2 feb 2020

Coaching me si puedes

Ilustración para 'Loca Novelife 2' de Javier Avi


—¡Por el Brexit! —brindó Enrique.
—¡Por sus hombres! —gritó Beatriz.
—¡Por China! —brindé  yo.
—¡Por sus hombres! —gritó Beatriz.
—¡Por los coachers, choaches, choachis, coachings, cuchings…, por, por su puta madre! —brindó de nuevo Enrique.
Yo me reía con la cabeza apoyada sobre el hombro de Darío. Eran las 2 de la mañana, y los cuatro amigos estábamos terminándonos la tercera botella de vino en la casa de Beatriz, nunca nos pudimos imaginar que aquella inocente cena iba a deparar salidas del grupo tan sorprendentes.
Siete horas antes, Beatriz abría la puerta de su casa y al verme se puso a gritar como una loca, a mí me entró la risa. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en décadas y hacía poco más de 5 meses de nuestro último encuentro.
Era viernes y Beatriz había organizado cena en su casa con: Darío, Enrique, Almudena y yo. A todos los había visto ya desde mi regreso de China pero con Bea, entre unas cosas y otras, todavía no había coincidido.
Me llevó a la cocina, allí estaban Darío y Enrique. Bea me ofreció una cerveza.
—¿Sabes de lo que me acordé el otro día? —me preguntó Beatriz cerrando el frigo.
—No —dije sonriendo a los chicos que se reían al vernos tan exaltadas.
—Del día ese, el día que… —E hizo un gesto con la mano como si se tratara de mucho tiempo atrás.
—¿Cuál? —pregunté ya muerta de la risa porque sabía que recordar aquello, fuera lo que fuera, no iba a ser una buena idea viniendo de ella.
—El día que, en el Carbono 14 con Lucía… —Y ja, ja, ja, ja, ella sola.
—¿Me hablas de hace 9 años?
—Sí, cuando en los baños…
—¡Callaaaa!
—Y Lucía, que…
—Ah, y tú cuando le dijiste…
—¡Puto finlandés!
—¡Era sueco!
Y ja, ja, ja, ja, las dos.
—¿Sueco? Pues hablaba finlandés.
—Qué coño, si hablaba inglés, tontalculo…
Y ja, ja, ja, ja, yo ya estaba acuclillada en el suelo de la cocina muerta de la risa. Darío y Enrique nos miraban sin dar crédito.
—Que Lucía con lo del abrigo…
—¡Sí! Ay, y luego que no… —Y yo venga a reírme desde el suelo.
Tocaron al timbre.
—Ya voy yo —dijo Darío—, vosotras seguid a lo vuestro.
—Te lo tiraste —dijo Bea cogiendo un poco de aire.
—¡¿Yo?! No me he tirado a un sueco en mi vida.
—¡Que era finlandés!
—Ah, entonces igual sí. —Y las dos ja, ja, ja, ja, y la noche no había hecho más que empezar.
—Os juro que se os oye reír desde las escaleras. —Almudena acababa de entrar en la cocina.
Me puse de pie y la besé. Y luego le expliqué que la culpa era de Beatriz que sacaba lo peor de mí. Salimos todos a la enorme terraza, era la mejor parte de aquel diminuto apartamento.
—Entonces, ¿de verdad que no te importa? —preguntó Almudena por segunda vez a Bea.
—Claro que no, tonta, me parece genial que venga, además así Elvira lo conoce.
Yo sonreí a medio gas porque, sinceramente, conocer al nuevo novio de Almudena me importaba muy poco. Para ser francos, creo que Almu estaba desperdiciando una oportunidad de oro para pasar una larga temporada sola con su hijo, tres iban a ser multitud, qué necesidad tenía de engancharse a alguien después de lo de César, pero qué necesidad, ¡que se lo folle y punto! Y así se lo dije estando en China y así estuvo ella casi 6 semanas sin hablarme. Y es que yo y mi sinceridad teníamos un grave problema para socializarnos. En enero, justo antes de regresar a Madrid, solucionamos las cosas, agaché las orejas y le pedí perdón. Quería demasiado a Almudena, con o sin novio.
—Seguro que te encanta —me dijo Almu chocando su botellín contra el mío.
—Seguro —contesté.
Decidí ayudar a Enrique a preparar la ensalada en la cocina, era una buena excusa para no estar presente cuando apareciera el tipo ese.
—¿Todo bien por China?
—Sí —dije sentándome en la encimera para verle mejor hacer la ensalada, porque como ya he dicho lo de ayudar era solo una excusa—. ¿Y tú?
—Jodido, ya sabes.
En diciembre tuvo que cerrar su sala de teatro. Las deudas le comían la existencia. Visto y no visto. No dije nada. Pegué un trago largo a mi cerveza y esperé a que añadiera algo más.
—Soy un puto fracasado, Elvi —dijo troceando con desánimo la lechuga—. La sala se ha comido todos mis ahorros, ahora tengo 40 tacos sin un puto duro y lo peor de todo es que no sé dónde caerme muerto, ¿qué hago ahora?, ¿dónde busco trabajo?, ¿de qué?, ¿eh?, ¿de qué?
Y dio un golpe tan fuerte sobre la encimera que me sobresalté. Dejé el botellín a un lado y junté las manos.
—Lo volverás a intentar —dije—, todos te envidiamos por eso, porque lo intentas y lo vuelves a intentar. Míranos a nosotros: Darío profe de expresión corporal en una pequeña escuela, Bea colocada en un puesto administrativo en la empresa de su padre y yo me he ido a China a esconder la cabeza. Hemos fracasado, los 4 hemos fracasado en el teatro, pero tú lo volverás a intentar, de eso no tengo ninguna duda, nunca te das por vencido, no eres como nosotros.
Enrique me miró y después volvió a fijar la vista en la ensalada.
—Gracias, tía.
—Y aunque sea comunista tengo algo de dinero guardado en eso que los capitalistas llaman banco, cuenta con él si lo necesitas, no sé en qué gastarlo, todo el mundo me dice que me compre zapatos nuevos pero a mí me gustan estos.
