15 abr 2022

Procesiones en Madrid

 


Son las 23.10 de la noche y camino por Fuencarral a paso lento. En mis orejas los auriculares y en ellos Rigoberta Bandini. Me toco una teta y grito: “¡Mamá, mamá, mamá, paremos la ciudad!”. Nadie me mira. Amo Madrid. Me ajusto la mochila a los hombros. “Mamamamamamamamamamá”. La gente ha huido de la ciudad y postea en redes fotos de felicidad precalentada. La gente vuelve con ansia a la normalidad. Creo que a mí nunca me gustó, por eso me quedo en la ciudad, encerrada. “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas”. Un perro me mira, le saco la lengua, su dueña le regaña. Es vieja. Es vieja y le dice que está feo señalar con el dedo. No es su perro quien señala, le digo. Me ajusto de nuevo la mochila a los hombros y levanto los brazos “¡Porque nadie me puede prohibir ladrar!”. Bandini calla y salta llamada entrante. Espero a que cesen los tonos. Llego hasta la Gran Vía queriendo ser una perra. Bandini vuelve a callar, salta otra vez llamada. Paro y me descuelgo la mochila. Del bolsillo pequeño saco el móvil, miro la pantalla, “Gerardo Bro”. Me fijo en la hora, las 23.21, nunca mi hermano me llama tan tarde. Espero a que cuelgue. Reviso las llamadas, tres perdidas. Algo ha pasado. Mi padre. Marco rellamada.

—Te he llamado cuatro veces.

—Tres —corrijo—. Estaba en la biblioteca.

—¿Hasta las once de la noche?

—Sí. —No—. ¿Todo bien por Bilbao?

—Sí, todo bien.

—¿Papá bien?

—Sí.

—¿Sigue vivo?

—Sí, Elvira, sigue vivo.

—Ya. ¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—Pensaba que se habría muerto.

—Si se hubiera muerto te habría avisado.

—Bueno, lo estarías haciendo ahora, ¿no?

—Sí, si estuviera muerto sí.

—Por eso te lo he preguntado.

—Ya, pero está vivo, Elvira.

—En este preciso instante ninguno de los dos lo puede asegurar.

—Yo lo puedo asegurar.

—Tú estás hablando conmigo. Tu línea está ocupada así que no podría llamarte para decírtelo.

—¿Cómo va a llamarme para decírmelo si está muerto?

—Ah, ¿entonces lo está?

—¡Elvira!

Me adelanta la vieja con su perro. Lanzo un beso al animal, me ladra.

—Si papá sigue vivo, ¿para qué me llamas a las once de la noche?

—Porque estoy pensando en bajar la próxima semana a Madrid, un par de días, ¿cómo lo ves?

—Muy bien, baja y diviértete —le oigo reírse. No somos de decirnos “quiero verte” ni por supuesto “te echo de menos”, somos más bien de: idiota, pedorra y tonta del culo.

—Podríamos ir al teatro, algo ligerito, no me lleves a tus tragedias existencialistas, por favor. —Esta vez me río yo.

—Vale. —Quedamos en silencio— ¿Y si se muere mientras estás aquí?

—Ah, pero ¿no se había muerto ya?

Nos insultamos y nos despedimos. Guardo el móvil de nuevo en el bolsillo pequeño de la mochila, me coloco los auriculares y, tras caminar poco más de 20 pasos, tarareo junto a Bandini “In Spain we don’t know where to go”.

 

20 mar 2022

Rosquillas en el Huerto de los Olivos

 

Vendedoras de rosquillas de Manuel Wssel de Guimbarda

—Sí, Elvira a veces trabaja un poco a regañadientes, sobre todo últimamente, demasiado distraída pero lo lleva todo al día —dijo Geraldine sacudiendo al aire los dedos tras partir una rosquilla en dos. Elvira, sentada en el tercer peldaño de la escalera móvil de la biblioteca del profesor, la miró con hastío—. Y usted, Agustín, ¿cómo pasa los días?

—Pues aquí, ya me ves, más muerto que vivo.

—No diga eso, yo lo veo muy bien. Tenía ganas de pasar a visitarlo pero con esto de la pandemia me daba miedo.

—Tranquila, mala hierba nunca muere —interrumpió Elvira.

El profesor la miró y le lanzó un beso con su temblorosa mano. Elvira rio.

—Sois como un padre y una hija.

