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3 jul 2021

Empollones

Desconocido


Estaba en el salón del apartamento de Verónica, sentada en el sofá con su portátil sobre las rodillas.

—¡Pasa la siguiente imagen! —me increpó.

—Ah, vale, sí, sí, la siguiente —y presionando intro cambié la diapositiva del PowerPoint.

Vero me había pedido que escuchara su discurso de presentación de la Universidad de Osaka, así que después de cenar crucé el descansillo y me planté en su casa. Llevaba casi 20 minutos oyendo no sé qué en japonés.

—Vale, eso sería todo, ¿qué te ha parecido?

—¡Muy bien, muy bien, muy bien! ¡Es una presentación soberbia!

—¡Elvi, pero si no has entendido ni una palabra! —Cierto, pero creo que las dos teníamos claro que mi presencia allí era como simple figura de apoyo y eso era lo que estaba haciendo—. ¡No está bien, sé que no está bien! Voy a hacer el ridículo y es posible que al escucharme cambien de opinión y rescindan mi contrato.

Bien, admiro mucho a mi compañera pero hay que matizar que Verónica era la típica empollona del colegio que lloraba histéricamente después de cada examen asegurando que lo iría a suspender, y yo era esa compañera mediocre de al lado que la tenía que consolar aun sabiendo que no solo no suspendería sino que además sacaría un sobresaliente. Sí, todos tenemos en la cabeza a alguien así, ¿verdad?

Apreté la mandíbula con disimulo y me froté la frente con la vista fija en el portátil.

—¡Elvi, no lo puedes entender pero me juego mucho! ¡Mucho! ¡Los japoneses no se andan con tonterías!

—Lo sé, lo sé pero, Vero, vamos, no te van a rescindir el contrato, por favor. Tu CV es brillante y has alcanzado un C1 de japonés en poco más de año y medio, ¡eres un prodigio de mujer! Tienes que estar tranquila.

—¿Tranquila? ¡¿Tranquila?! ¿Qué quieres, que sea como tú? ¿Cómo va tu alemán?

Sí, ese es otro golpe muy habitual de las empollonas: recordarte lo inepta que eres. En vez de gestionar su inseguridad prefieren el ataque hiriente a terceros. Respiré hondo de manera exagerada para mostrarle mi molestia y dejé con calma su portátil sobre la mesita de café.

—Ya no me mudo a Leipzig.

—¿Y eso? ¿Te han descartado?

—No, no, no, he sido yo, les escribí para abandonar la candidatura. Seamos sinceras, no iba a aprobar el examen de alemán. Además… bueno, además… —titubeé recordando que a pesar de que Vero y yo habíamos retomado la relación seguía sin contarle muchas cosas—, me han ofrecido algo interesante en Madrid. Vuelvo a Madrid.

—Pero ¿y Leipzig? No me puedo creer que hayas rechazado la posibilidad de trabajar en una de las mejores escuelas de teatro de Europa solo porque no has sido constante con el alemán. ¡Elvira, por favor!

Sí, y vamos con un nuevo golpe: las empollonas, durante su brote de ansiedad, son únicas en humillarte.

—Vero… —dije resoplando—, no descarto Leipzig en un futuro, pero ahora necesito Madrid, lo necesito con toda mi alma, necesito volver a casa y estoy muy contenta con lo que me ha salido. No busco más.

—Bien, si te conformas con eso...

Dadme un cuchillo, por favor.

Al día siguiente preparaba café a las 5.20 de la mañana. Observaba la cafetera en el fuego y pensaba que ya que me había sincerado con Vero debía hacerlo con Max. Hacía casi dos semanas que me había llegado la oferta de Madrid y todavía no me había atrevido a decirle que dejaba nuestras clases secretas de alemán. Había invertido mucho tiempo en ayudarme y, sinceramente, no sabía cómo se lo iba a tomar. Sé que no había hecho bien las cosas, me sentía muy culpable.

Empujé los hombros hacia atrás delante de su puerta. Saqué el móvil, eran las 5.58, sin dejar de mirarlo esperé hasta las 6 en punto. Dibujé una falsa sonrisa en mi cara y toqué a la puerta. Max abrió.

Guten Morgen, Herr Srrraiba!

Entré sin mirarle a la cara y dejé mi bolso sobre la mesa del comedor. Saqué el termo de café y mi cuaderno y los dispuse con orden. Cuando sentí que se había acercado, levanté la vista.

