12 oct 2020

Madre, hijo y espíritu santo

Fotograma de Psicosis de Alfred Hitchcock de 1960


—Ha cruzado la línea, Elvira, y yo no puedo más, no puedo más… —dijo Almudena mirándome en la cocina de su casa. Después, abrió la nevera, cogió un botellín de cerveza y me lo dio—. Tienes en ese cajón el abridor. De verdad que lo intento, lo intento con todas mis fuerzas pero es inútil.

Me senté en uno de los taburetes de la mesa y apoyé la espalda contra la pared. Bebí el primer trago de cerveza y, después, sujetándola con una mano la sostuve en mi rodilla cruzada.

—Imagino que no tiene que ser fácil —dije.

—¿Fácil? El sábado llegó a las 5 de la mañana completamente borracho y tiene 12 años recién cumplidos. ¿Fácil?, no es que no sea fácil es que es innecesario. Es completamente innecesario que tenga que aguantar esto. Yo, Elvira… Yo… Yo nunca lo quise, a ti no te voy a engañar… En mis planes no estaba el ser madre, pero llegó y ya. Y no piensas, no piensas, lo tomas, lo crías, y dices qué duro, oh, qué duro es  tener un niño, lo dice todo el mundo, ¿no?, así que lo repites, sí, sí, durísimo. Pero lo realmente duro es ver cómo ese bebé se convierte en una persona completamente ajena a ti… Mi hijo, mi hijo, dice la gente, mi hijo, ¿qué tiene tuyo?, dime, ¿qué hay de ti en él? ¿Quién es? —Se quitó las gafas, las dejó sobre la encimera y se frotó los ojos—. Siempre he tenido miedo a que ocurriera esto, a reconocerlo a él en mi hijo. Abel es igual que su padre y ni te imaginas el rechazo, por no decir el asco, que me produce… yo… es asco… yo… no puedo…

Comenzó a llorar. Dejé el botellín sobre la mesa y me levanté. Me acerqué a ella y la abracé. Almu es casi tan bajita como yo, así que nos quedamos unos minutos completamente solapadas en silencio.

—Tú me entiendes, ¿verdad, Elvi? Entiendes que no pueda quererlo…

La miré y le retiré su pelito de Amélie por detrás de las orejas.

—Voy a hablar con él, ¿vale?

La habitación estaba bastante desordenada. Aparté algunos cuadernos que había sobre su escritorio, una bolsa de patatas fritas vacía y una camiseta sudada, y aposenté mi trasero; supongo que lo de sentarme encima de las mesas era marca de mi profesión.

—¿Vas a salir hoy? —pregunté.

Abel me miró con despreocupación, estaba tumbado en su cama.

—No puedo, tu amiga me ha castigado.

—¿Mi amiga? —Me reí, a sus ojos era tan cómplice como ella—. Tu madre —dije.

—No es mi madre. La odio, no sabe nada, no entiende nada, la odio, ojalá se muera.

—Sí, bueno, pero si se muere Almudena, ¿qué harías tú?

—¡Irme con mi padre! —gritó incorporándose.

—Pensaba que no sabías donde vivía.

—¡Claro que no lo sé!, porque tu amiga no me lo dice. Por su culpa se marchó y ahora no sé dónde está, por su culpa. Siempre va de víctima y siempre tiene que ser lo que ella diga. No entiende nada, no entiende nada, y cree que… joder, ojalá se muera, ¡que se muera!, del virus o de lo que le dé la gana, que me deje en paz, que me puto deje en paz.

—¿Puto deje en paz? ¿Desde cuándo puto califica a verbos?

—Joder, Elvira, no me puto enseñes.

Puto enseñes… De acuerdo, de acuerdo, vale.

Me bajé de la mesa y me senté en la silla del escritorio. Pensé en mi padre, en lo mucho que lo detestaba y en el constante deseo de su muerte. Pensé en mi madre, en sus continuos gritos, me culpaba por tener el pelo tan fino, tienes un pelo de mierda, me decía. Me reí.