Enrique echó un rápido vistazo a mis botitas desgastadas y con la cremallera rota, luego sonrió.
—A mí también me gustan. Gracias, amiga.
—De nada, camarada.
Y de un saltito me bajé de la encimera y cogí un nuevo botellín de cerveza. Salí de la cocina dejando a Enrique solo. Al regresar a la terraza vi que el novio de Almu ya estaba allí.
—Hola —dije—, soy Elvira.
—Oh, la famosa Elvira, soy Carlos. —Y me dio dos besos.
Intenté disimular la cara de asco, no soportaba que la gente desconocida me besara, cada día lo llevaba peor. Follar sí, besar no.
—Tenía muchas ganas de conocerte, Elvira.
Yo sonreí sin ánimo, no sé si tenía que decir “yo también” o algo así, pero no lo hice, solamente sonreí y sin ánimo, así, con la boca apretada.
—Almu me ha dicho que vives en China, vaya, eres una mujer valiente, que sabe lo que quiere y va a por ello, aunque eso signifique dejar toda tu vida en Madrid, es importante saber dónde estamos y a dónde queremos ir.
¿Este tío era un charlatán de los de  TED o qué? Preferí no contestar porque no iba a saber controlarme y Almudena no se lo merecía. Así que con una nueva sonrisa cínica me coloqué al lado de Darío para apartarme algo del chamán de la palabra.
—Es que Carlos es coach —explicó Almudena, se le notaba algo apurada—, y trabaja para diferentes empresas y a veces le cuesta dejar su trabajo aparcado.
—Ya, coach —dije sin sorprenderme, un pedorro como aquel solo podía ser coach—, qué interesante.
—Lo es —dijo él—. Es fascinante observar nuestros pensamientos y al mismo tiempo analizar las emociones que están generando, es algo liberador porque en realidad no somos lo que pensamos, es importante entender esto para el desarrollo personal, ¿verdad? Debemos ser responsables de nuestros pensamientos pero comprender que no nos configuran como personas. Pero bueno, todos os dedicáis al teatro y supongo que por vuestros personajes entenderéis perfectamente las diferentes aristas en los rasgos de la personalidad.
Miré a Darío con disimulo y luego bajé la cabeza porque iba a empezar a reírme.
—La ensalada ya está en la mesa —dijo Enrique entrando en la terraza—. Oh, hola, Carlos, ¿cómo estás?
—Carlos es coach y dice que nosotros también porque  nos dedicamos al teatro —dije y luego me reí—. Carlos es un tío muy divertido. —Beatriz me quitó la cerveza y me acuchilló con la mirada.
Sentados a la mesa le pedí a Darío que me sirviera vino. Empezaron a hablar unos de algo y otros de otra cosa, yo andaba un poco dispersa, teniendo a Mister Coach sentado a mi lado poco me apetecía hablar.
—Oye, Elvira, dime —vaya, pero a él parecía que sí que le apetecía—, ¿nunca has pensado en asistir a sesiones de coaching? Tienes una personalidad árida, te vendría bien.
—¿Árida? Supongo que será un chiste, ¿no? —respondí. Se hizo un molesto silencio, me di cuenta así que intenté suavizar mi respuesta—. Bueno, quiero decir que llevo 10 años en terapia, suficiente para mí.
—Vaya, 10 años son muchos años, quizá ese tipo de psicología no esté funcionando bien, deberías probar otras maneras de escucharte y entenderte a ti misma. O probablemente tu terapeuta no sea el idóneo.
Por un momento pensé en Óscar, mi psicólogo, y sí, era un tío raro: no bebía café y al despertarse estoy convencida de que salía al balcón para hacer la fotosíntesis frente al sol; pero si en estos 10 años no me había tirado por una ventana había sido gracias a él, de eso estaba más que segura.
—Sí, es posible que no sea perfecto —dije, no iba a discutir con el charlatán aquel, no iba a hacerlo, no, señor.
—Elvira, siento insistir pero en tus respuestas asoma cierta dejadez, incluso frustración, muchas veces es algo fácil de solucionar porque lo que en realidad nos falta son metas, saber qué queremos conseguir. ¿Conoces tus planes después de China? Un buen coach te puede ayudar.
Levanté mi copa de vino y abrí la boca sin saber muy bien qué decir.
—Oye, perdona —intervino Enrique, sorprendida lo miré—, esto del coaching es como la homeopatía a la medicina, ¿verdad?, una puta estafa, ¿no? Así que tienes dos opciones: o te callas la puta boca y nos dejas cenar en paz, porque sí, te aseguro que tenemos problemas, muchos problemas pero lo único que pedimos es una noche tranquila entre amigos, o te largas con tus consejos de mierda de psicología barata. Decide.
Bajé la copa y miré a Almudena, tenía la cabeza gacha. Carlos se levantó, Almudena lo miró y también se levantó pidiéndonos perdón muy bajito. Ninguno más se movió, desde ahí oímos cerrarse la puerta de casa.
—Bien —dijo Enrique.
—Bien —dije yo.
—Bien —dijo Darío.
—Bien, habéis estropeado mi cena. Muchas gracias —dijo Bea. Los tres la miramos con cierta culpa—. Genial, además razón no le falta, ¡no le falta nada de razón! Hay que establecer metas y ¡nosotros somos unos putos acabados!, ¿dónde está el teatro?, ¿dónde está nuestro teatro, ese el que íbamos a escribir o a interpretar o a dirigir?, ¡¿dónde?! —Silencio—. Eso es lo que nos jode…, que nos vean desorientados y frustrados, que nos digan que no sabemos a dónde queremos ir, ¡nos jode! ¡Cobardes y acabados! Pues yo tengo metas, chicos, tengo objetivos. —Cogió su copa de vino—. Mi próximo objetivo es tirarme a un inglés recién salido de la Unión Europea y a un chino que haya sobrevivido al coronavirus, ¡salud!


