8 sept 2022

Besos hay que no te doy

 

Bésame mucho. Tercer acto de Camila López

Entré en casa de Almudena. Dejé sobre la mesa de la cocina el pan y los huevos que me había pedido comprar. Le pregunté a Abel por su madre. El chico veía la tele en el salón. No me contestó. Su abuela, en cambio, me sonrió sentada a su lado. Ha subido donde la vecina un momentín, me dijo. Me acerqué a ella y la besé en la cabeza. Solo mirarla me provocaba lástima. Hacía 6 semanas que vivía en Madrid y no entendía muy bien por qué. Era mayor y quizá estar sola no era lo más conveniente pero Madrid la estaba matando. Le pregunté si echaba de menos su casa en la Mancha. Cada día, me dijo. Me senté en el reposabrazos del sofá y le dije que a mí me pasaba lo mismo con Singapur. Ella se sorprendió. Le conté que allí conocí al hombre más espectacular del mundo. Se rio con pudor y luego me llamó sinvergüenza. Me levanté y abracé por detrás del sofá a Abel, aspiré con todas mis fuerzas el olor de su cuello y lo besé en la oreja. De una cachetada me apartó. Oí la puerta de casa. Corrí y desde el pasillo saludé a Almudena. Se ladeó y mostrándome una mejilla me pidió un beso. Se lo di y cogidas del brazo entramos en la cocina.

—¿Has traído los huevos? —preguntó. Señalé la mesa—. Gracias. Voy a hacer una tortilla, quédate a cenar.  

—No, solo quería daros un beso. ¿Estás bien?

Almudena asintió con la cabeza pero con los labios apretados. Sonreí, besé la punta de los dedos de mi mano y luego se los estampé en la frente.

Llegué a la calle Princesa. Me paré en el número 33 y alcé la vista al edificio de enfrente. Las cortinas del quinto piso estaban echadas. Caminé 10 pasos calle arriba, me detuve y los desanduve. Volví a mirar el edificio. Crucé la carretera y plantada ante el portal 38, piqué el quinto derecha. La voz de Dolores, preguntando quién era, se escuchó cansada.

—Soy yo, Dolores, abre —dije, ella gritó.  

—Está ya acostado —me dijo al abrir la puerta de casa, como si de un secreto se tratara—. Pero ya sabes que tarda en dormirse. Pasa, anda, cielo, que le va a hacer mucha ilusión verte. No dice nada, pero ya le conozco, se ha quedado como un pajarito. Te echa de menos.

Dolores encendió la luz del largo pasillo por lo que al abrir la puerta del dormitorio se iluminó parte de la estancia. Me confundió con ella y pidió que saliera, que lo dejara solo.

—Agustín, soy yo —dije bajito.

—¿Yo? ¿Qué yo?

Me coloqué al lado de la cama. Él estaba recostado sobre tres grandes almohadones.

—Yo —repetí. Encendí la luz de la mesilla y nos miramos.

—Si has venido a que te pida perdón, ya puedes irte.

—No he venido a eso.

—¿A qué entonces?

—A darte un beso.

—Tú no das besos.

—Ahora sí. —Me incliné hacia él y lo besé en la mejilla. Lo sentí estremecerse.

—Perdóname…

—Tú no pides perdón.

—Ahora sí…

Llegué a casa y encontré a Joan en la misma postura en la que lo había dejado cuatro horas antes. Sentado en su escritorio con la cabeza gacha sobre unos dibujos y un lápiz en la mano derecha.  Me apoyé en su mesa y le quité los auriculares, no pareció sobresaltarse.

—¿No te he asustado? —pregunté.

—Te he oído llegar. ¿Vas a cenar algo?

Le estiré de la barba y lo besé en los labios.

 

15 ago 2022

En un lugar de la Mancha...

 

Encina de Marta Salvador Mancho


Con un ¿ya estamos todos? de Almudena desde el asiento del conductor de un viejo Citroën Xsara verde metalizado, comenzó el viaje. Su hijo y yo intercambiamos una condescendiente mirada. Estábamos sentados detrás porque a mi amiga no le gusta tener a nadie de copiloto, dice que le pone nerviosa. Como pasajeros no podíamos compartir su entusiasmo. Abel estaba a punto de cumplir 14 años y a esa edad hacer cualquier cosa con su madre era peor que tomar la libre decisión de tirarse de un avión sin paracaídas. Yo acababa de cumplir 45 años y pasar dos días en una casa de pueblo perdida en la sierra de la Mancha era inyectarme la eutanasia sin previo consentimiento.

