3 abr 2020

En busca del tiempo perdido

Compañeros en la Luna  de Javier Avi


—Voy a aprovechar el confinamiento para aprender a tejer y te voy a hacer un jersey de lana  —dije a Joan mientras preparaba el café.
—Ajá.
Joan dice que cuando no sé en qué invertir mi tiempo lo termino haciendo en actividades digamos que poco prácticas para mi vida, como cuando me dio por aprender coreano o cocina molecular o maquillaje de caracterización o Aikido o… Pero no es cierto, ¡claro que no es cierto!

Hace algo más de 8 años vivía en Madrid y todos mis amigos del máster habían triunfado. Es decir, Beatriz decidió irse a Berlín para empaparse del teatro épico alemán, Darío a Buenos Aires para formarse en teatro del cuerpo, Ernesto acababa de ganar el Premio Nacional de Jóvenes Dramaturgos con una obra que en origen era mía y Enrique, con la coartada de escribir teatro, se había esfumado de mi vida. Vale, es cierto que yo hacía año y medio había publicado mi primera novela y ahora la editorial me pedía la segunda, a lo que me negaba en rotundo porque antes de seguir escribiendo mierda prefería tirarme por la ventana.
—¿Piensas en tirarte por la ventana frecuentemente, Elvira? —me preguntaba Óscar, mi psicólogo.
—No, no, no, frecuentemente no, solo a veces.
—Ajá.
Tampoco me veía con fuerzas para embarcarme en un doctorado en ese momento, aunque algunos profesores me insistieron en ello, pero no. Yo quería algo que… yo… a mí lo que en realidad me llenaría sería…
—¿Astrofísica? —me preguntó Gael con cara de avestruz.
—A ver, se trata de unos cursos que imparten en el Planetario, es dificilísimo tener plaza pero voilà!, lo conseguí.
—Ajá.
Me sentía muy bien, en ese momento me sentía realmente bien. Lo tenía todo: acababa de dejarlo con Rafa, un hombre que había terminado con todo mi almacenamiento de dopamina; seguía teniendo un trabajo en una universidad de Madrid que detestaba, pero estaba muy bien pagado; mis amigos se habían evaporado, pero es lo que ocurre siempre al terminar una fase de tu vida; y desde hacía un par de meses me había inscrito en Meetic solicitando a hombres no más lejos de 100 metros de mi casa y ahí estaban.
—¿Y tú sabes capoeira? —me preguntó Marcos o Martín o Mateo o como coño se llamara ese tío de Meetic que solía venir a mi casa a dormir cuando no lo hacían Andrés o Ángel, Carlos o Cosme, o Tito o Teo.
—¿Yo? No, me gustaría aprender Aikido.
—Mira. —Y se levantaba de mi cama y así, como dios lo trajo a este mundo, se ponía a practicar capoeira—. Es importante levantar mucho la pierna, así, así, así, ¿lo ves?
 —Ajá.
El primer día de clase llevé un cuaderno azul, como el cielo. Iba a ser una astrofísica y tenía que estar preparada. El aula era pequeña y me senté en la tercera fila. Seríamos unos veinte. Mis compañeros empezaron a presentarse en voz alta, de uno en uno. Yo, mientras esperaba mi turno, abrí el cuaderno y en la primera página escribí en letras redondas ASTROFÍSICA y debajo dibujé una luna con nariz, ojos y boca.
—Me llamo Francisco Javier, tengo 43 años, soy matemático y doy clases en el Instituto Miguel Hernández.
—Oh, perfecto, un matemático, nos vendrás muy bien —dijo la profesora—. ¿Qué más?
—Hola a todos, me llamo Vera, tengo 27 años, soy periodista y divulgadora científica y trabajo para la revista Muy Interesante.
—Vaya, ¡qué interesante! —Y ella sola se rio—. Bien, ¿más?
—Bueno, hola, me llamo Elvira, tengo 33 años y soy filóloga.
—¿Perdona? —preguntó la profesora acercándose a mí.
—Filóloga.
—Ajá.
No me importó. La Astrofísica era mi vida y no me iba a dar por vencida. Además nunca había encajado en ningún grupo ni social ni académico ni humano.
—¡¿Cómo que se casa Nerea?! —grité a Marieta por teléfono.
—Que no me chilles, enana de mierda, y apunta su cuenta bancaria, le tienes que ingresar 150 euros.
—Jodeeeeer, pero ¿por qué se casan?, ¡¿por qué?!
—Porque es lo que hace la gente. La gente que no somos ni tú ni yo, pero gente, gente a fin de cuentas. Elvira, esa gente, que no somos ni tú ni yo, pertenece a un grupo humano especial en el que se tiene pareja y esa pareja le propone matrimonio porque le quiere. La gente, que no somos ni tú ni yo, se quiere, se-quiere 
—Ya. Yo tuve un novio que un día me prometió que nos casaríamos porque “Te quiero, reinita”, 3 semanas después me confesó que se tiraba a su ex y después huyó a Finlandia con la excusa de hacer el proyecto fin de máster. Nunca más supe de él. Pero me quería, me quería mucho.
—Ajá.
El curso de Astrofísica terminó y guardé  mi cuaderno azul junto al naranja de coreano. 

