22 jul 2020

ESO

Patti Smith

—¿Una cerveza? —preguntó Almudena abriendo la nevera.
—No puedo beber alcohol —contesté apoyándome en la encimera, junto al fregadero.
Estaba en su casa, me había llamado sobre la 19.00 h., pidiéndome que me acercara para ayudarla a organizar ropa vieja que quería vender por Vinted.
—Sí, perdona, es verdad. Te recuperas tan bien de las operaciones que olvido que vas hasta arriba de cortisona. Seguro que es la última intervención, ya lo verás.
—No, no lo será —contesté algo molesta.
—Mujer, ten esperanza. La medicina avanza mucho, darán con el remedio.
—No hagas eso, Almudena.
—¿El qué?
—Eso.
—¡Hola, Elvira! —El hijo de Almu acababa de entrar en la cocina—. ¡Joder, te has cortado el pelo!
—¡Esa boca, Abel! —le espetó su madre.
—¿Te gusta? —pregunté y me atusé el flequillo—. Mucho cambio, ¿no? Lo he hecho para disimular mis ojos.
—Te pareces mogollón a una de mi clase.
—Abel, acabas de hacer inmensamente feliz a una mujer de 43 años —dije y Almu se rio.
—¿Qué les pasa a tus ojos?
—Que se están quedando ciegos  —contesté.
—Los tienes perfectos, no digas bobadas —dijo Almudena sentándose en uno de los taburetes de la mesa.
—¿Ciegos?, ¿te vas a quedar ciega? ¿Por eso te operan tanto?
—¡Abel, se acabó! ¡Vete a tu cuarto!
—Déjale, Almu. Si no sabe tendrá que preguntar, ojalá lo hicieran los demás en vez de hacer eso otro constantemente. —Miré a Abel y le contesté—: Sí, me voy a quedar completamente ciega.
—Joder, qué mierda, ¿no?, ¡pero mierda chunga!
—Esa boca, Abel, por favor…
—¿Y qué vas a hacer cuando te quedes completamente ciega?
—¡¡Abel!! —gritó su madre.
—Voy a suicidarme.
—¡¡Elvira!!
—Jodeeeer, qué mierda ¿no? Buah, chaval, ¿y ya sabes cómo?
—¡Se acabó! ¡Abel, a tu cuarto! ¡Elvira, te prohíbo que hables así a mi hijo!
—¡Me ha preguntado él!
—¡Es un niño, por dios!
—Joder, mamá, hago 12 en septiembre.
—¡Esa boca! ¡Esa puta boca!
Abel y yo nos reímos.
—Me sacáis de mis casillas, no os aguanto… No os soporto… Abel, por favor, no te lo vuelvo a repetir, vete a tu cuarto.
Le guiñé un ojo y el chico hizo amago de irse pero antes:
—Elvi, ¿quieres que te haga una lista de formas de morir?
—Oh, estaría genial, gracias.
—Si escribes esa lista te mando al pueblo todo el verano con tu abuela, ¿me has oído?
Abel asintió y salió obediente de la cocina cerrando la puerta. Almu me miró con ira.
—Jamás vuelvas a decirle esas cosas a mi hijo.
—También es mío. Lo hemos criado entre las dos.
—¡Por favor! Pero si tú no sabes ni criar a tu gato.
—¡Pir fivir! Piri si ti ni sibis ni criir i ti guiti.
Nos miramos un instante y empezamos a reírnos como dos auténticas idiotas. Luego me hizo un gesto para que me sentara en el taburete de al lado.
—No lo decías en serio, ¿verdad? —preguntó.  
—¿El qué?
—Eso.
—¿Eso? ¿Qué es eso?
—Elvira…
—Almudena…
Alargó la mano sobre la mesa y acarició la mía.
—Te queda muy bien el pelo así. Te pareces a Patti Smith.
—No vuelvas a negar la realidad. Tu hijo de 11 años no puede ser más inteligente que tú, así que no lo vuelvas a hacer.
—No la niego, es la verdad, te pareces mucho a Patti Smith.

16 jul 2020

Así, veranos en Madrid

¡Agüita fresca! Cibeles, Madrid, años 50. Autor desconocido.


