19 jun 2022

Y cuando no distingas la noche del día

 

Tratado sobre la ceguera "el día de la pedid de mano" pensando en Goya y sus caprichosos de Carmen Mansilla


—¿Así me lo pagas?

—No te debo nada, Agustín —responde Elvira—. No debo nada a nadie.

—¡Necia! —El viejo profesor golpea con debilidad el apoyabrazos del sillón—. ¡Necia! ¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida!

—¿Qué es lo que pasa? —Dolores entra al salón y agarra del brazo a Elvira.

—¡Estúúúúúúúpida!

—Pero, ¡virgen santa!, señor Agustín, no le diga semejantes barbaridades.

—Déjale, Dolores, déjale. Yo me voy.

—¡Sí, que se vaya, que se vaya! ¡Necia, malcriada! ¡Fuera, desagradecida! ¡Fuera, estúpida!

Elvira nerviosa recoge su boso del extremo del sofá central y sale del salón. Detrás, a paso apurado, la sigue Dolores.

—Por Dios santo, no se lo tomes en cuenta, cielo, no se lo tomes…  —Elvira abre la puerta de la casa y sale al rellano—. Cariño, ya sabes que desde que le dio eso —se toca con el índice la sien—, no ha vuelto a ser el mismo. Él te quiere, lo sabes, ¿verdad? Oh, cielo, no llores ven aquí, anda, ven.  —La abraza con fuerza y Elvira solo piensa en el fracaso de Toulouse, sus consecuencias.

—Es que salió todo mal… todo mal…

—Bueno, bueno, ellos son franceses, no son como nosotros; hablan diferente, comen diferente, ellos pues son…, son franceses, muy franceses. —A Elvira se le escapa la risa, se separa un poco y se limpia los mocos con el dorso de la mano—. Cochina, espera, que te saco algo para que te limpies. —Entra en casa y al cabo de un minuto sale sacudiendo un trapo al aire—. Toma, hija, está limpio, del cajón. Pobrecita mía.

—Me superó  —dice devolviéndole el trapo—, no sabía que me fuera a costar tanto la estancia, ni 5 días pude aguantar, no lo soporto, es un país que me ahoga, no puedo, yo no, no puedo, no puedo, Dolores, aunque me suponga tirar a la mierda toda la investigación, no puedo estar allí, no puedo...

—¡Pues si no puedes, no puedes y se acabó! Que estoy yo de tanto héroe… ¿Te digo hasta dónde estoy de todos esos súper héroes que lo hacen todo bien?, ¿te lo digo? —Se acerca a ella y baja la voz—. Hasta el culito de delante, me entiendes, ¿no? —Agacha la cabeza y se mira la entre pierna—. ¡Hasta ahí! A esta vida hemos venido a pasárnoslo bien, que ya nos tocará sufrir en el purgatorio. Y si es tan humillante para el señor Agustín que te hayas vuelto, pues mira, que levante ese culo enrome del sillón y que lo encamine a Toulouse, que ¡aquí paz y luego gloria! —Las dos se ríen—. Eso, cielo, tú ríete, ríete que es muy bueno, la risa almidona el alma. Oye, ¿te parto un poco de sandía y te la llevas en un táper?, que con este calor te va a saber a gloria bendita.

Dice que no y la abraza de nuevo antes de irse.

Elvira entra en Pepe Botella. La cafetería tiene una luz demasiado tenue y tropieza con la primera mesa. Oye un “qué torpe” que llega dos mesas más adelante de dos chicos jóvenes que se ríen. Ella los mira, los sonríe  y les desea un glaucoma calentito a cada uno de ellos, porque para eso siempre es muy generosa.

Se sienta en la mesita junto a la ventana y se coloca el bolso sobre el regazo.

—¿Qué va a tomar?

Elvira levanta la cabeza y ve a una mujer de mediana edad frente a la mesa.

—Un café solo, por favor.

—Enseguida. ¿Se ha hecho daño?

—¿Cómo?

—Cuando se ha caído.

—No me he caído.

—Ya. Es por la luz, le pasa a mucha gente.

Elvira agacha la mirada lamentándose de su carácter. Se pellizca los pulgares.

—Tengo baja visión  —dice alzando la cabeza.

—Vaya, ¿quiere que suba la intensidad de la luz?

—No —sonríe—, es muy amable, junto a la ventana estoy bien.

La camarera se va y Elvira saca su móvil del bolso. Lo deja sobre la mesa y se detiene viendo, a través de la ventana, a una adolescente tomándose un selfie, y reflexiona sobre lo vieja que se ha hecho de repente porque aquella chica le parece insultantemente joven. Apoya el codo en la mesa y la cabeza en la mano y suspira.

—Señor, señor, señor, estas cafeterías tan antiguas son incómodas para todo. Lo de sentarse le lleva a una la mismísima eternidad. Eternidad, que por otro lado, ya no tengo.

