19 jul 2019

Metas sin carreras


Running de Javier Avi

—¿Pero cómo narices te has metido esto? —preguntó Joan intentando sacarle un sujetador deportivo a Elvira que empezaba a cortarle la respiración.
Era julio y después de comer en el Vips de la Gran Vía de Madrid, se acercaron a Decathlon. Elvira lo tenía claro, iba a correr sí o sí y para ello debía ir mona, porque a su lado estaría Verónica. Así que en el probador llevaban 10 minutos largos con el dichoso sujetador constrictor. A Joan le empezó a entrar la risa, y es que Elvira estaba desnuda de cintura  para arriba con una especie de cinta opresora anclada al cuello y a uno de los hombros, repitiendo sin cesar “sácamelo, sácamelo, sácamelo”, pero por más que Joan tirara de aquello, no salía. Borracha de desesperación, Elvira se contagió de la risa de su novio, siempre les pasaba lo mismo, era oírse el uno al otro y empezar la catástrofe, así que terminaron en el suelo con sendos ataques de risa y con el sujetador sin poder ser desencajado. Las escenas de los vestuarios en las películas distaban bastante de aquel bodegón bizarro, desde luego.
Al día siguiente, Elvira entró en el gimnasio. Allí un chico joven le mostró el camino hasta una pequeña sala acristalada, con un alargado banco en la parte de atrás y una pizarra blanca en la de delante.
—Pablo te va a encantar, ya verás. Le comentas a él exactamente qué tipo de entrenamiento quieres. Estás en buenas manos.
—Gracias —contestó con cierta emoción.
Se despidieron y ella se sentó en el banco. En unos minutos llegó Pablo. Cuarenta y pocos, muy alto y fibroso. Con energía extendió la mano a Elvira quien, al levantarse como un resorte, le correspondió.
—Cuéntame un poco, chica.
¿Chica? 42 años y ¿chica? Elvira se molestó. Ni chica ni guapa ni cariño. Elvira. Tensó el cuello y prefirió no corregirle, estaban en un gimnasio, qué más daría, ¿no?
—Se trata de una maratón.
—Entiendo.
—En noviembre. En China, porque yo vivo allí durante el año. 10 km. Nunca he corrido.
—Entiendo. ¿Deportes?
—Gimnasia rítmica y ballet clásico hasta los 22 años.
—Entiendo. ¿Y después?
—Vida sedentaria absoluta.
—Entiendo. ¿Y por qué una maratón?
Porque Elvira se había enamorado de su compañera de departamento de la Universidad en China, ni más ni menos. Verónica se había convertido en el ser más extraordinario que jamás había conocido. Y todo porque un día, tras cenar juntas en su casa, se enteró de que la tesis doctoral de su compañera estaba redactada en chino.
—¿En chino?
—Me muero de la risa con las caras que pones, Elvi, eres mortal.
—¡¿Pero escribiste toda la tesis en chino?! —insistía ella.
—Sí, en chino.
—Creo que me acabo de enamorar…
Y no lo dijo en un sentido figurativo. Elvira se enamoró profundamente de su compañera, la amaba, no creía que hubiera nadie tan inteligente, tan hermoso y con tanto sentido del humor, era simplemente perfecta. Así que un día Verónica le propuso que para el próximo semestre deberían participar en la maratón de la ciudad, que los chicos siempre lo hacían y que creía que con un poco de preparación podrían hacer por lo menos 10 km juntas.
Juntas
Sí, en la cabeza de Elvira el concepto de maratón se tradujo a pasar más tiempo al lado a Verónica entrenando u organizando detalles para el día. Por lo tanto no lo dudó y aceptó el reto. Quedaron en comenzar a prepararse por separado, durante las vacaciones de verano, en España y en septiembre, al regresar a China, elaborarían un estricto horario de entrenamiento.
—¿Una maratón? ¿Tú? —preguntó Joan mientras le goteaba la hamburguesa en su plato del Vips.
—Sí, una maratón.
—No te habrás enamorado en China de un tío que corre maratones, ¿no?
—No, no es un tío, es una tía.
—Ah. —Y pegó un buen mordisco a la hamburguesa.
—Porque quiero superarme —mintió finalmente Elvira a Pablo.
—Entiendo.
Pablo tomó un rotulador y se colocó frente a la pizarra.
—Dime cuáles son tus metas en la vida.
—¿Perdón? —respondió ella descolocada.
—Mira, todos necesitamos organizar nuestra vida en metas para darle un significado.
Lentamente Elvira se volvió a sentar en el banco, supuso que aquello iba para largo, porque ella defendía el sinsentido vital, otorgarle significado a la vida era como pintarle rayas a un caballo blanco para que pareciera una cebra, de eso iba su tesis, aunque no estuviera escrita en chino.
—No tengo metas —dijo.
—Entiendo. Necesitas metas para poder correr una maratón.
Elvira agachó la cabeza y examinó sus mallas. Estaba impecablemente bien equipada. Sonrió recordando el momento del probador.
—Chica, mira, si no te lo tomas en serio me temo que yo no te puedo ayudar.
Entiendo —dijo ella mirándolo fijamente. Esperó un rato en silencio, después agradeció su tiempo, se levantó y se fue.
Quince minutos más tarde, estaba entrando en casa con un “ya estoy aquííííííí…”. Se quitó las zapatillas de deporte y se tumbó en el sofá. Joan, que estaba en su mesa de dibujo, la miró y, tras dejarle un tiempo para que se acomodara, le preguntó:
—¿Qué haces aquí, amor?
—El gimnasio no es para mí, y además... igual Verónica no me gusta tanto.
Joan se rió aunque prefirió que su novia no se diera cuenta porque seguía preocupado por ella, era una mujer de momentos y sabía que aquel no era uno especialmente bueno.
—Ya… Y, no sé, ¿ahora necesitas algo…?
Elvira lo miró y después de una pequeña pausa contestó sin dudar.
—Hombre, si me ayudas a quitarme este sujetador yo te lo agradezco.