LA IDA
Libérate del pasado y vuelve a nacer…
Beatriz bajó el volumen de los Quentin Gas & Los Zíngaros y atendió la llamada entrante en manos libres.
—Hola, papi —contestó sonriendo a Elvira que desde el asiento del copiloto se ajustaba, con precaución, las oscuras gafas.
—Hola, princesa, ¿habéis llegado ya? —preguntó su padre.
—No, estamos de camino. Hemos tenido que volver porque a Elvira se le había olvidado la cortisona.
—Pobre criatura, menuda pesadilla constante.
—Papi, estoy con el manos libres, Elvira te está oyendo.
—Estoy bien, José Miguel, no te preocupes, la operación salió genial, ahora reposo, por eso que te agradezco muchísimo este fin de semana en el balneario.
—Nada, bonita, qué menos, qué menos, preciosa… Ya me ha dicho Beatriz que no te conviene ni la piscina ni masajes ni yoga, pero puedes optar a talleres de los de respirar...
—Meditación, papá.
—Sí, sí, meditación. También organizan paseos y charlas y tienen una gran biblioteca, puedes leer.
—¡Papá, está ciega!
—Bueno, no estoy ciega…
—Sí, lo siento, bonita, es que eres tan joven que olvido…
—No estoy ciega, José Miguel, no te lleves mal rato, estoy muy bien.
—Como un topo, papá.
Elvira sonrió, no daba crédito.
—Oye, princesa, mándame un mensaje cuando lleguéis. Está todo pagado pero si Elvira necesita cualquier extra lo cargas en mi tarjeta, ¿de acuerdo? Y conduce con cuidado.
Se despidieron.
—Siempre quise tener un padre millonario —dijo Elvira.
—Siempre quisiste tener un padre, punto.
 Beatriz volvió a subir la música.
…de allí vengo y todo, todo, todo, todo no es de color…

LA ESTANCIA
Und du weinst und ich schreie, ich schreie auf dich ein…
Cuando Elvira vio a la joven delante de ella se quitó los auriculares y Faber dejó de sonar.
—Hola, eres Elvira, ¿verdad? Me han dicho que has reservado una hora conmigo para charlar un poco —dijo la joven y se sentó junto a ella, en el banquito de madera de aquel enorme jardín.
—Sí, bueno, creo que algo de terapia no me vendría mal. Llevo 10 años con Óscar, mi psicólogo porque, bueno, me cuesta un poco llevarme bien con la vida. —Se rio algo nerviosa—. Quizá escuchar a una psicóloga diferente me venga bien.
—Oh, no, no, no soy psicóloga, soy coach.
—¿Perdona?
Coach motivacional.
—¿Perdona? —Y apretó tanto la mandíbula que le dio un calambre.
—¿Estás bien? —Elvira agitó la cabeza con la mano en la boca—. Me llamo Adriana, y me encanta escuchar tu enfado con la vida, soy adicta a los retos, ¿sabes?, y creo que en esta hora que vamos a pasar juntas terminarás haciendo buenas migas con ella.
Elvira la miró atónita. Adriana continuó:
—Vengo preparada. Mira, elige una cartulina. —De una bolsa de tela sacó 4 trocitos de cartulina: negra, roja, blanca y verde. Elvira eligió la negra—. Estupendo, sabía que escogerías ese color. Porque elegimos lo que somos y no al revés.
—Fenomenal, soy negra…
—Bien, ahora, haz una pelota con la cartulina, ¡estrújala!, ¡aplástala! Y mientras lo haces piensa en esa ira que hace que no ames la vida como deberías. Canaliza esos sentimientos que te impiden saborear el placer de ser quién y cómo eres. De sentirte viva. ¡Machaca esa pelota débil y vulnerable de papel! ¡Adiós a las sombras! ¡Adiós a esa voz interna que te pisotea poniéndote límites, barreras, obstáculos! ¡Adiós a esa voz de niña malcriada y caprichosa que no te deja avanzar porque cree que siempre le debes algo! ¡Acaba con el pasado! ¡Tritura esa pelota para avanzar, Elvira! ¡Abre la puerta de tu poder y cambia!
—…
—¿Elvira?
—¿Sí?
—Debes estrujar tu cartulina y decir en voz alta qué aplastas en ella.
—Oh… vale, vale, ya, claro, entiendo. —Carraspeó dos o tres veces, se retiró el pelo detrás de la oreja con parsimonia y empezó a aplastar la cartulina lentamente—. Yo te estrujo porque en Madrid hace mucho calor en verano…
—¡Muy bien, Elvira! ¡La asfixia! ¡Acaba con ella!
—Yo te estrujo porque… porque el café ha subido a 3€ en la Plaza de la Paja.
—¡Excelente, Elvira! ¡Eres muy valiente! ¡Mucho! Te estás enfrentando a la sociedad, a esos códigos que no podemos entender, esas reglas que te hacen infeliz. ¡Eres muy fuerte, Elvira, increíblemente fuerte! ¿Sabes que pocos se atreven a verbalizar su incomodidad ante las normas sociales? Pero tú lo haces, ¡vaya si lo haces! Sigue, vamos, ¿qué más hay en esa destrucción de la cartulina?
—Sí, vale… Yo te estrujo porque, a ver… mi gato Tomás me muerde los pies por las noches y no me deja dormir.
Adriana empezó a aplaudir lenta pero apasionadamente.
—¡Bravo, Elvira! ¿Lo has visto? Sin darte cuenta hemos llegado al quid del dolor: la responsabilidad con los demás. La responsabilidad, Elvira. Tú sola has avanzado el camino para descubrir tus sombras, tus propias sombras que frenan la felicidad que tanto necesitas. Lo has hecho tú sola Elvira, porque eres una mujer increíble, fuerte, valerosa, sincera, que no se amedranta por nada y que sabe reconocer su camino de vuelta y remodelarlo para retomar el viaje sin incidencias. Tú, Elvira. ¡Tú!
A Elvira le volvió a dar otro calambre.
—Estoy bien, estoy bien.
—Ahora, Elvira, ¿confías en mí?
—…
—Tu mirada me dice que sí.
—Bueno, soy ciega de un ojo y medio…
—¡Agarra tu pelota de cartulina y lánzala! ¡Lánzala lejos! Sácala de tu zona de confort, arráncala de tu espacio vital. Asume que todo se terminó, que tu dolor debe ir y déjalo ir, déjalo marchar, ¡lánzala! ¡Lejos!
Elvira la lanzó con fuerza, pero al pesar tan poco aterrizó sobre sus pies. Las dos miraron la pelota en silencio.
—Bien, Elvira, tu dolor se ha ido.
—Bueno, muy lejos no…
—Eres una mujer diferente desde ahora mismo. ¿Notas el cambio?
—…
—Bien, voy a dejarte a solas para que asimiles la transformación y pases el duelo por la pérdida, la pérdida de ese dolor que hemos dejado ir y que ya nunca volverá a ti. Eres libre, eres mujer, eres poderosa, eres feliz.
—Ajá…
Adriana se levantó y se alejó por el jardín, hacia el edificio principal del balneario. Elvira, sin moverse del banco, se agachó, recogió la pelotita de cartón, la dejó a su lado y volvió a colocarse los auriculares.
…Eigentlich will ich nur, dass du weißt, dass ich will, dass du bleibst…

