30 jul 2023

Eso es todo

 

Fotograma de la película Safety Last! (1923)

Me levanté el vaporoso vestido y mostré mi entrepierna desnuda al ventilador del salón. Madrid ardía a sus casi 40º. Solté un placentero gemido. Después me di la vuelta y, doblando el torso en ángulo recto, le proyecté mi trasero.

—¿Es del todo necesario? —preguntó Joan que veía mi reflejo en su pantalla del ordenador.

—Si me dejaras encender el aire acondicionado…

—Hay unas reglas.

Sí, había unas reglas. La casa de las reglas. Las suyas: en verano, el aire no se enciende antes de las 16.00; quien tiende la ropa no la recoge; y a las 21.00 solo se puede ver “Crónicas carnívoras” en televisión. Las mías: las obras de teatro las elijo yo; no importa quien haya comido más helados, si solo queda uno en el congelador se echa a suertes; y el edredón no se quita de la cama hasta finales de junio. Las de Tomás (nuestro gato): disfrutar de un imperturbable sueño de 16 horas durante el día; practicar parkour a las 03.00 a.m.; y pedir la comida con agudos maullidos y zarpazos en los pies de 05.30 a 06.00 de la mañana.

—Ya. ¿Y qué hora es? —pregunté a Joan.

—Las tres menos cuarto.

—Ya. ¿Y no podríamos saltarnos las reglas solo por un día…? —dije apoyándome en su escritorio y levantándome el vestido con una cándida sonrisa.

—¿Quieres decir que el helado de galleta Oreo que queda es para mí?

Me casé con un hombre incorruptible.

Lo cierto es que no sé si esta es la vida que quería tener a mis 46 años, porque nunca imaginé que pasaría de los 40. Siempre creí que 40 era una perfecta edad para morirse. Sin embargo, la enfermedad terminal no termina de llegar.

—Todo perfecto —dijo el doctor separándose un poco de su ordenador y devolviéndome la mirada.

—¿Perfecto, perfecto? —dije con cierta molestia.

—Sí, perfecto —contestó con un desairado levantamiento de hombros.

—Ya, pero a veces los tumores se esconden entre las cavidades, ya me entiende. No sé, por ejemplo, el huequecito que hay entre el corazón y el bazo. ¿Ha mirado bien ahí?

—No, no he mirado ahí —contestó con cierta sorna. Se fijó de nuevo en el ordenador para recordar mi nombre—. Elvira, estás completamente sana. Excepto por el glaucoma, que ya conoces sus devastadoras consecuencias, pero estás en muy buenas manos, el Dr. Fernández de la Maza es una eminencia, conseguirá ralentizar tu ceguera.

—Ya. Pero ¿y morirme pa’ cuándo?

No, desde los 40 no tenía ninguna expectativa de futuro, lo que había convertido mi vida en un valle de plena libertad por la completa ausencia de responsabilidad. Poco o nada me importaban las cosas. Vinieran como viniesen sabía encajarlas con irónica deportividad. Supuestamente nada podía ser peor que la muerte y la llevaba esperando 6 largos años. Mi vida se asemejaba a esa fiesta a la que asistes sin que te hubieran invitado y en la que no conoces a nadie, puede ser aburrida, sí, pero por mucho que hagas el ridículo, sabes que no va a haber consecuencias. Si ya eres aliado del 'no', ¿de qué preocuparse?

—Se me ha desmoronado el mundo, Elvi —dijo Fátima, mi compañera de la universidad, al cerrarse las puertas del ascensor.

El marido de Fátima la había dejado hacía 7 meses, a sus 49 años y con dos hijos adolescentes y uno pequeño. El susodicho se había vuelto a casar hacía 3 semanas, con su amante de hacía 3 años, algo de lo que Fátima nunca llegó a sospechar nada.

Apreté el botón del tercero y el ascensor comenzó a ascender.

—Esta no es la vida que me había imaginado a mis 49 años, no es el futuro que habíamos diseñado, las cosas no tendrían que estar discurriendo así. ¿Sabes lo que quiero decir, Elvira?

—Claro, te entiendo, te entiendo muy bien… —mentí frotándole la espalda y mirando al frente con cara de circunstancia.

