9 ene 2023

Habilidades sociales

 

Una bailarina exótica demuestra que su ropa interior era demasiado grande como para exponer sus partes íntimas. Desconocido

Elvira sostenía un botellín de cerveza con una mano y con la otra un libro. Desde el fondo de la librería estudiaba la situación. La gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación. Todos parecían conocerse aunque no fuera así, se reían y se tocaban el brazo con fingida confianza. La última vez que Elvira había asistido a la presentación de un libro fue hace tres años, a la de Ernesto Garmendia. Y desde entonces, se había prometido a sí misma no volver a ninguna, incluyendo de esta manera aquel acto en su lista de eventos detestables: Bodas, funerales y presentaciones de libros.

Sin embargo, la culpa de su asistencia la tenía Enrique. Todo comenzó un poco antes de diciembre, Elvira decidió dejar que su amigo leyera por fin su tercera novela terminada. Habían sido varios amigos los que ya la habían leído y en general había gustado, pero es cierto que la crítica a sus diálogos era repetida. Así que si alguien sabía de diálogos era Enrique. Aunque no quisiera enfrentarse a él, tenía claro que era el único que podría hablar con conocimiento de causa.

—Es buena, Elvira —le dijo su amigo por teléfono hacía poco más de tres semanas—. Es buena —repitió.

—Ya, ¿y los diálogos? —preguntó pellizcándose el labio inferior con dos dedos.

—¿Los diálogos?, lo mejor de la novela.

—Hay gente que me ha dicho que no se entiende quien habla.

—Esa gente no lee teatro y por lo tanto no sabe descifrar la voz de los personajes si no están debidamente acotados. No es tu problema.

—Entonces, ¿es buena?

—Es buena. —Hizo una pausa—. No es extraordinaria, Elvira, no lo es. Pero los que escribieron de manera extraordinaria ya están muertos. Todos. Tú escribes bien y tu novela es buena, es publicable. Necesitas un editor.

—Necesito un editor…

Tres semanas después la volvió a llamar. A la presentación de la última novela de un joven y popular escritor granadino acudiría el editor. La editorial no era de las grandes pero sí había alcanzado un gran prestigio en los últimos 12 años, a día de hoy todos los escritores españoles y latinoamericanos querían lucir en su catálogo. Y que el editor se dejara ver por estos saraos era poco habitual, así que no podría perder la oportunidad de hablar con él.

—Yo no sé hablar con la gente —dijo Elvira a su amigo.

Enrique le quitó el botellín de la mano y lo dejó sobre una estantería, hizo que cogiera el libro con las dos y le alzó las solapas del abrigo.

—¿Por qué no te has puesto tacones? Parecerías más alta, así no se te ve. Eres un desastre.

—¿Quién es? —preguntó intentado ver a través de su amigo. Parecía una niña pequeña dejándose vestir por su madre.

—El canoso de la chaqueta de cuadros verdes y amarillos. Sí, ser editor no significa tener buen gusto para la ropa, en algo os parecéis. —La cogió por los hombros y la miró fijamente—. Escúchame, amiga. Te acercas, le muestras el libro, le das la enhorabuena por su buen olfato a la hora de editar nuevos autores y le dices que te ha encantado.

—No lo he leído.

—Nadie de los que estamos aquí lo ha leído y nadie lo leerá. El mundo editorial consiste en vender libros no en que sean leídos, ¿entiendes? —Elvira asintió—. Después te presentas, le comentas que también escribes y, como quien no quiere la cosa, sacas de tu bolso el maravillosos manuscrito de tu tercera novela y se lo das. Se lo das. Les gusta el papel. Así que se lo das. ¿Entiendes? —Elvira volvió a asentir—. Pues corre, ¡ve! Vamos, ve, ¡ve!

—¿Así sin más? Es que, Enrique, yo no sé hablar con los hombres, no sé relacionarme con ellos, yo… o los odio o me los follo, no tengo término medio. Soy víctima de un padre abusivo.

—¡Los dramas para tus novelas! ¡Vete! —Y de un empujón la lanzó al tumulto.

Elvira se abrió camino entre los grupitos de falsos amigos. Apretando el libro contra su pecho iba pidiendo paso con sonrisa tensa. Al llegar a la mesa del centro donde el escritor firmaba sus ejemplares se paró, había perdido a su objetivo. Chaqueta de cuadros verdes y amarillos, chaqueta de cuadros verdes y amarillos, murmuraba.

—¿Te lo firmo?