—Hoy tengo que contarte una casa —dije en inglés. Fui a sentarme pero como él permanecía de pie decidí imitarlo—. Es muy graciosa. La cosa. La cosa es muy graciosa. Muy, muy graciosa. Vas a reírte mucho, Max. —Pero por el momento no parecía hacerle ninguna gracia y me miraba como un cirujano a su paciente antes de operarlo—. Bueno, los dos vamos a reírnos mucho, mucho. ¡Qué divertido! ¡Qué divertido! ¡Oh, dios mío! ¡No te tomo en pelo! ¡En serio! ¡Morimos de la risa! ¡Oh, mi señor! ¡Voy a romper tu culo! —Y al ver su cara me di cuenta de que no había hecho una correcta traducción de “partirse el culo”. Él se sentó así que lo imité inmediatamente—. Vale, sí, es mejor sentarnos. Verás, Max —tragué saliva—, me estás ayudando mucho a aprobar el examen de nivel que me piden en Leipzig, y yo te lo agradezco mucho, mucho, mucho. Pero no me voy a presentar, ¿vale?, no lo voy a hacer. Yo, no. No —dije y sellé la boca sobreponiendo un labio sobre el otro con fuerza.

—¿Por qué no? —preguntó con calma.

—Porque no voy a aprobar.

—No, no vas a aprobar —dijo, agaché la cabeza con vergüenza.

—Me llegó una oferta de Madrid y he aceptado.

—Entonces, ¿regresas a Madrid?

—Sí.

Por un momento me sentí como una niña pequeña justificándose ante un padre autoritario cuestionando sus infantiles decisiones.

—Está bien. Se acabaron las clases de alemán. Nada más que comentar.

—Voy a pagarte, Max, voy a pagar por tu tiempo, por supuesto.

—No necesito el dinero. Está bien así. Entiendo tu decisión, de verdad. Y creo que, por el momento, es la forma más coherente de actuar. Sé lo mucho que deseas regresar a Madrid, no hay día que no lo menciones. Te entiendo y estoy contento por ti.

Lo miré sorprendida, tras el episodio de Verónica pensaba que me iría a encontrar con un frío Max que destrozaría mi poca autoestima insultando mi escasa capacidad para los idiomas. Pero no fue así, como el primer día de clase volvía a enternecerme.

—Voy a pagarte, en serio, voy pagarte —repetía sin poder soltar ni un ápice de mi culpa tras sus palabras.

—Solo te pido que digas algo mejor de mí, ¿no?

—¿Cómo? —pregunté desorientada.

—¿Gollum?

—¿Qué?

—En tu blog Novelife, donde escribe tus cosas, me llamaste Gollum.

Y a veces, solo a veces, se juntan mis dos mundos y cuando ocurre me siento desnuda. Me contó que fue fácil encontrarlo introduciendo mi nombre en internet y que Google le daba la opción de traducir los relatos directamente a alemán. Cerré los ojos y solo quería desintegrarme en mitad de su salón.

—Te pido perdón, pero no es la realidad, son tonterías que escribo, no es la realidad. —Aquella no-realidad me había costado más de un enfado de varios amigos míos, cierto.

—Solo di algo mejor, creo que no todo es tan feo en mí, mis ojos por ejemplo —dijo entornando su silenciosa mirada de azul intenso—. Puedes decir que se parecen al mar Báltico —sugirió y lo miré absorta, engullida por sus ojos, como quien admira el mar Báltico desde el tranquilo paseo marítimo de Travemünde.

—Lo haré —dije sonriendo.

Recogí mis cosas y sin atreverme a abrazarlo salí al descansillo, nuestro descansillo.

—Gracias por todo, Max, es probable que vuelva a intentar Leipzig en un par de años.

—Bien, a mí no me llames para ayudarte.

Solté una carcajada que no esperaba. Y después quedé en silencio mientras en mi cabeza lo abrazaba con fuerza y le agradecía que fuera un empollón diferente.

  

17 jun 2021

Extraños en un descansillo

Strangers on a train de Alfred Hitchcock (1951)


—Por eso necesito que me ayudes —dije en inglés.

Era la primera vez que hablaba con él y lo hacía en el descansillo del tercer piso, junto a su puerta. Max y yo éramos vecinos, lo fuimos desde el primer día que me instalé en el campus chino pero, a pesar de conocernos, nunca nos habíamos dirigido la palabra porque él tenía fama de raro y supongo que yo también.

—Lo siento, no puedo —contestó.

—¡Eres profesor de alemán! —Sí, me acababa de cabrear—. ¿Por qué no puedes darme clases?

—Puedo darte clases, pero no quiero, no vas a aprobar el examen de nivel, por lo tanto es perder el tiempo, no me gusta perder el tiempo.