—Lo vamos a pasar fenomenal —decía mirándonos por el espejo retrovisor—. Hay que oxigenarse. Respirar y abrazar las entrañas de la madre tierra. Decid: adiós, Madrid, ahí te quedas. ¡Vamos, decidlo! ¡Adiós, Madrid, ahí te quedas! ¡Vamos, chicos!

Yo quería a Almudena aunque a veces fantaseara con su muerte.

Tras poco más de hora y media de viaje, aparcamos frente a una enorme casona de piedra a unos quince minutos del pueblo más cercano. Del portalón salió una mujer de entre 80 y 200 años con los brazos en alto. Llamaba a Almudena entre sollozos. Almudena la abrazó y después señaló el coche, dentro seguíamos Abel y yo con cara de si no te mueves no te ven.

—Sal tú primero, es tu abuela —dije al chico dándole un codazo. Abel salió y abrazó a la vieja, era cuatro veces más grande que ella. Todos giraron la cabeza. Bajé del coche y saludé desde la distancia—: Hola, ¿qué tal?, ¿qué tal?, hola, hola. —Miré al cielo buscando el helicóptero de rescate.

La madre de Almudena, agarrándome con fuerza del brazo, me obligó a entrar en la casa. Olía a piedra mojada y, aun siendo tan solo las 11 de la mañana, la oscuridad campaba a sus anchas, la mayoría de las contraventanas estaban cerradas. Me dijo que me parecía a su prima hermana, tan poca cosa como ella, me lo tomé como un halago aunque no sé muy bien por qué. Me soltó y volvió a abrazar  a su hija. Almudena la mecía entre sus brazos y le decía que no llorara que ya estaban juntas. No hacía ni tres semanas que se habían visto pero aquella mujer parecía vivir en un sistema temporal ralentizado.

Salí de la casa y respiré profundo. Abel descargaba las mochilas del maletero.

—¿Te ayudo? —pregunté.

—Me puto da igual.

—¿Ya estamos con el puto, Abel? —Me miró y con una sonrisa sarcástica me hizo una peineta. Suspiré y mascullé el nombre de Dios una docena de veces.

Descendí por el sendero de la casa unos 300 metros. Miré a mi derecha y vi árboles, a la izquierda más árboles y volví a suspirar pero esta vez sin blasfemar. Me tapé los ojos con las manos y pensé en las calles de Madrid: gritos, empujones, sirenas, carcajadas, ruedines de maletas, el piu, piu, piu de los semáforos en verde…

Me senté sobre una piedra plana en el borde del camino. Cogí un palito y dibujé cuatro rayas en el suelo. No sé si pasaron 20 minutos o dos horas, quizá me estaba adaptando al sistema temporal de la vieja, cuando vi pasar a Almudena. Iba decidida con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de la falda. Llegó hasta una encina no demasiado alta que parecía estar doblada por hastío. Almudena la tocó y besó su tronco. Se acuclilló y agrupando hojarasca del suelo la aplastó contra una raíz sobresalida, como si quisiera reforzarla en su sitio.

—¿Amando a la tierra madre? —pregunté riéndome desde mi piedra.

Almudena se giró desde el suelo. Al verme se levantó y se sacudió las manos.

—Comeremos pronto, mi madre tiene otro horario —dijo. No sonrió y emprendió el camino de vuelta a casa.

Después de comer fregaba los platos mientras Almudena preparaba café en una vieja italiana. Estaba seria.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Claro, todo bien. —Ladeó la cabeza y sonrió sin despegar los labios. Vertiendo el café en las anaranjadas tazas de cristal añadió—: Como sé que te gusta estar sola, por la tarde puedes salir a leer. Detrás de la casa, junto a lo que era el establo, hay una mesa de piedra, si le pasas un trapo puede valerte, estarás bien allí. Yo bajaré al pueblo con mi madre, quiero que la vea alguien.

—¿Va todo bien? —volví a preguntar.

—Claro, todo bien. Abel también se queda.

Despedí con la mano el coche mientras lo veía bajar por el camino de gravilla. Sonreía fingiendo ser parte de la familia que decía adiós a unos parientes el domingo por la tarde tras la visita. Desorientada entré en casa y busqué en mi mochila el libro para leer.

—¿Sabes que podría matarte, enterrarte y negar que fui yo?

Me di la vuelta y encontré a Abel apoyado en el quicio de la puerta de la habitación.

—Ah, ¿sí? Y si no fuiste tú, ¿quién sería, el oso Yogui? —De un manotazo lo aparté. Bajé las escaleras y salí de la casa.

—¡Nadie encontraría tu cuerpo! —le oía gritar desde dentro de la casa, al salir bajó el tono—: Diría que te fuiste al bosque a leer.