Yo no tengo hijos ni padres. Mi responsabilidad vital se centra únicamente en mí, y eso es tan liberador que hasta te hace sentir injustamente culpable. Y no, no soy egoísta, soy libre, por lo que dibujar un futuro es, cuanto menos, absurdo. Sería como aferrarte a una estrella teniendo toda una agrupación galáctica.

Miré la hora en el móvil: 15.57. Cogí el mando del aire acondicionado y lo sostuve en la mano con determinación mientras seguía vigilando el tiempo. Tenía por delante tres dilatados minutos y eso era todo.


25 jun 2023

En la niebla manchega (tercera y última parte)

Cabeza de venado de Diego Velázquez

 Nota: Para contextualizar este relato es mejor leer la primera parte aquí y la segunda aquí.

Abel intentaba desencajar a Elvira de su silla. La tela que cubría la endeble estructura de aluminio se había roto y el culo de Elvira se había deslizado hasta rozar el suelo. Las rodillas las tenía paralelas a la barbilla y pedía auxilio desesperada. Abel hacía todo lo posible hasta que le entró la risa. La soltó de golpe y la masa amorfa que formaba Elvira cayó de lado. Los gritos y las risas hicieron que Almudena, desde dentro de la casa, se asomara a la ventana. Vio la escena frente al portalón y sonrió. Elvira completamente inmóvil empezó a reírse a carcajadas sin dejar de pedir ayuda exasperada. Sabina, sentada en otra silla similar a su lado, también se reía, bien por la situación tan circense o por las propias carcajadas. Las de Elvira eran profundas, parecían salirle del estómago, fuertes y contagiosas; mientras que las de Abel eran tímidas, como si estuviera luchando por no reírse. Abel tomó las manos de la amiga de su madre y, en un intento por liberarla, la arrastró por medio jardín, las carcajadas de ambos fueron en aumento hasta que Abel se desplomó en el suelo y boca arriba siguió riéndose. Almudena que había seguido toda la escena tras la ventana, pasó por última vez el trapo sobre la encimera de la cocina y, doblándolo por la mitad, lo colgó de la puerta del horno. Se restregó las manos en los pantalones y salió de la casona. Se acercó a su madre, tienes frío, mamá, le preguntó.

—¿Cómo voy a tenerlo? —y señaló con una risa tonta a su nieto y amiga.

—Sí, con semejante distracción una se olvida del frío.

Almudena entró de nuevo en la casa y del perchero de la entrada cogió su parka y las botas de gomas. Apoyada en el portalón se las puso. De una zancada bajó los tres escalones que separaban la entrada del jardín. Ayudó a su hijo a levantarse y entre los dos desencajaron a Elvira de la silla que seguía riéndose.

—¡Tu hijo es una bestia! —dijo.

—Tú que lo ayudas a serlo —replicó Almudena quien intentaba sacudirle la tierra que tenía en la parka y pantalones—. ¡Los dos tenéis mucho peligro! —Siguió limpiando a su amiga y cuando hubo terminado la miró y sonrió—. ¿Vamos a dar un paseo?

—Claro —contestó Elvira con cierta ilusión porque después del incidente de la escopeta Almudena había estado muy distante durante el almuerzo y parte de la tarde.

—Abel, quédate pendiente de la abuela, que no entre sola a la casa, si quiere ir al baño acompáñala.

Su hijo le contestó con un bajísimo “vale”, se sacó el móvil del bolsillo trasero del pantalón y se sentó de nuevo junto a su abuela.

—Parece que tu madre está un poquito mejor —dijo Elvira. Ambas amigas se alejaban de la casa por un marcado sendero que conducía al bosque.

—Sí, según avanza el día se va centrando, es como si tras la noche su cerebro se volviera a reiniciar y todo lo que se hubiera ido asentando a lo largo de la jornada se hubiera perdido.

—Es triste.

—Lo es. Muchas veces me pregunto dónde está, en qué momento de su vida se encuentra. ¿Está viviendo en sus 84 años, en sus 50, en sus 20?, ¿dónde está?, ¿dónde narices está?

Elvira la miró con arrepentimiento y le agarró del brazo.

—Siento mucho lo de la escopeta de esta mañana, complico más las cosas. Lo siento de verdad —dijo.

Almudena sonrió sin mirarla.