20 jun 2019

De Kashgar a Tashkurgan



Lago Karakul, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo

—No pasar, no carretera, coche no pasar —dijo el hombre en un macarrónico inglés. Sujetaba el volante con ambas manos y me miraba esperando que le diera el visto bueno para darnos la vuelta y regresar a Kashgar pero no lo hice.
Era finales de septiembre de 2014, mi madre había muerto hacía tres meses. Nunca tuvo un especial aprecio por la vida, así que sabía que moriría joven, lo que era difícil de imaginar fue la forma tan cruel de hacerlo. Cuando mi hermano me llamó para decirme que ya había muerto, pensaba que el alivio no tardaría en llegarme, pensaba que ya había pasado todo, que se había acabado, pero pronto descubrí que aquello no había hecho más que empezar. Que el dolor y una pegajosa culpa no se irían jamás.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
—A Pakistán —dije. Señalé la carretera desde el asiento del copiloto y añadí—: 400 yuanes por llegar a Tashkurgan.
Voy a recorrerme Xinjiang, dije a Joan mes y medio antes, mientras nos tomábamos una caña en un céntrico barrio de Madrid. Pensé que meter 4 camisetas , 7 bragas, 2 pantalones y la Lonely Planet en una mochila y perderme en la provincia más desconocida de China me ayudaría a enmascarar algo del agotamiento anímico que llevaba arrastrando los últimos meses. Claro, amor, ve y disfruta, contestó Joan sabiendo que no era una buena idea.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
El hombre chasqueó la lengua y con desánimo puso en marcha el motor. Esperó un momento y arrancó. Me señaló con el dedo y dijo algo en uigur, estaba muy enfadado, mucho. Sonreí. Estábamos en la carretera de Karakórum, la única carretera que conectaba China con Pakistán, exactamente Kashgar con Islamabad, casi 1.400 km de una peculiar ruta. Todas las guías se referían a ella como una de las vías más famosas del mundo por tres razones: por ser la carretera internacional más alta del mundo, por pertenecer a la ruta de la seda y por tener una enorme belleza paisajística. Lo que perecían obviar todos aquellos libros viajeros era la descripción de las condiciones de dicha carretera, carretera que era inexistente en varios tramos.
—¡No, no, no, no! ¡No viajes por carretera Karakórum! ¡Gobierno prohíbe extranjeros, no viajes turistas, peligroso, no viajes ya! —me explicó con aspavientos el gerente del albergue en el que me hospedaba desde hacía dos días en Kashgar.
Yo le señalé mi Lonely Planet que para mí era la biblia.
—Aquí dice que sí, que se puede llegar a la frontera con Pakistán, a Tashkurgan, ¡no son ni 400 km!
—¡No, no!
—¡Aquí dice que sí!
—¡No!
—Mierda pa’ti… —dije en español y entre dientes. Y derrotada salí de su oficina arrastrando las chanclas.
Hostel Kashgar, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Pasé aquella tarde en el patio del albergue. Un grupo de italianos me desaconsejó la idea también, lo habían intentado el día anterior con un coche particular y a los 100 km se dieron la vuelta. Un noruego me recomendó que insistiera, que en China todo era cuestión de dinero, pero que estaba convencido de que aquella carretera no era tal como la pintaban, que él no arriesgaría su vida. ¿Arriesgar la vida? Me reí.
Miré al frente, el terreno era arenoso, llevábamos por lo menos 50 km de tramo sin asfaltar. La vía zigzagueaba por entre impresionantes surcos montañosos. El hombre conducía despacio por si nos encontrábamos con un coche de frente, ambos vehículos no cabrían a lo ancho de la carretera, y a un lado teníamos montaña rocosa, pero al otro el vacío. Y no fue un coche sino un camión cargando piedras lo que vimos que se acercaba surcando la montaña, en menos de 3 minutos lo tendríamos de frente. Aguanté la respiración y me llevé las dos manos a la tripa, me la aplasté con todas mis fuerzas, apreté los labios y cerré los ojos, iba a morir.
—¡Chica! —gritó el gerente del albergue que con una seña me pidió que me acercara.
Me despedí del grupo de chicos del patio y al llegar a su oficina me pidió que saliéramos fuera porque era más conveniente. Allí, en la calle, me presentó a un hombre que al igual que él era de la etnia uigur no han.
—Él mi amigo, hermano, amigo —dijo—. Él lleva tú mañana a Tashkurgan. Con coche.
—¡Gracias! —Estaba entusiasmada.
 —Bien. 320 km, 400 yuanes ¿sí?
—Sí.
—¿Problemas con carretera? Más yuanes, ¿sí?
—Sí. —¡Claro que sí, lost to the river!