—¿Quién se iba a creer eso? ¿Yo, voluntariamente, adentrándome en el bosque?, ¿en serio? Detesto la naturaleza y tu madre lo sabe, así que te acusaría de asesinato, buscaría mi cuerpo y te pasarías el resto de tu vida entre rejas. Fin de la historia. ¡Y deja de ver tanto True Crime, te están trastornando!

Me senté en la mesa de piedra de atrás de la casa y abrí el libro por la página 126. Carraspeé al sentir a Abel sentarse a mi lado.

—¿Tú serías capaz? —preguntó.

—¿De qué…?

—De matar a alguien.

Cerré el libro y lo miré. Podría aparentar 17 incluso 18 años, tenía un cuerpo fornido pero su cara era la de un niño y, ahora, la de un niño asustado. Le acaricié la sien, qué pasa, Abel, pregunté.

—Que lo tengo por las dos partes. —Apoyó los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos.

—¿Qué tienes?

—Eso…

—¿Eso?

—Lo de estar pirado. Estoy puto pirado como ellos.

—¿Como quiénes?

—Mi padre, joder, lo sabes, tú lo sabes, tú lo conociste… —Repasé con el dedo índice el lomo del libro, tenía la vista baja y contuve una fuerte respiración que hizo que se me inflara el pecho con dolor. Hubo un silencio porque mi cobardía me impedía explicar nada como adulta—. Y mi abuelo… —dijo. Sorprendida lo miré sin decir nada—. Se colgó de un pino, de uno de los de por ahí, de los del camino, de esos, uno de esos, joder, no sé… Mi madre no cuenta mucho pero se le debió de ir la olla, se le fue al viejo. ¿Entiendes?, ¿eh?, ¿entiendes lo que te digo?

Qué puedes decirle a un adolescente aterrado de su propia sangre. Le acaricié la espalda y le pedí perdón por no tener respuestas. Él me sonrió y me dejó que lo abrazara, lo hice por mucho tiempo, no sé cuánto, pero lo sentí largo. Después se desprendió y lo vi desaparecer en el bosque.

Bajé el camino de gravilla y me senté en la piedra plana. Dejé el libro en el suelo y observé la encina de enfrente, a la que Almudena había besado aquella mañana, me agarré el estómago y lloré con rabia por no entender el dolor de alguien a quien tanto quieres.

Pasaron 30 minutos o 3 horas, cuando vi llegar el Citroën Xsara verde metalizado. Las vi bajarse del coche y entrar en la casa. Con paso lento llegué a la puerta y me senté en el poyo de la entrada. Apreté el libro en el regazo y cerré los ojos.

—¿Has leído mucho?

Los abrí y vi a Almudena sentada a mi lado.

—Sí, es un bonito lugar para leer.

—Me alegro —dijo. Miró al frente e hizo una larga pausa—. Tengo que llevarme a mi madre a Madrid, a vivir conmigo, ya no se puede quedar sola.

A tientas busqué su mano a mi lado y se la apreté con fuerza.

 

19 jun 2022

Y cuando no distingas la noche del día

 

Tratado sobre la ceguera "el día de la pedid de mano" pensando en Goya y sus caprichosos de Carmen Mansilla


—¿Así me lo pagas?

—No te debo nada, Agustín —responde Elvira—. No debo nada a nadie.

—¡Necia! —El viejo profesor golpea con debilidad el apoyabrazos del sillón—. ¡Necia! ¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida!

—¿Qué es lo que pasa? —Dolores entra al salón y agarra del brazo a Elvira.

—¡Estúúúúúúúpida!

—Pero, ¡virgen santa!, señor Agustín, no le diga semejantes barbaridades.

—Déjale, Dolores, déjale. Yo me voy.

—¡Sí, que se vaya, que se vaya! ¡Necia, malcriada! ¡Fuera, desagradecida! ¡Fuera, estúpida!

Elvira nerviosa recoge su boso del extremo del sofá central y sale del salón. Detrás, a paso apurado, la sigue Dolores.

—Por Dios santo, no se lo tomes en cuenta, cielo, no se lo tomes…  —Elvira abre la puerta de la casa y sale al rellano—. Cariño, ya sabes que desde que le dio eso —se toca con el índice la sien—, no ha vuelto a ser el mismo. Él te quiere, lo sabes, ¿verdad? Oh, cielo, no llores ven aquí, anda, ven.  —La abraza con fuerza y Elvira solo piensa en el fracaso de Toulouse, sus consecuencias.