—Pon los brazos en cruz para tomarte las medidas.
Joan dejó su café en la mesa y se puso en medio de la cocina con los brazos en alto.
—Pero, cariño, ¿no crees que sería mejor que primero aprendieras a tejer y luego, ya si eso, me tomaras las medidas?
—Aprender a tejer… Ya… no sé, es que ahora mismo estoy pensando que esto de la cuarentena se va a alargar mucho y que quizá me apunte al curso, de 5 semanas, de Criminología que ofrece online la Universidad de Salamanca.
—Ajá.


28 mar 2020

Llamadas en cuarentena

Cuarentena de Javier Avi


Beatriz
—¡Tonta del culo, quieres coger el teléfono! ¡Te he llamado 6 veces! —El audio de Bea se oía por todo el salón. Joan se rio—. No vayas de: ay, soy una pobre cieguita, no quiero hablar con nadie, ay, qué pena no tener 80 años para que esta pandemia termine con mi vida de una vez por todas. ¡Coge el puto teléfono!
—¡Bravo! —gritó Joan descojonándose de la risa—. Anda, llámala, no seas lastimera.
—Es que no me entendéis… —Pero no me dio tiempo a quejarme más. Joan cogió mi móvil y presionó ‘llamada’ en el contacto de ‘Bea chocholoco’.
—Hola.
—¡Holaaaaa!, ¡qué ilusión, puta ciega!  —Lo dijo tan fuerte que Joan lo oyó y empezó a reírse de nuevo. Luego me lanzó un beso y se fue a la cocina.
—Joder, Bea…
—Vamos, pero si estás estupendamente.
—Tengo los meses contados hasta que me extirpen el ojo, ¿realmente crees que estoy bien?
—Bueno, ¿y?, un agujero más en la cara, serás la fantasía de cualquier hombre.
—¡Bea, por dios!
—Sí, a Dios le tenemos que agradecer que al crearnos nos pusiera un cartílago en mitad de la nariz, que si no…
—Estás enfermísima. —Pero me reí y mucho.

Enrique
Joan me preparó un café en la cocina.
—Para mi niña —dijo ofreciéndome el vasito.
Mi móvil vibró en la mesa.
—¡Móvil! —grité.
—A ver. —Joan se acercó a la mesa y lo cogió—. ‘Enrique Teatro’, un audio de WhatsApp.
—Vale, ponlo… —dije no demasiado convencida. No habíamos vuelto a hablar desde que nos enfadamos hacía ya casi un mes.
Joan presionó la marca de play:
—Elvira, oye, que no sabía nada, vamos, que ni idea, que he llamado a Darío para un tema de… bueno, sin más, un tema y joder, me ha contado que te han operado. (Silencio). Y, bueno, odio los putos audios pero claro, no sé si ves o no. Vamos, no quiero decir que no veas, sé que ves, bueno, ahora mismo no, pero sé que verás, vamos, que… ¡joder que odio los putos audios! —Joan y yo nos reímos—. Que, bueno, que mecagüen la puta, tía, que no te lo mereces, bueno, nadie ¿no? Nadie se merece quedarse ciego. Aunque, algún subnormal sí que se lo merece y últimamente hay muchos, muchos subnormales, tía. Los reconocerás porque son los que se asoman a los balcones gritando “hola, don Pepito, hola, don José” , ¡puto país de anormales! —Joan lo aplaudió muerto de la risa—. Bendita pandemia que está destapando esta sociedad de retrasados mentales que no saben no hacer nada. Macho, quédate en tu puta casa ¡pero en silencio!, ¡hostias! Y tú, Elvi, mejor que nadie sabrás que esta gente con tanta hiperactividad ahora, en dos meses, saldrá a su balcón pero para tirarse, criaturitas ignorantes. Pero ya sabes, luego los titiriteros somos nosotros, los del teatro, ¡tócate los cojones!, tócate los coj… (Silencio). Bueno, que eso, que los audios no son lo mío, ya lo estás viendo, vale, ver no porque no ves, pero… ¡joder, ya me entiendes! Que yo solamente te quería decir que siento mucho por lo que tienes que pasar cada año pero que a alguna hija de puta le tenía que tocar, ¿no? —Solté una carcajada, Enrique también se reía en el audio—. Cuando tengas ánimo, llámame, pero no para hacer esa mamonada de tomar una cerveza por videollamada, las cañas nos las tomaremos cara a cara, cuando pase todo esto, en el bar de Yassir, mientras nos deseamos la muerte, como siempre. Cuídate, amiga, ¿eh? Cuídate, camarada.
—No llores, tonta —dijo Joan—. Venga, bébete el café.