Y yo y mi infinita inconsciencia nos fuimos a dormir. Al día siguiente a las 07:20 de la mañana el gerente del albergue me esperaba en la calle con su moto. Me llevó hasta las afueras de Kashgar, allí paramos en el arcén de la autovía y esperamos un rato. Pronto se paró delante de nosotros una pequeña furgoneta sin morro, de tan solo 5 plazas. Se bajó el amigo-hermano del gerente, se saludaron y después me miraron si decir nada. Asentí, abrí el bolsillo central de la pequeña mochila que traía conmigo y saqué la cartera. Extendí a modo de árbol los 4 billetes de 100 yuanes. Los cogió el gerente, los contó y después se los dio a su amigo-hermano. Este los guardó en su cartera, y me hizo un gesto de subir al coche-furgoneta. El gerente alzó la mano, supongo que sería su forma de despedirse. Ambos hombres hablaron algo más de rato. Desde mi asiento los veía mientras me preguntaba a dónde iba yo exactamente.
El coche paró, abrí los ojos y encontré el camión frente a nosotros también parado. El hombre se frotó la cara con las manos, suspiró y salió del coche. Del camión bajaron tres hombres. Los tres me miraron con curiosidad. Hablaron con el hombre, parecían discutir. Alzaban las manos hacia diferentes direcciones, supongo que dirían: el coche aquí, no, mejor aquí, no, allí, el barranco, piedras, vacío, muerte. Muerte. Y llegó la imagen de mi madre atada a la cama de aquel hospital.
 —¡Salir coche! —me gritó el hombre asomado a la ventanilla del piloto.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Sobresaltada abandoné el hospital y salí del vehículo. Me pegué junto a la pared de la montaña. El hombre subió al coche y echó marcha atrás unos 20 metros, era un tramo recto y parecía que la inclinación hacia el barranco no era tan abrupta, el coche si no se resbalaba por la gravilla podría mantenerse allí hasta que pasara el camión, si no se resbalaba, claro. El camión avanzó lentamente y vi que el hombre no salía del coche, ya lo había estacionado por qué no se bajaba, ¡maldito imbécil! Y, entonces, me di cuenta de que no tenía manera de hacerlo, que quizá podría salir por la puerta del copiloto pero después, para subirse, cuanto menos se moviera el automóvil mejor. 
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Me llevé las manos al cuello y me giré, prefería no verlo, era cobarde, siempre lo había sido, mirar para otro lado se me daba mucho mejor. No sé cuándo mi madre empezó a decir cosas inconexas, no sé cuándo su cabeza dibujó otra realidad, tampoco sé cuándo dejó de comer, solo sé que para entonces yo ya estaba mirando para otro lado. Me acuclillé en la carretera y con rabia clavé las uñas en el suelo arenoso y de las entrañas me salió un gemido contenido. Contenido. Como siempre.
—¿Lo llevas todo?
—Sí —contesté a Joan antes de salir de casa. No quería que me acompañara al aeropuerto, porque para qué, nunca hemos sido de grandes despedidas—. Enseguida estoy de vuelta, 22 días pasan volando.
—Disfruta y no hables con desconocidos.
—¿Pues tú me dirás cómo lo voy a hacer si pretendo cruzar todo Xinjiang en 20 días y no conozco a nadie allí?
—Ah, amiga, ese es tu problema no el mío.
Me hizo reír. Lo abracé y en silencio le agradecí que no me dijera que aquello era una locura, que el dolor no se cura empaquetándolo en una mochila, que me quisiera tan libre y que me dejara amarlo sin decírselo, contenida.
El coche pitó frente a mí. Me levanté del suelo, me sacudí las manos sobre los pantalones y entré. Al sentarme en el asiento del copiloto tuve vergüenza de mirar al hombre. Por mi irresponsabilidad había estado a punto de perder la vida. Yo quería llegar a la frontera con Pakistán y era capaz de cualquier cosa.
—Lo siento —dije.
—Más yuanes. ¿Problemas? Más yuanes.
—Sí, más yuanes —contesté—. Lo siento —repetí esta vez mirándolo, él asintió.
La siguiente hora fue más o menos tranquila, los 320 km no se irían a recorrer en 4 ó 5 horas sino más bien en 8 ó 9. Las condiciones de la carretera hacían que no superásemos los 40 km/h en la mayoría de los tramos. Saqué de mi mochila dos manzanas, una se la ofrecí al hombre.
—¿Manzana?
La rechazó con vehemencia.
—¿Pín guo? —le pregunté esta vez en chino.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
El hombre se rio y me corrigió los tonos, después la tomó y me dio las gracias. Me hizo sentir un poco menos mal. Pero solo un poco.
Mientras nos comíamos nuestras respectivas manzanas yo iba enumerando palabras en chino, aquellas que me acordaba de cuando vivía en el norte de China. Amigo, fideos, profesor, dinero, libro, casa, y así. El hombre cuando me entendía me corregía el tono y cuando no, sacudía la mano enérgicamente y yo pasaba a la siguiente. Creo que fue cuando pronuncié la palabra “universidad” que el coche paró en seco. Con el golpe, la manzana se me atragantó. Comencé a toser y el coche inició la marcha atrás rápidamente. Nerviosa atiné a coger mi mochila y sacar el agua, no entendía qué pasaba, hasta que vi la polvareda que venía hacia nosotros. La polvareda cesó, el coche se detuvo y yo con cuidado bebí algo de agua, dejé de toser. Salimos del vehículo y lo vimos. El desprendimiento de rocas no había sido grande pero sí lo suficiente para bloquear la carretera. El hombre se quitó su chaqueta, la dejó en su asiento y se acercó a la montaña de piedras en el camino.  Y empezó a quitarlas una a una.