—¿De qué te ríes?

—Menuda estafa, ¿no? —contesté.

—¿Qué estafa?

—La familia. Es una estafa. Una estafa de las gordas. Te lo venden como algo idílico y luego te das cuenta de que, si no tienes el número ganador, todo es una mierda.

—No sé…

—Sí, claro. Un ejemplo: mi familia. Un padre psicópata, una madre neurótica, un hijo mayor anormal y una hija pequeña subnormal.

Abel se empezó a reír.

—Joder, Elvira, eres mazo de idiota.

Idiota, pues sí, eso siempre me lo decía mi madre.

—¿De verdad? ¿Te llamaba idiota?

—No, no, no, no, nunca me llamó idiota. Solo me llamaba retrasada mental e inútil.

Se empezó a reír a carcajadas. Lo miré, era un niño grande, un niño de 12 años de casi metro setenta, largo como él solo pero un niño a fin de cuentas. Quería buscar a su padre, ¿por qué no?, era un niño. Supongo que necesitará de 20 años más para darse cuenta de quién es su padre, de lo que hizo y de lo que seguirá haciendo, para dejar de buscarlo, de necesitarlo, de vincularse a él emocionalmente sin sentirse culpable. Necesitará de 20 años más, no sé si para querer a su madre pero sí para darse cuenta de todo lo que hizo y hará por él, de respetarla y empatizar con su esfuerzo. Necesitará de 20 años más, porque ahora es un niño, es todavía un niño.

—¿Qué me miras? —preguntó ya serio.

—Nada, pensaba en lo que me acaba de decir tu madre en la cocina, pero no, no, nada, déjalo.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada, nada, bueno, me ha hablado de ti, claro, pero no… Le he prometido que no te diría nada, es algo entre nosotras, ya sabes…

—Joder, ¿qué te ha dicho?

—Bueno, a ver, ella está preocupada, lo entiendes, ¿no? Y bueno, se culpa, dice que hace las cosas mal, que no sabe cómo acertar contigo, que no te entiende.

—Ya, joder… Es que no me entiende.

—Sí, lo sabe y se siente muy mal. Me ha dicho que ya no sabe ni cómo decirte lo mucho que te quiere, que le da vergüenza, que se siente rechazada, bueno, no sé, ya sabes, Almudena es muy especial para los sentimientos. Me ha dicho textualmente que se muere por abrazarte y comerte a besos como antes. Madre mía, qué tonta, ¿no?

—Sí, qué tonta…

—Sí, tu madre es muy puto tonta.

—¡Elvira, que no se dice así! Eres mazo de idiota.

Y ahí lo dejé muerto de la risa en su cama. Al llegar a la cocina, Almudena me esperaba sentada en un taburete.

—Tendrás ya la cerveza caliente —dijo.

—Ah, no me importa. —La cogí y le pegué un sorbo, sí, estaba realmente caliente, la dejé de nuevo sobre la mesa y me senté—. Pobre.

—¿Pobre quién?

—¿Eh? Ah, nada, nada, estaba pensando en alto, en lo que Abel me acaba de decir y pobre… En fin…

—¿Qué te ha dicho?

—No, no puedo decírtelo, se lo he prometido. Le he dicho que no te diría nada.

—¡Elvira, por favor!

—Bueno, vale, pero no le digas que te lo he dicho, además él lo va a negar todo, ya sabes cómo es.

—¡Que sí! ¿Qué te ha dicho, coño?

—A ver, pues se siente mal porque sabe que no está haciendo bien las cosas.

—¡Claro que no está haciendo bien las cosas!

—Sí, lo sabe y se siente muy mal, y me ha reconocido que lo hace para llamar tu atención, porque hace tiempo como que pasas de él y que te echa de menos.