En la mesa de al lado una vieja intenta sentarse. Es delgada, tremendamente arrugada y con un corte a lo Cleopatra, el pelo blanquísimo pero poca cantidad. Elvira no la considera especialmente elegante pero le llama la atención su largo abrigo blanco casi hasta los pies. La observa. Es ciega. Pliega el bastón y lo guarda en su bolso.

—Es un abrigo muy bonito y es usted muy valiente al llevarlo en esta ola de calor —dice Elvira un tanto sorprendida de sí misma, porque nunca entabla conversación con desconocidos.

La vieja gira la cabeza en busca de la voz.

—A mí edad, una ya no siente ni frío ni calor. ¿Te gusta? —pregunta acariciándose las solapas.

—Sí, mi madre tenía uno igual. No sé dónde estará ahora.

—¿El abrigo o tu madre?

—El abrigo —responde sonriendo.

—El café —anuncia la camarera depositándolo sobre la mesa—. Y usted, ¿qué va a tomar, señora?

—¿Yo? —pregunta la vieja—. Soy ciega no sé a quién pregunta.

—Oh, lo lamento, sí, le digo a usted, señora.

—Un café solo, por favor.

La camarera se va y Elvira la sigue observando detenidamente.

—¿Qué miras?

Elvira da un respingo.

—Pensaba que era ciega.

—Lo soy, pero tienes la respiración de un jabalí y está en mi dirección.

Elvira se ríe, después pregunta:

—¿Cómo es? ¿Cómo es ser ciega?

—¿Qué quieres escuchar? ¿Que es un regalo de Dios? ¿Que es un aprendizaje diario? ¿Que es un reto apasionante? ¿Que las cosas ocurren por algo? ¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

La vieja se atusa el flequillo y se ahueca su fina melena.

—Ser ciega es la mayor tragedia de mi vida, pero a todo se acostumbra una. El cuerpo, desgraciadamente, se adapta y entonces tú te adaptas con él. Y todos los pensamientos de acabar con tu vida, todas las diferentes maneras de poner fin a tu existencia empiezan a evaporarse porque la tragedia pasó a ser simple resignación. Está bien, dices, vale, mi vida ahora es así, bien, bien y, mira, seamos sinceras, lo agradeces porque suicidarse es un jaleo, que si me ahorco pero el nudo nunca te lo haces demasiado fuerte y te quedas tirada en el suelo del salón con la cuerda en la mano y con cara de idiota, que si me corto las venas ya que parece fácil en las películas, lo consiguen con dos pequeños cortes en la muñeca, pero ¡virgen santa del amor misericordioso!, ¿alguien me puede decir cuántas venas tienes que cortarte para morirte? —Elvira estalla en una carcajada—. Así que optas por quedarte, vivir a oscuras y esperar a morirte algún día.

—Supongo que eso lo esperamos todos.

—¿Hoy no ha sido un buen día?

—¿Cuándo lo es?

—Vaya, vaya, vaya. Huelo a drama. —Elvira, con calma y confianza, le relata su bochornosa huida de Toulouse y, como consecuencia, su fracaso en la investigación de más de 4 años, y del poco sentido que tiene nada—. Tranquila, tranquila, la terminarás, de verdad, terminarás esa dichosa investigación.

—¿ Y luego?

 —¿Luego? Luego te preguntarás y ahora qué. Y entonces intentarás lo de la cuerda dos veces y lo de la cabeza en el horno una, solo por emular a Sylvia Plath porque tu horno será eléctrico. Te separarás porque tu dolor ensuciará el amor de odio. Verás a tu hermano morir de otra enfermedad heredada de tu padre y aborrecerás tanto que él siga vivo, mientras que a los que amaste murieron, que creerás volverte loca, hasta desear matarlo con tus propias manos, y tendido en la cocina lo dejarás con un suspiro de aire para hacerlo sufrir en su propia agonía. Marcharás lejos, a una pequeña casa en mitad de la sierra manchega, y asumirás tu cegara sin tratamiento pasando las tardes en una descolchada silla en el jardín mirando al frente y, cuando no distingas el día de la noche, te cortarás las venas y corriendo buscarás tiritas porque tu cuerpo no desparramará suficiente sangre como para dejarte sin vida, y comprenderás que estás condenada a vivir. Mirarás, entonces, a tu perro Orfeo y le explicarás que es hora de volver a la civilización. Regresarás a Madrid y vivirás en una nueva buhardilla del centro, y te llamarán la loca del abrigo blanco. Y ansiarás encontrarte con tu yo de hace 45 años para decirle que no sufra, que nada importa, que no intente cambiar las cosas porque todo vuelve al mismo lugar. Aquí.

 —El café solo, señora. Se lo digo a usted. —La camarera toca el antebrazo de la vieja y se va.


7 jun 2022

Feria sectaria

 

La quema de los libros de Robert Smirke

Nota: Este relato es la tercera y última parte de Café sectario y Té sectario.