—¿Qué? —preguntó asustada.

—El libro, ¿quieres que te lo firme? —El joven escritor se había puesto en pie y con amabilidad extendía el brazo para recoger el libro que estrujaba Elvira.

—¿Eh? Oh, no, no, no, no quiero.

El escritor volvió a sentarse e hizo una mueca de asombro a la mujer que tenía a su lado. Después ambos se rieron. Elvira los miró y les sonrió, acto seguido les explicó que iba al baño.

—Esta es la fauna que tienes que aguantar en las promociones de tus libros, nada es gratis, querido —susurró la mujer al escritor.

De camino al baño, Elvira localizó la chaqueta de cuadros verdes y amarillos.

—Chaqueta, chaqueta… Perdón, lo siento… Chaqueta, chaqueta, por favor, déjeme pasar, gracias, chaqueta, chaqueta, chaqueta… ¡Hola! —exclamó frente a él.

—¿Hola? —respondió el editor algo contrariado por la efusividad de Elvira, había hecho que la conversación que mantenía con otros tres hombres se cortara de golpe y aquello pareció molestarle.

—Hola, hola, sí, ¡hola!, ¿qué tal?, ¿qué tal?, bueno, ¡hola! —exclamó de nuevo.

—Vaya, vaya, te dejamos solo ante el peligro, ¡suerte! —dijo uno de los acompañantes entre carcajadas y los tres hombres se alejaron.

Elvira fue a abrir su bolso pero luego recordó que primero tenía que hablar del libro del escritor granadino.

—Sí, bueno, bueno, enhorabuena —dijo mostrándole el libro.

—No lo he escrito yo.

—Sí, sí, sí, bueno pero tu nariz, tu nariz es… mágica.

—¿Mi nariz?

—No, no, no la nariz —se rio nerviosa—, lo que sale de dentro de la nariz, ya sabes, hablo de manera figurativa.

—¿Mocos mágicos?

—No, no, lo que hueles, quiero decir.

—¿El olfato?

—Exacto, exacto, exacto… Vale, y aunque no te lo creas soy filóloga.

El editor abrió su chaqueta y colocó los brazos en jarras. Después levantó las cejas y esperó a que continuara.

—Vale, mi nombre es Elvira Rebollo y me ha gustado mucho este libro, mucho, mucho, y soy profesora, ¿sí?, bueno, si te digo la verdad no lo he leído, pero voy a hacerlo, te lo prometo, Enrique dice que no, en realidad yo escribo, ¿sabes?, él me dijo que te lo dijera después de presentarme, sí, y aunque la gente no entiende mis diálogos parece que son buenos, sí. Está en el bolso.

—¿Perdona?

—No sé, ¿follamos?

El editor se recolocó la chaqueta y, apartando a Elvira con enfado, se marchó.

Elvira cerró los ojos y deseó la llegada del mismo meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. Diez, veinte o incluso treinta minutos después, Enrique le tocó el hombro. Elvira, que había permanecido allí quieta en todo ese rato, se dio la vuelta.

—¿Qué , amiga, cómo ha ido? ¿Qué te ha dicho cuando le has dado el manuscrito? ¿Se lo va a leer?

—Sí, se lo va a leer —contestó con una plana sonrisa.

—Joder, ¿en serio?

—Sí.

—Amiga, amiga, esto es muy grande, ¡muy grande! Voy a por dos cervezas para celebrarlo.

—Sí.

Elvira se apoyó en la pared. A lo lejos vio a la mujer que había estado sentada en la mesa del centro junto al escritor, levantó la mano y la saludó. La mujer le devolvió el saludo y tras comentar algo a la chica con la que estaba, se empezaron a reír mirando a Elvira. Ella las sonrió.

 

21 dic 2022

Little Sin

Vieja mesándose los cabellos de Jan Massys

                              

    —¿Con muerto te refieres a muerto, muerto? —Al escucharlo, Almudena clavó la vista en su amiga Elvira que estaba a su lado con un café hablando por el móvil—. Claro, pues sí, muerto entonces. —Almudena cruzó los brazos sobre la mesa y la observó intrigada—. Uy, no, no, el mío sigue vivo, habrá que esperar. —Elvira rio con ganas, se despidió de su interlocutor con un beso y dejó el móvil en la mesa—. Mi amiga Débora, encontraron a su padre muerto en casa, un infarto o vete a saber qué. ¿Pedimos algo de comer?

     —Nunca me acostumbraré, eres un monstruo.

