8 sept 2020

Ponle salsa

Nail-Polish de Alessio Franceschetto


Saliendo del supermercado a media mañana, el móvil me vibró, lo saqué con intención de saber quién era y volverlo a meter en el bolso. Mi misantropía iba en aumento, sin embargo vi que era Bea. Contesté con cariño. Me contó que Markus le iba a preparar una fiesta de cumpleaños.
—¿Tu cumpleaños no fue el 23 de abril? —pregunté.
—No, el 3 de mayo, tonta del culo.
La cosa era buscar una excusa para celebrar algo en esos momentos tan apagados para ella, así que mintió a Markus. Quería una fiesta. Quería ver a sus amigos. Quería reírse un poco. “¿Sabes, Markus, que la próxima semana es mi cumple?”, le dijo. Recordemos rápidamente que Markus era un jovencísimo alemán que Bea sacó de Tinder para poner celoso a Darío, pero que por diferentes circunstancias fueron quedando y poco a poco parecía que tenían algo más serio, aunque por el momento Markus no le había planteado la mítica cuestión germana de pareja: “Cariño, ¿qué somos?”.
Cuatro días más tarde, Almu, Darío, Enrique y yo estábamos en el ascensor subiendo a la casa de Beatriz.
—¿Entonces es una fiesta sorpresa? —preguntó Darío.
—Sí —contestó Almu—, hablé con Markus. A ver, Bea claro que sabe que venimos, la idea ha sido suya pero Markus piensa que es sorpresa y que todo lo está organizando él.
—Joder, esto no tiene ningún sentido —dijo Enrique.
—Que tú estés aquí y no en Poitiers tampoco tiene demasiado sentido —contesté.
—Ya te estás yendo un poquito a la mierda, Elvi —Enrique.
—¿De qué es la tarta, Almu? —preguntó Darío.
—De mango —contestó.
—¿De mango? —pregunté.
—¿Y de lo de su cáncer qué? ¿Es en plan chungo o qué? —Enrique.
—No sé, después de comerse una tarta de mango quizá —yo.
—¿Y tú qué has traído si se puede saber? —preguntó Almudena molesta.
—¿Yo? Una lata de berberechos.
—Vale, y cuando abra la puerta ¿qué gritamos?, ¿sorpresa? —Darío.
—Eres una cutre, Elvi —Almudena.
—Cada uno que grite lo que le salga de los huevos —yogui Enrique.
Y la puerta se abrió y todos gritamos a la vez:
—¡Sorpresa! —Almudena.
—¡Messi no! —Darío.
Habeas corpus! —Enrique.
—¡Mango! —yo.
Beatriz puso los ojos en blanco y nos llamó imbéciles, luego nos pidió que lo repitiéramos más tarde porque Markus estaba en el baño y debía escucharlo para creer que era realmente una fiesta sorpresa. Así que nos cerró la puerta y pasado un minuto tocamos el timbre. Al rato, junto a Markus, abrió de nuevo y todos gritamos:
—¡Sorpresa! —Almudena.
—¡Miguel Bosé! —Darío.
—¡Emiratos Árabes! —Enrique.
—¡Cómemelcoño! —yo.
Beatriz empezó a agitar las manos frente a sus ojos como si quisiera secarse unas supuestas lágrimas, y empezó a lanzarnos besos desde la distancia. Markus aplaudió, grasias, grasias, decía.
Entramos y fuimos a la terraza. Beatriz se sentó la primera y el resto nos colocamos en los sitios libres manteniendo la distancia de seguridad con respecto a ella. Desde que enfermó casi no nos veíamos y si lo hacíamos siempre con mascarilla y nunca más cerca de metro y medio, es que tengo miedo, me explicaba hacía 3 semanas, tengo mucho miedo. Markus empezó a repartir las bebidas con comentarios jocosos en español. Lo miré con cierta sorpresa y dije:
—Vaya, Markus, tu español ha mejorado mucho.
Grasias, ¡soy alemán!
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Alemanes siempre todo bien hacen.
—Oh, sí, sí, es verdad, la historia lo confirma.
La noche estaba transcurriendo tranquila. De vez en cuando alguien alzaba su botellín y brindaba por Bea, ella como si estuviera recogiendo un Oscar nos repetía lo mucho que nos quería y que sin nosotros no podría salir adelante, todos aplaudíamos y le lanzábamos besos hasta que alguien, al de un rato, volvía a alzar su botellín.
En un momento de la noche, al salir del baño, fui a la cocina, lo cierto es que tenía hambre. Allí me encontré a Bea apoyada en la ventana que daba al pequeño patio interior.
—Qué, Bea, ¿tú también tienes hambre?  —pregunté dándole la espalda para abrir la nevera. No me contestó. Al darme la vuelta con el fuet en la mano me di cuenta de que estaba llorando, llorando de verdad—. ¿Qué pasa, loca?
—Estoy muerta de miedo…
Dejé el fuet en la encimera y me apoyé en la puerta del frigorífico.
—Las cosas no deberían ser así, Elvi, las cosas no las había planeado de esta manera, ¿sabes? Yo ahora tendría que estar contando los días para regresar a Berlín, para darme otra oportunidad en el teatro, para beber cervezas interminables en Kreuzberg, para follarme a 200 alemanes cada semana… Y mírame, me han quitado un trozo de teta y me están achicharrando a quimio. No, Elvi, las cosas no deberían ser así, yo no elegí esta mierda…
Hubo un largo silencio.
—¿Sabes que Almudena ha comprado tarta de mango? —dije.
—¿Qué? —preguntó levantando la cabeza.
—Y me la tendré que comer, ¡y te aseguro que yo esa mierda sí que no la he elegido!
Bea se empezó a reír y a llorar a la vez, se bajó la mascarilla y se llevó las manos a la cara. Eres una imbécil, eres una imbécil, me decía.
—La vida nos la tenemos que tragar, Bea. Si no te gusta ponle kétchup, pero te la vas a tragar sí o sí. No hay más.
No añadió nada. Se sonó los mocos con una servilleta de papel y esperó a que partiera algo de fuet y a que me lo comiera mientras me decía una y otra vez que, con ese corte de pelo, más que a Patti Smith, me parecía a Brian May.
A última hora, Markus trajo la tarta de mango a la terraza y dos velas, una con el número 3 y otra con el 4. Una vez en la mesa, las colocó sobre la tarta formando la cifra 34 y las prendió.
—Markus, están mal —dijo Enrique—. Las velas están al revés, son 43.
Markus lo miró desconcertado y luego dirigió la vista a Beatriz quien con tono meloso le explicó:
—No le hagas caso, cariño, Enrique es un bromista. Están perfectas. Este año cumplo 34 y si todo va bien, el próximo 35. Y a quien no le guste que le eche kétchup. —Se bajó la mascarilla y sopló las velas.