Me repasaba con el dedo una de mis cejas. Desde que me había quedado ciega de un ojo me resultaba difícil depilármelas con precisión, nunca atinaba a ver los pelitos más cortos y hasta que no empezaban a pincharme, cuando los tocaba con la yema de los dedos, no me daba cuenta del escandaloso desarreglo.

—¿Y entonces?

Dejé de acariciarme la ceja y miré a Almudena que me tenía cogida del brazo como si fuese una abuelita necesitada de ayuda.

—¿Entonces qué? —respondí.

—No hicisteis nada —dijo ella.

Estaban empezando a montar las casetas de la Feria del Libro en el parque. Una enorme hilera de planchas y tablones de madera desaparecían a lo largo del Paseo de Fernán Núñez.

—¿Cuándo empieza este año? —pregunté a un operario. El hombre levantó los hombros.

—El trabajo tiene que estar terminado para el 24 de mayo, lo que empiece o termine aquí ya no es cosa mía.

—Ya, gracias —contesté—. Vendremos, ¿no? —dije girándome a Almudena.

—No me lo vas a contar, ¿verdad?

Resoplé y me desquité de su brazo con bastante molestia. A veces Almudena era esa amiga que, sin darte cuenta, llevabas solapada a ti demasiado tiempo y por mucho que la quisieras sentías su peso en cada uno de tus movimientos. Qué quieres que te cuente, le dije. Lo intenté y no pudo ser. Lo intenté y no pudo ser. Y al decirlo por segunda vez en voz alta me di cuenta de la tristeza que me provocaba. Le conté las cosas como fueron. Que tras el primer arranque de furia, Beatriz decidió no delatarnos y seguir el juego. Fingió ser una sorprendida clienta de la peluquería. Le conté que Federico dijo que éramos tigres, animales poderosos que no esperaban a que una gacela pasase a nuestro lado sino que éramos hábiles cazadores a pesar de ser veganos. Le conté que nos llamaba seres de luz y que cada vez que hacíamos meditación me dormía. Le conté que nos repartían papelitos en los que valorábamos nuestro pasado y apuntábamos objetivos futuros que debían situarse en islas de paz. Le conté que la segunda vez que se me acercó una tal Marisa, administrativa y doula, hablándome de la importancia de abrazar a los pinos porque ellos te ayudan a filtrar la culpa y la exigencia, le contesté que tan solo estaba a favor de la prisión permanente revisable en dos casos: para coaches y doulas. No hubo un tercer acercamiento. Le conté que Federico insistía una y otra vez en que subiéramos el contenido en redes etiquetando al grupo, nos hostigaba a que compartiéramos la información con amigos y familiares. Le conté que nunca había comido tanta sandía y arándanos. Le conté que Geraldine estaba fascinada por las expresiones narcisistas de Federico y que escribiría un libro. Le conté las caminatas en que nos hacían fijarnos en las encinas como reflejo de mujer empoderada que necesitaba poner límites a una sociedad castigadora, y que el conocimiento no estaba en los libros sino en la ruta salvaje de la indagación personal a través de la naturaleza, a través de la pasión agreste que hacía abrir nuestros ojos a una verdad que la tiranía de lo meramente académico quería escondernos. Le conté que respiraba con fuerza y en cuclillas, dejando pasar al grupo de mentorís delante, rogaba para que todos aquellos seres huecos se desintegraran, sin dolor ni sufrimiento, solamente que desaparecieran de este mundo al que nada aportaban más que subnormalidad embutida. Le conté que por la noche, junto a la piscina jugábamos a “abrir nuestros corazones” y aquellas personas contaban episodios desoladores de sus vidas y que lloraban y se abrazaban y que yo les sonreía desde lejos y que con la mano estirada les pedía que no me tocaran, por favor, mientras Geraldine se tumbaba en el césped boca abajo para disimular su risa. Le conté que Beatriz habló de Pablo, de su muerte y de su culpa. Le conté que Beatriz lloró y que Marisa la abrazaba y que yo tan solo la miraba. Le conté que en su habitación intenté hablar con ella pero que tan solo repetía que yo no podía entenderla y sí que podía, claro que la entendía, por eso le dije que a la mañana siguiente me marcharía, que regresaría a Madrid con Geraldine, que no esperaríamos a la tarde, que se viniera con nosotras. Vente, Beatriz, le dije. Ella me abrazó y me auguró que algún día entendería la vida de otra manera.

—La vida solo tiene un sentido, Bea, le dije. Nosotras nos fuimos y ella se quedó.

Almudena frotó mi espalda con la palma de la mano abierta.

—Sí, vendremos a la Feria y compraremos muchos libros para que la tiranía académica termine con nuestras almas —dijo.

 

15 may 2022

Té sectario

 

Fotograma de la película Midsommar (2019) de Ari Aster

Nota: Este relato es la segunda parte de Café sectario

Mientras Elvira releía en voz alta el párrafo en el que emparentaba la inquietud existencialista en el teatro de Unamuno con la de Ibsen, Geraldine la escuchaba con los brazos prácticamente pegados al volante y concentrada en la carretera.