—No te preocupes, perdí los nervios. —Tomó aire con pausa y añadió—: A veces creo que es envidia. Veo complicidad entre vosotros dos, sé que le caes muy bien y a mí solo me odia, mi hijo solo me odia...

Elvira se paró y tirando de ella la abrazó.

—Si yo fuera su madre me odiaría más porque estaría haciendo las cosas mucho peor, créeme, es fácil caer bien cuando no hay compromiso ni responsabilidad, es fácil, muy, muy, muy fácil. ¿Por qué crees que a partir de los 40 todo el mundo casado está desesperado por encontrar un amante? —Almudena rio—. Amo con locura a Abel, es el único hijo de amiga que tengo.

Almudena se separó sorprendida.

—Pero si todas tus amigas de Bilbao tienen hijos.

—Sí, bueno, pero no conozco a ninguno, son como trescientos, ya sabes lo que se dice: “En Bilbao no se folla solo se reproducen”. Me los pones a todos juntos y no sé de quién es cada uno. Además… —Hizo una larga pausa—. Son niños diferentes, son niños de Bilbao.

—¿Qué significa eso?

—No sé, Bilbao es como Narnia, un paraíso que no representa la realidad. Van a colegios privados o concertados, algunos hasta católicos, crecen en estupendas casas pagadas por sus padres y ¡por sus abuelos!, sin mudanzas cada dos o tres años debido a la subida de renta, los inviernos en la nieve, los veranos en un precioso pueblecito costero, formando grandes cuadrillas, sintiéndose seguros en su entorno y creyendo que el resto del mundo vive como ellos porque piensan que es lo normal. —Las dos amigas retomaron el paseo cabizbajas—. Ninguno de ellos a sus catorce años ha pasado por dos comas etílicos, ni se ha escapado hasta en tres ocasiones para buscar a un padre maltratador sin saber cuáles son sus sentimientos hacia él, ni se hace cargo de su abuela demente a la que quiere con pasión y le duele verla así.

—Narnia…

—No estoy diciendo que mis amigas no estén haciendo un trabajo extraordinario con sus hijos, pero sus circunstancias son absolutamente favorables para hacerlo. Con todo esto, Almu, lo que quiero decir es que eres alucinante y no puedo admirarte más, es imposible. Eres tan bonita, tan, tan bonita... Estás criando a Abel de la mejor manera posible, bajo tus circunstancias que no son fáciles.

Almudena se apoyó en una alta piedra y estiró la mano, Elvira se la tomó.

—Siento mucho lo que te he dicho con lo de la escopeta, no es verdad, no lo haces todo mal, solo algunas cosas…

Las dos mujeres se rieron y aprovecharon el momento para desprenderse de cierta tensión a la que la conversación les había llevado. Elvira se sentó junto a ella.

—Me puse nerviosa, perdóname, no fui justa contigo.

—Almu, está bien, no te excuses más, de verdad, tenías razón. Lo entiendo.  

—No, no lo entiendes, Elvi, me puse nerviosa, muy nerviosa. —Almudena se levantó—. Mi padre se lo llevó de caza, Arturo solo tenía 8 años, pero ya sabes cómo eran las cosas antes, a esa edad podías ayudar a llevar las piezas pequeñas. Solo tenía 8 años. Inquieto y nervioso como un cervatillo, como un cervatillo. Era lo que decía mi padre durante los tres años siguientes: como un cervatillo, se me cruzó como un cervatillo. Lo mató de un solo disparo. Mi padre arrastró la culpa tan solo tres años, luego se ahorcó de la encina. Mi madre lleva arrastrando el dolor por su hijo toda la vida, antes en silencio y ahora su memoria se revela en voz alta.

—Almu… yo…

—Ver tan ingenuo a mi hijo con la escopeta, aunque fuera de perdigones me…

Elvira con lentitud se puso en pie y dio la mano a su amiga. Cogidas con fuerza retrocedieron el camino en silencio hasta que divisaron la casona desde lejos. Almudena se paró en seco y la observó con detenimiento.

—Tenías razón, Elvi —dijo—, es una casa llena de fantasmas.

 

23 may 2023

En la niebla manchega (segunda parte)

 


Nota: Este relato es la segunda parte de este.