—Es que salió todo mal… todo mal…

—Bueno, bueno, ellos son franceses, no son como nosotros; hablan diferente, comen diferente, ellos pues son…, son franceses, muy franceses. —A Elvira se le escapa la risa, se separa un poco y se limpia los mocos con el dorso de la mano—. Cochina, espera, que te saco algo para que te limpies. —Entra en casa y al cabo de un minuto sale sacudiendo un trapo al aire—. Toma, hija, está limpio, del cajón. Pobrecita mía.

—Me superó  —dice devolviéndole el trapo—, no sabía que me fuera a costar tanto la estancia, ni 5 días pude aguantar, no lo soporto, es un país que me ahoga, no puedo, yo no, no puedo, no puedo, Dolores, aunque me suponga tirar a la mierda toda la investigación, no puedo estar allí, no puedo...

—¡Pues si no puedes, no puedes y se acabó! Que estoy yo de tanto héroe… ¿Te digo hasta dónde estoy de todos esos súper héroes que lo hacen todo bien?, ¿te lo digo? —Se acerca a ella y baja la voz—. Hasta el culito de delante, me entiendes, ¿no? —Agacha la cabeza y se mira la entre pierna—. ¡Hasta ahí! A esta vida hemos venido a pasárnoslo bien, que ya nos tocará sufrir en el purgatorio. Y si es tan humillante para el señor Agustín que te hayas vuelto, pues mira, que levante ese culo enrome del sillón y que lo encamine a Toulouse, que ¡aquí paz y luego gloria! —Las dos se ríen—. Eso, cielo, tú ríete, ríete que es muy bueno, la risa almidona el alma. Oye, ¿te parto un poco de sandía y te la llevas en un táper?, que con este calor te va a saber a gloria bendita.

Dice que no y la abraza de nuevo antes de irse.

Elvira entra en Pepe Botella. La cafetería tiene una luz demasiado tenue y tropieza con la primera mesa. Oye un “qué torpe” que llega dos mesas más adelante de dos chicos jóvenes que se ríen. Ella los mira, los sonríe  y les desea un glaucoma calentito a cada uno de ellos, porque para eso siempre es muy generosa.

Se sienta en la mesita junto a la ventana y se coloca el bolso sobre el regazo.

—¿Qué va a tomar?

Elvira levanta la cabeza y ve a una mujer de mediana edad frente a la mesa.

—Un café solo, por favor.

—Enseguida. ¿Se ha hecho daño?

—¿Cómo?

—Cuando se ha caído.

—No me he caído.

—Ya. Es por la luz, le pasa a mucha gente.

Elvira agacha la mirada lamentándose de su carácter. Se pellizca los pulgares.

—Tengo baja visión  —dice alzando la cabeza.

—Vaya, ¿quiere que suba la intensidad de la luz?

—No —sonríe—, es muy amable, junto a la ventana estoy bien.

La camarera se va y Elvira saca su móvil del bolso. Lo deja sobre la mesa y se detiene viendo, a través de la ventana, a una adolescente tomándose un selfie, y reflexiona sobre lo vieja que se ha hecho de repente porque aquella chica le parece insultantemente joven. Apoya el codo en la mesa y la cabeza en la mano y suspira.

—Señor, señor, señor, estas cafeterías tan antiguas son incómodas para todo. Lo de sentarse le lleva a una la mismísima eternidad. Eternidad, que por otro lado, ya no tengo.

En la mesa de al lado una vieja intenta sentarse. Es delgada, tremendamente arrugada y con un corte a lo Cleopatra, el pelo blanquísimo pero poca cantidad. Elvira no la considera especialmente elegante pero le llama la atención su largo abrigo blanco casi hasta los pies. La observa. Es ciega. Pliega el bastón y lo guarda en su bolso.

—Es un abrigo muy bonito y es usted muy valiente al llevarlo en esta ola de calor —dice Elvira un tanto sorprendida de sí misma, porque nunca entabla conversación con desconocidos.

La vieja gira la cabeza en busca de la voz.

—A mí edad, una ya no siente ni frío ni calor. ¿Te gusta? —pregunta acariciándose las solapas.

—Sí, mi madre tenía uno igual. No sé dónde estará ahora.

—¿El abrigo o tu madre?

—El abrigo —responde sonriendo.

—El café —anuncia la camarera depositándolo sobre la mesa—. Y usted, ¿qué va a tomar, señora?

—¿Yo? —pregunta la vieja—. Soy ciega no sé a quién pregunta.

—Oh, lo lamento, sí, le digo a usted, señora.

—Un café solo, por favor.

La camarera se va y Elvira la sigue observando detenidamente.

—¿Qué miras?

Elvira da un respingo.

—Pensaba que era ciega.