26 ago 2020

Gente bonita


Bonito de Jarabe de Palo

Almudena se rio tapándose la boca. Sabía que no debía hacerlo, no era el momento de reírse, pero su amiga Elvira siempre le hacía hacer cosas de las que luego sentirse mal. Almudena pensaba que su amiga Elvira era cruel en muchos sentidos, mientras que Elvira pensaba que Almudena era una persona bonita. Elvira tenía dos personas bonitas: Joan y Almudena. Los calificaba así porque eran los únicos seres humanos que conocía que sería incapaz de atribuirles un adjetivo negativo. Cuando Elvira se enfadaba con su novio lo miraba con rabia y finalmente le gritaba frustrada: “Eres, eres, eres… ¡eres un oso hormiguero!”, Joan se reía y después de unos días le dejaba sobre su almohada un dibujo de un oso hormiguero con peto al que le salían corazones dirigidos a una hormiguita de enormes pestañas. Elvira cogía el dibujo y pensaba en lo bonito que era, lo infinitamente bonito que era Joan.
—Qué bonita eres, Almu —dijo Elvira. Almudena se quitó la mano de la boca y le sonrió sincera—. Bonita de verdad.
—¿Y yo? —preguntó Bea.
—¿Tú qué?
—¿Yo no soy bonita?
—No, tú no —contestó Elvira sin dudar.
—¿Ni en momentos como este eres capaz de decirme algo bueno?
Verdaderamente no era buenos tiempos. Las cinco últimas semanas habían sido un carrusel de emociones para Beatriz, una tortura emocional de la que no había hecho más que  empezar a participar. Se estaba acomodando porque sabía que eso era solo el principio.
“Me han encontrado un bultito en la teta”, dijo Bea a Elvira hacía 5 semanas por teléfono, “lo van a analizar”, “vale”, contestó ella. “¿Es malo?”, le preguntó Almu a Elvira, por teléfono, al día siguiente, “no lo sé, le darán los resultados en 21 días”. Una semana más tarde Elvira volvió a llamar a Almu para decirle que sí, que era malo, que la operaban, “¿cáncer?”, preguntó.  “Es cáncer. Pero lo han cogido a tiempo, tanto es así que me han dicho que al operarme y quitármelo no tendrán ni que darme quimio”, dijo Bea a Elvira, por teléfono, el día anterior. Tres semanas más tarde, tras la operación, “todo ha ido bien, pero le van a dar quimio para estar seguros”, dijo Elvira a Almu, por teléfono, “claro, hay que estar seguros, estas cosas… señor, ay, señor…”. Clic.
Nueve días después de la operación estaban las tres amigas en el salón de la casa de Bea, demasiado calor para disfrutar de la enorme terraza, así que bajo el aire acondicionado se reían e insultaban a partes iguales.
—¿Y si vuelven a decretar el estado de alarma y me cancelan las sesiones de quimio? ¿Qué voy a hacer entonces?
—Eso no va a pasar —dijo Elvira firmemente.
—¿Cómo lo sabes? ¡Mira lo que te pasó a ti! Y porque tu oftalmólogo es Dios y movió cielo y tierra para poder operarte en plena pandemia pero ¿y yo? ¡¿Y yo?!
—Eso no va a volver a pasar, la gente está muy concienciada —mintió con la mirada clavada en Almudena evitando así cruzarse con la de Bea—. Los hospitales no se van a volver a colapsar, la gente apenas se junta en grupos, y si lo hace, ni se toca. He visto a grupos de amigos dejando ¡hasta tres metros de distancia de seguridad! Saben que hay otras enfermedades, saben que algo así no se puede repetir, hay muchos daños colaterales, la gente tiene miedo, está siendo muy responsable.
—¿En serio, Elvi?
Elvira miró a su amiga y parpadeó rápidamente. Tragó saliva.
—En serio, Bea.