    —Es lo que hay. ¡Perdona! —exclamó al camarero levantando el brazo—. ¡Una tostada Little Sin, por favor!

    —¿Con jamón o salmón? —gritó el chico desde la barra.

   —¡Salmón, gracias! Qué mono es… —añadió levantando las cejas. Después se fijó en Almudena que tenía la cabeza baja y estrujaba con lentitud el sobre del azucarillo—. Vamos, Almu, no te pongas así. Spoiler: todos vamos a morir. —Se rio y frotó la espalda de su amiga.

    —En serio, ¿no tienes miedo?

    —¡¿A morirme?! Nunca pensé que llegaría a los 40 y, mira, llevo 5 años extras. En realidad me sobran, no tengo más narrativa que añadir a mi existencia. Mis días hace tiempo que se convirtieron en una sucesión repetitiva de hechos sin sentido, vida lo llaman. Vida. Pues para quien la quiera. Yo ya he tenido suficiente.

    —Y aquí llega su Little Sin, señora, y no tenga cuidado, el pan está tierno —dijo el camarero depositando el plato con la tostada en la mesa.

    —Gracias, qué buena pinta. —Lo vio regresar a la barra y añadió—: Tú piensas en tirártelos y ellos solo ven a una vieja con problemas dentales. La vida, Almu, la vida. La mierda de vida.

    —A la muerte no, pero a la vejez sí. Estás acojonada, Elvi.

    Elvira sonrió. Volvió a frotarle la espalda con mimo y después miró su plato. Acarició con el cuchillo el huevo poché. Presionó sobre él y dejó que la yema se desparramara sobre el aguacate y la fina loncha de salmón.

    —Y pensar que por esto voy a pagar 12,70 €. La vida.

   —La vida en el centro de Madrid, sí —dijo Almudena—, esa vida. Pronto nos echaran a todos. Nos mandaran al extrarradio. Dejarán el centro solo para turistas y ricos. Y nosotras no somos ni lo uno ni lo otro.

   —Sí que lo estoy. —Almudena la miró contrariada—. Acojonada. Lo estoy. Si soy incapaz de atar una soga a la viga de mi salón, ¿cómo no me va a aterrar la vejez?

    —Elvira… —dijo su amiga agarrándole de la mano—, no pierdas la esperanza, siempre pueden diagnosticarte un cáncer terminal.

   Los dos mujeres se miraron un instante antes de romper a reír. Eran tal para cual. Compartieron la tostada, se terminaron los cafés, pagaron a medias y salieron de la cafetería cogidas del brazo.

    De camino a casa de Almudena, Elvira se apretó a su amiga para camuflar el frío y dijo:

    —Quizá no esté tan mal eso de hacerse viejas. No sé. Es posible que conserve algo de vista, que las tetas no me cuelguen más allá del ombligo, que el extrarradio me encante… —Almudena rio—. Mira a tu madre, ¿78?

    —¡Ochenta y tres años!

    —Madre mía, y ¡mírala! Desde que la tienes en casa Abel está mucho más sereno.

    —Sí, es una muy buena influencia para él.

    —Lo es, es extraordinaria. Se encarga de todo.

    —Cada vez menos, porque últimamente la veo un poco flojita pero sí, me ayuda mucho, la verdad. Sé que echa de menos la casona del pueblo, pero allí sola no podía quedarse, son muchos años los que tiene por muy bien que esté.

    —Claro, claro, mejor en Madrid. Aquí está bien, firmaría por llegar a su edad así. Tu madre resta temor a lo que se nos viene. Es admirable.

    Llegaron al portal de la casa de Almudena y Elvira se apoyó en la fachada.

    —Te espero aquí, bájame los libros —dijo.

    —No, mujer, sube. Así saludas a mi madre que le hará ilusión.

    Al abrir la puerta de casa, Almudena voceó un hola que fue respondido por su madre e hijo desde el salón. Ambos estaban sentados en el sofá, Abel más bien tumbado. Elvira al entrar besó la cabeza del chico quien la miró con asco.

    —Hola, Sabina, ¿cómo estás? —preguntó acercándose a la vieja y besándola en la sien.

    —Bien, hija, bien, cómo iba a estar. Bien, bien.

    Elvira le frotó el brazo y la miró con cierta lástima.

    —Echas de menos el pueblo, ¿verdad?

    —Pues bueno, a días. Días un poco más, días un poco menos.

    Almudena entró en el salón con tres libros en la mano.