17 ene 2020

El profesor y la muerte

Teacher of drawing de Vasily Perov


—¿Estoy muerto? —preguntó el viejo.
—No, Agustín, no lo estás —respondió Elvira mirándolo desde la butaca de al lado.
—Si lo estuviera tampoco me lo dirías, te conozco.
—Es posible —dijo y se rio.
La casa de Agustín Pardos estaba en pleno centro de Madrid. Era antigua. Enorme. Desordenada. Elvira decía que destartalada. Lo decía porque le gustaba criticar a su viejo profesor pero, en verdad, envidiaba su forma de vida, su caos.
—¿Cuándo llegaste?
—El sábado —respondió Elvira.
—¿Cómo es aquello?
—Igual que esto.
—¿Sucio?
—Destartalado.
—¿Cómo un país con 1.400 millones de habitantes puede ser destartalado?
Elvira volvió a reírse. Se levantó de la butaca, se acercó a la de su profesor y le retiró el periódico que tenía sobre las piernas.
—¿Te vas  a quedar a cenar, preciosa? —preguntó Dolores entrando en el salón. La mujer cuidaba de Agustín Pardos desde que sufrió el ictus hacía dos años.
—No, gracias, Dolores, me marcho enseguida.
—Bien, como quieras. —Y salió.
Elvira la vio irse, dobló el periódico y lo dejó sobre la mesita de café.
—Me arrepiento —dijo el profesor.
—¿De qué? —preguntó ella acercándose a la ventana.
—De no haber llevado tu tesis. Me arrepiento.
Elvira miró a través de aquella ventana del sexto piso. Vio la calle. Vio a una pareja esperando el semáforo. No estaban cogidos de la mano. Quizá eran solo amigos, o quizá eran amantes y fingían no serlo, quizá eran hermanos, quizá él era su profesor, quizá ella admiraba su casa destartalada.
—Sí, yo también —dijo dándose la vuelta y sentándose de nuevo en la butaca—. Hubieras disfrutado con el tema.
—Tu tema es una sandez, los personajes suicidas no interesan a nadie. A mí no me interesan. Sin embargo habríamos pasado más tiempo juntos y de eso me arrepiento. Me arrepiento. Tengo 78 años y voy a morirme.
—Yo también voy a morirme, Agustín.
—Sí, tú también. De hecho no sé cómo estás tan segura de no estarlo ya.
—No lo estoy.
—¡Ves! Me arrepiento. Debería haber pasado más tiempo contigo, con una muerta como tú.
Elvira sonrió y el viejo apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca. Cerró los ojos.
—No te mueras ahora, Agustín.
—No voy a hacerlo, no te daré ese gusto —dijo. Abrió de nuevo los ojos y la vio reírse, le gustaba verla reír, lo hacía mucho, para todo lo que detestaba la vida, se reía a cada momento—. A veces hasta pareces feliz.
—A veces lo soy.
—Mentira —dijo y se pasó torpemente la mano sobre la cabeza. Después con la vista al frente continuó—: Sabes que no lo digo en serio, ¿verdad? No me lo parece. Tu tema de tesis. No me parece una sandez. No lo es. No lo es y me arrepiento. Me arrepiento —La miró, ella evitó hacerlo. Se hizo un silencio largo—. Quédate a cenar y charlamos un rato más.
—Está bien, voy a avisar a Dolores.
 Elvira salió del salón. Al entrar, 10 minutos más tarde, encontró a su profesor nuevamente con los ojos cerrados y con la cabeza apoyada en el respaldo. Se acercó a él, pero este no se movió. Lo llamó por su nombre, seguía sin reaccionar. Quieta se llevó la mano al pecho. Luego se inclinó sobre él, le rozó con su mejilla la frente.
—¿Estoy muerto?
Ella se enderezó conteniendo un suspiro.
—No, Agustín, no lo estás.
—¿Y tú?
—Yo tampoco —contestó sentándose de nuevo en la butaca de al lado.