—Somos como dos amantes que jamás tuvieron la suerte de encontrarse —corrigió el profesor.

Geraldine, contrariada ante su respuesta, volvió a agitar los dedos aunque ya no tuviera azúcar que retirar. Elvira se levantó golpeando el suelo con el tacón para estirarse el pantalón y se dio la vuelta a fisgonear las estanterías.

—¿Te gustan las rosquillas, bonita? —preguntó Dolores entrando en el salón—. ¿Las tenéis en Francia?

—Sí, sí, las tenemos. Están muy ricas.

—Claro, pero seguro que así no, así no las tendréis, vosotros haréis rosquillas francesas. Estas no son francesas, tienen anís, no son como las que habrás comido, las mías van cargaditas, ¡come, hija, come más! —Dolores cruzó los brazos y esperó a que Geraldine se llevara otra a la boca.

—Vamos, déjala tranquila, Dolores.

—Uy, pero señor Agustín, si yo la dejo, ¡claro que la dejo! No te sientas forzada, ¿eh, bonita?, que yo te lo digo por hacerte un bien que se te ve muy delgada, ¡tú  come!

—¡Dolooores, por favor!

—Dolores, ¿te sientas un ratito con nosotros? —preguntó Elvira vaticinando una divertida tarde si se unía a la reunión.

 —Bueno, pero solo un ratín, que tengo muchísimas cosas que hacer. —Se sentó en la mesa, frente a Geraldine y cogió una rosquilla, después se la mostró con parsimonia como si quisiera darle instrucciones de cómo proceder.

—Y entonces, ¿tendréis la investigación concluida antes de marchar a Toulouse?

—No lo creo, Agustín —contestó con cierta frustración Geraldine—. En Toulouse estaremos las dos primeras semanas de julio y hasta mediados de octubre no la habremos acabado. —Se giró y miró a Elvira buscando su confirmación pero esta seguía de espaldas rebuscando entre las estanterías—. Le comento lo de Toulouse, tu estancia, ¿Elvira? —Ella a lo suyo—. ¿Elvira?

—¡¡Elvira!!

—Ay, señor Agustín, qué susto, qué susto, qué susto, por Dios, ¡no grite de esa manera!

Elvira se dio la vuelta con quietud y miró a su profesor.

—¿Qué?

—¿Dónde estabas?

—Cerca de ti, queriéndote.

El profesor sonrió.

—Tú no sabes querer.

—Aprendo.

—¿Aprendes?

—Me enseñas.

—Poco he podido enseñarte yo, quizá una vez muertos… quizá con la eternidad por delante… quizá entonces…

—Quizá.

Geraldine se levantó, se colocó el abrigo y dijo que se marchaba.

—¿Ya, bonita? ¿Te pongo unas rosquillas en un táper y te las llevas? —preguntó Dolores levantándose también.

Dijo que no con cierta molestia, parecía que su delicada educación francesa se hubiera evaporado y el verdadero carácter estuviera rompiendo el cascarón. Se acercó al profesor y con un forzado abrazo se despidió. A Elvira le dio un beso en la mejilla izquierda y después abandonó el Huerto. Dolores la acompañó a la puerta y al cerrarla volvió al salón. Recogió el plato de rosquillas de la mesa.

—Cielo, ¿te quedas a cenar? —preguntó.

Elvira miró al profesor.

—Sí, hoy me quedaré. —Dolores salió y Elvira se sentó en la butaca junto a la de Agustín—. ¿Y si nos morimos ahora?

—Si nos morimos ahora tropezaremos con la eternidad y, entonces, aprenderemos a querernos. Así será, quizá.

—Quizá —contestó y cerró los ojos.

 

8 ene 2022

Mutaciones

 

Miquinemi de Eugenia Velis

—No sé qué más decirte, Elvira. Sé que no he estado a la altura y lo siento, lo siento, ¡lo siento, joder!

Beatriz tenía las manos en alto, me miraba con fijeza, no parecía del todo sincera así que no dije nada. Me senté en uno de los taburetes altos de la isla de su cocina y le pedí una cerveza.

Mi vida se había desmoronado en poco más de una semana y durante tres meses había estado chapoteando en un pozo ciego. Por si fuera poco, Óscar, mi psicólogo, había decidido dejar Madrid y mudarse a Galicia. Morriña rural, lo llaman. Regresaba a Pontevedra, a su aldea de la infancia, a atragantarse con grelos y a bailar muñeiras. Necesito un cambio, me dijo.