    —Toma —dijo ofreciéndoselos a Elvira—. Te pueden servir. No tengas prisa, me vale con que me los devuelvas después de año nuevo.

    Elvira se lo agradeció y los metió  en el bolso. Después ayudó a Sabina a levantarse del sofá.

    —Gracias, hija, las rodillas no son lo que eran, una ya está mayor.

    —¿Mayor? Estás estupenda, Sabina. Lo comentábamos viniendo para acá.

    —Pues no tanto. Oye, dime, ¿pasarás las navidades con tus padres?

    Elvira apretó los labios y sonrió con cierto nerviosismo.

    —Bueno, bueno… las pasaré con la familia de mi marido, sí. Yo no tengo padres, Sabina. Mi madre murió hace ya 8 años y mi padre… Yo no tengo padres.

   —Vaya, cielo, cuánto lo siento, cuánto lo siento. Te has tenido que sentir muy sola, pobrecita… ¿Y tú? —preguntó acercándose a Almudena—, ¿tú tienes padres, bonita?

    Almudena palideció, se apretó el vientre con las manos y dijo bajito:

    —Sí… Tengo madre, vive conmigo…

    —Oh, eso está bien, muy bien —dijo y con una serena sonrisa salió del salón.

 

27 nov 2022

Que por qué te quiero

     

Shakin' Hands With The Holy Gosht de Balckberry Smoke


    Me desperté con la cara de Tomás a 5 centímetros de la mía. Parpadeé y él acortó la distancia un centímetro más. Tumbado sobre la almohada parecía estar poniendo huevos. Hola, gato, le dije. Saqué una mano de debajo del edredón y le acaricié las orejas. Hola, gato. Me olisqueó la nariz y se bajó de la cama de un salto. Me puse una vieja sudadera de la Trinity College y descalza me asomé al salón. Joan estaba sentado en su escritorio con los auriculares puestos. Hola, feo, le dije. No se giró, no se movió, no me escuchó. Me miré los pies desnudos y apreté los dedos contra el suelo. Hace frío, feo. Lo observé dibujar impasible y entré en la cocina. Alcé los brazos y fingí ser Tomás desperezándose. Pensé en los días que tenía una vida, una vida sin terminar y eran muchos, demasiados. Apreté el botón de la máquina de café. Joan siempre me dejaba preparada la dosis y el vaso, con tan solo una pequeña presión del dedo índice mi día daba comienzo. Vi salir el oro negro, me acerqué a la cafetera e inspiré con fuerza. Dejé el café sobre la mesa y fui al baño. No reconocí a la mujer del espejo. Me senté en el váter y me enrosqué papel higiénico sobre los dedos a modo de ovillo. Tiré de la cadena, Tomás apareció como alma que lleva el diablo. ¿Por qué te gusta tanto el agua si luego no puedes ni acercarte a ella? Me lavé las manos y saludé a la mujer que tenía enfrente. La llamé vieja y acabada. Sentada a la mesa, bebí el primer sorbo de café, cerré los ojos y deseé que el día estuviera acabando. Me gustaba descontarlos, uno menos. Uno menos. Tomás se sentó sobre mis pies desnudos y eso me reconfortó. Agaché la cabeza por debajo de la mesa y lo vi mirándome. Gracias, gato. Joan entró en la cocina dando una palma, ¿qué pasa aquí?, y se rio a carcajadas. Dime que es un chiste que sigamos vivos, le dije. Se colocó en el medio de la cocina y empezó a mover el culo de un lado a otro. Ven, me dijo. Me levanté sacudiendo a Tomás. Joan me agarró de las manos y me apretó contra él. Empezó a tararear Shakin’ Hands with the Holy Gosht de Blackberry Smoke. Me reí. Mi chico sabía dibujar pero no cantar. Nos balanceábamos de un lado a otro sin ningún ritmo, parecíamos dos sombras trastornadas en mitad de un pasillo abandonado. Me soltó y dio un par de palmas subiendo el tono. Sabía que su alma estaba en Atlanta. Cogí a Tomás del suelo y, levantándolo hacia los cielos, jaleé a Joan. El pobre animal se columpiaba en el aire mientras los dos gritábamos everybody knows, baby take it slow! Tomás se zafó y huyó de la cocina. Yo me acuclillé para verlo correr mientras me reía agarrada al pijama de Joan. Con un último grito, Joan se calló y con los brazos en cruz dio las gracias a la turba que había llegado desde tan lejos para oírlo cantar. Me ayudó a levantarme y cuando me tuvo frente a él, me sacudió el cabello de un lado a otro y después, con toda esa maraña de pelo sobre la cara, me beso. ¡Buenos días, nena!, dijo.