—¿Que me echa de menos? Imposible, eso no te lo ha podido decir, no habla así.

—No, claro que no, a ver, textualmente me ha dicho que te puto quiere pero que no sabe cómo decírtelo, que le da mucha vergüenza, que ninguno de sus amigos lo dice y que ya nada es como antes y que le gustaría estar más tiempo contigo pero que ya no es un niño y sin embargo tú le sigues tratando como tal.

—¿Me puto quiere…?

—Sí, te puto quiere.

—Ay, pobre… Y yo que pensaba que deseaba mi muerte. —Se llevó las manos al pecho y me sonrió.

—¡Mujer, cómo va a querer que te mueras, por favor! ¡Por favor! —Pegué otro trago a la cerveza, me ardía la garganta y la conciencia.

Abel apareció en la cocina. No dijo nada. Abrió la nevera y se quedó un rato largo mirándola.

—¿Vas a cenar? ¿Quieres hacerte un sándwich y te lo llevas a la habitación? Esta mañana he comprado jamón, lo tienes en el táper de abajo, el de la tapita azul —dijo su madre.

—No sé, ¿tú vas a cenar? —preguntó cerrando la nevera.

—Sí, más tarde, en una hora, cuando se vaya Elvira. Me haré una ensalada y la carne empanada que ha sobrado este mediodía.

—¿Hay para los dos?

Almudena se quedó un minuto en silencio.

—Claro… —dijo con cierta sorpresa. Se levantó, abrió la nevera, sacó el plato de la carne empanada y se la mostró a su hijo—. Ves, hay de sobra.

—Vale, pues ceno contigo.

—Sí, claro, cenamos juntos… —respondió sujetando el plato con fuerza.

Abel salió de la cocina y a Almudena se le cayeron las lágrimas.

—Me puto quiere…

No pude evitar abrazarla de nuevo aunque, esta vez, nos separara el plato de carne empanada al que se había aferrado como a un salvavidas.

5 oct 2020

Clementina

Mandarinas y limones de Verónica Rodríguez


Apoyada en la barandilla de las escaleras, Elvira vio sacar, del tercero derecha, el cuerpo dentro de una bolsa gruesa de plástico negro. Se sorprendió. En las películas siempre lo hacían en una camilla, pero esta vez estaba amarrado a una silla metálica con dos rueditas atrás.

—¿Ha sido el Covid? —preguntó.

Los dos sanitarios, equipados con EPIS, no la hicieron caso, agarraron la silla uno por delante y otro por detrás y comenzaron a bajar las escaleras. Un policía salió despacio del tercero derecha, que mantenía la puerta abierta, y alzando la vista increpó a Elvira.

—Señora, haga el favor de meterse en casa.

—Es que busco a mi gato, se me ha escapado.

—Su gato está ahí.

Elvira agachó la cabeza y vio a Tomás bajo sus piernas, con la cabecita metida entre los barrotes de la barandilla sin perder detalle.

—Ah, hola, Tomás. —Levantó la cabeza y sonrió al policía.

—¿Sabe si tenía familia? ¿Tenía trato con ella? ¿La conocía?

—¿A quién?

—A María Clementina Viedma Fernández.

—Vivía ahí y era mayor.

—Ya.

Y dando un golpecito en el lomo a su gato, Elvira comenzó a subir las escaleras hasta el quinto. Allí Alejandro, su vecino de enfrente, la esperaba en el descansillo con su chihuahua en brazos. Tomás le bufó.

—Nena, ¿qué ha pasado?

—Ha muerto Clementina.

—¿Y quién es Clementina?

—La vecina del tercero derecha.

—¿Esa señora tan mayor se llamaba Clementina? Uy, no lo hubiera dicho en la vida, fíjate. Me dices Rosario o Asunción o Concepción o Piedad o María del Pilar, o qué sé yo, pero ¿Clementina? ¡Madre mía, Clementina!, tú me dirás a dónde va una mujer de 90 años llamándose Clementina. Mi prima Susana, ya sabes…

—No, no sé —dijo apoyándose en su puerta.

