8 oct 2019

Proceso creativo

Typewriter Four Hands. Desconocido

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer la entrada anterior Viernes de Joker

          ―Elvira, ¿qué vamos a hacer con esto?
Elvira acababa de salir del ascensor, en la séptima planta de la facultad de la Universidad China donde trabajaba desde hacía dos semestres. Frente a los despachos encontró a su compañero Rober que le mostraba una pelota de papel arrugada.
―¿Y qué es eso?
―Nuestra novela.
―¿Nuestra novela? ¿Qué novela?
―La de los amantes reencontrados 15 años después. Antonio y Vero. Nuestra novela.
―Querrás decir mi obra de teatro. Es una obra y es solo mía.
Roberto puso las manos en jarras y respiró fuerte.
―Ya sabes que Antonio ha vuelto a llamar a Vero, ¿no?
―Sí, lo sé.
―Para quedar.
―Sí, lo sé.
―Está claro que Antonio no es inmensamente feliz.
―Sí, lo sé.
―Bien, pues si lo sabes, tenemos historia.
―La historia, Rober, la tengo yo. Dos actores, un único espacio, 70 minutos y una sala off de Madrid. La empiezo a escribir en unos días y la monto en enero cuando regrese a España.
―Ya. ¿La vas a montar igual que tus otras obras?
―Gracias, Rober, eres un mierda.
Elvira entró en clase con rabia. Dejó sus cosas en la silla junto al atril. Encendió el ordenador y desplegó la pantalla del proyector. Pidió silencio. Se quitó las gafas, se frotó los ojos, miró por la ventana y resopló. Podría gritar, reír y llorar al mismo tiempo. Se puso de nuevo las gafas y pidió, por segunda vez, silencio. Miró al proyector, lo señaló y comenzó.
―Bueno, como ya dije la semana pasada, Valle-Inclán revolucionó el teatro…
Tocaron a la puerta. Rober entró.
―¿Puedes salir? ―preguntó.
―Acabo de empezar la clase.
Rober la miró y ella, apretando los dientes, salió del aula.
―Joder, Elvi, lo que intento decirte es que es posible que tus obras no funcionen porque quizá, y solo quizá, no sepas contar las historias.
Elvira recibió la bofetada fingiendo no haber sentido ni una pizca de escozor aunque tuviera la cara ardiendo.
―Gracias por tus consejos, mi querido literato, sin embargo te aseguro que esta historia de amor la voy a saber contar muy pero que muy bien.
―¡Lo ves! Ahí está tu error, porque esto-no-es-una-historia-de-amor, ¡mendruga!
Rober cruzó el pasillo y entró en su clase. Elvira entró en la suya repitiendo “imbécil de mierda” como si fuera un mantra. Pidió a sus alumnos abrir un par de ventanas. Se arremangó el jersey. Se frotó los ojos, pero está vez por debajo de las gafas y pidió silencio aunque nadie estuviera hablando.
―Valle-Inclán con la construcción de Max Estrella puso de manifiesto… ―Pausa. Elvira clavó los ojos en una de la estudiantes de la primera fila―. Dadme un minuto, chicos, por favor.
Salió de la clase y tocó a la puerta del otro lado del pasillo. Rober salió.
―¿Antonio no busca a Verónica, 15 años después, porque la ama? ―preguntó ella.
―No.
―¿Quieres decir que Antonio pone en jaque su matrimonio por una infidelidad que ni le va ni le viene?
Rober se agachó a la altura de su compañera que apenas medía un metro y medio y le susurró:
―Antonio no es el personaje infiel en esta historia. ―Y entró en clase.
Elvira cruzó el pasillo de vuelta. Cerró la puerta de su sala pensativa y miró a sus alumnos.
―Bien, decía que Valle-Inclán, ¿verdad?, con sus más de 50 personajes arma a uno solo: Max Estrella. Todos y cada uno de ellos, con sus intervenciones, cimientan sus rasgos. Todos. ¡Todos! Incluso aquellos que en un principio parecen estar relegados a figurantes son… ―Silencio―. Dadme un minuto, chicos.
Y la profesora salió corriendo de clase.
Ya en el pasillo frente a Rober:  
―¡Es la mujer, Rober! ¡El personaje infiel es la mujer!
Su compañero le dio una palmadita en el hombro.
―Bien, pedazo de mendruga, lo vas pillando. Está claro que su mujer disfruta en Barcelona del salario y de la libertad que le ofrece un marido expatriado en China.
―Vale, a veces los hechos son complicados de explicar, pero sigo sin entender el punto de inflexión, ¿por qué Antonio llama a Vero si hemos decido no otorgarle el rasgo de marido infiel? ―Rober adoptó su postura en jarras y sonrió con aquella pregunta, sabía que Elvira era de procesamiento lento, así que esperó―. ¡Coño! ¡Antonio lo sabe!
―Ay, amiga mía, tú los has dicho: a veces los hechos son complicados de explicar.