 —¿Y qué pasa conmigo? —pregunté, porque a una psicópata narcisista es lo único que le importa.

—Puedo derivarte a un colega. Antes de marcharme podemos encontrarnos los tres.

—¿Los tres? ¿Un trío? —Y deseé que una meiga lo convirtiera en percebe.

Asumía el abandono como decorado permanente en mi vida. Quien se quiera marchar que se vaya y que cierre la puerta al salir, gracias.

Sonó el timbre de casa y Beatriz salió de la cocina. Regresó acompañada de Enrique y Jèrôme. Este último me saludó desde la puerta y se apoyó en el quicio. Enrique, en cambio, entró.

—Cuánto tiempo —me dijo sentándose en el taburete de al lado—. Pensaba que ya te habrías suicidado.

—Con las últimas lluvias, se ensanchó la madera de mi ventana y no pude abrirla.

—Qué lástima.

—Bien, bien, bien —intervino Bea—, me alegro de que os haya hecho tanta ilusión volver a veros. Vale, ¿vamos al salón? Jèrôme, ¿te llevo una cerveza, corazón?

Una vez sentados en el salón, con una cerveza en la mano y mirando al suelo, sonó de nuevo el timbre. Un minuto después entraron Darío y Almudena. Almu me saludó con la manita y se sentó junto a mí, inmediatamente entrelazamos los brazos y nos agarramos de la mano, estábamos imantadas. Restregó la nariz en mi hombro y me dio un beso.

—De acuerdo, chicos, por favor —Beatriz, de pie frente a nosotros, tamborileó su botellín pidiendo atención—. Os he pedido que vinierais porque ha sido un fin de año movido, ¿verdad? Han pasado cosas y pocas buenas. —Se sentó en el antebrazo del sofá y continuó—: Todos hemos sido arrollados por el Corona y para algunos no ha sido una simple gripe. —El grupo entero miramos a Darío que tuvo que ser ingresado durante dos semanas a principios de diciembre, supongo que el asma no le allanó el camino—. Y qué queréis que os diga, entre unas cosas y otras yo he reflexionado un poco, ya que a veces es obligatorio hacerlo.

Con disimulo miré a Almudena que prefirió bajar la cabeza porque de encontrarse nuestras miradas nos reiríamos como quinceañeras.

—Así que —continuó— no quiero perder más el tiempo y he decidido casarme. Ya está, ya lo he dicho, me caso, ¡me caso!

El silencio cayó como una losa sobre el salón. Impertérritos no podíamos dejar de mirar a Bea que sonreía como una loca ausente.

—¿Con quién? —me atreví a preguntar por fin, porque a no ser que aquella lámpara de pie fuera en realidad Markus con una tulipa en la cabeza, no podía ni imaginar quién sería el agraciado.

—No importa con quién.

Su respuesta hizo acordarme de algunas amigas de Bilbao que estuvieron más preocupadas por el bodorrio en sí que por certificar si el hombre elegido sería el idóneo para compartir pedos en el sofá de su casa, en el hipotético caso de un eterno confinamiento pandémico.

Dejé la cerveza sobre la mesita y empecé a aplaudir. ¡Bravo!, decía. Todos, de a poco, empezaron a imitarme y en unos minutos la jaleábamos el grupo entero.

—¡Viva la novia!

—¡Guapa, valiente!

—¡Bravoooo!

Beatriz se puso en pie, dejó el botellín en el suelo, cruzó los brazos agarrándose los hombros con las manos e, inclinándose como una antigua actriz de teatro, agradeció la ovación.

Nadie en ese salón daría positivo en un test de cordura, por eso dejamos que Bea disfrutara de su papel aquella noche porque nos iría tocando interpretar el nuestro poco a poco. El dolor no tiene una cara definida, muta en diferentes cepas y sorprende con la reacción de cada uno, a veces es suficiente con un par de vinos y un grito agudo sobre el puente de Segovia. Sin embargo, otras necesitas aferrarte a la esperanza de ser una persona diferente para dar sentido de nuevo a tu vida.

Al salir de su casa y despedirme de Almu y Darío, que juntos tomaron un taxi, saqué el móvil, busqué su contacto en el WhatsApp y le dejé un audio:

—Hola, Óscar, solo es para pedirte que, cuando tengas tiempo o ganas o las dos cosas, me dieras, por favor, el contacto de tu colega, creo que tengo que comentarle algunas cosas antes de que quiera casarme con ni siquiera saber quién. Y, bueno, ya. Solo eso. Gracias.