LA VUELTA
Llega la hora de ir a Bilbao, te duchas, te arreglas y coges el carné…
Beatriz bajó el volumen de Los Ronaldos y atendió la llamada entrante en manos libres.
—Hola, papi —contestó sonriendo a Elvira que desde el asiento del copiloto se ajustaba, con precaución, las oscuras gafas.
—Hola, princesa, ¿habéis llegado ya? —preguntó su padre.
—No, acabamos de salir del balneario.
—¿Todo ha ido bien, cariño?
—Uy, sí, he disfrutado mucho, mucho, mucho… —Y volvió a sonreír a su amiga que se tapaba la cara con las manos.
—Me alegro, princesa, ¿y Elvira?
—Estoy aquí, te oigo. También muy bien, muy inspirador. —Beatriz soltó una carcajada—. Te agradezco mucho todo este fin de semana. Un regalazo.
—Nada, nada, por favor, y ya sabes que para Beatriz eres como una hermana así que para mí como una hija. —Elvira sonrió con cierta pena—. Oye, princesa, conduce con cuidado, ¿vale?
—Que sííííí...
—Te quiero, pajarito mío.
—Y yo, pesado.
Elvira la miró y se tocó el esternón como si por un momento se le estuviera hundiendo.
—Elvi —dijo tras colgar—, ¿te parece que, cuando lleguemos a Madrid, intente aparcar en San Bernardo para tomarnos unas cañitas por Malasaña? Así te cuento con detalle lo del instructor de yoga.
—Claro —contestó riéndose y, al percatarse, retiró la mano del esternón.
Beatriz gritó una obscenidad y volvió a subir la música.
…es verano, es verano aquí, los días son todos iguales cuando es verano aquí…