Almudena
—Jo, Elvi, sé que detestas estas cosas, pero Carlos solo quiere ayudarte. Lo hace con su mejor intención.
Tenía a Almudena al teléfono, me había llamado también como unas 4 o 5 veces, así que le dije a Joan que aceptara su última llamada.
—Almudena, lo siento, pero no voy a hacer listas de ningún tipo dando las gracias de lo maravillosa que es mi vida siendo ciega. Le dices a tu querido coach que se vaya con su positivismo a tomar por culo.
—Elvi, pero quizá si lo intentas… No sé, por ejemplo… A ver, por ejemplo… Mira, si quieres empezamos por mi lista, ¿vale? —Resoplé—. Sí, creo que es una buena idea. Entonces, mis tres cosas por las que dar gracias son, a ver… déjame pensar… ¡Ah!,  ¡doy gracias porque hoy he comido alcachofas con bacon y estaban muy ricas!
—Enhorabuena.
—A ver, ¿qué más? No sé, es que hay tantas cosas por las que estar agradecida y ser feliz, tantas, tantas… Bueno, claro, y agradezco muchísimo esta conversación que estoy teniendo contigo.
—Almu, es una conversación de mierda.
—Bueno, vale, pero es nuestra y me gusta, a mí me gusta, me hace feliz, muy feliz, ¿vale?, ¿eh? ¡A mí sí!, ¡a-mí-sí!, ¡joder con la ciega de los cojones!

Joan
El móvil vibró a mi lado, lo miré y era una llamada entrante, leí el nombre: ‘Joan carapitilín’.
—¿Qué pasa? —Había salido tan solo hacía 5 minutos a hacer la compra.
—Qué, tonta, ¿qué se siente?
—¿Que se siente de qué?
—Has cogido tu solita el móvil. Has podido leer que era yo. ¿Qué se siente al volver a ser una persona independiente? —Me quedé callada—. Y tan solo a 8 días de la operación, eres increíble… Amor, de verdad, sé que no es fácil pero no tienes que tener miedo a lo que venga, no tengas miedo, te las apañarás, lo sé. —Apreté los labios porque no quería que me oyera llorar—. ¿Qué, no dices nada?
—Compra papel higiénico, anda.