—No se entiende —dijo.

—¿Qué no se entiende? —preguntó Elvira recolocando su portátil sobre las rodillas en el asiento del copiloto.

—Lo de la herencia. No puedes afirmar como innovador que el sentimiento de desapego vital es heredado, esa idea es la que empapela todo el teatro del s. XVI y XVII. Busca otra perspectiva para explicarlo si no quieres que te tumben en los 5 primeros minutos de exposición. —Elvira la miró con desgana y cerró el ordenador de golpe—. No te enfades.

—¿Quién está enfadada? —Y después añadió entre dientes—. Francesa rancia…

—Algún día me explicarás tu trauma con los franceses.

—El único trauma que tengo eres tú.

Geraldine se rio. Llevaba más de siete meses trabajando codo con codo con Elvira y, aunque al principio le costaba gestionar sus desplantes e improperios, había empezado a disfrutar de ese infantil malestar que le generaba todo lo proveniente de Francia.

—Entonces llegamos y nos dejamos llevar, ¿no? —dijo Geraldine intentando recuperar el buen humor de su compañera—. Tu amiga no sabe que vamos, ¿es así? Lo que no me queda claro es si fingimos conocerla o no.

—Tú no tienes que fingir nada, no es amiga tuya. —Geraldine volvió a soltar otra risotada, su compañera se le hacía muy cuesta arriba, por más que lo intentara siempre recibía una bofetada de frente—. ¿De qué te ríes?

—Bueno, es divertido pensar en lo mucho que inviertes por caer mal a la gente cuando la realidad es bien distinta. Aquí estás, a punto de implicarte en un grupo sectario de autoayuda durante todo un fin de semana para sacar de allí a tu amiga. Mostrándote desde el principio como buena persona, ¿no te ahorrarías mucho tiempo?

—De verdad que los franceses estáis hechos de lactosa, es oíros y me entra cagalera. —Se miraron un segundo y empezaron a reírse como dos niñas en medio de clase. 

Aparcaron el coche frente a una bonita casa en la sierra madrileña. Elvira echando un vistazo a los alrededores se decidió por tocar el timbre de la verja. Nadie contestó. Las dos mujeres revisaron de nuevo la dirección que en la oficina del centro de Madrid les habían dado.

 

—Será una experiencia única —les dijo la joven que les atendió—. Federico, nuestro mentor, os ayudará a adueñaros de vuestras emociones sanando el pasado. Y sé que nunca habéis asistido a algo tan, tan, tan hermoso y bestial al mismo tiempo.

—No, no, no, nunca, te lo aseguro —contestó Elvira ofreciéndole su tarjeta de crédito—. El retiro de mi amiga —y señaló a Geraldine— también me lo cobras a mí.

—Ya, si no te importa, me haces el pago por Bizum, es más fácil, más cómodo, estamos en 2022. Nos tenemos que ir olvidando de nuestras tarjetitas de plástico.

—Oh, oh, ya, por Bizum, sí, sí, claro, sin recibo ni factura, cómodo y maravilloso todo este mundo. —Sonrió mirando a su compañera de tesis y sacó el móvil.

Antes de salir de la oficina, la joven les indicó cómo llegar en coche y les dio el programa de actividades que tendrían durante los dos días de retiro.

 

—Vuelve a tocar el timbre porque es aquí —insistió Geraldine frente a la verja de la casona.

Elvira tocó. Nada. Buscó la ranura del correo postal, la abrió y voceó dos holas, tres eooos y un estamos aquí.

—Qué primitiva eres… —masculló Geraldine alzando la vista al cielo.

La verja se abrió desde dentro. Un hombre de algo más de cincuenta años con pantalones cortos y camisa de hilo azul clara las sonreía.

—Cristina y Léa, ¿verdad? —dijo apuntándolas con el dedo. Ellas asintieron. La idea de no dar sus verdaderos nombres fue de Darío pero pronto se dieron cuenta que, con el Bizum y otros muchos detalles, estaban dejando rastro de sus verdaderas identidades, aun así les resultaba divertido—. Ya me podéis perdonar. Estaba en la parte de atrás, en la piscina y no he escuchado el timbre. El grupo está de senderismo, regresarán en 40 o 50 minutos.

—Claro, llegamos un poco tarde.

—No pasa nada, ¿problemas en la peluquería?

Las dos mujeres no supieron qué decir hasta que Elvira recordó que en la ficha, que tuvieron que rellenar sobre sus datos personales, afirmaban tener una peluquería.

—Sí, sí, sí, lo siento muchísimo, no queríamos abrir pero una clienta nos ha llamado porque tenía una boda y pues, ¡vale, te peinamos!

—Oh, sí, sí, te peinamos, te peinamos, bien sûr! —Geraldine a los coros.