—¿Es broma? —grité desde el coche.
Carretera Karakorum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Pero el hombre no paraba, y una y luego otra y otra y otra y otra. Me vino a la cabeza el proverbio chino: “Un viaje de diez mil kilómetros empieza por un solo paso” o por una sola piedra, pensé. Me reí, salí del coche, me arremangué el jersey y comencé a quitar piedras. Lo cierto es que cada vez que oíamos un ruido salíamos corriendo por miedo a un nuevo desprendimiento. Después yo esperaba su señal, porque a veces corríamos en direcciones opuestas, y regresábamos a la montaña de piedras y continuábamos con la labor. Al principio con los ruidos salía con verdadero miedo, en línea recta sin pensar en nada, ¡corre!, pero a partir de la quinta vez me entraba la risa, sobre todo porque a veces me llevaba conmigo una pesada piedra y no podía parecer más ridícula. Entre una cosa y otra tardamos casi una hora en despejar el camino. Cuando lo hicimos, el hombre no me dejó subir al coche, me pidió que lo esperara al otro lado, él corrió con todo el riesgo.
—¿Más yuanes? —pregunté ya una vez dentro.
—Más yuanes.
Y los dos nos reímos.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Pasadas casi tres horas, el estrecho camino de gravilla, serpenteante entre montañas, se convirtió en una carretera semi-asfaltada entre la inmensidad de hermosos lagos a la derecha e infinitas cordilleras montañosas a la izquierda, aquello no podía ser más fastuoso. Bajé la ventanilla y respiré el aire húmedo, el hombre me miró y yo le sonreí.
—¿Foto? Lago Karakul. ¿Foto? —preguntó señalando el impresionante lago que teníamos a poco más de 300 metros.
—Sí, paramos, quiero tomar fotos.
Lago Karakul, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Paramos y bajé del coche con la cámara al cuello. Me acerqué a la orilla del lago. Me acuclillé y toqué el agua con las manos. Quizá fue el frescor o la belleza del lugar o superar la tensión de las últimas 7 horas, la cosa es que fue sumergir las manos en el agua y comenzar a llorar. Vi los ojos azules de mi madre fijos en mí, mamá, soy yo, le decía, no te oye, cariño, no te oye, me decían. ¿Cuándo dejaste de oírnos, mamá?, ¿cuándo te fuiste? Saqué las manos del agua y me las llevé a la cara, sentí el frío en las mejillas, me tranquilicé. Me levanté y tomé fotos del lugar que era  espectacular. Al poco tiempo llegó un grupo de hombres tayikos en moto y a caballo. Los observé desde lo alto de una pequeña colina donde habían levantado dos yurtas. Aquel paraje era un regalo. Después de media hora larga regresé al coche, allí, apoyado en él, estaba el hombre fumando un cigarro. Con paciencia y en su medio inglés-chino-uigur me explicó que era tarde, que no quería recorrer el camino de vuelta de noche porque la carretera no estaba iluminada y todas las dificultadas que nos habíamos encontrado al venir se multiplicarían al volver. Así que me propuso llegar a Tashkurgan y hacer noche allí, salir a Kashgar al día siguiente. Estuve completamente de acuerdo, creo que mi cupo de irresponsabilidad estaba cubierto hasta la fecha.
Al llegar a Tashkurgan, el hombre fue directo a un albergue, parece ser que también era de otro amigo-hermano suyo.  Nos ofrecieron para cenar una sopa con carne y cebolla y una especie de donuts duro, que cuando me lo llevé a la boca y le di un mordisco metí un grito de dolor porque aquello estaba más duro que una piedra, todos los que compartían la cena allí sentados, en las alfombras del suelo, se rieron. El hombre me mostró que debía meterlo en la sopa y luego, cuando ya estuviera blandito, comerlo. Lo cierto es que no recuerdo si la sopa estaba buena o mala o si el donuts terminó reblandeciéndose o no, solo que tenía tantísima hambre que en mi cuenco no quedó nada. La velada fue agradable, todos parecían conocer al hombre del coche y llegaron muchos de fuera a saludarlo. El saloncito donde habíamos cenado, se empezó a llenar de gente, todos eran uigur, así que comenzamos a colocarnos más apretaditos en el suelo para que cupiéramos todos. Hablaban animadamente, a veces parecían muy enfadados pero luego se reían a carcajadas. Yo no entendía nada pero les sonreía a todos, porque me gustaba estar allí, sentada en el suelo, sobre un cojín de fuertes colores, mirándolos y reconociéndome minúscula en un mundo inmenso. Cerré los ojos y vi a mi madre también en la sala, sentada sobre otro cojín, atusándose el pelo presumidamente como solo ella lo sabía hacer. Al rato, los abrí y alguien me dio un vasito rojo lleno de té, lo cogí y brindé aunque sin saber muy bien por qué.