23 mar 2020

Fade to black


Fuck you, Glaucoma de Javier Avi



—Hay que operar, Elvira —dijo mi oftalmólogo, un martes, sin despegar la vista de su ordenador. Me explicó cosas, que se me acababan las opciones, que intentaría implantarme una nueva válvula, que sería difícil, que habría que pensar en el vaciado de ojo, que existían prótesis, que poco más se podía hacer, que si lo entendía.
—Sí, lo entiendo  —dije con serenidad mientras me clavaba las uñas en el pulgar hasta hacerme sangre.
Ese mismo viernes por la tarde, en una comparecencia en directo, el presidente del Gobierno decretaba el estado de alarma por el coronavirus. El país se paralizaba. Tres horas más tarde, el oftalmólogo, algo nervioso, me llamaba a casa para explicarme que me operaría esa semana, había conseguido meterme en la lista de operaciones de urgencia, ya que las operaciones comunes y las pruebas médicas se habían anulado en todo el país hasta nuevo aviso. Sin embargo, el martes, el hospital me cerraba las puertas, cancelaba mi intervención. Mañana me operan, expliqué desesperada al conserje. Aquí no se opera ni dios, vamos a empezar a caer como moscas por el puto virus chino, ¡y a un metro de distancia, señora!, gritó él. Tras muchas llamadas y una angustia cosida al estómago, el miércoles estaba en quirófano. Una enfermera inmovilizó mi cabeza con correas a la mesa de operaciones y, al percatarse, me pidió que no llorara, que todo saldría bien. Cuatro horas más tarde, Joan me sujetaba la frente mientras vomitaba la anestesia en una palangana. Habemus ojo, susurró en mi oído. Quise sonreír pero una nueva arcada me lo impidió. Tenía ojo. Tenía algo más de tiempo. Algo más. El viernes, con su ayuda, contesté a mensajes, no respondí a ninguna llamada, no quería hablar con nadie. El sábado, me levanté pronto y el día se me hizo eterno sentada en el sofá mirando al frente, cuando Joan se despertó me propuso escribir algo, él lo haría por mí, le dije que no, que me dejara sola un rato más. El domingo, a las ocho de la tarde, bailábamos abrazados en la cocina Fade to black de Metallica, mientras la gente aplaudía en los balcones.
—¿Nos aplauden a nosotros, Joan? —pregunté.
—Sí, cariño, nos aplauden a nosotros. —Y con una sonrisa, que no pude ver pero sí intuir, me besó.