―No me gusta. Muy folletinesca. ¿Antonio actúa por venganza?
―Joder, no diría venganza, ¿torpeza?
―Sí, Antonio es torpe emocionalmente. Cree que mueve ficha. Antonio sigue enamorado de su mujer.
―¿Enamorado? Joder, Elvi, 10 años de matrimonio, 3 de noviazgo, 2 hijas, ¿enamorado?, ¡macho, ni en Walt Disney!
―Sí… ―La profesora se apretó el labio inferior mascullando palabras que solo ella parecía entender―. Está bien. Antonio es muy competitivo y ha perdido por primera vez, pero decide jugar en la siguiente partida: Vero.
―Antonio ha perdido por primera vez… Vale, te lo compro.
―¡Sí!
Elvira regresó a su clase dando palmaditas.
―¡Muy bien, muy bien! ¡Vamos que lo tenemos! ―jaleaba a sus estudiantes como si de futbolistas se trataran, y ¡plas, plas, plas!, y más ¡plas, plas, plas! ―¡Lo tenemos!
―Profesora ―un alumno de la tercera fila levantaba la mano―, yo no entiendo el valor que aporta  el Preso.
―¿El Preso? ¡Es un personaje indispensable!
―Sí, profesora, ¿pero cuál es su valor?
Alguien tocó a la puerta y Rober entró. Subió a la tarima y acercándose a la profesora le dijo al oído:
―¿Qué valor le damos a Verónica?
Elvira miró a su estudiante de la tercera fila y luego hizo un barrido a la clase entera.
―Dadme un minuto, chicos, por favor.
―Hemos dejado a Vero como mero instrumento funcional de Antonio.
Elvira arrastró a Rober a la pizarra, daban la espalda a los estudiantes.
―Dale la vuelta ―dijo Elvira―. Si hemos dicho que Antonio era muy torpe emocionalmente, hagamos que pierda esta segunda partida también. Convirtámoslo en el objeto fetiche del arco dramático de Vero.
―Objeto fetiche… Vale, te lo compro.
―Entonces, ¿estamos de acuerdo en que Vero sea nuestra heroína?
―No lo veo, había pensado en la mujer ―respondió Rober, en jarras, su postura favorita.
―Vero parte con unos valores legítimos que marcan los supuestos cimientos de la novela: el amor verdadero; esto, por supuesto, irá cambiando. A la mujer necesitamos presentarla adulterada desde el principio, no nos sirve.
―Entiendo, pero no veo a Verónica como voz narrativa, nos fallaría en Barcelona. Y no me coloques a un omnisciente en tercera persona, se carga la historia.
―Sí, pero un narrador deficiente podría funcionar. Sería engañoso… ―Elvira escribió los nombres de los personajes en la parte baja de la pizarra. Rober se agachó apoyando las manos en las rodillas.
―No aporta nada que sea engañoso.
―La duda. Y no deja de ser una novela que trata sobre la mentira y la apariencia ―explicó ella.
―Ya, y ¿por qué no dejamos que hablen los tres?
Elvira asintió, pareció gustarle la idea. Marcó primero a la mujer en la pizarra:
―Ella es inteligente, cínica, controladora y manipuladora. Voz narrativa en segunda persona, siempre se dirige a Antonio. Rápida, frases cortas y vocativos insultantes. ¿Me encargo yo?
―Sí, toda tuya. ¿Antonio? Competitivo, pragmático y cero inteligencia emocional, ¿no?
―Eso es, y hay que dibujarle como un hombre bastante frustrado, incluso acomplejado diría yo. Primera persona. Frases largas e inacabadas. Que introduzca reflexiones figuradamente existencialistas pero que sean de lo más elementales.
―Un papanatas.
―Un perdedor ―matizó Elvira―. ¿Tuyo?
―No, creo que le vas a sacar más jugo tú.
―Vale, pues para ti la heroína.
―¿Profesora?
―Un momento, chicos ―respondió a la clase sin darse la vuelta.
―Vero sería el personaje antagonista de Antonio.
―Cuidado, Rober, porque también lo sería de la mujer. Ten en cuenta que los conflictos se establecerán directamente con Antonio pero no dejan de ser una consecuencia de los establecidos entre Antonio y su mujer.
 ―¿Profesora? Es que…
―Sí, chicos, un segundo.
Rober miró a Elvira. Elvira, que seguía observando los garabatos en la pizarra, dejó la tiza y se llevó las manos al cuello, se lo frotó.
―Lo tenemos, Rober…
―Lo tenemos, mendruga.
―¿Profesora?
―¿Quééééé? ―respondió por fin dándose la vuelta.
Al girarse la vio. La Decana Wang estaba en medio de la clase, con las manos cruzadas sobre su falda, mirándolos con curiosidad.
―Roberto, ¿podría preguntarte por qué tus alumnos llevan más de 20 minutos solos en su clase?
Los dos profesores se miraron y finalmente Rober contestó:
―Profesora Wang, es que… a veces los hechos son complicados de explicar.