 

6 nov 2022

No es cosa de dos

 

Raíces de Frida Kahlo

Hace 8 semanas

Almudena giró el botellín de cerveza sobre la barra y después, con una sonrisa forzada, se recolocó en el taburete.

—¿Tú no piensas lo mismo? —preguntó Darío.

—Me encanta que los bares hayan recuperado las barras. La pandemia se ha hecho eterna pero otra vez estamos aquí —dijo ella sin quitar el ojo de su bebida.

—Almudena, hace tiempo que no estamos bien, yo no sé, pero no estamos bien.

—Yo sí estoy bien.

—Almu, no, no es verdad. Son muchas cosas: tu madre viviendo contigo, tu hijo que no es fácil, son muchas cosas. No estamos bien. Los dos lo sabemos.

 Almudena levantó el botellín, lo sostuvo un tiempo en el aire y luego lo volvió a dejar sobre la barra. Se giró y miró a Darío.

—Yo sí estoy bien.

—No, no los estás, ninguno de los dos lo estamos.

Hace 6 semanas

—Son unos cobardes. Todos. Son unos cobardes. ¿Qué fila tenemos? —preguntó Elvira.

—La sexta —contestó Almudena que la seguía por el pasillo central del teatro con el móvil en la mano.

—Disculpe, señor, esa butaca es nuestra, tenemos la 13 y la 15, ¿lo ve? —Elvira quitó el teléfono a Almudena y se lo mostró al caballero de la sexta fila.

El hombre resopló, con pereza recogió su chaqueta posada en la butaca de delante y se levantó. Las dos amigas se apartaron para que el señor pudiera salir al pasillo.

—¿Y cuál es mi butaca entonces? —preguntó con desgana.

Elvira lo miró y sin contestar entró en la fila seis. Hizo un gesto a su amiga y ambas se sentaron en sus asientos.

—Cobardes e inútiles —dijo Elvira inclinándose sobre el oído de Almudena—. A partir de cierta edad los hombres deberían desintegrarse automáticamente. Puff, game over.

Hace 4 semanas

—Yo no sé, Darío…

—Sí, Almu, sí… los dos queremos…

—Ya bueno, yo quería un café… yo… hablar….

—Los dos sabíamos que esto iba a pasar si subía a tu casa…

—Yo… Yo… Espera, me hago daño en la espalda, en la cama mejor...

—Lo deseábamos… tanto, tanto, Almu… Lo estábamos deseando los dos… ¡Oh, Dios!

—No grites, mi madre está en el salón… En salón, mi madre… Darío…

—Hacía un mes que lo estábamos deseando… Así, oh, Almu, así, los dos…

Hace 3 semanas

—¡¿Qué?!

—No grites, Elvira, te lo pido por favor. Demasiado tengo encima como para aguantar tu furia.

—¿Ya saben lo que van a pedir las señoras? —Un joven camarero, sosteniendo una libretita, las señalaba con un bolígrafo y una cínica sonrisa.

—De momento con que nos dejes de llamar señoras me conformo —contestó Elvira.

—Oh, disculpen, por supuesto, pero pensaba que a su edad llamarlas chicas sería una falta de respeto.

Elvira, sin dejar de mirar al joven, comenzó a juguetear con los cubiertos de la mesa. Cogió la cucharilla de postre y la golpeó repetidas veces contra la mesa formando un molesto repiqueteo, después la dejó junto al cuchillo y con una enorme sonrisa dijo:

—Para mí, rabo de toro, por favor.

Hace 12 días

—No sé, solo digo que, que, que, ¡no sé, Darío! —gritó Almudena en su tercer intento de abrocharse el sujetador—. Pensaba que, que lo estábamos intentando, yo, no sé ni qué decir.

—Toma —dijo Darío ofreciéndole las bragas que estaban en el suelo sobre sus calcetines.

—Gracias. Darío, no entiendo nada. —Se puso las bragas y se sentó en la cama.

—Los dos teníamos claro que esto podía pasar, Almu. Somos adultos, estaba claro. Era cuestión de tiempo. Hemos roto hace casi dos meses pero hace más de un año que no estábamos bien y los dos lo sabíamos. Lo raro es que no nos haya pasado antes.

—¿Antes?