21 dic 2019

Plan B

Planes alternativos de Javier Avi

Hoy…
—Por tu culpa me he metido en este lío —decía Verónica a su compañera Elvira. Comían en la cantina del edificio 2 de la universidad china donde trabajaban—. ¡Lee! —gritó mostrándole el móvil.
Elvira levantó la cabeza de su bandeja y leyó en inglés:
Lo siento, no puedo.
No-puedo. Por tu culpa.
Elvira sonrió. Sabía que su compañera estaba muy enfadada, pero ella solo podía sonreírla. Adoraba a Verónica, además la tenía de vuelta. Había estado casi 3 semanas en Japón en un curso de formación. La había echado mucho de menos en los Exámenes Oficiales pero ahora, por fin, la tenía  con ella de nuevo, allí, comiendo juntas, era maravilloso, no podía tener más suerte, por eso Elvira no dejaba de sonreírla mientras se acariciaba el jersey.
—¿Me estás escuchando?
—¿Dormías en tatami o cama normal?
—¡Elvira!
—Es que yo creo que el tatami está sobrevalorado. Estéticamente es muy cuqui, pero no hay quien duerma ahí.
—No me lo puedo creer, ¡es que te da igual!
—¡No, no, no!, ¡no me da igual!, te estoy diciendo que prefiero la cama sí o sí.
Verónica volvió a plantarle en la cara el mensaje de Wechat a su compañera. Elvira levantó los hombros y siguió comiendo.
6 días atrás…
Verónica deshacía, sobre la cama, la maleta. Acababa de llegar de Japón. Su vecina y amiga Elvira la ayudaba. Elvira tocaba con veneración toda su ropa, la admiraba tanto, tanto que creía que rozando sus pertenencias conseguiría parecerse en algo a ella, y no había nada que le hiciera más ilusión porque jamás había conocido a una mujer tan inteligente y divertida a partes iguales.
—Oh, Vero, me encanta este jersey —dijo sacándolo de la maleta y doblándolo en la cama.
—¿Te gusta? Te lo dejo cuando quieras.
—¿De verdad? Vale, ¿hoy?
—¡Claro! —contestó riéndose.
Elvira lo desdobló y se lo puso encima de su propio jersey.
—¿Qué tal me queda? —preguntó.
—Hombre…, así pareces una morcilla.
Y Elvira cerró los ojos de la emoción.
Cuando terminaron de organizar sus cosas salieron a cenar y Vero le confesó a su amiga que Antonio (el ex con el que mantenía una relación intermitente a pesar de estar casado, con dos hijas, y de ser inmensamente feliz) la había llamado varias veces estando en Japón.
—Pensaba que no quería volverte a ver, fue claro antes de marcharnos a Macao.
—Pues ha cambiado de parecer. Quiere quedar mañana.
—Te está mareando, Vero. No puede ser. —Y dirigiéndose a la camarera pidió dos cervezas más.
Elvira molesta negaba con la cabeza mientras farfullaba que no podía ser. Llegaron las dos cervezas, la camarera abrió los botellines y los repartió entre las dos amigas. Elvira pegó un trago largo, mientras que Verónica lo miraba dándole vueltas sobre la mesa.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Vero.
—No lo sé, pero no está bien lo que hace. Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no. Te está volviendo loca. Creo que debes ser tú quien tome la decisión definitiva porque está claro que él no tiene  las cosas claras, y va a intentar estirar la cuerda hasta donde sea posible. Y al final, si la cuerda se rompe la única que se va a llevar el golpe vas a ser tú, porque él caerá sobre el colchón de su familia que siempre va a estar ahí, y si te he visto no me acuerdo, pero tú te quedas sola y además magullada de pies a cabeza.
—Joder, Elvi… como se nota que eres especialista en textos dramáticos…
Elvira se rio y luego dijo con un tono mucho más animado:
—Necesitamos un plan B.
—¿Un plan B? ¿A qué te refieres?
—Me refiero a Ranjit Hashmi.
4 días atrás…
Las dos profesoras estaban en su despacho de la séptima planta. Tenían sus móviles en la mano y discutían sin reparo. Llevaban 40 minutos intentado redactar un mensaje de Wechat para el nuevo profesor del departamento de inglés: Ranjit Hashmi, un atractivo indio de treinta y muchos.
—¡Elvi, por favor!, ¡estás más loca que una cabra en bragas! ¿Cómo le voy a mandar ese mensaje?
—Vero, hay que ser clara, porque luego ponen la excusa de que si yo pensaba que si tú habías dicho que si no me refería a… ¡Clara!: Ranjit, a las 20:30 en mi apartamento, yo pongo las pizzas y las cervezas, tú los condones.
Verónica se llevó las manos a la boca muerta de la risa, lo había oído ya como unas 10 veces pero le seguía pareciendo una auténtica barbaridad. La discusión duró 40 minutos más pero, finalmente, Verónica optó por algo más ambiguo:
Ranjit, en febrero viajo a Maharashtra y tengo algunas dudas con el transporte, ¿podríamos vernos en la cafetería de la biblioteca hoy a las 17:30? ¿Qué te parece, Elvi?
—Ajá, pues… Muy, muy, muy claro, sí, señor.
2 días atrás…
Por la noche, en la cocina de la casa de Elvira, las dos amigas en pijama preparando café.
—A ver, no quiere nada conmigo, ha sido muy sincero —explicaba Verónica.
—Lo que no quiere es organizarte el viaje, ¡Vero, coño!, que en menudo embolado le has metido al pobre.
—Pero si yo le gustara lo haría.
—¡Por favor! ¿Qué tiene que ver querer echar un polvo con estar obligado a planificar una ruta por la India a una compañera que ni siquiera es de tu Departamento?
—¡Es que yo no quiero echar un polvo!
—Ah, ¿no? ¿Y para qué lo quieres?
—Joder, Elvi, pues no sé, para hablar, supongo.
—¿Hablar? —Elvira atónita comenzó a servir el café en dos vasitos—. ¿Con un hombre? ¿Hablar de qué?
—¡Elvi, eres un animal!
Y Elvira hizo el gesto de victoria con ambas manos.
—Vero, en serio, el pobre no entiende lo que quieres. Déjaselo claro. Escríbele un nuevo mensaje. Ranjit-mañana-noche-cervezas. Este lenguaje es internacional.
Verónica se rio. Mensaje enviado.
Hoy…
—Qué vergüenza, Elvira, qué vergüenza. Me ha rechazado. Me voy a tener que pasear por el campus con una bolsa en la cabeza. Todo por tu culpa.
—No te ha rechazado, solamente te ha dicho que no puede. Estará ocupado.
Lo siento, no puedo, en lenguaje internacional, señorita experta, significa: paso de tu culo pomposo.
Elvira se alisó el pelo mientras, no sin dificultad, intentaba coger de su plato una bola de carne con los palillos, terminó pinchándola.
—Perdona, ¿te vas a comer las setas? —dijo con la boca llena.
—Elvi…
—Si quieres te las cambio por las patatas.
—¡Hola, chicas! —dijo en inglés Ranjit que, por sorpresa, estaba frente a la mesa interrumpiendo el trueque.
Las profesoras bloqueadas lo saludaron. Vero, nerviosa, se atusó el pelo y se irguió en su silla, sonreía como una boba; Elvira dejó los palillos en su bandeja y miró con ilusión a su compañera.
—Bonito jersey, Elvira.
—Oh, gracias, Ranjit. —Y se lo acarició con orgullo echando una mirada cómplice a su amiga.
—Perdona, Verónica, como ayer no pudimos quedar porque tenía trabajo, te iba a mandar un mensaje para tomar ahora un café, pero casualidad os he visto y qué suerte, ¿verdad?
—¡Uy, qué suerte, qué suerte! —A Elvira solo le faltaba aplaudir.
—Oh, ¿ahora?, ¿es jueves? No sé si tengo clase… —dudó Vero.
—No, no tienes, no tienes, no, no tienes, ¡uy, qué suerte! —Elvira en estado puro.
—Vale…, claro, vamos —dijo Verónica.
—Claro, bien, vamos —dijo Ranjit.
—Claro, claro, súper claro  —dijo Elvira.
Ranjit y Verónica se marcharon. Se ayudaron a ponerse los abrigos y las bufandas en la puerta de la cantina. Elvira sonreía al verlos desde la mesa, después cogió de nuevo los palillos de su bandeja y acercándose el plato de setas de Vero se las fue comiendo una a una, allí sola, con su bonito jersey.