—Jamás debéis disculparos por daros a vuestro trabajo, jamás, jamás.

—Jamás, jamás… —repitieron.

—Aquí aprenderéis a aplicar con éxito los 5 yamas del yoga a vuestro propósito, sea cual sea: formar una familia, equilibrar cuerpo y alma o levantar una peluquería, vuestra peluquería, tu peluquería, Cristina, tu peluquería, Léa. Aquí.

—Oh, vaya, oh, qué fantástico, es… tan, tan, fantástico, ¿verdad, Léa?

—Oh, sí, sí, muy, muy fantástico, grande fantástico.

—Os siento abrumadas y no lo quisiera, os acompaño a vuestra habitación y después, cuando os hayáis hecho con el espacio y os sintáis cómodas, os invito a un té en el jardín para seguir hablando mientras llegan el resto de mentorís.

—Sí, los mentorís, claro, somos mentorís, tú eres el mentor y nosotros los mentorís. Mentorís, Léa.

Oui, mentorís, mentorís.

Dejaron las bolsas sobre las camas y al asegurarse de que Federico ya había bajado a la primera planta se juntaron como dos imanes y empezaron a reírse. Geraldine estaba absolutamente entusiasmada y le repitió a su compañera, hasta cuatro veces, que nunca podría pagarle el que le diera la oportunidad de observar tan de cerca a un narcisista de manual.

Federico les sirvió el té junto a la piscina y les pidió que hablaran sin miedo sobre ellas, que no tuvieran temor, que no maquillaran su pasado, que no aparentaran, que hablaran con la verdad para ir creando la toma de conciencia tan necesaria para seguir construyendo un futuro sin grietas. Geraldine comenzó inventándose un divorcio traumático por lo que tuvo que huir de Francia y empezar de cero, primero en Murcia y ahora en Madrid. Y Elvira se decantó por una complicada infancia con una madre ausente que le había incapacitado a día de hoy a responsabilizarse de sus dos hijas quienes vivían con su padre en Santander y a las que veía cada dos fines de semana.

—Valientes, las dos. Inmensamente audaces. Nos cuesta admitir nuestra vulnerabilidad pero fijaos en vosotras, qué transparencia. Con esta sinceridad podemos construir los cuatro pilares fundamentales para alcanzar nuestro propósito. —Les mostró la mano izquierda con cuatro dedos alzados. Las dos mujeres lo imitaron y mostraron sus cuatro dedos en alto también—. Exacto, los cuatro: cuerpo, mente, emoción y alma. —Elvira repitió alma levantando esta vez las dos manos con un total de 8 dedos, Geraldine tuvo que mirar hacia otro lugar para controlar la risa.

Después les contó una parábola sobre un panadero con una furgoneta en un pueblo y un hombre con mucho frío que no tenía pan ni dinero para comprarlo y de un vecino que tenía muchas barras en su casa y que un día éste le explicó al friolero cómo hacerlo en su propia casa y desde entonces siempre tuvo pan.

—¿Y el panadero? —preguntó Elvira.

—¿Perdón?

—Dejaron al panadero sin trabajo.

—No, emprendieron.

—¡Intrusismo capitalista! —exclamó.

Geraldine carraspeó.

—Es muy bonita, muy bonita —dijo la francesa—, una historia muy inspiradora.

—Gracias, Léa, por escuchar. Es importante escuchar y apaciguar nuestras voces rebeldes de pensamientos tóxicos y, Cristina, créeme, yo era como tú, inconformista, subversivo, sedicioso, golpista… Yo era la confrontación extremista entre mis emociones y mi alma, ¡yo! ¡Yo! ¡Fijaos en mí ahora!, ¿lo diríais viéndome así de calmado, sosegado, apaciguado?, ¿lo diríais?

—Ah, mais non!,  pas du tout, pas du tou.

Elvira apretó los dientes y parpadeó con lentitud, lidiar con semejante charlatán le iba a costar más de lo que pensaba.

—Tranquila, Cristina, respira, sé cómo te sientes. Tu mochila es tan grande que crees ver enemigos en todas partes pero no es así. Soy Federico y voy a ayudarte a oxigenar tu pasado para que tu futuro no sea doloroso. Empezaremos por el principio, simple, por el primer pilar: la salud, eso es tu cuerpo, Cristina. Lo vamos a curar. Aquí.

Terminaron el té entre más parábolas y más pilares. Poco después apareció en el jardín un reducido grupo de 6 personas, los mentorís, entre ellos, Beatriz que reía a carcajadas cogida de la mano de una mujer, la misma que la de la foto de Darío. Geraldine nerviosa se puso de pie a pesar de que Elvira le gesticulara que no se moviera. Beatriz la miró, no sabía quién era, así que la sonrió con dulzura y le dio la bienvenida al grupo. Geraldine no supo qué responder solamente bajó la vista y señaló con la mirada a Elvira que seguía sentada en la tumbona. Beatriz, pasmada, se soltó de la mano y se adelantó hasta su amiga.