Elvira escuchó una voz junto a la cama. Abrió los ojos asustada y buscó entre la oscuridad de la habitación algo de lógica que pudiera relacionarse a ese susurro. Extendió la mano detrás de sí y notó la cama vacía. ¿Almudena?, preguntó al aire, ¿Almudena?, volvió a preguntar. Intentó encender la lamparita de la mesilla, pero no atinó a encontrar el interruptor. ¿Almudena?, preguntó por tercera vez. Alcanzó el móvil, miró la hora: 03.36 a.m. Soltó aire por la nariz lentamente y conectó la linterna. Iluminó la estancia con miedo. La recorría con lentitud. La butaca, el armario, la ventana, la cómoda y el lado de la cama vacío a su derecha. Apagó la linterna y escuchó de nuevo un susurro. Quieta, con el aire estancado en el pecho, dejó que el ruido se repitiera. Lo hizo. Un meloso y continuado chasquido de lengua provenía del pasillo. ¿Almu, eres tú?, preguntó encendiendo la linterna de nuevo. Salió de la cama, se llevó el brazo con el que no sostenía el móvil al estómago y anduvo unos cuatro pasos. La puerta de la habitación estaba cerrada, aun así se colaba una fina línea de luz por debajo. Elvira se paró delante y agarró el pomo. ¿Almu?, preguntó con la nariz rozando el quicio. Escuchó un grito al otro lado tan fuerte que hizo que se le cayera el móvil. Angustiada se agachó para recogerlo, las voces iban in crescendo. Apoyó primero la oreja en la puerta y después las yemas de los dedos. Un golpe sordo la hizo despegarse, parecía como si algo se hubiera caído al suelo de baldosas. Abrió la puerta con recelo y se percató de que la luz del baño estaba encendida y la puerta entreabierta. Los susurros se volvieron claros y contundentes. Cruzó el pasillo que separaba ambas estancias y con una mano poco segura empujó la puerta del baño. ¿Almudena…?, preguntó con la esperanza de que fuera ella. Sin embargo, era a Sabina a quien vio apoyada en el lavabo y hablando a su imagen reflejada en el espejo.

Sabina, ¿estás bien? ―Elvira se acercó y le tocó el hombro.

―No se quiere ir. No se va, digo vete, no es tu casa. No se quiere ir.

―¿Quién…? ¿Quién no se quiere ir?

―¡Ella! ¡Ella! ―señaló el espejo.

Elvira observó el reflejo, en él aparecían la vieja y ella misma agarrándola del hombro.

―Eres tú, Sabina.

―¿Quién?

―Vale, vamos a la cama, yo te acompaño.

Sabina obediente salió del baño no sin antes darse la vuelta y farfullar algo al espejo.

―Se llevó a mi hijo ―dijo entrando en la habitación.

―Anda, métete en la cama. ¿Estás bien así o quieres más cojines?

―Hace años, pero yo me acuerdo, ¡me lo robó!

―Yo creo que Almudena te pone más cojines porque dice que te gusta dormir recostada, ¿verdad?

―¿Y tú?

No, no, no ―contestó Elvira sonriendo―, a mí me gusta dormir con almohadas muy bajas. Porque si no me duele el cuello, bueno, el cuello, la espalda, los hom…

―¿Y tú?, ¿tienes hijos?

―No, no tengo, Sabina ―contestó parándose frente a ella.

―¿También te los robó?

Elvira sonrió con cierta condescendencia.

―No, nunca quise tenerlos.

―Los hijos te matan por dentro. Te agujerean el esternón como gusanos hambrientos y cavan grutas en tus pulmones hasta que un día te falta el aire y sabes que debes morir para que ellos sigan respirando.

Elvira se sentó en el borde de la cama. La arropó y la contempló en silencio. Le acarició una de las piernas por encima de la manta.

―Tú todavía respiras, Sabina.

―¿Qué? ¿Te preparo leche con galletas?

La vieja sonreía con inocencia.

 

―Te digo que no sé. Que no oí nada anoche y cuando me he despertado mi madre ya no estaba, en plan missing. ¡Pero así no puedes disparar! ―gritó Abel. Elvira lo miró y le pidió paciencia―. Que no, es que no vas a poder, si la apoyas en tierra en plan…

―En plan, en plan, en plan, ¿en serio? Llevo 23 años intentado enseñar una gramática impecable del español y llega vuestra generación y se la carga con tanto en plan, rollo, tipo, sí-soy, bro, me renta, ¿pero qué idioma habláis? ―Resopló y, tumbada en el suelo, se ajustó la culata al hombro. Después acercó el ojo izquierdo hasta alinearlo con la mira trasera.