—Sí, mujer, la de Torrejón, que se casó con un militar y que tiene tres hijos, te he hablado de ella mil veces, pero como no me haces ni puñetero caso, pues otras mil que te lo tendré que repetir.

—Ya…

—Bueno, sabes quién te digo, ¿no? Susana.

—Sí, sí. —No, ni idea.

—Bueno, pues se llama Clementina.

—¡¿Pero no se llamaba Susana?!

—Se lo cambió, guapa. Se-lo-cam-bió. Claro, de pequeños, allí en el pueblo todos la llamábamos mandarina. Las mandarinas Clementinas, ¿sabes? ¡Pues mandarina, mandarina, mandarinaaaaaaa!

Elvira se empezó a reír. Siempre pensaba que su vecino se inventaba la mitad de las historias que contaba pero aun así le encantaban.

—Así que un día, ya siendo mayorcita, dijo: “Desde hoy me llamo Susana y quien me vuelva a llamar mandarina le digo a mi novio que lo lleve preso”. Pobre, pudiendo elegir… Susana. ¡Chica, ponte Celeste, Bárbara, Norma, Bibiana, Débora, qué sé yo! Susana, una triste.  

—Pues se llamaba Clementina —dijo Elvira.

—¿Quién?

—¡La vecina, Alejandro, la vecina!, si te lo estoy diciendo, hijo.

—Ah, sí, la vieja. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Le compramos una corona de flores? A ver, espérate un momento que lo busco. —Sacó su móvil del bolsillo de atrás del pantalón y le cedió el perro a Elvira. Tomás le volvió a bufar.

—No te pongas celoso, tonto.

El gato indignado entró en casa. Elvira apretó al chihuahua contra su pecho y le besó la cabecita temblorosa.

—¡Uy, nena, son carísimas! ¿Cómo algo para un muerto puede ser tan caro?, ¡si ni lo va a ver! ¡Nada!, lo siento, guapa, pero no hay coronas de flores, mi economía no está para despilfarrar. Hoy a las ocho de la tarde salimos a la ventana y aplaudimos por ella, seguro que lo agradece desde donde esté, la cosa es tener un detalle, ¿no? Anda, dame a Bamby, que tengo los puerros hirviendo y solo hace falta que se me pasen. Que no se te olvide, nena, ¡a las ocho!

Y Elvira lo vio cerrar la puerta de su casa. Se giró y entró en la suya. Se dejó caer en el sofá y miró a Joan que estaba en su escritorio.

—Se ha muerto Clementina —dijo.

—¿Qué? —preguntó él bajando la música.

—Clementina, que se ha muerto.

—¿Quién es Clementina? —Tomás se frotó contra sus piernas. Joan lo cogió y se lo puso en el regazo. Elvira los observaba desde el sofá pensativa.

—Clementina es la prima de Alejandro, nuestro vecino.

—Vaya, lo siento, ¿era él con el que hablabas en el rellano?

—Sí. Voy a comprarle una corona de flores.

—Pero, cariño, ¿la conocías?

Elvira se miró las manos, se las apretó contra los muslos y contestó:

—No, nadie la conocía. 

22 sept 2020

Pingüinos desorientados

Penguin de Susan Gainen


—Es una broma, ¿verdad?

—No, no es una broma. Haz lo que quieras, Elvi. Como tú comprenderás, en estos momentos no tengo tiempo de sacarle brillo a tu ombligo. A mí me encantaría ir, pero por imprevistos de la vida, chica, no puedo, ya ves.

—Bea…

Bea colgó el teléfono. Me sentí mal. Siempre termino sintiéndome mal por algo que hago o digo, de ahí que en la próxima vida me haya pedido no ser yo.