26 jun 2020

Cuestión de formas


La lección de Pablo Picasso

—No se te pueden renovar estos dos libros  —dijo el hombre con el carnet de la biblioteca de Elvira en la mano.
—Perdona, ¿qué significa eso? —preguntó ella.
El hombre levantó la vista de su ordenador y repitió tras el mostrador.
—Que no se te pueden renovar estos dos libros.
—¿Por qué no?
—Porque tienes una multa. Debiste haberlos devuelto hace tres semanas. Podrás volver a retirar libros en préstamo el 25 de julio.
—Perdona, perdona —Elvira se retiró el pelo detrás de la oreja y se apoyó en el mostrador—, no sé si te has enterado de que ha habido una pandemia mundial. Todos los servicios llevan cerrados desde el 16 de marzo.
—No sé si te has enterado tú de que el servicio de préstamo de libros, en todas las bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid, se abrió en la tercera semana de la Fase 0 de desescalada. Y, por favor, respeta la distancia de seguridad.
Elvira levantó los brazos del mostrador y dio un paso atrás. Abrió su bolso, sacó la cartera y buscó un nuevo carnet. Se lo mostró al bibliotecario.
—Mi carnet de investigadora y me llevo estos dos libros.
—Ese carnet no es válido para esta biblioteca.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Lo es para el CDT y la Biblioteca Nacional y no lo es para la municipal? ¿En serio?
—En serio.
Elvira apretó los labios y se ajustó las gafas.
—Menuda chapuza de red de bibliotecas… ¿Cómo podéis hacer las cosas tan mal? Es una vergüenza. —El hombre la miraba sin inmutarse—. Está bien, seremos flexibles por ambas partes. La culpa la tenéis vosotros por tan poca información, aun así asumo parte de responsabilidad, por eso yo me llevaré solamente un libro, este. —Cogió el más grande del mostrador y se lo metió en su tote bag—. Tú te quedas con ese.
—Haz el favor de sacar el libro de tu bolso inmediatamente si no quieres que llame a seguridad.
—Necesito este libro… —dijo, esta vez, en tono desesperante.
—Te repito: el próximo 25 de julio podrás llevarte seis libros.
—Lo necesito hoy.
—Saca el libro de tu bolso y, por favor, abandona la biblioteca.
Elvira lo sacó y con un fuerte golpe lo dejó sobre el mostrador.
—¡Vergüenza! ¡Vergüenza! ¡Vergüenza! —Y salió de la biblioteca creyendo estar en “el paseo de la vergüenza” de Cersei Lannister.
Entró en la cafetería de la calle de enfrente. Pidió un café solo y llamó a su amiga Beatriz. Le contó el problema y le suplicó que fuera ella quien sacara los libros con su propio carnet.
—Porque lo tienes, ¿verdad?
—¡Claro que tengo el carnet de las bibliotecas de Madrid! ¿Crees que eres la única que lee?
Cuarenta minutos más tarde, Beatriz apareció en la cafetería. Se acercó a la barra y se sentó en el taburete junto a Elvira.
—Vale —dijo ésta dándole una servilleta—, aquí te he anotado los libros que debes coger, si todavía no los han recolocado en las estanterías se lo pides al señor del mostrador. Es un idiota, no le hagas mucho caso, tú se los pides, él te los da, tú me los das y todos contentos.
—Bien. Oye, ¿como cuánto de idiota es ese señor? —Elvira la miró esperándose lo peor—. Verás, es que lo que es el carnet físico-material de la biblioteca no lo tengo.
—¡¿Y cuál tienes, el espiritual?!
—Elvi, no te pongas nerviosa, que nos conocemos. El carnet lo tengo segurísimo porque me acuerdo de que una vez saqué un libro y lo devolví. Así que, bueno, me tendrán fichada, no te preocupes, déjame a mí.
—No me lo puedo creer…
Beatriz se fue y Elvira pidió al camarero que le cobrara. Sacó de su cartera la tarjeta de crédito y se la ofreció.
—Lo siento, no aceptamos tarjetas de UnionPay.
—Perdona, ¿qué significa eso? —preguntó ella.
—Que no aceptamos tarjetas de UnionPay.
—Perdona, perdona —Elvira se retiró el pelo detrás de la oreja y se apoyó en la barra—, no sé si te has enterado de que ha habido una pandemia mundial. Todos los establecimientos estáis obligados a aceptar tarjetas de crédito.
—Las aceptamos pero UnionPay no.
—¡Es una vergüenza! Demasiado complicada está la vida como para que nos la compliquéis más. Y me atrevería a decir que es totalmente ilegal que no aceptéis ciertas tarjetas de crédito, ¿bajo qué criterio si se puede saber?
—Bajo el criterio de mis cojones, ¿te vale?
—Ajá, vale, bueno… Pues vamos a esperar a que vuelva mi amiga, ¿sí?