—¿Qué coño haces tú aquí?

                                                                                                      (Continuará…)

8 may 2022

Café sectario

 

Fotograma del documental Wild wild country (2018)

Almudena y Darío estaban sentados en la mesa del fondo. Desde ahí podían controlar la puerta. Bebían dos cafés y miraban la pantalla del móvil de Darío.

— Es mejor que se lo digas tú.

—¿Yo? —preguntó Almudena echándose hacia atrás—. ¿Por qué yo?

—Porque Elvi es tu mejor amiga.

—¡Y Bea la tuya!

La puerta de la cafetería se abrió y entró Elvira cargando una mochila y dos tote bags.

—Esta investigación me está matando —dijo soltando los bártulos sobre la mesa—. Y ¿sabéis qué es lo peor?, que no la vamos a poder entregar en el tiempo establecido. Se lo he dicho a Geraldine pero, como es francesa, ella a los quesos. Geraldine, que vamos muy atrasadas. Oh, chérie, ¿y qué me dices del Coeur de Neufchâtel con un poquito de confiture de frambuesa?, oh, là là!, oh, là, là! Sí, ¡oh, lalá!, le digo yo, porque como para explicarle que, con solo olerlos, me cago viva. Claro, es que…

 —Elvi… —intentó interrumpir su amiga.

—… es muy fina, fijaos que el otro día me trajo un bolso dorado, ¡dorado!, pero ¿a dónde vas, criaturita, con semejante accesorio de la Barbie destellos? Ahora, también os tengo que decir que le estoy cogiendo cariño, sí, es francesa pero lo que siempre digo: su culpa no-es, nacen así, pobrecita mía, y además…

—Elvira, por favor, siéntate, tenemos que hablar. —La voz de Darío sonó convincente. Elvira contrariada se sentó a cámara lenta. “¿Qué pasa?”, preguntó. Darío dio un codazo a Almu y esta empezó a hablar:

—Elvi, es Bea, estamos últimamente un poco preocupados por ella.

—¿Bea? Esa siempre ha estado más loca que las maracas de Machín, no le pasa nada.

Almudena y Darío cruzaron una mirada nerviosa. Darío mostró su móvil a Elvira.

—Está en un grupo —dijo. Elvira cogió el móvil y se lo acercó para ampliar las fotografías—. Es un grupo de ayuda, de… autoayuda. —Elvira levantó la cabeza como si de un resorte se tratara, miró a sus amigos sorprendida y volvió a las fotografías. En una de ellas aparecía Beatriz tumbada en una esterilla abrazada a otra mujer, las dos sonreían, parecían tener una fuerte amistad si no fuera porque se conocían de hacía dos meses. En otra, un grupo de ocho personas rodeaban, con los brazos en alto, una hoguera en un gran jardín.

—¿Qué mierda es esta? —preguntó soltando el móvil y modulando un tono de voz absolutamente diferente al que había mantenido mientras contaba lo de los quesos de Geraldine.

—Lleva mandándome fotos desde hace unas cinco semanas —explicó Darío—. Al principio no le di demasiada importancia, está bien que salga con otra gente; lo de su cáncer, Markus, lo mío con Almu… No sé, pues, joder, pensé: ¡qué de puta madre, sale del círculo!, ¿no?, ¡sale del círculo! Le va a venir bien ver otras cosas, nuevas amistades, creo que todo es positivo. Sin embargo, las fotos empezaron a volverse raras, ya no solo eran de paseos por la Sierra, sino de sesiones de yoga y meditación grupales en retiros de fin de semana, en casonas aisladas fuera de Madrid, ¿entiendes? No sé, todo se me volvió sospechoso. Y la gota fue cuando me dijo que el grupo lo lideraba un tal…

—¡¡¿Líder?!!

—Elvi, tranquilízate.

—¡¡¡Estoy muy tranquila, Almudena!!!

—¿Ya sabe lo que va a pedir, señora? —frente a la mesa la camarera.

—¡Sí, un abogado!

—Nada, gracias —contestó Almudena y la joven regresó a la barra molesta.

—Federico Gaescán —dijo Darío—. El pavo que mueve los grupos se llama Federico Gaescán y por supuesto lo he investigado por internet. Es valenciano pero ha vivido en Argentina más de 15 años, supongo que de allí se ha traído toda esta movida. En Latinoamérica proliferan estos grupos de crecimiento personal, emprendimiento, meditación, yoga y coaching, incluso en algunos te ofertan la “inigualable experiencia” de un viaje introspectivo con ayahuasca. —Elvira se quitó las gafas y se frotó los ojos con desesperación—. Te responsabilizan de los fracasos de tu vida hasta ahora pero te prometen un cambio radical a través de sus cursos. Todos son iguales. Y todos tiene un gurú, líder o mentor.

—Una secta —dijo Elvira colocándose de nuevo las gafas.