6 mar 2020

Solapados

Agnes Cecile


—¿Qué hago, Elvi?
El único que quedaba por preguntarme eso era Enrique y ahí estaba.
Muchos son los que cuestionan la relación que tengo con Enrique. Bueno, cuando digo muchos, me refiero principalmente a Almudena, que le conoce desde hace muy poco y ha visto los desprecios mutuos que nos dedicamos. No lo entiende.
Admiro muchísimo a Enrique y eso lo anestesia todo. Creo que tiene un talento muy superior a cualquier dramaturgo vivo español (excepto Mayorga, por supuesto), pero la mala suerte y, sobre todo, su difícil carácter no le han hecho triunfar. Nos gusta juntarnos y despellejar a ese Conejero que ocupa la cartelera de los mejores teatros de Madrid, con unos textos que pretenden emular a los de Lorca pero que no dejan de ser simplones y previsibles, hechos a fuerza de una lírica de Ikea, como dice Enrique: prefabricada, de difícil entendimiento pero que la termina comprando todo el mundo. Pero ahí está, ahí está el Conejero y Enrique aquí. Enrique aquí, cerrando un pequeño teatro, cargado de deudas y con un par de obras en un cajón que nunca verán la luz. Así que cuando Enrique me dice que busque una soga y una viga, no me importa. No me importa, lo sigo queriendo, porque su lírica no está hecha con tornillos Schrauben.
Es cierto que hubo un tiempo en el que nos distanciamos, pusimos la excusa de que Darío se había ido a Argentina y Bea a Berlín, dejamos que fueran ellos el motivo de no llamarnos en años, pero los dos sabemos que lo que me molestó es que no se posicionara claramente en el conflicto con Ernesto. Ernesto Garmendia. De acuerdo, Ernesto era amigo suyo, sí, pero fue a mí a la que robó una obra de teatro y con la que ganaría un año más tarde el Premio Nacional de Jóvenes Dramaturgos. No dijo nada, Enrique no dijo nada y a mí me dolió. Supongo que con los años él también se ha sentido traicionado por Ernesto, supongo. Poca, por no decir ninguna, ayuda le ha ofrecido en los últimos meses para que su teatro saliera a flote a pesar de la cantidad de contactos que tiene en este mundillo.
Así que no hablamos de Ernesto, ninguno de los dos lo menciona jamás. Ambos sabemos algo que al otro le molesta pero no lo dice. Ambos conocemos la frustración que carga el otro y la respetemos en silencio. Por eso nos gusta quedar y hablar, e insultarnos e incluso desearnos la muerte, a condición de que sigamos muy vivos para deseárnosla siempre.
Esa tarde Enrique me pidió que lo acompañara al teatro, a ver el ensayo general de una obra de la compañía de un amigo. Al salir:
—Sin comentarios, ¿no? —dije.
—Sí, sin comentarios.
Y los dos nos reímos. Lo agarré del brazo y emprendimos camino a Lavapiés, necesitábamos un par de cervezas para digerir lo que acabábamos de ver. Al pararnos en uno de los semáforos que cruza Atocha se giró, me sonrió y dijo:
—Dicen que tienes un par de ojeadores detrás.
—Ah, ¿sí? ¿Eso dicen? —pregunté.
—Sí, eso dicen. Vale, Bea me lo ha contado.
Me reí. El semáforo se puso en verde. Los peatones que teníamos a nuestro lado cruzaron, pero nosotros no nos movimos.
—¿Un par de ojeadores? No, eso no es verdad —contesté mirando al frente.
—¿No lo es?
—No, no lo es. Tengo a tres —dije girando la cabeza hacia él y sonriendo con malicia.
—¡Serás hija de la gran puta! —exclamó poniendo los brazos en jarra, era su postura favorita—. ¿Tres?
Yo asentí y de carrerilla le recité el nombre de las tres agencias literarias que estaban interesadas en mis textos. Enrique se llevó las manos a la cabeza.
—¿Pero sabes lo que significa eso, Elvi?
—Nada. No significa nada.
—Significará, ya verás, significará.
Y me abrazó con uno de esos abrazos que sientes sinceros y agradeces de verdad.
Al llegar al bar nos sentamos en la barra.
—Yassir, dos cañas para empezar porque hoy invita aquí la amiga.
Levanté las cejas y puse cara de conformista.
Yassir nos trajo las cañas. Brindamos y bebimos, luego él dejó el vaso de nuevo en la barra y me cogió por las rodillas.
—Elvi, me ha llamado Claudio.
Claudio Caselles. Claudio fue uno de nuestros profesores en el máster en el que todos nos conocimos. Un hombre peculiar que pronto hizo buenas migas con Enrique, tan buenas que terminaron liándose, supuestamente fue un secreto pero nosotros cuatro (Darío, Bea, Ernesto y yo) lo sabíamos, y sí, nos sorprendió y mucho, y no porque fuera nuestro profesor ni porque le llevara 23 años ni porque estuviera casado, sino porque lo estaba con una mujer. La historia me pareció tan rocambolesca desde el principio que nunca quise saber demasiado. Escuchaba el eco de Bea que con el tiempo me contó que estuvieron juntos algo más de dos años. Claudio siguió casado con su mujer hasta que  tuvo otro affaire con otro estudiante bastante menos discreto que Enrique y fue todo un escándalo en la universidad. Así que para evitar el escarnio público, se mudó a Francia y desde hacía 6 años daba clases en la Universidad de Poitiers. De su mujer nadie sabe nada.
No dije nada. Dejé mi caña sobre la barra también y me dispuse a escuchar.
—Hace tres años que dirige el grupo teatral universitario. Hacen cosas, lleva un par de montajes muy premiados a nivel nacional. —Me miró, sabía que quería comprobar si aquello me estaba impresionando o no, no lo hacía—. Es bueno, Elvi. Claudio siempre fue bueno. 
—Sí, lo es. —Sí, lo era, pero qué quería.
—Quiere que vaya a Poitiers, quiere montar mis obras.
—Bien, envíaselas.
—No, cuenta conmigo para la dirección, quiere que esté allí. ¿Qué hago, Elvi?
Y ahí estaba la pregunta.
Volví a coger la caña y pegué un sorbo. Lo miré.
—Enrique, sabes por qué quiere que vayas, lo sabes. Bien, pues si estás conforme vete, pero que te quede muy claro que lo de tus obras es una excusa. No las va a montar, no te quiere para eso.
Enrique bajó la cabeza, resopló. Tardó en contestar.
—¿Por qué eres así? Tan sucia.
Dejé la caña en la barra otra vez. Parpadeé con lentitud.
—Enrique…
—Eres una puta envidiosa que no soporta que los demás salgamos adelante.
—Está bien. Yassir, ¿me cobras, por favor?
Me agarró del brazo y se acercó a mi oído.
—Te jode no ser la única a la que valoren sus textos. Te jode que hoy no hablemos solo de ti y de tus putos ojeadores de mierda. No soportas que te quiten luz, amargada.
Me zafé con rabia.
—Son dos euros, amiga.
Abrí el bolso y de la cartera saqué una moneda de dos euros.
—Toma, gracias. —La cogió y se fue al final de la barra. Me giré y miré a Enrique—. ¿Por qué no te pegas un tiro en la frente?
—Lo haré después de verte colgada de una viga.
Me coloqué el bolso al hombro y salí del bar.
                     

