15 may 2022

Té sectario

 

Fotograma de la película Midsommar (2019) de Ari Aster

Nota: Este relato es la segunda parte de Café sectario

Mientras Elvira releía en voz alta el párrafo en el que emparentaba la inquietud existencialista en el teatro de Unamuno con la de Ibsen, Geraldine la escuchaba con los brazos prácticamente pegados al volante y concentrada en la carretera.

—No se entiende —dijo.

—¿Qué no se entiende? —preguntó Elvira recolocando su portátil sobre las rodillas en el asiento del copiloto.

—Lo de la herencia. No puedes afirmar como innovador que el sentimiento de desapego vital es heredado, esa idea es la que empapela todo el teatro del s. XVI y XVII. Busca otra perspectiva para explicarlo si no quieres que te tumben en los 5 primeros minutos de exposición. —Elvira la miró con desgana y cerró el ordenador de golpe—. No te enfades.

—¿Quién está enfadada? —Y después añadió entre dientes—. Francesa rancia…

—Algún día me explicarás tu trauma con los franceses.

—El único trauma que tengo eres tú.

Geraldine se rio. Llevaba más de siete meses trabajando codo con codo con Elvira y, aunque al principio le costaba gestionar sus desplantes e improperios, había empezado a disfrutar de ese infantil malestar que le generaba todo lo proveniente de Francia.

—Entonces llegamos y nos dejamos llevar, ¿no? —dijo Geraldine intentando recuperar el buen humor de su compañera—. Tu amiga no sabe que vamos, ¿es así? Lo que no me queda claro es si fingimos conocerla o no.

—Tú no tienes que fingir nada, no es amiga tuya. —Geraldine volvió a soltar otra risotada, su compañera se le hacía muy cuesta arriba, por más que lo intentara siempre recibía una bofetada de frente—. ¿De qué te ríes?

—Bueno, es divertido pensar en lo mucho que inviertes por caer mal a la gente cuando la realidad es bien distinta. Aquí estás, a punto de implicarte en un grupo sectario de autoayuda durante todo un fin de semana para sacar de allí a tu amiga. Mostrándote desde el principio como buena persona, ¿no te ahorrarías mucho tiempo?

—De verdad que los franceses estáis hechos de lactosa, es oíros y me entra cagalera. —Se miraron un segundo y empezaron a reírse como dos niñas en medio de clase. 

Aparcaron el coche frente a una bonita casa en la sierra madrileña. Elvira echando un vistazo a los alrededores se decidió por tocar el timbre de la verja. Nadie contestó. Las dos mujeres revisaron de nuevo la dirección que en la oficina del centro de Madrid les habían dado.

 

—Será una experiencia única —les dijo la joven que les atendió—. Federico, nuestro mentor, os ayudará a adueñaros de vuestras emociones sanando el pasado. Y sé que nunca habéis asistido a algo tan, tan, tan hermoso y bestial al mismo tiempo.

—No, no, no, nunca, te lo aseguro —contestó Elvira ofreciéndole su tarjeta de crédito—. El retiro de mi amiga —y señaló a Geraldine— también me lo cobras a mí.

—Ya, si no te importa, me haces el pago por Bizum, es más fácil, más cómodo, estamos en 2022. Nos tenemos que ir olvidando de nuestras tarjetitas de plástico.

—Oh, oh, ya, por Bizum, sí, sí, claro, sin recibo ni factura, cómodo y maravilloso todo este mundo. —Sonrió mirando a su compañera de tesis y sacó el móvil.

Antes de salir de la oficina, la joven les indicó cómo llegar en coche y les dio el programa de actividades que tendrían durante los dos días de retiro.

 

—Vuelve a tocar el timbre porque es aquí —insistió Geraldine frente a la verja de la casona.

Elvira tocó. Nada. Buscó la ranura del correo postal, la abrió y voceó dos holas, tres eooos y un estamos aquí.

—Qué primitiva eres… —masculló Geraldine alzando la vista al cielo.

La verja se abrió desde dentro. Un hombre de algo más de cincuenta años con pantalones cortos y camisa de hilo azul clara las sonreía.