5 oct 2019

Viernes de Joker

Joker de Jeziquina on DeviantArt

―Me parece una historia increíble ―decía Elvira desde el cuarto de baño. Estaba en China, en la casa de su compañera y vecina Verónica. Era viernes, su amiga se preparaba para salir y Elvira, en pijama, trasteaba en su neceser de pinturas. Desde que se había quedado ciega de un ojo y perdido la visibilidad de parte del otro ya no se maquillaba, principalmente porque su reducido campo de visión no se lo permitía, así que aprovechaba la estancia en casas ajenas para desquitarse―. De verdad, Vero, tu historia es para escribir una obra de teatro. ¿Me puedo echar sombra de ojos?
―¡Claro, échate lo que quieras! Puedo ayudarte, si necesitas  ―contestó Verónica desde su habitación.
―No, no te preocupes, me apaño yo, me sirvo de la uña del meñique para medir las distancias en el párpado. ―Bueno, eso creía ella, porque el eyeliner parecía la mismísima carretera Yungas.
Verónica entró en el baño, miró a su compañera que empezaba a esparcir sombra verde sobre el ojo que veía, es decir, dirigía la operación con el ciego. No hay nada más que decir.
―Te queda muy bien ―dijo su Verónica tapándose la boca para no reírse.
―Gracias, al final te haces a todo.
―Claro, adaptarse, ¿verdad?  ―Y le frotó la espalda con cierta ternura.
―Y ahora, que lo he visto hacer en Youtube, te pones blanco en el lagrimal. ―Y colocando primero la uña del meñique se imaginaba las distancias, y digo imaginar porque lo que es calcular, realmente calcular, más bien poco―. Y cuando te llamó ¿qué cara pusiste?
―¡Imagínate! No te exagero si te digo que han pasado 15 años desde la última vez que nos vimos.
―Qué fuerte. Me pasó algo similar la semana pasada. Me llamó el amigo de un ex, de hace 10 años, para quedar.
―¿De verdad? ¿Y te dijo algo de tu ex?
―Sí, que se había muerto. ¿Me echo colorete o contouring?
―Vaya, Elvi, lo siento.
Elvira levantó los hombros y se echó colorete con una brocha enorme que encontró en el neceser.
―Bueno, Antonio está vivo, fue él el que me llamó. Es mucha casualidad, ¿verdad? Que esté trabajando temporalmente en esta ciudad, que me haya localizado por redes y que vayamos a quedar esta noche. Es… no sé… mucha casualidad, demasiada... ¿El destino?
―Sí, es una historia para contar, de verdad. El  reencuentro de dos amantes después de 15 años. ¿Dónde tienes los pintalabios?
Verónica abrió un cajón del armarito que tenía a su espalda y sacó otro neceser algo más pequeño.
―Toma. Amantes no creo que sea la palabra. Sí, estuvimos saliendo, pero él solo me ha invitado a cenar.
―Ya… ―dijo mientras rebuscaba en el nuevo neceser―. Pero ¿cuántos pintalabios tienes aquí?
―Treinta y dos.
―Joder, qué fantasía… ―Y sacó uno anaranjado y otro púrpura. Los probó primero en su mano y luego fue directa a los morros―. Quien dice cenar, dice follar.
―¡Elvira! ¿Tienes tú mi espumadera?
En la puerta del apartamento, que estaba abierto, apareció Rober, también vecino y compañero del Departamento. Elvira asomó la cabeza  por el cuarto de baño.
―¿Qué espumadera?
―¡Coño! ¿Por qué te has puesto esa pinta de Pennywise?
―Ja-ja-ja-ja, Rober. Me mondo. Aquí no se te ha perdido nada.
―Pues sí, mi espumadera.
―Yo no la tengo.
―Elvira, con la excusa de que no sabes cuánto tiempo vas a quedarte, arramplas con todas nuestras pertenencias.
―No se llama arramplar, se llama comunismo, todo es de todos.
―¿Sí? ¡Yo lo llamaría Elvirismo: lo tuyo es mío y lo mío es mío!
―Pero ¿a ti qué te pasa?
―¡A mí nada, mendruga, que quiero mis cosas!
―¡Pues cógelas, mi puerta está abierta!
―¡Pues las cojo!
―¡Pues vale!
―¡Pues ya!
―¡Pues eso!
―Chicos, por favor, haya paz ―aconsejó Verónica.
―¡Es él, Vero!
―¡Ladrona!
―¡Capitalista!
―¿Sí? Pues gracias a que soy un capitalista consumista tú puedes hacerte un huevo frito con MI espumadera en MI sartén y después beber agua en MI vaso. ¡De nada!
Y Rober salió del apartamento.
―Lleváis así un año ―dijo Verónica a su amiga con tono recriminatorio.