15 dic 2019

Tom


El dragón caído de Sofía Serra

Dejé el vaso de café sobre la mesita del salón y me senté en el sofá, justo en el borde. Escuchaba a Tom por teléfono. Tranquilo, pausado, como él era. Intentábamos hablar cada 5 o 6 semanas, a veces no era posible pero nunca dejábamos que pasaran más de dos meses. Las conversaciones siempre empezaban igual, me resumía la crónica de la situación en la que estaba con detalle y sin sentimentalismo. Llevaba 4 años viviendo en un país en conflicto, y casi 2 de ellos sin salir de allí. Primeramente fue como ayuda humanitaria, gestionaba los recursos que llegaban de Alemania en un campamento de desplazados, pero la cosa se fue complicando y ahora sinceramente no sé cuál era su labor exactamente. Cambiaba con frecuencia de zona, por seguridad, me decía.
Lo escuchaba con los ojos cerrados mientras me rascaba la frente. Intentaba concentrarme en sus palabras pero algo no iba bien, su discurso no estaba siendo demasiado coherente y me estaba costando mucho entenderlo.
—Tom —dije—, ¿qué pasa?
—Nada.
—¿Qué te pasa, Tom?
Se hizo un silencio largo y denso.
—Estoy muy cansado, Elvira…
Me llevé la mano al pecho y después a la boca para que no me oyera llorar. Me la tapé con fuerza y apreté los ojos, el gigante se acababa de desplomar.
Conocí a Tom en Singapur, hace 11 años. En un bar de Arab Street, alguien me lo presentó.
—De Dresde —me dijo.
—¿Qué? —dije yo, la música estaba muy alta y además tampoco me interesaba mucho. Rubio, ojos azules y medía casi 1’90, decididamente no era mi tipo para nada, en cambio había fichado a un indio monísimo al otro lado de la barra que, en cuanto el blancurrio me dejara de  hablar, le diría algo.
—Soy de Dresde —repitió en inglés.
—¡Coño!, ¿de Dresde? —grité en español—. Es la ciudad favorita de mi madre, se conoce todos sus museos, es muy pesada, ¿por qué no te la llevas y la dejas allí?
Él sonrió. Pronto aprendí que Tom no se reía nunca. Empezó a hablarme en español, un español casi perfecto. Me contó que había vivido 2 años en Paraguay y 3 en Bolivia. Era ingeniero y trabajaba para dos ONG. Estaba en Singapur en un curso de formación de 6 meses. Lo cierto es que me olvidé del indio y aquella misma noche terminé compartiendo cama con el gigante blancurrio. Lo nuestro duró muy poco, 3 o 4 semanas, no lo sé. La falta absoluta de pasión me aburría y fascinaba a partes iguales. Tom expresaba verbalmente lo que sentía, pero de una manera completamente aséptica. A veces me decía que estaba molesto conmigo y me explicaba con tranquilidad por qué, cuáles habían sido las situaciones en las que le había hecho enfadar. Yo lo escuchaba embobada, me parecía fascinante que alguien dijera estar enfadado contigo sin gritarte ni poner malas caras. Otras veces, después de escucharme contar mil anécdotas de mis alumnos, me miraba serio y me decía que nunca había conocido a una chica tan divertida, yo parpadeaba muy rápido porque pensaba que me estaba tomando el pelo. Al igual que después de hacer el amor; él lo hacía en silencio, casi ni se le oía gemir, sin embargo al terminar me acariciaba el pelo y me decía: “Contigo es increíble”, ¿¿¿en serio???
Pero el momento en que supe que Tom no era como ningún otro fue cuando le conté que había conocido al pakistaní, el hombre que puso del revés mi vida.
Cenábamos en su casa. Yo estaba tensa, miraba mi plato, luego miraba a Tom que comía sin decir nada, y luego volvía a mirar mi plato. Estaba tan nerviosa que se me oía tragar la saliva.
—Se llama Abid —dije por fin.
Levantó la cabeza de sus espaguetis y no me preguntó: ¿quién coño es Abid?, ¿te estás follando a un Abid?, ¿qué mierda dices? No, Tom me preguntó:
—¿Hace tiempo que te gusta?
—No, lo conocí la semana pasada pero sé que me gusta demasiado para no continuar viéndonos nosotros.
—¿No podemos volver a quedar? ¿Eso quieres decir?
—Sí, no es posible. —Tenía las manos sobre los muslos y empecé a pellizcármelos, lo solía hacer cuando me sentía culpable.
Tom dejó los cubiertos en el plato y extendió las manos sobre la mesa. Me miró serio y dijo:
—He empezado a conocerte y he empezado a quererte y me gustaría seguir haciéndolo. —Al oírlo dejé de pellizcarme los muslos para agarrarme las manos con fuerza—. Quiero seguir viéndote, quedar para cenar y hablar, pasar tiempo juntos. No hablo de sexo, hablo de ser amigos, hablo de no perderte.
Se me saltaron las lágrimas al escucharlo, no sé muy bien por qué. Tom me dio una servilleta de papel.
—Gracias. De acuerdo.
—¿De acuerdo? Bien, alles klar!
Alles klar! —repetí sin saber qué significaba. Tom sonrió.
Y fiel a sus palabras hemos mantenido desde entonces una excelente amistad basada en el sentimiento verbal. El contacto siempre ha sido por email y luego WhatsApp y, dependiendo de la época, ha sido muy fluido o tan solo un par de mensajes al año. Cuando regresé a Madrid para vivir, hacíamos por vernos una vez al año por lo menos. Y cuando nos reencontrábamos, él me expresaba con esa seriedad y aparente frialdad cuánto me echaba de menos y lo mucho que me quería, pero a mí siempre me costaba devolverle las palabras, no era capaz, nunca lo había sido.
—Tom —dije ajustándome el móvil a la oreja después de secarme las lágrimas—, escúchame, no es tu batalla, ya has hecho demasiado, sal de allí, regresa a Alemania.
—No puedo, tomé una decisión.
—Tom, no importa, no te culpes, no importa. Ya has hecho demasiado. No te sientas atrapado, puedes cambiar tu decisión, es posible y no va a pasar nada. Sal de allí.
—No, tomé una decisión.
Suspiré.
—No puedes salvar el mundo. No puedes responsabilizarte de lo que está ocurriendo. Piensa que es una guerra infinita, no va a terminar nunca, Tom, por favor…
—Terminará. Un día terminará.
—¿Y después qué? ¿Qué queda después de la guerra?
—La reconstrucción.
—Oh, señor… —Cerré los ojos un instante y me retiré el pelo hacia atrás con lentitud—. Todo esto te está matando, Tom, ¿es que no lo ves? Y es tu vida, tu única vida. Piensa en ti, Tom, por favor, sé egoísta, sal de allí, por favor, por favor…
—Tomé la decisión menos mala, y es la de quedarme y seguir ayudando. No podría regresar sabiendo lo que está ocurriendo aquí, no podría vivir así, moriría igualmente.
Me hizo llorar de nuevo.
—Tom —dije con media voz—, pienso en ti cada día, cada día… Te pienso, te imagino…
—Yo también, ayer soñé contigo, fue bonito. Me gusta soñar contigo.
Nos quedamos en silencio, nos gustaba, lo disfrutábamos.
—Tom, te quiero mucho.
Lo oí llorar.
—Te quiero mucho, Elvira —dijo bastante después.
Me apreté el estómago.
Alles klar
Ja, alles klar