—Sí, de alguna manera son las nuevas versiones de las sectas. La religión ya no es un buen cebo para captar gente, no obstante el emprendimiento y crecimiento personal parece que sí.

Elvira se giró, respiró con dificultad y pidió un café a la camarera de la barra que con hastío asintió.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó después.

Almu y Darío se miraron. Almudena agachó la cabeza y dijo finalmente:

—Verás, hemos pensado que como tú tienes esa personalidad tan, bueno… tan… así, tan… como de…

—¡El café! —la camarera dejó sobre la mesa la taza—. Son 2,60€.

—Primero me lo tomaré y luego te pagaré.

—La consumición se abona inmediatamente. Son las normas.

—¿Las normas? ¿Te parece que llamemos a la policía o mejor aún que os denuncie por abusar de los derechos de los consumidores? Te aseguro que os costará explicar semejante precio por un simple café en este barrio. Dime, ¿qué prefieres?

La chica con un violento movimiento de cabello se alejó de la mesa. Elvira con parsimonia abrió su sobrecito de azúcar y lo vertió en el café, al levantar la vista se dio cuenta de que sus dos amigos la miraban fijamente.

—¿Qué?

—Pues eso, tu personalidad —aclaró Almudena—. Hemos pensado mucho, mucho, mucho en tu personalidad. Elvi, no hay nadie mejor que tú para meterse en ese grupo y desde dentro abrirle los ojos a Bea.

Elvira no movió ni una ceja.

—Es una broma, ¿verdad? —dijo—. Porque no podéis decir en serio que me meta en una secta solamente porque me cabreo con los precios de la hostelería madrileña. Es una broma, sí, decidme que es una broma.

Ninguno de los dos contestó. Elvira pegó un sorbito al café con la vista perdida en una de sus tote bags.


(Continuará…)

 

15 abr 2022

Procesiones en Madrid

 


Son las 23.10 de la noche y camino por Fuencarral a paso lento. En mis orejas los auriculares y en ellos Rigoberta Bandini. Me toco una teta y grito: “¡Mamá, mamá, mamá, paremos la ciudad!”. Nadie me mira. Amo Madrid. Me ajusto la mochila a los hombros. “Mamamamamamamamamamá”. La gente ha huido de la ciudad y postea en redes fotos de felicidad precalentada. La gente vuelve con ansia a la normalidad. Creo que a mí nunca me gustó, por eso me quedo en la ciudad, encerrada. “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas”. Un perro me mira, le saco la lengua, su dueña le regaña. Es vieja. Es vieja y le dice que está feo señalar con el dedo. No es su perro quien señala, le digo. Me ajusto de nuevo la mochila a los hombros y levanto los brazos “¡Porque nadie me puede prohibir ladrar!”. Bandini calla y salta llamada entrante. Espero a que cesen los tonos. Llego hasta la Gran Vía queriendo ser una perra. Bandini vuelve a callar, salta otra vez llamada. Paro y me descuelgo la mochila. Del bolsillo pequeño saco el móvil, miro la pantalla, “Gerardo Bro”. Me fijo en la hora, las 23.21, nunca mi hermano me llama tan tarde. Espero a que cuelgue. Reviso las llamadas, tres perdidas. Algo ha pasado. Mi padre. Marco rellamada.

—Te he llamado cuatro veces.

—Tres —corrijo—. Estaba en la biblioteca.

—¿Hasta las once de la noche?

—Sí. —No—. ¿Todo bien por Bilbao?

—Sí, todo bien.

—¿Papá bien?

—Sí.

—¿Sigue vivo?

—Sí, Elvira, sigue vivo.

—Ya. ¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—Pensaba que se habría muerto.

—Si se hubiera muerto te habría avisado.

—Bueno, lo estarías haciendo ahora, ¿no?

—Sí, si estuviera muerto sí.

—Por eso te lo he preguntado.

—Ya, pero está vivo, Elvira.

—En este preciso instante ninguno de los dos lo puede asegurar.

—Yo lo puedo asegurar.

—Tú estás hablando conmigo. Tu línea está ocupada así que no podría llamarte para decírtelo.

—¿Cómo va a llamarme para decírmelo si está muerto?

—Ah, ¿entonces lo está?

—¡Elvira!

Me adelanta la vieja con su perro. Lanzo un beso al animal, me ladra.

—Si papá sigue vivo, ¿para qué me llamas a las once de la noche?

—Porque estoy pensando en bajar la próxima semana a Madrid, un par de días, ¿cómo lo ves?

—Muy bien, baja y diviértete —le oigo reírse. No somos de decirnos “quiero verte” ni por supuesto “te echo de menos”, somos más bien de: idiota, pedorra y tonta del culo.

—Podríamos ir al teatro, algo ligerito, no me lleves a tus tragedias existencialistas, por favor. —Esta vez me río yo.

—Vale. —Quedamos en silencio— ¿Y si se muere mientras estás aquí?