Al rato llamé a Enrique, no me cogió. Huía de todos nosotros. El que finalmente no se hubiera ido a Poitiers era un misterio que parecía no tener ganas de desvelar. Supuse que él sí iría, ¿cómo no iba a ir si era uno de sus mejores amigos o no? Me senté en el borde del sofá y contemplé a mi gato Tomás. Se relamía el culo.

—Eres un guarro, nene.

Me miró y salió del salón. Me fijé en los libros que tenía amontonados sobre la mesita de café. Los alineé mientras leía los títulos. No voy a ir, pensé separando a Thornburg del resto. No, no iré.

Cuatro horas más tarde estaba allí. A pesar de lo grande que era la librería se me hacía pequeña. No es que hubiera demasiada gente, es que la que había formaba grupitos en armoniosa camaradería. Me sentía como un pingüino en medio de una reunión de elefantes. Me acerqué a la barra improvisada que habían montado para el evento y pedí una cerveza.

—Hola, amiga.

Me di la vuelta con el botellín en la mano.

—Hola, camarada —dije. Enrique se bajó la mascarilla y sonrió.

—Nunca hubiera imaginado que vendrías.

—Pues aquí estoy.

—¿Orgullo, curiosidad o morbo?

—Poco amor propio.

Enrique pasó el brazo por mis hombros y me besó en la cabeza.

Lidia, la dueña de la librería, pidió un poco de silencio. Hubo algo de revuelo al fondo y por fin pudimos ver a Ernesto Garmendia sentado en la mesa central presentando su nuevo libro. Dejé la cerveza sobre la barra y me apreté los dedos de la mano derecha contra los de la izquierda.

—¿Estás bien? —me preguntó Enrique.

—Sí —dije cruzando los brazos intentando calmarme.

Después de 40 minutos de presentación con chistes forzados, Ernesto se levantó y comenzó a saludar a los elefantes allí presentes. Enrique y yo no nos movimos de nuestro particular iceberg. Dos cervezas más tarde se acercó. Traía una sonrisa prefabricada.

—Vaya, bonita sorpresa, Elvira, no lo esperaba —dijo.

—El uso de mascarilla es obligatorio —contesté.

Agitó la cabeza contrariado y del bolsillo del pantalón sacó la mascarilla y se la puso.

—¿Y, tú, macho?, te hacía en Francia.

—Cambio de planes, ya sabes —dijo Enrique con la cabeza baja—. Y, oye, enhorabuena por la nueva novela.

—Ah, sí, eso —dije acoplada.

—¿Eso? —cuestionó Ernesto—. ¿Tanto te cuesta darme la enhorabuena? ¿Cuánto tiempo necesitas? No sé, tía, han pasado 10 años. Suficiente, ¿no?

Enrique se giró y pidió su tercera cerveza. Ernesto me cogió del brazo y me apartó un par de metros.

—Sí, han pasado 10 años y ni un puñetero perdón —dije.

—Joder… —Se acercó un paso y me abrazó con lentitud. Me quedé inmóvil, con los brazos muertos—. Sé que hice las cosas mal, Elvi, pero te aseguro que no supe hacerlas mejor en ese momento y ahora ya todo es una bola, es una puta bola de mierda.

Lo abracé. Cerré los ojos y sentí su nuca, navegué 10 años atrás.

—¿Eso ha sido un perdón? —pregunté.

—Sí, es un perdón. Perdona, pitufa, perdóname… —Nos abrazamos con más fuerza—. Y ahora te toca a ti.

Me reí.

—Está bien: enhorabuena por tu novela.

Nos separamos mirándonos con cariño. Supongo que sonreíamos, no lo sé, con mascarilla era difícil de saber.

Al llegar a casa me llamó Bea, me preguntó por la presentación y si se habían respetado las medidas de seguridad por la Covid tan cuestionadas últimamente en Madrid.

—Sí —dije—. Parece que poco a poco recuperamos la normalidad. Poco a poco.