A J.    
    
   

11 dic 2019

Tokomoko

Kioto. Foto: Elvira Rebollo

La universidad ya me había comprado los billetes de regreso a España para el año nuevo chino, así que ya solo quedaba organizar las vacaciones de invierno. Llamé a Joan. No sería difícil. Últimamente estábamos mucho mejor. Qué digo mejor, estábamos realmente bien, como antes, casi. Es cierto que habíamos pasado un comienzo de semestre muy distanciados, no había sido fácil mi marcha, pero ahora ya no había ningún problema entre nosotros, ninguno.
—¡Es que no te soporto, Elvira! —dijo Joan después de 40 minutos discutiendo sobre a dónde irnos de vacaciones.
—Pues no sé qué tiene de malo Svalbard —dije convencida.
—¿Los osos polares? ¿Los aludes? ¿Los -25º?
—¡Pues me voy sola!
Oí suspirar a Joan. No dijo nada. Tomó aire, lo hizo con fuerza por la nariz. Siguió sin decir nada. Después, bastante después, empezó a hablar muy lentamente.
—Bien, vete a Svalbard tú sola, luego vete a China, también, tú sola, y luego regresa a Madrid, pero regresa tú sola.
Ups. Sí, quizá lo de irme sola de vacaciones no era tan buena idea. Tenía el don de estropearlo siempre con Joan, me superaba día a día. Necesitaba un rescate y rápido, así que dije aquella palabra convencida de que surtiría efecto:
—Tokomoko.
No me equivoqué. Fue inmediato. Tokomoko, y Joan me reventó el tímpano con su carcajada.

Hacía 3 años habíamos decidido viajar a Japón. Recorrerlo de norte a sur. La única manera de que nos saliera económico fue hacerlo de albergue en albergue y de hotel-cápsula en hotel-cápsula. Divertido, sí, pero para una pareja, la falta de intimidad se hacía difícil. Así que para los últimos 4 días en Kanazawa, alquilamos una habitación en una casa convencional. Era una casa realmente grande en una zona rural, con jardín interior y estanque japonés. Tenía dos plantas, y habría aproximadamente unas 10 ó 12 habitaciones en total. La nuestra era muy amplia. Con dos camas tatamis, dos mesitas bajas de té y una pared de cristal que daba al estanque interior. Yo estaba emocionada, todo era tan bonito... Me abalancé sobre Joan y empecé a comérmelo a besos. Llevaba todo el viaje muerta de la risa, y no hay nada que me excite más que un hombre que me haga reír, y Joan durante aquel viaje estuvo sembrado. Qué manera de hacerme reír, qué manera de volver a ser como dos niños desatados en un parque de atracciones, qué manera de disfrutar con todo y a cada rato.
Cuando ya había conseguido desnudarle de cintura para arriba, tocaron a la puerta. Joan se colocó de nuevo el jersey y esperamos a que entrara. Era el gerente de la casa. Nos traía agua caliente para el té y nos explicó cómo funcionaba el baño tradicional termal de aquella zona montañosa. Así que cuando se marchó, determinamos ir a probarlo primero y después continuar con lo nuestro. Al entrar en el baño de mujeres, lo encontré vacío. Era una sala bastante espaciosa de azulejos azules en el suelo y pared. Junto a la puerta, tres taburetes de madera donde dejar las toallas. Frente a los taburetes, dos hileras de duchas, cuatro a cada lado, y debajo de cada una de ellas otro taburete pero de plástico. Al fondo una gran bañera, de poca profundidad, también de azulejos y con capacidad para 5 ó 6 adultos. Después de inspeccionarlo todo, dejé mi toalla en uno de los primeros taburetes y elegí una de las duchas del medio. Al terminar, me metí en la bañera, el agua estaba caliente, en un primer momento la sentía ardiendo, pero poco a poco me fui acostumbrando. A un lado había toallas apiladas, así que cogí una, la doble y formé una especie de almohada, la dejé sobre el bordillo y apoyé la cabeza, estaba en la gloria. Cerré los ojos y me arrastré por los recientes recuerdos de aquel viaje: el silencioso bullicio de Tokio, la marea de jóvenes otakus de Osaka, los kimonos andantes de Kioto, los dos segundos que tardó en cruzar un tren Shinkansen la estación de Hiroshima y reírnos con ganas cuando Joan dijo alucinado: “¿Eso ha sido un tren?”. Recordé los restaurantes pequeños en los que compartíamos la única mesa que disponía con desconocidos, y las librerías y papelerías gigantescas por las que nos perdíamos. Recordé subiéndome a su cama-cápsula, y a él echándome a patadas, recordé quedarme colgada muriéndome de la risa. Recordé cómo fingíamos que no eran nuestras las bambas que destrozaron la secadora del albergue de Nagoya. “Creo que son de unos italianos”, decía yo sin atisbo de vergüenza alguna. Recordé cómo Joan a las 3 de la mañana tuvo que bajar a la cocina a rescatarlas del cubo de la basura porque no teníamos otras.
La puerta del baño se abrió y regresé a Kanazawa. Una mujer muy mayor acababa de entrar. Se duchó y después se metió en la bañera. Comenzó a hablarme. Sí, en japonés. Enseguida le hice un gesto de no entenderla pero no pareció importarle. Ella hablaba y hablaba. Movía las manos con delicadeza sobre el agua. Yo ladeaba la cabeza, fingiendo captar algo de lo que decía, pensé que quizá era demasiado mayor para comprender con claridad la realidad que la rodeaba, siempre solía pensar eso, nunca que estaban locas. Así que yo giraba de un lado a otro la cabeza y la sonreía. Pero ella, en un momento dado, cesó su discurso y extendió su mano hacia mí, me señalaba. No dije nada. Repitió lo mismo tres veces. La miré fijamente y supuse que me habría preguntado algo y que esperaba respuesta. Conque la sonreí con sinceridad y le dije:
—Tokomoko.
—¿Tokomoko? ¿Le has dicho tokomoko? —me preguntó Joan muerto de la risa ya en la habitación cuando se lo contaba.
—¿Qué querías que hiciera?, la pobre mujer esperaba una respuesta, y tokomoko fue lo primero que se me vino a la cabeza y sonaba bastante a japonés, ¿no?
—¡Estás fatal, amor!
Me abrazó con fuerza y empezó a comerme el cuello. Oh, sí, ya por fin, después de 20 días, podíamos continuar con lo nuestro. Pero me equivoqué, el cinturón de su kimono se enganchó con el mío, espera, déjame a mí, ya lo suelto yo, no, quita, ¡ya está! Oh, sí, ya por fin, nos dejamos caer en el tatami, espera, espera, que me clavo el coxis en el suelo, ponte la manta debajo, sí, la manta, trae la manta, ¡ay, mierda de tatami! Oh, sí, ya por fin estábamos cómodos, oh, Joan, oh, Joaaaan, no grites, amor, no grites, ¡Joaaaan! Nos van a echar. Bruto, pero no me tapes la boca que me ahogo. A Joan le entró la risa. ¡No, la risa ahora no!, estaba enfadada. Pues no me mires, amor. ¿¿¿Cómo no te voy a mirar??? ¡Pero no te pongas a discutir ahora, tía! Ja, ja, ja, ja, ja y ja, ja, ja, ja, ja. ¡Elvi, para! ¡Mírame, Joan! Ja, ja, ja, ja. Y Joan me miró y: ¡tokomoko! Y ja, ja, ja, ja, ¡que te den, amor!, ¡que te den a ti! Y ja, ja, ja, ja, ja…
No logramos hacer el amor, fue imposible pero las risas de aquella noche las recuerdo como épicas.