28 feb 2020

Noches de consultorio

Autor desconocido.


Nota: Para entender mejor este relato, te aconsejo leer antes: Lunes de consultorio.

—¿Te lo puedes creer, Elvi? ¿Te lo puedes creer? ¡Está con otra tía!
Era la noche del martes o del miércoles. Sostenía mi segunda copa de vino en la terraza de la casa de Bea, mientras la escuchaba gritar.
—Sí, es… es… —decía yo y pegaba otro trago de vino, el día se me estaba haciendo largo.
—Darío con otra tía, por eso no se ha querido mudar a mi casa, ¿cómo iba a hacerlo si estaba saliendo con esa pava? ¡Es que está con ella desde octubre! ¿Tú lo sabías?
—¿Yo? No, no lo sabía.
Sí, sí lo sabía.
Hacía una semana desayunaba con Darío:
—Gracias, Elvi, por quedar. Sé que andas liada con tus cosas…
No es que estuviera liada con mis cosas, de hecho, últimamente estaba bastante dispersa. Con esto del coronavirus, no terminaba de organizarme ni con las clases online ni con los artículos. Todo estaba en el aire y la profesora Wang no podía concretarnos nada porque tampoco ella sabía la fecha de regreso a China. Intentaba planificarme un horario pero me resultaba difícil cumplirlo.
—… pero quería hablarte de Bea, sois muy buenas amigas y quizá por eso puedas ayudarme.
Darío me contó que el día anterior había quedado con Bea. Sí, eso también lo sabía, habíamos comido juntas. Y también me contó que le propuso mudarse a su casa. No, eso no lo sabía porque supuestamente Bea me prometió no pedírselo. Sin embargo supongo que para eso están las amigas, para escucharlas y luego hacer lo que te salga del toto.
—Entiéndeme, Elvi, me encanta Bea. Joder, ¿a qué tío no le gusta Bea? Pero pensaba que todo iba a ir más lento, más tranquilo, bueno, como es ella, que todo se lo toma a chufla, no sé si me entiendes. —Sí, le entendía—. Yo es que he conocido a alguien, nada serio, ¿sabes? Pero quiero seguir conociéndola.
Se llamaba Eva. Era estudiante en su escuela de Expresión Corporal y llevaban follando desde octubre. No podría llamarse relación porque tan solo tenía 23 añitos y había muchas cosas que a Darío no le encajaban.
—¿Qué hago, Elvi?
Temía esa pregunta que todos me hacían.
—De momento pedirme otro café, anda.
El desayuno se alargó más de la cuenta. Por fin, sobre las 09.30 nos despedimos acordando que, en cuanto él tuviera tiempo, se lo contaría a Bea, porque si se trataba de mantener una relación abierta, Bea era idónea para ello.
 —¡Y me pide que tengamos una relación abierta!
Bueno, igual Bea no era tan idónea para ello.
—¿Estamos locos? ¿Holaaaaaa?
—Hola… —De un trago me terminé el vino. Me había equivocado.
 —¿En qué cabeza cabe que quiera compartir a Darío?
En la mía. Me serví la tercera copa, lo necesitaba, sí, verdaderamente el día se me estaba haciendo largo. Demasiados errores.
A las 11 de la mañana estaba subida a un taburete rebuscando entre las estanterías de una vieja librería de segunda mano, cuando mi móvil vibró. Llamada entrante de Vero.
—Dime, loca de mi vida.
—Ya han pasado 10 días y no sé nada de Antonio. Evira… yo…
Me bajé del taburete y haciendo un gesto al librero, que estaba detrás del mostrador y que custodiaba mis libros hasta ahora elegidos, salí de la tienda.
—Vero, a veces los hombres necesitan tiempo, a veces…
—¡Elvira, basta! Ha tomado una decisión y me ha dejado fuera.
Sí, la había dejado fuera. Diez días eran demasiados para un silencio que no fuera acompañado de una intención. Me senté en un bolardo que había en la acera, frente a la puerta de la librería y suspiré derrotada, la jugada me había salido mal.
—Está bien, Vero, pues ahora intenta olvidarlo y ya. Y ya.