—¿En serio? Se habla de un segundo confinamiento.

Cogí el libro de Thornburg de la mesita y me lo coloqué sobre las rodillas mientras acariciaba la portada.

—Sí, es posible que estemos un tiempo con pasitos adelante y atrás pero, al final, todo volverá a ser como antes.

—¿Lo crees?

—Siempre es así.

Y con desgana tiré el libro al otro lado del sofá.

16 sept 2020

Teatro en tiempos de pandemia

Escribiendo con mala pata o... brazo de Javier Avi


Entro en la sala de teatro. En un céntrico barrio de Madrid. Me quedo quieta. Es un viernes por la mañana y la sala parece estar vacía.
—¿Hola? —digo alzando la voz—. ¿Hola?
Una mujer de mediana edad y enormes caderas asoma la cabeza por la puerta del fondo. Parece confundida.
—Hola, soy Elvira, Elvira Rebollo, he quedado con Álex Santos, no sé si estará.
—¿Eres la del texto?
—Sí —digo cortada porque ella no se desmarca de su gesto serio, puedo verlo, no lleva mascarilla.
—¡Álex!, ¡Álex, la chica que nos mandó la obra está aquí! Es que estamos ensayando, ¿sabes? La puta pandemia nos ha crujido pero bien a todos, nadie se salva. Estamos remontando con infantiles, teatro infantil quiero decir. Funciona, ¿sabes? Y menos mal, porque los adultos no están viniendo, prefieren la playa y las cervezas. Así somos.
—Ya, claro…
—Ahora, los padres traen a sus críos como locos con tal de quitárselos de encima un rato. La idílica paternidad tiene un antes y un después desde el confinamiento, ya me entiendes. ¡Álex, coño, la chica te espera! ¿Tienes hijos?
—¿Eh?, ¿yo? No, no, no.
—De buena te has librado.
—Sí —asiento incómoda.
Álex Santos aparece al fin por la misma puerta del fondo. Habíamos coincidido en varias ocasiones: estrenos, convocatorias... Sin embargo poco habíamos hablado.
—¿Elvira? Perdona, es que estamos ensayando —dice.
—Ya se lo he dicho yo —le espeta la mujer y sale, sin despedirse, por la puerta.
—Sentémonos aquí. —Y señala un alargado sofá de tres plazas que hay en ese pequeño hall.
Se baja la mascarilla y me explica que no la soporta, que le falta el aire.
—Me falta el aire, me falta el puto aire con ella puesta, ¿a ti no?
—No, a mí no —contesto y me ajusto resuelta en el sofá.
Se ríe, parece que mi contundente negativa le descuadra. Ladeo la cabeza y espero a que comience a hablar. Lo hace. Me dice que le ha entusiasmado mi obra.
—Es un texto de fábula —dice.
Fábula. En mi cabeza rebota esta palabra. De un lado a otro. Lo hace lentamente. Está hueca por dentro. Como un globo.
—Por desgracia no podemos programártela. Ahora no. Es imposible. Llevamos todo el verano sacando adelante la sala con teatro infantil únicamente. Es lo que vende. Montar tu obra en estos momentos sería un suicidio.
¿Y por qué me has hecho venir?, pienso.
—Entiendo —digo.
—Pero me ha encantado conocerte.
Ya nos conocíamos, pienso.
—Sí —digo.
—Seguimos en contacto, ¿vale? Nunca se sabe, ahora es un no, pero en el futuro puede que sea un sí, quizá en un año tu obra es el drama de la temporada.
La mascarilla me permite apretar los dientes tanto como quiera. Los aprieto y me levanto del sofá.
—Claro —digo.
—¿Te vas? ¿No quieres ver los ensayos? Igual te interesa la obra. Es tremendamente original y el elenco es bestial. Podrías hablar de ella. Un poco de ruido nos vendría muy bien. Quédate.
Para eso me has hecho venir, pienso.
—Me encantaría pero he quedado —digo.
Se lamenta, parece molesto. Nos despedimos. Salgo del teatro. Camino 2 o 3 manzanas y entro en una cafetería.
—Un café solo —pido ya sentada en la barra.
Saco el móvil y grabo un mensaje de voz a Joan:
—Oye, esto… Voy a pasarme por el Carrefour, ¿quieres algo?
Dejo el móvil sobre la barra. El camarero se acerca y me ofrece el café. Lo cojo.
Me quito la mascarilla y la guardo en el bolso. El móvil vibra. Mensaje escrito de Joan:
Lo siento, amor. Habrá otras oportunidades, seguro. Y si no las hay no pasa nada, nosotros seguiremos bailando en la cocina.
Se me caen las lágrimas. Miro el móvil. Te quiero, pienso.
Gracias, contesto.