—Cristina y Léa, ¿verdad? —dijo apuntándolas con el dedo. Ellas asintieron. La idea de no dar sus verdaderos nombres fue de Darío pero pronto se dieron cuenta que, con el Bizum y otros muchos detalles, estaban dejando rastro de sus verdaderas identidades, aun así les resultaba divertido—. Ya me podéis perdonar. Estaba en la parte de atrás, en la piscina y no he escuchado el timbre. El grupo está de senderismo, regresarán en 40 o 50 minutos.

—Claro, llegamos un poco tarde.

—No pasa nada, ¿problemas en la peluquería?

Las dos mujeres no supieron qué decir hasta que Elvira recordó que en la ficha, que tuvieron que rellenar sobre sus datos personales, afirmaban tener una peluquería.

—Sí, sí, sí, lo siento muchísimo, no queríamos abrir pero una clienta nos ha llamado porque tenía una boda y pues, ¡vale, te peinamos!

—Oh, sí, sí, te peinamos, te peinamos, bien sûr! —Geraldine a los coros.

—Jamás debéis disculparos por daros a vuestro trabajo, jamás, jamás.

—Jamás, jamás… —repitieron.

—Aquí aprenderéis a aplicar con éxito los 5 yamas del yoga a vuestro propósito, sea cual sea: formar una familia, equilibrar cuerpo y alma o levantar una peluquería, vuestra peluquería, tu peluquería, Cristina, tu peluquería, Léa. Aquí.

—Oh, vaya, oh, qué fantástico, es… tan, tan, fantástico, ¿verdad, Léa?

—Oh, sí, sí, muy, muy fantástico, grande fantástico.

—Os siento abrumadas y no lo quisiera, os acompaño a vuestra habitación y después, cuando os hayáis hecho con el espacio y os sintáis cómodas, os invito a un té en el jardín para seguir hablando mientras llegan el resto de mentorís.

—Sí, los mentorís, claro, somos mentorís, tú eres el mentor y nosotros los mentorís. Mentorís, Léa.

Oui, mentorís, mentorís.

Dejaron las bolsas sobre las camas y al asegurarse de que Federico ya había bajado a la primera planta se juntaron como dos imanes y empezaron a reírse. Geraldine estaba absolutamente entusiasmada y le repitió a su compañera, hasta cuatro veces, que nunca podría pagarle el que le diera la oportunidad de observar tan de cerca a un narcisista de manual.

Federico les sirvió el té junto a la piscina y les pidió que hablaran sin miedo sobre ellas, que no tuvieran temor, que no maquillaran su pasado, que no aparentaran, que hablaran con la verdad para ir creando la toma de conciencia tan necesaria para seguir construyendo un futuro sin grietas. Geraldine comenzó inventándose un divorcio traumático por lo que tuvo que huir de Francia y empezar de cero, primero en Murcia y ahora en Madrid. Y Elvira se decantó por una complicada infancia con una madre ausente que le había incapacitado a día de hoy a responsabilizarse de sus dos hijas quienes vivían con su padre en Santander y a las que veía cada dos fines de semana.

—Valientes, las dos. Inmensamente audaces. Nos cuesta admitir nuestra vulnerabilidad pero fijaos en vosotras, qué transparencia. Con esta sinceridad podemos construir los cuatro pilares fundamentales para alcanzar nuestro propósito. —Les mostró la mano izquierda con cuatro dedos alzados. Las dos mujeres lo imitaron y mostraron sus cuatro dedos en alto también—. Exacto, los cuatro: cuerpo, mente, emoción y alma. —Elvira repitió alma levantando esta vez las dos manos con un total de 8 dedos, Geraldine tuvo que mirar hacia otro lugar para controlar la risa.

Después les contó una parábola sobre un panadero con una furgoneta en un pueblo y un hombre con mucho frío que no tenía pan ni dinero para comprarlo y de un vecino que tenía muchas barras en su casa y que un día éste le explicó al friolero cómo hacerlo en su propia casa y desde entonces siempre tuvo pan.

—¿Y el panadero? —preguntó Elvira.

—¿Perdón?

—Dejaron al panadero sin trabajo.

—No, emprendieron.

—¡Intrusismo capitalista! —exclamó.

Geraldine carraspeó.

—Es muy bonita, muy bonita —dijo la francesa—, una historia muy inspiradora.