—Que haya aparecido Claudia en mi vida y que nos estemos conociendo era lo más normal, esto iba a pasar sí o sí.

—Pero, ¡¿por qué te sigues acostando conmigo?!

—¡Porque los dos lo queremos!

Hace 4 días

Almudena se empezó a reír al ver a su amiga Elvira sentada en un banco del parque de El Retiro con una larga gabardina y unas enormes gafas de sol.

—Pareces una pervertida —le dijo al acercarse. La besó y se sentó a su lado—. ¿Llevas algo debajo?

—Claro que no, voy desnuda. Me encanta asustar a los hombres mostrándoles el cuerpo de una mujer de casi 50 años sin operar. ¿Qué tal estás?

Almudena se recostó en el banco, echó la cabeza hacia atrás y se detuvo observando el lento baile de las copas de los árboles.

—Me gustaría ser así de flexible —dijo. Alzó una mano y comenzó a seguir el ritmo del vaivén de las ramas.

Elvira se recostó también, pegó la cabeza a la de su amiga y alzó de igual manera la mano.

—Lo eres —dijo—. El mundo no quiebra por la flexibilidad de la mujer.

 

8 sept 2022

Besos hay que no te doy

 

Bésame mucho. Tercer acto de Camila López

Entré en casa de Almudena. Dejé sobre la mesa de la cocina el pan y los huevos que me había pedido comprar. Le pregunté a Abel por su madre. El chico veía la tele en el salón. No me contestó. Su abuela, en cambio, me sonrió sentada a su lado. Ha subido donde la vecina un momentín, me dijo. Me acerqué a ella y la besé en la cabeza. Solo mirarla me provocaba lástima. Hacía 6 semanas que vivía en Madrid y no entendía muy bien por qué. Era mayor y quizá estar sola no era lo más conveniente pero Madrid la estaba matando. Le pregunté si echaba de menos su casa en la Mancha. Cada día, me dijo. Me senté en el reposabrazos del sofá y le dije que a mí me pasaba lo mismo con Singapur. Ella se sorprendió. Le conté que allí conocí al hombre más espectacular del mundo. Se rio con pudor y luego me llamó sinvergüenza. Me levanté y abracé por detrás del sofá a Abel, aspiré con todas mis fuerzas el olor de su cuello y lo besé en la oreja. De una cachetada me apartó. Oí la puerta de casa. Corrí y desde el pasillo saludé a Almudena. Se ladeó y mostrándome una mejilla me pidió un beso. Se lo di y cogidas del brazo entramos en la cocina.

—¿Has traído los huevos? —preguntó. Señalé la mesa—. Gracias. Voy a hacer una tortilla, quédate a cenar.  

—No, solo quería daros un beso. ¿Estás bien?

Almudena asintió con la cabeza pero con los labios apretados. Sonreí, besé la punta de los dedos de mi mano y luego se los estampé en la frente.

Llegué a la calle Princesa. Me paré en el número 33 y alcé la vista al edificio de enfrente. Las cortinas del quinto piso estaban echadas. Caminé 10 pasos calle arriba, me detuve y los desanduve. Volví a mirar el edificio. Crucé la carretera y plantada ante el portal 38, piqué el quinto derecha. La voz de Dolores, preguntando quién era, se escuchó cansada.

—Soy yo, Dolores, abre —dije, ella gritó.  

—Está ya acostado —me dijo al abrir la puerta de casa, como si de un secreto se tratara—. Pero ya sabes que tarda en dormirse. Pasa, anda, cielo, que le va a hacer mucha ilusión verte. No dice nada, pero ya le conozco, se ha quedado como un pajarito. Te echa de menos.

Dolores encendió la luz del largo pasillo por lo que al abrir la puerta del dormitorio se iluminó parte de la estancia. Me confundió con ella y pidió que saliera, que lo dejara solo.

—Agustín, soy yo —dije bajito.

—¿Yo? ¿Qué yo?

Me coloqué al lado de la cama. Él estaba recostado sobre tres grandes almohadones.

—Yo —repetí. Encendí la luz de la mesilla y nos miramos.

—Si has venido a que te pida perdón, ya puedes irte.

—No he venido a eso.

—¿A qué entonces?

—A darte un beso.

—Tú no das besos.

—Ahora sí. —Me incliné hacia él y lo besé en la mejilla. Lo sentí estremecerse.

—Perdóname…

—Tú no pides perdón.