8 sept 2020

Ponle salsa

Nail-Polish de Alessio Franceschetto


Saliendo del supermercado a media mañana, el móvil me vibró, lo saqué con intención de saber quién era y volverlo a meter en el bolso. Mi misantropía iba en aumento, sin embargo vi que era Bea. Contesté con cariño. Me contó que Markus le iba a preparar una fiesta de cumpleaños.
—¿Tu cumpleaños no fue el 23 de abril? —pregunté.
—No, el 3 de mayo, tonta del culo.
La cosa era buscar una excusa para celebrar algo en esos momentos tan apagados para ella, así que mintió a Markus. Quería una fiesta. Quería ver a sus amigos. Quería reírse un poco. “¿Sabes, Markus, que la próxima semana es mi cumple?”, le dijo. Recordemos rápidamente que Markus era un jovencísimo alemán que Bea sacó de Tinder para poner celoso a Darío, pero que por diferentes circunstancias fueron quedando y poco a poco parecía que tenían algo más serio, aunque por el momento Markus no le había planteado la mítica cuestión germana de pareja: “Cariño, ¿qué somos?”.
Cuatro días más tarde, Almu, Darío, Enrique y yo estábamos en el ascensor subiendo a la casa de Beatriz.
—¿Entonces es una fiesta sorpresa? —preguntó Darío.
—Sí —contestó Almu—, hablé con Markus. A ver, Bea claro que sabe que venimos, la idea ha sido suya pero Markus piensa que es sorpresa y que todo lo está organizando él.
—Joder, esto no tiene ningún sentido —dijo Enrique.
—Que tú estés aquí y no en Poitiers tampoco tiene demasiado sentido —contesté.
—Ya te estás yendo un poquito a la mierda, Elvi —Enrique.
—¿De qué es la tarta, Almu? —preguntó Darío.
—De mango —contestó.
—¿De mango? —pregunté.
—¿Y de lo de su cáncer qué? ¿Es en plan chungo o qué? —Enrique.
—No sé, después de comerse una tarta de mango quizá —yo.
—¿Y tú qué has traído si se puede saber? —preguntó Almudena molesta.
—¿Yo? Una lata de berberechos.
—Vale, y cuando abra la puerta ¿qué gritamos?, ¿sorpresa? —Darío.
—Eres una cutre, Elvi —Almudena.
—Cada uno que grite lo que le salga de los huevos —yogui Enrique.
Y la puerta se abrió y todos gritamos a la vez:
—¡Sorpresa! —Almudena.
—¡Messi no! —Darío.
Habeas corpus! —Enrique.
—¡Mango! —yo.
Beatriz puso los ojos en blanco y nos llamó imbéciles, luego nos pidió que lo repitiéramos más tarde porque Markus estaba en el baño y debía escucharlo para creer que era realmente una fiesta sorpresa. Así que nos cerró la puerta y pasado un minuto tocamos el timbre. Al rato, junto a Markus, abrió de nuevo y todos gritamos:
—¡Sorpresa! —Almudena.
—¡Miguel Bosé! —Darío.
—¡Emiratos Árabes! —Enrique.
—¡Cómemelcoño! —yo.
Beatriz empezó a agitar las manos frente a sus ojos como si quisiera secarse unas supuestas lágrimas, y empezó a lanzarnos besos desde la distancia. Markus aplaudió, grasias, grasias, decía.