—Gracias, Léa, por escuchar. Es importante escuchar y apaciguar nuestras voces rebeldes de pensamientos tóxicos y, Cristina, créeme, yo era como tú, inconformista, subversivo, sedicioso, golpista… Yo era la confrontación extremista entre mis emociones y mi alma, ¡yo! ¡Yo! ¡Fijaos en mí ahora!, ¿lo diríais viéndome así de calmado, sosegado, apaciguado?, ¿lo diríais?

—Ah, mais non!,  pas du tout, pas du tou.

Elvira apretó los dientes y parpadeó con lentitud, lidiar con semejante charlatán le iba a costar más de lo que pensaba.

—Tranquila, Cristina, respira, sé cómo te sientes. Tu mochila es tan grande que crees ver enemigos en todas partes pero no es así. Soy Federico y voy a ayudarte a oxigenar tu pasado para que tu futuro no sea doloroso. Empezaremos por el principio, simple, por el primer pilar: la salud, eso es tu cuerpo, Cristina. Lo vamos a curar. Aquí.

Terminaron el té entre más parábolas y más pilares. Poco después apareció en el jardín un reducido grupo de 6 personas, los mentorís, entre ellos, Beatriz que reía a carcajadas cogida de la mano de una mujer, la misma que la de la foto de Darío. Geraldine nerviosa se puso de pie a pesar de que Elvira le gesticulara que no se moviera. Beatriz la miró, no sabía quién era, así que la sonrió con dulzura y le dio la bienvenida al grupo. Geraldine no supo qué responder solamente bajó la vista y señaló con la mirada a Elvira que seguía sentada en la tumbona. Beatriz, pasmada, se soltó de la mano y se adelantó hasta su amiga.

—¿Qué coño haces tú aquí?

                                                                                                      (Continuará…)

8 may 2022

Café sectario

 

Fotograma del documental Wild wild country (2018)

Almudena y Darío estaban sentados en la mesa del fondo. Desde ahí podían controlar la puerta. Bebían dos cafés y miraban la pantalla del móvil de Darío.

— Es mejor que se lo digas tú.

—¿Yo? —preguntó Almudena echándose hacia atrás—. ¿Por qué yo?

—Porque Elvi es tu mejor amiga.

—¡Y Bea la tuya!

La puerta de la cafetería se abrió y entró Elvira cargando una mochila y dos tote bags.

—Esta investigación me está matando —dijo soltando los bártulos sobre la mesa—. Y ¿sabéis qué es lo peor?, que no la vamos a poder entregar en el tiempo establecido. Se lo he dicho a Geraldine pero, como es francesa, ella a los quesos. Geraldine, que vamos muy atrasadas. Oh, chérie, ¿y qué me dices del Coeur de Neufchâtel con un poquito de confiture de frambuesa?, oh, là là!, oh, là, là! Sí, ¡oh, lalá!, le digo yo, porque como para explicarle que, con solo olerlos, me cago viva. Claro, es que…

 —Elvi… —intentó interrumpir su amiga.

—… es muy fina, fijaos que el otro día me trajo un bolso dorado, ¡dorado!, pero ¿a dónde vas, criaturita, con semejante accesorio de la Barbie destellos? Ahora, también os tengo que decir que le estoy cogiendo cariño, sí, es francesa pero lo que siempre digo: su culpa no-es, nacen así, pobrecita mía, y además…

—Elvira, por favor, siéntate, tenemos que hablar. —La voz de Darío sonó convincente. Elvira contrariada se sentó a cámara lenta. “¿Qué pasa?”, preguntó. Darío dio un codazo a Almu y esta empezó a hablar:

—Elvi, es Bea, estamos últimamente un poco preocupados por ella.

—¿Bea? Esa siempre ha estado más loca que las maracas de Machín, no le pasa nada.

Almudena y Darío cruzaron una mirada nerviosa. Darío mostró su móvil a Elvira.

—Está en un grupo —dijo. Elvira cogió el móvil y se lo acercó para ampliar las fotografías—. Es un grupo de ayuda, de… autoayuda. —Elvira levantó la cabeza como si de un resorte se tratara, miró a sus amigos sorprendida y volvió a las fotografías. En una de ellas aparecía Beatriz tumbada en una esterilla abrazada a otra mujer, las dos sonreían, parecían tener una fuerte amistad si no fuera porque se conocían de hacía dos meses. En otra, un grupo de ocho personas rodeaban, con los brazos en alto, una hoguera en un gran jardín.