Miré el móvil y volví a apretar el botón de grabado de audio:

—Y, y… yo… te abrazo, te abrazo fuerte, percebe.


14 dic 2021

El abrigo

 

Marlene Dietrich

Me subí el cuello del largo abrigo clásico. Era negro, cruzado. Lo había comprado hacía poco más de dos semanas. Me acomodé el pelo por dentro y metí las manos en los bolsillos. Dos estudiantes pasaron frente a mí, uno al empujar al otro me dio un codazo en el hombro.

—Disculpe, señora —dijo.

—No pasa nada. —Sonreí tras la mascarilla y sacando mi mano derecha del bolsillo volví a recolocarme el cuello del abrigo.

—Vaya, vaya, no sabía que debajo de tanta morralla se escondía una mujer con semejante clase. —Almudena me abrazó y frotó con energía la espalda de mi nuevo abrigo—. Estás guapísima —dijo y me besó en la mejilla.

Había ido a buscarla al trabajo, a la biblioteca de la universidad. Antes de marcharme a China lo hacía con mucha frecuencia, parece que volvían las viejas costumbres.

—¿Te gusta? —Almudena asintió—. He decidido cambiar algunas cositas de mi persona. Ahora todo va a ser diferente. Quiero darles una buena impresión.

—Ya lo has hecho, te han contratado por tu currículo, no por tu armario. Es una universidad extraordinaria, no sabes cuánto me alegro. ¿Cuándo empiezas?

—A finales de enero —dije y solté una carcajada nerviosa, Almudena volvió a abrazarme. Y juntas empezamos a mecernos de lado a lado, como un muñeco balancín imposible de derribar.

Salimos de la universidad cogidas del brazo. En la cafetería me desabroché el abrigo sin llegar a quitármelo, crucé las piernas a un lado de la silla y observé mis botas altas de piel.

—¡Madre mía! —exclamó Almu mirándolas también—. ¿Cuánto tiempo hacía que no te ponías tacones?

—¿Seis, siete años…? No lo sé, desde que perdí el ojo.

Almudena se quitó la mascarilla y me sonrió por largo tiempo.

—Pareces otra persona, Elvi. —Me frotó el muslo y siguió sonriéndome.

Con teatralidad coloqué parte del abrigo sobre las piernas y me atusé el flequillo.

—Soy otra persona, Almu —dije—. Ya nada puede salir mal.

 

—¿Elvira Catalina Rebollo García?

—Sí, soy yo —dije al teléfono cinco días después.

—Le llamamos del Hospital La Luz de Madrid, su PCR ha dado positivo en Covid-19, por lo que se le aplica un confinamiento de 15 días, el doctor Laucirica le hará el seguimiento telefónico a lo largo de estas dos semanas, si siente disnea, llame al teléfono 91-55545555 o acuda directamente a urgencias, pero solo en caso de disnea, para el resto de síntomas: paracetamol 500 mg. cada 6 horas. ¿Tiene alguna pregunta?

Fui a la habitación, descolgué mi abrigo nuevo, me lo puse sobre los hombros, a modo de capa y, en zapatillas pero con paso decidido, llegué a la cocina. Llené medio vaso de agua y vertí en él un paracetamol efervescente. Con una mano lo alcé a la altura de mis ojos y, mientras observaba las burbujitas, me subí, con la otra mano, el cuello de mi largo abrigo clásico.

 

31 oct 2021

La casa

 

Fotografía: Elvira Rebollo

—Elvisa, esta es tu habitación —dijo la mujer abriendo la puerta—. ¿Te gusta? Mira, ahí puedes dejar la maleta. Ahora lo ves todo oscuro pero mañana te darás cuenta de la claridad. En este lado de la montaña pega el sol casi todo el día. Aunque hayan anunciado lluvias, seguro que nos dan una tregua, disfrutarás del paisaje, ya lo verás.  —Se alisó la papada y me miró sonriente—. Elvisa, qué bonito nombre.

—Elvira —dije—. Con erre.

—¿Y eso?

—Por la abuela de mi madre.

—Vaya, pobre, qué mala suerte.

