—. Cuando tengas ánimo, llámame, pero no para hacer esa mamonada de tomar una cerveza por videollamada, las cañas nos las tomaremos cara a cara, cuando pase todo esto, en el bar de Yassir, mientras nos deseamos la muerte, como siempre. Cuídate, amiga, ¿eh? Cuídate, camarada.
—No llores, tonta —dijo Joan—. Venga, bébete el café.

Almudena
—Jo, Elvi, sé que detestas estas cosas, pero Carlos solo quiere ayudarte. Lo hace con su mejor intención.
Tenía a Almudena al teléfono, me había llamado también como unas 4 o 5 veces, así que le dije a Joan que aceptara su última llamada.
—Almudena, lo siento, pero no voy a hacer listas de ningún tipo dando las gracias de lo maravillosa que es mi vida siendo ciega. Le dices a tu querido coach que se vaya con su positivismo a tomar por culo.
—Elvi, pero quizá si lo intentas… No sé, por ejemplo… A ver, por ejemplo… Mira, si quieres empezamos por mi lista, ¿vale? —Resoplé—. Sí, creo que es una buena idea. Entonces, mis tres cosas por las que dar gracias son, a ver… déjame pensar… ¡Ah!,  ¡doy gracias porque hoy he comido alcachofas con bacon y estaban muy ricas!
—Enhorabuena.
—A ver, ¿qué más? No sé, es que hay tantas cosas por las que estar agradecida y ser feliz, tantas, tantas… Bueno, claro, y agradezco muchísimo esta conversación que estoy teniendo contigo.
—Almu, es una conversación de mierda.
—Bueno, vale, pero es nuestra y me gusta, a mí me gusta, me hace feliz, muy feliz, ¿vale?, ¿eh? ¡A mí sí!, ¡a-mí-sí!, ¡joder con la ciega de los cojones!

Joan
El móvil vibró a mi lado, lo miré y era una llamada entrante, leí el nombre: ‘Joan carapitilín’.
—¿Qué pasa? —Había salido tan solo hacía 5 minutos a hacer la compra.
—Qué, tonta, ¿qué se siente?
—¿Que se siente de qué?
—Has cogido tu solita el móvil. Has podido leer que era yo. ¿Qué se siente al volver a ser una persona independiente? —Me quedé callada—. Y tan solo a 8 días de la operación, eres increíble… Amor, de verdad, sé que no es fácil pero no tienes que tener miedo a lo que venga, no tengas miedo, te las apañarás, lo sé. —Apreté los labios porque no quería que me oyera llorar—. ¿Qué, no dices nada?
—Compra papel higiénico, anda.


23 mar 2020

Fade to black


Fuck you, Glaucoma de Javier Avi



—Hay que operar, Elvira —dijo mi oftalmólogo, un martes, sin despegar la vista de su ordenador. Me explicó cosas, que se me acababan las opciones, que intentaría implantarme una nueva válvula, que sería difícil, que habría que pensar en el vaciado de ojo, que existían prótesis, que poco más se podía hacer, que si lo entendía.
—Sí, lo entiendo  —dije con serenidad mientras me clavaba las uñas en el pulgar hasta hacerme sangre.
Ese mismo viernes por la tarde, en una comparecencia en directo, el presidente del Gobierno decretaba el estado de alarma por el coronavirus. El país se paralizaba. Tres horas más tarde, el oftalmólogo, algo nervioso, me llamaba a casa para explicarme que me operaría esa semana, había conseguido meterme en la lista de operaciones de urgencia, ya que las operaciones comunes y las pruebas médicas se habían anulado en todo el país hasta nuevo aviso. Sin embargo, el martes, el hospital me cerraba las puertas, cancelaba mi intervención. Mañana me operan, expliqué desesperada al conserje. Aquí no se opera ni dios, vamos a empezar a caer como moscas por el puto virus chino, ¡y a un metro de distancia, señora!, gritó él. Tras muchas llamadas y una angustia cosida al estómago, el miércoles estaba en quirófano. Una enfermera inmovilizó mi cabeza con correas a la mesa de operaciones y, al percatarse, me pidió que no llorara, que todo saldría bien. Cuatro horas más tarde, Joan me sujetaba la frente mientras vomitaba la anestesia en una palangana. Habemus ojo, susurró en mi oído. Quise sonreír pero una nueva arcada me lo impidió. Tenía ojo. Tenía algo más de tiempo. Algo más. El viernes, con su ayuda, contesté a mensajes, no respondí a ninguna llamada, no quería hablar con nadie. El sábado, me levanté pronto y el día se me hizo eterno sentada en el sofá mirando al frente, cuando Joan se despertó me propuso escribir algo, él lo haría por mí, le dije que no, que me dejara sola un rato más. El domingo, a las ocho de la tarde, bailábamos abrazados en la cocina Fade to black de Metallica, mientras la gente aplaudía en los balcones.
—¿Nos aplauden a nosotros, Joan? —pregunté.
—Sí, cariño, nos aplauden a nosotros. —Y con una sonrisa, que no pude ver pero sí intuir, me besó.