—Oh, no, no, no, no llores, Bea, vamos… —dijo Almu—. Te traigo un poquito más de zumo, ¿vale?, te va  a hacer bien, ya verás. —Y salió del salón.
—No llores, Bea, de verdad, no llores porque no merece la pena —dijo Elvira mirándola seria—. La vida es así, muy perra. ¿Te gusta leer?, pues te dejo ciega. ¿Te gusta follar?, pues te amputo las tetas.
—Elvira, ¿para qué mierda has venido? —preguntó Bea.
—Para consolarte.
—Pues te aseguro que no lo estás consiguiendo, hija de la grandísima puta.
—Ya… me pasa mucho, pues no sé hacerlo mejor…
—¿Y ahora de qué os reís? —preguntó Almudena entrando en el salón y viendo a sus amigas tronchadas de risa en sendos sofás—. Toma, recién exprimido. —Y ofreció a Bea el vaso de zumo.
Elvira volvió a pensar en lo bonita que era Almudena. Bonita de verdad.
—Y tú, Almu, ¿cómo estás? —le preguntó.
—¿Yo? No sé, muy bien, claro, no me pasa nada a mí, yo… ¿de qué me puedo quejar? ¡Madre mía, estoy genial! Estoy tranquila. Vendrán tiempos mejores, claro. Y en unos años Abel ya será adulto, ¿no?, eso es importante, que crezca, que crezca rápido, muy rápido… Tener un hijo crecido es importante. Tener un hijo lejos de la adolescencia es importante. Por eso que la pase rápido, tan rápido que casi ni me dé cuenta, ¿verdad? Eso es importante, muy importante… porque… porque… no lo soporto, no soporto a mi hijo… No puedo más…
—¡Pero, Almu, no llores! —dijo Elvira riéndose.
—Es que no lo podéis entender. Es desquiciante, chicas, de verdad. Solamente hace lo contrario de lo que le pido para cabrearme. Busca en todo momento la manera de hacerme daño. Ayer me dijo que lo odiaba porque me recordaba a su padre, ¿os lo podéis creer? ¿Cómo me dice algo así? Me siento impotente. Se supone que los hijos te deben de querer y cuando Abel me muestra tanto odio me… me… anulo, no entiendo mi papel, no entiendo nada…
—Mujer, es lo normal, en la adolescencia odiamos a nuestros progenitores, punto —dijo Bea.
—¡Claro! —siguió Elvira—. Tonta, es la adolescencia aunque, bueno, yo a mis 43 añitos sigo deseando la muerte de mi padre cada puñetero día.
—No, Elvi, eso no… —Bea en tono confidencial.
—¿No…?, ¿esto no consuela…? —Elvi, imitando su tono aun sin saber por qué.
Almudena sacó de su bolso un kleenex, se bajó la mascarilla y se sonó la nariz.
—Es que hay más… —Sus dos amigas la miraron con ansia—. Le he encontrado una cajita con maría. Sabía que esto iba a pasar. Dentro de dos semanas cumple solo 12 años pero hace tiempo que dejó de parecer un niño. Estoy desesperada, estoy desesperada…
—Almu —empezó diciendo Bea—, está experimentando. Marihuana, bueno, pues marihuana. Está situándose, recolocándose en este mundo, asumiendo quién eres tú, quién fue su padre, por qué lo abandonó, y sobre todo quién es él. Síguele de cerca, pero deja que pruebe, deja que se drogue, que se alcoholice y que folle como un loco, porque igual a los 40 tiene un cáncer en los huevos y se arrepiente de no haber hecho cosas, de no haber vivido lo suficiente. Quizá a los 40 tenga miedo a morir, porque la vida le supo a poco, quizá la muerte le parezca precipitada y sin sentido, quizá, solo quizá. Almu, déjalo libre para que nunca se arrepienta de estar vivo y para que la muerte lo pille saciado y cansado aunque tan solo tenga 40.
Elvira se llevó las manos al pecho.
 —¿Y ahora por qué lloras tú, tonta del culo? —le preguntó Bea.
—Porque tú también eres bonita, bonita de verdad —contestó.