—Ahora sí…

Llegué a casa y encontré a Joan en la misma postura en la que lo había dejado cuatro horas antes. Sentado en su escritorio con la cabeza gacha sobre unos dibujos y un lápiz en la mano derecha.  Me apoyé en su mesa y le quité los auriculares, no pareció sobresaltarse.

—¿No te he asustado? —pregunté.

—Te he oído llegar. ¿Vas a cenar algo?

Le estiré de la barba y lo besé en los labios.

 

15 ago 2022

En un lugar de la Mancha...

 

Encina de Marta Salvador Mancho


Con un ¿ya estamos todos? de Almudena desde el asiento del conductor de un viejo Citroën Xsara verde metalizado, comenzó el viaje. Su hijo y yo intercambiamos una condescendiente mirada. Estábamos sentados detrás porque a mi amiga no le gusta tener a nadie de copiloto, dice que le pone nerviosa. Como pasajeros no podíamos compartir su entusiasmo. Abel estaba a punto de cumplir 14 años y a esa edad hacer cualquier cosa con su madre era peor que tomar la libre decisión de tirarse de un avión sin paracaídas. Yo acababa de cumplir 45 años y pasar dos días en una casa de pueblo perdida en la sierra de la Mancha era inyectarme la eutanasia sin previo consentimiento.

—Lo vamos a pasar fenomenal —decía mirándonos por el espejo retrovisor—. Hay que oxigenarse. Respirar y abrazar las entrañas de la madre tierra. Decid: adiós, Madrid, ahí te quedas. ¡Vamos, decidlo! ¡Adiós, Madrid, ahí te quedas! ¡Vamos, chicos!

Yo quería a Almudena aunque a veces fantaseara con su muerte.

Tras poco más de hora y media de viaje, aparcamos frente a una enorme casona de piedra a unos quince minutos del pueblo más cercano. Del portalón salió una mujer de entre 80 y 200 años con los brazos en alto. Llamaba a Almudena entre sollozos. Almudena la abrazó y después señaló el coche, dentro seguíamos Abel y yo con cara de si no te mueves no te ven.

—Sal tú primero, es tu abuela —dije al chico dándole un codazo. Abel salió y abrazó a la vieja, era cuatro veces más grande que ella. Todos giraron la cabeza. Bajé del coche y saludé desde la distancia—: Hola, ¿qué tal?, ¿qué tal?, hola, hola. —Miré al cielo buscando el helicóptero de rescate.

La madre de Almudena, agarrándome con fuerza del brazo, me obligó a entrar en la casa. Olía a piedra mojada y, aun siendo tan solo las 11 de la mañana, la oscuridad campaba a sus anchas, la mayoría de las contraventanas estaban cerradas. Me dijo que me parecía a su prima hermana, tan poca cosa como ella, me lo tomé como un halago aunque no sé muy bien por qué. Me soltó y volvió a abrazar  a su hija. Almudena la mecía entre sus brazos y le decía que no llorara que ya estaban juntas. No hacía ni tres semanas que se habían visto pero aquella mujer parecía vivir en un sistema temporal ralentizado.

Salí de la casa y respiré profundo. Abel descargaba las mochilas del maletero.

—¿Te ayudo? —pregunté.

—Me puto da igual.

—¿Ya estamos con el puto, Abel? —Me miró y con una sonrisa sarcástica me hizo una peineta. Suspiré y mascullé el nombre de Dios una docena de veces.

Descendí por el sendero de la casa unos 300 metros. Miré a mi derecha y vi árboles, a la izquierda más árboles y volví a suspirar pero esta vez sin blasfemar. Me tapé los ojos con las manos y pensé en las calles de Madrid: gritos, empujones, sirenas, carcajadas, ruedines de maletas, el piu, piu, piu de los semáforos en verde…

Me senté sobre una piedra plana en el borde del camino. Cogí un palito y dibujé cuatro rayas en el suelo. No sé si pasaron 20 minutos o dos horas, quizá me estaba adaptando al sistema temporal de la vieja, cuando vi pasar a Almudena. Iba decidida con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de la falda. Llegó hasta una encina no demasiado alta que parecía estar doblada por hastío. Almudena la tocó y besó su tronco. Se acuclilló y agrupando hojarasca del suelo la aplastó contra una raíz sobresalida, como si quisiera reforzarla en su sitio.

—¿Amando a la tierra madre? —pregunté riéndome desde mi piedra.

Almudena se giró desde el suelo. Al verme se levantó y se sacudió las manos.