―Es muy pesado. Él sí que necesita que le llame una ex, a ver si le da vidilla a su existencia porque es un amargado.
―Elvira, los ex no llaman para dar vidilla, llaman para ponerse al día, para verte y para pasar un rato agradable recordando viejos tiempos.
―Los ex llaman para follar. Punto.
―¡Por favor! ¿Tú no llamarías a alguno de tus ex para saber cómo está?
―No.
―No te creo.
―No, de verdad. Al único que tendría algún sentido llamarlo sería a un ex francés que tuve, y de la que le estaría llamando él estaría poniendo una orden de alejamiento.
Verónica se rio a carcajadas, no se esperaba aquella respuesta.
―Es que no te ves, pero con esa cara pintarrajeada, no me extrañaría, pareces el puto Joker…
Se fueron a la habitación donde Verónica se probó diferentes chaquetas.
―Creo que Antonio solo quiere verme y ya, pero es cierto que ha insistido mucho en quedar, no sé… Yo lo quería con locura. Estuvimos 8 años juntos.
―Madre mía… 8 años… Es como si Joan ahora me dejara y en 15 años me llamara… Qué movida.
Salieron y, junto a la puerta de casa, Verónica empezó a ponerse los zapatos, su amiga le ayudaba a sostener el equilibrio mientras se ponía uno y luego el otro.
―Pues sí, una movida... ―dijo, luego la abrazó y las dos salieron de casa. Elvira la despedía con la mano a medida que Verónica iba bajando los pisos, folla por las dos, le decía, y se reía.
Entró en su apartamento y encontró a Rober con una ensaladera en las manos y dentro de ella: la espumadera, dos cucharillas, un vaso, la sartén y dos trapos.
―Esto es mío.
―¿Y te lo llevas?
 ―Sí, es mío, y como buen capitalista amo la propiedad privada.
―Muy bien, llévatelo.
―Eso hago.
―Vale.
―Bueno, la sartén te la voy a dejar, porque además de tocarlos, sé que te gusta desayunar huevos.
Y dejó la sartén en la mesa del salón.
―Bien. Gracias.
―Y bueno, los trapos también, porque el aceite salta, y… con lo torpe que eres lo vas a poner todo hecho una mierda.
―De acuerdo. Gracias por lo de torpe.
―De nada. Y claro… la espumadera también te la dejo, porque si no tú me dirás cómo coño vas a hacer los putos huevos.
―Vale. ¿Quieres un café?
―¿Un café? ¿De quién es la cafetera?
―De la Decana Wang, me la ha prestado durante el tiempo que me quede, porque ella sí que es comunista.
―Ya. Vale. Un café.
―¿Sí? Bien. Siéntate.
―A eso voy.
―Vale.
―Bien.
Y Elvira se empezó a reír.
―¡Pero qué porculera eres, tía! ¡Joder!
Se tomaron el café hablando de la historia de Verónica. Para ambos era fascinante. El reencuentro de dos enamorados 15 años después no les dejaba impasibles, desde luego. Elvira ya la había convertido en una obra de teatro. Una noche, una habitación de hotel. Dos actos. Por el contrario, Rober defendía que la historia necesitaba narración, que en los detalles estaría el atractivo, así que propuso una novela corta y capitulada. Discutían sobre la estructura de ambas creaciones, incluso Rober esbozó en un papel el esquema temporal al que estaría sujeto su novela, cuando oyeron ruido en las escaleras. No habían pasado ni tres horas desde que Verónica se había ido, así que se extrañaron de que pudiera ser ella ya de vuelta.
Elvira se levantó y abrió la puerta.
―¿Vero?
Su compañera subía el último piso con lentitud.
―Hola, Elvi.
Elvira abrió con amplitud su puerta invitándola a entrar.
―Anda, pasa, dentro está Rober.
Rober la vio llegar y no dijo nada, solamente estrujó el papel donde había garabateado el esquema de su novela y se lo metió en el bolsillo de la sudadera. Vero se sentó en una de las sillas y habló:
―Que está casado, que tiene dos niñas y que es inmensamente feliz. Para eso me ha invitado a cenar. Para eso. Para decirme que es inmensamente feliz. Y yo con casi 40 años no sabía ni qué contarle de mi vida. Cada vez que sacaba el móvil de mi bolso tenía cuidado de que no viera los condones que había cogido.
El silencio fue largo, hasta que Elvira, acariciándose el maquillaje con la yema de los dedos, afirmó:
―Vero, lo que no te mata, solo te hace más... extraño.