—¿Qué mierda es esta? —preguntó soltando el móvil y modulando un tono de voz absolutamente diferente al que había mantenido mientras contaba lo de los quesos de Geraldine.

—Lleva mandándome fotos desde hace unas cinco semanas —explicó Darío—. Al principio no le di demasiada importancia, está bien que salga con otra gente; lo de su cáncer, Markus, lo mío con Almu… No sé, pues, joder, pensé: ¡qué de puta madre, sale del círculo!, ¿no?, ¡sale del círculo! Le va a venir bien ver otras cosas, nuevas amistades, creo que todo es positivo. Sin embargo, las fotos empezaron a volverse raras, ya no solo eran de paseos por la Sierra, sino de sesiones de yoga y meditación grupales en retiros de fin de semana, en casonas aisladas fuera de Madrid, ¿entiendes? No sé, todo se me volvió sospechoso. Y la gota fue cuando me dijo que el grupo lo lideraba un tal…

—¡¡¿Líder?!!

—Elvi, tranquilízate.

—¡¡¡Estoy muy tranquila, Almudena!!!

—¿Ya sabe lo que va a pedir, señora? —frente a la mesa la camarera.

—¡Sí, un abogado!

—Nada, gracias —contestó Almudena y la joven regresó a la barra molesta.

—Federico Gaescán —dijo Darío—. El pavo que mueve los grupos se llama Federico Gaescán y por supuesto lo he investigado por internet. Es valenciano pero ha vivido en Argentina más de 15 años, supongo que de allí se ha traído toda esta movida. En Latinoamérica proliferan estos grupos de crecimiento personal, emprendimiento, meditación, yoga y coaching, incluso en algunos te ofertan la “inigualable experiencia” de un viaje introspectivo con ayahuasca. —Elvira se quitó las gafas y se frotó los ojos con desesperación—. Te responsabilizan de los fracasos de tu vida hasta ahora pero te prometen un cambio radical a través de sus cursos. Todos son iguales. Y todos tiene un gurú, líder o mentor.

—Una secta —dijo Elvira colocándose de nuevo las gafas.

—Sí, de alguna manera son las nuevas versiones de las sectas. La religión ya no es un buen cebo para captar gente, no obstante el emprendimiento y crecimiento personal parece que sí.

Elvira se giró, respiró con dificultad y pidió un café a la camarera de la barra que con hastío asintió.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó después.

Almu y Darío se miraron. Almudena agachó la cabeza y dijo finalmente:

—Verás, hemos pensado que como tú tienes esa personalidad tan, bueno… tan… así, tan… como de…

—¡El café! —la camarera dejó sobre la mesa la taza—. Son 2,60€.

—Primero me lo tomaré y luego te pagaré.

—La consumición se abona inmediatamente. Son las normas.

—¿Las normas? ¿Te parece que llamemos a la policía o mejor aún que os denuncie por abusar de los derechos de los consumidores? Te aseguro que os costará explicar semejante precio por un simple café en este barrio. Dime, ¿qué prefieres?

La chica con un violento movimiento de cabello se alejó de la mesa. Elvira con parsimonia abrió su sobrecito de azúcar y lo vertió en el café, al levantar la vista se dio cuenta de que sus dos amigos la miraban fijamente.

—¿Qué?

—Pues eso, tu personalidad —aclaró Almudena—. Hemos pensado mucho, mucho, mucho en tu personalidad. Elvi, no hay nadie mejor que tú para meterse en ese grupo y desde dentro abrirle los ojos a Bea.

Elvira no movió ni una ceja.

—Es una broma, ¿verdad? —dijo—. Porque no podéis decir en serio que me meta en una secta solamente porque me cabreo con los precios de la hostelería madrileña. Es una broma, sí, decidme que es una broma.

Ninguno de los dos contestó. Elvira pegó un sorbito al café con la vista perdida en una de sus tote bags.