12 ago 2020

Monstruos en agosto

Fotograma de 'Nosferatu' de Murnau de 1922


Deseo la muerte de mi padre cada día, cada día, cada día, cada día… ¿en qué me convierte eso?
—En un monstruo —me contestó Gael en agosto de hace 9 años, sentado en un banco de El Retiro mientras se comía un helado.
En agosto de 2020 desayunaba una tosta con tomate y aceite en una cafetería de Chueca con Alba.
—Ni te imaginas lo agotada que estoy, Elvi, ni te lo imaginas…
Alba daba vueltas a su café con la cucharilla, llevaba haciéndolo dos o tres minutos, el soniquete del metal con la cerámica no parecía molestarla, a mí sí. La paré con la mano.
—Un día se acabará —dije.
—¿Cuándo? —preguntó desquitándose bruscamente de mi mano—. ¿Eh?, dime, ¿cuándo?
Conocí a Alba hará cosa de 6 años, cuando hacía una sustitución de 3 meses en una universidad privada a las afueras de Madrid. El ambiente esnob y pijo que allí se respiraba era surrealista tanto por parte de los alumnos, la mayoría extranjeros, como por los profesores. Alba y yo éramos las únicas docentes que llegábamos hasta el enorme campus en transporte público y aquello nos unió. Los trayectos en bus eran de casi hora y media y aprovechábamos para criticar, entre risas, la universidad pero también, y sobre todo, para hablar de nuestras cosas. Hicimos muy buenas migas, tanto fue así que, aun habiendo terminado la sustitución, seguimos quedando con cierta asiduidad hasta hoy.
—No lo sé —contesté.
—Ese es el problema, Elvira, que nadie lo sabe. Nadie. —Un niño de la mesa de al lado tiró un tenedor al suelo, Alba lo miró con reproche—. Que el que mi madre me tuviera con 45 años no fue mi problema, ¿me entiendes? Que el que la mujer quisiera cumplir su deseo de convertirse en madre a toda costa no fue mi problema. Pero aquí estoy, limpiándole el culo desde hace dos años, aquí estoy. Claro que sí, a esa mujer brillante que jamás se imaginó que perdería completamente la cabeza a los 84 años, ¡jamás! Eso les pasa a otros, ¿entiendes? ¿Mi madre? ¡Lúcida hasta los 100! ¿Cómo una profesora de Literatura Comparada iba a perderla? Tendrás madre hasta hartarte, me decía. ¿Sí? ¿A los 39 me harté? Bueno, qué digo a los 39, a los 35 ya empecé a notar que las cosas que decía no eran coherentes, pero te hace gracia, ¿sabes? Al final lo tomas como anécdotas, ¡mi madre es un caso!, te dices a ti misma. —Pegó un sorbo de café y continuó—.  ¿No te acuerdas cuando trabajábamos en la universidad y me llamó su vecina para decirme que mi madre estaba tirando el papel higiénico por el patio gritando que estaba nevando? ¿Te acuerdas? —Asentí—. Y las dos muertas de la risa, ¡mi madre es un caso!, ¡mi madre es un caso!
Me reí. Recordé aquel momento perfectamente. Retiré el plato de la tosta, apoyé los codos sobre la mesa y reposé la barbilla en mis manos. No dije nada, solo la miré.
—Todo fue de mal en peor y, sí, a mis 39 la bañé por primera vez y creo sinceramente que no me correspondía hacerlo, o no por demencia. Que se hubiera caído, vale. Que tuviera un cáncer y la quimio la dejara sin fuerzas para hacerlo sola, vale. Pero, ¿por demencia?, ¿en serio? ¡Eooooo! ¡Hola! Tengo 39 años, una mujer joven, que decide ser soltera y sin hijos para disfrutar de una larga independencia, porque me corresponde por edad. Me corresponde, Elvi. ¡Me corresponde, coño! —Dio un golpe en la mesa que hizo que me sobresaltara—. Ahora tengo 41 y llevo dos años viviendo con ella, con una vida hipotecada. ¿Y sabes por qué?, porque mi madre quiso cumplir un deseo, y… Mira, Elvira, mira… los hijos no son deseos, ¿sabes?, no lo son. Deseos son los que escribes en la lista de Amazon. Esos son los deseos, ¡esos son los putos deseos!
Alargué la mano y le agarré la muñeca.
—Alba…
—Perdona, perdóname, es que estoy sobrepasada. Lo siento… ¿Tienes un kleenex?
Inmediatamente busqué en mi bolso. Saqué el pequeño paquete de pañuelos de papel y se lo ofrecí.
—Nadie sabe cuánto va a durar esto —dijo mientras se sonaba la nariz—. ¿Un año? ¿Dos? ¿Cuatro? ¿Diez? Elvira, ella no está mal, solamente ha perdido la cabeza. No sabe quién soy, no sabe quién es ella, no sabe quiénes son sus cuidadoras, no sabe que tiene que comer, no sabe que tiene caca en el pañal, no sabe nada, es un bebé otra vez. Es un bebé de 86 años. ¿En eso nos vamos a convertir, Elvira? Después de todo una vida vamos a terminar cagándonos encima y repitiendo 50 veces al día ‘tápame los pies, que tengo frío, Ricardo’. ¡Vete a saber tú quién coño es Ricardo!
No quise pero me reí, ella también.
—Es lo que somos, Elvi, un cerebro que tiene los días contados y como nos falle se acabó nuestra dignidad. Por lo menos ni tú ni yo torturaremos a nuestros hijos a que lo vean. Deberemos encontrar a ese tal Ricardo para que nos tape los pies y nos limpie el culo. —Rompimos a reír. Bebió algo más de café y con serenidad dejó la taza en la mesa—. Cada día al despertarme, me quedo unos segundos inmóvil en la cama, deseándolo. Sí, como ella cuando tenía 45 años y se creía una mujer rompedora por quedarse embarazada estando soltera y siendo tan mayor. Mi madre siempre a contracorriente, qué mujer, ¿verdad?, qué mujer... Pues yo también, Elvi, me despierto y lo deseo en silencio, desde la cama, mirando a la pared. Lo deseo, lo deseo y lo vuelvo a desear con fuerza. Y luego me levanto y lo primero que hago es ir a su habitación y comprobar si sigue respirando. Y sigue, claro que sigue respirando y el mundo se me cae encima, Elvi… se me cae encima, porque no lo soporto más. Porque no es mi responsabilidad haber sido su deseo... Porque... porque qué cosas, ¿eh?, su deseo fue darme la vida y ahora el mío es quitársela, ¿en qué me convierte eso?, ¿eh?, dime, ¿en un monstruo?
Estiré la mano sobre la mesa, le acaricié la suya.
—No llores, Alba, no llores, porque todos somos monstruos, y ellos lo fueron primero.