29 sept 2019

Un día de Swing


Swing de Gisela Fernández

Me despierto. Todavía con los ojos cerrados tanteo la cama. Busco el móvil. Lo encuentro. Sigo tanteando. Esta vez son mis gafas lo que necesito. Las encuentro. Me las pongo y me acerco el móvil. Las 5:37 de la mañana. Suspiro. En China siempre me despierto entre las 5:30 y las 6:10, no falla. Mi despertador lo tengo a las 7:07, pero nunca lo he necesitado. Me siento sobre la cama. Miro mis pies. Muevo los dedos. Parecen gusanos. Me calzo las chanclas y comienza la rutina. Baño y cocina. Coloco el móvil en la encimera, sobre el soporte de manos libres. Reviso mi Wechat. 5 audios de Beatriz y dos fotos. Le doy al play y preparo la cafetera.
Guarra de mis amores, la oigo decir. Me río, la echo de menos. Me cuenta su última conquista. Un tal Emilio. Nuevo en la oficina, 8 años más joven que ella. No escatima en detalles sobre la acción misma. No hay dos como Beatriz. Retiro la cafetera del fuego. Tengo miedo de derramar el café porque las obscenidades de Beatriz me hacen reír demasiado. Termina su último audio con un: Disfruta de las fotos, pervertida. Me seco las manos en el pantalón del pijama. Cojo el móvil y descargo las fotos. Joder. Joder. Dos fotos. Supongo que del tal Emilio. Como dios le trajo al mundo pero sin cabeza. Grito. ¡Cerda! Me rio. Me rio más. ¡Puta! La echo de menos. Dejo el móvil en el manos libres y tomo el vaso de café. Madre mía, cuánto la echo de menos. Mucho. Pienso en Madrid. Bebo un sorbito de café. Pienso en Joan. Miro por el ventanal de la cocina. Veo a los estudiantes caminar con prisa por el campus. Son las 6:08 y la universidad ya está viva. Me termino el café. Hago cálculos con las horas y decido llamarlo.
―¿Joan?
―Elvi, ¿está todo bien?
―Sí, todo bien, pienso en ti…
―Cariño, no es buena hora.
―Sí, lo sé, pero es que casi no hablamos, se complica mucho esto del desfase horario y el bloqueo de internet… se complica hablar, no hablamos, Joan…
―Fue idea tuya irte.
Silencio.
―Sí, no es buena hora.
Cuelgo y deposito el móvil, otra vez, en el manos libres. Lo miro. Me estiro la cara con ambas manos. Y pienso por primera vez que se está cansando. Y pienso por primera vez, en 7 años, que va a dejarme. Y pienso por primera vez, en 42 años, que no quiero estar sola.
Pongo música. Stock de AnnenMayKantereit. La tarareo y me meto en la ducha.
La primera clase transcurre sin incidencias. Son estudiantes brillantes. Analizamos los textos y reflexionan sobre la creación del personaje. No es fácil, digo. ¿O sí?, planteo. ¿Por qué empatizamos con un villano? La participación de los alumnos es rápida y pertinente. Me mantengo a un lado. Ellos discuten, manejan la sesión. Me gusta lo que veo. Termina la clase y los aplaudo. Sois un grupo excelente, les digo. Les sonrío. Mi trabajo me devuelve cierta confianza en el día.
Llego al despacho. Mi compañera Verónica está sentada en su silla. La observo por detrás. La admiro. Nunca había conocido a una mujer tan inteligente y competente.
―Vero ―digo, y le acaricio el hombro.
―¿Le has visto?
―¿A quién?
―Al nuevo profesor del departamento de inglés.
―No.
―Es indio…
Y las dos salimos disparadas del despacho. Cree que alcanzaremos a verlo en el pasillo. ¡Allí!, me dice, frente a la 506. ¡Lo veo!, grito, ¡está como un queso! Y las dos nos reímos y nos manoteamos como adolescentes. Y sí, aquello me devuelve la confianza plena en el día.
―¡Elvira!
El grito llega del piso de abajo. Me asomo al patio interior. Mi cabeza cuelga de la barandilla. Veo a la Decana Wang, en la misma postura pero con la cabeza hacia arriba.
―Oh, Elvira, ven a mi despacho, por favor.
Recojo mis cosas, me despido de Verónica y bajo.
Ya en su despacho. La Decana me explica que necesita que revise el estilo del discurso que dará antes del Día Nacional. Le contesto que sin problema. Me pide un pen, le digo que no tengo. Bien, en el móvil podré guardártelo. Se lo doy. Lo engancha a su ordenador. Y comienza a abrir carpetas indiscriminadamente. Me pongo un poco nerviosa.
―Profesora Wang, permítame, ya lo hago yo…
―Puedo yo, no es un problema, Elvira.
Y allí apareció. Emilio en todo su esplendor. Su miembro ocupaba prácticamente todo la pantalla del ordenador. Pienso que solo una guerra inminente con Corea del Norte podría salvarme de aquella situación, y empiezo a suplicar bombardeos del país vecino. Cierro los ojos. Respiro a trompicones. Incapaz de articular palabra.
―Aquí lo tienes.
Abro los ojos. La Decana Wang me devuelve el móvil.
―Espero que en dos días lo tengas revisado.
―De acuerdo ―le respondo.
Y es que en China de lo que no se habla, no existe. Y el trabuco de Emilio, aunque casi le saca un ojo a la decana, nunca ha existido.
Entro en mi segunda y última clase. Analizo textos de Martín Gaite como buenamente puedo. Pablo Klein me evoca a Emilio y me trabo cada dos por tres. Próximo objetivo: matar a Beatriz.
Llego a casa. Tiro el bolso al sofá. Me descalzo de camino a la cocina y allí dejo el móvil en el manos libres. Conecto la VPN, nuestra herramienta para sortear el bloqueo en redes dentro del país. Entran varias notificaciones de Instagram y 57 mensajes nuevos de 4 contactos en Whatsapp. La mayoría son de mis amigas de Bilbao, que reniegan del Wechat, supongo que pensarán que no se pierden mucho sin noticias mías. Pero uno de los contactos no lo conozco. El número es chino. Mensaje escrito:
Elvira, soy Germán, tienes Wechat? Mi ID es: XXXX. Búscame. Hablamos mejor por ahí.
¿Qué Germán? Con enorme curiosidad lo busco en el Wechat, le mando una solicitud de amistad. Espero. Miro al móvil con impaciencia. Espero. Entra llamada del nuevo contacto. Inquieta dejo el móvil en el manos libres. Me apoyo en la encimera y respondo.
―¿Hola?
―¿Elvira?
―Sí.
―Soy Germán.
―¿Qué Germán?
―Germán, el amigo de Rafa.
¡BOOM! Corea del Norte acaba de empezar a bombardear. Me llevo las manos a la boca. Salgo de la cocina. Vuelvo a entrar. Me acuclillo, me levanto. Cojo un trapo, lo sacudo al aire. Me recoloco las gafas. Me estiro el pelo y me vuelvo a acuclillar.
―¿Elvira?
Tomo aire.
―Germán. ―Finjo serenidad y poca sorpresa―. ¿Cómo así?
Me cuenta que vive en China, en Pekín desde el 2015. Que por redes me seguía un poco la pista, que sabía que estaba en China también. Me cuenta que ahora mismo está en mi ciudad, que se va a pasar la semana de vacaciones al sur de Rusia y que ha querido hacer escala en mi ciudad, y que si quiero que cenemos juntos.
Mi cabeza da tumbos. Lleva un año dando tumbos. El pasado a veces se hace demasiado presente. Me incomoda. Rafa. Madrid, hace 10 años. Me incomoda. Resoplo. Miro al móvil. Mantengo el silencio. Detesté a Rafa con todas mis fuerzas. Fue una relación tóxica, una competición de culpabilidades. Infidelidades destapadas, insultos, humillaciones… Una relación para olvidar, pero como todas, supongo. Como todas. Hasta conocer a Joan, hasta conocerlo a él.
―No vivo en la ciudad. Desde el campus tardo una hora y media en llegar al centro.
―Claro, entiendo.
Lo escucho y lo recuerdo junto a su enorme perro, un gran danés. Siempre me cayó bien ese chico, era un tío majo. Recapacito.
―Bueno, a las 20:30 podría estar allí.
Le propongo un restaurante para vernos. Nos despedimos hasta la noche. Cojo el móvil y reviso las fotos. Me siento en el sofá. Sigo viendo fotos. Casi todas son de Joan. Encuentro un vídeo. Los dos bailamos agarrados una balada en la cocina. Él canturrea una canción de Lynyrd Skynyrd, yo me río y le toco el culo, miramos a la cámara y saludamos hasta que él me besa. Se corta y el vídeo se repite automáticamente. Lo miro cinco o seis veces seguidas. Sonrío. Abro el Wechat, quiero mandarle un audio. Quiero decirle que lo siento. Quiero decirle que lo intento. Quiero decirle que volveré. Quiero decirle que me espere. Quiero decirle que lo quiero, que lo quiero mucho.
―Joan, las cosas son así… ―Y suelto el botón de grabar.
Y mientras lloro me lamento por ser como soy.
Con el menú entre las manos, miro a Germán. Poco ha cambiado. Sigue tan grande y parece noble como entonces. Pedimos. Pide él. Habla un chino casi perfecto. Le alabo.
―Gracias ―dice―. Me alegro de que hayas venido, siempre me pareciste una tía maja aunque lo tuyo con Rafa no terminara bien.
―Ni terminó ni empezó, aquello fue un despropósito desde el principio. ―Me sirvo cerveza en el vasito―. ¿Qué es de él? Supongo que se casaría.
―Sí, se casó.
―Todos mis ex se han casado.
―Imagino que es lo que hace la gente.
―Ya. Y tú y yo en China más solos que la una, ¿eh?
Se ríe y se sirve cerveza.
―Será que nosotros vamos por libre.
―O será que nadie quiere casarse con nosotros.
―También.
Brindamos.
―Oye, ¿y tu perro?, ¿Homer?
―Con mis padres, muy mayor el pobre, 14 años ya.
Nos traen la comida y hablamos de su trabajo. Diseña paisajes para videojuegos y suele pasar 6 meses en Pekín y otros 6 en Singapur, la compañía tiene renombre. Está muy contento. Me alegro por él. Hablamos de mí, de mis alumnos y le explico que poco ha cambiado mi vida.
―¿Sigues investigando sobre la frustración creativa? ―me pregunta.
―Uy, no, no, no, desde hace años lo que me pone son los personajes suicidas.
―No me esperaba otra cosa de ti.
Me río. Me alegro de haber ido. Está siendo una cena muy agradable. Me gusta tenerlo de vuelta en mi vida.
―Hace tiempo que quise ponerme en contacto contigo, Elvira, pero no sabía...
Parece nervioso. Deja los palillos sobre el cuenco de arroz y cruza las manos en alto. Lo miro un tanto inquieta.
―Elvira, es que no sabía si lo sabrías, pero al empezar a cenar me he dado cuenta de que no.
Yo también dejo los palillos sobre el cuenco de arroz. Lo miro.
―Dime.
―Elvira, Rafa murió el año pasado. Cáncer de estómago.
No me impacta escuchar que Rafa estuviera muerto, lo que me impacta es que llevara muerto un año. Un año. Un año que Rafa ya no existe. Un año en que mi vida ha seguido exactamente igual. Me impacta comprobar lo poco o nada que afectan ya nuestras vidas en la de los demás.
―Lo siento, Germán.
―Gracias. Desde que llegué a China perdimos mucho el contacto pero, joder, siempre impacta algo así, ¿verdad?
Impacta. Impacta.
―Sí, impacta ―miento y bebo un trago de cerveza.
En el taxi, de camino al campus, pienso en personas a las que quise y quizá ahora ya estén muertas. La lista es larga. Quise a mucha gente y a pocos pude mantener a mi lado. Sí, la lista es larga.
Saco el móvil, busco el contacto en Wechat y aprieto la opción de llamada.
―Dime.
―¿Es buena hora?
―¿Qué quieres, Elvira?
―Saber si sigues vivo o no.
Silencio. Respira fuerte. Parece molesto.
―Sigo vivo.
―Me alegro. Porque cuando llegue a Madrid quiero bailar en la cocina contigo.
Empiezo a llorar.
―¿Qué pasa, Elvi?
―Que yo solo quiero bailar contigo.
Silencio.
―Pues bailaremos… bailaremos hasta morir.