—Lo soy, pero tienes la respiración de un jabalí y está en mi dirección.

Elvira se ríe, después pregunta:

—¿Cómo es? ¿Cómo es ser ciega?

—¿Qué quieres escuchar? ¿Que es un regalo de Dios? ¿Que es un aprendizaje diario? ¿Que es un reto apasionante? ¿Que las cosas ocurren por algo? ¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

La vieja se atusa el flequillo y se ahueca su fina melena.

—Ser ciega es la mayor tragedia de mi vida, pero a todo se acostumbra una. El cuerpo, desgraciadamente, se adapta y entonces tú te adaptas con él. Y todos los pensamientos de acabar con tu vida, todas las diferentes maneras de poner fin a tu existencia empiezan a evaporarse porque la tragedia pasó a ser simple resignación. Está bien, dices, vale, mi vida ahora es así, bien, bien y, mira, seamos sinceras, lo agradeces porque suicidarse es un jaleo, que si me ahorco pero el nudo nunca te lo haces demasiado fuerte y te quedas tirada en el suelo del salón con la cuerda en la mano y con cara de idiota, que si me corto las venas ya que parece fácil en las películas, lo consiguen con dos pequeños cortes en la muñeca, pero ¡virgen santa del amor misericordioso!, ¿alguien me puede decir cuántas venas tienes que cortarte para morirte? —Elvira estalla en una carcajada—. Así que optas por quedarte, vivir a oscuras y esperar a morirte algún día.

—Supongo que eso lo esperamos todos.

—¿Hoy no ha sido un buen día?

—¿Cuándo lo es?

—Vaya, vaya, vaya. Huelo a drama. —Elvira, con calma y confianza, le relata su bochornosa huida de Toulouse y, como consecuencia, su fracaso en la investigación de más de 4 años, y del poco sentido que tiene nada—. Tranquila, tranquila, la terminarás, de verdad, terminarás esa dichosa investigación.

—¿ Y luego?

 —¿Luego? Luego te preguntarás y ahora qué. Y entonces intentarás lo de la cuerda dos veces y lo de la cabeza en el horno una, solo por emular a Sylvia Plath porque tu horno será eléctrico. Te separarás porque tu dolor ensuciará el amor de odio. Verás a tu hermano morir de otra enfermedad heredada de tu padre y aborrecerás tanto que él siga vivo, mientras que a los que amaste murieron, que creerás volverte loca, hasta desear matarlo con tus propias manos, y tendido en la cocina lo dejarás con un suspiro de aire para hacerlo sufrir en su propia agonía. Marcharás lejos, a una pequeña casa en mitad de la sierra manchega, y asumirás tu cegara sin tratamiento pasando las tardes en una descolchada silla en el jardín mirando al frente y, cuando no distingas el día de la noche, te cortarás las venas y corriendo buscarás tiritas porque tu cuerpo no desparramará suficiente sangre como para dejarte sin vida, y comprenderás que estás condenada a vivir. Mirarás, entonces, a tu perro Orfeo y le explicarás que es hora de volver a la civilización. Regresarás a Madrid y vivirás en una nueva buhardilla del centro, y te llamarán la loca del abrigo blanco. Y ansiarás encontrarte con tu yo de hace 45 años para decirle que no sufra, que nada importa, que no intente cambiar las cosas porque todo vuelve al mismo lugar. Aquí.

 —El café solo, señora. Se lo digo a usted. —La camarera toca el antebrazo de la vieja y se va.


7 jun 2022

Feria sectaria

 

La quema de los libros de Robert Smirke

Nota: Este relato es la tercera y última parte de Café sectario y Té sectario.

Me repasaba con el dedo una de mis cejas. Desde que me había quedado ciega de un ojo me resultaba difícil depilármelas con precisión, nunca atinaba a ver los pelitos más cortos y hasta que no empezaban a pincharme, cuando los tocaba con la yema de los dedos, no me daba cuenta del escandaloso desarreglo.

—¿Y entonces?

Dejé de acariciarme la ceja y miré a Almudena que me tenía cogida del brazo como si fuese una abuelita necesitada de ayuda.

—¿Entonces qué? —respondí.

—No hicisteis nada —dijo ella.

Estaban empezando a montar las casetas de la Feria del Libro en el parque. Una enorme hilera de planchas y tablones de madera desaparecían a lo largo del Paseo de Fernán Núñez.

—¿Cuándo empieza este año? —pregunté a un operario. El hombre levantó los hombros.

—El trabajo tiene que estar terminado para el 24 de mayo, lo que empiece o termine aquí ya no es cosa mía.

—Ya, gracias —contesté—. Vendremos, ¿no? —dije girándome a Almudena.