Lo último que necesitaba en ese momento era aquella lógica aplastante de un hombre tan hirientemente directo.

—Vale, imagina que necesitas aprobar un examen de español muy importante en 6 semanas, yo te ayudaría —argumenté mostrando mi cara más dulce.

—No necesito aprobar ningún examen de español.

—Lo sé, lo sé, solo imagínalo.

—Imaginar algo que no va a ocurrir es absurdo.

—¡Virgen santa! ¡Deja de ser tan alemán! —grité en español. Me miró sin mover un músculo de su cara, parecía estar hecho de cera—. Perdona, perdona  —dije de nuevo en inglés—, no te estoy gritando, de verdad, lo parece pero no. Es solo mi carácter que es muy alegre y a veces grito con alegría cosas, cosas, así… Soy española, demasiado sol, el sol da alegría, en Alemania no hay sol pero… hay coches, muchos coches, coches bonitos, rápidos, caros, capitalismo… Necesito que me ayudes, por favor.

Max resopló.

—Está bien. Voy a ayudarte.

—¿De verdad? Gracias, gracias, gracias, muchas gracias, danke, super danke, mil millones de dankes.

—Mañana baja a mi casa a las 6.30 de la mañana. Sé puntual, por favor.

—Claro, sí, sí, sin problema, puntual, puntual, soy española: sol y puntual. Hasta mañana, Herr Max.

—Herr Schreiber.

—Oh, perdón, Herr Srraiba. Ich bin Frau Rebollo… —¡Pum!—. Hallo?

Cerró la puerta con desprecio pero yo respiré tranquila, tenía lo que quería, yes! Sin embargo la gozadera me duró poco tiempo porque antes de llegar al descansillo del cuarto piso me topé con ella.

—¡Verónica! ¿Qué…? —Hacía algo más de dos semanas que no nos veíamos a pesar de vivir puerta con puerta y trabajar en el mismo departamento.

—Elvi, Elvira, Elv… ¿subes?

—Sí, ¿tú bajas?

—Sí, sí.

—¿Bajas abajo?

—Sí, sí, abajo voy. Tú subes, ¿no?

—Sí, sí, arriba. A casa. Subo arriba.

—Ah, vale, bien, sí, vale, pues… Me gusta tu pantalón, el peto…

—¿Eh? Oh, es… sí, parezco una granjera, ¿no?

—Es muy bonito, estás, estás, estás muy guapa.

—No, no, no, tú, tú, tú… —Jo, la echaba de menos, si la pudiera retener un poquito más—. ¿Qué tal todo? ¿Tu japonés progresa?

—Sí, sí, muy bien. Sí. —Sonrió, qué bonita era cuando sonreía—. ¿Y tu alemán?, ¿bien?

—Uy, sí, sí, mi alemán fenomenal, muy fluido, mi alemán ya vuela solo, sí, sí.

—Vaya, me alegro. Podrías practicar con nuestro vecino, Hans creo que se llama.

—Max.

—Sí, eso, Max, ¿ya has hablado con él?

—¿Yo? No, no, nunca, no sé ni quién es, no me viene su cara ahora mismo. —Está bien, la echaba de menos, pero tenía claro que iba a mantener mi vida alejada del pozo que Narumi y ella representaban, ya me tiraron una vez, no les iba a dar información para que me tiraran una segunda. 

—Bueno, podría ayudarte pero dicen que es muy raro, no habla con nadie y siempre con la misma ropa, ese pelo, no sé…

—Ni idea, ni idea.

En ese momento se abrió la puerta del tercero derecha. Max salió de casa, al verme en lo alto del siguiente tramo de escaleras me señaló, nerviosa fijé la mirada rápidamente en Verónica.

—¡Ey, Elvira!, mejor a las seis, hay mucho trabajo. Mañana a las seis en mi casa —dijo y sin esperar respuesta bajó a zancadas las escaleras.

Verónica me miró, yo la seguía mirando a ella sin parpadear y Max ‘Gollum’ ya estaría en la calle buscando el anillo.

—Entonces, ¿te va a dar clases? —preguntó.

—¿Qué clases?

—Las del vecino.

—¿Qué vecino?

—¡El alemán!

—¿Qué alemán?

Esta técnica la aprendí de los chinos: “¿Los tanques aplastaron a más de diez mil estudiantes en Tiananmen?”; “¿Qué tanques?, ¿qué estudiantes?, ¿qué Tiananmen? Next!”. Y así es como China construye su historia sobre unos hechos encadenados de atrezzo. Nunca negar, solo ignorar.

—Vamos, Elvira, somos amigas —dijo.