24 sept 2019

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Obra de teatro: La clase muerta de Tadeusz Kantor

—Profa, ¿entonces para la próxima semana capítulo 1 y 2?
Estaba recogiendo tranquilamente mis cosas sobre el atril de clase, pero como un resorte levanté la cabeza y miré con seriedad a mi alumno.
 —Profesora o profesora Elvira.
El estudiante se enderezó en su asiento.
—Sí, profesora, pensé que al venir de España…
—El día que a la profesora Ding, a la profesora Zhou y a la profesora Ni, las llames “profas”, podrás llamármelo a mí, pero hasta entonces no, ¿está claro?
—Sí, profesora.
—Y sí, para la próxima semana analizaremos los dos primeros capítulos. Para cualquier duda estoy disponible 24 horas en mi Wechat y los martes y miércoles me podéis encontrar en el despacho de la séptima planta.
Era el primer día y claro que me supo mal, dejé a toda la clase en silencio. No eran muchos, 7 chicos de postgrado que habían cogido mi optativa de Generación del 98, y que ahora estaban completamente arrepentidos. Me lamenté, no siempre había sido así, la edad supongo, no lo sé.
Todos comenzaron a levantarse y a salir de la clase.
—Ya sabes que puedes ponerte en contacto conmigo si tienes dificultad con las lecturas, Unamuno no es fácil —dije al de “profa” antes de que saliera por la puerta.
—Sí, lo sé, profesora, gracias, sí, porque Unamuno es un poco… farragoso —dijo, parecía contento de que no le hubiera dejado marchar, se apoyó en una mesa de la primera fila.
—Sí, podríamos decir que Unamuno es farragoso. —Sonreí, yo también me alegré de que me diera otra oportunidad.
—Voy a escribirle todas mis dudas por Wechat.
—Me parece muy bien, suelo ser rápida contestando.
—Sí… ¿pero no cree que 24 horas son muchas para estar conectada?
Me reí, él también al verme a mí.
—Bueno, es lo que pasa cuando tienes problemas de sueño y cuando tu vida social brilla por su ausencia.
—Sí, comprendo, no tiene que ser fácil vivir sola en China. —Y dio con la mano unos golpecitos en la mesa: toc-toc-toc… Un impulso rápido hizo llevarme la mano al pecho.
Toc-toc-toc.
—¿Comprobando la calidad de la mesa? —pregunté riéndome.
Yo tenía 22 años y era el primer curso que daba como profesora en una universidad de Bilbao. Él tenía 24, era estudiante alemán, también de postgrado. Me miró, no dijo nada y volvió a golpear con sus nudillos en la mesa, esta vez un poco más fuerte:
Toc-toc-toc.
—Lo hacemos en Alemania cuando nos ha gustado la clase —dijo finalmente, con la férrea seriedad que lo había caracterizado durante esas 5 primera semanas de curso.
—Bueno, gracias, me alegro —dije sonriendo, porque nunca perdía mi sonrisa, nunca lo hacía entonces.
El chico recogió sus cosas y se marchó sin añadir nada más. Recoger las mías me llevó un poco más de tiempo, cuando ya me colgué el bolso al hombro y me di la vuelta para salir, lo vi plantado en la puerta de clase.
—¿Olvidaste algo?
—¿Puedo invitar a mi profesora a un café?
Con la mano todavía en el pecho vi que mi estudiante chino estaba hablando, lo veía mover los labios pero yo todavía estaba regresando poco a poco de Bilbao, cruzar aquellos 20 años me había sacudido violentamente por dentro.
—… o a casa?
—Perdona, ¿qué?
—Le pregunto, profesora, que qué va a hacer ahora ¿ir a comer o ir a casa?
—No… no, ahora voy a tomar un café…
Mi alumno se despidió y salió de clase, yo tras recoger con torpeza mis cosas, también lo hice. Al entrar en el ascensor, saludé a los de dentro con la cabeza y me coloqué contra la pared del fondo, acaricié la superficie con la mano derecha, no siempre había sido así, pensé de nuevo, cerré los ojos y preparé mis nudillos…
Toc-toc-toc.