—No me lo vas a contar, ¿verdad?

Resoplé y me desquité de su brazo con bastante molestia. A veces Almudena era esa amiga que, sin darte cuenta, llevabas solapada a ti demasiado tiempo y por mucho que la quisieras sentías su peso en cada uno de tus movimientos. Qué quieres que te cuente, le dije. Lo intenté y no pudo ser. Lo intenté y no pudo ser. Y al decirlo por segunda vez en voz alta me di cuenta de la tristeza que me provocaba. Le conté las cosas como fueron. Que tras el primer arranque de furia, Beatriz decidió no delatarnos y seguir el juego. Fingió ser una sorprendida clienta de la peluquería. Le conté que Federico dijo que éramos tigres, animales poderosos que no esperaban a que una gacela pasase a nuestro lado sino que éramos hábiles cazadores a pesar de ser veganos. Le conté que nos llamaba seres de luz y que cada vez que hacíamos meditación me dormía. Le conté que nos repartían papelitos en los que valorábamos nuestro pasado y apuntábamos objetivos futuros que debían situarse en islas de paz. Le conté que la segunda vez que se me acercó una tal Marisa, administrativa y doula, hablándome de la importancia de abrazar a los pinos porque ellos te ayudan a filtrar la culpa y la exigencia, le contesté que tan solo estaba a favor de la prisión permanente revisable en dos casos: para coaches y doulas. No hubo un tercer acercamiento. Le conté que Federico insistía una y otra vez en que subiéramos el contenido en redes etiquetando al grupo, nos hostigaba a que compartiéramos la información con amigos y familiares. Le conté que nunca había comido tanta sandía y arándanos. Le conté que Geraldine estaba fascinada por las expresiones narcisistas de Federico y que escribiría un libro. Le conté las caminatas en que nos hacían fijarnos en las encinas como reflejo de mujer empoderada que necesitaba poner límites a una sociedad castigadora, y que el conocimiento no estaba en los libros sino en la ruta salvaje de la indagación personal a través de la naturaleza, a través de la pasión agreste que hacía abrir nuestros ojos a una verdad que la tiranía de lo meramente académico quería escondernos. Le conté que respiraba con fuerza y en cuclillas, dejando pasar al grupo de mentorís delante, rogaba para que todos aquellos seres huecos se desintegraran, sin dolor ni sufrimiento, solamente que desaparecieran de este mundo al que nada aportaban más que subnormalidad embutida. Le conté que por la noche, junto a la piscina jugábamos a “abrir nuestros corazones” y aquellas personas contaban episodios desoladores de sus vidas y que lloraban y se abrazaban y que yo les sonreía desde lejos y que con la mano estirada les pedía que no me tocaran, por favor, mientras Geraldine se tumbaba en el césped boca abajo para disimular su risa. Le conté que Beatriz habló de Pablo, de su muerte y de su culpa. Le conté que Beatriz lloró y que Marisa la abrazaba y que yo tan solo la miraba. Le conté que en su habitación intenté hablar con ella pero que tan solo repetía que yo no podía entenderla y sí que podía, claro que la entendía, por eso le dije que a la mañana siguiente me marcharía, que regresaría a Madrid con Geraldine, que no esperaríamos a la tarde, que se viniera con nosotras. Vente, Beatriz, le dije. Ella me abrazó y me auguró que algún día entendería la vida de otra manera.

—La vida solo tiene un sentido, Bea, le dije. Nosotras nos fuimos y ella se quedó.

Almudena frotó mi espalda con la palma de la mano abierta.

—Sí, vendremos a la Feria y compraremos muchos libros para que la tiranía académica termine con nuestras almas —dijo.

 

15 may 2022

Té sectario

 

Fotograma de la película Midsommar (2019) de Ari Aster

Nota: Este relato es la segunda parte de Café sectario

Mientras Elvira releía en voz alta el párrafo en el que emparentaba la inquietud existencialista en el teatro de Unamuno con la de Ibsen, Geraldine la escuchaba con los brazos prácticamente pegados al volante y concentrada en la carretera.

—No se entiende —dijo.

—¿Qué no se entiende? —preguntó Elvira recolocando su portátil sobre las rodillas en el asiento del copiloto.

—Lo de la herencia. No puedes afirmar como innovador que el sentimiento de desapego vital es heredado, esa idea es la que empapela todo el teatro del s. XVI y XVII. Busca otra perspectiva para explicarlo si no quieres que te tumben en los 5 primeros minutos de exposición. —Elvira la miró con desgana y cerró el ordenador de golpe—. No te enfades.