Nota: Por favor, no utilices las fotografías sin mi permiso.


13 abr 2019

Tormento


Elefante-jirafa de Salvador Dalí

Elvira se levantó a las 6:30. Aquella ciudad de China parecía que se había despertado con una espesa niebla. Era mediados de abril pero el invierno no había tomado la determinación de irse y la primavera pensó que allí, de momento, estaba de más.
Tras ducharse, Elvira se enroscó la toalla al cuerpo e hizo café. Con la mirada perdida a través del enorme ventanal de la cocina, pensó si hoy podría ponerse la falda por fin. No, descartó mentalmente. Se pondría los pantalones con la camiseta negra y el jersey de punto granate. Dejó el vaso en el fregadero y fue a su habitación. Abrió el armario. Al principio no se dio cuenta pero cuando intentó correr las perchas hacia la derecha comprobó que no podía, algo le hacía tope. Miró el fondo del armario y no vio nada. Lo intentó de nuevo pero fue imposible, las perchas no se movieron ni un centímetro. Optó, entonces, por abrir primero los cajones y sacar la camiseta de uno y el jersey de otro. Una vez que los hubo tirado sobre la cama, se dispuso a buscar otra vez sus pantalones. Sin embargo por más fuerza que hacía, las perchas se mantenían inmóviles. Estiró una mano hacia la zona oscura del armario y notó una superficie rugosa. Extrañada sacó la mano, se acarició los dedos intentando descifrar qué es lo que había palpado y repitió el proceso. Esta vez pudo adivinar que se trataba de una masa bastante grande, tan grande como para ocupar todo el fondo del armario, y áspera, áspera o rugosa, no sabría precisar. Finalmente se decantó por la falda que también la tenía guardada en los cajones y decidió no darle más importancia al asunto.
Esa misma noche desde la cama oyó un ruido. Se dio la vuelta y vio como la puerta del armario se abría poco a poco. Encendió la luz de la mesilla y se incorporó. Del hueco de la puerta parecía salir lo que era la trompa de una bestia: gris, larga y rugosa. Se levantó. Abrió el armario de par en par pero no pudo ver nada. Tan solo la oscuridad que caracterizaba al fondo del armario. Estiró la mano y palpó la negrura, ahí estaba, nuevamente, esa masa  áspera. Esta vez, además escuchó como una especie de rugido.
―¿Qué eres? ¿Por qué estás en mi armario?
Silencio.
A la mañana siguiente, el invierno seguía siendo la estación estrella de abril y Elvira, con la toalla enroscada al cuerpo, bebía su café en la cocina repitiendo en bucle el rugido que había escuchado anoche.
Llegó a la habitación. Con decisión abrió el armario y la vio allí sentada. Bajo las perchas. Podía ver aquella masa claramente, con sus partes poco definidas pero diferenciadas, su color y textura, estaba allí, en su armario. Lo cerró con cierta brusquedad y llamó a su compañera de trabajo Verónica, que al mismo tiempo era su vecina de puerta de al lado. Verónica llegó en 5 minutos, Elvira la hizo pasar hasta la habitación donde se sentaron en la cama.
―¿Estás preparada? ―le preguntó Elvira.
―Sí, abre.
Elvira se levantó, abrió las puertas del armario y con lentitud se volvió a sentar junto a su amiga.
―¿Lo ves?
―Sí… ―respondió Verónica.
―¿Qué es?
―No estoy segura ―contestó su vecina―. ¿Por qué no llamas a los de mantenimiento del edificio?, quizá ellos puedan ayudarte.
Elvira estuvo de acuerdo con la idea y pidió a su amiga que le ayudara a comunicarse con ellos porque tan solo hablaban chino. Así que en poco más de 15 minutos llegaron dos hombres vestidos con pantalones y chaquetas azules. Uno llevaba en la mano un destornillador y el otro un cable. Verónica les explicó el problema. Elvira, que seguía con la toalla enroscada al cuerpo, les mostró el camino. Allí, los dos hombres inspeccionaron el armario y dijeron no ver nada.
―Al fondo, muy al fondo, hay que fijarse bien ―anotó Verónica en chino.
Uno de ellos pareció encontrar algo. Empujó a su compañero y este, dejando el destornillador en la mesilla, puso casi medio cuerpo dentro del armario. Después acordaron algo entre ellos, cerraron las puertas y se dirigieron a Verónica en chino. Sin más se fueron.
―Pero ¿qué han dicho?
Verónica se sentó en la cama e hizo un gesto a Elvira para que hiciera lo mismo.
―Dicen que es un elefante.
―¿Un elefante?
―Sí, dicen que es muy probable que te lo trajeras de España, quizá en la maleta, sin darte cuenta. Dicen que seguro que no es chino, chino no es.
―No recuerdo haberlo traído.
―Bueno, no le des más vueltas, Elvi, no es más que un elefante, todos tenemos uno tarde o temprano.
Elvira la miraba intentando entender la situación.
―Pero, ¿cómo es posible que no lo haya visto hasta hoy?
―Uy, hay gente que no lo ve nunca. ―Y levantó los hombros―. En fin, ¿tienes clase a las 8:30?
―Sí…
―Vale, pues date prisa que andas muy justa, nos vemos allí, ¿vale?
Elvira la vio salir desde el pasillo. Después regresó a la habitación y abrió ambas puertas del armario. El elefante, sentado sobre las toallas, la miró, ella lo miró a él y así, con enorme temor, comenzó el primero de sus días más tristes.