Y recordándome que la cena era a las nueve, cerró la puerta. Me senté en la cama y me froté la frente con la yema de dos dedos. Cerré los ojos y respiré con fuerza.

A las nueve y diez, desde uno de los extremos del porche, mandaba un audio a Joan para decirle que ya había llegado y que la casa era bastante mejor de lo que esperaba pero que no paraba de llover. Quise decirle que lo quería, que lo quería con locura porque era consciente de la paciencia que estaba teniendo conmigo, pero solo atiné a pronunciar que no se olvidara de poner una lavadora con las toallas blancas.

—Ya estamos cenando, Elvisa —dijo la mujer asomando la cabeza por el portalón de entrada.

—Elvira.

—Lo sé.

Confusa metí el móvil en el bolsillo de atrás de mi vaquero y entré en la casa.

—Ahí, siéntate ahí, junto a Sonsoles.

El comedor era una pequeña estancia con una larga mesa para diez comensales. Obediente me sentí junto a una mujer de mediana edad, menuda, de pelo grasiento recogido en un moño alto y con gesto serio. A mi otro lado no había nadie pero enfrente: una joven pareja, o eso parecía, de poco más de 30 años.

—Hola —dije al sentarme.

—Bueno, este fin de semana solo ocupáis vosotros cuatro la casa, con la lluvia ha habido tres cancelaciones. Elvisa, ¿te gusta la purrusalda?

—Sí. —En verdad no. Odiaba los hilillos del puerro entre los dientes—. Me encanta.

Los jóvenes hablaron de la nueva pandemia que se nos venía encima con la caída de Evergrande. Afirmaban que tener congestionada a China iba a repercutir en una grave pulmonía para el resto del mundo. Parecían entenderse bien. Él aseveraba lo que decía ella y ella dejaba espacio al final de cada frase para que él las pudiera terminar. Los miraba con pereza. Tras arrastrar los trozos de puerro alrededor del plato, me excusé diciendo que salía un ratito fuera. Me apoyé en la barandilla de madera y contemplé una negra lejanía que no parecía ni existir.

—Son demasiado jóvenes —dijo Sonsoles acercándose. Se paró junto a mí y me preguntó qué observaba entre tanta oscuridad.

—Mi vida —dije, se rio y me ofreció un cigarro—. No fumo. —Al mirarla me di cuenta de que estaba acribillada por las arrugas y su expresión quizá no era seria sino cansada. Se llevó un pitillo a la boca—. ¿Y tú, por qué has venido?

—Te podría decir que para tomar aire fresco lejos de la ciudad, cargar pilas y todas esas tonterías que dices cuando no quieres contar la verdad. —Nos miramos y tras un incómodo silencio me preguntó—: ¿Tienes hijos?

—No, por favor —dije con desaire.

—¿No te gustan los niños?

—Vivos no.

—Bueno, supongo que no hay nada que sirva para mucho una vez muerto.

—Los maridos —contesté.

Soltó una tremenda carcajada y después llamó a la mujer. Al asomarse por el portalón le pidió si podía sacar los cafés al porche.

—Claro, queridas, pero no cojáis frío. Os bajaré unas mantas también.

La vimos desaparecer y retornamos nuestras miradas hacia lo negro.

—Yo tengo dos, ¿sabes? —dijo.

—¿Maridos?

Giró la cabeza y sonrió.

—De 17 y 15 años. Viven con su padre. La custodia fue mía pero ellos prefirieron irse con él, ¿y qué puedes decir a dos adolescentes? Los veo muy de vez en cuando. —Se sentó en una de las sillas de plástico, se ajustó el jersey al cuerpo y guardó el cigarrillo porque ni siquiera lo había encendido—. Cada vez que les toca conmigo tienen planes con los amigos o eso dicen. Eso dicen. Eso es lo que dicen y yo, pues… no digo nada, ¿qué voy a decir? Y así llevo tres años. —Me senté a su lado con las piernas estiradas alisándome los vaqueros, como si semejante tela pudiera arrugarse—. Así que sí, estoy aquí para tomar aire fresco lejos de la ciudad, ¿no?

—Y para cargar pilas.

—Y para cargar pilas, sí.

—Los cafés, queridas. —La mujer dejó sobre la mesita de plástico una bandeja con dos cafés solos, una jarrita de leche y un azucarero de porcelana con forma de calabaza—. Las mantas os las traigo ahora mismo. —Entró de nuevo en la casa y salió al de un minuto cargada con dos colchas de colores. Sonsoles se levantó para ayudarla—. Gracias, preciosa. No cojáis frío, disfrutad de la noche y recordad que el desayuno es a las siete y media.