Mientras en la biblioteca, Beatriz cargaba con los dos libros escritos en la servilleta y caminaba hacia el mostrador. Allí vio al señor. El idiota, pensó.
—¡Hola! —dijo con una enorme sonrisa. Dejó los libros sobre el mostrador y se retiró su larga melena hacia un lado—. Me voy a llevar estos dos libros.
—Bien, ¿me dejas tu carnet de la biblioteca, por favor?
—Claro —Y fingió buscar en su bolso—. No me lo puedo creer… —dijo con el monedero en la mano. El hombre la miró—. Qué idiota soy… No me lo puedo creer. He cambiado de bolso y he olvidado meter la cartera, solamente he pillado el monedero. ¿Cabe ser más tonta? Ya puedes perdonar que te haga perder el tiempo de esta manera, seguro que estáis a tope de trabajo, porque ponerse en marcha después de este parón tiene que ser horrible. Ni me lo quiero imaginar, os aplaudo, de verdad, os aplaudo. A los sanitarios y a todos los del sector público porque bendita la paciencia, bendita la paciencia que tenéis, ¡y más con usuarios como yo! Lo siento de verdad. —Sonrió de nuevo y se colocó el pelo hacia el otro lado—. Pero no te preocupes, yo misma coloco los libros de vuelta en su estantería.
—Bueno, mujer, pero tienes carnet, ¿verdad?
—Sí, sí, por supuesto, cada semana cojo libros en préstamo, no en esta biblioteca sino en la de Chamberí porque me pilla cerca del trabajo.
—Vale, en ese caso, no te preocupes, dame tu DNI, por favor.
Beatriz le dio su DNI, el hombre la buscó en la base de datos, le registró los libros y con un “tienes un mes para devolverlos” se los ofreció de vuelta.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Elvira cuando Beatriz, ya en la cafetería, le dio los libros.
—¡Magia! —exclamó alzando los brazos y dirigiéndose al camarero le pidió un café solo.
Cuando se lo trajo Bea le preguntó por el negocio.
—Pues qué quieres que te cuente, chica. A la gente se la ve con miedo, con miedo o con pocas ganas de gastar, yo ya no sé. Se acumulan las deudas. Una situación compleja.
—Los autónomos sois los verdaderos héroes, yo os aplaudo, a los sanitarios y a los autónomos, porque menudo esfuerzo, de verdad, ¡menudo esfuerzo! Me quito el sombrero.
—Gracias, preciosa.
—Gracias a vosotros que sois unos luchadores. Sin la hostelería yo no soy nada, porque si me quitas mi café en barra de por la mañana, me matas, si me quitas mi cañita de mediodía en terracita, me matas, si me quitas el vino de las siete de la tarde, ¡me matas! —Los dos se rieron—. Y cóbrame ya, por favor.
—No, mujer, estáis invitadas.
—¡Por favor, no! ¡Cóbrame!
—¡Mujer, que dos cafés no me van a sacar de pobre!
—Muchísimas gracias, de verdad.
—A ti, preciosa.
Y con una sonrisa Bea volvió a su amiga que la miraba perpleja.
—Bea, en serio, ¿cómo lo haces?
Su amiga después de reírse le contestó:
—Mira, Elvi, utilizo una cosita que es probable que no la conozcas porque nunca te he visto usarla. Se llama amabilidad. Funciona. Tú eres amable con una persona y esa persona después lo es contigo, no falla. Ponlo en práctica, te sorprenderá.
—Ja-ja-ja-ja, me parto y me mondo. Yo soy amable, soy muy amable con todo el mundo.
—Elvi, yo te quiero con mi vida, pero amable, lo que se dice amable, no eres. Afrontas todos los conflictos poniéndote el chaleco blanco, como dicen los alemanes, liberándote de toda responsabilidad y culpando a quien tengas enfrente. Si algo no sale como tú crees que debería haber salido machacas a la otra parte a quien automáticamente ya habías tachado de “enemigo”. Te pasas la vida luchando en batallas que no existen. Amabilidad, punto. ¡Sé amable, tonta del culo!
Al día siguiente Elvira entró en la biblioteca para estudiar. Al pasar por el mostrador vio al señor, se acercó.
—Siento lo de ayer —dijo. El bibliotecario levantó la cabeza y la miró—. No es excusa pero estaba un poco nerviosa. Hoy he venido a estudiar.
—Bien. —Sonrió—. Debes dejar una mesa libre entre usuarios y antes de marcharte limpiarla con desinfectante, que encontrarás en un carrito al fondo de la sala, junto con gel hidroalcohólico, guantes y mascarillas, por si necesitaras.
—De acuerdo.
Se dio la vuelta y escuchó al hombre decir en bajito:
—¡Vergüenza…! ¡Vergüenza…! ¡Vergüenza…!
Elvira se rio y subió las escaleras hacia la sala de estudio.