31 mar 2019

China, maravilloso teatro


Ópera gatuna por Javi Avi

Me desperté a las 5:30 de la mañana y no por vicio precisamente. Vivir en el este de China significaba no que clareciera sobre las 5, sino que el sol ya estaba descojonándose con fuerza de todos nosotros a esas horas. Calenté agua en el termo que me había regalado Verónica, vecina y compañera del departamento, porque lo habitual cuando llegaba un profesor nuevo al campus era abastecerlo, para que fuera tirando, con lo que entre unos y otros se había ido acumulando y sobrando. En mi caso, Verónica y Rober me dieron la bienvenida con dos platos, tres cucharillas, un tenedor, un cuchillo, un túper, una sartén pequeña, un secador y el termo. Vertí el agua caliente en el vaso y disolví el café instantáneo, todavía no había encontrado un supermercado donde vendieran café molido. Rober ya me había dicho que en el centro de la ciudad había uno con productos extranjeros, pero bajar a la ciudad desde el campus suponía una hora y media de bus y, sinceramente, por el momento no había encontrado el día oportuno para semejante expedición. Salí a uno de los balcones que tenía mi apartamento a beberme el café. Las vistas no eran ninguna maravilla. Edificios del campus, más edificios del campus y algún que otro edificio del campus. Sin embargo, a la derecha, allá a lo lejos podía ver el mar, y con ese poquito me conformaba. “Sí, muy bien, tengo vistas al mar”, dije a mi hermano la primera vez que me llamó. Mentira lo que desde dice mentira no era, ¿no?, y es que, aunque hubiéramos pasado de los 40, el ‘y yo más’ seguía siendo nuestro juego favorito.
Pensé en Joan, pensé en nuestro gato Tomás, pensé en mi ex universidad de Madrid, pensé en mis ex compañeras, pensé en mi tesis sobre teatro, pensé en las vueltas que da la vida y pensé si debía depilarme el bigote hoy o mejor dejarlo para el fin de semana. Sí, levantándote a las 5:30 de la mañana puedes arreglar el mundo aunque sea con café instantáneo.
Me metí en la ducha casi una hora más tarde. Dejé esperar el tiempo suficiente para que el agua saliera caliente, pero aquello no dejaba de estar congelado. Después de tres ‘joder’ y un ‘me cago en la mierda del chocho-ano’, cogí mi móvil y mandé un mensaje de voz al grupo de profes y, a su vez, vecinos.
―No me lo creo, ¡¿no hay agua caliente?!
El primero en contestar fue Rober también con un audio.
―A ver, mendruga, no hay hasta el día 23, están de obras. Hay una notificación en el portal.
―¡¡¡¿Te refieres al papel pegado en la puerta que está en chinoooo?!!!
Rober y Verónica hablaban chino perfectamente. Verónica se había especializado en Lingüística Aplicada tanto de la enseñanza del chino como del español, y Rober, a pesar de haber hecho la tesis sobre cultura china, se había decantado finalmente por la Literatura Hispanoamericana.
―¡¡¡Pero no me chilles!!!
―¡¡¡Rober, no te estoy chillando!!!
―¡¡¡Pero si te estoy oyendo a través de la pared, mequetrefe!!!
Me dio tal ataque de risa que tuve que apoyarme en la lavadora (sí, tengo la lavadora dentro de la ducha, pero eso se merece otro relato). También oí reírse a Vero. Y es que compartíamos tabiques, porque los tres vivíamos en el sexto piso del bloque 4, bloques reservados únicamente a profesores extranjeros. Rober ocupaba el apartamento 1, yo el 2 y Vero el 3. Así que oírles a ambos en estéreo estaba siendo lo mejor de aquella mañana.
Después de una refrescante ducha, salí de casa con el tiempo suficiente para pasarme por el despacho de la decana antes de empezar con las clases. Me había citado. Y debo reconocer que andaba bastante nerviosa. Hacía tan solo 4 semanas que había llegado a trabajar a la Universidad y no consideraba que mis clases estuvieran dando problemas, aun así me inquietaba que quisiera comentarme algo. Toqué a la puerta de su despacho.
―¿Profesora Wang? ―pregunté con timidez. Oí algo en chino desde el otro lado así que abrí la puerta y entré.
―Oh, Elvira.
La Decana Wang se levantó de su escritorio al fondo de la habitación y se acercó a la puerta, me estrechó la mano con las dos suyas y me invitó a sentarme en el sofá. No sabría calcularle la edad, con los chinos es difícil, pero supongo que estaría cerca de los 60, no tanto por su aspecto sino por su larga trayectoria como hispanista.
―¿Te estás adaptando bien, Elvira?
―Sí, muy bien, no hay ningún problema.
―Bueno, tú además ya habías vivido en China, así que es un punto a tu favor.
―Sí, lo es.
―Me alegro. ¿Y las clases?
―¿Las clases? ―Necesitaba tiempo para pensar. Tragué saliva―. ¿Las clases en su conjunto o… o… las clases, así, una por una?
―Sí, los estudiantes comentan que eres muy divertida y veo que es cierto ―dijo riéndose tapándose la boca con la mano. Yo también me reí aunque sin entender por qué y mostrando toda mi dentadura cual caballo―. Bien, hay algo que debo comentarte.
―Comprendo ―contesté inquietándome otra vez.
―¿Conoces al Profesor Huang?
―No ―contesté con cierta vergüenza.
―Bien, el Profesor Huang es el decano de la facultad de japonés.
―Oh.
―Y sabes que esta Universidad es reconocida por tener la mejor facultad de japonés no de China, sino del mundo.
―Oh, del mundo…
―Bien. Hace años, el Profesor Huang levantó el grupo de teatro de su facultad. Y ha cosechado muchos éxitos. ¿Conoces Talent Show?
―No. ―En realidad me vino a la cabeza Risto Mejide, pero seguro que no iba por ahí la cosa.
―Bien, es un programa de televisión con mucha repercusión en el país y lo ganaron en 2010, 2014 y 2016, gracias a sus representaciones.
―Oh.
Creo que el trabajo del Profesor Huang es admirable, porque no solamente incorpora nuevas técnicas de enseñanza de la lengua japonesa, sino que además sabe promocionar la facultad a nivel nacional.
―Oh, sí, es maravilloso…
―Bien, por eso Elvira, hemos pensado que la facultad de español debería abrir su propio grupo de teatro, es muy conveniente, y queríamos saber tu opinión.
―¡Uy! ¡Pues me parece una idea genial!, no veo mejor manera para incentivar a los chicos.
―¿De verdad? Qué alegría tan enorme, muchísimas gracias. ―La Decana Wang se levantó y fue a su mesa, cogió unos papeles y me los entregó con ambas manos―. Bien, tienes 32 estudiantes matriculados en el Taller de Teatro, empiezas la próxima semana.
―¿Perdón? ¿Yo?
―Claro, Elvira, estamos muy contentos de tenerte en esta Universidad habiéndote especializado en teatro.
―¡Oh, no, no, no! ―Me reí―. ¡No, madre mía! Creo que está habiendo una confusión bastante grande. Lo siento pero yo no tengo ni idea de llevar un grupo de teatro. Mi especialidad son textos teatrales, literatura, y estoy muy contenta pero, de verdad, Profesora Wang, yo no sé cómo se monta una obra teatral, lo siento.
―Comprendo, no quieres hacerlo.
Utilizando aquel verbo, la Profesora Wang, muy amablemente, me había llevado al borde de un precipicio. La decisión era mía: un paso adelante o uno hacia atrás.
Reflexioné unos segundos, apreté los labios y finalmente contesté:
―Sí, sí quiero hacerlo. ―Y me alejé del vacío.
―Qué buena noticia, Elvira. Los alumnos van a estar muy contentos. Y además, no es importante, pero hoy voy a comer con el Profesor Huang y quiero decírselo.
Utilizando aquí el verbo, La Profesora Wang se había colocado el dorsal a la espalda y había tomado su posición en la pista de salida, la carrera estaba a punto de empezar.
Salí de su despacho con la lista de los estudiantes en la mano, la miré y suspiré. No tenía ni la menor idea de por dónde empezar. Y comprendí que el café instantáneo no era suficiente para arreglar el mundo, aquel mundo.