Sus anchas caderas y su enorme desparpajo cruzaron el portalón desapareciendo dentro de la casa. Sonsoles me ofreció una colcha.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo?

—¿A cuántos maridos has matado?

—Me hubiera gustado matar a varios, pero nunca me casé con ellos.

Sonsoles echó un poco de azúcar a su café y lo removió con energía. Bebió un sorbito y lo dejó otra vez sobre la mesa.

—¿Te echo azúcar al tuyo?

Crucé las piernas y pensé en si Joan pondría la lavadora o no. Recosté la cabeza sobre el duro respaldo de la silla y dije:

—He empezado un trabajo que detesto. Llevo tres años con una investigación que no tiene fin y que ahora comparto con una francesa que me está quemando los nervios. Y mi chico parece, desde hace semanas, estar rumiando algo que no quiero oír. No quiero… Así que sí, yo también estoy aquí para tomar aire fresco lejos de la ciudad, ¿no?

—Entiendo, entonces mejor sin azúcar.

                                                                                             (Continuará…)

                                

1 oct 2021

La otra

 

Desconocido

Nada más verla, en medio del descomunal hall de la Biblioteca Nacional, me supuse que era ella. Llevaba unos holgados pantalones blancos de lino y una vaporosa blusa azulada a juego de sus finas bailarinas. No era demasiado alta pero sí delgada, bastante, y con un bonito flequillo desfilado que capitaneaba una lisa melena castaña por debajo de los hombros. Parecía estar viendo a la Françoise Hardy de los años 60. Levantó la mano, supongo que sonreía, se le achicaron los ojos, pero con la mascarilla no estoy segura.

—Elvira, oh, Elvira, oh, oh…  —dijo cogiéndome una mano entre las dos suyas—. No sabes cuántas ganas tenía de conocerte. Agustín Pardos me ha hablado maravillas de ti.

—Está muy mayor —dije con una incómoda sonrisa. Y es que nunca sabía reaccionar ante ese tipo de situaciones. En primer lugar, su elegancia me aplastaba como una prensa en un desguace y, en segundo lugar, recibía los halagos como patatas calientes en la boca, rico pero duele; es lo que pasa cuando tu madre solo te ha estado llamando retrasada mental durante años.

Terminamos los trámites para acceder al interior de la biblioteca. Marcaron nuestros dispositivos electrónicos con una pegatina y un código y nos ofrecieron una cinta de la que colgaba una tarjeta de plástico identificativa. Las dos nos la colocamos en el cuello y cruzamos las puertas de cristal que daban al viejo pasillo de suelos de madera.  Crujían a cada paso, a ella no parecía importarle pero yo me ruborizaba con cada chasquido, quería ser invisible. Habían sido muchas las veces que había recorrido ese pasillo pero era la primera que lo hacía con un claro sentimiento de impostora.

—¡Disculpen! —exclamó una mujer de mediana edad que sostenía con los dos brazos una pila de revistas, nos estaba viendo subir las escaleras—. Eso es acceso restringido.

—Investigación —dijo ella mostrando su identificación del cuello.

—Investigación —repetí yo creyéndome Willows de CSI. Lo dicho, impostora.

Llegamos, dos pisos más arriba, a la Sala Larra. Y ella, marcando el paso como lo había hecho hasta ese momento, se sentó en una larga mesa del centro de la estancia.

—Antes de pasar a la hemeroteca, podemos charlar un poquito, ¿verdad? —Su acento era imperceptible. Echó un vistazo a su alrededor—. Y como no hay nadie por aquí, no creo que pase nada por quitarnos las mascarillas.

Se quitó la suya, una FFP2 azul oscura, la dobló con cuidado y la metió en un sobre de papel que dejó sobre la mesa. Sentí vergüenza al meter la mía, una quirúrgica blanca, hecha un gurruño en mi tote-bag. Sonreí.

—Podemos trabajar juntas. Agustín Pardos me ha hablado de tu interés en el proyecto de la Universidad de Toulouse. ¿Conoces Toulouse?

—Solo he estado una vez.

—Pero viviste en Francia, n’est-ce pas?