—¡No es tan fácil! ¿Qué crees? Echo de menos sus mensajes diarios, sus audios, sus fotos, echo de menos… ¡Echo de menos que esté ahí! ¡Ahí! Ahí… coño, joder, ahí para mí.
—Vero, lo sé, pero ya está. Esto no iba a ninguna parte. Ahora intenta olvidarte de él poco a poco y ya está.
—Elvi, es que tú no me entiendes.
Claro que la entendía. Nueve años atrás, yo vivía en Madrid desde hacía poco más de un año. Estaba de pie en el salón de mi casa con unos leggins y una camiseta de tirantes llorando frente a mi amigo Gael que me sujetaba por los hombros intentando tranquilizarme.
—Cari, basta, te lo pido, por favor —me rogaba.
—No puedo, el dolor viene de aquí. —Y le señalaba las tripas.
Hacía 4 años que me había dejado Etienne, mi ex por excelencia, y hacía 4 años que lloraba sin consuelo. Hacía uno que había empezado terapia para poder aprender a continuar con mi vida sin él y hacía 10 minutos que le había mandado el último mensaje por el chat del Skype.
—Es que no me contesta… —le explicaba a Gael.
—No, cari, no te contesta porque te pidió hace dos meses que no le escribieras más y llevas en la última hora 4 mensajes.
—Es que no me contesta…
—Cariño, escúchame, él ya no te quiere.
—No me digas eso…
—Es que ya no te quiere.
—Sí… un poco sí.
—No, ni un poco, nada. Hace 4 años que no te quiere.
Me senté en el sofá como quien teme romperlo.
—Igual incluso más…, ¿verdad…? —dije.
—Sí, igual incluso más. —Se sentó a mi lado—. Cariño, debes pensar que Etienne ha muerto porque si no, no vas a salir de este bucle desesperante, imaginándote una y otra vez cómo sería tu vida si no te hubiera dejado. Es que, Elvi, llevas mucho tiempo atascada, se acabó, Etienne ha muerto.
—¿Muerto…?
—Sí, muerto, chimpún. ¡Venga —exclamó dando una fuerte palmada—, ya puedes empezar con tu vida! Vamos, empieza lavándote el pelo que das asco, ¡vamos!
—Vale… —Entendí aquello.
20 minutos más tarde, al salir de la  ducha, Gael, que preparaba macarrones, me peguntó que qué hacía sentada en mi escritorio.
—¿Eh?, nada, escribiendo un mensaje a Etienne para decirle que tú me has dicho que debo pensar que se ha muerto y que ya no le volveré a escribir nunca más. Seguro que a este mensaje me contesta.
Gael me lanzó la cuchara de palo con todas sus fuerzas.
El timbre en la casa de Bea sonó y yo me quité a Vero, a Etienne y a Gael de la cabeza.
—Voy yo —dije.
Al abrir, Almudena me abrazó. Pasamos juntas a la terraza. Bea le sirvió una copa de vino.
—Bueno, ¿y esta reunión de chicas, así, a mitad de semana? —preguntó.
—Darío está saliendo con una tía, ¿lo sabías? —dijo Beatriz.
—Oh, no…, no, no lo sabía.
Sí, sí lo sabía, se lo había contado yo.
—Pero, Almu, espera que hay más. Lo mejor de todo es que me propone estar con las dos a la vez hasta ver si alguna relación sale adelante.
—Oh, por favor, ¿qué dices? ¡No me lo puedo creer!
Sí, sí se lo podía creer porque eso también se lo había contado yo y le pareció bien. Me terminé la tercera copa. Almudena me miró y yo miré al suelo, quería que mi vida terminara en ese momento. Al verme tan agobiada empezó a hablar de su fin de semana en Segovia. Saqué el móvil y le escribí un mensaje a Vero, me sentía fatal.
La he cagado. STOP. Lo siento. STOP. Soy la peor consejera amorosa del mundo. STOP. Pero tú sigues siendo la mujer más increíble que conozco. STOP. Así que haz lo que quieras. STOP. Si necesitas verlo, escríbele y díselo. STOP. Como yo, él tampoco querrá perderte. STOP y FIN.
—… A ver, los niños se lo han pasado muy bien, parece que van a hacer buenas migas.
—¿Pero tú no ibas a cortar con Carlos? —pregunté guardando el móvil en el bolso.
—Ah, ¿le ibas a dejar? —Bea.
—A ver, sí, de hecho se lo he dejado caer.
—¿Caer? —yo.