—Tokomoko… —dijo de nuevo Joan al otro lado del teléfono.
—Tokomoko —dije yo.
—¿Y si repetimos Japón?
—Me encantaría.
—Bien, vale, pues Japón, decidido.
—De acuerdo.
—Y, Elvi…, si quieres, el próximo año podemos mirar lo de Svalbard.
No dije nada, solo sonreí apretándome el móvil contra la oreja como una adolescente enamorada.


7 dic 2019

Juegos ciegos


Stop Glaucoma de Javier Avi

No sé cómo ocurrió, la verdad. Pasó todo muy rápido. Me vi en el suelo de la cocina de mi apartamento de China, como si algo hubiera reventado mi cabeza. Me llevé las manos a la nariz, sangraba a borbotones. Me asusté, intenté ponerme de rodillas pero estaba algo mareada, así que seguí tumbada, ladeé la cabeza y vi el pequeño escaloncito que separaba la cocina del salón, aquello debía de haber sido. Me había tropezado con el escalón y me había comido la encimera. Cómo había podido olvidar el escalón. Ser ciega de un ojo y mantener poco más del 70% del otro, te hacía memorizar todos los espacios. Contaba las escaleras y señalizaba mentalmente todas las puertas de los edificios, aulas y despachos con puntos referenciales. Hacía meses que no me caía, ni siquiera me tropezaba, pero cómo se me podía haber olvidado el escalón de mi propia cocina. Estaba cansada, muy cansada, debía de ser eso, cuando estoy agotada me cuesta pensar, memorizar, incluso recordar.
—¡Verooooooooo…! —grité a media asta—. Vero, estoy aquíííííí…
Pedir auxilio a tu vecina era absurdo sobre todo cuando ella te había dicho que el fin de semana lo pasaría en la ciudad. Así que me puse de rodillas y levantando el brazo tanteé la encimera buscando un trapo, me lo puse en la nariz y grité de dolor.
—Me la he roto… me la he roto…
Vi el suelo lleno de sangre y mi pijama también, y empecé a llorar como una niña porque realmente no sabía qué hacer. Iba a morir.
Tanteé nuevamente la encimera y alcancé mi móvil. Con tan solo cogerlo lo llené de sangre. Busqué rápidamente su contacto y marqué llamada. Contestó dormido.
—Joan, voy a morir…
—¿Elvi? —se asustó. Pude sentir que se incorporaba. Carraspeó—. Elvira, ¿dónde estás?, ¿qué pasa?
—Me estoy muriendo, Joan…
Silencio.
—Elvira, ¿te estas muriendo de muriendo o muriendo de no-puedo-con-la-absurda-existencia-de-mis-días-viva-Schopenhauer?
—Lo primero, muriendo de muriendo, de que me quedan segundos de vida…
Joan se rio. Lo oí que caminaba, supongo que hacia la cocina, iría a encenderse un cigarro.
—¿Vas a fumar en un momento así? —pregunté colocándome el trapo nuevamente en la nariz.
—Sí, voy a fumar y me voy a tomar un café para pasar tranquilamente los últimos segundos contigo. ¿Qué te ha pasado?
—Que no he recordado el escalón de la cocina. —Y me puse a llorar de nuevo.
—¿Y te has tropezado?, ¿te has caído al suelo?
—Me he reventado la nariz contra la encimera.
—¡Diosssss! ¡Joder! ¡Hostiassss! ¡Buaaah, Elvira!, ¡pero, joder, joder, joder!
—Ya te he dicho que me quedaban segundos de vida…
—Cariño… Mi amor… —Y por fin empezó a ser cariñoso—. Mi amor… a ver… si sangras no eches la cabeza hacia atrás, ¿vale? —Yo asentía como si él pudiera verme—. Ahora intenta tocarte la nariz, si con solo rozarla te duele, vete corriendo al hospital, si la puedes tocar es que no es tan grave, ¿vale?
Lo cierto es que tenía el trapo presionando la nariz con fuerza desde hacía rato y el dolor era soportable, así que rota, lo que se dice rota, no parecía estar, pero no se lo iba a decir a Joan, me gustaba que fuera cariñoso y últimamente no lo estaba siendo, fingir un poquito no iba a hacer mal a nadie.
—Me duele…
—Ya, cariño, te tiene que doler, pero la cosa está en saber la intensidad.
Puse los ojos en blanco, qué más daría la intensidad, ¡me dolía y punto!, debía decirme cosas bonitas a tropel y ya.
—Mucho… —dije con voz melosa—, además imagina cómo siento, me he tropezado por ser ciega de un ojo, si es que no veo, no veo, Joan...
Oí a Joan aspirar con fuerza esa calada pero no dijo nada.