14 sept 2019

Fin de partida


Partida por Nuria Just

Elvira estaba tendida en el suelo de la cocina de su pequeño apartamento en el este de China, boca arriba, con los brazos ligeramente separados de su cuerpo y una pierna doblada. Un hombre chino salió de detrás del sofá del salón, se posicionó frente a ella, la observó, se acuclilló y finalmente con un trozo de tiza marcó con una línea su silueta inerte.
Aquella mañana, la profesora de 42 años se había levantado sobre las 7. Cuando lo hizo se sentó en la cama y con la mirada perdida pensó si, por fin, ese sería su último día.
—Elvira, ¿estás ahí?
La voz de Verónica, su compañera de Departamento, venía del otro lado de la puerta de casa. Elvira se incorporó, al hacerlo vio junto a ella al hombre chino de cuclillas con la tiza en la mano, chasqueaba la lengua y negaba continuamente con la cabeza. “Ya si eso, ven más tarde”, le dijo quitándole la tiza de la mano. Se levantó y abrió la puerta.
—Uy, Elvi, qué carita me tienes…
—Sí, no he dormido bien, el jet lag, supongo.
A veces Elvira se levantaba así, invadida por el vacío, sintiendo que ya aquel día le sobraba. Un sentimiento que la perseguía desde los 13 años, cuando se dio cuenta de que su padre era un psicópata, su madre padecía difíciles problemas mentales y su mejor amigo (y el amor de su vida) bebía los vientos por su buena amiga Lara. A los 13 años supo que el mundo no es que no fuera perfecto sino que era simplemente un juego absurdo en el que te habían asignado una ficha sin preguntarte si quiera de qué color la querías. Un juego en el que Elvira avanzaba con lentitud porque cada dos por tres debía retroceder a la casilla de salida y era, cuanto menos, agotador. “Yo ya no juego más, me aburro", decía a veces, “no, no, no, tienes que jugar hasta terminar la partida, son las reglas”. Las reglas.
—Elvi, te he estado mandando mensajes pero no contestas, ¿todo bien?
—Todo bien.
—¿Comemos juntas?
Elvira se llevó la mano a la frente, sabía que la pregunta era sencilla, seguro que era de las que bastaba con un sí o un no, pero en su cabeza rebotaba como una pelota de squash, imposible de saber con exactitud su dirección. Se concentró: ¿comemos juntas?, ¿comemos juntas?, ¿comemos juntas? Quiso pensar rápidamente, quiso avanzar casilla para volver a tirar los dados, pero se había atascado, era como cuando el resto de jugadores grita “¡te tocaaaaaa!”, y sí, sabes que te toca pero estás a otras cosas, quieres explicarles que sabes que te toca, pero no aciertas cómo hacerlo porque estás a otras cosas, realmente estás a otras cosas. “¡Que te tocaaaaaa!”.
—Me toca…
—¿Elvi…?
—Voy a quedarme un ratito más aquí y luego te mando un mensaje, ¿vale?
Verónica la miró con cierto reparo, no dijo nada. Se retiró el pelo por detrás de las orejas, a Elvira, que admiraba con locura a su compañera, le encantaba ese gesto, de hecho lo solía imitar, y también se recogía el pelo con la misma delicadeza que lo hacía ella. Sin embargo, hoy no era un buen día para admirar a nadie.
Elvira cerró la puerta y despacio volvió a la cocina. Allí se tumbó otra vez y retomó su anterior postura. Giró la cabeza a la izquierda y vio de nuevo al hombre chino acuclillado a su lado. Elvira estiró el brazo derecho y le devolvió la tiza, toma, le dijo. El hombre la cogió y comenzó, por segunda vez, a delinear su cuerpo muerto en el suelo.
—Me toca…