—Ah, pero ¿no se había muerto ya?

Nos insultamos y nos despedimos. Guardo el móvil de nuevo en el bolsillo pequeño de la mochila, me coloco los auriculares y, tras caminar poco más de 20 pasos, tarareo junto a Bandini “In Spain we don’t know where to go”.

 

20 mar 2022

Rosquillas en el Huerto de los Olivos

 

Vendedoras de rosquillas de Manuel Wssel de Guimbarda

—Sí, Elvira a veces trabaja un poco a regañadientes, sobre todo últimamente, demasiado distraída pero lo lleva todo al día —dijo Geraldine sacudiendo al aire los dedos tras partir una rosquilla en dos. Elvira, sentada en el tercer peldaño de la escalera móvil de la biblioteca del profesor, la miró con hastío—. Y usted, Agustín, ¿cómo pasa los días?

—Pues aquí, ya me ves, más muerto que vivo.

—No diga eso, yo lo veo muy bien. Tenía ganas de pasar a visitarlo pero con esto de la pandemia me daba miedo.

—Tranquila, mala hierba nunca muere —interrumpió Elvira.

El profesor la miró y le lanzó un beso con su temblorosa mano. Elvira rio.

—Sois como un padre y una hija.

—Somos como dos amantes que jamás tuvieron la suerte de encontrarse —corrigió el profesor.

Geraldine, contrariada ante su respuesta, volvió a agitar los dedos aunque ya no tuviera azúcar que retirar. Elvira se levantó golpeando el suelo con el tacón para estirarse el pantalón y se dio la vuelta a fisgonear las estanterías.

—¿Te gustan las rosquillas, bonita? —preguntó Dolores entrando en el salón—. ¿Las tenéis en Francia?

—Sí, sí, las tenemos. Están muy ricas.

—Claro, pero seguro que así no, así no las tendréis, vosotros haréis rosquillas francesas. Estas no son francesas, tienen anís, no son como las que habrás comido, las mías van cargaditas, ¡come, hija, come más! —Dolores cruzó los brazos y esperó a que Geraldine se llevara otra a la boca.

—Vamos, déjala tranquila, Dolores.

—Uy, pero señor Agustín, si yo la dejo, ¡claro que la dejo! No te sientas forzada, ¿eh, bonita?, que yo te lo digo por hacerte un bien que se te ve muy delgada, ¡tú  come!

—¡Dolooores, por favor!

—Dolores, ¿te sientas un ratito con nosotros? —preguntó Elvira vaticinando una divertida tarde si se unía a la reunión.

 —Bueno, pero solo un ratín, que tengo muchísimas cosas que hacer. —Se sentó en la mesa, frente a Geraldine y cogió una rosquilla, después se la mostró con parsimonia como si quisiera darle instrucciones de cómo proceder.

—Y entonces, ¿tendréis la investigación concluida antes de marchar a Toulouse?

—No lo creo, Agustín —contestó con cierta frustración Geraldine—. En Toulouse estaremos las dos primeras semanas de julio y hasta mediados de octubre no la habremos acabado. —Se giró y miró a Elvira buscando su confirmación pero esta seguía de espaldas rebuscando entre las estanterías—. Le comento lo de Toulouse, tu estancia, ¿Elvira? —Ella a lo suyo—. ¿Elvira?

—¡¡Elvira!!

—Ay, señor Agustín, qué susto, qué susto, qué susto, por Dios, ¡no grite de esa manera!

Elvira se dio la vuelta con quietud y miró a su profesor.

—¿Qué?

—¿Dónde estabas?

—Cerca de ti, queriéndote.

El profesor sonrió.

—Tú no sabes querer.

—Aprendo.

—¿Aprendes?

—Me enseñas.

—Poco he podido enseñarte yo, quizá una vez muertos… quizá con la eternidad por delante… quizá entonces…

—Quizá.

Geraldine se levantó, se colocó el abrigo y dijo que se marchaba.

—¿Ya, bonita? ¿Te pongo unas rosquillas en un táper y te las llevas? —preguntó Dolores levantándose también.

Dijo que no con cierta molestia, parecía que su delicada educación francesa se hubiera evaporado y el verdadero carácter estuviera rompiendo el cascarón. Se acercó al profesor y con un forzado abrazo se despidió. A Elvira le dio un beso en la mejilla izquierda y después abandonó el Huerto. Dolores la acompañó a la puerta y al cerrarla volvió al salón. Recogió el plato de rosquillas de la mesa.

—Cielo, ¿te quedas a cenar? —preguntó.

Elvira miró al profesor.

—Sí, hoy me quedaré. —Dolores salió y Elvira se sentó en la butaca junto a la de Agustín—. ¿Y si nos morimos ahora?

—Si nos morimos ahora tropezaremos con la eternidad y, entonces, aprenderemos a querernos. Así será, quizá.

—Quizá —contestó y cerró los ojos.