—Comeremos pronto, mi madre tiene otro horario —dijo. No sonrió y emprendió el camino de vuelta a casa.

Después de comer fregaba los platos mientras Almudena preparaba café en una vieja italiana. Estaba seria.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Claro, todo bien. —Ladeó la cabeza y sonrió sin despegar los labios. Vertiendo el café en las anaranjadas tazas de cristal añadió—: Como sé que te gusta estar sola, por la tarde puedes salir a leer. Detrás de la casa, junto a lo que era el establo, hay una mesa de piedra, si le pasas un trapo puede valerte, estarás bien allí. Yo bajaré al pueblo con mi madre, quiero que la vea alguien.

—¿Va todo bien? —volví a preguntar.

—Claro, todo bien. Abel también se queda.

Despedí con la mano el coche mientras lo veía bajar por el camino de gravilla. Sonreía fingiendo ser parte de la familia que decía adiós a unos parientes el domingo por la tarde tras la visita. Desorientada entré en casa y busqué en mi mochila el libro para leer.

—¿Sabes que podría matarte, enterrarte y negar que fui yo?

Me di la vuelta y encontré a Abel apoyado en el quicio de la puerta de la habitación.

—Ah, ¿sí? Y si no fuiste tú, ¿quién sería, el oso Yogui? —De un manotazo lo aparté. Bajé las escaleras y salí de la casa.

—¡Nadie encontraría tu cuerpo! —le oía gritar desde dentro de la casa, al salir bajó el tono—: Diría que te fuiste al bosque a leer.

—¿Quién se iba a creer eso? ¿Yo, voluntariamente, adentrándome en el bosque?, ¿en serio? Detesto la naturaleza y tu madre lo sabe, así que te acusaría de asesinato, buscaría mi cuerpo y te pasarías el resto de tu vida entre rejas. Fin de la historia. ¡Y deja de ver tanto True Crime, te están trastornando!

Me senté en la mesa de piedra de atrás de la casa y abrí el libro por la página 126. Carraspeé al sentir a Abel sentarse a mi lado.

—¿Tú serías capaz? —preguntó.

—¿De qué…?

—De matar a alguien.

Cerré el libro y lo miré. Podría aparentar 17 incluso 18 años, tenía un cuerpo fornido pero su cara era la de un niño y, ahora, la de un niño asustado. Le acaricié la sien, qué pasa, Abel, pregunté.

—Que lo tengo por las dos partes. —Apoyó los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos.

—¿Qué tienes?

—Eso…

—¿Eso?

—Lo de estar pirado. Estoy puto pirado como ellos.

—¿Como quiénes?

—Mi padre, joder, lo sabes, tú lo sabes, tú lo conociste… —Repasé con el dedo índice el lomo del libro, tenía la vista baja y contuve una fuerte respiración que hizo que se me inflara el pecho con dolor. Hubo un silencio porque mi cobardía me impedía explicar nada como adulta—. Y mi abuelo… —dijo. Sorprendida lo miré sin decir nada—. Se colgó de un pino, de uno de los de por ahí, de los del camino, de esos, uno de esos, joder, no sé… Mi madre no cuenta mucho pero se le debió de ir la olla, se le fue al viejo. ¿Entiendes?, ¿eh?, ¿entiendes lo que te digo?

Qué puedes decirle a un adolescente aterrado de su propia sangre. Le acaricié la espalda y le pedí perdón por no tener respuestas. Él me sonrió y me dejó que lo abrazara, lo hice por mucho tiempo, no sé cuánto, pero lo sentí largo. Después se desprendió y lo vi desaparecer en el bosque.

Bajé el camino de gravilla y me senté en la piedra plana. Dejé el libro en el suelo y observé la encina de enfrente, a la que Almudena había besado aquella mañana, me agarré el estómago y lloré con rabia por no entender el dolor de alguien a quien tanto quieres.

Pasaron 30 minutos o 3 horas, cuando vi llegar el Citroën Xsara verde metalizado. Las vi bajarse del coche y entrar en la casa. Con paso lento llegué a la puerta y me senté en el poyo de la entrada. Apreté el libro en el regazo y cerré los ojos.

—¿Has leído mucho?

Los abrí y vi a Almudena sentada a mi lado.

—Sí, es un bonito lugar para leer.

—Me alegro —dijo. Miró al frente e hizo una larga pausa—. Tengo que llevarme a mi madre a Madrid, a vivir conmigo, ya no se puede quedar sola.

A tientas busqué su mano a mi lado y se la apreté con fuerza.