—¿Quién está enfadada? —Y después añadió entre dientes—. Francesa rancia…

—Algún día me explicarás tu trauma con los franceses.

—El único trauma que tengo eres tú.

Geraldine se rio. Llevaba más de siete meses trabajando codo con codo con Elvira y, aunque al principio le costaba gestionar sus desplantes e improperios, había empezado a disfrutar de ese infantil malestar que le generaba todo lo proveniente de Francia.

—Entonces llegamos y nos dejamos llevar, ¿no? —dijo Geraldine intentando recuperar el buen humor de su compañera—. Tu amiga no sabe que vamos, ¿es así? Lo que no me queda claro es si fingimos conocerla o no.

—Tú no tienes que fingir nada, no es amiga tuya. —Geraldine volvió a soltar otra risotada, su compañera se le hacía muy cuesta arriba, por más que lo intentara siempre recibía una bofetada de frente—. ¿De qué te ríes?

—Bueno, es divertido pensar en lo mucho que inviertes por caer mal a la gente cuando la realidad es bien distinta. Aquí estás, a punto de implicarte en un grupo sectario de autoayuda durante todo un fin de semana para sacar de allí a tu amiga. Mostrándote desde el principio como buena persona, ¿no te ahorrarías mucho tiempo?

—De verdad que los franceses estáis hechos de lactosa, es oíros y me entra cagalera. —Se miraron un segundo y empezaron a reírse como dos niñas en medio de clase. 

Aparcaron el coche frente a una bonita casa en la sierra madrileña. Elvira echando un vistazo a los alrededores se decidió por tocar el timbre de la verja. Nadie contestó. Las dos mujeres revisaron de nuevo la dirección que en la oficina del centro de Madrid les habían dado.

 

—Será una experiencia única —les dijo la joven que les atendió—. Federico, nuestro mentor, os ayudará a adueñaros de vuestras emociones sanando el pasado. Y sé que nunca habéis asistido a algo tan, tan, tan hermoso y bestial al mismo tiempo.

—No, no, no, nunca, te lo aseguro —contestó Elvira ofreciéndole su tarjeta de crédito—. El retiro de mi amiga —y señaló a Geraldine— también me lo cobras a mí.

—Ya, si no te importa, me haces el pago por Bizum, es más fácil, más cómodo, estamos en 2022. Nos tenemos que ir olvidando de nuestras tarjetitas de plástico.

—Oh, oh, ya, por Bizum, sí, sí, claro, sin recibo ni factura, cómodo y maravilloso todo este mundo. —Sonrió mirando a su compañera de tesis y sacó el móvil.

Antes de salir de la oficina, la joven les indicó cómo llegar en coche y les dio el programa de actividades que tendrían durante los dos días de retiro.

 

—Vuelve a tocar el timbre porque es aquí —insistió Geraldine frente a la verja de la casona.

Elvira tocó. Nada. Buscó la ranura del correo postal, la abrió y voceó dos holas, tres eooos y un estamos aquí.

—Qué primitiva eres… —masculló Geraldine alzando la vista al cielo.

La verja se abrió desde dentro. Un hombre de algo más de cincuenta años con pantalones cortos y camisa de hilo azul clara las sonreía.

—Cristina y Léa, ¿verdad? —dijo apuntándolas con el dedo. Ellas asintieron. La idea de no dar sus verdaderos nombres fue de Darío pero pronto se dieron cuenta que, con el Bizum y otros muchos detalles, estaban dejando rastro de sus verdaderas identidades, aun así les resultaba divertido—. Ya me podéis perdonar. Estaba en la parte de atrás, en la piscina y no he escuchado el timbre. El grupo está de senderismo, regresarán en 40 o 50 minutos.

—Claro, llegamos un poco tarde.

—No pasa nada, ¿problemas en la peluquería?

Las dos mujeres no supieron qué decir hasta que Elvira recordó que en la ficha, que tuvieron que rellenar sobre sus datos personales, afirmaban tener una peluquería.

—Sí, sí, sí, lo siento muchísimo, no queríamos abrir pero una clienta nos ha llamado porque tenía una boda y pues, ¡vale, te peinamos!

—Oh, sí, sí, te peinamos, te peinamos, bien sûr! —Geraldine a los coros.

—Jamás debéis disculparos por daros a vuestro trabajo, jamás, jamás.

—Jamás, jamás… —repitieron.

—Aquí aprenderéis a aplicar con éxito los 5 yamas del yoga a vuestro propósito, sea cual sea: formar una familia, equilibrar cuerpo y alma o levantar una peluquería, vuestra peluquería, tu peluquería, Cristina, tu peluquería, Léa. Aquí.