Continuará…



17 feb 2019

Despertares


Despertares de Javier Avi

A las 4 de la mañana eché a Joan de la cama. Quería dormir en diagonal. Siempre había dormido en diagonal y en ese momento me apetecía volverlo a hacer.
―No quepo ―dije.
―Mides un metro y medio… cabes perfectamente... ―contestó somnoliento, acariciándome la espalda como si fuera un bebé al que hubiera que tranquilizar a media noche.
―No, no quepo ―repetí.
Joan, resoplando cogió su almohada, se levantó y arrastrándose lo oí llegar al salón donde cayó peso muerto en el sofá. Yo, recuperando mi terreno, me expandí cual pulpo desperezándose. Al de unos minutos se subió Tomás, nuestro gato, a la cama y comenzó a hacerse un hueco apretándose junto a mi cadera.
―Tú, bicho, fuera, hoy la cama es solo mía.
El gato saltó al suelo no sin antes regalarme un zarpazo de los suyos.
Volví a abrir los ojos exactamente a las 8:47, según mi móvil. Me di la vuelta, miré al techo y me pregunté por qué seguía viva.
―¡¿Por qué?! ―grité y me incorporé en la cama suspirando.
―¿Por qué qué? ―preguntó Joan asomando la cabeza por la puerta de la habitación. Tenía un vaso de café en la mano y a Tomás en el hombro.
―¿Por qué no me he muerto ya…?
―Buenos días, mi dulce Fiona.
―¿Fiona? ¿Lo dices porque soy un ogro?
―No, amor, lo digo porque siempre te despiertas con ese tono verde de piel que tanto me enamora.
Me dio tal ataque de risa que caí de nuevo en la cama panza a arriba. Joan dejó el café en la mesilla y se unió a mis risas. Nos tiramos en la cama casi 20 minutos más intentando parar de reír pero era mirarnos y empezar de nuevo. Tomás nos observaba desde la mesilla, custodiando el café, y pensando que de entre todos los humanos había ido a caer a la casa de los más idiotas.
Ya en la cocina y después de haber desayunado, Joan dijo que se duchaba primero. Era domingo y queríamos aprovechar las primeras horas de la mañana para trastear tranquilamente por el barrio. Pero antes de entrar al baño, me abrazó.
―Te voy a echar de menos ―me dijo.
―¿Cuando me muera?
―Sí, cuando te mueras ―y se rio apretándome mucho más fuerte.
Lo cierto es que llevaba muerta mucho tiempo y por eso me marchaba.

Hacía seis meses me llegó la oferta de una universidad en el extranjero en la que valoraban principalmente mi especialidad en textos teatrales, y me propusieron un proyecto difícil de rechazar.
―Pero ¿a China? ―preguntó Joan un tanto incrédulo cuando le conté la llamada que acababa de recibir aquella tarde.
―Sí, a China.
―¿Eso te hace feliz?
―Mucho… ―y comencé a llorar porque no entendía cómo el ser tan feliz podía doler tanto.

Empezar una nueva vida sola a mis casi 42 años no era lo que había planeado. Tampoco marcharme cargando con una enfermedad crónica y degenerativa. Tampoco dejar al amor de mi vida junto a un gato vengativo. De hecho, creo que no había planeado nada porque nunca pensé que llegaría a los 42 años, siempre me había imaginado metiendo la cabeza en un horno mucho antes. Pero quién habría adivinado que el amor me ataría a esta vida, un amor al que ahora abandono para seguir estando viva.
Y allí, en la cocina, a una semana de irme, Joan me tenía sujeta por un poco más de tiempo.