Ok, boomer! Pereza máxima…  ―El chico miró a la amiga de su madre y gritó―: ¡Ni de coña le vas a dar! ¡Es a la botella pequeña no a la grande! ¡Estás torcida!

―Abel, cariño, un pequeñito consejo, jamás pongas nerviosa a una mujer con una escopeta en las manos.

El joven se acuclilló detrás de ella y esperó. El perdigón salió disparado impactando en el culo de la botella de plástico llena de tierra.

―¡Toma! ―exclamó Elvira. Se levantó y se sacudió la tierra de los pantalones.

―¿Cómo puto lo has hecho? ―preguntó Abel recogiendo la escopeta del suelo―. Eres una ciega de mierda y la carabina pesa más que tú.

―Lo llevo en la sangre, mi madre era igual.

―¿Cazaba?

―No, arrasaba en las casetas de tiro de las ferias. Me decía, qué muñeco quieres. Y pum, pum, pum, los tres palillos quebrados a la primera y el muñeco era mío. Traía de cabeza a los feriantes.

―Joder. ¿De qué murió?

―¿Mi madre? ―Elvira se quedó pensativa mirando la escopeta colgada del hombro de Abel―. Sabía disparar muy bien pero no supo apuntar al objetivo correcto.

―¿Qué haces con la escopeta?

Almudena estaba frente a ellos de la mano de Sabina que seguía en camisón y bata.

―Almu, solo estábamos…

―Cállate, estoy preguntando a mi hijo. ¿Qué haces con la escopeta?

―El tío José me deja cogerla.

―El tío José no está. ¿Qué haces con la escopeta?

―Joder, mamá, no sé… pasarlo bien, obvio.

―Vamos, Almu, es de perdigones… ―intentó apaciguar Elvira.

Almudena soltó la mano de su madre y se encaró a su amiga.

―Por qué será, Elvira, que todo lo haces tan mal.

Elvira no dijo nada. Nunca había visto así a Almudena, la conocía desde hacía 13 años y en todo este tiempo jamás la había sentido con tanta rabia contenida.

―La guardaré ―dijo el chico.

―Que la guarde Elvira ―respondió su madre tomando otra vez la mano de Sabina―. Tú ayúdame a vestir a tu abuela, hoy está muy desorientada.

Abel le dio la escopeta a Elvira quien la recogió fingiendo una sonrisa para calmar al chico. Los tres se encaminaron a casa con paso procesionario. Elvira los estaba mirando cuando la vieja se dio la vuelta y gritó con un hilillo de voz:

―Me lo mataste, tú, mujer.

                                                                                                             (continuará…)

 

7 abr 2023

Alma en calma

 

Los gatos de Carmen Mansilla

Estaba sentada de lado en una silla de hierro y mimbre de una de las terracitas en una céntrica plaza de Madrid. Daba vueltas a la segunda página de un libro que acababa de empezar a leer. No lo estaba entendiendo. Miré la contraportada y releí la sinopsis de nuevo. Seguía sin entenderlo. Pensé en mi novela, en lo fácil que resultaba frente al libro, en que quizá fuera eso por lo que ninguna editorial estaba dispuesta a publicármela. Resoplé y tiré el libro sobre la mesa. Me quité las gafas de leer y me puse las de sol. Un niño gritó en la mesa de al lado, lo miré con asco y luego me di cuenta de que su padre, leyendo el periódico, llevaba ignorándolo un buen rato. No le quité la vista hasta que levantó la cabeza y me vio. Lo sonreí y luego le señalé a su hijo. El hombre miró al niño y no pareció entender así que me preguntó si pasaba algo.

—No, nada —dije sonriendo—, solo que si tú no lo quieres aguantar imagínate yo.