6 ago 2020

Satélites casposos

Amigas, verano de Sara Herranz 


—Elvi, muchas veces me pregunto por qué eres así —dijo Natalia sonriendo.
Natalia es uno de mis satélites. Forjar una amistad en Madrid no es fácil, todos vamos y venimos. Mi propio grupo se había evaporado durante años y ahora parecía que estaba a punto de hacerlo otra vez. Con la crisis asomando la cabeza, Enrique emigraba a Francia, Bea tenía los días contados para regresar a Berlín, Darío, con su nuevo amor, barajaba las posibilidades de mudarse a Edimburgo, y yo a China. La única que se mantenía era Almudena, a dónde quieres que vaya con Abel, me decía con cierta frustración. Madrid es una ciudad de gente sin un destino claro, aquí los amigos nos agrupamos durante un tiempo y luego ya se verá.
Natalia, en cambio, optó por seguir las reglas del juego. Su vida era una gruesa línea recta. Con 18 años, se mudó de Salamanca a Madrid para estudiar en ICADE, allí conoció a su futuro marido, compraron un bonito piso en Río Rosas que vendieron, tras casarse y tener a su primer hijo, para adquirir una casa en Las Rozas con jardín y piscina, y los veranos los pasan en su segunda residencia de Menorca, porque las salidas en barco les encanta a los niños, me decía. Natalia es una mujer a la que nunca habría elegido como amiga pero que en un caótico Madrid alguien te la presentó un día y sin querer la tenías en tu lista de contactos y así, de la forma más tonta, llevábamos más de 7 años quedando dos o tres veces al año. Natalia es uno de mis satélites, no es una amiga pero ahí está.
—¿Así? —pregunté.
—Ya me entiendes.
No, no la entendía. Nunca la había entendido. Sonreí y pegué un sorbito a mi café. La terraza de Fuencarral, en la que nos habíamos sentado, estaba prácticamente vacía. Al dejar de nuevo la taza sobre le platillo, observé el sobre de azúcar a medio abrir, lo estrujé con dos dedos.
—Ya sabes, me sorprende que sigas haciendo las cosas que haces —dijo.
Me ahuequé el flequillo sin demasiadas ganas, necesitaba hacer algo con las manos y mi nuevo corte de pelo me brindaba esa posibilidad.
—Vives como una eterna adolescente —continuó diciendo—, ya me entiendes.
Levanté la mano y el camarero se acercó.
—La señora quiere pagar —dije señalando a Natalia.
—Claro, una cerveza y un café son 5’70€, por favor.
Natalia sacó la cartera de su Gucci tricolor y pagó con la tarjetita dorada.
Me levanté de la mesa diciendo lo mucho que me había alegrado verla y que debíamos repetir, ella asintió con cierto rubor. Me puse la mascarilla y me marché.
A la altura de Tribunal, Almudena me llamó. Estaba desquiciada, me pedía consejo para poder librarse de un hijo preadolescente, me hizo reír. Quedamos en vernos en 20 minutos en la terracita del nuevo Palentino de Malasaña.
—¿Cómo le voy a dejar pasar la noche fuera? —empezó diciendo Almu ya sentadas en la terraza—. ¡Tiene 11 años! Que los padres de Nicolás no están y que van a ir muchos amigos a su casa. Bien, Abel, le he dicho, ¡pero tú no vas! Hombre, por favor… Mi primer porro fue a los 13 ¡no se me olvida!, y él es bastante más espabilado que yo a su edad, así que… ¡blanco y en botella!
—¡Leche! —grité y las dos nos empezamos a reír como idiotas.
A los 10 minutos llegó Bea. Nos contó algo de Markus, el joven bávaro que se había sacado de la chistera para dar celos a Darío; nos contó algo de Gonzalo, un cuarentón divorciado de Tinder con que había pasado un par de noches; nos contó algo del instructor de Yoga del balneario al que fuimos hacía unas tres semanas; y nos contó algo de Darío, que no podía dejar de pensar en él.
—Llámalo —dije.
—Elvi, no tengo 15 años, las cosas ahora no se hacen así —contestó.
—Mira, Bea —dije cruzando las piernas—, acaban de decirme que soy una eterna adolescente, así que llámalo. En la adolescencia se nos está permitido equivocarnos, ¿no?, pues llámalo, ya lo solucionaremos después.
Beatriz sonrió, dijo un tímido “vale”, sacó el móvil de su bolso y se alejó de la mesa. Un segundo después, miré a Almu que se llevaba el móvil a la oreja:
—Está bien, Abel, puedes dormir esta noche en casa de Nicolás, sé responsable, por favor… —Quedó en silencio unos segundos—. Y si no, ya lo solucionaremos después.