18 jun 2020

Encuentros en Tercera Fase


Close Encounters of the Third Kind

Antes de contar lo que ocurrió debo decir que la idea no fue mía. Sé que muchos me conocéis y sabéis de mi pasión por los muertos tanto de este lado de la línea como del otro, pero no, aquella noche demasiado tenía con asegurarme de que el vino cayera dentro de mi copa y no fuera.
—¿Qué tipo de ruidos? —preguntó Almudena.
—Ruidos —contestó Beatriz.
—Perdona, ¿el vino lo tienes en la cocina? —Yo. Siempre preocupada por los problemas de mis amigas.
Salí de la terraza y fui directa a la cocina. Desde allí oí gritar a Almudena que prefería cerveza. Así que cogí una botella de vino, dos copas, un sacacorchos y 4 San Miguel. Regresé y empecé a repartir la mercancía.
—Pero a ver, muchas veces creemos oír cosas fuera de nuestra cabeza y en realidad están dentro —explicó Almudena.
—Ya te digo, mi cabeza está llena de voces —dije mientras señalaba a Bea que abriera el vino.
—¡La mía también! No paran de decirme: “tírate a ese, y a ese también, y a ese, y a ese, y a ese también, ¡tíratelo!”.
—Vale, chicas, os lo tomáis a chiste pero es verdad. Nuestro cerebro hace ruido —dijo Almudena, después dio un primer sorbo al botellín.
—Pero, ¡¿no vamos a brindar?! —se molestó Bea—. ¡Por un verano lleno de noches de chicas!
—¡Por Fernando Simón!  —Almudena.
—¡Por el chisporrotear de nuestros cerebros! —Yo.
Después Bea nos empezó a contar sus conquistas por Tinder. Todas virtuales. No quería arriesgarse.
—¿El vikingo?
—No, Almu, cielo, el vikingo descartado. Estaba como un tren pero, chica, no se puede mantener relaciones online con un hombre que te pide que te toques las tetas sabiendo que con la otra mano sujetas el móvil, ¡a ver!, ¿y cómo me rasco el toto? Me lo hizo dos veces. La primera, vale, bueno, lo excusas porque es de otra cultura, es brutote, se come los jabalíes a bocados y el pobre no debe entender que el sexo es cosa de DOS. Pero ya la segunda vez, dije: mira, troglodita, regresa a la cueva.
Y fue en ese momento, en que las tres estábamos a carcajada limpia, cuando un sonido sordo se oyó dentro de la casa. Nos miramos en absoluto silencio, la risa se nos cortó de cuajo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—Los ruidos —contestó Bea—. ¡Esos son los ruidos! Almu, te aseguro que un cerebro no suena así.
Me levanté.
—¿A dónde vas?
—Bea, mujer, tendremos que saber de dónde viene.
—De la habitación. Los ruidos llegan de la habitación.
—Bueno, aun así voy a ver, ¿vienes, Almu?
—No, gracias.
Abrí con cuidado la puerta de su dormitorio. Una cama de matrimonio en el centro; una mesilla con una pila de libros, un botellín de agua y una caja de kleenex; un armario empotrado con puertas de espejo en la pared de la derecha, y en la pared de la izquierda una gran ventana que daba a la terraza. Subí el estor y saludé a mis amigas. Ellas me miraron con pánico. Almudena chilló.
—¡Sal de ahí, sal de ahí! —gritó Bea.
De una zancada abandoné la habitación y corriendo llegué a la terraza. Me abracé a Almudena muerta de miedo. Y no fue, hasta pasados unos dos minutos, que me di cuenta de que ellas estaban completamente rotas de la risa.
—¡Qué cabronas sois! —exclamé. Me senté, no sin cierta vergüenza, y me serví mi tercera copa.
Fue entonces cuando Almudena, tras fracasar culpando al cerebro de aquel ruido, decidió elaborar una nueva teoría.
—¿Fantasmas? —pregunté.
—¡Hombre, qué si no!