—Sí, claro, lo somos, Vero. —Pero no quería que mis actos estuvieran en boca de todos y Verónica seguía siendo una grieta al estar tan unida a Samara.

—Narumi y yo nos hemos distanciado, ¿sabes? Bueno, sin más, que entiendo que no quieras contarme nada pero que sepas que puedes hacerlo.

—No hay nada que contar, Vero —Y con cierta tristeza comencé a subir de nuevo los escalones despidiéndome con la mano.

A las seis de la mañana del día siguiente, Max me abría la puerta de sus casa.

—¡Buenos días, Herr Srraiba, he traído café! —dije con el entusiasmo de una niña.

—Schreiber.

—Sí, Srraiba. Café.

Nos sentamos en la mesa del comedor. Estaba ciertamente conmovida porque Max había preparado muchísimo material, también había organizado el trabajo por semanas junto a un plan de acción que me explicó al detalle.

—Vaya, no sé qué decir, Max, eres muy amable.

—Bien, ya te lo he dicho, no me gusta perder el tiempo, debes comprometerte a cumplir estos objetivos y desde ahora solo hablaremos en alemán, ¿de acuerdo?

—Claro, perfecto, perfecto.

Y entonces empezó:

—Fr$kschsstrgt&β chw%rthgdc€rrkgrt bxβjsschl@ lprthch, Pfvbrrd.

—Perdona, lo de no pronunciar vocales ¿es por una cuestión cultural o para ver quién se ahoga antes?

No lo podría confirmar al cien por cien pero creo que se rio.

La siguiente hora y media la pasamos entre ejercicios, estructuras gramaticales, textos y un bochornoso intento de expresión oral por mi parte. En todo momento Max, sin separarse un ápice de su gesto serio, me animaba con frases en positivo: correcto, así es, bien-bien, sí, suenas muy alemán. Y cuando cometía errores tan solo me pedía que repitiera la frase y con su bolígrafo me señalaba donde estaba la confusión. Al final, aquel desgarbado e huidizo desconocido escondía a un magnífico profesor, paciente y muy amable.

—¿Quieres comer algo? —preguntó en inglés al levantarme de la mesa para irme, pero antes de que pudiera contestar me ofreció una rebanada de pan de molde—. Si quieres tengo mostaza.

—Genial, pan con mostaza, todo un chef —dije cogiendo la rebanada con dos dedos.

—Además de mi tiempo, ¿quieres robarme la comida?

—Lo siento, de verdad. —Me reí—. Estoy muy agradecida, en serio, eres un profesor excelente.

—Lo sé pero no vas a aprobar.

—Y un coach de mierda.

—¿Acaso hay algún coach bueno?

Heeeeeeeey! —grité levantando la mano.

—¿Qué haces?

—¡Choca! ¡Choca esos cinco! ¡Choca! Por la mierda-coach.

—No voy a chocar.

—Vale, no vas a chocar… —y me metí parte de la rebanada en la boca.

Recogí todas mis cosas y aunque insistí en que se quedara con el café que había sobrado en el termo, no quiso, así que también lo metí en el bolso.

—Está bien —me dijo en la puerta de su casa—, mañana a las seis. Sé puntual, por favor.

—Claro, puntual, puntual. Muchísimas gracias por tu tiempo y trabajo, estoy impresionada, de verdad.

—Normal. —Apoyó la espalda en el marco de la puerta, metió las manos en los bolsillos y con una sonrisa torcida dijo—: Dicen que soy perfecto.

—Oh, sí, sí, no hay más que ver tu mugrienta ropa y ese churretoso pelo.

Fue decirlo y lamentarme. Cerré los ojos con culpa. Solo quise ser divertida, pensaba que el momento lo permitía pero está claro que no supe hacerlo. Max dio un paso adelante, yo con miedo di uno hacia atrás. Sabía que había cruzado la línea de lo asumible como “broma”, siempre me pasaba lo mismo, mi cerebro parecía confundir chiste con impertinencia, por eso estaba tan sola. Antes de que pudiera pedirle disculpas, Max dijo:

—¿Qué ropa?, ¿qué pelo?

Sonreí aliviada. Dos raros inadaptados saben entenderse, pensé.

—Hasta mañana, Herr Srraiba.

Bis morgen, Frau Grebolo.

 

9 dic 2020

La última lista

 

Jack y la muerte de María Rosario Pita Villares

Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig —repitió Markus por tercera vez.

Elvira se volvió a desplomar sobre el sofá muerta de risa.

—Por favor, otra vez, otra vez, otra vez… —suplicaba.

Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig —dijo por cuarta vez.

Beatriz entró en el salón con un vasito de café para su amiga. Lo dejó sobre la mesita y se sentó en el sillón frente a ellos. Los miraba sin entender muy bien de qué se reían. Quizá por sentirse desplazada o ausente, no lo sabía. Hacía casi dos meses que no veía a Elvira. Terminó la quimio en noviembre y todo parecía estar bien o eso era lo que le habían dicho. Lo cierto es que pocas ganas tenía de salir a la calle y hacer vida normal, la pandemia estaba siendo la excusa perfecta para no ver a nadie, presentía que las cosas no volverían a ser como antes. Algo se había roto dentro de ella.

—Ahora di: cuarenta y cinco mil setecientos cincuenta y cinco —dijo Elvira.

Fünfundvierzigtausendsiebenhundertfünfundfünfzig —tradujo obediente Markus.

Elvira esta vez se dejó caer boca arriba sobre el sofá, se ahogaba con su propia risa. Markus también se echó a reír.

—Vale, ahora di —dijo Elvira recobrando un poquito de aire—: ciento sesenta y nueve mil…

—No, ya está bien. Ya está bien, son números, son solo números —interrumpió Beatriz—, ya vale.

Elvira se incorporó en el sofá sin decir nada. Markus se levantó y le explicó a Beatriz, en alemán, que bajaba a hacer unas compras. En silencio las dos amigas oyeron la puerta de la calle cerrarse, estaban solas.

—¿Tiene azúcar? —preguntó Elvira levantando el café.

—¿Eh? Sí, tres cucharadas.

—Vale, gracias por la diabetes.

Aunque no quería, a Beatriz se le escapó la risa.

—Markus me ha hecho la pregunta, ¿sabes? —dijo Beatriz. Se levantó y se sentó en el sofá, junto a su amiga, aunque con un espacio en medio.

—¿Qué pregunta?

Beatrgggis, ¿qué somos?

—¡Ah, la pregunta! ¿Y?

—Bueno, no quiero entrar en conflictos ni en definiciones sentimentales, no quiero nada que me exija pensar demasiado, así que… bueno, él me explicó que consideraba que llevábamos tiempo suficiente para tener algo más serio y que bueno, que me quería y que bueno… que veía un futuro conmigo y entonces me habló de formalizar lo nuestro y yo le dije que vale.

—Vale.

—Vale.

—Ajá. Se te ve contenta. Muy contenta.

—Elvi…

—Bea, vamos, míralo por el lado positivo, ¡es un tío de 32 añitos que puede decir 100 consonantes seguidas sin ahogarse! ¡Vivan los cunnilingus alemanes!

Y las dos se empezaron a reír como adolescentes. Después Elvira sacó un papelito doblado del bolsillo del pantalón y dijo:

—Es más, con tu permiso me lo voy a anotar en mi lista: Cosas que hacer antes de morir.

—¿De verdad tienes una lista así?

—La idea me la diste tú en aquella fatídica videollamada.

De la mesita  cogió un lápiz y empezó a señalar el papelito mientras decía en voz alta:

—Cunnilingus con un alemán mientras me recita los números del uno al cien mil.

Beatriz se rio tanto que le pidió que le leyera la lista entera. Elvira al principio se negó, le explicó que era algo muy íntimo, pero después de un par de minutos empezó a leerla, parecía que lo estuviera deseando.

—Uno: viajar a Svalbard y ver un oso polar. Dos: quemar una tienda de vestidos de novia. Tres: pasar una noche con Jake Gyllenhaal para que me explique el final de Donnie Darko. Cuatro: celebrar con una fiesta loca la separación de Almudena y su mierda-coach. Cinco: recorrer todos los pueblos españoles en caravana con Joan durante un año. Seis: disolver laxante para caballos en la cerveza de Ernesto Garmendia. Siete: cunnilingus con un alemán mientras me recita los números del uno al cien mil. ¿Qué te parece?

Beatriz aplaudió y gritó que ella también quería una lista, así que Elvira fue a la cocina y rebuscó en el primer cajón de la encimera, sabía que su amiga siempre dejaba allí post-it y bolígrafos. Al regresar al salón le dio un boli negro y un papelito verde y mientras se bebía el café, ya frío, dejó a su amiga anotar sus últimas voluntades.

Después de un rato, Bea le avisó de que había terminado.

—De acuerdo, dime.

—¿Empiezo así sin más?

—Claro, mujer, ¿cómo quieres empezar? Venga, lee tu lista.

—Vale, pero son solo tres tonterías.

—Vale.

—Vale, ¿empiezo?