(Continuará…)

 

15 abr 2022

Procesiones en Madrid

 


Son las 23.10 de la noche y camino por Fuencarral a paso lento. En mis orejas los auriculares y en ellos Rigoberta Bandini. Me toco una teta y grito: “¡Mamá, mamá, mamá, paremos la ciudad!”. Nadie me mira. Amo Madrid. Me ajusto la mochila a los hombros. “Mamamamamamamamamamá”. La gente ha huido de la ciudad y postea en redes fotos de felicidad precalentada. La gente vuelve con ansia a la normalidad. Creo que a mí nunca me gustó, por eso me quedo en la ciudad, encerrada. “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas”. Un perro me mira, le saco la lengua, su dueña le regaña. Es vieja. Es vieja y le dice que está feo señalar con el dedo. No es su perro quien señala, le digo. Me ajusto de nuevo la mochila a los hombros y levanto los brazos “¡Porque nadie me puede prohibir ladrar!”. Bandini calla y salta llamada entrante. Espero a que cesen los tonos. Llego hasta la Gran Vía queriendo ser una perra. Bandini vuelve a callar, salta otra vez llamada. Paro y me descuelgo la mochila. Del bolsillo pequeño saco el móvil, miro la pantalla, “Gerardo Bro”. Me fijo en la hora, las 23.21, nunca mi hermano me llama tan tarde. Espero a que cuelgue. Reviso las llamadas, tres perdidas. Algo ha pasado. Mi padre. Marco rellamada.

—Te he llamado cuatro veces.

—Tres —corrijo—. Estaba en la biblioteca.

—¿Hasta las once de la noche?

—Sí. —No—. ¿Todo bien por Bilbao?

—Sí, todo bien.

—¿Papá bien?

—Sí.

—¿Sigue vivo?

—Sí, Elvira, sigue vivo.

—Ya. ¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—Pensaba que se habría muerto.

—Si se hubiera muerto te habría avisado.

—Bueno, lo estarías haciendo ahora, ¿no?

—Sí, si estuviera muerto sí.

—Por eso te lo he preguntado.

—Ya, pero está vivo, Elvira.

—En este preciso instante ninguno de los dos lo puede asegurar.

—Yo lo puedo asegurar.

—Tú estás hablando conmigo. Tu línea está ocupada así que no podría llamarte para decírtelo.

—¿Cómo va a llamarme para decírmelo si está muerto?

—Ah, ¿entonces lo está?

—¡Elvira!

Me adelanta la vieja con su perro. Lanzo un beso al animal, me ladra.

—Si papá sigue vivo, ¿para qué me llamas a las once de la noche?

—Porque estoy pensando en bajar la próxima semana a Madrid, un par de días, ¿cómo lo ves?

—Muy bien, baja y diviértete —le oigo reírse. No somos de decirnos “quiero verte” ni por supuesto “te echo de menos”, somos más bien de: idiota, pedorra y tonta del culo.

—Podríamos ir al teatro, algo ligerito, no me lleves a tus tragedias existencialistas, por favor. —Esta vez me río yo.

—Vale. —Quedamos en silencio— ¿Y si se muere mientras estás aquí?

—Ah, pero ¿no se había muerto ya?

Nos insultamos y nos despedimos. Guardo el móvil de nuevo en el bolsillo pequeño de la mochila, me coloco los auriculares y, tras caminar poco más de 20 pasos, tarareo junto a Bandini “In Spain we don’t know where to go”.

 

20 mar 2022

Rosquillas en el Huerto de los Olivos

 

Vendedoras de rosquillas de Manuel Wssel de Guimbarda

—Sí, Elvira a veces trabaja un poco a regañadientes, sobre todo últimamente, demasiado distraída pero lo lleva todo al día —dijo Geraldine sacudiendo al aire los dedos tras partir una rosquilla en dos. Elvira, sentada en el tercer peldaño de la escalera móvil de la biblioteca del profesor, la miró con hastío—. Y usted, Agustín, ¿cómo pasa los días?

—Pues aquí, ya me ves, más muerto que vivo.

—No diga eso, yo lo veo muy bien. Tenía ganas de pasar a visitarlo pero con esto de la pandemia me daba miedo.

—Tranquila, mala hierba nunca muere —interrumpió Elvira.

El profesor la miró y le lanzó un beso con su temblorosa mano. Elvira rio.

—Sois como un padre y una hija.

—Somos como dos amantes que jamás tuvieron la suerte de encontrarse —corrigió el profesor.

Geraldine, contrariada ante su respuesta, volvió a agitar los dedos aunque ya no tuviera azúcar que retirar. Elvira se levantó golpeando el suelo con el tacón para estirarse el pantalón y se dio la vuelta a fisgonear las estanterías.

—¿Te gustan las rosquillas, bonita? —preguntó Dolores entrando en el salón—. ¿Las tenéis en Francia?