Estábamos hechos un nudo en el sofá de nuestra casa de Madrid. Sábado noche, maratón de Netflix. De repente, Joan paraba la película y proponía hacer un descanso, picar algo en la cocina. Vale. Todo siempre parecía tranquilo hasta que él lo recordaba:
—¡Queda un Calippo!
Los dos nos levantábamos cómo animales del sofá y salíamos disparados. Y como veía que yo iba a perder sí o sí, metía un grito a mitad de camino y empezaba a imponer reglas.
—¡No, no, no! ¡No vale! —decía yo—. Repetimos. A ver, salimos desde aquí —y marcaba una línea invisible con mi pie en el suelo—. Tú ponte detrás de la línea y yo delante.
—¿Por qué tú delante?
—Porque mis piernas son más cortas, necesito algo de ventaja. Es así, en atletismo también se hace con lo de la curva.
—¿Qué curva?
—La curva, que no me lo invento  yo, ¿eh?, es así, pregúntaselo a cualquiera.
Joan se llevaba las manos a la cara y se reía completamente alucinado. Después daba el pistoletazo de salida y corríamos lo poco que se puede correr en una casa de 50 m2, pero poníamos todo nuestro empeño, hasta llegar a la puerta de la cocina que nos atrancábamos los dos en ella intentando entrar a la vez. Entonces yo le bajaba los pantalones del pijama, él se reía, yo me reía más, él caía al suelo, yo aprovechaba y entraba en la cocina. Él semidesnudo se arrastraba por el suelo hasta llegar al frigo, yo gritaba nerviosa, me levantaba la camiseta y le enseñaba las tetas, había que distraerlo, él se volvía a reír como un loco y yo aprovechaba para abrir la puerta del frigo, pensaba que sería mío el helado pero Joan, cogiéndome de la pierna, me empujaba y finalmente él siempre se hacía con el trofeo: el último Calippo de lima-limón.
Pero como yo tengo mal perder, empezaba mi plan B. Dejaba que él cogiera el helado y me lo restregara por la cara, luego yo me acariciaba el pie y cojeaba hasta el salón.
—¿Te duele? —me decía.
—¿Eh?, ah, un poco, es que cuando me has agarrado de la pierna luego no he visto el rodapié, porque como no veo bien… ya sabes…
—Ay, mi niña, pobre, déjame ver…
Y en ese momento, ¡zas!, le robaba el Calippo y me alzaba con él sobre el sofá preguntando a gritos quién era la más mejor del mundo mundial.
—¡Tonto, te gané! —le decía.
De nuevo en la cocina de China esperaba su respuesta al otro lado del móvil.
—Ya —dijo por fin—, es que, mi niña, tienes que andar con cuidado. —Sonreí—. Y ya puedes ponerte mucho hielo, espero que no te quede marca porque menudo fastidio para el 8 de febrero. Para las fotos, ya sabes, y eso que no somos de fotos pero alguna nos sacaremos.
—¿Qué fotos? —pregunté quitándome el trapo de la nariz.
—Las de la boda. Ya te dije, ¿no?, que como parecías convencida, había reservado día en el ayuntamiento de Madrid para casarnos. ¿No te acuerdas, amor?, te lo dije la última vez que hablamos.
—¿Qué…? ¿Eh? Yo…, ¿eh?
Nerviosa, muy nerviosa, nerviosísima me puse de pie. Dejé el trapo sobre la encimera y abrí el grifo, me limpié la cara. El agua estaba helada pero no me importaba, necesitaba eso en ese momento. Necesitaba algo en ese momento.
—A ver, Elvi, cariño, no te pongas nerviosa que te conozco. Ya lo hemos hablado.
—¿Cuándo…?
—Mi amor, ya está hablado. Tranquila, ¿vale? Vamos, firmamos, nos sacamos una foto y nos volvemos a casa como marido y mujer. Fácil. Sin historias.
—¿Eh? —Me estaba volviendo a marear.
—Mi vida, lo único que necesito es tu partida de nacimiento, si no quieres hablar con tu padre, pídesela a tu hermano, que me la mande escaneada, es suficiente.
—¿Eh? —Me dejé caer de nuevo al suelo. Allí sentada parecía una muñeca rota.
—La verdad es que tengo ganas, ¿tú no?
—¿Eh?
—Sí, cariño, además por tu ceguera es mejor estar casados, hay que casarse, nena, por lo que pueda pasar.
—¿Eh?
—Sufro por tus ojos, es mejor, mi amor, de verdad.
—Pero… pero si yo veo muy, muy, muy bien.
—¡Zas! ¡Te gané, cieguita de mis amores! —Se reía como un loco. 
Me llevé las manos a la cara en un gesto de vencida, mi nariz crujió, yo gemí y asumí todo ese dolor como parte de un merecido castigo.