—Pues en plan, bueno, ya si eso el próximo fin de semana no salimos de Madrid, ¿no? Vaya, para que vea que no siempre voy a estar disponible para viajar.
Bea y yo nos miramos y luego miramos a Almu.
—¡Es que, chicas, es difícil cortar con un coah!, porque te empieza a liar la cabeza con proyectos y con un futuro tan bien estructurado que… que… ¿A quién no le gusta saber qué va a hacer en el futuro?
—A mí —respondí sirviéndome la cuarta copa.
Mi bolso vibró, saqué el móvil. Mensaje de Vero:
O pones STOP o pones FIN, pero nunca los dos, idiota.
Me reí. El móvil volvió a vibrar. Nuevo mensaje de Vero:
No le voy a escribir. Tomé una decisión. Algún día dejaré de echarle de menos, no?
Sí, algún día. CAMBIO.
Que no se dice CAMBIO para terminar. Coño.
Perdón. COÑO y CAMBIO.
Jajsjaksksjajajajskakasjaja!!! Gilipollasssss!!!
Y tan muerta de risa estaba guardando el móvil que no me di cuenta de que me había quedado sola en la terraza.
—¿Chicas? —pregunté entrando en la casa. Empezaba a notar las 4 copas de vino, todo parecía tambalearse.
Las encontré en la cocina. Bea estaba muy alterada y Almudena al verme me hizo un gesto con la mano de “aquí se va a liar pero bien”. Bea salió gritando y en bajo pregunté a Almu qué mierda estaba pasando.
—Darío está subiendo por las escaleras —dijo repitiendo el mismo gesto con la mano.
—Vale, tú y yo no sabemos nada, putas como gallinas, no, putas y muertas, gallinas muertasss, bueno, ¡sssshhhht! —Sí, confirmamos que ya estaba borracha.
Oímos la puerta, la voz de Darío y los gritos de Bea. Almu y yo nos agarramos de la mano.
—Necesito más vino… —dije, me estaba mareando.
Entraron en la cocina.
—¡Y te atreves a venir a mi casa después de proponerme la guarrada de la relación abierta! —Bea.
—¡Pero por qué te enfadas conmigo si la idea fue de Elvira!
Adiós. Cerré los ojos creyendo que así nadie podría verme.
—¡Serás puta!
Seguí sin abrirlos fantaseando que Bea se lo estaba diciendo a Almudena.
—A ver, por favor, calmémonos todos —pidió Darío.
Pero lejos de calmarnos la cosa se calentó todavía más cuando Almu, en un torpe gesto por ayudarme, le confesó que ella también lo sabía. Bea nos echó de su casa. En el descansillo no dejaba de chillar lo malas amigas que éramos.
—Yo te quiero, Bea… —le decía intentando abrazarla con el abrigo a medio poner.
—¡Que no me toques, mentirosa!
—Menudo pedo llevas, trasto. Almudena, ¿os pido un taxi?
—Yo te quiero, Darío…
—No, tranquilo, Darío, la acompaño a casa dando un paseíto, a ver si se le pasa. Anda, Elvi, ven, dame la mano que nos vamos a casa.
—Adióssss, amigosss, os quiero… Follad y sed libressss…
—Lo haremos, trasto —dijo Darío lanzándome un beso a las escaleras.
—¡¿Cómo que lo haremos?! Antes tendrás que explicarme muchas cosas, ¿no?
Se metieron en casa pero yo seguía diciéndoles adiós con mano.
Ya en la calle, Almu me colocó bien el abrigo.
—¡Ay! —exclamé—. Me vibra el chocho.
Almudena se rio y me sacó el móvil del bolso.
—Anda, toma.
—¿Qué pone…?
—Mensaje de WhatsApp de Verónica China.
—Acepto.
—Que no tienes que aceptar nada, que es un mensaje, ¿te lo leo?
—Acepto.
—Joder, qué pesadita eres, Elvi. A ver, ¿cómo se desbloquea tu patrón de seguridad?
—Así. —Y recuerdo dibujarlo en el aire una y otra vez, oía a Almu reírse.
—Pareces el Zorro. Vale, aquí está. Te leo el mensaje entonces, ¿no?
—Acepto.
—Bueno, pues Verónica China escribe: “He recibido mensaje. STOP. Ha comprado los billetes. STOP. Llega a Londres el sábado por la mañana. STOP. No eres tan inútil. COÑO y CAMBIO”. No sé, yo no he entendido nada, vosotras sabréis de qué va esto. ¿Quieres contestarle?, ¿eh, Elvi?, ¿te ayudo a cont…? Pero, pero, pero ¿por qué lloras, tonta?