Really, George? —Bea tampoco daba crédito.
Ya me había bebido la cuarta copa, entonces no me preguntéis de dónde salieron todas esas fichitas del Scattergories puestas en semicírculo sobre la mesa de cristal de la terraza, con un vasito en el medio.
—Diez letras: métemelaya —Bea llevaba 5 copas por lo menos.
—Mil millones de letras: dejaquemetoqueeltotovikingo. —Y ja, ja, ja, ja, ja, ja, tronchadas de la risa. Empecé a sujetar mi copa con las dos manos, síntoma de una verdadera desescalada.  
—Chicas, esto es muy serio. Es una Ouija. Bromas las justas porque se nos puede volver en contra.
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
—¡Dejad de reíros y concentraos!
Yo apreté los ojos. Era lo único que sabía hacer cuando me pedían concentración, y mirar hacia el suelo cuando me pedían que pensara. En ambos casos siempre terminaba imaginándome a Jake Gyllenhaal entre mis piernas, pero daba el pego.
—Pensemos preguntas, chicas.
—¿Christian Gálvez lleva peluquín? —Bea.
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
—¡Con vosotras no se puede hacer nada serio!
—¿Hola, Buffy? —Bea.
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Almu nos ordenó que pusiéramos nuestro dedo índice de la mano derecha sobre el vaso invertido. Me hice un poco de lío al soltar una mano de la copa, porque dudé de cuál era la derecha.
—¡Con la que escribes, tonta del culo!
—Escribo con las dos en el ordenador.
—¡Pues con la que te tocas el toto!
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Almudena empezó a preguntar. La recuerdo muy seria en su tarea, así que yo fingía asintiendo con la cabeza a cada rato. En un momento dado, Bea y Almu se enzarzaron en una fuerte discusión, las veía a cámara lenta. ¿La segunda botella?, pregunté. Pero ellas no me oían, seguían abriendo mucho la boca y levantando los brazos como si quisieran echarse aire. La encontré. ¿Y mi copa? Seguían sin oírme. ¿Mi copa, locas?, la había dejado aquí, es que… ya tengo la botella, pero me falta la copa. La encontré. Y no sé, pasó algo de tiempo, dos, tres, diez, quince minutos, no lo sé, la cuestión es que mis amigas habían dejado de discutir entre ellas para hacerlo conmigo. Almu me señalaba, no la oía y eso que la tenía muy cerca. Qué bonita eres, Almu. No parecía contenta con mis palabras. Bonita. Milana, bonita. Me apuntaba y me apuntaba con rabia. Bea también. Yo las quería, por qué ellas a mí no... Hasta que me di cuenta de qué es lo que estaban señalando. Ah, la copa, ¿queréis mi copa?
—¡No es tu copa! ¡Es el puto vaso de la Ouija, tonta del culo!
Y en ese momento volvimos a escuchar el golpe sordo que venía de la habitación. Nos miramos. Me apreté el vaso contra el pecho.
—¡Ey, guapas!
Miramos a la terraza de al lado y el vecino de Bea nos saludaba entre sus setos. Yo agité mi mano como si le conociera de toda la vida aunque era la primera vez que lo veía. Quizá porque me hacía ilusión tenerlo cerca, si íbamos a morir cuantos más fuéramos mejor.
Beatriz se puso de pie y se acercó a los setos.
—Oye, guapa, que jhsjhsjsh  hisuytscc, hhskoouuvc. ¡Bczxtrsdw! ¡Ja, ja, ja, ja! Gfswqqsn, xxvpñklçvbn, ¡fghbn!
—¡Ja, ja, ja, ja! —Bea.
—¡Ja, ja, ja, ja! —Almu.
—¿Ca’dicho?, ¿ca’dicho?, ¿ca’dicho? —Yo.
—Nada, misterio resuelto, que jhsjhsjsh  hisuytscc, hhskoouuvc. ¡Bczxtrsdw! Gfswqqsn, xxvpñklçvbn, ¡fghbn!
Y os prometo que me concentré en escuchar a Almudena como nunca, pero quién puede negarse a Jake Gyllenhaal.