29 jul 2020

Amigos

Autor desconocido

Nota: Debido a la nueva interfaz de BLOGGER (cargada de errores) se han suprimido palabras y frases completas de todas las entradas. Además no admite, en algunos casos, la cursiva y no acepta enlaces. En resumen, un pequeño desastre. Espero que se solucione pronto.

—…la amistad, Elvira. Unos buenos amigos es la base de todo. Y tú tienes suerte, tienes buenos amigos...
Almudena y yo bajábamos por la calle del Amparo en Lavapiés, íbamos a la casa de Enrique. Desde que a Almudena le mencioné eso me acribillaba a motivos para aferrarme a la vida. 
Llegamos al portal de Enrique y yo resoplé.
—Amigos, Elvi.
—Amigos —repetí.
—Amigos —sentenció por última vez ella.
Al alcanzar el tercer piso, Enrique nos esperaba con la puerta abierta. Hacía tiempo que no lo veía tan sonriente. Nos había invitado a cenar como despedida. Se iba finalmente a Poitiers. Tras sopesarlo bastante, decidió aceptar la propuesta de Claudio y apostar por mostrar su teatro a los franceses. Daría un par de clases en una escuela de interpretación y con la enorme ayuda de Claudio (sospechosamente desinteresada a mi parecer) pagaría, poco a poco, las deudas que le había dejado el cierre de su negocio teatral.
—¡Enhorabuena, asqueroso! —dije al abrazarlo.
Al soltarnos, me miró sorprendido por mi corte de pelo.
—¡Joder, te pareces mogollón a alguien, tía! —dijo.
—A Patti Smith —le ayudó Almudena que ya había entrado en su casa.
—No, no… —Cerró la puerta—. A la tía de los The Pretenders¿cómo se llama la tía de los The Pretenders?
—Tía de los The Pretenders —dije.
—¡Trasto! —El grito llegó del fondo, al poco apareció Darío que primero abrazó a Almudena y luego a mí.
—¿Cómo se llama? —le preguntó Enrique.
—¿Quién?
—La tía a la que se parece.
—Ah, ¿a la hija del director de cine?, que hacía un poco de todo —respondió Darío.
—¿Sofía Coppola? —yo por ayudar.
—¡Ya quisieras! —Enrique.
—Que no, coño, la hija del que quemó un billete de 500 francos.
—Charlotte Gainsbourg.
De detrás de Darío asomó una jovencita de aspecto tan dulce como su voz.
—¡Esa! Gracias, cariño. Ah, bueno os presento: Eva, Elvira y Eva, Almudena.
—Para mí te pareces más a Patti Smith —dijo después de las presentaciones.
—¡Joder!, pero ¿cómo se llama la tía de The Pretenders?
Todos le dijimos que era un pesado, así que Enrique, vencido, repartió bebidas y nos acomodamos en el “salón”. En realidad vivía en un estudio de 30 m2, y donde ahora aposentábamos el culo era también su cama.
Almudena y yo, con miradas cruzadas, dedujimos que Eva era la Eva con la que Darío en su día, antes de la pandemia, había propuesto a Beatriz mantener una relación abierta. Sin embargo, visto lo visto, Darío parecía haberse decantado por ella como pareja estable porque lo cierto es que parecían dos tortolitos. Me preocupaba la llegada de Bea, su reacción. Eva tenía 23 añitos, pero una cabeza muy bien amueblada. En 20 minutos se había metido al grupo en el bolsillo, mantenía la conversación con un humor ácido que me había conquistado desde el minuto uno, sin tomar en cuenta la frescura y naturalidad que un cuerpo tan joven desprendía. Bea iba a morir. Decidí tantear el terreno.
—Bea parece que tarda, ¿alguien sabe algo?
—Sí, hablé con ella ayer, dijo que vendría un poco más tarde —explicó Darío.
—¿Hablaste con ella? —pregunté.
—Sí.
—¿Hablaste de hablaste?
—Sí. —Sonrió—. Hablamos de todo.
—¿De todo de todo?
—¡Joder, Elvira, hostias, qué puto coñazo eres! Anda, bébete tu vaso de agua y calla —me abroncó Enrique.
Treinta minutos más tarde apareció Beatriz. Y lo hizo de la única manera que podía hacerlo ella, con una entrada triunfal. No sé ni cómo lo había dudado. Se plantó en medio del salón, absolutamente pletórica, marcando sus curvas en un ceñido vestido estilo “salto de cama” color marfil que resaltaba su precioso moreno dorado, solo ella podía conseguir en Madrid ese tono, y su complemento fetiche que a todos nos dejó con la boca abierta: un maromo de casi metro noventa, de poco más de 30 años, de pelo largo rubio atado en un moño alto, barba espesa y con unas manos grandes y venosas que al verlas apreté el muslo de Almudena quien a su vez me arañaba el tobillo.
—Os presento. Se llama Markus. —Todos levantamos la mano y fuimos diciendo nuestro nombre sin movernos del sitio—. Es alemán, de Múnich, pero el pobre se quedó atascado en Madrid con lo de la pandemia y al final ha decidido quedarse unos meses más, porque con esto del teletrabajo todo son ventajas. No habla mucho español, pero entiende bastante. Y nada, ¡que somos muy felices!
Cerré los ojos por el golpe de vergüenza ajena que me produjo aquella frase. Ay, mi Bea, con lo elegante que es asumir una retirada a tiempo.
Se sentaron en el suelo y Enrique les repartió cervezas.
—Y ¿te gusta Madrid? —pregunté al alemán para romper un poco el hielo.
—Oh, ja-ja-ja. Muy muy.
—Mucho —corregí.