—¡Beatriz!

—De acuerdo, de acuerdo, vale. Uno: interpretar un papel protagonista en la Hebbel am Ufer. Lo forman tres salas de teatro alternativo de Berlín, ¿sabes? Pero, bah, es una tontería, es imposible, es… qué idiota soy...

—¡Oye! ¿Idiota? Te recuerdo que yo voy a pasar una noche con Jake Gyllenhaal. Sigue.

—Vale —y se retiró un cortito mechón de la frente—. Dos: visitarte en China y follarme a chino.

Y las dos amigas rompieron a reír como tontas. Beatriz se tapaba la cara con el papelito verde mientras que Elvira la señalaba entre carcajadas. Cuando se tranquilizaron, Beatriz retomó la lista.

—Y la última. Tres —cogió aire y lo mantuvo unos segundos antes de hablar—. Tres. Tres… Tres: casarme con Darío.

Elvira la miró sosteniendo una triste sonrisa. Quería abrazarla pero sabía que no podía. Se contuvo pero se le saltaron las lágrimas, quizá porque no reconocía en aquella mujer tan delgada, de pelito tan corto y tan insegura a su amiga. No reconocía a la amiga que tan solo ocho meses atrás estaba tan llena de vida. Ahora, a pesar de estar limpia, poco quedaba de ella.

—Bea…

 —Elvi…

—Te estoy abrazando.

—Lo sé. Lo sé…

Lloraron juntas, en silencio y a metro y medio de distancia.

Al llegar Markus, Elvira pensó que debía marcharse, así que se despidió de su amiga y le prometió llamarla al día siguiente. Markus la acompañó a la puerta y le regaló un breve siebenhundertvierunddreißig, Elvira sonrió y con un gracias entró en el ascensor.

De vuelta al salón Markus se sentó junto a Bea en el sofá y, al ir a retirar el vaso de café, encontró el papelito doblado de Elvira.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras lo desdoblaba.

—Nada, nada, es la lista de… Venga, no lo leas, es muy íntimo, cosas de Elvira, no lo leas.

Pero ya era demasiado tarde y Markus empezó:

—Dos cajas de leche, ½ docena de huevos, tranchetes, pasta (dos de espaguetis y una de macarrones), atún… ¿En serio que para los españoles la lista de la compra es algo íntimo?

Beatriz empezó a reírse y a llamarse a sí misma idiota.

—A veces sí… —contestó.

29 jul 2020

Amigos

Autor desconocido

Nota: Debido a la nueva interfaz de BLOGGER (cargada de errores) se han suprimido palabras y frases completas de todas las entradas. Además no admite, en algunos casos, la cursiva y no acepta enlaces. En resumen, un pequeño desastre. Espero que se solucione pronto.