—Sí, sí, las tenemos. Están muy ricas.

—Claro, pero seguro que así no, así no las tendréis, vosotros haréis rosquillas francesas. Estas no son francesas, tienen anís, no son como las que habrás comido, las mías van cargaditas, ¡come, hija, come más! —Dolores cruzó los brazos y esperó a que Geraldine se llevara otra a la boca.

—Vamos, déjala tranquila, Dolores.

—Uy, pero señor Agustín, si yo la dejo, ¡claro que la dejo! No te sientas forzada, ¿eh, bonita?, que yo te lo digo por hacerte un bien que se te ve muy delgada, ¡tú  come!

—¡Dolooores, por favor!

—Dolores, ¿te sientas un ratito con nosotros? —preguntó Elvira vaticinando una divertida tarde si se unía a la reunión.

 —Bueno, pero solo un ratín, que tengo muchísimas cosas que hacer. —Se sentó en la mesa, frente a Geraldine y cogió una rosquilla, después se la mostró con parsimonia como si quisiera darle instrucciones de cómo proceder.

—Y entonces, ¿tendréis la investigación concluida antes de marchar a Toulouse?

—No lo creo, Agustín —contestó con cierta frustración Geraldine—. En Toulouse estaremos las dos primeras semanas de julio y hasta mediados de octubre no la habremos acabado. —Se giró y miró a Elvira buscando su confirmación pero esta seguía de espaldas rebuscando entre las estanterías—. Le comento lo de Toulouse, tu estancia, ¿Elvira? —Ella a lo suyo—. ¿Elvira?

—¡¡Elvira!!

—Ay, señor Agustín, qué susto, qué susto, qué susto, por Dios, ¡no grite de esa manera!

Elvira se dio la vuelta con quietud y miró a su profesor.

—¿Qué?

—¿Dónde estabas?

—Cerca de ti, queriéndote.

El profesor sonrió.

—Tú no sabes querer.

—Aprendo.

—¿Aprendes?

—Me enseñas.

—Poco he podido enseñarte yo, quizá una vez muertos… quizá con la eternidad por delante… quizá entonces…

—Quizá.

Geraldine se levantó, se colocó el abrigo y dijo que se marchaba.

—¿Ya, bonita? ¿Te pongo unas rosquillas en un táper y te las llevas? —preguntó Dolores levantándose también.

Dijo que no con cierta molestia, parecía que su delicada educación francesa se hubiera evaporado y el verdadero carácter estuviera rompiendo el cascarón. Se acercó al profesor y con un forzado abrazo se despidió. A Elvira le dio un beso en la mejilla izquierda y después abandonó el Huerto. Dolores la acompañó a la puerta y al cerrarla volvió al salón. Recogió el plato de rosquillas de la mesa.

—Cielo, ¿te quedas a cenar? —preguntó.

Elvira miró al profesor.

—Sí, hoy me quedaré. —Dolores salió y Elvira se sentó en la butaca junto a la de Agustín—. ¿Y si nos morimos ahora?

—Si nos morimos ahora tropezaremos con la eternidad y, entonces, aprenderemos a querernos. Así será, quizá.

—Quizá —contestó y cerró los ojos.

 

8 ene 2022

Mutaciones

 

Miquinemi de Eugenia Velis

—No sé qué más decirte, Elvira. Sé que no he estado a la altura y lo siento, lo siento, ¡lo siento, joder!

Beatriz tenía las manos en alto, me miraba con fijeza, no parecía del todo sincera así que no dije nada. Me senté en uno de los taburetes altos de la isla de su cocina y le pedí una cerveza.

Mi vida se había desmoronado en poco más de una semana y durante tres meses había estado chapoteando en un pozo ciego. Por si fuera poco, Óscar, mi psicólogo, había decidido dejar Madrid y mudarse a Galicia. Morriña rural, lo llaman. Regresaba a Pontevedra, a su aldea de la infancia, a atragantarse con grelos y a bailar muñeiras. Necesito un cambio, me dijo.

 —¿Y qué pasa conmigo? —pregunté, porque a una psicópata narcisista es lo único que le importa.

—Puedo derivarte a un colega. Antes de marcharme podemos encontrarnos los tres.

—¿Los tres? ¿Un trío? —Y deseé que una meiga lo convirtiera en percebe.