Ja, mucho muy —dijo con una preciosa sonrisa.
—No sabe ni una palabra de español pero se lo perdonamos porque está como un queso el bávaro éste —susurré al oído de Almu que rompió en una risita de quinceañera.
La tarde transcurrió en una competición por ver quién se quería más. Cuando Darío besaba a Eva, Bea manoseaba a Markus, le mordisqueaba la oreja y le daba de comer a la boca, algo que al alemán parecía violentarle bastante, juraría que no estaba acostumbrado a semejantes muestras de cariño en público. Pobre.
Evitaba mirar a Almu porque nos daban verdaderos ataques de risa. Intentábamos disimular pero nos lo estábamos pasando realmente bien viendo semejante cuadro surrealista.
Los temas transcurrían de puntillas, se lanzaban y se descartaban con rapidez, el ambiente no estaba para profundizar en nada: que si qué mal gestionada la pandemia; que si qué mal la oposición; que si tendría un hijo con Fernando Simón, y yo, y yo; que si el teatro estaba tocado y hundido; que si no hay ni un hombre que sepa hacer bien el cunnilingus; que si Merkel iba a acabar con Europa; que si qué vergüenza que el centro de las ciudades sean resorts para turistas y ahora, a falta de estos, estén cerrando todos los comercios; que si hay que acabar con el capitalismo; que si prefiero el misionero a cualquier otra postura; que si para una taza de arroz dos de agua, que no, que mejor tres.
Todo transcurría con una aparente normalidad, hasta que Darío zanjando conversaciones brindó por el futuro francés de Enrique. Todos levantamos nuestra copa (yo mi vaso de agua) y gritamos su nombre.
—Qué pena —comenzó diciendo Almudena—, Elvira y tú podríais haber sido vecinos.
—¿Elvira?, ella regresa a China —aclaró Enrique sin entender el comentario.
—Sí, claro, porque al final ha rechazado Toulouse.
Enrique se puso de pie con las manos en jarra y me miró. Me conocía esa mirada.
—¿Cómo que has rechazado Toulouse? ¿La Universidad de Toulouse?
—Bueno, a ver, rechazar no, pero nos seleccionaron a tres para el proyecto y…
—¿Qué proyecto?
—Un proyecto de investigación para el departamento de Estudios Iberoamericanos, pero una tontería, porque yo ya me había comprometido con China, así que nada. Un año más en China y luego ya se verá.
—¡Joder, trasto, eso es la polla! —exclamó Darío levantándose para darme un abrazo y todos aplaudieron.
—¿Cómo lo haces? —Cuando me lo preguntó Enrique, seguía de pie con las manos en jarra mirándome serio—. ¿Cómo haces para convertirte siempre en el centro de atención? Eres una puta narcisista de mierda.
—A ver, Enrique, no seas injusto, Elvira se ha reciclado y está recogiendo…
—¡No me he reciclado, Almu! Un doctorado es avanzar, ¡estoy avanzando!, el que se ha reciclado es Carlos, tu mierda-coach, y la gente como él que llega a los 40 años y decide cambiar de profesión, haciendo un cursito, de dos semanas, de frases motivadoras para luego estafar a la gente.
—¡Vete a la mierda, Elvi! Encima que solo quiero ayudarte, ¡eres un monstruo!
—Elvira, sé que os conozco de poco, pero me da pena ver cómo las mujeres tendemos a pelear entre nosotras cuando en realidad deberías enfadarte con Enrique.
—Perdona, monada, pero ¿a ti quién coño te ha dado vela en este entierro?
—Bea, no hables así a Eva, no te lo permito —dijo Darío.
—¿Perdona? ¿Que no me permites qué? Bien que me permitías decirte guarradas, durante la cuarentena, en nuestras videollamadas, ¿te lo ha contado, bonita? —preguntó Bea mirando a Eva.
—¡Tú, tú y tú, Elvira, siempre tú! ¡Si no eres tú en todo momento, te aburres y machacas a los demás! —Enrique con su tema.
—Beatriz, eres muy sucia… Sigue follándote a alemanes que se te da muy bien, ¡necrófila!
—¿Pero habéis follado por videollamada? —Eva.
—Es que Elvi, ¡ni siquiera te molestas en conocer a Carlos! ¡Eres una amiga de mierda!
—No necesito conocerlo, Almu, ¡es un inútil!
—¡¿Pero habéis follado o no habéis follado?! —Eva otra vez.
—Un poco…
—¡¿Un poco?! ¿Tres veces a la semana es un poco? —Beatriz.
—¡¿Tres veces por semana?! ¡Joder, coño, coño! —Eva.
—¿Acaso crees que te van a dar el Pulitzer por tus mierdas de obras teatrales, Elvira?
—¿Y a ti, Enrique, te lo darán? Porque además de chupársela a Claudio, ¿qué más vas a hacer en Poitiers? —Yo.
—¡Zorra!
—¡Cabrón!
—¡Monstrua asquerosa!
—¡Putonga!
—¡Fracasada de mierda!
—¡Psicópata mentiroso!
Y de repente se hizo el silencio, así, nos habíamos cansado de gritar. Y despacio nos fuimos sentando otra vez cada uno en nuestro sitio. En orden y calma. Almudena me miró y rellenó mi vaso con un poco más de agua, le di las gracias y le ofrecí el plato de las patatas. Enrique carraspeó y dijo que el calor en Madrid cada verano era más insoportable, todos le dimos la razón con frases diferentes. Y Bea dijo algo sobre el sexo que hizo que explotáramos de la risa
—Oh, Spanien loco, loco. Mucho muy.
Pellizqué el muslo de Almu y ella me arañó el tobillo.