11 jun 2020

Óscar Geller

Girl on cliff de Rockwell Kent


—Nunca me había fijado en lo mucho que te pareces a Chandler —dije.
—Chandler, ¿el de Friends? —preguntó Óscar. Asentí desde la butaca de enfrente—. Nunca me lo habían dicho.
—Pero en viejo, claro. Aunque supongo que tienes más de Ross.
—Ross, ¿el de Friends?
—Ross el de Friends.  
—¿Por algo en especial?
—Porque es paleontólogo.
—Ajá. Yo soy psicólogo.
—Lo sé, pero podrías haber sido paleontólogo y podrías haber sido Ross. —Sonreí. Después miré por la ventana de su despacho—. Es terrible que la única ventana de la habitación esté enrejada. Nos hace más locos.
—Es un chalé, toda la primera planta tiene rejas, por seguridad. Nada tiene que ver con mis clientes.
No me gustaba que se refiriera a mí como cliente. Siempre he preferido paciente, porque nunca he dejado de sentirme enferma.
—¿Cuándo vas a mudarte al centro de la ciudad? Venir hasta aquí atenta contra mi salud física, la mental ya la tengo destrozada.
—Me gusta este lugar.
—Óscar, llevo viniendo 10 años, creo que deberías tener alguna consideración conmigo. Qué sé yo, por ejemplo, tener nuestros encuentros en una cafetería del centro o no cobrarme las sesiones si se hacen aquí. Ya que soy clienta, propongo ser clienta Vip. Mis años contigo lo merecen.
—Elvira, el dinero nunca ha sido un impedimento para vernos, eres bienvenida siempre. Pagues o no. Y si consideras que hoy no debes pagarme, no lo hagas, está bien, no es un problema porque me gusta tenerte aquí.
—Sabes cómo hacer sentir mal a las personas, ¿verdad?
—Soy psicólogo.
—Ah, ¿sí?, pensaba que eras paleontólogo.
—No, pero podría serlo. —Sonrió y cruzando las manos sobre sus piernas respiró fuertemente.
Nos quedamos en silencio. A veces pasaba. Ocurría cuando me evadía, cuando mi cabeza buscaba algún pensamiento con el que entretenerse porque los silencios con Óscar siempre eran agradables. Me imaginé a sus diferentes pacientes/clientes merodeando por su despacho. Como hacen en las películas que se levantan, se acercan a la estantería y repasan con el dedo índice los lomos de los libros y dicen algo así: Vaya, Moby Dick: ‘No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están’. Después se vuelven a sentar comentando que siempre quisieron ser cazadores de ballenas.
—Nunca he podido terminar de leer Moby Dick.
—¿Perdona? —Así reaccionaba Óscar siempre que rompía el silencio con un pensamiento extraviado en la mano.
—Herman Melville y su ballena. Mucha agua, mucho cachalote y mucha polla —Óscar se rio, creo que no se esperaba aquello—. Ayer, en cambio, terminé un libro delicioso. El duelo de Elías Gro. Una lectura para amasar la tristeza con mimo y deleite. La historia me dio una idea. Es posible que abandone la ciudad y me pierda en una cabaña en medio de las montañas, allá, en ninguna parte para dejarme morir rodeada de nada.
—¿Te gustaría?
—Me gustaría irme, sí.
—¿Irte?
—Sí, irme.
—¿Qué es lo que no te gusta de estar aquí?
—Tus rejas. —Él sonrió con los labios apretados.
—¿Cómo morirías?
—Me metería piedras en los bolsillos de mi abrigo y me hundiría en el río Ouse.
—¿El río Ouse pasaría cerca de tu cabaña?
—Sí, muy cerca.
—¿Y después?
—Después abriría los ojos y lamentaría haberme dormido en el sofá de mi buhardilla del centro de Madrid. Lejos de la cabaña y lejos del río. Supongo que no es fácil hacer lo que hizo ella. Es más sencillo quedarse dormida y dejar que los días pasen, ¿verdad?
—¿Te gustaría que los días dejaran de pasar?
Miré de nuevo a la ventana enrejada.
—Y, ¿tú?, ¿has leído Moby Dick? —pregunté.
—Lo leí hace años, sí.
—Sí, me gustaría que los días dejaran de pasar. —Agaché la cabeza y observé mis parisinas plateadas—. Son muy horteras, ¿verdad?
—¿Perdona?
—Mis zapatos. Son horteras.
—A mí me gustan, me gustan mucho.
—¿En serio? Eres muy raro.
—Soy paleontólogo.