El hombre comenzó a increparme con una larga lista de insultos entre los que destacaban: egoísta y loca. Nada nuevo. De mi bolso saqué los auriculares, me los puse y abrí la aplicación de Spotify. Coloqué los pies en la silla de enfrente y cerrando los ojos dejé que Cesária Évora me cantara al oído. Tres canciones fueron las que pasaron antes de abrir los ojos y verlo sentado en mi mesa. Sorprendida solté una carcajada.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunté. Replegué las piernas, me quité los auriculares y apoyé los brazos en la mesa extendidos. Markus me cogió una de las manos y entrecruzó los dedos con los míos.

—Estás vieja —dijo.

—Echaba de menos la sinceridad alemana. Tómate una cerveza conmigo —dije. Markus, obediente, levantó la mano y gritó al camarero, que no se movió de la puerta del bar, dos cañas—. Muy español.

No sé el tiempo que no lo veía, podría decir que un año, pero hacía casi tres que había terminado la pandemia y con ella su regreso a Múnich, así que quizá cuatro, no lo sé, sinceramente, no recordaba la última vez que habíamos estado juntos. De un tiempo a esta parte, me pasaba mucho y mi incapacidad para echar de menos a la gente no me ayudaba a retomar el contacto.

Markus se apoyó en la silla y me sonrió.

—Necesitaba algo de sol.

Siempre me cayó bien. Es cierto que pocas o, mejor dicho, ninguna pareja de mis amigas me caía bien. Se dividían en dos grupos: idiotas redomados y redomados idiotas. Sin embargo, siempre me entendí con Markus, posiblemente por su humor, ácido y crudo; por su virtuosismo con el español, en poco más de un año manejaba expresiones como un nativo; por su paciencia con Beatriz; por su sinceridad al dejarla, poco margen a las hadas y mariposas; por su buena conversación y gusto literario…

—Peter Weiss —dijo cogiendo el libro de la mesa.

—Peter Weiss —repetí.

Lo abrió y repasó las amarillentas páginas de esa edición de 1968. Lo dejó de nuevo sobre la mesa y esperó en silencio a que el camarero trajera las cervezas. Cuando lo hizo, me ofreció la mía y pegó un trago a la suya.

—Esta mañana he estado con Beatriz, en su casa —dijo. Se echó hacia adelante—. No está bien.

Bajé la cabeza y fingí sacudirme migas de mis pantalones.

—Ya —dije—. Hace casi un año que no tengo ningún tipo de relación con ella.

—Lo sé, me lo ha dicho.

Apreté los labios, no quería seguir hablando de ella.

—Te echa de menos —insistió.

—Qué suerte. Mi psicopatía impide que sea recíproco.

Markus se acercó con la silla y me agarró por detrás de las rodillas.

—Les he alquilado la casa de Múnich a unos amigos. Voy a quedarme una temporada en España. Tres semanas en Madrid y después trabajaré desde Almería, quizá hasta octubre o noviembre, no lo sé. Voy a alquilar una casita en Níjar, en medio de la nada, de las que te gustan, ya la tengo apalabrada. Estás invitada.

—¿Hace cuánto que no nos vemos?

—Poco más de año y medio —contestó. Sorprendida negué con la cabeza—. Sí, desde la fiesta de inauguración de la casa de Beatriz, que terminó con varias complicaciones…

—Dios mío… —Mi cabeza voló hasta encontrarme en esta misma plaza un año atrás cruzándola de madrugada, amoratada, del brazo de Almudena con un tiesto de petunias—. Dios mío, por favor, es cierto… —Me eché a reír, Markus también. Me embriagó una nostalgia que tardé en reconocer como sentimiento propio y tuve inmensas ganas de llorar. Me aparté de Markus y tomé un sorbo de mi cerveza—. ¿Sigue viviendo en el palacete?

—¿Beatriz? —Asentí—. Sí —contestó.

—¿Y tú?

—He alquilado un Airbnb aquí. —Levantó el brazo y señaló el edificio de enfrente—. Te he visto llegar, pedir el café, leer y enfadarte con tu vecino de mesa.

—¿Me estabas espiando?

—Te estaba esperando. Eres animal de costumbres. ¿Hablarás con ella?

Tres días más tarde salí de casa explicándole a Joan que no sabía si tardaría en volver.

—¿A dónde vas? —preguntó extrañado.

—No lo tengo muy claro.