Me agarré del cuello con delicadeza disimulando una incontrolable agresividad pasiva.

—Sí.

—Où?

—Lyon —contesté sonriendo de nuevo. Impostora.

—Oh, Lyon, Lyon, qué hermosa, ¡qué hermosa!

—Sí. Hermosa.  —Sonrisa.

El karma. Quien al cielo escupe…

—Toulouse tiene otra belleza, más natural.

—Natural. —Sonrisa.

—Y no es porque trabaje allí pero creo que la Universidad de Toulouse en Estudios Hispánicos aporta una diversidad difícil de encontrar en otras universidades, no sé si decir, más convencionales. ¿Entiendes a lo que me refiero? —Asentí con la cabeza—. Ahora, Elvira, nuestras líneas de investigación se cruzan y sería imperdonable dejar pasar esta oportunidad. Tratar el suicidio en literatura, bueno, en cualquier ámbito, sigue teniendo gruesas líneas de censura, apenas hay publicaciones, no es fácil, pero juntas, en un mismo proyecto… ¿Estás de acuerdo?

—Madame Lemoine, yo…

—Oh, Elvira, s'il te plaît! Geraldine, Geraldine.

—Geraldine —dije nerviosa mientras me apartaba un pelo imaginario del medio de la cara—. Sé que Agustín solo quiere ayudarme y es cierto que estuve a punto de mudarme a Toulouse hace algo más de un año al conocer ese proyecto, eran otras circunstancias: la pandemia, la cercanía, algunas desavenencias con China… Pero ahora mismo, mi objetivo está en Madrid hasta finales del año próximo. Aun así podemos trabajar a distancia, por mi parte estaría encantada.

Se echó hacia atrás ajustándose la blusa a los hombros. Se repasó el labio inferior con la punta de la lengua y después dijo ladeando la cabeza:

—Tarde o temprano tendrás que instalarte en Toulouse. —Coloqué los dedos en el borde de la mesa, como si fuera a tocar un piano y apreté con fuerza—. Cuando termines tu periodo de investigación deberás dar clases, ¿entiendes esto?

Cuando termine mi periodo de investigación, me compraré una casa en medio de la sierra extremeña y viviré junto a Joan. Cuando termine mi periodo de investigación, es posible que esté completamente ciega. Por ello, cuando termine mi periodo de investigación, dedicaré los días, lejos de cualquier atisbo de vida humana, a intentar entender una existencia en obligada oscuridad y gestionaré mi odio a la humanidad empezando por Francia. Pero hasta entonces, Geraldine, trabajaremos juntas los tres meses que has venido a colaborar con mi universidad en Madrid, hasta entonces fingiré interés en tus proyectos y hasta entonces, Geraldine, seré impostora de mi propia vida.

—Claro, entiendo —dije. Sonrisa—. Ahora es mejor que entremos en la hemeroteca si queremos aprovechar la mañana. —Me puse en pie y sin ya vergüenza saqué la mascarilla de mi bolso, como si de un kleenex usado se tratase, y me la coloqué.

Por la tarde, bajaba la cuesta de Mesón de Paredes, en Lavapiés, hasta llegar al portal de Enrique. Subí el pequeño peldaño y presioné el portero automático.

—¿Sí? —preguntó su voz.

—Enrique, soy yo —contesté e inmediatamente después oí un clic. Volví a tocar, oí de nuevo el clic y silencio—. Enrique, voy al café de enfrente, te espero, baja, por favor. —Clic.

Pedí un café solo y me senté junto a la ventana. Saqué del bolso la última novela de Franz Werfel que había comprado. Acaricié la portada y la dejé sobre la mesa. Vertí un sobrecito de azúcar en el café y removí largo rato.

—¿Está libre?

—¿Qué?

—Esta, ¿está libre? —Una chica de poco más de 20 años sujetaba el respaldo de una de mis sillas.

—Sí, esa sí. La otra no.

Acerqué la silla que quedaba y puse mi bolso encima. Abrí el libro y empecé a leer. Al cabo de un rato sentí el bolso depositarse sobre la mesa. Giré la cabeza y vi a Enrique sentándose en la silla con las piernas abiertas y los codos apoyados sobre las rodillas.

—Hola —dije.

—No voy a pedirte perdón —dijo con la vista baja—, no me hubiera importado matarte.

—Hola —volví a decir. Levantó la cabeza y me miró—. ¿Quieres un café, camarada?