12 feb 2019

El mal de Cósimo


Ilustración: 'Café literario' por Javier Avi

―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
Rebobinemos. A las 18:10 de la tarde del domingo pasado, los 5 miembros del club de lectura ‘El mal de Cósimo’ se sentaron en la mesa del fondo de una moderna cafetería en el centro de Malasaña. Pidieron tres cafés y dos tés y Elvira, además, quiso probar la tarta de zanahoria que terminaría compartiendo con Ángela, como siempre. Tras 20 minutos diciendo lo ocupadísimos que estaban todos con sus respectivas vidas, y lo mucho que se habían echado de menos, comenzó la tertulia literaria, no sin antes lanzar algunas recomendaciones:
―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
 Él, José. 34 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos verdes. Licenciado en Historia del Arte y terminando su tesis doctoral: “Traslación de la pintura a la literatura en la Europa de los siglos XII al XIV”. Ella, Marga. 38 años. En paro. Graduada en Magisterio. Obtuvo un 9,5 en su TFG, lo dice siempre que puede.
―Hombre, creo que Marga tiene razón, leer, lo que se dice leer no es.
Él, Luis María. 43 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos naranjas. Licenciado en Filología Inglesa. Dejó su tesis doctoral al comprobar que le pagaban casi el doble como dependiente que como profesor asociado en la Universidad Autónoma
―Ay, que me ahogo. ¡Agua!
Ella, Elvira. 41 años. Experta en atragantarse. Las multitareas nunca fueron lo suyo. Licenciada en Filología Hispánica. Su especialidad en textos teatrales le han llevado a practicar ante el espejo, desde hace años, su discurso para cuando gane el Premio Pulitzer por escribir la mejor Obra de Teatro. “Gracias”, dirá y lanzará un beso al aire, acompañado de un sobreactuado llanto. “Gracias, gracias, gracias”.
―Gracias.
―De nada, pero bebe despacio no te vaya volver a pasar.
Ella, Ángela. 44 años. Su tesis doctoral sobre la novela breve del Siglo de Oro le hizo un hueco como profesora asociada en la Universidad Complutense. No se casó ni quiso tener hijos para disfrutar de su libertad e independencia. Ahora con los 700€ brutos que gana al mes, vive compartiendo piso con 3 desconocidos.
―A ver, Luis María, no me vengas tú con esas, mi querido filólogo. Todos sabemos que la tradición oral fue vital en la conservación de la literatura antes del siglo XV, pero ahora los audiolibros están mal vistos ―explicó José algo exaltado. Después tomó aire e hizo amago de llevarse su taza de café a la boca, pero justo en el momento en el que sus labios la iban a tocar, la apartó y la volvió a dejar sobre la mesa con un provocativo choque de platillos―. Y una cosa más te voy a decir, a mí esta condescendencia no me mola un pelo.
―¿Yo condescendiente?
―No, tú no, Luismari, creo que el muchachito se está refiriéndose a mí ―aclaró Marga―. Aunque mi TFG fuera sobre el tema y sacara un 9,5, parece ser que algunos piensan que poco puedo aportar y no saben debatir sin insultar; pandilleros los llaman en mi casa.
Ángela le dio un disimulado codazo a Elvira. Elvira la miró. Ángela levantó las cejas, Elvira también. Ángela negó disimuladamente con la cabeza, Elvira también y quiso añadir el torcer la boca. Ángela la torció un poco también, cerró dos veces los ojos y se pasó la lengua lentamente por dentro del mentón. Elvira ya no supo qué hacer porque llevaba un buen rato perdida. Como decíamos antes, lo suyo no eran las multitareas y todavía estaba intentando tragar el trozo de tarta de zanahoria que con el agua se le había hecho bola. Ángela al ver que Elvira dejaba de interactuar puso los ojos en blanco y le espetó:
―¡Pero quieres tragar de una puñetera vez!
De inmediato Elvira se llevó las manos a la boca para intentar evitarlo pero no pudo, explotó en una enorme carcajada y esparció por toda la mesa, a modo de misiles, una desagradable masa pastosa.
―¡Será marrana la tía! ―gritó Ángela sin poder contener la risa. No entendía cómo su amiga podía ser tan fina hablando de Unamuno y su trágico sentido vital, y luego tener unas maneras alimenticias tan discutibles. Sea como fuera siempre terminaban tronchadas de la risa.
―Chicas, siempre estáis igual ―dijo Marga mientras cogía una servilleta para limpiar su parte de la mesa―. Y os recuerdo que no nos reunimos una vez al mes para el jijí jajá. Porque si es así, ya no contéis más conmigo, que una tiene muchísimas cosas que hacer.
Repetimos. Ella, Marga. 38 años. En paro.
―Tienes razón, lo siento ―dijo con cinismo Elvira tramando, acto seguido, la manera de torturarla―. Bueno y cambiando de tema, ayer terminé la novela de Luna de Miguel, qué buena, esta chica es portentosa. ―Mintió. Ni se la había leído ni se la iba a leer, no por nada sino por falta de tiempo en esta vida, había que elegir. Sin embargo sabía que, diciendo lo dicho, acababa de soltar la granada sobre la mesa.
―¡La mamarracha esa no escribe una mierda!
¡Boom!, explotó y por supuesto fue Marga quién tiró de la anilla. Era tan simple como eso. Y continuó:
―¿Qué puede contar una veinteañera que  se pasa el día sacándose selfies con cara de susto?
Todos rieron aquella ocurrencia. No le faltaba razón.
Y después de discutir media hora más sobre lo que es literatura y lo que no y sobre la mercantilización instagramera a la que estaban sometidas la gran mayoría de editoriales de este país, comenzó la charla sobre el tema que los había reunido: si la obra de Gorki fue o no el germen de la llamada literatura soviética. José decía que sí, sí y sí aun habiendo leído tan solo un par de libros suyos. Ángela que no, no, y no, acusando directamente a Stalin de estrategia propagandística, conocía la obra completa. Marga que eso nunca se podría saber, no se había leído nada de Gorki. Luis María que Marga tenía razón, decía que quizá había leído algo suyo, hace años, pero que ya no se acordaba. Y Elvira, tras haberse atragantado dos veces más mientras los escuchaba, les aseguró que el teatro de Gorki parecía estar escrito por un ser sobrenatural.
―Ese no es el tema, Elvi ―apuntilló José.
―El teatro siempre es el tema ―respondió ella, y miró a Ángela para compartir el triunfo de aquel zasca. Su amiga solo pudo abrazarla muerta de la risa mientras la llamaba tonta del culo.
Una hora después pidieron la cuenta. Durante 15 minutos hubo bailes de números, y tráfico de billetes que iban y venían con monedas sobre la mesa que parecía que nadie quería coger como cambio. Algo no encajaba, faltaban 3 euros. Vuelta a empezar. Que si tú qué has tomado y qué has puesto, que si yo como le pongo a ella me cojo esto, pero si le pones por qué te coges, que cada uno ponga lo suyo. Faltan 2 euros. Vuelta a empezar.
―¡Pero, chicos, no puede ser tan complicado! ―gritó Marga harta de estar rodeada de aquellos animales―. Ángela, por favor, pásame la cuenta que quiero ver lo que dice.
―¡Uy, uy, uy, uy, uy, uy! ―exclamó José poniéndose de pie. Levantó el brazo y fingió tocar una campana estrepitosamente―. ¡Prrrrrrrrrrr! ¡Campana y se acabó! Si Marga de la cuenta ver lo que dice quiere / del audiolibro, José,  leer sugiere.
Todos aplaudieron muertos de la risa.
―¡Bravo! ―gritó Elvira, y es que al final no le faltaba razón: el teatro siempre es el tema, por suerte.