Ya en la calle, rebusqué en mi bolso y saqué los auriculares. Me conecté a Cesária Évora y la escuché sin moverme del portal. No fue hasta la cuarta canción cuando decidí emprender el camino. Siete minutos después estaba frente al palacete de Beatriz. Me acerqué al portalón de 1842 y lo acaricié con una mano. Pensativa me quité con lentitud los auriculares y los guardé en el bolso. Conté hasta 25 y toqué el timbre del primer piso. Esperé nerviosa, nadie contestaba. Repetí la operación hasta en tres ocasiones. Nada. Me rendí. Di un par de pasos hacia atrás y observé el distinguido edificio. Tenía que haberla llamado, pensé, tenía que haberlo hecho, pero qué iba a decirle, qué podía decirle que sonara bien… Retomé el camino a casa dudando de si tendría en otra ocasión el valor para hacerlo de nuevo. Así que me detuve y retrocedí hasta el palacete. Me senté en el segundo escalón del portalón y la esperé. Escuché dos veces el disco completo de Radio Mindelo de Cesária Évora, después busqué canciones al azar. En mitad de Tell me what de Fine Young Cannibals, unas Nike del 38 se pararon frente al escalón, levanté la cabeza y vi a Beatriz delante de mí con ropa de deporte. Dejé a Roland Gift cantando en el escalón de piedra y me puse de pie.

—Hola —dije.

—Hola —dijo.

19 mar 2023

Esa niña sí, no, esa no soy yo

 

Festival de viña, 1976. Mari Trini, Yo no soy esa

—Ya sé por qué vienes a verme cada dos semanas —dijo el viejo. Elvira apoyó la cabeza en la butaca y, mirando el techo de escayola, cerró los ojos—. Quieres certificarla.

Elvira abrió los ojos y se echó hacia adelante.

—¿Qué quiero certificar? —preguntó.

—Mi muerte.

Agustín, llevas muerto mucho tiempo.

—Igual que tú, querida. Y quizá sea eso lo que nos une.

—¿El purgatorio? —Se levantó y de su bolso sacó un sobre amarillo tamaño folio. Lo sostuvo con ambas manos—. Te he traído algo —. Se acercó a él y sobre sus rodillas depositó el sobre no demasiado grueso.

—¿Qué es esto? —Alzó la vista con una desdibujada sonrisa—. ¿Es tu investigación?

—Sabes cómo hacerme sentir mal. Mi investigación pesa cuatro veces más y dice cuatro veces menos.

El viejo profesor cogió el sobre y lo sostuvo en el aire con un leve balanceo.

—Cierto, poco hay aquí. ¿Tu testamento?

—¿Quieres verme muerta?

—Quiero verte.

Elvira sonrió y se sentó en el borde de la mesita de café. Juntó los pies y se los miró. Tenía dos pares de zapatos, los botines marrones de polipiel y las botas altas negras de tacón que ya nunca se ponía.

—No sé cuando fue la última vez que fui de compras tampoco sé por qué debería hacerlo. No necesito nada. —Alzó la vista y miró a su viejo profesor—.  Es mi novela.

Agustín, sosteniendo su mirada, lanzó el sobre al suelo.

—Agustín…

—¡Dolores! ¡Dolores! ¡Dolores!

—Agustín, necesito que la leas.

—¡Dolooores!

—Solo recibo negativas de las editoriales. Necesito que la leas y que seas sincero conmigo. Agustín, por favor.

—¡Dolores! ¡Maldita mujer! ¡Dolores!

—¡Virgen santa, virgen santa!, pero ¿qué pasa? —Dolores apresurada entró en el salón con un trozo de papel de aluminio que sostenía con dos dedos—. ¡A puntito de meter el bizcocho en el horno, señor mío, pero así no se puede, no se puede!

—¡Elvira se va! —gritó el viejo.

La mujer miró a Elvira sin entender demasiado.

—Bueno, bueno, pero si la chica conoce la salida de sobra.

—¡Se va, he dicho!

—Me voy, Dolores. —Elvira se levantó, tomó el bolso y el abrigo y se acercó a la puerta.

—¿Y eso? —dijo Dolores señalando el sobre en el suelo—. ¿Es tuyo, cariño?

—¡Eso es basura! —gritó el viejo—. ¡Llévatelo y tíralo!