22 jul 2020

ESO

Patti Smith

—¿Una cerveza? —preguntó Almudena abriendo la nevera.
—No puedo beber alcohol —contesté apoyándome en la encimera, junto al fregadero.
Estaba en su casa, me había llamado sobre la 19.00 h., pidiéndome que me acercara para ayudarla a organizar ropa vieja que quería vender por Vinted.
—Sí, perdona, es verdad. Te recuperas tan bien de las operaciones que olvido que vas hasta arriba de cortisona. Seguro que es la última intervención, ya lo verás.
—No, no lo será —contesté algo molesta.
—Mujer, ten esperanza. La medicina avanza mucho, darán con el remedio.
—No hagas eso, Almudena.
—¿El qué?
—Eso.
—¡Hola, Elvira! —El hijo de Almu acababa de entrar en la cocina—. ¡Joder, te has cortado el pelo!
—¡Esa boca, Abel! —le espetó su madre.
—¿Te gusta? —pregunté y me atusé el flequillo—. Mucho cambio, ¿no? Lo he hecho para disimular mis ojos.
—Te pareces mogollón a una de mi clase.
—Abel, acabas de hacer inmensamente feliz a una mujer de 43 años —dije y Almu se rio.
—¿Qué les pasa a tus ojos?
—Que se están quedando ciegos  —contesté.
—Los tienes perfectos, no digas bobadas —dijo Almudena sentándose en uno de los taburetes de la mesa.
—¿Ciegos?, ¿te vas a quedar ciega? ¿Por eso te operan tanto?
—¡Abel, se acabó! ¡Vete a tu cuarto!
—Déjale, Almu. Si no sabe tendrá que preguntar, ojalá lo hicieran los demás en vez de hacer eso otro constantemente. —Miré a Abel y le contesté—: Sí, me voy a quedar completamente ciega.
—Joder, qué mierda, ¿no?, ¡pero mierda chunga!
—Esa boca, Abel, por favor…
—¿Y qué vas a hacer cuando te quedes completamente ciega?
—¡¡Abel!! —gritó su madre.
—Voy a suicidarme.
—¡¡Elvira!!
—Jodeeeer, qué mierda ¿no? Buah, chaval, ¿y ya sabes cómo?
—¡Se acabó! ¡Abel, a tu cuarto! ¡Elvira, te prohíbo que hables así a mi hijo!
—¡Me ha preguntado él!
—¡Es un niño, por dios!
—Joder, mamá, hago 12 en septiembre.
—¡Esa boca! ¡Esa puta boca!
Abel y yo nos reímos.
—Me sacáis de mis casillas, no os aguanto… No os soporto… Abel, por favor, no te lo vuelvo a repetir, vete a tu cuarto.
Le guiñé un ojo y el chico hizo amago de irse pero antes:
—Elvi, ¿quieres que te haga una lista de formas de morir?
—Oh, estaría genial, gracias.
—Si escribes esa lista te mando al pueblo todo el verano con tu abuela, ¿me has oído?
Abel asintió y salió obediente de la cocina cerrando la puerta. Almu me miró con ira.
—Jamás vuelvas a decirle esas cosas a mi hijo.
—También es mío. Lo hemos criado entre las dos.
—¡Por favor! Pero si tú no sabes ni criar a tu gato.
—¡Pir fivir! Piri si ti ni sibis ni criir i ti guiti.
Nos miramos un instante y empezamos a reírnos como dos auténticas idiotas. Luego me hizo un gesto para que me sentara en el taburete de al lado.
—No lo decías en serio, ¿verdad? —preguntó.  
—¿El qué?
—Eso.
—¿Eso? ¿Qué es eso?
—Elvira…
—Almudena…
Alargó la mano sobre la mesa y acarició la mía.
—Te queda muy bien el pelo así. Te pareces a Patti Smith.
—No vuelvas a negar la realidad. Tu hijo de 11 años no puede ser más inteligente que tú, así que no lo vuelvas a hacer.
—No la niego, es la verdad, te pareces mucho a Patti Smith.