—…la amistad, Elvira. Unos buenos amigos es la base de todo. Y tú tienes suerte, tienes buenos amigos...
Almudena y yo bajábamos por la calle del Amparo en Lavapiés, íbamos a la casa de Enrique. Desde que a Almudena le mencioné eso me acribillaba a motivos para aferrarme a la vida. 
Llegamos al portal de Enrique y yo resoplé.
—Amigos, Elvi.
—Amigos —repetí.
—Amigos —sentenció por última vez ella.
Al alcanzar el tercer piso, Enrique nos esperaba con la puerta abierta. Hacía tiempo que no lo veía tan sonriente. Nos había invitado a cenar como despedida. Se iba finalmente a Poitiers. Tras sopesarlo bastante, decidió aceptar la propuesta de Claudio y apostar por mostrar su teatro a los franceses. Daría un par de clases en una escuela de interpretación y con la enorme ayuda de Claudio (sospechosamente desinteresada a mi parecer) pagaría, poco a poco, las deudas que le había dejado el cierre de su negocio teatral.
—¡Enhorabuena, asqueroso! —dije al abrazarlo.
Al soltarnos, me miró sorprendido por mi corte de pelo.
—¡Joder, te pareces mogollón a alguien, tía! —dijo.
—A Patti Smith —le ayudó Almudena que ya había entrado en su casa.
—No, no… —Cerró la puerta—. A la tía de los The Pretenders¿cómo se llama la tía de los The Pretenders?
—Tía de los The Pretenders —dije.
—¡Trasto! —El grito llegó del fondo, al poco apareció Darío que primero abrazó a Almudena y luego a mí.
—¿Cómo se llama? —le preguntó Enrique.
—¿Quién?
—La tía a la que se parece.
—Ah, ¿a la hija del director de cine?, que hacía un poco de todo —respondió Darío.
—¿Sofía Coppola? —yo por ayudar.
—¡Ya quisieras! —Enrique.
—Que no, coño, la hija del que quemó un billete de 500 francos.
—Charlotte Gainsbourg.
De detrás de Darío asomó una jovencita de aspecto tan dulce como su voz.
—¡Esa! Gracias, cariño. Ah, bueno os presento: Eva, Elvira y Eva, Almudena.
—Para mí te pareces más a Patti Smith —dijo después de las presentaciones.
—¡Joder!, pero ¿cómo se llama la tía de The Pretenders?
Todos le dijimos que era un pesado, así que Enrique, vencido, repartió bebidas y nos acomodamos en el “salón”. En realidad vivía en un estudio de 30 m2, y donde ahora aposentábamos el culo era también su cama.
Almudena y yo, con miradas cruzadas, dedujimos que Eva era la Eva con la que Darío en su día, antes de la pandemia, había propuesto a Beatriz mantener una relación abierta. Sin embargo, visto lo visto, Darío parecía haberse decantado por ella como pareja estable porque lo cierto es que parecían dos tortolitos. Me preocupaba la llegada de Bea, su reacción. Eva tenía 23 añitos, pero una cabeza muy bien amueblada. En 20 minutos se había metido al grupo en el bolsillo, mantenía la conversación con un humor ácido que me había conquistado desde el minuto uno, sin tomar en cuenta la frescura y naturalidad que un cuerpo tan joven desprendía. Bea iba a morir. Decidí tantear el terreno.
—Bea parece que tarda, ¿alguien sabe algo?
—Sí, hablé con ella ayer, dijo que vendría un poco más tarde —explicó Darío.
—¿Hablaste con ella? —pregunté.
—Sí.
—¿Hablaste de hablaste?
—Sí. —Sonrió—. Hablamos de todo.
—¿De todo de todo?
—¡Joder, Elvira, hostias, qué puto coñazo eres! Anda, bébete tu vaso de agua y calla —me abroncó Enrique.
Treinta minutos más tarde apareció Beatriz. Y lo hizo de la única manera que podía hacerlo ella, con una entrada triunfal. No sé ni cómo lo había dudado. Se plantó en medio del salón, absolutamente pletórica, marcando sus curvas en un ceñido vestido estilo “salto de cama” color marfil que resaltaba su precioso moreno dorado, solo ella podía conseguir en Madrid ese tono, y su complemento fetiche que a todos nos dejó con la boca abierta: un maromo de casi metro noventa, de poco más de 30 años, de pelo largo rubio atado en un moño alto, barba espesa y con unas manos grandes y venosas que al verlas apreté el muslo de Almudena quien a su vez me arañaba el tobillo.
—Os presento. Se llama Markus. —Todos levantamos la mano y fuimos diciendo nuestro nombre sin movernos del sitio—. Es alemán, de Múnich, pero el pobre se quedó atascado en Madrid con lo de la pandemia y al final ha decidido quedarse unos meses más, porque con esto del teletrabajo todo son ventajas. No habla mucho español, pero entiende bastante. Y nada, ¡que somos muy felices!
Cerré los ojos por el golpe de vergüenza ajena que me produjo aquella frase. Ay, mi Bea, con lo elegante que es asumir una retirada a tiempo.
Se sentaron en el suelo y Enrique les repartió cervezas.
—Y ¿te gusta Madrid? —pregunté al alemán para romper un poco el hielo.
—Oh, ja-ja-ja. Muy muy.
—Mucho —corregí.
Ja, mucho muy —dijo con una preciosa sonrisa.
—No sabe ni una palabra de español pero se lo perdonamos porque está como un queso el bávaro éste —susurré al oído de Almu que rompió en una risita de quinceañera.