Asumía el abandono como decorado permanente en mi vida. Quien se quiera marchar que se vaya y que cierre la puerta al salir, gracias.

Sonó el timbre de casa y Beatriz salió de la cocina. Regresó acompañada de Enrique y Jèrôme. Este último me saludó desde la puerta y se apoyó en el quicio. Enrique, en cambio, entró.

—Cuánto tiempo —me dijo sentándose en el taburete de al lado—. Pensaba que ya te habrías suicidado.

—Con las últimas lluvias, se ensanchó la madera de mi ventana y no pude abrirla.

—Qué lástima.

—Bien, bien, bien —intervino Bea—, me alegro de que os haya hecho tanta ilusión volver a veros. Vale, ¿vamos al salón? Jèrôme, ¿te llevo una cerveza, corazón?

Una vez sentados en el salón, con una cerveza en la mano y mirando al suelo, sonó de nuevo el timbre. Un minuto después entraron Darío y Almudena. Almu me saludó con la manita y se sentó junto a mí, inmediatamente entrelazamos los brazos y nos agarramos de la mano, estábamos imantadas. Restregó la nariz en mi hombro y me dio un beso.

—De acuerdo, chicos, por favor —Beatriz, de pie frente a nosotros, tamborileó su botellín pidiendo atención—. Os he pedido que vinierais porque ha sido un fin de año movido, ¿verdad? Han pasado cosas y pocas buenas. —Se sentó en el antebrazo del sofá y continuó—: Todos hemos sido arrollados por el Corona y para algunos no ha sido una simple gripe. —El grupo entero miramos a Darío que tuvo que ser ingresado durante dos semanas a principios de diciembre, supongo que el asma no le allanó el camino—. Y qué queréis que os diga, entre unas cosas y otras yo he reflexionado un poco, ya que a veces es obligatorio hacerlo.

Con disimulo miré a Almudena que prefirió bajar la cabeza porque de encontrarse nuestras miradas nos reiríamos como quinceañeras.

—Así que —continuó— no quiero perder más el tiempo y he decidido casarme. Ya está, ya lo he dicho, me caso, ¡me caso!

El silencio cayó como una losa sobre el salón. Impertérritos no podíamos dejar de mirar a Bea que sonreía como una loca ausente.

—¿Con quién? —me atreví a preguntar por fin, porque a no ser que aquella lámpara de pie fuera en realidad Markus con una tulipa en la cabeza, no podía ni imaginar quién sería el agraciado.

—No importa con quién.

Su respuesta hizo acordarme de algunas amigas de Bilbao que estuvieron más preocupadas por el bodorrio en sí que por certificar si el hombre elegido sería el idóneo para compartir pedos en el sofá de su casa, en el hipotético caso de un eterno confinamiento pandémico.

Dejé la cerveza sobre la mesita y empecé a aplaudir. ¡Bravo!, decía. Todos, de a poco, empezaron a imitarme y en unos minutos la jaleábamos el grupo entero.

—¡Viva la novia!

—¡Guapa, valiente!

—¡Bravoooo!

Beatriz se puso en pie, dejó el botellín en el suelo, cruzó los brazos agarrándose los hombros con las manos e, inclinándose como una antigua actriz de teatro, agradeció la ovación.

Nadie en ese salón daría positivo en un test de cordura, por eso dejamos que Bea disfrutara de su papel aquella noche porque nos iría tocando interpretar el nuestro poco a poco. El dolor no tiene una cara definida, muta en diferentes cepas y sorprende con la reacción de cada uno, a veces es suficiente con un par de vinos y un grito agudo sobre el puente de Segovia. Sin embargo, otras necesitas aferrarte a la esperanza de ser una persona diferente para dar sentido de nuevo a tu vida.

Al salir de su casa y despedirme de Almu y Darío, que juntos tomaron un taxi, saqué el móvil, busqué su contacto en el WhatsApp y le dejé un audio:

—Hola, Óscar, solo es para pedirte que, cuando tengas tiempo o ganas o las dos cosas, me dieras, por favor, el contacto de tu colega, creo que tengo que comentarle algunas cosas antes de que quiera casarme con ni siquiera saber quién. Y, bueno, ya. Solo eso. Gracias.

Miré el móvil y volví a apretar el botón de grabado de audio:

—Y, y… yo… te abrazo, te abrazo fuerte, percebe.