—Oh, vaya, oh, qué fantástico, es… tan, tan, fantástico, ¿verdad, Léa?

—Oh, sí, sí, muy, muy fantástico, grande fantástico.

—Os siento abrumadas y no lo quisiera, os acompaño a vuestra habitación y después, cuando os hayáis hecho con el espacio y os sintáis cómodas, os invito a un té en el jardín para seguir hablando mientras llegan el resto de mentorís.

—Sí, los mentorís, claro, somos mentorís, tú eres el mentor y nosotros los mentorís. Mentorís, Léa.

Oui, mentorís, mentorís.

Dejaron las bolsas sobre las camas y al asegurarse de que Federico ya había bajado a la primera planta se juntaron como dos imanes y empezaron a reírse. Geraldine estaba absolutamente entusiasmada y le repitió a su compañera, hasta cuatro veces, que nunca podría pagarle el que le diera la oportunidad de observar tan de cerca a un narcisista de manual.

Federico les sirvió el té junto a la piscina y les pidió que hablaran sin miedo sobre ellas, que no tuvieran temor, que no maquillaran su pasado, que no aparentaran, que hablaran con la verdad para ir creando la toma de conciencia tan necesaria para seguir construyendo un futuro sin grietas. Geraldine comenzó inventándose un divorcio traumático por lo que tuvo que huir de Francia y empezar de cero, primero en Murcia y ahora en Madrid. Y Elvira se decantó por una complicada infancia con una madre ausente que le había incapacitado a día de hoy a responsabilizarse de sus dos hijas quienes vivían con su padre en Santander y a las que veía cada dos fines de semana.

—Valientes, las dos. Inmensamente audaces. Nos cuesta admitir nuestra vulnerabilidad pero fijaos en vosotras, qué transparencia. Con esta sinceridad podemos construir los cuatro pilares fundamentales para alcanzar nuestro propósito. —Les mostró la mano izquierda con cuatro dedos alzados. Las dos mujeres lo imitaron y mostraron sus cuatro dedos en alto también—. Exacto, los cuatro: cuerpo, mente, emoción y alma. —Elvira repitió alma levantando esta vez las dos manos con un total de 8 dedos, Geraldine tuvo que mirar hacia otro lugar para controlar la risa.

Después les contó una parábola sobre un panadero con una furgoneta en un pueblo y un hombre con mucho frío que no tenía pan ni dinero para comprarlo y de un vecino que tenía muchas barras en su casa y que un día éste le explicó al friolero cómo hacerlo en su propia casa y desde entonces siempre tuvo pan.

—¿Y el panadero? —preguntó Elvira.

—¿Perdón?

—Dejaron al panadero sin trabajo.

—No, emprendieron.

—¡Intrusismo capitalista! —exclamó.

Geraldine carraspeó.

—Es muy bonita, muy bonita —dijo la francesa—, una historia muy inspiradora.

—Gracias, Léa, por escuchar. Es importante escuchar y apaciguar nuestras voces rebeldes de pensamientos tóxicos y, Cristina, créeme, yo era como tú, inconformista, subversivo, sedicioso, golpista… Yo era la confrontación extremista entre mis emociones y mi alma, ¡yo! ¡Yo! ¡Fijaos en mí ahora!, ¿lo diríais viéndome así de calmado, sosegado, apaciguado?, ¿lo diríais?

—Ah, mais non!,  pas du tout, pas du tou.

Elvira apretó los dientes y parpadeó con lentitud, lidiar con semejante charlatán le iba a costar más de lo que pensaba.

—Tranquila, Cristina, respira, sé cómo te sientes. Tu mochila es tan grande que crees ver enemigos en todas partes pero no es así. Soy Federico y voy a ayudarte a oxigenar tu pasado para que tu futuro no sea doloroso. Empezaremos por el principio, simple, por el primer pilar: la salud, eso es tu cuerpo, Cristina. Lo vamos a curar. Aquí.

Terminaron el té entre más parábolas y más pilares. Poco después apareció en el jardín un reducido grupo de 6 personas, los mentorís, entre ellos, Beatriz que reía a carcajadas cogida de la mano de una mujer, la misma que la de la foto de Darío. Geraldine nerviosa se puso de pie a pesar de que Elvira le gesticulara que no se moviera. Beatriz la miró, no sabía quién era, así que la sonrió con dulzura y le dio la bienvenida al grupo. Geraldine no supo qué responder solamente bajó la vista y señaló con la mirada a Elvira que seguía sentada en la tumbona. Beatriz, pasmada, se soltó de la mano y se adelantó hasta su amiga.

—¿Qué coño haces tú aquí?

                                                                                                      (Continuará…)