La tarde transcurrió en una competición por ver quién se quería más. Cuando Darío besaba a Eva, Bea manoseaba a Markus, le mordisqueaba la oreja y le daba de comer a la boca, algo que al alemán parecía violentarle bastante, juraría que no estaba acostumbrado a semejantes muestras de cariño en público. Pobre.
Evitaba mirar a Almu porque nos daban verdaderos ataques de risa. Intentábamos disimular pero nos lo estábamos pasando realmente bien viendo semejante cuadro surrealista.
Los temas transcurrían de puntillas, se lanzaban y se descartaban con rapidez, el ambiente no estaba para profundizar en nada: que si qué mal gestionada la pandemia; que si qué mal la oposición; que si tendría un hijo con Fernando Simón, y yo, y yo; que si el teatro estaba tocado y hundido; que si no hay ni un hombre que sepa hacer bien el cunnilingus; que si Merkel iba a acabar con Europa; que si qué vergüenza que el centro de las ciudades sean resorts para turistas y ahora, a falta de estos, estén cerrando todos los comercios; que si hay que acabar con el capitalismo; que si prefiero el misionero a cualquier otra postura; que si para una taza de arroz dos de agua, que no, que mejor tres.
Todo transcurría con una aparente normalidad, hasta que Darío zanjando conversaciones brindó por el futuro francés de Enrique. Todos levantamos nuestra copa (yo mi vaso de agua) y gritamos su nombre.
—Qué pena —comenzó diciendo Almudena—, Elvira y tú podríais haber sido vecinos.
—¿Elvira?, ella regresa a China —aclaró Enrique sin entender el comentario.
—Sí, claro, porque al final ha rechazado Toulouse.
Enrique se puso de pie con las manos en jarra y me miró. Me conocía esa mirada.
—¿Cómo que has rechazado Toulouse? ¿La Universidad de Toulouse?
—Bueno, a ver, rechazar no, pero nos seleccionaron a tres para el proyecto y…
—¿Qué proyecto?
—Un proyecto de investigación para el departamento de Estudios Iberoamericanos, pero una tontería, porque yo ya me había comprometido con China, así que nada. Un año más en China y luego ya se verá.
—¡Joder, trasto, eso es la polla! —exclamó Darío levantándose para darme un abrazo y todos aplaudieron.
—¿Cómo lo haces? —Cuando me lo preguntó Enrique, seguía de pie con las manos en jarra mirándome serio—. ¿Cómo haces para convertirte siempre en el centro de atención? Eres una puta narcisista de mierda.
—A ver, Enrique, no seas injusto, Elvira se ha reciclado y está recogiendo…
—¡No me he reciclado, Almu! Un doctorado es avanzar, ¡estoy avanzando!, el que se ha reciclado es Carlos, tu mierda-coach, y la gente como él que llega a los 40 años y decide cambiar de profesión, haciendo un cursito, de dos semanas, de frases motivadoras para luego estafar a la gente.
—¡Vete a la mierda, Elvi! Encima que solo quiero ayudarte, ¡eres un monstruo!
—Elvira, sé que os conozco de poco, pero me da pena ver cómo las mujeres tendemos a pelear entre nosotras cuando en realidad deberías enfadarte con Enrique.
—Perdona, monada, pero ¿a ti quién coño te ha dado vela en este entierro?
—Bea, no hables así a Eva, no te lo permito —dijo Darío.
—¿Perdona? ¿Que no me permites qué? Bien que me permitías decirte guarradas, durante la cuarentena, en nuestras videollamadas, ¿te lo ha contado, bonita? —preguntó Bea mirando a Eva.
—¡Tú, tú y tú, Elvira, siempre tú! ¡Si no eres tú en todo momento, te aburres y machacas a los demás! —Enrique con su tema.
—Beatriz, eres muy sucia… Sigue follándote a alemanes que se te da muy bien, ¡necrófila!
—¿Pero habéis follado por videollamada? —Eva.
—Es que Elvi, ¡ni siquiera te molestas en conocer a Carlos! ¡Eres una amiga de mierda!
—No necesito conocerlo, Almu, ¡es un inútil!
—¡¿Pero habéis follado o no habéis follado?! —Eva otra vez.
—Un poco…
—¡¿Un poco?! ¿Tres veces a la semana es un poco? —Beatriz.
—¡¿Tres veces por semana?! ¡Joder, coño, coño! —Eva.
—¿Acaso crees que te van a dar el Pulitzer por tus mierdas de obras teatrales, Elvira?
—¿Y a ti, Enrique, te lo darán? Porque además de chupársela a Claudio, ¿qué más vas a hacer en Poitiers? —Yo.
—¡Zorra!
—¡Cabrón!
—¡Monstrua asquerosa!
—¡Putonga!
—¡Fracasada de mierda!
—¡Psicópata mentiroso!
Y de repente se hizo el silencio, así, nos habíamos cansado de gritar. Y despacio nos fuimos sentando otra vez cada uno en nuestro sitio. En orden y calma. Almudena me miró y rellenó mi vaso con un poco más de agua, le di las gracias y le ofrecí el plato de las patatas. Enrique carraspeó y dijo que el calor en Madrid cada verano era más insoportable, todos le dimos la razón con frases diferentes. Y Bea dijo algo sobre el sexo que hizo que explotáramos de la risa
—Oh, Spanien loco, loco. Mucho muy.
Pellizqué el muslo de Almu y ella me arañó el tobillo.