Entramos y fuimos a la terraza. Beatriz se sentó la primera y el resto nos colocamos en los sitios libres manteniendo la distancia de seguridad con respecto a ella. Desde que enfermó casi no nos veíamos y si lo hacíamos siempre con mascarilla y nunca más cerca de metro y medio, es que tengo miedo, me explicaba hacía 3 semanas, tengo mucho miedo. Markus empezó a repartir las bebidas con comentarios jocosos en español. Lo miré con cierta sorpresa y dije:
—Vaya, Markus, tu español ha mejorado mucho.
Grasias, ¡soy alemán!
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Alemanes siempre todo bien hacen.
—Oh, sí, sí, es verdad, la historia lo confirma.
La noche estaba transcurriendo tranquila. De vez en cuando alguien alzaba su botellín y brindaba por Bea, ella como si estuviera recogiendo un Oscar nos repetía lo mucho que nos quería y que sin nosotros no podría salir adelante, todos aplaudíamos y le lanzábamos besos hasta que alguien, al de un rato, volvía a alzar su botellín.
En un momento de la noche, al salir del baño, fui a la cocina, lo cierto es que tenía hambre. Allí me encontré a Bea apoyada en la ventana que daba al pequeño patio interior.
—Qué, Bea, ¿tú también tienes hambre?  —pregunté dándole la espalda para abrir la nevera. No me contestó. Al darme la vuelta con el fuet en la mano me di cuenta de que estaba llorando, llorando de verdad—. ¿Qué pasa, loca?
—Estoy muerta de miedo…
Dejé el fuet en la encimera y me apoyé en la puerta del frigorífico.
—Las cosas no deberían ser así, Elvi, las cosas no las había planeado de esta manera, ¿sabes? Yo ahora tendría que estar contando los días para regresar a Berlín, para darme otra oportunidad en el teatro, para beber cervezas interminables en Kreuzberg, para follarme a 200 alemanes cada semana… Y mírame, me han quitado un trozo de teta y me están achicharrando a quimio. No, Elvi, las cosas no deberían ser así, yo no elegí esta mierda…
Hubo un largo silencio.
—¿Sabes que Almudena ha comprado tarta de mango? —dije.
—¿Qué? —preguntó levantando la cabeza.
—Y me la tendré que comer, ¡y te aseguro que yo esa mierda sí que no la he elegido!
Bea se empezó a reír y a llorar a la vez, se bajó la mascarilla y se llevó las manos a la cara. Eres una imbécil, eres una imbécil, me decía.
—La vida nos la tenemos que tragar, Bea. Si no te gusta ponle kétchup, pero te la vas a tragar sí o sí. No hay más.
No añadió nada. Se sonó los mocos con una servilleta de papel y esperó a que partiera algo de fuet y a que me lo comiera mientras me decía una y otra vez que, con ese corte de pelo, más que a Patti Smith, me parecía a Brian May.
A última hora, Markus trajo la tarta de mango a la terraza y dos velas, una con el número 3 y otra con el 4. Una vez en la mesa, las colocó sobre la tarta formando la cifra 34 y las prendió.
—Markus, están mal —dijo Enrique—. Las velas están al revés, son 43.
Markus lo miró desconcertado y luego dirigió la vista a Beatriz quien con tono meloso le explicó:
—No le hagas caso, cariño, Enrique es un bromista. Están perfectas. Este año cumplo 34 y si todo va bien, el próximo 35. Y a quien no le guste que le eche kétchup. —Se bajó la mascarilla y sopló las velas.