Elvira vio como Dolores, sin preguntar nada más, se agachó a recogerlo del suelo, lo dobló por la mitad y se lo metió bajo el sobaco, también hizo una pelotita con el papel de aluminio y se lo guardó en el bolsillo del delantal. Después, las dos salieron del salón cerrando la puerta. En el descansillo, Elvira se puso el abrigo.

—Cariño, no se lo tomes en serio —dijo Dolores mientras le sostenía el bolso—. No ha vuelto a ser el mismo desde el derrame, ya lo sabes. Y es triste verlo así porque ya nadie viene a visitarlo, con lo que él ha sido, ¡con lo que esta casa ha sido! Es un cascarrabias, pero él te…

—Es difícil, Dolores —dijo cogiéndole el bolso y colocándose en el hombro—. Es difícil.

Se despidieron con un beso, Elvira bajó las escaleras y Dolores volvió a la cocina. Allí botó el sobre amarillo a la basura y volvió a recortar un trozo de papel aluminio que colocó sobre el molde del bizcocho. Vertió la masa sobre el recipiente y lo extendió con la espátula de goma para unificarla. Pensó que este le quedaría mucho mejor que el último, el truco estaba en añadir la justa medida de anís en grano. Empezó a tararear Yo no soy esa de Mari Trini: …de haber jugado con el amor de los demás…

—¡Doloooores!

Calló en seco. Colocó las manos sobre la encimera y farfulló:

—Señor, dame paciencia, porque si me das fuerza… —Siguió cantando—. Si de verdad me quieres, yo ya no soy esa que se acobarda en una borrasca…

—¡Dolores! ¡Doloooores!

La mujer abrió la puerta del horno, metió el pastel. Se sacudió las manos sobre el delantal y siguió cantando: luchando entre olas encuentra la playa, esa niña sí, no, esa no soy yo…

—¡Dolores! ¡Dolores! ¡Maldita seas entre todas las mujeres!, ¡Doloooooores!

Dolores entró en el salón fingiendo agitación.

—¡Ay, virgen!, pero ¿qué pasa ahora?

—Que está sorda, sorda, ¡sorda! —gritó el viejo.

—Ay, señor Agustín, la casa, que es muy grande, muy pero que muy grande y claro, cuando me meto en la cocina… Estaba con el bizcocho que ya sabe que mi prima Angelines me dijo: no pongas licor de anís, hazlo en grano, porque el licor lo amarga, ¡oiga!, ¿y se puede creer que probando solamente la masa así, un poquito…?, ¿sabe lo que le digo?, ¡qué diferencia!, porque Ana María, la mujer de mi cuñado Antonio, vamos, mi cuñada, la que tiene el hijo abogado, que gracias a eso, sus vecinos, los de Cedillo, ya sabe, allí en Toledo, no perdieron la casa porque si…

—¡Vale, vale, calle, calle, por dios, calle! No conozco a persona que escupa tanta información en tan poco tiempo —dijo pasándose la mano por la cabeza—. La basura.

—¿Qué basura?

—Qué basura va a ser: la basura.

Dolores aturdida se registró a sí misma y del bolsillo del delantal sacó la pelotita de aluminio.

—¿Esto? ¿La quiere?

—¿Y para qué voy a querer yo eso? ¡La basura! ¡El sobre!

—Válgame dios, el sobre, el sobre, virgen santa, ¡el sobre!

—Sí, sí, el sobre, Dolores, el sobre, deje de repetir las cosas cuatrocientas veces. El sobre, tráigamelo.

—Pero… Lo tiré a la basura.

—¡¿Y por qué hizo usted semejante cosa, Dolores?!

—Porque era basura. Usted me dijo que era basura.

—¡Tráigamelo!

Al cabo de diez minutos Dolores volvió a entrar en el salón con Mari Trini en la cabeza y el sobre en las manos.

—… yo no soy esa que tú te imaginas, una señorita tranquila y sencilla… ¡El sobre, aquí está! Lo he limpiado, no se preocupe. Limpio está, ya me conoce. ¿Se lo dejo aquí, en su escritorio?

—No, no, no, démelo, es importante, es muy importante.

—Bueno, pues para ser tan importante casi lo tira —dijo al dárselo—. … Que un día abandonas y siempre perdona, esa niña sí, no, esa no soy yo…